Rásselas, el curioso pertinente

Agustina de Champourcín

SABER O NO SABER. Inclinarse por el conocimiento del mundo febril o recluirse en la felicidad de la ignorancia. Explorar los vericuetos procelosos de lo desconocido o vivir en la seguridad de un palacio de oro y marfil. Es la duda existencial que atormenta al descontento protagonista de “La historia de Rásellas príncipe de Abisinia”, novela de Samuel Johnson publicada en 1759. Un libro filosófico de viajes imbuido de humanismo racionalista cuyos héroes, los príncipes Rásellas y Nekayah, emprenden por el valle del Nilo y sus hipopótamos, sus cocodrilos y sus crecidas, por El Cairo, por el valle de las pirámides, por los restos del imperio otomano, Assuan, Nubia, por el desierto arábigo con sus ermitaños apesadumbrados, con sus jeques codiciosos poseedores de serrallos fabulosos, con sus astrónomos estrellados y a la vez juiciosos. Todo ello con el afán de descubrir el sentimiento humano. Un camino de perfección, una guía espiritual para desentrañar los enigmas que arrebatan el pensamiento del príncipe en su afán de penetrar en el alma ignota del hombre. Siempre bajo el consejo de Imlac, el preceptor que, como un Williams de Baskerville, servirá de guía al heredero del trono en su recorrido iniciático: Rásellas, un Adso de Melk del Siglo de las Luces que quiere conocer.

El autor, el inglés Samuel Johnson (1709-1784. No, no tiene parentesco alguno con el expremier british del flequillo electrizado), fue contemporáneo de Rousseau y de Voltaire. Rásellas se publicó en la misma fecha que “Candide”, la guía espiritual del “ginebrino”. Posterior a John Milton (el hacedor de “El Paraíso perdido”) al que rinde homenaje como poeta, Johnson vive plenamente el despertar del pensamiento y la Ilustración en el siglo XVIII. La razón se impone sobre la fe y las ciencias empíricas y el cultivo de la inteligencia renacen ahuyentando la superstición. Un momento histórico en el que la humanidad da un paso de gigante. Johnson fue un poeta, ensayista, astrónomo, filólogo y lexicógrafo cuya obra tendrá un peso notable en los autores ingleses posteriores. Su Rásellas es un compendio de acertados juicios sobre los hábitos que mueven a la sociedad. El libro entero es un brillante y cuidado ejercicio de prosa y un caudal enorme de proposiciones intelectuales que abren a la inteligencia a los más recios yunques de la sinrazón. Y es sorprendente la exactitud de datos geográficos del Nilo profundo desconocidos para Johnson, y las precisiones espaciales que describe en sus descripciones, así como el relato acertado de esos lugares lejanos del África inexplorada, de las magnitudes del planeta, de las costumbres de países y paisajes, de las gentes que los habitan que el autor nunca había visitado y que sólo conocía por la lectura de tratados de otros viajeros. Rásellas coincide con la génesis de la Enciclopedia patrocinada por Diderot y D’Alembert, la obra que iluminaría las conciencias europeas.

Detalle de El Jardín de las delicias. 1500-1505. Ieronimus Bosch, El Bosco. Museo del Prado.

Y es un acicate para inflamar de dudas los comportamientos sociales del momento y promover la crítica y el estudio contra las costumbres y supercherías alojadas en las brumas de los cerebros. “El pensamiento se extravía fácilmente desde los dedos”. O “nada se intentará nunca si todas las objeciones posibles tienen que resolverse de antemano”. O “el presente es siempre una situación incómoda a causa de la ansiedad que producen el miedo y la esperanza de lo que pueda deparar el futuro”. O “el problema del hombre es la imaginación sobre la razón, cree que la felicidad existe en aquello que todavía no conoce”. Son frases que el maestro Imlac somete al escrutinio de Rásellas. Y que producen en el joven príncipe el deseo imperioso de conocer mundo, de entrometerse en el frenesí del jardín de las delicias y empaparse del riesgo de la vida a pesar del incierto desenlace que le pueda deparar su curiosidad.

