Noches de Yugoslavia

Rafael Alonso Solís


Que a Rafael Alonso Solís toda la ciencia española le consideraba el sucesor de Cajal (Ramón y) cuando regresó doctorado en Fisiología por el Instituto de Tecnología de Massachusetts, USA, era vox populi, tanto como leer sus reportajes sobre la Transición que entonces se vivía. Sin embargo, el instinto asesino oculto que medraba salvaje en su interior se reveló con violencia y terminó, también, siendo un maestro del crimen, un psicópata de víscera rápida y guadaña sangrienta, un sarraceno de la intriga y la confusión argumental, un intrigante, un provocador de insomnios, un facedor de terrores… ¡LITERARIOS! Un novelista, vamos, que sume al lector incauto en el pavor. Usted se morirá de miedo si no llega hasta el final de sus cuentos. Avisado está.


Noches de Yugoslavia forma parte del nuevo libro de Rafael Alonso «PARADA DE FANTASMAS», editado por Baile del Sol Ediciones

«El miedo es la forma de nuestra subordinación a las leyes físicas» (Benito Pérez Galdós)


Nos conocimos en una cena oficial, entre dos canapés de angulas de Aguinaga y una copa de vodka uniendo nuestros labios en un ritual de ambigüedad consentida. El funcionario Charasqueta, a la sazón tu amante y mentor, me había encargado una biografía a la medida, un texto para la eternidad de las enciclopedias o una garantía para su ascensión a los altares en clave identitaria, de prosa escasa, rigor ausente y exceso de adjetivos preciosistas. Yo era entonces un espía del CESID haciendo su meritoriaje en las cloacas del norte, diseñándome un futuro en lenguas diversas y preparando el equipaje para el retorno definitivo al hogar. Tú parecías convencida de que el mundo se encierra en un lienzo sin pintar en el que los caminos se trazan a golpes de voluntad, los ángulos se hallan cuidadosamente descritos en los manuales del partido y el color de las flores queda sujeto a la variabilidad de las corrientes ideológicas.

Se nos iba la tarde sin remedio. La brisa cruda del otoño se constituyó en cómplice involuntario al empujarnos a un rincón de la estancia y nos introdujo en un argumento de amores y traiciones, de misterios insatisfechos y rumores de fatalidad. Nunca supe si tus besos eran tramontanos o tus pechos cántabros, si tu sexo rezumaba furor de abertzalismo ateo o toda tu piel procedía de un mapa que se desintegraba en las fronteras de cada pueblo, si el aroma de miel salubre que se me estremecía en la boca era el resultado de un mestizaje milenario o la conclusión apasionada de una síntesis de credos y tendencias. Lo cierto es que si robé tu alma y dejé la mía desgarrada en las espinas de Sarajevo no fue por todo eso, sino por la chispa de fulgor animal que estalló en tus ojos al reconocer el sabor de la tierra mojada y el placer del conocimiento.

Debo confesar que con los años he aprendido a diferenciar relativamente la paja de la mies, pero sigo confundiendo el temblor abisal que aún siento ante el frío o el pavor, la angustia que todavía me causan la duda o el misterio, el sabor a metal que me llena la boca ante el miedo o la timopatía ansiosa. Ya no hay siquiera bosques en mis recuerdos, y en su lugar, por obra y gracia de los ajustes monetarios, el lento desarrollo del encéfalo y la incapacidad de la especie para articular la convivencia, han surgido aldeas nuevas que cambian de bandera a cada embate de las hordas sagradas, ciudades-desastre en las que la relación entre perseguidor y perseguido puede invertirse en el curso de una jornada militar, miles de muertos en los que la sangre de cada etnia y las mentiras de cada religión copulan en silencio, mientras la cartografía diplomática aprueba la libre distribución de mapas de bolsillo, reliquias fronterizas, alas de mariposa y espermatozoides congelados para la conservación de las esencias.

Nos conocimos en una cena oficial, hace un tiempo infinito, en un país inexistente y a una hora en la que el futuro parecía abierto a la manipulación genética. No puedo imaginar ahora cuál de tus diversos fragmentos raciales yace dormido en Rentería, ni cuál está embalsamado en el museo diocesano de la Europa imperial, letal y jacobina. Ni siquiera servimos como prueba irrefutable de que nuestra especie es capaz de percibir, momento a momento, la elaboración de la historia.

Nos conocimos en una cena oficial, tan solo unas horas antes de que apuntases entre mis ojos y apretases el gatillo con la convicción que proporcionan los estudios de teología. Los dos supimos cumplir la orden de nuestros superiores con el rigor del militante y la disciplina del soldado, dejando las frases de amor para las esquelas mortuorias y el temblor genital para una reencarnación imprevista. Tal vez cuando hayan muerto todos los recuerdos de la noche yugoslava, cuando tu país y el mío sean únicamente burlas de leyenda, cuando la sangre de ambos se haya descolorido lo suficiente y el curso inevitable de la vida nos haya metido en el mismo saco que los mártires de Estado o los asesinos de salón, aún podamos obtener un instante de consuelo sabiendo que nos queda París.

