Se va el caimán, se va el caimán, se va para las Antillas

El amor en los tiempos del virus XI


Gabriel de Araceli

Oye, me dio una fiebre el otro día por causa de tu amor, germana…

         »Al mariscal Petain lo condenaron a muerte los propios franceses. Pero era muy viejito, muy viejito y le perdonaron la guillotina porque estaba muy gagá y los gabachos son muy republicanos, por eso lo encerraron hasta su muerte en la Isla de Yeu. Había sido el héroe de la Françe durante la Gran Guerra, el héroe de Verdún, académico respetadísimo por todos, incluso fue embajador en Burgos cuando la Françe reconoció al régimen del general bajito, en marzo de 1939, quizás porque el mariscal estuvo junto al canijo en el desembarco de Alhucemas. Pero perdió la chaveta. El jefe del Estado de la República Francesa perdió el seso. Se hizo mayor y se pasó al enemigo, de bueno pasó a villano. ¡Pucha que son huevones los franchutes!, todo se lo gastan en legiones de honor, en héroes espurios y en legaciones extranjeras…

     Cuando la tarde languidece y renacen las sombras Pupo Román escucha al viejito Digno García dale que te pego a la manivela moliendo café. El Caribe luce atardeceres encendidos de sangre y miedo negro en la sima de Luperón, mar adentro, allá arriba por donde abundan los tiburones. El viejito Digno García sabe muchas historias de cadáveres de cuando el Benefactor echaba al mar a los disidentes y a los republicanos españoles porque, de niños, muy chiquitos, revolvían entre los arenales de la playa en busca de lo que el mar devolvía y se encontraban cuerpos mutilados, allá una pierna sin zapato, acá un brazo verdoso que aún lucía una pulsera de alpaca con una inscripción: “Tu Ramona te querrá siempre”. Pupo Román estira una sombrilla de palmas trenzadas en su puestito de la playa de arenas doradas como el oro, donde obsequia con cafés y ron bravo a los viejitos que le visitan a cambio de que le cuenten falsas baladas de amor mientras canta al viento muy despacito una canción de enamorados. Y me inyectaron suero de colores y me sacaron la radiografía y me diagnosticaron mal de amores, al ver mi corazón como latía. Pupo Román presume de que viajó por España acompañando a Juan Luis Guerra hace treinta años. Ojalá que llueva café en el campo, que caiga un aguacero de yuca y te, pa que toos los niños canten en el campo, ojalá que llueva café en el campo. Pero no es verdad, en realidad nunca salió de Santo Domingo y todos lo saben. Pupo Román es un hombrón delicado y alto, sin un pelo de tonto y con una perilla de bolchevique que a ellas les gusta restregarse en su intimidad, que baila el merengue y apretao con gracia apolínea. Por eso tiene éxito con las mujeres cuando el letargo de la noche parece gemir. Siempre invita a queso blanco, a arroz granado y a miel a todo aquel que le cuente historias de amores de hombres apasionados y de hembras traicioneras que sucedieran más allá de la Romana. El viejito Digno García sabe muchas historias de esas y es tan picarón como mentiroso. Y la lengua se le escapa con el ron tan bueno de Pupo Román.

     »No más otro me tomaré, mi viejo, que la negra Ataúlfa me mete las narices en el gaznate cuando llego tropezando de madrugada a la choza y siempre me acusa de que bebo demasiado ron y después no le atiendo como se merece una mujer. Y cómo va a ser eso si la negra Ataúlfa es tan vieja como yo y ya no se nos enciende la lumbrita de la pasión, así que me voy a soplar otro ron de ese que usté me da tan sabrosón y tan rico y le cuento la verdad de la vida que a mí me contaron. Un día me fui a bañar, por la mañana temprano. Vi un caimán muy singular, con cara de ser humano. Era la negra Ataúlfa que llegó de Haití con apenas trece años y era todo turrón y azúcar, con unos pechos duros como los arrecifes y un sexo cálido, húmedo y enredador como las carabelas portuguesas. Yacíamos en los arenales las noches de luna llena y berreábamos de lujuria…

      Y Pupo Román le llena dos, tres, cuatro veces el vaso al viejito Digno García para que le cuente historias de amor de la negra Ataúlfa cuando la playa devolvía restos devorados de los peneuvistas vascos que asesinaba el sicario Navajita a las órdenes de Trujillo.

      »Y cuando la negra Ataúlfa gritaba de placer se recalentaba el suelo y temblaban los arenales, que parecía una tormenta tropical, que alguna vez los guardias nos recriminaban que aquello no podía ser, que nos contuviéramos porque en la aldea todos se alborotaban y después no rendían en los ingenios de caña del Generalísimo, que se exaltaban y se entregaban al placer desbocados y no trabajaban. Sí, así pasó, así pasó, el diablo metió la cola y ahora el hombre y la mujer no pueden dormir con bola. Pero eso sucedió hace tiempo, que ya se me olvidó y si quiere que lo recuerde tendrá que rellenar este vaso vacío, que usté es tan generoso como escuchador de historias bravas y honestas, que bien que lo son las mías, tanto como su ron tostado como la piel de las guajiras al anochecer. Vámonos guajira, vamos a gozar, sí, cariño…

       Y Pupo Román rellena dos, tres veces el vaso del viejito Digno García hecho al ron como la lengua al beso, como los labios al vaso porque lo tomaba de joven y es como agua para su hígado impermeable.

      »El caimán se enamoró de una de dieciséis, que caimán tan picarón, no es tonto para el amor. Usted ya sabe el cuento de las cuatro ces porque me lo ha oído muchas veces, pero yo con gusto se lo explico de nuevo. Porque, entonces, cuando la negra Ataúlfa tenía dieciséis años, un hombre joven de dieciséis, yo, sólo necesita una c para satisfacerse y satisfacerla. Ya lo sabe, mi viejo, una carabela portuguesa. Pero nos gustó el tembleque y seguimos años y años temblando así de cualquier modo y ya, en los veintitantos, el hombre necesita dos ces, una carabela portuguesa y la cama, el lecho donde apretujarse porque en los arenales a veces te atrapaban los cangrejos y ya no era cosa de que te marcaran las nalgas con sus tenazas y te miraran mal con sus ojos saltones de soslayo. Y la negra Ataúlfa también se aburguesó, que quería la blandura del colchón de las hojas de las panochas del maíz. Pero óigame bien, don Pupo, que cumplimos los treinta y tantos y entonces las cosas se complican, que las blanduras hay que pagarlas y así es que acudimos a las tres ces, la carabela portuguesa, la cama y la cartera, necesaria para las finanzas de los placeres, aunque fueran distanciados y escasos los apretones. Pero, ¡ay, don Pupo!, que llegamos a los cuarenta de largo y entonces las cosas se complican más aún, que ya no son ni una ni dos ni tres las ces necesarias para folgar, que son cuatro: la carabela portuguesa, una cama, una cartera y la casualidad de que se alborote el instrumento, que no siempre eso acontece, que a veces aquello no funciona y la negra Ataúlfa me mira con paciencia y con esperanza de que tal suceso suceda alguna vez, porque tampoco ella es la jovencita de dieciséis y sus exigencias no son las mismas, que se apacigua con cualquier chispa que le brote del intimismo. ¡Ay, negra!, le digo, inyéctame tu amor como insulina y dame vitamina de cariño que me ha subido la bilirrubina.