Imlac cuenta con la ayuda de Pekuah, una asistente, o privada, de la princesa Nekayah, que ofrecerá a su dueña una visión femenina ante problemas que atañen a la mujer. Como el trato que el islamismo les da, de absoluta actualidad en el caso de Irán ahora: Así, dice refiriéndose al jeque que la secuestró para cobrar por ella un posterior rescate: “Lo que él daba y ellas recibían como amor [las mujeres de su harén] era únicamente despreocupado reparto de tiempo inútil, o sea, el amor que un hombre puede deparar a lo que desprecia, el amor que no conlleva ni esperanza ni temor, ni alegría ni tristeza”. De esas pláticas a la sombra de las pirámides se reflexiona también sobre la conveniencia de instituciones sociales como el matrimonio o, por el contrario, el celibato. O sobre la naturaleza y prácticas espurias de los gobernadores sobre los gobernados. O se hacen mofas de los discursos incomprensibles plagados de culturalismos sin sentido que desde los púlpitos de la Filosofía se lanzan al desprevenido oyente. Todo ello para someter a examen la vida humana en su lucha por conseguir el bienestar.

«El ángel caído», obra de Ricardo Bellver, 1878, inspirada en «El paraíso perdido», poema de John Milton.

Los protagonistas adoptarán tras la extensa experiencia mundana diversas posturas. Sólo desvelamos el que siguió Pekuah, la dama de honor de la princesa, que quizás influida por la perfección carmelita del camino, acabe ingresando en el convento copto de san Antonio situado en el desierto de Suez. El resto es tarea que debe revelar el lector.

La traducción, el prólogo y notas complementarias son obra de Pollux Hernúñez, traductor también de “Los viajes de Gulliver”, de Jonathan Swift (Colección Tus Libros. Anaya); o de “La isla del Tesoro”, de Robert L. Stevenson (Ediciones Reino de Cordelia). Y es así mismo reseñable el trabajo de edición realizado por “Ediciones del Viento” para lograr una obra fácil de leer incluso para los que practican sólo la única lectura compulsiva de aparatos fono-inteligentes (?) en los vagones del metro. Sí, a veces se ven lectores de libros en la línea 1 del metro de Madrid, entre Sol y Atocha.

“La ignorancia es pura indigencia, un vacío en el que el alma se encuentra inmóvil y aletargada por falta de alicientes”. “El esfuerzo de discurrir es demasiado enérgico para que dure mucho”. “Me parece que mientras os ocupáis en elegir cómo vivir estáis dejando de vivir”, frase que Rásselas pronuncia al final de su perspicaz viaje. Que algunos recuerdan traducidas a la actualidad con otra atribuida a John Lennon: “El futuro y los planes que haces para disfrutarlo son sólo el tiempo en que vives mientras piensas en ello”.

Así que no queda otro remedio que el “Carpe Diem, la participación en el orden natural y el rechazo a toda ambición”. Vive al día, chaval, disfruta de la brisa de la mañana, del beso de tu amado y de los colores de la puesta del sol antes de que un Putin, un político fascista o un cripto-estafador de monedas te joda la existencia.


Enlaces relacionados:

La Isla del Tesoro

Los Viajes de Gulliver

Ayatola no me toques la pirola


A veces me florece un tiempo nuevo

Agustina de Champourcín

La frutera de Villarcayo tiene un culo poderoso que atrae la mirada del forastero. «A dos cincuenta las manzanas de Caderechas, igual que las reinetas, a uno ochenta las mandarinas, a dos veinte las naranjas y a dos diez los plátanos. Llévese las de Caderechas que son de productor». Y reta con la mirada al forastero que anda perdido por su escote. La frutera de Villarcayo tiene ojos grandes sombreados de rímel y juega con su melena negra y sus dientes blancos. Se da un aire a estanquera de Fellini, pero es más guapa de boca y más fina de pecho, que mueve como un hechizo. «Póngame dos kilos de cada» dice el forastero.

Valle de Manzanedo

Villarcayo es un pueblo de calles saturadas de automóviles y viviendas feas de barriada suburbial. La clase obrera zampa en el Casino, un bar proletario. Anarquía de los coches ocupando cualquier lugar de la plaza. La tarde del viernes el pijerío impostado ocupa las mesas de la plaza mayor. Doña Mari Carmen y Estefanía, su hija, idénticas ambas de rubio, de gafas, de blusa, de collar, de carmín se toman una cocacola en el Manduca. No hay servicio de terraza, advierte un cartel. «Hija, por dios, deja ya el móvil y escúchame. Te escucho, mamá», dice Estefanía sin dejar de mirar la pantalla. El forastero no consigue mesa vacía y deja un momento los diez kilos de fruta en el suelo. Le duelen los riñones. Doña Mari Carmen lo examina condescendiente.   