Una spanish en la corte del rey Carlitos

Manuela Lozano (fotos y texto)

Llego a Inglaterra el pasado 3 de septiembre ilusionada con la boda de mi prima Diana y Nathaniel, su novio de siempre. Se celebra en Knowler Manor, en Dunster, cerca de Bristol, en una mansión con un lago, jardines y un río pequeño que le da una belleza mágica al lugar. Los invitados, con mucho parné, se sienten ilusionados por el evento, por el paisaje, por el reencuentro.

Diana y Nat el día de su boda, el pasado 3 de septiembre.

Finalizados los fastos de la boda nos despedimos. Yo me quedo con mi familia inglesa unos días más. La tele nos sorprende con la noticia de la muerte de la Reina, suceso que conmociona a todo el país. Mi familia, todos los miembros, se muestran anonadadas, incrédulos por todo lo que está ocurriendo, se sorprenden cuando oyen por primera vez en sus vidas el “God Save The Queen”. Incluso mi tía, una señora de 84 años, no lo había escuchado nunca a lo largo de su existencia. Para el pueblo ha sido un golpe impactante.

Castillo de Knowler Manor, en Dunster, Bristol, lugar elegido por los novios para su boda. ¡Una buhardillita!

Parece ser que tres días antes de morir, la Reina habló con su hijo y le dio toda la información de lo que debería hacer. Y nos sorprende lo bien organizado que está el protocolo inglés, como si llevaran meses ensayandolo todo. A los ingleses la Reina Isabel les parecía eterna, inmortal. Se cree que Carlos III ha hablado con su hijo diciéndole que reinaba él como una preparación anticipada para que Guillermo se fuera haciendo a la idea de ser pronto rey. Todo eso a pesar de que la reina consorte sea Camila Parquer, no excesivamente apreciada por los ingleses. La sociedad inglesa, de costumbres tan arraigadas, ha sufrido muchos cambios que la Reina y la casa Windsor, tan tradiciones, han asimilado para adaptarse a los nuevos tiempos. Ni su hijo Andrés ni su nieto vestían uniformes militares en el desfile del entierro. Aunque no ha faltado ninguno de los miembros de esa familia tan errática. Del nuevo rey, Carlos III, se conoce su mal carácter y que es muy peculiar, incluso torpe, incapaz de actuar frente a las cámaras con el empaque necesario para la ocasión. Mi familia inglesa cree que nada importante va a cambiar con la muerte de la Reina Isabel, pero ya se rumorea que el nuevo rey está “haciendo de las suyas”. Esperemos que esa presumible “lógica real” no se cumpla.

Gentes guapas invitadas a la fiesta.

Como observadora extranjera que he trabajado en Inglaterra y adonde viajo desde hace más de treinta años tengo sentimientos contrapuestos hacia la Reina. Cuando murió Lady Di gran parte de la sociedad inglesa le achacó su responsabilidad por la indiferencia que recibió la princesa de la casa real. Aunque es cierto que su figura ha mantenido unido al país y a la Commonwealth Countries. Es un país que ha funcionado bien a pesar del error del Brexit, a pesar de Boris. Ahora, a esperar.


La Reina ha muerto, viva el Rey

Carmelita Flórez

Esa reina inmortal de un país aparte que se desvanece negando su europeísmo. Este nuevo rey capaz de caminar (parece que le tienen que planchar los cordones de los zapatos) y de comer chicle a la vez. Ese premier que metía los dedos en los enchufes de Downing Street 10 mientras celebraba fiestas durante la pandemia. Ese emérito que acude invitado a los funerales de estado de la Reina (son tataraprimos) con la alarma de Moncloa. Esa memoria incómoda del accidente en los túneles parisinos del Pont de l’Alma. Esos beefeaters que vigilan The Tower of London. Esos gamberros bebedores de cerveza que llenan de meadas y peleas la Plaza Mayor de Madrid los días de Champions. Ese circular por el lado erróneo de la calzada. Esas imágenes de la BBC que muestran a un país conmocionado por la desaparición de una reina conservada en formol. Esa policía ejemplar, Scotland Yard. Ese servicio de inteligencia británico, el MI6, que conoce a la perfección el día a día de Putin. Esos jubilados que pueblan la Costa del Sol, Benidorm, Marbella, el Levante entero para secarse como pasas de las nieblas londinenses. Las Spices Girls, los alegres muchachos de Liverpool, la Dama de Hierro, los torys, Elton John, las alubias con salchichas del breakfast y el té de las cinco. Esa Union Jack ondeando a media asta en las rotondas de las ciudades dormitorio de Madrid. All you need is love. En fin, United Kingdom.

¡Vivan los novios!


