El color turbio

Rafael Alonso Solís

John Banville, el novelista de Wexford al que amenazan cada año de premiar con el Nobel de literatura, ha confesado su perplejidad por el rumbo de Europa. También ha reconocido su dificultad para entender la política, no menor, ha dicho, que la “la de un fontanero o un cirujano”. Uno acaba sospechando que dicha dificultad es compartida por los políticos profesionales, tal vez por vivir de eso y pasar el día sentados en la silla de don Tancredo, esperando a que escampe y a que la selección natural reduzca el número desplazados en su cruce de fronteras, o acelere el final de partida, la grabación de la última cinta, en un servicio de urgencias. A Banville le alarma el resurgir de un nacionalismo que jamás ha dejado de estar ahí, alimentado por su contrario –un nacionalismo precisa de otro que lo delimite y lo defina, como el blanco precisa del negro o el frío del calor, sin percatarse de que sólo son aspectos de la misma magnitud, almas gemelas que forman parte del mismo concepto–, o de la importancia creciente de la religión como instrumento de dominio, con su tremenda fuerza para resistir el avance de la razón y su asombrosa capacidad para unificar legiones detrás de una bandera misteriosa. Pero el riesgo de Europa y su fracaso como proyecto van más allá de una lucha entre dioses e identidades. Porque Europa puede acabar convirtiéndose en un cruce de caminos embarrados por los que iniciar un viaje a ninguna parte, una corte de funcionarios cuyo empleo estable detrás de una ventanilla garantiza la supervivencia de una burocracia de dudosa eficacia, una colección de actas y de agendas que han acabado por conformar un libro negro y perverso, inútil, mal redactado y carente de lirismo. Y Europa es, sobre todo, una cadena de delegaciones bancarias, una fábrica de parados, un instrumento para subrayar las diferencias sociales mediante un ajuste de las proporciones y una cruel distribución del bienestar. En otro continente y en otro siglo las grandes recesiones generaron una literatura de burdel y callejón, de destilería clandestina y policía corrupta, de jueces en nómina y detectives desclasados. Es posible que el escritor John Banville esté a punto de colgar el moderado traje de artista irlandés para ponerse el sombrero escéptico de Benjamín Black. Cuando el parlamento se convierte en un escenario de malas comedias y la política incrementa su componente teatral a costa de su vocación transformadora, la calle cobra vida y los viejos detectives recuperan el protagonismo, a pesar de que la úlcera les tuerza el gesto y la melancolía exija una mayor dosis de alcohol. En las barras de los tugurios vuelven a sentarse Philip Marlowe y Tony Romano, y Eladio Monroy abandona de vez en cuando el bar Casablanca para firmar autógrafos en el Savoy. El siglo presente ya no es el de la novela negra, sino el del relato turbio, en el que el color de la prosa va adquiriendo un inevitable tinte de desesperanza.

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