Huevos de Pascua

Rafael Alonso Solís

En el principio, la consolidación de la tribu nos permitió crecer como especie. Después, su sublimación nos impidió mejorarla. Fuera del círculo –círculos, cofradías, bandadas de moteros que se mueven con disciplina de rebaño– no hay salvación. Como afirman los libros sagrados, una vez cerrada la puerta, construida la frontera e impresos los salvoconductos, en el exterior sólo quedan las sobras del banquete, el agua oscura que reposa tras la ducha y las deposiciones, todo aquello que nos resulta extraño. La nación y el credo, la patria y los dioses, la forma de los genitales, el color de la piel y el tamaño de la cuenta corriente son las señas de identidad más eficaces para dejar claras las diferencias. Más aún, teniendo en cuenta que el dolor de los súbditos y el sufrimiento de los correligionarios ejercen un efecto redentor, que celebramos todos los años desfilando por la calle uniformados con túnicas y cubiertos con capirotes. No es únicamente la historia de España la que termina mal, como llorara Gil de Biedma, sino la Historia, siempre escrita por los vencedores de la batalla, a los que sólo importan los muertos de su bando. En tan sólo unas horas, el atentado en Bruselas ha ocultado la imagen de los miles de seres humanos que cruzan los ríos helados de la vieja Europa –inventora de la inquisición y constructora de los pilares de la tierra–, las miradas infantiles que se hielan a sí mismas y desaparecen de las portadas con la complicidad de los dirigentes y la prensa en nómina, los enfermos, a los que la crueldad política adelantó la fecha del tránsito porque no pudieron adquirir sus medicinas a tiempo, o porque la visita del médico llegó demasiado tarde para tener alguna utilidad, los que sufrieron el desahucio o los que saltaron al vacío ante la angustia de seguir viviendo y el terror de pasar una noche más, un día más con la ropa sucia y escasa, mientras los padres y madres de la patria soltaban chascarrillos, encantados de haberse conocido y de salir en televisión. Europa se pudre y se llena de mierda y pústulas cada día, las cuales sirven de alimento a las crías de las serpientes, una vez que los huevos puestos han comenzado a eclosionar y los reptiles se cuelan sinuosos por debajo de las puertas. Europa camina sin freno hacia una nueva era del fascismo, alimentado por las religiones, los nacionalismos, la división entre los que pasan hambre y los que se enriquecen. Un columnista escribía ayer que no debemos culpar a Alá o al Corán del terrorismo yihadista. Yo digo que sí, pero no sólo a ellos, sino también a Yavé, a Fernández de la Mora, a Rajoy y a Sabino Arana, a Marhuenda y al Fondo Monetario Internacional. En realidad, a todos nosotros, cómplices por comodidad, por inhibición o por miedo. Como señalara Ángel Valente, la batalla se anunció porque “venían como reptiles que a la vez fueran pájaros de bífido canto”.  (Tenerife, 23 de marzo de 2016. Rafael Alonso Solís es médico y profesor de Fisiología en la Universidad de La Laguna)

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