La Isla del Tesoro

Gabriel de Araceli

El vagón del metro estaba lleno de viajeros enmascarados. Un retablo ferpecto de esa diáspora de aluvión que puebla el extrarradio de las grandes ciudades. Sombras vulgarmente vestidas, obesos la mayoría, feos, tatuados, sucios, burdos, una babel ininteligible de lenguas hacía más difícil aún comprender aquella procesión de replicantes que reptaban por el submundo de la ciudad. Una mujer de rasgos andinos relataba a viva voz, los auriculares la traicionaron, las miserias de su vida conyugal: ¡Mamita mía, pos vos sabés que tenía una querida..! Aunque nadie le prestaba atención porque todos restregaban frenéticamente las pantallas de sus móviles como si, a poco, obtuvieran el premio del éxtasis orgásmico, el soma. Revolución tecnológica, se llama. Treinta años antes era costumbre leer los titulares de los diarios por encima del hombro. Incluso el propietario del periódico podría incomodarse por aquella apropiación indebida de la información escrita de su tabloide matinal. Ahora nadie lee periódicos en el metro. Ni siquiera el Marca, ni siquiera libros. Sol. Correspondencia con líneas 2 y 3. Y cercanías Renfe. El vagón tardó en desalojarse lo mismo que tardó en llenarse, segundos. Pero allí, en el último asiento apareció una mujer que leía, ajena al mundo, un libro: La Isla del Tesoro.

            Los paraísos en la otra esquina buscados por proscritos desarraigados del colonialismo europeo para evadirse de sus tristes vidas. Robert Louis Stevenson y Paul Gauguin, dos almas gemelas que buscaban en las antípodas el remedio a sus males occidentales. Samoa, Tahití, Atuona… Traicionados por la tuberculosis y la sífilis. O Flora Tristán, ¿hija de Simón Bolívar?, la abuela de Gauguin, señalada por el tifus. O Herman Melville, que anduvo también por las Islas Marquesas, donde falleció Gauguin, en busca de Moby Dick. O Jacques Brell, el poeta del lamento roto, vecino de lápida del pintor, ne me quitte pas, il faut tout oublier. O Stuart Pedrell, el personaje ausente de los “Mares del Sur”, aquella novela de MVM, cuyo peregrinaje a la polinesia se agota en la periferia de una ciudad dormitorio igual a la que se dirigen los usuarios del metro. O el refugio del comisario Montalbano, de Andrea Camilleri, que vive en una isla de la que no quiere salir. Quizás como la que habita la lectora arrinconada del vagón del metro cuando busca el paraíso en las páginas de un libro de aventuras, su tesoro.

Robert L. Stevenson (1850-1894). La novela se publicó primero por entregas en la revista Young Folks en 1882. Y como volumen en 1883.

Robert L Stevenson. Su isla, su tesoro, no el único: “El doctor Jekill y mister Hide”. Esa estructura narrativa perfecta de ritmo frenético que atrapa al lector desde la primera frase con el detonante de la acción desde la primera página. Esos personajes extraordinarios, como el secundario Billy Bones que abre la novela con su misterioso proceder, el capitán tenebroso que siembra el pánico en la taberna del Almirante Benbow. O Perro Negro, o el ciego Pew, dos malditos. Y las dos capas sociales que se enfrentan en el relato desde el primer momento: los bucaneros, los malos, ¡Quince en el cofre del muerto!; Long John Silver, el mendaz pirata, acompañado de su loro, el capitán Flint: “Reales de a ocho, reales de a ocho”, que representa la doblez humana, astuto, inteligente, taimado, traidor para todos, pero que escapa al juicio, al reproche y a la condena del lector por su inteligencia, por su lucidez vital, como justificando que es necesario un poco de mal para mantener la supremacía del bien. Y enfrente la sociedad honrada, la solvencia de las instituciones, los representantes de occidente, del colonialismo británico: el squire Trelawney, el doctor Livesey, el capitán Smollett, junto con los criados que dan su vida por servir a sus señores. Y Jim Hawkins, el hechizado y ubicuo adolescente que, de golpe, descubre el frenesí de las aventuras. Y Ben Gunn, desheredado y abandonado por todos, que hoy bien podría ser el indigente sin techo que mendiga por las estaciones del metro.

Y La Hispaniola, la goleta que nos traslada a la magia: 62º17’20” de latitud N y 19º2’40” de longitud W, un punto del mar Caribe entre Haití y Venezuela. Coordenadas borradas por Jim Hawkins del mapa que el capitán bucanero del Walrus, John Flint, entregó en Savannah a Williams Bones, el 20 de julio de 1754. El lugar remoto donde habitan los sueños de la dicha.

Y habría que reflexionar sobre la dudosa legitimidad que se atribuye la buena sociedad inglesa para quedarse con el tesoro de la isla en lugar de los bucaneros. ¿A quién correspondería esa riqueza obtenida a base de sangre y muerte de terceros? Es el producto del robo y la usurpación que occidente practicó en sus colonias periféricas. O justificar la orfandad de Jim Hawkins, que se enfrenta en rebeldía a un mundo de adultos que le subestima como persona. O meditar sobre la ausencia de mujeres en la novela marinera, de las que apenas se hace mención en un mundo de hombres temerarios, carentes de vida afectiva e intercambio con el otro sexo, como el capitán Ahab, como Gulliver enfrascado en sus viajes asexuados.

