Morir de éxito

Gabriel de Araceli

El calor de fundición que caía sobre Atocha no impidió que cientos de miles, tal vez un millón de personas abarrotaran el sábado 2 de julio todo Madrid para festejar la cabalgata del Orgullo Gay. Cientos de miles, tal vez un millón de personas que bailaron, comieron, bebieron, gritaron, defecaron, orinaron, se besaron, fornicaron o se prometieron amor eterno durante un fin de semana. El Orgullo Gay se ha convertido en un espectáculo de masas al que acuden las gentes como si acudieran a festejar los triunfos de una selección de fútbol, equipados con una camiseta o una bandera arco-iris en lugar de una roja, a empaparse de vida y de carnalidad y a olvidarse de la vida cotidiana y la frustración que nos ha dejado el brexit y las elecciones. A veces es difícil encontrarle el sentido a todo este carnaval, a todo este desenfreno en el que se ha transformado la cabalgata del Orgullo. En principio se trataba de una reivindicación sobre los derechos de las personas a elegir y practicar la sexualidad que quieran en absoluta libertad, tal como le corresponde a cualquier ciudadano, pero el follaje de disfraces y pelucas confunde el propósito original y más parece un preámbulo cachondo que acaba en tolerante botellón, empapados en alcohol magreando a una muchacha, o muchacho.


Fotos tomadas el 2 de julio de 2016, en Atocha y alrededores, entre las 19 y las 21 horas por: ® Ángel Aguado López



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