Las Merindades corona el norte de Burgos vecino de Vizcaya. En los años de plomo los vascos buenos se extendieron por la comarca huyendo de los malos y ahora deambulan por Medina de Pomar, la hora del chiquito, como si estuvieran por San Mamés comiendo pinchos de merluza o bacalao y vainas con jamón. «Cómo pues, ¿que no tenéis chacolí?, pues unos potes de ribera» dice el vasco bueno mirándole el culo a la camarera, una chica muy mona que es de Medellín, Colombia. Medina de Pomar tiene una calle y una plaza mayor donde los medinenses exhiben, arriba y abajo, abajo y arriba, su alcurnia social y su bolsa repleta de euros. En la Plaza Mayor hay un montón de niños que juegan al fútbol con camisetas del Athletic. Unas torres excesivas recuerdan el poderío histórico de los Velascos, condestables de Castilla y enemigos de los Salazar, la otra dinastía, el otro blasón regional. En torno a las torres se organizó el núcleo urbanístico de la villa, amurallada y alzada sobre la defensa natural del río Trueba. Es como un vade retro contra la olvidadiza memoria de los tiempos. El que tuvo retuvo, quiere decir.

Calle Mayor de Medina de Pomar

Visita prevenida merece el monasterio de clarisas, extramuros de Medina. Lo mejor, el pudridero. Umbría, recogimiento y temor invaden al viajero cuando contempla el cristo yacente de Gregorio Fernández, de 1623, cadavérica imagen sangrante tumbada sobre una mesa de autopsias, el cuerpo exánime del martirizado provoca miedo y desazón en el ánimo del espectador. Reinado de Felipe IV, en plena Contrarreforma, las guerras de religión, la de los Cien Años llevaba ya ochenta. La Iglesia imponía la iconografía del terror, de la muerte como doctrina preventiva contra el luteranismo. Unos angelotes desnuditos añaden más turbación a la morgue monacal. Su desnudez ambigua provoca inquietud y recelo. Salimos acongojados. Fuera del claustro se respira mejor, la razón ventila los capilares de la conciencia y les sacude de la esclavitud de la fe.  

Las Merindades y la soledad. Wilfred Wagner es un alemán que vino de Stuttgart y se quedó en Ailanes de Zamanzas, donde habitan cinco vecinos en invierno. Wilfred se acompaña de un mastín en sus paseos en busca de setas. El mastín es un perrazo enorme que suelta unas cagadas como la boina grande de un vasco grande. Hay ovejas y cabras diseminadas por los prados que miran, curiosas, al viajero. Una de las comunidades más antiguas de la historia del hombre es la formada por un pastor, un mastín y un lobo, los tres girando alrededor de un rebaño. Wilfred sonríe y asiente y acaricia a su mastín gigante. Nunca ha visto un lobo en el valle de Zamanzas, aunque haberlos los hay.

Wilfred Wagner y su mastín leonés.

Juana salió para Wolfsburg, Alemania, con 18 años y estuvo hasta los 52. Allí conoció y se casó con uno de San Miguel de Cornezuelo, soldador en la Volkswagen. Se volvieron hace treinta y compraron en subasta la casa parroquial. Entonces había cuarenta y seis curas en la comarca a los que atendía una doncella. «La criada trabajaba mucho», explica Juana entre risas. Quedó viuda porque tanta soldadura a su marido le devoró los pulmones. Es una mujer recia y galana. Tiene ya seis bisnietos. Su pronunciación sonora llena de música el presbiterio de la iglesia de San Miguel Apóstol. Uno se quedaría escuchándola toda la mañana. ¡Juana, qué bien pronuncia usted el castellano! Y ella se ríe cómplice.

