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Ángel Aguado López (Texto y fotos)

En 1928, el cubismo llevaba ya más de una década superado, los movimientos artísticos se sucedían con velocidad en el primer cuarto del siglo XX. Las ideas racionalistas derivadas de la Bauhaus y de los CIAM (Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna) llenaban el urbanismo y la arquitectura de nuevas formas para un hombre nuevo. En ese contexto, Charles-Édouard Jeanneret-Gris, conocido como Le Corbusier, desarrolla sus proyectos más vanguardistas destinados a una sociedad nueva en la que el hombre nuevo es el protagonista (véase su estudio antropométrico El Modulor). Entre 1929-1931 Le Corbusier construye para una familia burguesa, en Poissy, muy cerca de París, la Villa Savoye, uno de los iconos de la arquitectura del siglo XX. Es una ruptura total con la arquitectura conservadora predominante en la burguesía del momento: vanguardista, elitista, rousseauniana, futurista. Ciertamente había ya propuestas similares, Mies Van De Rohe y Walter Gropius habían llenado la Alemania de la República de Weimar de soluciones innovadoras.

Que qué tiene la Villa Savoye de especial. Esa integración en la naturaleza, esa prolongación del espacio abierto, la elevación sobre pilotes, las ventanas horizontales que enmarcan el bosque que rodea a la casa como si fuera una pinacoteca, sus fachadas etéreas, sus formas discontinuas distribuidas en un pentagrama axonométrico, la ambivalencia de la habitabilidad interior-exterior, sus volúmenes ordenados, el jardín interior, las terrazas cubistas…

La arquitectura y el urbanismo determinan la forma de vivir de los habitantes de un entorno. Y están sujetos, como cualquier bien a los imperativos económicos, políticos, culturales, sociales o ambientales que rigen cualquier actividad humana. Es difícil evaluar si obras como la Villa Savoye han tenido alguna transcendencia posterior en nuestra forma de vivir, o si han mejorado o influido en la calidad de las casas que habitamos. En Madrid tenemos el ejemplo reciente de la destrucción de una obra emblemática de Alejandro de la Sota, la Casa Guzmán, una casa unifamiliar heredera de las ideas modernas promovidas por los CIAM. En su lugar se ha construido un adefesio de vivienda-bunker, antagonismo absoluto de la arquitectura moderna de Le Corbusier. Claramente el habitante que more en una construcción así se identifica como un ser aislado, enclaustrado en un castillo medieval, ajeno al entorno, receloso y oculto, todo lo contrario del habitante de la Villa Savoye. La demolición de la Casa Guzmán ha suscitado iniciativas encaminadas a promover leyes que preserven el patrimonio arquitectónico para que no se pierdan obras como “La Pagoda”, de Miguel Fisac, otro edificio paradigmático cruelmente masacrado por la piqueta de la especulación inmobiliaria.

Como máquina de vivir, la Villa Savoye fue efímera. Acabada en 1931 sus moradores la habitaron poco tiempo. En 1940 fue ocupada por los nazis y sufrió la ruina de la guerra. Después fue adquirida por la Commune de Poissy y transformada en museo. Le Corbusier (1987-1965) pudo recibir aún en vida la admiración que creó su obra. Fue declarada por el gobierno francés Patrimonio Arquitectónico en 1963. En algunas cosas, Francia se diferencia significativamente de nosotros.

(Para mi padre, que hoy hubiera cumplido 96 años y me dio la oportunidad de aprender)

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