El Garci: ¡un crack!

Ángel Aguado. Texto y fotografías

Secuencia única. Interior, noche.

Sube desenfadado José Luis Garci al escenario, 20 de enero de 2022, y la multitud que llena el auditorio de la Fundación Juan March le recibe entonando el “Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos…” como si se tratara del bueno, del protagonista, del chico que todas las señoras bien del barrio madrileño de Salamanca quisieran de novio para sí mismas. Le acompaña el, a su pesar, exfiscal general del Estado, Eduardo Torres Dulce, que parece su asistente de dirección amurallado en su terno de senador vitalicio, que le indica al Garci dónde debe iniciarse el plano y el recorrido de la grúa hasta los protagonistas. Y se oye el ruido del motor y los eléctricos suben las luces, la asistencia se calla y la cámara enfoca al héroe. Silencio, vamos a rodar: ¡Acción!

«Somos la generación del cine y de la radio… ¡Aquella boda de Fabiola que veíamos en el NODO! El cine era un refugio, se estaba calentito, dónde, si no, iban a ir las parejas. —Y con un punto de ruptura en el relato, recuerda José Luis Garci su educación sentimental al calor del celuloide, en los años 60 del siglo pasado— El cine nos enseñó a besar en primer plano. Mi primer beso, en El Retiro, con mi primera novia, África. Lo veíamos venir, lo adivinábamos, lo deseábamos, pero algo fallaba… ¡no se oía la música de la banda sonora!».

Garci es un torrente de palabras, combina tramas secundarias con flash back, figurantes con acciones paralelas engatusando a la audiencia. Algún espontáneo intenta robarle un plano, pero no se deja. Torres Dulce ni se atreve a intervenir, calladito, calladito. Garci ocupa toda la pantalla, en Technicolor, en Cinemascope: «El paraíso del hombre es su infancia. El cine fue una aventura planetaria, era una radio que veías. Yo asistía todos los días a los cines de la Gran Vía, tras salir del trabajo en el Banco Ibérico, donde ganaba 1316,10 pts. al mes. Le daba 1000 pesetas a mi madre y con el resto iba al cine. Descubrí que el cine americano era la novela, mientras que el europeo era el ensayo. Fue ahí donde conocí a Alfonso Sánchez, el crítico de cine al que tanto debo y con el que tantas conversaciones compartí».

Y habla de su amor por la pintura, recuerda a su padre, pintor artista aficionado que le llevaba al Museo del Prado una vez a la semana. Que era una forma de ver cine, de estudiarlo, de escribirlo: «Ahí lo tienes todo, en “Las Lanzas”, de Velázquez, ¡el mejor plano general del cine! Y con su plano inserto, la entrega de las llaves. Y la fantasía desbordante de “El jardín de las delicias”. Puedes estar horas y horas imaginando cientos de aventuras, cientos de tramas, sólo observando el cuadro de El Bosco… O ese tratamiento de la luz de Las Meninas, una luz convaleciente. O la luz de “Las hilanderas”, que quise trasmitir en mi película “Canción de cuna”. O la épica de los cuadros de Goya o de Gisbert, los fusilamientos del 3 de mayo, de Torrijos en la playa de Málaga».  

Hace una pausa Garci, tal vez recordando las películas en blanco y negro de su juventud, “El apartamento”, o “Sunset Boulevard”, o “Avanti”, de su admirado Billy Wilder para insistir en que «el guion es la clave. Los diálogos son importantísimos, quizás lo más difícil de escribir. Si están bien escritos, si el guion está bien amarrado, funciona la película. En el cine todo es mentira, todo es falso, pero tiene que ser sincero».  

Y recuerda a sus compañeros de profesión, a Antonio Mercero y “La cabina”, y a González Sinde con el que realizó su primera película, un éxito inesperado: “Asignatura pendiente”, que lo convirtió en director de cine, algo que jamás él pensó, que sólo quería escribir historias. Y habla de los grandes actores de teatro, de su querido Alfredo Landa, de José Bódalo, de José Luis Sacristán con los que se veía una vez al mes y compartían, junto al reportero Manolo Alcántara, Dry Martinis para hablar de cine, la excusa perfeta para «salir a cuatro patas».

»Escribir es un don, dirigir es un oficio. Y el cine es un arte colectivo donde el trabajo de todos es necesario para que la historia triunfe. De no haber sido por la excelente labor de Gil Parrondo, que ya había ganado dos óscars, del amor profesional que se tenían Antonio Ferrándiz y Encarna Paso, de que la película la comprara la Fox, y del trabajo de producción, no hubiéramos obtenido el óscar por “Volver a empezar”. Si quieres a los actores, eres un buen director, son fundamentales.