Luis Markina y Emi viven en Gallejones. Han sido ciclistas viajeros y han recorrido decenas de países. En su pueblo son cinco habitantes que apenas si se ven. En verano llegan a veinte. «Somos dos vecinos y sobra uno», suelta en broma Luis rememorando al señor Cayo, de Delibes, vecino ilustre y también ciclista enamorado. En 2017 Luis y Emi construyeron el “bibliotejo”, una biblioteca en el interior de un autobús que antes llevaba al viajero a El Corte Inglés. Ahora, varado entre manzanos y tejos, el autobús lleva a la lectura de viajes y de novelas variadas al que quiera subirse a él. No hay que pagar billete. El libro te acerca gratis a todos los rincones del mundo.

Luis Markina y Emi en el bibliotejo que surte de libros a seis pueblos. Luis abastece las baterías del autobús pedaleando.

Son tres los protagonistas de Las Merindades: la soledad, el silencio y las estrellas. Soledad como refugio elegido por muchos que huyen del mundanal ruido. Se ha puesto de moda el lugar y a él acuden desertores del asfalto. Una soledad pétrea tallada en la roca como la que habita en el eremitorio de San Pedro de Argés, en el valle del Manzanedo. O como la soledad que se derrama por las ruinas del monasterio de Santa María de Rioseco, en lenta y costosa reconstrucción donde la piedra derrumbada por los claustros invade de melancolía el espíritu del viajero. Soledad en la quietud de las iglesias románicas de Cornezuelos y de Crespos. Ahí los canteros del siglo XII se recrearon en la talla de figuras obscenas en sus canecillos. ¡Hala, todos al fornicio! Una burla contra los severos clérigos y un remedio medieval para curar el despoblamiento perenne del alfoz burgalés e incitar, además, a la lujuria, auto-consuelo pobre y vicioso para las almas sin compañía.

Alegrías en los canecillos de la iglesia de San Miguel de Cornezuelo

El silencio suena como lienzo alto de espadaña, que rompe, apenas un instante, una campana perdida. El silencio atruena los oídos del curioso urbanita y le ensordece, silencio de pasos ausentes en la inmensidad de un claustro abandonado. Silencio en las calles vacías de las aldeas: Incinillas, Arreba, Artieta, Soncillos, Bisjueces, Miñón, Villalaín, La Floresta de Villarias, Villanueva de Rampalay… Silencio roto por un mastín que presiente al lobo, ¡guaooo!, por una esquila que cuelga del cuello una ternera. Silencio en las lápidas que recuerdan la memoria de un caballero: AQUI FALLECIO EN SERVICIO DEL REI EL CAPITAN DON JOSEPH BALENTIN DE AGANZA AÑO DE 1735 (el rey era Felipe V, el melancólico). Silencio en la noche estrellada. Cielo negro salpicado de vías lácteas y fugaces resplandores. Oscuridad del tiempo perpetuo y detenido en la eternidad de un instante. “HOY YO, MAÑANA TU”, reza el frontal de granito de entrada al CEMENTERIO MUNICIPAL, 1913, de Gallejones, cinco habitantes en el invierno.


A veces me florece un tiempo nuevo,
un ala matinal sobre la frente,
una esperanza candorosa y fértil
que me aclara y rehace.

Quiero entonces Oñar, junto al peligro,
una vida infantil, alta y ligera,
fundada, mía, libre y voluntaria,
que no herede mi peso.

Un tiempo que no yerre su camino
presentido por una adolescencia
al tiempo soñadora y precavida,
anhelosa y certera.

¿Otra vez empezar? Dulce es la tierra.
¿Quién quiso ahorrarse la promesa vana,
a la luz ciega ya, entenebrecida
del humano escarmiento?...

Otra vez empezar, seguir naciendo.
Otra vez manantial, no curso henchido.
Otra vez eligiendo la rivera
y las flores amadas.

Pero soy porvenir de mi costumbre,
inacabado afán, irrefrenable
suceder de las cosas, de los sueños
que son raíces y que esperan ramas.

¿Y cómo desasir el alma, el tiempo
que salta por mis venas, de su lecho?
¿Cómo apartar los ojos de los ojos
que tienen mi figura?
…/…

Lea el poema entero en Canto Secreto
De Cuadernos de Rusia (1941-1942). Dionisio Ridruejo



Fotos de Terry Mangino

Ayatola no me toques la pirola

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Agustina de Champourcin

JULIA SUEÑA AMANECERES DE ABRAZOS Y ESPUMAS DE BESOS. La brisa le acaricia las mejillas, el paseante la contempla embelesado e imagina un despertar entre su pecho agitado y su boca encendida. La Plaza de Colón se dibuja a sus pies como unas enaguas que le alzaran del ruido de la ciudad.

