Rafael Alonso Solís

Hace más de veinte años, impresionado por la lucha desigual de Ramón Sampedro por escapar de la cárcel en que se había convertido su cuerpo, reflexioné en una columna acerca de su situación y la de Stephen Hawking, apoyando su derecho a decidir la fecha de su viaje, el “momento de desintegrarse en la panacea eterna”, según expresión suya. Hacía tan sólo unas semanas, una comisión de expertos de la UNESCO había redactado en la Universidad de La Laguna una Declaración Universal en la que por insensibilidad, timidez o vasallaje a los poderes de un beato aragonés –santificado años después–, se dejó pasar una oportunidad irrepetible. Ya entonces llamaba la atención sobre la necesidad de que la legislación se adaptase con generosidad a la urgencia de cada caso –y aquél era uno–, disponiendo los medios técnicos y humanos que la sociedad estuviera en condiciones de ofrecer para acortar, al menos, el sufrimiento. No sé si por la vanidad de tener un lector o por un sentimiento de solidaridad, cuya inutilidad no se me escapaba, envié una carta a Ramón, junto la copia de mi artículo, en la que relacionaba su situación con la del físico inglés. A los pocos días recibí su contestación, escrita de su propia boca. Con una letra perfectamente legible y una redacción cuidadosa, Ramón me daba las gracias y expresaba su punto de vista y su estado de animo con una serenidad admirable. “Como usted dice –escribió­­–, Hawking goza del privilegio de contemplar el incesante baile de la materia, y yo sueño con la posibilidad, consciente o inconsciente, de desintegrarme en la panacea eterna y regresar al principio, a ser la materia en movimiento que Hawking contempla extasiado, mientras trata de explicar a los necios intermediarios el ritmo y los pasos del baile que los átomos se marcan con las estrellas y los agujeros negros: un, dos, tres… nacer, vivir, morir y volver a comenzar. ¿A qué viene tanto alboroto porque uno quiera dejar un baile que no sabe bailar? ¿Por qué no se puede soñar con la libertad del agujero negro?”. Poco tiempo después Ramón conseguía lanzarse a otra pista de danza e invadir un escenario diferente de la vieja farsa. Entonces pensé que tal vez no sólo había ganado esa batalla, sino que había sido capaz de reabrir un debate que podría evitar el sufrimiento a otras personas. Lamentablemente, no es cierto, y estos días hemos escuchado la dramática petición de alguien que también se encuentra encerrado en su cuerpo, y al que en un hospital del Opus Dei niegan un gesto de amor, el único que ya le queda por recibir, “siquiera para que mi sufrimiento sirva para evitárselo a otros”. Mientras los budistas contemplan la muerte como un proceso, un tránsito que los primitivos indios americanos vivían en privado, en relación natural con el viento y sus sonidos, los herederos del gran invento de Constantino la seguimos utilizando como una amenaza, un castigo, o un cruel instrumento de dominación.

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