Rafael Alonso Solís
Aunque publicado algunos años más tarde, el primer poemario escrito por Borges parece datar de 1923. Esa fecha, al menos, figura en su poesía completa, en la edición de Destino de 1989. En el prólogo de 1969 reconoce no haber reescrito el libro, pero sí haber “mitigado excesos barrocos y limado asperezas”. En mayo de 2010, tras leer una extraña noticia sobre la supuesta novela que Borges guardaba, decidí contar lo que sabía. Imitando al argentino, yo tampoco reescribiré mi recuerdo, o tal vez sí. En cualquier caso trataré de no desentrañar lo que aún es pronto para ser conocido. Borges acostumbraba a citarse consigo mismo en los parques japoneses, en los atardeceres del arrabal y en las calles de Boston. Fue así como acabó descubriéndose dos hechos que acabarían siendo fundamentales en su vida y su muerte: que toda poesía –y, por extensión sublimadora, toda la literatura– procede del fondo del misterio, ya que “nadie sabe del todo lo que le ha sido dado escribir”, y que la extensión de cualquier relato es directamente proporcional al espacio que ocupa en la mente de su creador, e inversamente a la duración de su vida. Para huir de su destino, Borges dedicó su existencia a escribir cuentos y poemas, confiando en hallar la puerta que le conduciría a la inmortalidad y descubrir el origen del misterio. En una ocasión, sin embargo, comenzó a escribir la historia de la humanidad. Angustiado por desconocer tanto el principio como el fin de la saga, trató de destruir los primeros folios. Cada noche la historia surgía de nuevo y su argumento daba vueltas por los pliegues de su cerebro, pugnando entre recordarlo todo –como Funes el memorioso– o quedar sumergido en un olvido reparador –frente el atardecer, la mañana; frente a la desdicha, la serenidad–. Todo fue en vano. Mientras el libro crecía en su mente y la historia se convertía en un reflejo, aún pálido, de las leyendas contenidas en los archivos akásicos, su estructura mortal perdía consistencia y disminuía de tamaño. Al principio intentó disimularlo usando trajes grandes y oscuros, que producían una sensación de mayor volumen, al tiempo que exageraba sus achaques de anciano y mentía sobre las veces que había leído la Enciclopedia Británica, cuando la realidad es que la escribía mentalmente cada noche con objeto de olvidar su propia novela, cuyo crecimiento incontrolado ya era incapaz de frenar. Pero la historia continuaba aumentando en extensión y densidad, en un efecto imposible en que la masa de la ficción se concentraba a expensas de su propio tamaño, con un Borges cada vez más exiguo, diminuto y transparente. Finalmente, la novela llegó a su fin y desbordó los límites imprecisos del vacío. El 14 de junio de 1986, hace ahora treinta años, Borges desapareció como por ensalmo, y sus allegados optaron por anunciar su fallecimiento. En un rincón de la casa encontraron un gastado bastón sin dueño. En el fondo de un cajón de su cómoda reposaban, marchitos, unos folios ininteligibles.
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–Borges, usted es un genio.
–No lo crea, son calumnias.
Genios o no, la fascinación que ejercen sobre sus lectoras los legendarios autores es significativa. Las mujeres ocuparon en la vida de Borges un papel protagonista. Y ya de anciano su vida sentimental se consolidó con María Kodama, 40 años más joven que el escritor, al que conocía desde que era una niña y con la que mantuvo una relación singular. Cómo funciona una relación entre dos seres diferenciados por tanta edad es un enigma.
Algo similar sucedió con nuestro temperamental don Camilo José Cela. Genio, figura hercúlea y polémica en las letras españolas del siglo XX. Don Camilo lo dejó todo porque Marina Castaño le dijo ven. No fueron obstáculo los 42 años que separaban a ambos. Castaño sufrió el repudio de todo el entorno del escritor, que la acusó de buscavidas y de ser una intrusa interesada al aproximarse al laureado Cela.
Y a comienzos de los 90 el paso dubitativo de Rafael Alberti por los pasillos de los Cursos de Verano de El Escorial, abrazado con mimo por María Asunción Mateo destapaba todo tipo de comentarios: «Esta noche, ella gemía» secreteaba el personal de servicio encargado de las habitaciones del hotel Felipe II. Él tenía 88 años y ella, Mateo, una profesora anodina de literatura, era 42 años más joven que el poeta y volcán, aquel caballo cuatralbo, caballo de espuma cuya vida fue una odisea desbocada.
¿Cuáles son las razones que explican estos amores desiguales? Se aventura que el universo personal que aquellos genios de la literatura arrastraban consigo alteraba el entendimiento de aquellas mujeres y las fascinaba de tal manera que eran incapaces de sustraerse a la senilidad de los caballeros con tal de vivir bajo su estela, sacrificando todo por aquel paraíso inesperado. Y a ellos no les importaba, en el umbral de su desaparición arrebatarle a la espuma de sus recuerdos algunos destellos con los que regalar a sus jóvenes odaliscas.
Gabriel de Araceli
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