Ángel Aguado (Texto y fotografía)

—Es él, —dijo Pepe Carvalho.

    Del taxi se bajó un señor no muy alto y gordito, con aspecto circunspecto y semblante desconfiado. Hubiera pasado por el taxista de no llevar periódicos y libros en la mano e incrustados en las orejas unos auriculares.

—Ya sabes, el Barça —me diría después. Y sí, era él.

—Vamos, Pepinho —le dijo la Charo.

    Carvalho me guiñó el ojo izquierdo, se pegó un orujazo y ambos se perdieron por las umbrías del hotel Felipe II. Vaya usté a saber qué cocinarían dos personajes como ellos, a sus años, por aquellos andurriales del monte Abantos una mañana de verano de 1990, en El Escorial. Yo, un reportero dicharachero que tenía que fotografiarle me quedé alelado, porque allí, frente a mí, estaba él, el enorme, el inmenso, el sinigual MVM, Manuel Vázquez Montalbán. Posiblemente el escritor más brillante que ha producido España en la segunda mitad del siglo XX.

    Después, todo fue muy fácil. Se despojó de la máscara de persona tímida y posó para el reportero donde y como le dijeron. Quizás, en el fondo MVM no fuera sino un humilde periodista que trataba con otro de tú a tú, sin orgullo, sin jerarquía, sin galones. Fue muy sencillo fotografiarle.

Manuel Vázquez Montalbán fotografiado el 16/07/1990 en el Hotel Felipe II, San Lorenzo del Escorial, Madrid

    Manuel Vázquez Montalbán.  Su extensa obra trata todos los géneros imaginables e imaginarios: poesía, periodismo, gastronomía, ensayo histórico, crónicas sentimentales de las distintas transiciones políticas o sociales por las que ha pasado el país, novelista afamado y temido columnista, padre de uno de los personajes más leídos de la transición democrática, el cínico, irreverente, resignado, gourmet y conmovedor detective Pepe Carvalho. ¡MVM! Su prematura muerte dejó pasmado y huérfano al universo metafísico y literario, tanto hispánico como universal. Demasiada tragedia para ser verdad, una broma macabra que el destino nos jugó, le jugó a la libertad de expresión, al periodismo, a la crítica social, al análisis de la actualidad política. Aunque desde el caudillaje de bigotes y abdominales se descorchara cava (catalán, en la intimidad) al verse libre del azote del “eje del mal” que tanto zahería con sus artículos al aspirante patriótico a esperpento, uno más, el más chiquitín a pesar de sus botas texanas de los tres de las Azores, cuatro con Barroso. Después supimos que nunca hubo armas de destrucción masiva más allá de las lanzadas contra Irak por la coalición aliada; que el 11 M fue el precio que pagamos todos por la arrogancia de uno, que de aquellos polvos de neocolonialismo económico nos anegan las crisis de precariedad y pobreza de estos lodos.

    Pero ya no estaba MVM. Quizás Manolo Vázquez Montalbán reflexione sobre la estupidez humana zampándose en los Mares del Sur un plato de morteruelo regado con tinto de Peñafiel. Carvalho, como buen hijo, obsequiará los postres con un aguardiente helado que le haya traído Biscúter de Pontevedra.  Y un poco más allá Fuster, Galíndez, Pasionaria y los siete enanitos, los alegres muchachos de Atzavara, el pianista, Sixto Cámara, Juan Marsé, el secretario general asesinado en el Comité Central, el delantero centro y Maruja Torres le obsequien en un balneario con una tarta de inmortalidad porque ayer, 18 de octubre, hizo catorce años que falleció en Bangkok, donde los pájaros, MVM.


Con posterioridad a la publicación de este artículo se ha recibido una columna que MVM publicó hace ahora 23 años. En aquellos tiempos, los españoles descubríamos perplejos que las cloacas del Estado chorreaban mierda, que nuestros ángeles custodios emprendían el camino de Suiza  y que san Isidoro no era tan santo ni tan sosialista. Perdimos, de golpe, la inocencia. Aunque lo que vino después ni siquiera tuvo reparo en destapar las cañerías cegadas, sino que las llenó más aún, hasta reventar, de detritos  sólidos. De ayer, de ahora, de siempre. La corrupción: un fondo sin fondo.

(Por gentileza de http://vespito.net/mvm/indesp.html)


TRIBUNA:

Fondos

M. VÁZQUEZ MONTALBÁN

EL PAÍS, 14 / 03 / 1994


La inocencia existe. Me lloran los ojos interiores del espíritu cuando leo en la prensa que el presidente González ha llamado a varios ministros para pedirles, por lo que más quieran, que hagan un buen uso de los fondos reservados. Doce años después de ocupar la jefatura del Gobierno, admirados de que Felipe González se enterara de lo de Filesa gracias a la prensa, sólo sano estupor puede merecernos ahora que de pronto haya comprendido el mal uso que puede hacerse de los dineros secretos del Estado, dineros doblemente negros. Los medios de comunicación dan muchos disgustos a los políticos, pero de vez en cuando se produce esa venturosa comunión que le permite al señor presidente saber lo que pasa en el país sin otro esfuerzo que poner la radio o leer un periódico. Otra cosa es la meditación sobre el nada espléndido aislamiento de este hombre inocente entre los inocentes y la duda del uso que haga de tanto sociólogo, historiador y politólogo de cámara, proveedores de ideología de la presidencial casa y al parecer poco duchos para compensar la tendencia a la inocencia del señor presidente. Aterra pensar en cuántas tiernas ignorancias vive todavía este hombre y lo necesaria que es su inmediata puesta al día sobre el claroscuro del mundo. Por su bien y por el de todos los españoles, alguien de su entorno debería desvelarle cuanto antes los secretos más míticos de las almas y los cuerpos. Por ejemplo, que los niños no vienen de París, que los Reyes Magos casi siempre son los padres (sin desmerecer ni a don Juan Carlos ni a doña Sofia), que los Clinton tienen las piernas feas y gordas bajo el chándal, que Semprún ya no es Federico Sánchez, que Alfonso Guerra nunca llegará a Córdoba. De lo contrario, el señor presidente un día puede morir de candor. Mucho más tonto que morir de éxito.


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