Y habla el Garci de lo que le gusta el fútbol. «El fútbol te rejuvenece». Y lo dice convencido, a pesar de aquel fracaso económico que le supuso su primer documental sobre el furbo, rodado en el Estadio Vicente Calderón, con González Sinde de productor, el primer día que Luis Aragonés se estrenaba como entrenador. Que no les devolvió ni una peseta de subvención oficial. ¡Este Atleti!

Y de lo que le gusta el boxeo. Manuel Lorenzo relatando el combate apócrifo que contempló en el Madison Square Garden, Rocky Marciano noqueando a Jersey Joe Walcott en el undécimo asalto, ¡cómo si allí no hubiera pasaoo naa!, Germán Areta escuchando impertérrito en el sillón de la barbería del antiguo Frontón Madrid. El Crack. 1981.  

Y ya, contada la película, no queda más que cerrarla bien. Y el Garci, un cuentista al fin y al cabo, destaca su admiración por Cary Grant; por su película preferida, su niña mimada, “Tíovivo”; y por las de Berlanga, por “El verdugo”, por “Plácido”; por la primera parte de “Centauros del desierto”, de John Ford, «parece rodada en Marte»; por “Roma citta aperta”, de Fellini, con Anna Magnani; de su amor por el cine de Hollywood: «cambié Manhattan por Los Ángeles». «El cine es el reflejo de la sociedad, el arte de contar historias. Un buen guion y los actores. Eso es el cine». Funde en negro. Toda la sala se levanta y aplaude a Garci. Incluso Torres Dulce dibuja una sonrisa comedida. FIN

Eduardo Torres Dulce y José Luis Garci tras el coloquio que mantuvieron en la Fundación Juan March.

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El Crack 0

Audio de la conversación entre Garci y Torres Dulce

Vídeo de la conversación entre Garci y Torres Dulce

Programa de conferencias de la Fundación Juan March 2021/2022

Ya queda menos para la san Silvestre 2022

 Texto de Teodosia Gandarias. Fotos de Terry Mangino

La noche y el día. Alfa y omega. Principio o final. El huevo o la gallina. Qué fue primero: ¿la marcha Radeztky del concierto vienés o la carrera nocturna vallecana? Antes o después. Todo es variable. Pueden distanciarse doce meses o apenas unas horas. La felicidad o la desdicha que arranca de cada comportamiento humano. Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar… allá van los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos y llegados son iguales… La laguna Estigia, Caronte aguarda para llevarnos al Hades o a los Campos Elíseos, el óbolo, tributo adherido al paladar de nuestros deseos. La travesía de los corredores, miles, gordos, flacos, penitentes, aplicados pataleando disciplinados por la aristocrática madrileña calle Serrano en busca del tiempo perdido. La Ilíada, Penélope preparando en la cocina la cena de fin de año. Del todo poderoso Bernabeu de estructuras galácticas a la choza lumpemproletaria y humilde del campo del Rayo, el rico y el pobre. El Ramiro y el Magariños, la Residencia de Estudiantes, la calle doctor Arce, donde vivía Ava Gardner, el lujo de Gucci, de Emporio Armani, de Louis Vuitton, de Salvatore Ferragato, de Loewe… la residencia del embajador de la Republique Française, la poderosa embajada de los United States of America, ese pijerío inasequible y guapo que mira con indiferencia, casi con sorna al atleta de ocasión… y allí, al final del túnel, nueve mil patadas más sobre el asfalto del Aqueronte, al otro lado del mundo la cuesta interminable de la avenida de la Albufera, Vallecas: Colchonerías Paco, Salones Lupita, pura Lima en sus platos, Payaso Fofó, Whang Cheng, lollitos de plimavela.  Cerbero vigilante decide dónde van las almas. Ved de cuán poco valor son las cosas tras que andamos y corremos, que en este mundo traidor aun primero que muramos las perdemos. De ellas deshace la edad, de ellas casos desastrados que acaecen, de ellas, por su calidad, en los más altos estados desfallecen. La catarsis. Memento mori.

La vida es una pompa de jabón

Fotos de Terry Mangino

Hipomenes y Atalanta tiran del carro de Cibeles como castigo por haberse dado a la lujuria en el templo de Zeus.

Me asustas, nochebuena, porque estás como ausente


Pascual Izquierdo

Pasen, pasen y vean, señoras y señores. Pasen, pero, por favor, no se agolpen ni amontonen, que hay para todos. Pues no en vano la fiesta dura ahora cuatro meses. Pasen, pasen y compren, señoras y señores, que ya hace unas cuantas semanas se inauguró oficialmente la campaña.