       El viejito Digno García se ha quedado sin combustible, Pupo Román le rellena el vaso. La noche se ha llenado de estrellas y allá, entre los palmerales y las arenas los cangrejos sortean los cuerpos enlazados de los jóvenes amantes en su huida hacia el mar Caribe, donde la luna bambolea guiñando sus ojos.

       »Sí, el caimán se hizo mayor, enloqueció cuando de pronto apareció una rubia que le decía te adora tu lacaya y te compra una guacamaya. Era como un niño que descubriera en la arena una pulsera con una estela dedicada: “Tu Karina te querrá siempre”. Le hirieron las flechas del amor, aunque aquello fuera ridículo a su edad y la amante apócrifa. De buenas a primeras tenía las cuatro ces. Aunque le costase una pasta. Eso para él no era problema, se lo pagaban sus hermanos moros. Eso fue lo que le pasó al jefe, el viejo encontró de repente su carabela portuguesa, le dio una fiebre, le subió la bilirrubina, se enfermó de pasión. ¡Qué desazón, qué sinrazón si no se tiene, qué gran humor, qué gran fortuna si se padece! Es un perjuicio serio para la salud. Porque, usté me entenderá, don Pupo, a veces nos mentimos, nos cantamos poemas desesperados, yo te recordaba con el alma apretada de esa tristeza que tú me conoces, pura cursilería si nadie te escucha, don Pupo, puro cretinismo. Pero si tu negra Ataúlfa te espera con la puertita abierta de la choza y el fuego calentito de su piel te asalta el hambre y te atragantas con lo prohibido, unas penas de amor que borrar, unas tristezas que olvidar. Así que ya sabe lo que quiere ese caimán, ese viejo jefe artrítico y torpe de movimientos emponzoñado de ansiedad. Quiere ron y quiere pan y quiere un poco de amor. No medimos nuestros pasos cuando enfermamos, cuando la fiebre nos devora somos marionetas en las garras del deseo. Entontecemos. Perdemos el norte. Y a todos nos pasa, don Pupo. Un poco de carne fresca altera nuestros sentidos, arruinamos la hacienda, sí, pero nos despeja el cerebro de inquietudes y rellena de energía nuestra piel momificada. Como Petain, al viejo se le fue la chaveta. Pero los suyos no se lo perdonan, nadie le perdona a un anciano que quiera volverse joven a costa del dinero ajeno. Eso no puede ser. Es menester que el césar parezca honrado. Con los dólares de los otros no se juega, no señor. Por eso se viene a esta isla, se escapa, huye ridículo, chocho, loco, prefiere ser prisionero de sí mismo antes que de la opinión pública.

       Y don Pupo rellena el vaso del viejito Digno García porque sabe que todos somos lagartos de sangre fría que necesitamos regular la temperatura del corazón, aunque sea con mentiras de amores imposibles o ron añejo.

—Por usté, don Digno, al que los años le han dado la sabiduría.

—Por usté, don Pupo, que escucha las mentiras de los viejos.

        De las arenas de la playa donde se estremecen los jóvenes llega la vieja melodía del lagarto Juancho. Don Digno y don Pupo abrevan su ron de caña y piensan en las carabelas portuguesas de su juventud, cálidas, húmedas y enredadoras.

     «A la princesa alemana se le quemó el delantal, era tan apasionada que no lo pudo evitar, si no vienen los bomberos arde el piso principal. Se va el caimán, se va el caimán, se va para las Antillas, se va el caimán, se va el caimán, se va buscando calor».


Viñeta de Vázquez de Sola


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MILENIO

Qué leer en los tiempos del virus X


Gabriel de Araceli

—Huele mal, mamá, huele mal.

    Suena a través de la pared con el vecino la voz de Carlota. Sus dos años la convierten en un angelito que alivia la soledad del encierro, trae un poco de alegría durante el asedio del virus.

—No huele a nada Carlota, y tómate la leche.

 

      A 57 muertos nadie los reclamó durante la pandemia, ya habían muerto en vida, olvidados por los suyos, sin el consuelo del adiós, de la mano sobre el hombro, del beso de la despedida. Cuando sus cadáveres empezaron a ser un problema el gobierno regional madrileño decidió asumir el costo de los entierros. Nadie escucha las palabras de los niños. Posiblemente algún niño pregonara el olor de algún muerto sin que nadie le prestara atención hasta después de muchos días cuando el hedor se hizo insoportable. El angelito tenía razón: Huele mal. La vida huele mal.

     Manuel Vázquez Montalbán se murió sin hacer ruido lejos de todos, en Bangkok, el 18 de octubre de 2003, apenas unos meses antes de que su último Carvalho, MILENIO, se publicara, hijo póstumo y huérfano de un mundo ajeno y desconocido para la edad provecta del antiguo espía. Desprende MILENIO el olor a naftalina de los recuerdos perdidos, de las cartas de amor juveniles encontradas en los anaqueles de la memoria. Carvalho comienza el siglo despidiéndose de un mundo imposible de reconocer para sí mismo. Entonces, ¡qué sería ahora! Va acompañado de su leal Biscúter, su Sancho amigo, que a lo largo de la novela, como en el Quijote, se carvalhizará en un trasvase de personalidades, biscuterizándose Carvalho hasta perder el detective el protagonismo de las diecinueve anteriores novelas y pasar a ser un secundario admirador de la sabiduría del escudero. Son la mangosta y la cobra hipnotizadas entre ambas por la mutua contemplación. Y de Dulcinea, de Charo, de la madame retirada que gobierna su tienda de macrobióticos y complementos dietéticos en el puerto olímpico apenas si hay el recuerdo de alguna llamada telefónica para solicitarle fondos. La constatación de la inevitable derrota hormonal de la entrepierna. Es un hombre maduro que ve próxima su decadencia, al que las superpotencias, las guerras, hambrunas, tragedias, terrorismos, las pelagras institucionales religiosas, ya sean cristianismos o islamismos, espionajes, globalización, emigraciones, epidemias, nacionalismos periféricos y demás virus que le amenazan en su itinerario global le pillan fuera de juego, convertido en un escéptico, en un resignado superviviente que intuye un futuro de refugiado en alguna residencia de ancianos, diana de virus coronarios, un pirómano retirado que sólo quema un libro —inacabado, encima— a escondidas y en el que apenas si sobrevive la gula como vicio arrepentido de todos los vicios y pecados.  Y es su huida un repaso a su militancia juvenil en la izquierda radical, una búsqueda por las estrellas de lo que no pudieron conseguir en la Tierra, una catarsis penitente de apariciones de personajes y lugares por donde ejercitó su oficio de sabueso huelesobacos.

