Gabriel de Araceli

El 21 de septiembre de 2016, a las 19 H (GMT+2) el sol se elevaba sobre el horizonte de San Juan de Ortega, Burgos, con una inclinación de 23.07◦ (centesimales). Conociendo este dato es sencillo determinar la altura a la que hay que colocar una ventana y a qué distancia para que la luz que entre por ella se proyecte sobre el capitel de la Anunciación. Basta una pequeña operación trigonométrica que nos dará con precisión la altura y la distancia entre ambos puntos y la línea curva que trazará el sol en su trayectoria. Pero el monasterio de san Juan de Ortega se empieza a construir hacia el año 1138, estilo románico, y a finales del siglo XV se alza la fachada occidental por la que entra el rayo revelador. Es decir, que pasan más de 300 años entre la construcción de ambas cotas coincidentes en la trayectoria solar.  Además, no sólo se ilumina el capitel de la Anunciación, sino que la luz que entra por el rosetón principal ilumina a la misma hora el centro exacto de la nave mayor de la iglesia. Los arquitectos que proyectaron el edificio sabían ciertamente lo que hacían, eran unos expertos geómetras y calcularon todos los volúmenes y formas en consonancia y armonía con la primitiva iglesia. Los conocimientos de la humanidad se remontan a la noche de los tiempos, ya en la antigua Mesopotamia se calculaban las trayectorias solares con una precisión similar a la que ahora tenemos. Todo esto sin GPS ni calculadoras ni mapas googles ni un sextante, ni siquiera un sistema de medidas universal.

El fenómeno se repite dos días antes, durante y dos días después de cada equinoccio, en marzo y en septiembre. Honor y gloria para esos prodigiosos arquitectos y para los maestros canteros que diseñaron tan reveladora coincidencia.


®Fotografías de Ángel Aguado López

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