Pasen, pasen y vean, señoras y señores. Pero con orden y con calma, que hay para todos. En esta temporada afloraron los turrones cuando la última partícula de arena aún no se había desprendido de los cuerpos desnudos. Unos días después, a comienzos del otoño, llegaron los perfumes, pues convendrán conmigo que es absolutamente necesario inundar cuanto antes de fragancias exquisitas este presente tan nauseabundo que nos cerca. 

Pasen, pasen y admiren la constelación de luces que, desde finales de octubre, alegran los es­caparates y las calles. Algo absolutamente fabuloso, señoras y señores. Ya está encendido el universo. Y la ciudad que no se sumerja en este derroche de energía es que no existe en el mapa y no entiende el fenómeno de la modernidad, sólo al alcance de los más avispados. Ya está encendido el universo porque hay que ocultar la intensa oscuridad que nos rodea, hay que ahuyentar las tinieblas que nos amenazan, hay que espantar el miedo que sentimos ante un futuro que se nos va de las manos.

Pero pasen y vean, señoras y señores. No se dejen envolver por estos presagios tan impropios de estos tiempos en que se impone la felicidad casi por decreto. Pasen y compren, que ya ha llegado la feria tan esperada de la Navidad.


Conde Duque de Torrelodones

Son fechas tradicionales,

De abusos y de invasiones,

Donde abundan ocasiones,

En estos tiempos globales,

De tocarnos los c…


Luis de Góngora y Argote

Dineros son calidad
¡Verdad!
Más ama quien más suspira
¡Mentira!

Cruzados hacen cruzados,
Escudos pintan escudos,
Y tahúres muy desnudos
Con dados ganan condados;
Ducados dejan ducados,
Y coronas majestad,
¡Verdad!

Pensar que uno sólo es dueño
De puerta de muchas llaves,
Y afirmar que penas graves
Las paga un mirar risueño,
Y entender que no son sueño
Las promesas de Marfira,
¡Mentira!

Todo se vende este día,
Todo el dinero lo iguala;
La corte vende su gala,
La guerra su valentía;
Hasta la sabiduría
Vende la Universidad,
¡Verdad!

En Valencia muy preñada
Y muy doncella en Madrid,
Cebolla en Valladolid
Y en Toledo mermelada,
Puerta de Elvira en Granada
Y en Sevilla doña Elvira,
¡Mentira!

No hay persona que hablar deje
Al necesitado en plaza;
Todo el mundo le es mordaza,
Aunque él por señas se queje;
Que tiene cara de hereje
Y aun fe la necesidad,
¡Verdad!

Siendo como un algodón,
Nos jura que es como un hueso,
Y quiere probarnos eso
Con que es su cuello almidón,
Goma su copete, y son
Sus bigotes alquitira
¡Mentira!

Cualquiera que pleitos trata,
Aunque sean sin razón,
Deje el río Marañón,
Y entre el río de la Plata;
Que hallará corriente grata
Y puerto de claridad
¡Verdad!

Siembra en una artesa berros
La madre, y sus hijas todas
Son perras de muchas bodas
Y bodas de muchos perros;
Y sus yernos rompen hierros
En la toma de Algecira,
¡Mentira!


Fotos de Terry Mangino


Las cartas de los Machado a Unamuno

Agustina de Champourcín

El género epistolar.  Vincent escribiendo decenas, cientos de cartas a su hermano Theo, su consuelo, la tabla de salvación de aquel loco maldito. Tres cuadros vendió en su vida. El muchacho frente al océano inmenso, allá en su garita, el recuerdo de su novia, tan lejos ella, ellos: Margarita, está linda la mar y el aire lleva esencia sutil de azahar, tu acento… Margarita, te voy a escribir una carta de amor…

 35000 escribió don Miguel de Unamuno a lo largo de su vida, no todas de amor, que sí lo hizo, enamorado, deseando a su novia Concepción durante aquel viaje juvenil con su tío: Apuntes de un viaje por Francia, Italia y Suiza, de 1889. Tenía 25 añitos, ¡cómo iban a ser castas! Después tuvieron nueve hijos. Y alguna denunciando el terror franquista que le costó la vida, la última visita que recibió, del falangista Bartolomé Aragón, ignoto personaje presente, ¡Presente! en su muerte. Aquella que escribió al ABC de Sevilla, el 11 de diciembre, apenas veinte días antes de morir: «… debo decirle [al director, Juan Luca de Tena] que por muchas que hayan sido las atrocidades de los mandos rojos, los hunos, son mayores las de los blancos, los hotros. Asesinatos sin justificación. A dos catedráticos, a uno en Valladolid y a otro en Granada por si eran masones. Y a García Lorca…». Cartas a Azorín, a Rubén («Hay que ser justo y bueno», tituló una carta de homenaje al poeta tras su muerte, en 1916), a doña Emilia, a las mujeres poetisas, no a las poetas hombre, con las que se debilitaba su emoción. Cartas que recibió de los Machado, muchas, cuyas respuestas se han perdido con el trajín del tiempo y las condenas de los exilios, que aparecen de repente en la almoneda de los mercaderes que comercian con los sueños ajenos.

