El cura y los mandarines

No deja títere con cabeza la guadaña de Gregorio Morán, que cercena sin piedad a los conjurados que pueblan su obra El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados. Aunque acotada entre el año del contubernio, 1962, y la recuperación del poder por la derecha torva de Aznar, 1996 (¿alguna vez se fue?) su extensa crónica, más de 800 páginas, describe un vastísimo retablo de personajes y conspiraciones anteriores y posteriores a esas fechas, en las que los navajeros de la cultura franquista se enfrentan, entonces, en singular batalla por demostrarse los más leales y gozar de los favores del Caudillo. Y luchan por desprenderse a la desaparición del sátrapa de aquel uniforme servil para sobrevivir, ahora demócratas, en la Transición y aun medrar en ella con éxito de fanfarrias.
Maestro en el arte de procurarse enemistades quizás le ampare a Morán que muchos a los que reconviene en su obra hayan fallecido hace tiempo y no puedan defenderse. Es el caso de Cela, al que Morán le fustiga con alevosía inquisitiva. Algo personal tiene Morán contra gregorio_morandon Camilo (“un compendio de talento y golfería”), por mucho que el laureado autor hubiera hecho durante su dilatada carrera méritos suficientes, cucañero es el epíteto más gentil que le dedica Morán, por concitarse toda clase de rechazos hacia su personalidad trepadora y altanera. Pero igual le sucede con muchísimos mandarines a los que disecciona en sus páginas, ya sea López Aranguren (Amarguren, en 1955 le regalaron la cátedra de Ética por su contribución a la sociología del franquismo), Laín Entralgo (“a Laín le faltaban dos cosas, talento y valor. Un símbolo de la cobardía moral de los intelectuales del franquismo”), Julián Marías (“nunca nadie dijo tan poco con tantas palabras”), Luis Martín Santos (a este le ataca menos), Víctor García de la Concha (el capítulo que le dedica al director de la RAE le granjea a perpetuidad el veto a figurar en tan limpia, brillante y espléndida institución), o el duque Jesús Aguirre, antes cura progre en la iglesia de la Ciudad Universitaria, protagonista singular del libro (“El confesionario es una escuela de altísima psicología, sin comparación ni siquiera con el psicoanálisis”) y sobre el que gira en gran parte la autopsia de esos más de cuarenta años de historia de la cultura española, muchos más.
A todos alcanza la pluma flamígera de Morán, ya sea para resaltar en la Belle Epoque de la democracia las escasas diferencias entre dos demócratas de toda la vida, Cebrián y Ansón, hijos de un mismo caudillaje, o a Polanco y Ortega Spottorno, aupados por el interesado Fraga para cuajar, junto al hijo de Vicentito, el alumbramiento del intelectual colectivo, EL PAÍS, opinión pública en forma de tabloide para desarrollo de lo democrático. Pero igual le pasa a Lázaro Carreter, al que le regala sus más aceradas críticas. A Umbral tampoco le deja costilla sin moler, que el ínclito Paco recibe jarabe de palo como no podía imaginar su grave memoria, chapero de la literatura, le llama. La mordiente pluma de Gregorio Morán ataca al franquismo con saña, o con la tranquilidad de sentirse seguro con el viento a favor de la historia, aunque sea pendular y vuelvan los fantasmas a ulular, resucitados, entre las almenas populares. Fraga es el gran villano, merecidamente, del franquismo, sin olvidar a la parafernalia falangista, o a la signatura venenosa del Opus Dei. Ironía, curiosidad, pulso y púa, paciencia y precisión de amanuense despliega Morán en su examen lacerante sobre el régimen fatuo de los sesenta, en un país con una pata en el XIX y la otra en el servilismo pustuloso al caudillo, los tiempos del cólera. Incisivo, mordaz, irónico, soberbio e irreverente, sobrado de razón al tratar personajes y situaciones, que nada perdona Gregorio Morán, anatema de franquistas camuflados.
Las razones que esgrime Morán para excusarse de este parto múltiple (diez años le llevó su gestación) son el enigma que le produjo comprobar que aquellos adalides que durante el cólera tan cómodos se encontraban con el bicho se adaptaron sin problemas a la nueva situación democrática, y renegando de su pasado oscuro brillaron también en los tiempos del cambio. La hidra policéfala se regeneraba victoriosa sin pudor, tan sólo con maquillaje de andar por casa. Y de inquebrantables al movimiento a demócratas se transverberaron, en liberal amor y de reconciliación repletos.
«En ocasiones los libros son como las armas de fuego: las carga el diablo. ¿Qué fue sucediendo para que las figuras críticas de nuestra cultura de los años sesenta se fueran haciendo cada vez más conservadoras, hasta convertirse en institucionales?» se pregunta Morán. Y se responde: los socialistas cambiaron el desprecio franquista por la cultura de la fiesta y el despilfarro, transformaron la cultura en “la bien pagá”. La Transición tiene una huella marcadamente conservadora, no por los restos del naufragio franquista, sino de los hijos brillantes, los mandarines, que consideraban que “bien está lo que bien acaba”.

