
Agustina de Champourcín
Correr hacia el futuro para olvidar el pasado, patear en muchedumbre sobre el asfalto, el río que nos lleva, como una catarsis redentora o una introspección sanadora o una purga vomitiva que arrojen de nosotros las heces de la existencia y alivien las heridas que nos ha dejado el año que queda atrás. Un rito colectivo al que la multitud se somete anualmente como si pasara página, como si borrara un mal recuerdo, deseosa de olvidar el ahora y adentrarse en un futuro feliz y dichoso. Más de cuarenta y dos mil almas navegan la tarde madrileña de san Silvestre en la odisea atlética desde el rico Bernabéu a la humilde Vallecas en busca de la ventura prometida. Por unas horas la ciudad pierde su aspecto agresivo y se convierte en camino hacia una esperanza efímera, nueva, brillante, prometedora de ilusiones y nuevos rumbos que volverá a ser la misma de la que huimos con el paso de los días, de los meses. Miles y miles de pasos resonando en el silencio de la tarde por las calles sin coches, pero llenas de espectadores escépticos, prisioneros de sí mismos que tal vez el año próximo formen parte de ese pelotón trashumante hacia los sueños. Solidaridad en ese amasijo compacto de zancadas y sudores. La ciudad parece más humana, menos árida, dispuesta por un rato a albergar en su seno al ciudadano errante. Ánimo, valiente, corazón de hierro en esta última tarde del año. En poco menos de una hora habrás llegado al paraíso, a tu Ítaca. Al otro lado de la meta Penélope te espera.
Fotos de Terry Mangino














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