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Manuel Vázquez Montalbán en El Escorial, 1990. Foto de Terry Mangino

     MILENIO se publicó en dos partes por decisión editorial: MILENIO CARVALHO I. Rumbo a Kabul; y MILENIO CARVALHO II. En las antípodas. Un guiño del editor quizás para emular las dos partes del Quijote, de sus salidas del campo de Montiel a Barcelona, en ese itinerario mimético del que parte Carvalho para repararse los entuertos, desfacerse de sus agravios y enfrentarse a los malandrines de su conciencia. Son casi 900 páginas de frases rotundas y narrativa fácil urdida por el oficio de MVM, la última vez que ejercitó la novela el autor, aunque apenas unos días antes de su fallecimiento publicara su última columna, el 3 de octubre de 2003, sobre un marciano que ahora parece ocupar las catacumbas del pleistoceno histórico, ahí enfrente, sin embargo: “De cómo don Mariano Rajoy se convirtió en un ovni”.

     Huele mal, sí, la historia de una vida a veces huele mal y uno se encuentra al final del camino con detritus escondidos, con las palabras de un angelito inocente que le revelan la verdad de la derrota. Quizás, los casi veinte años transcurridos le hayan hecho formar parte a Carvalho de esas estadísticas de viejecitos abandonados a los que delata su olor nauseabundo muchos días después de muertos. Aunque Carvalho siga vivo en la memoria de los amantes de la novela montalbiana. Quizás se fue pronto Vázquez Montalbán, tal vez fue inteligente y decidió apartarse en esplendor, bien comido, bien bebido, bien viajado, antes de que el paso del tiempo le señalara con la uña negra de la ignominia de la existencia. Jesús Galíndez, Muriel Colbert, don Angelito, Ulises, Homero, Bouvard y Pécuchet, La vuelta al mundo en ochenta días, Cinco semanas en globo, tal vez el coronel Kurtz en su guarida de Camboya o en su ascenso de comerciante por el río Congo, el Níger del Biscúter, henchido el escudero de sorprendente verborrea et diplomé en soupes et sauces pour L’Êcole de Gastronomie de Jacques Minceur.

     Un siglo XX que se acaba, un milenio que empieza, un viaje a ninguna parte el que emprende Carvalho para acabar prisionero de su memoria, de sus actos, entre las rejas de la vida a su regreso a Marte, a Vallvidriera. ¡Que le aproveche!


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«Luego le haré unos higos a la siria. Rellenos de nueces y cocidos en zumo de naranja. Bajas Calorías. En lugar de mucho azúcar le pondré miel.
–Lees demasiado, Biscuter.
–Tendría que echarle un vistazo a la Enciclopedia Gastronómica que me he comprado a plazos. Parece increíble lo complicado del espíritu humano. ¿A quién cree usted que se le ha ocurrido rellenar los higos de nueces y cocerlos en zumo de naranja?
–Probablemente un sirio».

(El delantero centro fue asesinado al atardecer)


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Pepe Carvalho tras las huellas de don Quijote

El agente Rojas ND507

Pasionaria y los siete enanitos

Son o fueron

Tranquilo Jordi, tranquilo

Rafael Alonso Solís

    LA MONARQUIA ES UNA INSTITUCIÓN que requiere fundadores para imponer el origen, y súbditos que aguanten sus consecuencias. Es de suponer que sus defensores disponen de argumentos para defenderla, pero muy dudoso que quienes la sufren se los crean. No cabe duda de que tanto el casting como los mecanismos de renovación son sencillos. Respecto al primero, no se requieren propuestas ni concurso de méritos. En cuanto a lo segundo, suele ser una combinación entre los orígenes mágicos o la implantación por la fuerza. En unos casos se arranca la legitimidad de las entrañas de la roca, como en las leyendas de Arturo de Bretaña; en otros, algún milico la instaura o la reinstaura para garantizar las ataduras. Desde ese momento, la herencia queda instalada en el lugar que debería ocupar la democracia, con lo que el mito fundador se sobrepone a la capacidad, la inteligencia o la moralidad de quien porta la corona.

     Precisamente por proceder de las sombras, no es de extrañar que a los príncipes les chuleen las brujas, como en el caso de Macbeth, o que en las horas de oscuridad se les aparezcan los fantasmas de la memoria, como le sucedía a Hamlet. A los monarcas de cercanías quienes se les pueden aparecer son las amantes —no se sabe si agradecidas o despechadas— y los inspectores de hacienda. Una vez escribí que, en este país, los reyes suelen hacer tres discursos importantes. En el primero, aceptan la responsabilidad del cargo y juran los principios de quien les nombra; ya vendrá el momento de cambiarlos por otros. En el segundo, después de haber agitado las medallas frente a la tropa, hacen como que nos salvan la vida. En el último, cercana la caída del telón que da fin a la tragicomedia, anuncian su retirada. Durante los intermedios, van dando pinceladas de ingenio o de cinismo, como en aquella aparición del rey, ahora emérito, a punto de terminar 2011, cuando exhortó a sus súbditos a ser honestos, sin inmutarse, y enfatizó aquello de que la justicia era igual para todos.

