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Los fantasmas del franquismo


Fernando Savater escribió esta novela negra tan actual en los momentos más duros y críticos de la Transición, cuando el ruido de sables, o de pistolas, se escuchaba sin pudor por calles o hemiciclos y cuando la política se vestía con hábitos democráticos o se desvestía de las ropas talares exhibidas en la larga noche de la dictadura. Hoy, su relectura provoca inquietud porque la historia pendular se ha desplazado de nuevo al vértigo de la incertidumbre y si los fantasmas nunca abandonaron el castillo parece que ahora se exhiben de nuevo ululando con renovada amenaza.

Disfrazados al fin con el terno parlamentario y la ayuda de los gurús del estudio de la mercadotecnia sociológica volvieron con pretensiones eternas aquellos que nunca se fueron, y las esperanzas del cambio se disolvieron por la lejía neocon o liberal o desreguladora y el país o el mundo se tambalea entre recesiones y crisis, ya sean griegas, económicas, nacionalistas, migratorias, yihadistas o metafísicas.

La educación de los nobles valores del saber, el cultivo de la crítica o la Lógica que el protagonista, Amador, insufla en su cátedra entre sus alumnos escépticos parecen ahora –cuando Bolonia entera, Wert a la cabeza, han convertido el pensamiento, la cultura, la universidad, la educación, al alumno en una banalidad prescindible y prisionera en un caladero de mano de obra barata y abundante– lujo privilegiado de una élite desaparecida, o antigualla museística: «Las filosofías más excluyentes están condenadas a coexistir con las demás y por mucho que reclamen primacía o se consideren como resultados garantizados por el progreso frente a las otras, su única verdad es la de ser una entre muchas, lo único irrefutable en ellas es que deben compartir la verdad con las doctrinas que les son más incompatibles» –pensamiento profundo que Amador proclama al final del libro con la ingenuidad o el cinismo del que sabe que nada cambiará.
«La educación es a muchos años vista, por eso los políticos no se interesan por ella» –comentaba Fernando Savater en una reciente conferencia pronunciada en un centro público de enseñanza de la periferia madrileña, tan poblado de adultos como despoblado de jóvenes. El compromiso de Savater con la educación se refleja en todas sus obras, como una consigna que mitigara el caos al que se condena al individuo fuera de ella: «El problema de la lógica es que su abuso deja desarmado ante el absurdo, que es el ingrediente más abundante en el mundo».

Pueblan nuestros ministerios negros córvidos más propios de la Quinta del Sordo que de una poltrona y tan miméticos a los que acudían a los consejos de El Pardo que ni un observador avezado podría distinguir aquellos ministros de estos. Son, sin duda, los que se citan sin nombrarlos en la novela y a los que Amador recurre para vengar la muerte de su hermana asesinada por los fascistas, crípticas sombras del pasado, camuflados en la naciente democracia, acechantes y presentes como el grito de José Antonio que se yergue aún en las iglesias de los pueblos de España como inasequibles a la ley de memoria, o desmemoria histórica.

Caídos por Dios y por España, placa insertada en la muralla de Segovia.

Caídos por Dios y por España, placa insertada en la muralla de Segovia.

«…Uno desea el poder por los beneficios que reporta, comodidades, lujos… El segundo motivo es el puro y viril afán de mando… El tercer motivo para ambicionar el poder es, sencillamente, el deseo de no ser mandado… No hay libertad más que en la cúspide y por eso los que queremos ser libres luchamos por subir…» –recita el viejo fascista Aquiles Popescu con su lógica diletante. «No es lo mismo el fascio que la derecha, nosotros no somos de derechas» –asevera el córvido amigo Miguel Santisteban al que Amador reclama fraternal venganza por el crimen de su hermana.

Hay en la novela un guiño ingenuo al periodismo, al que en la época transitoria se le confío la garantía del derecho a la libertad de expresión, personificado en la doblez del periodista estrella, el taimado y cínico Zero, ejemplo de la canalla que tan profusamente se da en la actualidad y que desde las cloacas del Movimiento pasó con prietas las filas, recias marciales y democráticos modales, metamorfosis perfecta, a dirigir tertulianos significados, periódicos furibundos, televisiones basura o radiofonías eclesiales con ardor inquisitivo. Su catarsis no implicó su desaparición porque el poder, cualquier poder, regurgita sus excrementos y necesita de pregoneros que aventeen la belleza de su maldad. Afanado ahora el poder en crear leyes mordazas no creó la democracia, entonces, una Ley de Prensa. Quizás porque el monolito del poder no la necesitaba, se escudaba con previsión en los tajamares del periodismo de estómagos apesebrados. «Dadles de comer», que decía el Conde de Romanones.

Novela bien resuelta, bien escrita, narrativa ágil y práctica, tensión dramática que mantiene el interés del lector a lo largo de sus escasas doscientas páginas, concesiones a los vicios veniales que Savater se permite: sus disquisiciones éticas y las fumarolas de habanos, todos los habanos de Cuba se fuma el protagonista.

Y con la clarividencia de un sabio se adelantan treinta y tantos años las noticias que ahora forman parte de nuestro diario basurero: «Todo lo que se consigue en sociedad –de la seguridad a la diversión, de los soviets a la electricidad– hay que pagarlo en estiércol» –dice uno de los personajes como presagiando una actualidad espúrea que nos ha impregnado con la mierda de la corrupción y el hedor de los políticos
Caronte aguarda, impasible a las lágrimas de los débiles mortales.


© Texto y fotografía F. Savater: Ángel Aguado López
Caronte aguarda. Fernando Savater. 1981
Novela cátedra. 203 páginas.
Comprado de viejo (bastante) en Malasaña.
6€ (450 pts., precio marcado en el interior del volumen,
insólita revaloración literaria).


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