Antonio y Manuel Machado, los hijos de Demófilo, el pretendiente folklorista del ingenio literario de doña Emilia, noviembre de 1883. Los Machado, vidas atribuladas por la tragedia nacional. Antonio, la humildad de siempre, la modestia, el sufrimiento perpetuo de su alma, la pérdida de su ser más querido, Leonor. Rubén les ayudó económicamente, en 1911, a regresar al hogar soriano desde París, herida de muerte su esposa-niña. Escribe Antonio a Unamuno una epístola dolorosa para ahogar sus penas, agonizando ella en la alcoba próxima. Y desnuda en sus misivas su espíritu patético marcado por el desenlace: «El hombre que habla como un libro es incapaz de escribir un libro que hable sobre el hombre». O aquella otra, la número 69, donde confiesa que: «Empiezo a comprender el valor de las cartas: en ellas se dice lo que se siente, fuera del ambiente social, donde ni el hombre se oye a sí mismo ni oye a su prójimo». ¡Ay, don Antonio! Nunca descendió de la edad de la inocencia. Y Manuel cabizbajo, a la sombra siempre, reconoce “el enorme talento literario de mi hermano Antonio y su libro Soledades”. Y le pide favores, que escriba don Miguel opiniones encomiables para sus libros, recomendaciones para publicar en los periódicos de Ortega Munilla, el padre de don José Ortega y Gasset. Y se ve a un don Manuel marcado por la presencia gloriosa de su hermano, subyacente a su figura, que después, amenazado por el terror del fascio, se verá obligado a vender su existencia por un plato de lentejas. Y a veces las ideas de todos son más contundentes en las cartas que en los textos. Y el mismo don Miguel, enriscado en algún debate teosófico duda de la autoría de su pensamiento: «Pero esto, ¿quién lo ha escrito, Machado o yo?».

Pollux Hernúñez, salmantino, investigador erudito y doctor en Unamuno lleva años persiguiendo la huella de don Miguel y los avatares temporales que soplaron su derrotero por los procelosos años que le tocó vivir. Una época terrible de la historia que le condenó al rechazo o al reconocimiento extremo de las dos Españas, que don Miguel afrontaba impasible, serena la mirada, firme su voz desde el rompeolas de su nao capitana en la que navegaba su azaroso batallar. Si antes Pollux se interesó por los viajes juveniles parisinos de don Miguel, o indagó, sabueso de Scotland Yard, en aquel terrible episodio del Día de la Raza, 12 de octubre de 1936, Unamuno levantando su voz contra Pemán, contra el tullido, también de cerebro, Millán Astray, ¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia! pregonaba en un graznido de sarro el coronel, contra todo el falangisterio cavernícola que le amenazó con la hoguera en aquel bufido patriótico de la universidad, retirándose a su exilio interior, a la próxima muerte, protegido por el brazo de la Franca, ahora, Pollux, decíamos, se ha sumergido en las cartas conocidas de los hermanos Machados, una labor prolija de años de buceo. El fruto es este libro: Los Machado y Unamuno: Cartas, editado por Oportet Editores, recopilación de las epístolas íntimas que intercambian los tres escritores donde se desmenuza un tiempo y unos hombres víctimas de las circunstancias, aquellas que apuntaba el hijo de Munilla, el filósofo don José. Un trabajo hercúleo que ahora sale a la luz incluyendo textos relacionados con ellas, y añadiendo notas documentales, una bibliografía esencial, un índice onomástico general, y la reproducción fotográfica de varias cartas.

Pollux Hernúñez en la presentación del libro el pasado 28 de noviembre. Foto de Manuela Lozano.