     Es cierto que la historia de Juan Carlos de Borbón, desde su llegada a España hasta el momento en que parece estar haciendo las maletas, parece extraída de una telenovela o un drama de baja calidad, tal como se refleja en la excelente investigación de Álvaro de Cózar. Cuando aún era príncipe, solía recorrer los colegios mayores de la capital para hablar con los universitarios de su generación. En una ocasión, en que se le estaba haciendo tarde por el intercambio de chistes, en un alarde de comicidad, dijo: «Me voy para casa, no sea que Sofía me esté poniendo los cuernos», lo cual fue muy reído por la concurrencia. Cuando se observa la evolución del gesto del rey emérito puede que se aprecie el poderosos efecto de los genes, especialmente los que se refrescan poco, si no se tiene cuidado con la dieta. Aquel joven monarca, al que muchos auguraban un reinado de corta duración, exhibía por entonces el semblante de alguien un poco asustado, con la expresión de quien no sabía, exactamente, qué hacía allí, pero ya había aprendido a cuadrarse gallardamente ante la milicia. En la madurez, su rostro fue adquiriendo ese aire campechano que le dio tanta celebridad. Anunciándose el crepúsculo, en esa época en que comienza a preparar su jubilación para retirarse a tierras más soleadas, su rostro ha ido tomando un aíre pícaro —por decirlo con mesura—, como si nos hiciera un guiño de complicidad y nos recordase que él también comparte —a su nivel, claro— las mañas de Lázaro de Tormes.

     No cabe duda de que, en lo que se refiere al emérito, ha funcionado un efectivo pacto de silencio, en el que ha estado implicada la mayoría de la clase política, pero también la prensa, aunque los rumores sobre sus devaneos sentimentales y su presunta carrera como comisionista de éxito siempre hayan estado ahí. Hoy mismo, en un artículo de portada en el diario El País, se dedican ocho párrafos a defender a la realeza por parte de Pablo Casado, Felipe González y el presidente de la CEOE, dos a transmitir con prudencia la postura de UP y una la del Gobierno. Merece la pena recordar que fue una perspicaz periodista de derechas, conocida supernumeraria del Opus Dei y con excelentes fuentes de información en el estamento militar, quien se atrevió a hablar sobre el, presuntamente, oscuro papel de Juan Carlos de Borbón en el 23F, más allá del guion oficial.

     Después de habernos caído del caballo, no parece que existan muchas dudas de que la conducta del rey emérito ha sido cualquier cosa menos ejemplar. Pero esa convicción, junto a la conclusión a que llegue la justicia, debería tener otras consecuencias y aprovechar la oportunidad para responder, con serenidad y sin demasiada prisa, a dos cuestiones: si la institución monárquica tiene alguna utilidad para la convivencia y el bienestar de este país, y si tiene un respaldo mayoritario o, siquiera, significativo. Dependiendo de las respuestas aún cabría, en su caso, una tercera: ¿de qué manera y cuándo se debería iniciar una renovación de la puesta en escena?

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Viñeta de Vázquez de Sola dibujada durante el coronavirus


ESPAÑA INVERTEBRADA

Hace 100 años, en 1920, Ortega y Gasset publicó en el diario El Sol una serie de artículos y ensayos que reflexionaban sobre la identidad española y los problemas políticos que padecía. Todos los artículos se publicaron en forma de libro un año después con el título de ESPAÑA INVERTEBRADA. Lo que a continuación se expone es un extracto del capítulo 5 titulado PARTICULARISMO.

José Ortega y Gasset

       Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo. ¿Cuándo ha latido el corazón, al fin y al cabo extranjero, de un monarca español o de la Iglesia española por los destinos hondamente nacionales? Que se sepa, jamás. Han hecho todo lo contrario: Monarquía e Iglesia se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales; han fomentado, generación tras generación, una selección inversa de la raza española. Sería curioso y científicamente fecundo hacer una historia de las preferencias manifestadas por los reyes españoles en la elección de las personas. Ella mostraría la increíble y continuada perversión de valoraciones que los ha llevado casi indefectiblemente a preferir los hombres tontos a los inteligentes, los envilecidos a los irreprochables. Ahora bien: el error habitual inveterado, en la elección de personas, la preferencia reiterada de lo ruin a lo selecto es el síntoma más evidente de que no se quiere en verdad hacer nada, emprender nada, crear nada que perviva luego por sí mismo.

      …El Poder público ha ido triturando la convivencia española y ha usado de su fuerza nacional casi exclusivamente para fines privados… Porque vivir es algo que se hace hacia adelante, es una actividad que va de este segundo al inmediato futuro… Por eso decía Renan que una nación es un plebiscito cotidiano… Desde hace mucho tiempo, mucho, siglos, pretende el Poder público que los españoles existamos no más que para que él se dé el gusto de existir.


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Viñeta de Vázquez de Sola dibujada durante el coronavirus

SESIÓN CONTINUA

tippi_hedrenViene de “Un homme et une Femme”

Según una idea original de Gabriel de Araceli

Screenplay by Carmelito Flórez

Montaje y producción Terry Mangino


Secuencia única, interior, día. Dos personas, Amadora (45 años, secretaria judicial) y Marcello (47 años, guionista de cine) conversan en el salón de la casa de él. Hay varios sofás, mesas llenas de libros y papeles, también una gran pantalla de tv. El salón está decorado con carteles de películas: Pulp Fiction; El espíritu de la Colmena; El Crack, etc. Sobre una mesa hay una foto enmarcada de Alfonso Sánchez, crítico de cine con la siguiente dedicatoria: “Para Marcello, que escribe las mejores películas porque escribe sobre la vida”. Los dos personajes hablan y hablan mientras dan cuenta de unos mariscos, bogavantes, almejas, ostras, etc. Hay varias botellas descorchadas, algunas mediadas de vino de Rueda sobre la mesa y muchas copas. Suena la banda musical de “Un homme et une femme”, que se va diluyendo poco a poco mientras la conversación avanza.

 

 AMADORA (Mirando la foto de Alfonso Sánchez)

¡Qué dedicatoria tan bonita!

MARCELLO (Se ocupa en abrir un bogavante con unas tenazas)

Sabía de cine porque le tocó una época difícil. Entonces todos estaban amenazados por los malos, por los virus de la miseria y del hambre. Les vigilaba el poder.

AMADORA (Chupa el bogavante que le pasa Marcello)

Debía ser difícil escribir una historia en los tiempos del hambre, cuando te miraban como sospechoso.

MARCELLO

Escribir es como cocinar, necesitas libertad, buenos ingredientes, las dosis necesarias y la cocción adecuada. Y después que guste a los comensales. Por cierto, el bogavante está riquísimo.

AMADORA

Sí, pero a nosotros no nos amenaza el hambre y tenemos el cine para olvidarnos del virus. Sin él, este encierro hubiera sido insoportable.

 MARCELLO

La amenaza de un castigo siempre ha estado en la pantalla, pero nos olvidamos en cuanto se encienden las luces de la sala. Dentro de poco el encierro será historia. Esto ha sido solo una pausa, como aquellos descansos que hacían en las películas de tres horas. “Visiten nuestro bar”, ponían en la pantalla. ¿Recuerdas?