Personajes, protagonistas y secundarios se afanan en un final resolutivo que satisface a cualquier lector, expectante por la intensidad del relato. Todo queda bien anclado. Los malos la palman y los buenos se salvan y se quedan con la pasta.

Villa de Vallecas. Fin de trayecto de la línea 1. La lectora se levanta de su asiento y sale del vagón. La indígena andina sigue voceando sus miserias diarias. Los viajeros retiran por un momento los ojos del móvil. Lo justo para no introducir el pie entre coche y andén. Después se escurren escaleras arriba sin perder de vista los teléfonos. Escribes o te extingues, lees o desapareces confundido en la invisibilidad de la masa, enredado en las redes sociales, en esas conversaciones de usar y tirar que pueblan la realidad cotidiana de los viajeros de un vagón de metro, ese circuito cerrado que habita la oscuridad de un túnel. El premio es el puerto imaginario, la estación donde está anclada la evasión, la ínsula recóndita poblada de fantasía y aventuras, felicidad esquiva a la que no arriba la mayoría, inalcanzable para los ciudadanos que la buscan en las pantallas telefónicas. Un trozo de papel impreso de renglones antiguos: ¡Reales de a ocho, reales de a ocho! La isla del Tesoro.


Pollux Hernúñez recoge en su traducción del original inglés la jerga portuaria que Stevenson reflejó en su obra, el vocabulario y los dichos de piratas y de la jet set tan distintos. Y magníficas las ilustraciones de José María Gallego, curtido en mil batallas borrascosas del periodismo diario desde los tiempos de la Transición. Cuidada y premiada edición la de Reino de Cordelia.

Y también destacar la edición de Vicens-Vives, muy didáctica, indicada para un público estudioso. Y gozosos los dibujos de Wal Paget, un clásico de la ilustración.


Otras obras interesantes de viajes y aventuras:

Viajes de Gulliver

El Arenal, septiembre de 1936

España es una inmensa tumba donde se acumulan los cadáveres de la intransigencia

El 18 de agosto de 1936 moría asesinado por las hordas franquistas Federico García Lorca, en Víznar, Granada. Aún hoy no se sabe el lugar donde están enterrados sus restos. No es el único español que permanece sepultado en alguna cuneta anónima víctima del levantamiento militar antirrepublicano.

Gabriel de Araceli

 Este reportaje se escribió en el mes de agosto de 2003 tras conversar con Vitoriana, Josefa Cortázar Vinuesa y Frutos Palomo —nombres supuestos—, familiares o vecinos de las víctimas de la represión franquista que se llevó a cabo en el municipio de El Arenal, Ávila, al comienzo de la Guerra Civil. La recuperación de esta información diecinueve años después se debe a la actualidad de los hechos que se narran en él, recordados en las jornadas de “Memoria Histórica”, llevadas a cabo en ese pueblecito castellano, en julio de 2022.

El país que olvida su historia está condenado a repetirla

Tía Vitoriana tenía 12 años el 8 de octubre de 1936, fecha en la que ella asegura que fue cuando los fascistas ejecutaron a cinco vecinos de El Arenal y a dos de San Martín del Pimpollar en los alrededores del Parador Nacional de Gredos, en Navarredonda, pueblos todos de la provincia de Ávila.

A sus —nos encontramos en 2003, recuérdese— 79 años, Vitoriana —ya fallecida— aparenta una gran lucidez y tiene una memoria prodigiosa recordando todos los detalles de aquellos meses trágicos de la historia de su pueblo. No obstante, se rectifica posteriormente en la fecha: «fue antes, el 27 de septiembre, en plenas fiestas». Josefa Cortázar Vinuesa, otra testigo de aquellos terribles días dice que «fue el 23 de septiembre de 1936 cuando los ejecutaron».

A los ejecutados los recuerdan ambas con claridad: «Tío Cecilio Pulido; tío Nicasio Chinarro, el de tía Cele; tío Frutos Palomo; Mateo Cano (hijo) y al mozo de tía Basilisa, de 19 años, Andrés Sánchez. A este le mataron el último, para que viera el espectáculo. Los dos vecinos de San Martín pasaban por allí. Para su fatalidad, se toparon con la cuerda de presos cuando regresaban de la siega en la que habían empleado el verano. Los fascistas les robaron el dinero ganado y los mataron para evitar testigos».