En estos tiempos de prisas, de mensajes de 144 matrices, de abandono de los libros y de los periódicos, de las falsas noticias que anulan la crítica colectiva o convierten a la opinión pública en un campo abonado para el sistema, esa confabulación que ha encontrado en la tecnología el soma adormecedor del populacho, el pan y el circo del gran hermano, el aturdimiento colectivo a través de una pantalla de un teléfono móvil, ahora conviene reflexionar y hacer un alto en el camino. Y enfrentarse a la turbamulta de la estulticia con la valentía con la que se enfrentó Unamuno aquel 12 de octubre, a la caverna falangista. Hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado. Y releer las reflexiones de los Machado. El género epistolar. Ese que ya no se practica. Quizás aún haya algún centinela que desde su garita escriba cartas de amor a una novia lejana, cercana en su corazón, como don Antonio, como don Manuel, como don Miguel enamorados: “Ya que lejos de mí vas a estar, guarda, niña, un gentil pensamiento al que un día te quiso contar un cuento”.

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Venceréis, pero no convenceréis

La tía Tula


“Tormento”: Almudena y don Benito

Agustina de Champourcín

Aún impresionados y maltrechos por la inesperada pérdida de Almudena Grandes viene a la memoria la charla coloquio que pronunció en la Sala Mapfre, Madrid, el 3 de diciembre de 2014. Almudena Grandes habló en aquella ocasión sobre “Tormento”, una de las tres Novelas Contemporáneas de Benito Pérez Galdós, cuya influencia en su obra admitió, en particular en sus “episodios” basados en la vida y personas que sufrieron la terrible contienda y la eterna posguerra que asoló este país bajo las órdenes del general bajito. Defensora a ultranza de Galdós, hay en sus novelas, más allá de su primer gran éxito, aquella historia femenina del descubrimiento tumultuoso y excesivo del sexo, una predilección por escribir bajo el aura galdosiana. Almudena se siente influida por don Benito, y como él, necesita comprender España. Quizás porque «la literatura es el ajuste de cuentas con la realidad. El espejo de la vida es la novela —dice—. Y hay que escribir de lo que se conoce».

Almudena Grandes en la Feria del Libro de Madrid, mayo de 2018.

Almudena Grandes contó aquel día que leyó “Tormento” (escrita en 1884) a los quince años, en el verano de 1975, en Becerril de la Sierra, un pueblo de la sierra de Madrid donde pasaba los veranos de su juventud. Recordemos que el 27 de septiembre de ese año el general Franco fusila a tres activistas del FRAP y a dos de ETA, las últimas condenas a muerte que llevará a cabo su Excelencia, que fallecerá apenas dos meses después. También recuerda que la República hizo una edición económica de los Episodios Nacionales para leerla en las trincheras. Y que el primer acuerdo del Ayuntamiento de Las Palmas (abril de 1939) tras la victoria de Franco en la Guerra Civil fue borrar a Galdós del Registro Civil. Galdós no existió para ese consistorio.

            Sobre la mujer en “Tormento” y la ambigüedad Pipaón-Amparo, Almudena declaraba que «me cae bien el personaje de la Pipaón, Rosalía. Las mujeres fuertes de Galdós suelen ser secundarias. La Pipaón está un paso por encima de la burguesa Francisca, de “Misericordia”. Francisca es el ama de la Benina, la mendicante que, ayudada por el judío y pordiosero Almudena, recurre al sacrificio personal con tal de proporcionar a su señora el lujo que no tiene. Rosalía-doña Francisca son el quiero y no puedo. En “Tormento”, el precio de la virtud es la humillación, la perdición que sufre Amparo. Rosalía es un planeta del sistema solar. Amparó, en sí, es abúlica y débil. Agustín Caballero es el “buen salvaje” que viene de América, un continente a medio hacer despreciado por los españoles. Agustín escoge a Amparo por guapa y por mansa, porque es el único resquicio de inocencia en esa casa. Rosalía está mendigando constantemente en la novela. Y abusa de Amparo como después la marquesa de Tellería abusaría de ella, de la de Bringas».

»Para la mujer sólo había tres opciones en la vida: casarse, la mala vida o meterse a monja. En un país tan corrupto como España, la de Bringas acabará en la mala vida. Refugio —hermana de Amparo— posa vestida para un artista (¿referencia galdosiana a Lorenza Cobián, madre de su única hija y modelo de Emilio Sala?).

»Hay una correlación entre “La Regenta” —con el magistral y Ana Ozores— y “Tormento” —con Amparo y Pedro Polo— (escritas ambas en 1884).

»“Tormento”, es una novela de interiores, sin protagonista, de antihéroes. Galdós rompe con el romanticismo. Galdós mimaba a sus personajes. Con Galdós se acaba leyendo en primera persona, el él se convierte en nosotros. Aunque sus personajes sean pusilánimes, como todos los españoles. Agustín Caballero es un pusilánime. También lo es Francisco Bringas. Como lo es Felipe Centeno. No lo es Pedro Polo, el cura apuesto del que se apiada Galdós, aunque sea un acosador. Y secundarios como José Ido del Sagrario, como Marcelina Polo son personajes que te dejan con hambre.