AMADORA

Sí, aquellas sesiones dobles de los cines de barrio, los reestrenos que salían de la Gran Vía y llegaban a los pobres. Pero lo recuerdo como una fiesta.

MARCELLO

El virus siempre ha existido. Ahí tienes El Puente de Casandra, o Cayo Largo, o Drácula, o Tiburón. Incluso en Casablanca está el virus, la maldad representada por Strasser, el nazi que quiere acabar con el bien, con el amor, con el idilio entre Ricky e Ilsa y encerrar en la caverna a Víctor Laszlo, el héroe, la Resistance, que es algo así como la vacuna que todos buscamos ahora.

AMADORA

Nunca lo había pensado, cuando veo cine solo pienso en besos, en final feliz, en sueños imposibles, en amores apasionados, en los abrazos, en lo a gusto que se sienten los protagonistas. No me gustan las películas que acaban mal ni las de miedo.

MARCELLO (Descorcha otra botella de vino y le sirve a Amadora)

Sembrar el miedo es un recurso universal de cualquier guionista. Lo hizo Ford en “La Diligencia”. Todos amenazados por el virus de los indios. Una bañera llena de gente atravesando territorio apache, expuestos a infectarse. Afortunadamente encontraron la vacuna: Ringo Kid, el chico, el héroe. Él y ella, Dallas, la chica, Claire Trevor, fueron felices, vencieron al virus. Y pasa lo mismo en “Cayo Largo”. La Trevor se somete al chantaje del mafioso Johnny Rocco, otro representante del virus, del mal. Pero ganó el bien, le dieron el óscar a la Trevor.

AMADORA (Bebe el vino con expresión feliz)

También triunfa Bogart con la Bacall y derrotan a Rocco, al virus. Es un frenesí, el amor premia a los buenos. ¡Riquísimo el vino!

MARCELLO

En Frenesí el virus es el psicópata que mata a las mujeres, que son las víctimas más débiles, como los viejecitos que hemos abandonado en las residencias como un peso demasiado gravoso de llevar, como esos sacos de patatas en los que el violador escondía a su víctima.

AMADORA

Aquel personaje resultaba odioso. Todos sabíamos que era el asesino.

MARCELLO

Todos menos el inspector Oxford que tiene que resolver los problemas que plantea el cineasta, los crímenes. Alguien tiene que cerrar las puertas que se abren en el relato. Si no, el espectador no se creería la historia, se sentiría estafado y no volvería al cine. El inspector Oxford es un personaje necesario en la peli, soluciona problemas, resuelve las dudas al público y detiene al malo, la corbata, no llevaba corbata, representa al investigador, al afán por desenmascarar el código genético del asesino, del virus.

AMADORA

El inspector Oxford era encantador, capaz de comerse aquellos comistrajos “haute cuisine” que le guisaba su dulce esposa. Por cierto, estos bogavantes están buenísimos. Creo que Hitchcock consumía las ostras por docenas. Dicen que les servía como afrodisiaco. Sírveme más vino, por favor.

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MARCELLO (llenando la copa de Amadora)

Cuando no hacía cine, Hitchcock comía y bebía. Tendría que comer muchas ostras para resultar atractivo a las mujeres. A pesar de su talento tenía un aspecto grotesco.

AMADORA

Era un genio y feo como una gárgola, representaba al mal, lo reverenciaba con aquel cuerpo tan desafortunado.

MARCELLO

El cine siempre reverencia al mal. El bien es siempre ñoño. Sin malos no habría cine. Son como las rubias, las ingenuas perversas, son necesarias porque sin ellas los buenos no existirían. Ya sabes, el viejo truco del malo siempre palma, la rubia se salva y se casa con el bueno. En el fondo, el papel más tonto es el del bueno, resultan empalagosos, los golfos caen más simpáticos al público.

 AMADORA

Pues yo prefiero a los buenos, aunque vayan con tontas, aunque sea una trampa para alegrar a las mujeres solitarias que asisten al cine. Como la Farrow en “La Rosa Púrpura del Cairo”. Es mejor el cine de amor, ver bailar a Fred Astaire y a Ginger Rogers el “Cheek to Cheek” tan felices, vivir con la ilusión de que alguna vez encontraremos la felicidad, que saldrá de la pantalla Tom Baxter, un príncipe azul y nos besará con su salacot en la oscuridad de la sala, que todos los espectadores se quedarán petrificados de envidia.

MARCELLO

El amor es una trampa. El cine es mentiroso. “Los Pájaros”, por ejemplo, Hitchcock otra vez. Nadie da importancia a las gaviotas, a los periquitos enjaulados que Tippi lleva en el coche rumbo a Bodega Bay, nadie imagina que los cuervos puedan atacar a unos colegiales, o matar a la maestra o crear el pánico en un pueblecito confiado lleno de vecinos amables. Son como el virus, nadie se lo creía y de repente se ha convertido en el mayor asesino del siglo XXI. Los pájaros eran el covid de hace sesenta años. Pero era cine y nadie le dio importancia.

AMADORA

La Tippi va muy rubia y elegante. Lujo, amor y fantasía, ese es el cine que me gusta, que pueda criticar el estilo de la chica, cómo va vestida, incluso me fijo si le sienta bien la ropa interior. Me la imagino, ya sabes, en aquella época… aquellos sostenes cónicos, aquellas enaguas, aquellas transparencias.

MARCELLO

Rod Taylor queda eclipsado por la Tippi. ¿No te parece un hombre interesante?

 AMADORA

Las mujeres nos fijamos siempre en las mujeres. Rod Taylor era un segundón, tenía pinta de rudo leñador, nunca me ha puesto. No volvió a hacer ninguna interpretación destacada. Sin embargo, la Hedren tenía mucho morbo, con aquellas faldas de tubo y aquellos peinados de rubia platino. Tippi no era de mucho pecho, pero era peligrosa. Por eso Hitch la pretendía, era un guarro, él era el verdadero peligro, la bella y la bestia. Se tiró todo el rodaje acosándola, era un pájaro de cuidado.

[Amadora levanta la copa solicitando más vino a Marcello.]

MARCELLO (rellenando la copa de AMADORA y la suya)

Otro virus imprevisto. El gordinflón persiguiendo rubias. No fue la primera vez, lo hizo con la Kelly y con la Novak. Ahora resultaría repelente, le acusarían de escándalo sexual, de obseso, de psicópata, tenía tanto talento como mal tipo. Era otra época.