»Durante los primeros días del alzamiento fascista —así lo cuentan los entrevistados—, aún bajo la República, se intentó que no hubiera entre los vecinos ninguna reyerta hostil ni sangrienta. Sin embargo, algunos de los jóvenes simpatizantes franquistas exacerbados por los acontecimientos y henchidos de valor, arrogantes, bajaron hasta Arenas de San Pedro, Ávila y allí asesinaron a una mujer embarazada, esposa de un militante republicano. La respuesta no se hizo esperar, desde Arenas subieron con ansias de venganza reclamando a los ejecutores del crimen bajo la amenaza inminente de quemar el pueblo por “los cuatro costados”. Fueron seis, al parecer, los entregados, rápidamente asesinados en Arenas. Y esto el desencadenante de la sangrienta represión posterior que los fascistas emprendieron con todos aquellos que simpatizaban, o se habían significado, con la causa legítima de la República.

Josefa Cortázar Vinuesa —goza de excelente salud ahora, agosto de 2022, a sus 102 años— recuerda que «tras el golpe de estado del 18 de julio, la zona de Gredos pasó a manos franquistas en poco más de un mes».

Los motivos que desencadenan la sangrienta represión sobre los vecinos leales a la República parecen hoy pueriles y difíciles de entender en tiempos de paz. Frutos Palomo uno de los ejecutados y desaparecidos, era panadero. El trueque era algo corriente en aquellos tiempos a falta de dinero con el que comerciar. «Tú me das dos sacos de harina y yo te doy tres tiras de tocino, tú me das una arroba de vino y yo te la cambio por un saco de patatas». Negocios simples y fáciles de cumplir. Pero, en tiempos revueltos, ¿qué mejor forma de saldar algunas deudas molestas que aprovechándose de la impunidad de los vencedores para liquidar al acreedor? Así piensa que sucedería con su abuelo el nieto de Frutos: «Nos consta, está escrito en antiguos documentos domésticos de contabilidad, que a mi abuelo le debían dinero o mercancías. Así que, suponemos, que esa fue la causa de su desaparición, no pensamos que tuviera enemigos en aquel momento».

A los denunciados por los fascistas los encerraron en el ayuntamiento. «Posiblemente los torturarían y vejarían». Las dos entrevistadas, testigos de los hechos, no recuerdan cómo iban vestidos los denunciados aquellos días, seguramente por los estragos de las previsibles palizas. «A los detenidos los subieron en un camión», relatan. Veneranda —ya fallecida, llegó a los 92 años—, hija de uno de los denunciados y entonces, 2003, septuagenaria, recuerda que «fue frente a la escuela». La maestra, para ahorrarles el horror a los niños los hizo salir por una ventana, pero ella se escapó y tuvo la desgracia de contemplar cómo a su padre lo encañonaba un vecino.

Josefa Cortázar Vinuesa se ofreció para llevar un refresco de yemas de huevo batidas que una vecina preparó para los denunciados, pero al final le recomendaron que no fuera para evitar que le cortasen su preciosa melena de quinceañera. El camión se dirigió lejos del pueblo para eludir testimonios, al otro lado de la sierra de Gredos, a Navarredonda, donde pernoctaron una noche. Y donde Cecilio Pulido, augurando su próximo final entregó a Vitorino, dueño de la posada su postrer legado, una gorra de visera nueva, rogándole que se la diera a un ciego cantor de coplas y romances que por allí paraba «para evitar que se pudriera porque era de calidad».

La Guardia Civil parece que tomó a los denunciados declaración, sin encontrar causa alguna que justificara su detención. Así que los devolvió a los captores sin demandarles cuál era la autoridad que ostentaban y su legitimidad para semejante actuación. Ellos decidieron ejecutarlos rápidamente, sin dejar rastros. En una pinada cerca del parador los reos cavaron su propia tumba, les infligieron aún más humillaciones y los asesinaron. Un cabrero de Navarredonda vio, oculto, los asesinatos y fue quien dejó nota, una señal grabada en un pino.

Josefa Cortázar Vinuesa era entonces una joven de 15 años —ya se ha dicho que ahora, 2022, es centenaria y goza de extraordinaria salud—, pero recuerda igual que tía Vitoriana el nombre de los verdugos: «Teófilo Fuentes (alcalde franquista en el posterior nuevo ayuntamiento); Juan Chinarro (suegro del alcalde); tío Segundo Chinarro; tío Justino Chinarro (hermano del anterior); tío Elías; el padre de Emiliano, el de la pensión». El grado de participación en los asesinatos varía según las fuentes. Algunos de los anteriormente citados fueron delatores, otros omitieron su ayuda, otros intervinieron directamente en las ejecuciones.

«A tío Cecilio lo denunciaron por envidia, era un hombre inteligente y sensible que había enseñado a varios vecinos a leer y escribir. Su delito fue que organizó una mesa de caridad durante los primeros días de la guerra para los vecinos necesitados. Era simpatizante de la UGT». Dejó viuda y dos hijos de corta edad, Veneranda y Julio. Su hija Veneranda recuerda con silencio el horror que le provocó la separación de su padre, miedo que la marcó toda su vida.

Cecilio Pulido, asesinado por los falangistas el 23 de septiembre de 1936, en los alrededores del parador de Gredos, Navarredonda, Ávila. Sus restos aún no se han recuperado. Tenía 35 años de edad.