»El protagonista es España. El otro protagonista es La Gloriosa, la revolución fracasada, reina ya Alfonso XII. Galdós escribe desde la perspectiva de que nada ha servido para nada. La de Bringas es una pirámide de corrupción. Como ahora. ¿Hasta qué punto está podrido este país? Galdós detesta esa España. Estaría cerca del personaje de Agustín Caballero. No hemos llegado a ninguna parte, como en las novelas galdosianas.

Y sobre la influencia que las novelas del canario han tenido en la literatura española baste recordar a Buñuel, a Max Aub, a Alberti, a Cernuda… Galdós: “El estilo es mentira, la verdad mira y calla”. Tolstoi: “El estilo, mejor limpio que brillante”.

Y acabó con una frase rotunda, que quizás explique aquel rechazo que don Benito sufrió de este país cainita y clerical negándole el pan, la sal, la candidatura al Premio Nobel. Y que aún hoy enzarza a seguidores y detractores galdosianos: “Lo que no le perdonaban a Galdós es que fuera guapo”.


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Centenario del fallecimiento de Galdós

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La luz en la batalla

CENTENARIO DEL FALLECIMIENTO DE EMILIA PARDO BAZÁN

Agustina de Champourcín

Este año se ha cumplido el centenario de la muerte de Emilia Pardo Bazán y para homenajear a tal extensa dama y comprender su obra, sus inquietudes, sus éxitos, el rechazo que provocaba en los hombres sus exigencias, las personalidades que acompañaron su vida, los hechos históricos que se desarrollaron en aquella difícil época y su tiempo nada mejor que leer su biografía “La luz en la batalla”, una obra faraónica escrita por la profesora Eva Acosta, que ha empleado trece años de estudio y metódica aplicación en investigar y desvelar la trayectoria existencial de la gran condesa de Pardo Bazán.  La biografía va pareja a la vida superlativa de la biografiada.  Un empeño y un resultado excelso, impropio de estos tiempos de prisas y emborronados. Usa la autora una prosa ágil que el lector agradece y que al interesado en las “hazañas” de doña Emilia le resultará provechosa y le desvelará algunos secretos de la sin par condesa. Está editada cuidadosamente por Ediciones del Viento, lo que también es de agradecer si el lector no quiere dejarse los ojos en su lectura. Aunque no se garantiza que el espíritu de doña Emilia no se le aparezca al reticente caballero que dude de sus propuestas feministas y le diga, trasferido a la jerga actual: «Macho, bájate del burro».


EXCESIVA, arrolladora, un volcán en erupción serían epítetos apropiados para calificar la personalidad exuberante de doña Emilia Pardo Bazán. Una vida interior exagerada y una lucha por sus ideas feministas, reivindicativas de los derechos de la mujer que aquella sociedad masculina tan raquítica y misógina no entendía o no estaba dispuesta a permitir. Su existencia fue un combate constante contra una legión de laureados hipopótamos, literatos oscuros que no admitían que una señora pudiera ser más inteligente o escribir mejor que ellos, o que pensara más allá de las tareas “propias de su género”, sesudos académicos interesados en darse esplendor y excluirla de los cenáculos donde decidían quién era el catecúmeno aceptado. Incluso tuvo que lidiar contra la opresión de su confesor, un retromacho franciscano próximo a la inquisición moral que la recriminaría por abandonar a su marido exigiéndola la vuelta al himeneo. No le hizo caso doña Emilia que recibió, no obstante, el apoyo decisivo de su padre, José Pardo Bazán Mosquera, hacendado, alcalde de La Coruña y diputado a Cortes, hombre tolerante y abierto que le animó a fluir por sus deseos de libertad y de saber.   

            Vivió la historia agitada de un país en descomposición que se arrastraba imparable a la tragedia. Nació en 1851, en tiempos de la reina de los tristes destinos. Se casa con 16 años, uno antes de La Gloriosa. Verá el asesinato de Prim, el efímero reinado de Amadeo, “Macarronini I”, la república federal, el golpe de estado del general Pavía, la república unionista, el golpe de estado del general Martínez Campos que llevó a Restauración borbónica del joven Alfonso XII, la regencia de María Cristina, el desastre del 98, el regeneracionismo, el reinado degradante de Alfonso XIII y los ecos de la Gran Guerra que destruía Europa. Y tres magnicidios más, el de Cánovas del Castillo en 1897, el de Canalejas en 1912 y el de Dato en 1921, apenas dos meses antes de su fallecimiento.