AMADORA

Un fetichista, un sobón. Los hombres son así, sólo piensan en conquistar a las chicas y después abandonarlas. Pasa en “Cautivos del Mal”. Hasta la Turner se somete a los caprichos del malo, de Kirk Douglas para protagonizar la peli. Hay también dos hombres que se someten a Douglas, pero nadie los recuerda, sólo a la Turner.

MARCELLO

En ella se confunde el personaje y la persona. La Turner era muy inestable, muy caprichosa. Se cargó a un amante, a un mafioso. Bueno, ella no, dicen que fue su hija. Una niña de catorce años matando a un gánster. Difícil de creer. Formaba parte de la publicidad de sus pelis. “El cartero siempre llama dos veces”. El mal es ella, la Turner, él se deja arrastrar por su encanto, le envenena la rubia. Y el marido es el bueno, el tonto que desaparece enseguida.

AMADORA

El cine es un negocio que hacen los hombres ilusionando a las mujeres, les cuentan una milonga y ellas se la creen. Somos así, nos gustan las mentiras.

[Ambos se llevan las copas a la boca con sonrisas. De repente, se abre uno de los carteles de cine que hay decorando la pared y de él desciende un personaje con semblante grave. Los mira seriamente. Marcello y Amadora se quedan petrificados.]

GERMÁN ARETA

Soy Germán Areta, investigador privado. Comprendo su sorpresa. Quizás crean que están borrachos, que estas apariciones sólo suceden en las películas, pero después de oírles a ustedes desde hace un buen rato he creído conveniente aclarar algunos puntos de su conversación.

 [Marcello y Amadora miran a Areta estupefactos.]

GERMÁN ARETA

El cine no siempre reverencia al mal, señor Marcello, ni las rubias son siempre ingenuas ni los buenos resultan siempre empalagosos. Además, cualquier espectador por simple que sea diferencia muy bien al actor y al personaje, mi personaje con Landa. Landa es Landa y yo soy una invención del Garci. Cualquier parecido con la realidad, con qué realidad no importa, es pura coincidencia. Somos dos seres diferentes, pero los dos existimos, somos de verdad. ¿Acaso no me ve usted en la pantalla, acaso no me ve aquí ahora mismo?

[Se hace una pausa en la que Marcello y Amadora se miran asombrados y estiran las manos como queriendo tocar aquella aparición.]

GERMÁN ARETA

Y no crea, Amadora, que los hombres del cine sólo piensan en conquistar a las chicas para luego abandonarlas, que el cine es un negocio que los hombres hacen contando milongas a las mujeres. Son las milongas que cuentan las mujeres las que seducen a los hombres, que van al cine por verlas, para soñar despiertos con ellas, por olvidarse de sus vidas aburridas, de los virus que les persiguen en sus tristes existencias.

[Coge una copa de la mesa y se dirige hacia MARCELLO.]

Sírvame un trago, eso me humanizará, le demostrará que existo realmente, que soy carnal.

MARCELLO (frotándose los ojos y sirviéndole el vino a ARETA, que lo bebe lentamente)

Usted es un producto de la fantasía, del vino tal vez, una recreación fantasmagórica. No tiene vida por sí mismo, sin el Garci no sería nada. No puede presentarse de repente dando lecciones de cine a todo el mundo. Sólo existe al otro lado de la pantalla, en la mente calenturienta del guionista que lo ha creado.

AMADORA

Espera, Marcello, tal vez sea cierto. Tal vez Areta sea como Baxter, aunque más bajito, aunque más feo, déjame comprobarlo, tocarlo.

[Y da unos pasos hacia Germán Areta cuando de nuevo, del cartel de la pared desciende un personaje lentamente, con el rostro cansado y voz quejumbrosa y ronca, como asmática, como si le costara trabajo respirar. Tose varias veces.]

ALFONSO SÁNCHEZ

Perdonen ustedes mi presencia. [Tose y tose] Ya sé que les parecerá raro verme, que yo desaparecí de las pantallas hace muchos años. Pero aún así sigo viviendo todavía en la memoria del cine. Lo veo por ese retrato mío que tiene usted sobre la mesa. Ya saben, el cine, esa fábrica de sueños que modifica la realidad gris y la llena de colores, que da sentido a nuestras existencias. Es que el bueno de Germán Areta se toma muy a mal eso de que no crean en el cine, que piensen que es una diversión barata, que él sólo es un personaje ficticio, que no es real y a veces tengo que venir a rescatarlo. Lo hago por Garci, su padre, por lo que fue el comienzo de una hermosa amistad. De cuando en cuando nos reunimos, ya quedamos pocos de los de antes, nos tomamos unos vinos y hablamos de la vida, del cine. No le hagan caso, los malos han existido siempre, como las rubias perversas y los buenos ñoños. [Tose repetidamente] Y el cine nunca ha reverenciado al mal, ¡qué va! Y el final feliz es lo mejor que le puede pasar a una historia, que gane el amor y que se olvide pronto esa pesadilla del virus que están pasando. En aquellos años de los obuses en la Gran Vía la gente iba al cine todas las tardes. Y a los teatros. Les estoy contando una película mala, aburrida, en la que triunfó el mal. Pero entonces como ahora había que olvidarse de la realidad que te acorralaba. Lo de ahora no es como entonces, ni mucho menos. Pero tienen para rato, yo no sé, lo digo por lo que se oye al otro lado de la pantalla, que la cosa está jodida. Pero vayan al cine, o por la tele, que esa pantalla tan estupenda no la había en mi época y pueden ver las pelis en casa, las de ahora y las de antes. Germán, vámonos, dejemos tranquilos a estos señores. Buenas noches. [Tose otra vez]

GERMÁN ARETA

Buenas noches. Y recuerde, Amadora, las chicas son siempre las protagonistas. Los hombres, Marcello, somos meros figurantes.

[Y Alfonso Sánchez y Germán Areta se suben por la pared y se cuelan en el cartel de El Crack. Amadora y Marcello se miran asombrados viéndoles desaparecer, aunque suene aún desgarrada la tos ronca de Alfonso al otro lado del cartel.]

MARCELLO

Tal vez sea el blanco, no hay que hacer caso de los fantasmas. Creo que hoy ponen en la tele “Cantando bajo la lluvia”. Podemos acabarnos las ostras frente a la pantalla.

AMADORA (sonriendo a Marcello y brindando)

Por el amor, por el cine. Siempre me ha encantado Gene Kelly. Además, las ostras dicen que ponen mucho.

MARCELLO

Probaremos. Presiento que pretendes que termine gritando como Kane. Y tú eres muy melódica, de mucho trino. Ya sabes la historia de su amante, Susan Alexander, aquella palabrita misteriosa del final. Rosebud, Rosebud, Rosebud.