La noticia de la ejecución la llevó al pueblo aquél ciego que conocía al tío Cecilio. Atravesó la sierra llevando la gorra visera para entregarsela a su viuda. Estaba en deuda con tío Cecilio, que le contaba historias y cantares. En el certificado de defunción que el Ayuntamiento de Navarredonda expidió consta la fecha del 19 de septiembre de 1936, firmado por el secretario, un tal señor Cándido, e indica que el fallecimiento fue por causa de guerra —algo habitual en la burocracia oficial del régimen franquista—. Decían que tía Vitoriana conocía el lugar exacto del enterramiento. Su secreto se lo llevó a la tumba.

Frutos Palomo, el nieto del ejecutado, asegura que hubo más de ochenta personas asesinadas y desaparecidas, enterradas en diferentes lugares. «En el alto de la Mesa mataron a once, en la Media Legua hay cinco, a la familia Fatigas —la de El Cachuli, un personaje del papel couché que se hizo famoso por los escándalos del ayuntamiento de Marbella al comienzo de este siglo, Gil y Gil de alcalde, donde fue concejal— la diezmaron, mataron a sus abuelos y a un tío. Sólo se sabe de una familia que pudo enterrar a sus muertos. Pero los verdugos les advirtieron: A ellos los enterráis vosotros, pero a vosotros no os queda familia para enterraros».

Ni Veneranda, ni Julio pudieron nunca saber dónde estaban los restos de su querido padre Cecilio. Fallecieron antes. Quizás la cuarta o la quinta generación puedan recuperarlos. Los restos de al menos sesenta víctimas de los crímenes franquistas del pequeño municipio abulense de El Arenal andan aún dispersos por montes, majadas, pinares, bancadas, piornos y castañares, sin tumbas, sin lápidas, sin losas, sin honra, sin memoria. No son los únicos. La piel de toro está llena de muertos anónimos abandonados por las cunetas. Tras Camboya —otros asesinos, los Jemeres Rojos— España es el segundo país del mundo con más muertos anónimos sin recuperar víctimas del terror homicida de sus salvadores, rehenes de aquel dictador bajito que murió en su cama.


España necesita una ley que integre las diversas memorias, pero solo a las víctimas de la represión franquista se les debe reparación moral y reconocimiento después de tantos años de vergonzosa marginación.

Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza


EL SILENCIO DE LOS NOMBRES

Ana Mª Pulido

En el hondo corazón de los pinares, las viñas, riscos, prados y barrancas de nuestro pueblo habitan cuerpos despedazados que un día fueron la vida en todo su esplendor. Jornaleros, segadores, labradores, albañiles, concejales, panaderos… madres bien plantadas, orgullosas de su prole y su destino, que en un instante lo perdieron todo: “Las heridas por arma de fuego” se los llevó por delante junto a una tapia de un cementerio, en una cárcel lejana o en un solitario paraje agreste rodeado de tierra descarnada. ¿Por qué fuiste tan cruel, hermosa tierra arenala? ¿Cómo permitiste que se amontonaran esas carnes tersas en tus entrañas? Eran una promesa de vida. ¡Tenían tanto camino por recorrer..!

¿Y qué sentiríais, hijos sacrificados de El Arenal, en ese último segundo, antes de que la tierra os engullera en su seno? ¿A quién se dirigiría vuestro postrer pensamiento? ¿A unos críos que quedaban huérfanos, a una esposa recién estrenada, a un novio que apenas había robado un beso, a unos padres ancianos que nunca ya se levantarían de ese mazazo?  Pensaríais, quizás, en la casa que habíais levantado con tanto sacrificio, cada piedra una fatiga… Abuelo mío, ¿pensaste en tu parra bajo la que te sentabas a tomar el fresco ?, pensaste en mi padre adorado, el pequeño Julio o en mi tía Vene, y en la pobre abuela Margarita, ¿pensaste en ellos antes de que te atravesara la bala certera? Quiero compartir tu dolor de aquel instante. ¡Ay! No hay bastantes lágrimas en un océano para llorar la crueldad de la sinrazón que fue aquella guerra fratricida. Vosotros, todos, gente sencilla del pueblo del Arenal: Miguel, Juan, Vitoriano, Frutos, Antonia… ¿Qué sentiríais frente a los fusiles?, ¿terror, rabia? Acaso frío, impotencia… Pero ¿por qué? ¿Por qué esta masacre sin sentido? Si vuestras armas eran un puñado de ideales, y algunos erais apenas muchachos, jovenzuelos tan inocentes que os metisteis en la guarida del lobo por generosidad o falta de malicia. ¿Para qué toda esta sangre vertida impunemente?: SILENCIO.