Un sábado cualquiera, un poco más allá unos manifestantes protestan por la barbarie que los ayatolas perpetúan a diario en Irán, en la antigua Persia, en la Mesopotamia que la historia señala como el comienzo de la civilización occidental. Las autoridades han matado a una mujer en Teherán que no llevaba su cabeza bien cubierta por un trozo de tela. Fue el 16 de septiembre. Delito terrible el suyo, Mahsa Amini, veintiún años, contravino las normas islamistas, lucía su orgullo de ser mujer y quería ser libre. Su juventud y su velo torcido, un poco suelto, dejaban ver sus cabellos al viento mecidos por un suspiro. Tal vez soñaba besos de espuma, tal vez amaneceres agitados, o quizás, simplemente imaginaba prender una rosa en su melena escondida. Encendió la ira patriótica, o mística de la Policía de la Moral, que la retuvo para reeducarla en los valores islámicos de la fe, tal vez para reducirla a la condición de hembra estatua. Y se les fue la mano en la educación y Masha salió cadáver de la comisaría. Delito nefando el suyo. Aspiraba a la felicidad. “Ayatola no me toques la pirola” cantaba aquella banda de rock gamberro de los ochenta. La barbarie de ahora es la misma de entonces, no pasa el tiempo por las dictaduras, los integrismos religiosos sumerjen de nuevo al ser humano en la caverna de la ignorancia, en la negación de la razón, media humanidad vive bajo los regímenes del terror que enarbolan cualquier bandera religiosa para reprimir al individuo. La libertad es una excepción para el hombre, un privilegio desconocido en medio mundo. Aquí, a la vez de allí, unos simpáticos universitarios bramaban su machismo desde los balcones de un colegio mayor.

A la muerte de Mahsa Amini siguieron las de otras decenas de muertes de ciudadanos —qué es eso en Irán— que protestaban por la muerte de Mahsa, por la ejecución sumaria de una mujer joven. Quizás por eso Julia cierra los ojos, tiene miedo, y quisiera compartir con Mahsa la aventura de vivir, de pasearse con el amado de la mano, de perseguir mariposas de colores por el jardín de la vida, de ilusionarse cada mañana al abrir los ojos y llenarlos con la luz de la existencia. O quizás por eso Julia aprieta sus párpados, porque sabe que los tiranos no cederán en su afán de esclavizar a las mujeres, porque siente pena por las mujeres iraníes y rabia ante la brutalidad de los iluminados integristas sin conciencia, esos bárbaros verdugos de la fe redentora de las religiones.

Julia sueña, quizás, que besa los labios de Mahsa Amini. Le gusta. Y cierra los ojos.



Un libro con Memoria

Carmelita Flórez

La vida y la muerte pintadas en la boca tenía Milagritos, la del Malvaloca, el burdel elegante de la madrileña calle de San Marcos que regentaba, donde la espichó, ¡en pecado mortal mientras follaba!, su eminencia reverendísima don Anselmo, obispo de Madrid. Corrían los años 20 del siglo XX. Monseñor no fallaba ni un solo jueves en su visita a Elvirita, natural de Sacedón, provincia de Guadalajara, muy pía y galana moza de buenísimo ver, que a cuatro patas sobre el colchón se abría de piernas para que entre ellas se acoplasen las del reverendísimo pater. Y se peía. Momento en el que, quizás por las esencias emanadas de aquel culo celestial, puro incienso, sin bonete rojo y desvestido de la sotana púrpura el prelado alcanzaba la gloria urbis et orbe. Tanto que el deceso lo contempló la Prelatura como una revelación divina y don Anselmo fue elevado de inmediato a los altares sin ningún género de dudas vaticanas. Madame Milagritos Moreno Domínguez falleció en Madrid en 1964, a los 84 años, sola y olvidada.