Ambos se ríen y se sientan frente a la televisión. Suena “Singin in the Rain” mientras la pantalla funde en blanco y aparece el rótulo de

FIN

 

Singin'_in_the_Rain_(1952_poster)Enlaces Relacionados

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Homenaje al zoólogo Ángel Cabrera en el Museo Nacional de Ciencias Naturales

Teodosia Gandarias

     El pasado 7 de julio se celebró en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid el homenaje al zoólogo Ángel Cabrera Latorre, insigne científico y hombre de ciencia, con motivo de cumplirse el 60 aniversario de su fallecimiento, ocurrido en La Plata, Argentina, el 7 de julio de 1960.

     Abrió el acto el director del museo, Santiago Merino, que resaltó el extraordinario trabajo de taxonomía y clasificación zoológica que Cabrera realizó en el Museo desde 1902 a 1925, fecha de su partida a la Argentina. También intervinieron Leoncio López-Ocón, investigador adscrito al Consejo Superior de Investigaciones Científicas; Alberto Gomis, profesor de la Universidad de Alcalá; los naturalistas Manuel de Andrés-Moreno y Juan Monreal; y el periodista y escritor Ángel Aguado López, autor de la novela PATAGONIA, sobre la vida y obra de Cabrera.

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Las especiales circunstancias sanitarias que asolan Madrid hicieron que la presencia al acto fuera limitada. Santiago Merino, director del Museo Nacional de Ciencias, comienza el acto de homenaje a Cabrera.

     Ángel Cabrera Latorre nació en Madrid, en 1879, en el nº4 de la C/ Madera Alta, en lo que ahora es el barrio de Malasaña. A pesar de su extensa obra en el Museo de Ciencias, de sus numerosísimos trabajos científicos y libros escritos que le convirtieron en una referencia obligada en el estudio de la zoología y le dieron renombre mundial no tiene ninguna placa o recuerdo que le honre en la ciudad que le vio nacer. Es hora de enmendar ese olvido.

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Asistentes al acto posan en la entrada del Museo.


Conversación apócrifa que María Aguado y Ángel Cabrera, mujer y marido, mantienen con motivo de su partida a La Plata,  en 1925, reclamados por el gobierno de la Argentina para ocupar la cátedra de Zoología de aquella Universidad:

Guion de Ángel Aguado López

Cinco décadas con Ángel

Secuencia única. Interior, día, en un piso de Madrid de la calle Claudio Coello, 115. La luz radiante que entra por un balcón lleno de tiestos alumbra la conversación de dos personas de mediana edad, unos cuarenta años, son Ángel Cabrera Latorre y María Natividad Aguado Porres, un matrimonio con apariencia intelectual, es decir, con la ropa limpia pero usada. María lleva la voz cantante y Ángel la escucha con la paciencia de un sabio.

MARÍA

Y este, qué es: ¿Un Lupus signatus o un Lupus lupus? Porque yo ya me pierdo con tanto bicho, Ángel, que me tienes el comedor lleno de Canis canis y de Vulpes vulpes y de quirópteros y de Capras victoriae. Y en la bañera la foca monje, Ángel, un macho vivo de Monachus monachus, que ni María Teresa se puede lavar y tiene que ir al Instituto Escuela como si fuera de exploradora por el Magreb-el-Aksa, con el salacot que tú le trajiste de Melilla, que ni peinarse puede. Y lo de meter al megaterio en el salón ¡ni se te ocurra!, ¡eh!, Ángel, que no cabemos los cuatro en casa.

ÁNGEL

Pero María, si va a ser sólo un par de meses, hasta que los Benedito terminen con los abejarucos y el verraco ese que le sobraba al duque de Veragua.

MARÍA

Sí, sí, lo mismo me dijiste de la piel del Loxodonta africana, ese elefante grandote que cazó el otro duque, el de Alba, que no sabían qué hacer con él en el Museo, que se tiró seis años ocupando el baúl del dormitorio, encima del vestido de cóctel de Fortuny-Madrazo que me trajiste de París, que sólo me lo puse una vez, cuando lo de la reina María Cristina en 1913. Sí, lo del diplodocus Carnegie, ese que vino de Pensilvania y que montaste tú solito. Sí, tú solito, porque los yanquis, el Holland y el Coggeshall mucho salir en la foto, mucho visitar el Palacio Real, mucha juerga, que se los llevaba su majestad por los teatros y los colmaos persiguiendo vicetiples. Pero de trabajar nada, que el que de verdad trabajó juntando los huesos fuiste tú, aunque te sobraran un fémur y tres vértebras lumbares que no cabían en la galería central y tuviste que decirle a Bolívar que se quitaban, que nadie se daría cuenta, que el único en España, en el mundo entero que sabía de endoesqueletos de herbívoros saurópodos del Jurásico eras tú. Y era verdad.

[Don Ángel mira por el techo en busca de musarañas, pero no hay ninguna con la que distraerse de la charla de María].

  MARÍA

¡Y cómo me tienes el estudio con tus caballetes, con tus cuadros, con tus pinceles y tus acuarelas! Todo lleno de láminas de cebras, de gacelas extintas, de mamíferos marinos, de ¡cachalotes!, de ¡ornitorrincos!, del macho cabrío de la Sierra de Gredos que parece que va a saltar y arruinarlo todo con esa cornamenta que le has pintado. Y el señor ese viejecito de las barbas blancas, el que sale en las botellas del anís…

ÁNGEL

Darwin.

MARÍA

Ese, sí, que yo comprendo que revolucionó el origen de las especies, que lo de dar la vuelta al mundo en el Beagle con 22 añitos tiene mérito. Pero así, ancianito, con esos pelos de chivo da miedo verlo, que parece un sabio loco, que en lugar de su foto podías decorar el estudio con un paisaje… Yo casi prefiero que pintes láminas como las de Adán y Eva, de Durero, así, desnuditos, que son como más juveniles, más de nosotros. Que a ti bien que te gustaba de novios verlos en el Prado, que bien que disfrutábamos con los Tiziano y los Rubens, que después bien que lo pasábamos con tanto ir y venir por el Retiro, por lo oscuro, que me dedicaste tu Fauna Ibérica, un libro colosal que te costó años de estudio y de viajes, el mejor de su especie, que lo tienen todos los sabios del mundo.

[Don Ángel mira al suelo cabeceando sin decir nada].