Auctur aucturi lupus (El autor es un lobo para el autor)

Los mandarines y el jardín cerrado: Serrano Suñer («cinismo puro»); la ejecución de Julián Grimau (Fraga justificó el crimen de Estado con un manifiesto; por contra, el cura Aguirre celebró una misa en señal de duelo en el colegio César Carlos, donde era capellán); el Congreso para la libertad y la jesus_aguirre2Cultura, los 102, de 1963, Fraga los persiguió; el estado de excepción de 1969; el asesinato vil de Enrique Ruano por parte de la policía de la Brigada Político Social aquel mismo año; Manuel de la Escalera (¡23 años en las cárceles franquistas por comunista!); el FLP; Max Aub (despreciado e ignorado por Laín tras su efímero regreso, en el 69); Francisco Rico («siempre dispuesto a escribir su libro más natural: el manual del trepa»); Federico Sopeña (el capellán del régimen); Dámaso Alonso («una larga transición hacia la nada»); Eugenio D’Ors (supuesto filósofo); Pemán (académico de todo); la masacre del monasterio de Valdediós (ocultada por los franquistas de ahora); Castilla del Pino; Pérez de Ayala (escritor irrelevante); Carlos Barral (el dios del olimpo editorial), Manuel Sacristán («el intelectual más grande tras la Guerra Civil, cruelmente perdedor»); Antonio Tovar (traductor de alemán de Franco en Hendaya); Sánchez Ferlosio (cita obligada a su célebre artículo sobre la cultura oficial socialista: http://elpais.com/diario/1984/11/22/opinion/469926007_850215.html); los XXV años de la paz de Franco (o la paz del caudillo o la guerra del 36); Miguel Delibes (soldado de la División Azul y primer candidato a dirigir EL PAIS); Luis Rosales (“ex poeta, bebedor insaciable”); Félix Grande (el secretario de Rosales); Ricardo de la Cierva (jesuita antes que ministro); Gil Robles (el columnista más leído durante el primer año de EL PAIS); Martín Villa (incineró los archivos del Movimiento); Alfonso Guerra («librero de teatro con ínfulas musicales»); Dionisio Ridruejo («encarnaba el valor y la decencia»); Fernando Savater; Javier Pradera; Juan Benet («se había quedado en un irremisible fantasma, con un talento capaz de hacerse el dueño del castillo»); los 400.000 volúmenes que Planeta edita en 2001 del diccionario de la RAE; Vicente Aleixandre; Jorge Semprún; el referéndum de entrada en la OTAN (de entrada, NO); Muñoz Molina («que escribe como si fuera un abuelo, sin edad ni mérito»); Pío Cabanillas (el padrino político del cura Aguirre); el duque de Suárez (El general della Rovere, para Aranguren); Enrique Tierno Galván; Manuel Vázquez Montalbán (elogia Morán cum laudem su Crónica sentimental de España); Isidoro, etc., etc., etc. son algunos pocos de los infinitos mandarines, acontecimientos, figuras, personajes, leyendas, fantasmas, pecadores, fanfarrones, rufianes, divinos, belenes, teatros y escenarios que se exhiben en este sin igual, afilado, megalómano, rumoroso, retorcido, recio, requiebrado, razonado, ringorrango, riguroso y retrechero retablo de maese Gregorio, todos descabezados o señalados o amonestados o advertidos con furor por la espada justiciera del caballero Morán.