Menos suerte tuvo Benno Kähler, piloto nazi que el 9 de noviembre de 1942 también la palmó decapitado en Collado Villalba al estrellarse su Siebel SI 204. Una de las dos hélices de aquel bombardero que tantas muertes causaba en el frente ruso le cercenó la testa con precisión bávara. Eso le vino muy bien a Evelio, un vecino del pueblo serrano que pasaba por allí, que se hizo con la pistola Luger 9 mm Parabellum, el reloj del piloto y su cuaderno de bitácora como compensación por el susto que le dio el tremendo avión sobrevolando su cabeza mientras él apacentaba a sus vacas. Evelio consiguió quinientas pesetas por el cuaderno del aviador que le compró un intelectual. Qué hacía un piloto nazi en aquella España de la postguerra eterna nunca se aclaró.

Sin embargo, dos décadas después, las minifaldas de Mary Quant, cuatro centímetros por encima de la rodilla, que vestían dos ninfas adolescentes, decidieron al cura don Manuel, cual “Júpiter tronante”, a expulsar de la iglesia de Villalba a las chiquillas por lucir en su inocencia tan pecaminosa prenda. Bien le hubiera venido a don Manuel visitar alguna vez la Malvaloca y entablar conversación con Milagritos para comprender el mundo y saber de la vida.

Las radionovelas de Guillermo Sautier Casaseca fueron en los sesenta el único consuelo diario que muchas mujeres recibían de aquella sociedad machista del eterno franquismo. Y la emigración a Alemania —donde Benno Kähler — era la única salida para los alumnos formados como torneros o metalúrgicos en el Instituto La Paloma. Aunque la niña Soledad Fernández Ramos se iniciaba ya con sus pinceles y nunca imaginara que, hoy por hoy, es nuestra Roger Van der Weyden, una gloria del arte, una referencia internacional de la pintura que tiene su estudio a pocos kilómetros de Madrid.

Y además de todo eso, “La memoria de los Libros” es una introspección en la estepa vital de un pueblo madrileño, Collado Villalba, durante un siglo. Un tiempo en el que pasó de ser un villorrio séptico a una ciudad satélite de la gran capital. En sus páginas se muestra un escenario fenomenal de personajes e historias humanas que conforman un escaparate documental de las circunstancias que mueven la existencia de los hombres. “La Memoria de los Libros” es una hemeroteca fiel de sucesos cotidianos y de las personas que los vivieron, el bulevar de los sueños rotos que todo pueblo resguarda de la intemperie del tiempo, un testimonio notarial probatorio y un aviso de que conviene echar la vista atrás para comprender dónde nos encontramos y cuál puede ser el mejor itinerario para pasar con decoro nuestras existencias y no tropezar de nuevo en el mismo risco. Toda memoria es un desván lleno de risas y llantos de las generaciones precedentes cuyo único deseo era vivir en paz y disfrutar de un día de sol. Y también es un concentrado novelístico, que es cosa de leer el oficio que derrocha Alfredo en su memoria, que te pilla desprevenido y en un momento te engancha con sus fantasías y ya no hay forma de salirse de la historia hasta que acabas el libro, que como si de un miniaturista flamenco (de Flandes) se tratara, Alfredo Fernández Alameda pinta con sus palabras un retablo de hombres, lugares y costumbres donde se enlazan el pasado de la historia con la ilusión de un tiempo nuevo.

Presentación de «LA MEMORIA de los LIBROS» el pasado mes de junio en Collado Villalba.

Noches de Yugoslavia

Rafael Alonso Solís


Que a Rafael Alonso Solís toda la ciencia española le consideraba el sucesor de Cajal (Ramón y) cuando regresó doctorado en Fisiología por el Instituto de Tecnología de Massachusetts, USA, era vox populi, tanto como leer sus reportajes sobre la Transición que entonces se vivía. Sin embargo, el instinto asesino oculto que medraba salvaje en su interior se reveló con violencia y terminó, también, siendo un maestro del crimen, un psicópata de víscera rápida y guadaña sangrienta, un sarraceno de la intriga y la confusión argumental, un intrigante, un provocador de insomnios, un facedor de terrores… ¡LITERARIOS! Un novelista, vamos, que sume al lector incauto en el pavor. Usted se morirá de miedo si no llega hasta el final de sus cuentos. Avisado está.