MARÍA

Y con las ochenta mil muestras que trajeron los de la Comisión Científica del Pacífico pasó lo mismo. ¿Quién las clasificó? Tú. ¿Quién las inventarió? Tú. ¿Quién las dibujaba como si fueran óleos de Clara Peeters? Tú. Que algunas muestras llevaban décadas olvidadas en los sótanos del Museo.  Que si el pobre Jiménez de la Espada lo hubiera sabido, en vez de irse a las Islas Chinchas se habría quedado en el Botánico esperando que llegara La Gloriosa, que la cosa de la ciencia en España avanzaba despacito. Que me tuviste toda la biblioteca llena de Macacus Rhesus, de lémures, de armadillos y de monos arañas que se trajo el inocente de Jiménez del Amazonas, que daba miedo buscar un libro, que María Teresa, de niña, tenía pesadillas con los bichos y de ahí le viene a Ángel Lulio la costumbre de plantar bananas en las macetas del balcón, la botánica, que alguien le dijo que con ellas se alimentaban los primates, que ya no me queda ni un geranio ni un clavel, que todo lo llenó de bromelias y heliconias y orquídeas y angiospermas y monocotiledóneas…

[Don Ángel, calladito, calladito].

MARÍA

Y lo de irse a Annual tres meses después del desastre fue una locura. ¡Con los niños tan pequeños! Tú por allí, pegando tiros en el Atlas con un máuser, porque lo sé todo, que era así, a tiros, como conseguíais las muestras del Canis lupus, que encima no hay lobos en Marruecos, que son chacales. Y yo en el barrio de Maravillas con dos criaturas preguntándome ¿dónde está papa?, ¿dónde está papá? Sí, ya sé que a Ángel Lulio le hizo mucha ilusión la cimitarra que le trajiste de Tetuán en tu primer viaje, en 1913, regalo de Abd-el-Kader. Y es verdad que María Teresa estaba muy guapa con la chilaba que te dio el Raisuni en tu segundo viaje en 1919. Pero la espingarda que te obsequiaron los bereberes en Larache te puso en un compromiso. Que te acusaron de traficante de armas y de que trabajabas para los ingleses porque guiaste al contralmirante Lynes por el Rif en el 23. Y menos mal que el general Picasso no te abrió expediente, menos mal.

[Pausa. María mira a Ángel, Ángel mira a María].

MARÍA

Y “ALREDEDOR DEL MUNDO” te lo hacías tú solito. Eras director, reportero, plumilla, fotógrafo, dibujante, linotipista y botones a la vez. Y porque me negué a que también la vendieras, que si no, cualquier día hubieras estado en la Puerta del Sol voceando la revista y lo mismo te hubieran detenido por alborotador, por estafa y atentado contra la moral pública, porque los reportajes que publicabas eran de aúpa… porque aquellos anuncios que aparecían en hueco grabado eran de traca: PECHOS: GRAN DESARROLLO, BELLEZA Y ENDURECIMIENTO EN DOS MESES CON PÍLDORAS CIRCASIANAS DEL DOCTOR BRUN. Un científico como tú anunciando esas bobadas para llegar a fin de mes, colaborando en seis sociedades científicas, en cuatro revistas zoológicas de Londres y Nueva York, de colector del Museo y pintando paisajes del mioceno los domingos por la tarde.

[Ángel mira a María diciendo a todo que sí con la cabeza].

MARÍA

Claro, yo tan modosita, tan guapa con aquellos ternos Condé Nast que me cosían las modistillas de Fuencarral, que perdiste la cabeza cuando me viste por primera vez bajo la fuente de la alcachofa, en el Retiro. Sí, todavía me acuerdo, que fue verme y te quedaste como alelado, hablándome de llevarte un recuerdo, de hacernos un retrato con el invento del colodión húmedo de un fotógrafo frente al estanque. La técnica siempre fue lo tuyo, los inventos, tanto leer libros extranjeros, que si la electricidad, que si la física cuántica del genio ese, de Einstein, que nadie le entendió una palabra cuando vino a la Residencia de Estudiantes. Que nos hablábamos por un telefonillo hecho con dos latas de sardinas unidas por un bramante. Yo en el primer piso y tú en la acera de la calle Alcalá. ¡Y anda, que las cosas que me decías! Que mi padre, el coronel, el héroe de Cuba, era muy recto y a ti te daba miedo que sacara el sable y te negabas a subir al principal. El ejército y la ciencia zoológica enfrentados por una mujer. ¡Ya ves! ¡Si lo que papá quería era colocarnos a todas!, que fuimos catorce hermanos, que a mí Saturnino, aquel pretendiente, no me gustaba nada por más dinero que ganara su papá de presidente del Credit Lyonnais. Eso sí, yo me dejaba alagar cuando me invitaba a chocolate con picatostes y azucarillos en el Gran Hôtel de París, que estaba en la Puerta del Sol, que yo lo que quería es que te decidieras, Ángel, que a veces eras un poco soso y tenía que darte empujoncitos para animarte, que la rectitud te viene de tu papá, el obispo amigo de Prim. Pero anda, ¡que cuando cogiste carrerilla!… Que parecías un ciervo en la berrea, que acuérdate de aquella vez en Cercedilla, cuando lo del toro que nos cerraba el paso de la estación biológica, que tuvimos que refugiarnos tres horas en una choza de pastores. ¡Lo que nos gustó aquello! Que yo creo que en eso te asemejas a Ramón y Cajal, que es también de mucho perseverar con su señora y tiene una prole numerosa, que seguro que fue por lo que te ha recomendado al Museo de La Plata, por tu ardor amoroso, también por tu saber, por dejar bien alto el pabellón científico de la patria. Así que, si tenemos que irnos a la Argentina nos vamos los cuatro, siempre juntos. Voy haciendo las maletas que aquí no vamos a llegar a nada por muy listo, educado y viajado que seas, que el saber está muy mal pagado en este país y mejor nos irá en esa universidad donde te han dado una cátedra, que en España hay mucha envidia, que ganarías más vendiendo tus cuadros en el Rastro que clasificando lepóridos. Ellos se lo pierden, que eres un genio loco con un corazón de oro. Eso sí, no podemos llenar los baúles con tus bichos, dejas aquí el signatus, el vulpes, la cabra de Gredos y la piel del Loxodonta. Y la foca monje que se la lleven a la Casa de Fieras. Y las láminas se las regalas a la Biblioteca Nacional, que cruzar el océano hasta la Patagonia es mucho trecho y lo mismo se estropean.

[Y María mira a Ángel con sonrisa de ardilla y ojos de lince. Y Ángel mira a María con los ojos de carnero de una lámina de Zurbarán (Agnus dei).  Y se dan un beso].

FIN



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