El silencio de estos nombres que hoy desenterramos de la arena del olvido y veneramos, como veneramos las canas que no pudisteis peinar, las caricias que no tuvisteis de vuestras esposas, hijos o compañeros del alma. Cuántos os fuisteis sin conocer la llamada del amor primero y con el paso del tiempo la serenidad del fruto maduro. Os perdisteis el primer paso vacilante de vuestro hijo; no pudisteis contarle un cuento a vuestra nietecita hasta verla rendirse al sueño. No os emocionaron esos ojos curiosos de los niños que se comen el mundo, ni pudisteis acompañarlos a su primer día de escuela o acariciarles la frente cuando estaban enfermos; ni se os subieron al hombro o a caballito y se os privó injustamente al final del camino, de partir con dignidad rodeados por vuestros seres queridos. Os fuisteis solos o junto a otros seres igualmente aterrados, de órbitas desencajadas, sudor helado, en un lugar cualquiera, brutalmente asesinados como alimañas que no merecen vivir, arrojados a la nada como despojos. Sí, abruptamente os borraron del planeta, marcando a tres generaciones con un estigma infame. Así, vuestros nombres se convirtieron en malditos, condenados al silencio y el olvido, en muchos casos a ser pronunciados con miedo, en un susurro fugaz.

 ¡Abuelo, hoy quiero gritar tu nombre alto, claro y con orgullo!: ¡Cecilio! y tienes que saber que tu hijo Julio se fue de este mundo hace unos meses. En su lecho de muerte te nombró y dijo que cuánto le habría gustado conocerte un poco más y ver tu nombre en una lápida digna. Quiero que sepas que se fue lúcido y en paz, con 90 años, conservando solo imágenes dulces de ti. En el reino de la barbarie, la inocencia de sus cinco años se apiadó de él y no conservó recuerdos de aquel día terrible en que te llevaron a la sierra para no volver. Tuvo una segunda oportunidad con una nueva familia que le compensó tu pérdida. Te alegrará saber que fue una vida buena y que tu parra sigue existiendo, nos reúne cada verano y te nombramos con emoción sin haberte conocido. Porque tu breve vida de 35 años tuvo sentido y la de todos esos cuerpos que yacen repartidos por nuestro pueblo serrano, a la sazón hombres y mujeres de bien, también tuvo sentido, aunque solo sea para que sus nombres hoy, 86 años después, aparezcan como un fogonazo de justicia en la oscuridad.

Nietos de las víctimas de El Arenal asesinadas por los falangistas en septiembre de 1936, sobre la pineda donde se supone yacen sus restos. Al lado del parador de Gredos, Navarredonda, Ávila.

La muerte erró porque sembró vida. Ellos viven en nosotros y en nuestra añorada tierra arenala. Su sangre regó los campos sembrados, las eras, prados y majadas, el Majomingo, la Mesa, Zahurdillas, la Media Legua. Sus cuerpos abonaron los pinares y castañares; hicieron florecer los cerezos; alimentaron los ríos. Resuenan en el cristalino Naharro, en el charco los Nogales y Las Culebras, en el agua clara de la Cantarilla. Se convirtieron en la nieve que cubre los Galayos cada invierno y brillan en el Camino de Santiago las noches de luna nueva. Perfumaron los bancales con flores de orégano y tomillo, son la flor de manzanilla en la sierra. Sus huesos son el polvo del camino a la Retura y a la Vega. Nos hablan en el viento cálido del atardecer que arrastra las hojas de la plazoleta y sube por las laderas hasta las cumbres de Gredos. Los escuchamos en las campanas de la iglesia que tocan a duelo o que doblan alegres por una boda. Nos acunan en los cantares de las rondas que se escuchan de lejos las noches de verano. En todo lo bello de nuestro pueblo estarán por siempre. Todos somos ellos y lo serán los hijos de nuestros hijos. Podrá la muerte acabar con la materia, pero deja intactos los recuerdos y los sentimientos. Sin quererlo los reaviva y los amarra para siempre. La muerte es asoladora, se lleva mucho, pero a cambio nos deja la eternidad de la memoria. La barbarie no pudo arrastraros. Vosotros ganasteis, vuestros nombres son eternos.



BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA:


EL HOLOCAUSTO ESPAÑOL. Debate. 2007. «La crueldad de su contenido ha hecho que fuera muy doloroso de escribir», dice Paul Preston, su autor en la primera página del libro. Una historia del terror genocida desatado en la Guerra Civil que pocos lectores podrán terminar de leer sin sentir el vómito del miedo en sus entrañas.

Y del mismo autor UN PUEBLO TRAICIONADO, Debate, 2019. Un análisis de la España desde 1874 a nuestros días. O también LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, un clásico sobre la tragedia nacional.

LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, de Hugh Thomas. Otro clásico que debe leerse para diseccionar aquel tiempo terrible.  

EL LABERINTO ESPAÑOL, de Gerald Brenan. Un retablo para conocer el difícil camino que ha recorrido este país desde los tiempos de la Restauración, escrito por uno de los grandes intérpretes de la sinfonía hispana. Inglés de nacimiento, malagueño de adopción: don Gerardo.  