Las vidas no se explican, se cuentan, asegura Morán

Y sobre esa legión de la inteligentzia patriótica despunta el que sin duda es protagonista ideal en el jardín de los pavos reales. Tan henchido de vanidad, petulancia, arrogancia, orgullo, altanería y complacencia como el que más, el cura Jesús Aguirre Ortiz de Zárate, o el Duque de Alba, consorte.jesus_aguirre3
Que un hijo de madre soltera, nacido de incógnito en el Madrid de 1934 llegara al trono de la Casa de Alba no suele ocurrir en la historia. Aguirre apuntó modales desde su tierna infancia. Premio Extraordinario en el examen de Estado, 1951. Y de ahí al seminario de Comillas, con los jesuitas, la mejor manera de promoción para un chaval provinciano. Sus estudios en Múnich, su destino en la iglesia de la Ciudad Universitaria, donde se labrará un prestigio de cura comprometido, su abandono de la vida clerical en 1969 y el abrazo equívoco a la seglar, asiduo en los saraos culturales en los que se incubaba el germen opositor a la dictadura. Aguirre no para de elevarse por los altares de la inteligentzia a la sombra de buenos mentores: Aranguren, Javier Pradera, Barral, Savater, etc. Perteneció al Felipe (FLP). Ya en octubre de 1975, con Franco vivo, presenta en sociedad a Isidoro, desconocido para el gran público; o le dedica en 1993 un elogio póstumo a Juan Benet, al que despreciaba. De la mano de Pío Cabanillas llegará a la Dirección General de Música y Danza en 1977 y ahí conoció a Cayetana con la que se casaría en 1978, boda regia que concitaría todo tipo de expectaciones, acontecimiento vivido como una verdadera revelación en aquellos tiempos de la transición democrática. Después, musitó con irregular paso entre consejos de administración de bancos y sillones académicos y sus últimos años fueron un deambular fantasmagórico por los palacios de Líria y Las Dueñas, entre Tizianos y Rubens, entre su soledad y su ambición.
“Todo se puede entender, pero lo difícil, en ocasiones, es lograr explicarlo” escribe Gregorio Morán en su libro, una referencia de nuestra historia reciente que requiere de lectura detallada y exhaustiva.

Gabriel de Araceli

EL CURA Y LOS MANDARINES
(Historia no oficial del Bosque de los Letrados)
Cultura y política en España, 1962-1996
Ediciones Akal, S.A. 2014
823 páginas

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3 pensamientos sobre “El cura y los mandarines”

  1. Alfredo Fdez. Alameda dijo:

    Me ha gustado mucho la crónica sobre el libro de G. Morán, señor Araceli

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  2. Blanca Andreu dijo:

    Eso de que Aguirre despreciara a Benet… me consta que no es así: organizó una cena de gala en el palacio de Liria para homenajearlo, y no paraba de llamar a nuestro domicilio y citarnos para comer o cenar. Fue Benet el que, a partir de cierto momento en que se puso bastante pesado, lo rehuía, pero no podía librarse de él porque nos lo encontrábamos hasta en el tren. . También me consta que el día en que se suicidó la primera mujer de Benet, éste no se fue a cenar conmigo, como Gregorio Morán afirma ( calumniándolo bajo la especie de que era un desalmado) pues a la sazón yo tenía catorce años, estaba interna en Alicante y no conocería a Benet hasta 1982. En cuanto a la vida cultural y política española de los ochenta, nada que ver con lo que este señor, que parece odiar a la humanidad y en especial a los escritores, cuenta. Estuve en momentos que Gregorio Morán relata sin haber sido testigo ni amigo directo de ninguno de los presentes. Su testimonio no vale nada, al estar sustentado en rumores sin fundamento.

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  3. Gracias por sus puntualizaciones tan valiosas, señora Andreu. Gabriel de Araceli

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