Noches de Yugoslavia forma parte del nuevo libro de Rafael Alonso «PARADA DE FANTASMAS», editado por Baile del Sol Ediciones

«El miedo es la forma de nuestra subordinación a las leyes físicas» (Benito Pérez Galdós)


Nos conocimos en una cena oficial, entre dos canapés de angulas de Aguinaga y una copa de vodka uniendo nuestros labios en un ritual de ambigüedad consentida. El funcionario Charasqueta, a la sazón tu amante y mentor, me había encargado una biografía a la medida, un texto para la eternidad de las enciclopedias o una garantía para su ascensión a los altares en clave identitaria, de prosa escasa, rigor ausente y exceso de adjetivos preciosistas. Yo era entonces un espía del CESID haciendo su meritoriaje en las cloacas del norte, diseñándome un futuro en lenguas diversas y preparando el equipaje para el retorno definitivo al hogar. Tú parecías convencida de que el mundo se encierra en un lienzo sin pintar en el que los caminos se trazan a golpes de voluntad, los ángulos se hallan cuidadosamente descritos en los manuales del partido y el color de las flores queda sujeto a la variabilidad de las corrientes ideológicas.

Se nos iba la tarde sin remedio. La brisa cruda del otoño se constituyó en cómplice involuntario al empujarnos a un rincón de la estancia y nos introdujo en un argumento de amores y traiciones, de misterios insatisfechos y rumores de fatalidad. Nunca supe si tus besos eran tramontanos o tus pechos cántabros, si tu sexo rezumaba furor de abertzalismo ateo o toda tu piel procedía de un mapa que se desintegraba en las fronteras de cada pueblo, si el aroma de miel salubre que se me estremecía en la boca era el resultado de un mestizaje milenario o la conclusión apasionada de una síntesis de credos y tendencias. Lo cierto es que si robé tu alma y dejé la mía desgarrada en las espinas de Sarajevo no fue por todo eso, sino por la chispa de fulgor animal que estalló en tus ojos al reconocer el sabor de la tierra mojada y el placer del conocimiento.

Debo confesar que con los años he aprendido a diferenciar relativamente la paja de la mies, pero sigo confundiendo el temblor abisal que aún siento ante el frío o el pavor, la angustia que todavía me causan la duda o el misterio, el sabor a metal que me llena la boca ante el miedo o la timopatía ansiosa. Ya no hay siquiera bosques en mis recuerdos, y en su lugar, por obra y gracia de los ajustes monetarios, el lento desarrollo del encéfalo y la incapacidad de la especie para articular la convivencia, han surgido aldeas nuevas que cambian de bandera a cada embate de las hordas sagradas, ciudades-desastre en las que la relación entre perseguidor y perseguido puede invertirse en el curso de una jornada militar, miles de muertos en los que la sangre de cada etnia y las mentiras de cada religión copulan en silencio, mientras la cartografía diplomática aprueba la libre distribución de mapas de bolsillo, reliquias fronterizas, alas de mariposa y espermatozoides congelados para la conservación de las esencias.

Nos conocimos en una cena oficial, hace un tiempo infinito, en un país inexistente y a una hora en la que el futuro parecía abierto a la manipulación genética. No puedo imaginar ahora cuál de tus diversos fragmentos raciales yace dormido en Rentería, ni cuál está embalsamado en el museo diocesano de la Europa imperial, letal y jacobina. Ni siquiera servimos como prueba irrefutable de que nuestra especie es capaz de percibir, momento a momento, la elaboración de la historia.

Nos conocimos en una cena oficial, tan solo unas horas antes de que apuntases entre mis ojos y apretases el gatillo con la convicción que proporcionan los estudios de teología. Los dos supimos cumplir la orden de nuestros superiores con el rigor del militante y la disciplina del soldado, dejando las frases de amor para las esquelas mortuorias y el temblor genital para una reencarnación imprevista. Tal vez cuando hayan muerto todos los recuerdos de la noche yugoslava, cuando tu país y el mío sean únicamente burlas de leyenda, cuando la sangre de ambos se haya descolorido lo suficiente y el curso inevitable de la vida nos haya metido en el mismo saco que los mártires de Estado o los asesinos de salón, aún podamos obtener un instante de consuelo sabiendo que nos queda París.