LA REPÚBLICA EN GUERRA. Crítica, 2012. Ángel Viñas. El gran historiador desmenuza las terribles vicisitudes, presiones, privaciones y hostilidades que sufrió la República para enfrentarse al monstruo hostil del Comité de No Intervención y al repudio de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, que apoyaban con su abstención, sin embargo, al fascismo contra la democracia. Sazonado, además, con el lenguaje puntilloso de Viñas, un navajero —su familia regenta una cuchillería en el castizo Pasaje Doré, esquina Atocha, Madrid— sin filo incapaz de pinchar más que con las verdades de los testimonios históricos, los más sangrientos. Fascinante su lectura.

HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA, del general Vicente Rojo. Protagonista directo de la tragedia, el último romántico de aquel tiempo convulso, el general estratega de la contienda, y, no obstante, perdedor. El otro, el caudillo, nunca le perdonó su humanidad. Le pudo el amor a su mujer, Teresa Fernández, y regresó a su casa de Ríos Rosas, 48, en Madrid, donde la hidra de siete cabezas lo engulló con veneno de ostracismo y silencio. El paso del tiempo le ha devuelto su protagonismo.

VIDA PASIÓN Y MUERTE DE FEDERICO GARCÍA LORCA. De Ian Gibson, el madrileño de Lavapiés nacido en Dublin. Obra capital, extensa, intensa, barroca, toda una vida te estaría leyendo, sobre la vida del poeta asesinado cuyos restos —pavor produce recordar quién fue su delator: Ramón Ruiz Alonso— nunca se encontraron. Uno de tantos miles de cadáveres anónimos de españoles asesinados y olvidados bajo las cunetas.

LA POLÍTICA EXTERIOR DEL FRANQUISMO, de Julio Gil Pecharromán, historiador y profesor en la Universidad Complutense. Un detallado estudio de las relaciones exteriores que el franquismo desarrolló para sobrevivir, cuyo colofón fue la visita, apenas veinticuatro horas, que Eisenhower realizó a Madrid el 21 de diciembre de 1959. Y de notario quedó la foto del ministro Castiella y el general Vernon Walters —jefe de la CIA—, testificando cómo Franquito secretaba adrenalina en el deseado beso, sin morros, que Ike le negó.


DANZA BUTOH en Jaramillo Quemado: Castilla abierta al arte

El cuerpo penetrado por el Universo
TALLER DE DANZA BUTOH con MARIANELA LEÓN

En los últimos años han surgido por todo el territorio numerosos espacios dedicados a llevar las manifestaciones artísticas a las zonas rurales. En algunos casos son de iniciativa pública, en otros son proyectos surgidos al amparo de los programas de desarrollo rural financiados por la UE. En otros casos nacen por iniciativa de artistas que se han establecido en los pueblos donde encuentran espacios de trabajo luminosos y un mayor contacto con la naturaleza.

Uno de estos espacios es el que ha nacido en Jaramillo Quemado, en la vertiente sur de la sierra de la Demanda burgalesa. Esta localidad, de 9 habitantes censados, ha cobrado notoriedad en los medios de comunicación por ser el pueblo más pequeño de Castilla-León con alcaldía propia. La promotora de este espacio es una madrileña que aterrizó en Jaramillo hace 22 años. En este tiempo ha ido cociendo a fuego lento un proceso de integración en el pueblo y de contacto profundo con su paisaje. Desde el confinamiento reside allí permanentemente. Para desarrollar su vocación artística ha edificado una amplia escena pensada como estudio donde reunirse con amigos para interpretar música, talleres de danza, performances, exposiciones… Lo llamó Espacio Escaramujo, como el hermoso color que tienen estos frutos en otoño. Ahora, el proyecto ha echado a andar, una tarea difícil en una zona privilegiada donde se funde la historia, el arte, la luz y el paisaje. Y ha organizado un taller de Danza Butoh, abierto a todos los amantes de la expresión del movimiento corporal que se desarrollará en la última semana de agosto.

Marianela León se formó con maestros japoneses. Ha impartido cursos en varios países donde ha recibido el reconocimiento a su maestría. Viene de Suiza, donde reside. Será ella quien imparta el taller.

¡Una delicatesen!

Manuela Souto


Utilizaremos el método Feldenkrais para abrir la percepción de nuestros patrones de movimiento, además de diversos ejercicios de desplazamiento y conciencia espacial para, una vez reunido el centro, conectarnos con el espacio…

Y desde la escucha de los ritmos y las velocidades orgánicas, encontrar el germen de la danza propia, que no es simplemente movimiento, sino que surge de una nueva corporalidad.

Habrá propuestas al aire libre, donde la danza se gesta de una manera mucho más amplia que en el estudio.

Dirigido a cualquier persona interesada en explorar el cuerpo sensitivo.
En Jaramillo Quemado, Centro de Arte Escaramujo, 22-28 de agosto 2022
butohmadrid@gmail.com
617143218 (solo whatsapp)
689932576