Fue el suyo un matrimonio de conveniencia al que renunció impulsada por el afán de conocimiento que le hervía en su espíritu. Aunque la relación cordial con su marido, José Quiroga Pérez, se mantuvo hasta el final. Él le concedió todos los poderes legales que la permitieran disponer de su hacienda a su voluntad en busca de la cultura y de los libros que calmaran su sed de luz. Y ella le guardó luto tras su muerte, en 1912. Fue madre de tres hijos (el primogénito, Jaime, militar africanista, fue fusilado en Madrid, en 1936 por los chequistas) y a pesar de eso viajera incansable por media Europa, sobre todo por el París más cosmopolita e ilustrado, amiga de los grandes escritores del momento: Zola, Goncourt e incluso Víctor Hugo (con el que tuvo una sonora pero amistosa controversia) le reconocieron su ingenio. Aunque sufrió las críticas acerbas de los más próximos, sus paisanos de la España consuetudinaria: Clarín fue el abanderado de una persecución contra sus escritos a la que se sumaron Menéndez Pelayo, o Palacio Valdés, o después Pío Baroja. Hasta el final de sus días sufrió el ensañamiento de la machista y refinada intelectualidad.

Emilia Pardo Bazán pintada al pastel por Joaquín Vaamonde, 1896. El pintor falleció en su casa de Meirás en 1900, con 29 años, fue su protegido y posiblemente amante.

Ateneísta, editora de colecciones formativas para la mujer, crítica literaria, poetisa juvenil, ensayista, autora dramática, mantiene amistad y correspondencia a lo largo de toda su vida con Francisco Giner de los Ríos, su padre espiritual, y con los krausistas, aquellos para los que la ecuación mujer-saber no es tabú. Y es amante de grandes figuras del momento como fueron el periodista José Lázaro Galdiano o don Benito Pérez Galdós, su amor secreto. Doña Emilia fue la primera en asistir al velatorio del maestro, fallecido el 4 de enero de 1920 en su domicilio de la calle Hilarión Eslava de Madrid, no muy lejos del 27 de Princesa donde ella vivía.

 Siempre fue contraria al regionalismo, ya fuera político o literario, lo que le valió el rechazo de un buen número de galleguistas próximos a Rosalía de Castro, con la que apenas si se vieron. Y también fue carlista militante en su juventud, contrarrevolucionaria, ultraconservadora, partidaria de las guerras del Rif (fue la suegra del general Cavalcanti) y patriota convencida de que era necesaria una mano de hierro que repusiera el honor perdido en Cuba. Y que metiera en cintura a la nación sin rumbo y sin gobierno. Y a poco estuvo de verlo, murió dos meses antes del terrible Desastre de Annual. Y dos años antes del golpe de estado de Primo de Rivera.

Pues todo esto y mucho más se cuenta en la biografía “La luz en la batalla”.

Y al igual que el marqués de Bradomín, el hijo literario de su amigo Valle Inclán al que trató en el Ateneo, la condesa de Pardo Bazán era fea, católica y sentimental.

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Monumento a Emilia Pardo Bazán en la C/ Princesa, Madrid, enfrente de donde vivió y falleció. Obra de Rafael Vela del Castillo, 1928.

El matemático Puig Adam, el abuelo del punki y la memoria

Teodosia Gandarias

La memoria, frágil latido que vuela con el tiempo sin dejar rastro. «El que no tiene memoria se hace una de papel» decía García Márquez, memorias de sus putas tristes que se abrazaban, viejas, al deseo tardío de las carnes jóvenes antes del final inexorable. Como nuestros seres queridos que permanecen vivos mientras les recordamos más allá del tiempo en que partieron.

«Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con caracteres que conocí ser arábigos» cuenta Cide Hamete Benengeli, aquel apócrifo recolector de historias que se las ofrece al lector de Don Quijote rescatándolas del olvido y de la destrucción del tiempo y de la materia.

Eso hace Josefina Carabias con sus memorias de “Azaña. Los que le llamábamos don Manuel”, libro reeditado actualmente, éxito de ventas escrito hace ya cuarenta años de que ella trascribiera sus recuerdos de otros cuarenta años antes. Don Manuel, persona y personaje al que las circunstancias llevaron a la tragedia, a la laguna Estigia, condenado al Hades por Polifemo. Época terrible de enfrentamientos en la historia de este país que azotó a generaciones de perdedores y que Carabias narra con la perspicacia de su saber periodístico.

Y es sentimiento encendido, puro ardor amoroso el que doña Pardo Bazán trasmite en su epistolario con Pérez Galdós, gozo y desenfreno que ha llegado a nuestros días y que causa rubor al lector de ahora que curiosea sus íntimos deseos, sus memorias descubiertas 135 años después: «A mí no sé qué me parece la idea de estar sin ti, y tú, pobrecito, también sin mí te encontrarías muy mal… Pues bien: yo no quiero que me dejes. No; tú eres para mí. Para mí tus besos todos, todos».

Fermat apeló, en 1637, a la falta de espacio en su cuaderno para obviar la demostración de su conjetura: an≠bn+cn siempre que n>2.  Fueron necesarios 358 años para que Andrew Wiles la demostrara en 1995. Un paso atrás en la historia de la humanidad que se hubiera evitado con un poco más de papel, con un poco más de memoria. Quizás fuera demasiado corta para el porvenir de este país la vida de Pedro Puig Adam (1900-1960), matemático, ingeniero, músico, pintor y pedagogo iniciado en su saber a la sombra de la Junta de Ampliación de Estudios. Hombre de ciencia cultivado junto a Rey Pastor, junto a Blas Cabrera, que impartió su saber en las enseñanzas medias y universitarias, y que escribió infinidad de obras dirigidas a la divulgación de los números para los más jóvenes. Aún se puede disfrutar de su docencia repasando sus libros de geometría escritos para los aprendices, o de cálculo diferencial para los técnicos. En Getafe, un pueblo enorme de la periferia de Madrid famoso por ser la cuna de la aeronáutica, existe un instituto de enseñanza media que lleva su nombre, un homenaje a un tiempo de esplendor y de amor por el conocimiento.

Por ese instituto ejerció también de profesor Ezequías Blanco, enseñante de varias generaciones, poeta, cuentista redomado, facedor de triquiñuelas admirables, enredador lírico, descriptor de la única clase de monos que estornuda, abuelo de un punki y editor durante treinta años (1988-2018) de una revista literaria que recogía a los más y a lo más destacado del panorama de las letras y de las artes que se producía en España: Cuadernos del Matemático.  

«Cuadernos del Matemático era una revista de vanguardia a la antigua usanza; es decir, luchó por llevar a buen término proyectos y sueños, pretendió abordar críticamente la realidad de la creación en todos sus ámbitos, aunque, sobre todo, en el literario, en el poético, dando cabida en sus páginas a las tendencias creativas más diversas. Convivieron en ella esencias maduras y elixires jóvenes, sin más pretensión que la de mostrar, la de ser espejo de su presente. Por otra parte, fue un lujo literario en el que el rigor se asoció con la experimentación dentro de una presentación impecable».

De aquella aventura —porque conseguir financiación y patronazgo para la cultura es tarea heroica— se editaron 61 números. Cíclopes y lotófagos sucumbieron en sus intentos de arruinar el viaje de Cuadernos, pero las circunstancias económicas de los últimos tiempos hicieron que mantenerla fuera imposible. Ezequías puso punto final a la odisea a la que se entregó durante tantos inviernos tempestuosos, cruzó victorioso el Hades del desánimo y desembarcó en Ítaca impulsado por los vientos venturosos del Aqueronte. Se reencontró con Penélope en el parnaso.

Afortunadamente, esa labor recolectora de un tiempo y de las obras de los hombres no se ha perdido. Sus cartapacios no cayeron en el desván de la intemperie de un sedero. Los ha recogido el Museo de Getafe, impulsado por la Asociación de Amigos del mismo y ahora están al alcance de cualquier curioso que quiera revisarlos y extraer de ellos aquella constancia de tres décadas de clasificación letrada y plástica.

Están disponibles en la siguiente dirección:  https://museo.getafe.es/omeka/collections/show/58#.YYGNLkHkz1w.facebook

 Es necesaria la memoria escrita, mantener encendidos los rescoldos del gran incendio de la vida. Gracias a esos testimonios, a esos archivos abiertos sabemos de la inexpugnable conjetura de Fermat y su desentrañamiento por Wiles; del interés lector de Cide Hamete Benengeli; de los amores de doña Emilia y don Benito; de don Manuel, cubierto su ataúd en Montauban, Francia, con la bandera de México, madrastra España; de la geometría de Puig Adam; de los gustos literarios y artísticos de aquella irreverente post-transición. Gracias al papel sentimos la presencia de nuestros seres queridos en los altarcillos domésticos, sus fotografías, que disponemos en nuestros hogares. Las memorias de las cosas, de las personas siguen vivas mientras alguien les dispense el tributo de su consulta, de su mirada.

Último número de Cuadernos del Matemático, marzo de 2018

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