Leer a Gonzalo Torrente Ballester

Palabras y fotos de Ángel Aguado López

 Es enorme el cúmulo de lecturas que Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999) devora durante su formación infantil y juvenil. Libros que después refleja en sus obras, plagadas de referencias a todos esos autores que amoldaron sus gustos primerizos y siembran de reflexiones presocráticas, pensamientos profundos y recuerdos académicos sus novelas. Prosa densa, extensa e intensa, que a veces debe cortarse con el machete de la perseverancia, con la disciplina del penitente, con la fe del converso torrentino para penetrar en la espesura de sus palabras, para avanzar con paso titubeante de iluminado por sus páginas pétreas reforzadas con el granito semántico de lampreas de Porriño, o de napoleones que nunca existieron, o de James Bond, el KGB , la CIA y el capitán de navío Blacas entre los muslos ardientes de Irina Tchernova: “La saga fuga de JB”; “La isla de los narcisos cortados”; “Quizás nos lleve el viento al infinito”.

Gonzalo Torrente Ballester en el Café Novelty, Salamanca, 1990. Foto: AAL

 Llega don Gonzalo a Madrid en 1929 y frecuenta la tertulia bohemia, decadente y anarquizante de su paisano Valle Inclán, ya de edad provecta y de salud afectada, en el Café Nueva Montaña, en lo que era el Grand Hotel de París, Puerta del Sol esquina a calle Alcalá. Trabaja apenas un rato en el diario anarquista La Tierra, en 1930. Un periódico de línea difusa o confusa, que arremete duramente contra el gobierno de Azaña por los sucesos de Casas Viejas (enero, 1933), instalado en la contradicción permanente de la utopía revolucionaria cenetista financiada por la derecha burguesa golpista. Torrente Ballester, ya casado con su primera mujer, Josefina Malvido, regresa a Ferrol en 1933 y se afilia al Partido Galleguista, de ideario nacionalista republicano ambiguo, que apoyará lo mismo al gobierno de Azaña sin condenar al franquismo asesino. Esa línea oscilante que le lleva a amistarse con Dionisio Ridruejo ya en 1937, y que presidirá un devenir ideológico poco o nada comprometido con el régimen salido del alzamiento espurio del 36, que le refuerza en su escritura absorbente y que le convierte en crítico literario prestigioso y en profesor de literatura en la eterna posguerra en institutos públicos en Madrid. Guionista habitual con Nieves Conde, otro hedillista crítico, suyo es el guion de “Surcos”, aquella película neorrealista que retrataba terriblemente la llegada a la capital de los expulsados del campo, la España vaciada.

Y así fue expulsado él por el régimen en 1962, que le echaron de la prensa oficial por apoyar a los mineros asturianos en su lucha por mejorar sus condiciones laborales, que le echaron de su puesto de profesor en la Escuela de Guerra Naval, que le echaron de Radio Nacional, que le echaron del periódico falangista Arriba. Y fue, previamente y gracias a una beca de la Fundación Juan March, en 1959, que terminó de escribir su trilogía “Los gozos y las sombras”, olvidada sin pena ni gloria en los anaqueles de las librerías. Eso, unido al ostracismo con que le obsequiaron sus antiguos camaradas y al desafecto de los lectores a su “Don Juan”, su gran obra sobre el mito del héroe amoroso, del que sólo vendió cinco ejemplares en la Feria del Libro de Madrid, en 1963, según confesaba Torrente, le deciden a aceptar la oferta de la universidad americana de Albany y trasladarse en 1966 a USA, para impartir clases de literatura.

Y allí, en Nueva York, en 1967, se encuentra de nuevo con Ridruejo, ese ángel caído y enfermizo, amante fogoso de las hijas, niñas bien de la sociedad nacional católica y demonio acerbo de Franco, que le enviará al destierro, desde el cual le carteara Max Aub antes, en 1958, suplicándole un poquito de amistad y al que Ridruejo desdeñó: «He entrado en la política siempre por razones morales. Cuando estalló la guerra me limité, por de pronto, a implicarme en la tragedia de mi país», le contesta con mucho retraso Ridruejo a Max Aub en una larga epístola, en enero de 1959. La vida te da sorpresas. Quizás Ridruejo necesitara la amistad de Torrente Ballester en el extranjero, o el malditismo del Contubernio de Múnich, 1962, para forjarse el aura de exiliado que le elevara a la categoría de héroe proscrito: «No hay éxito comparable al del exilio. Y sólo los que permanecimos en el exilio interior o exterior hemos salvado la integridad», pondrá en boca del vasco Galíndez Manuel Vázquez Montalbán.

Y regresa don Gonzalo a España en 1973 y dos años después le eligen académico de la RAE. Influiría acaso Dámaso Alonso, su encuentro también con él en su exilio americano. Y se instala en Salamanca donde permanecerá veinticinco años dedicado a la enseñanza y a flanear, a gandulear por el Café Novelty rememorando sus tertulias juveniles. Y a gozar del fervor del público que le llega, los recovecos que el destino depara a los mortales son inescrutables, por la adaptación televisiva de su trilogía olvidada “Los gozos y las sombras”.

Charo López—Clara Aldán, Carlos Larrañaga—Cayetano Salgado, o Eusebio Poncela—Carlos Deza, los personajes centrales de su trilogía, convierten a Torrente Ballester en un escritor de éxito en 1982, a sus 72 años de vida, y don Gonzalo se vuelve un fenómeno literario reconocido universalmente. Es un frenesí el que vive entonces, que le llueven los premios nacionales, los planetarios, los de hijo adoptivo y los honoris causas de medio mundo, que hasta el mismo Fidel lo recibe en La Habana, se acabó la diversión, llegó el comandante, mandó parar, que hasta el mismo Rey emérito, el 23 de abril de 1985, le entrega el Premio Cervantes y le agasaja con chorizo de Cantimpalo, «cuya grasa brillaba de forma obscena bajo un sol de primavera», según testifica Manuel Vicent en compañía de Jesús Aguirre, dos pájaros cantores que trinaban juntos, pío, pío, aquel día en la Universidad de Alcalá. 

Cachondo mental, don Gonzalo llega al paroxismo del humor con “Crónica del rey pasmado”, una recreación hilarante sobre la expectante vida amatoria de Felipe IV y la voluntad decidida de la Iglesia, a través de la Inquisición, en joderle al joven rey las ganas de follar. Una obra que, en clave de humor, desvela las extrañas maneras de conciliar el poder del valido, el Conde Duque de Olivares, con los calentones del monarca efebo y la represora moral católica. Fue llevada al cine por Imanol Uribe en 1991, con Gabino Diego y Javier Gurruchaga en los papeles principales. Un éxito de taquilla y de risas. O “La novela de Pepe Ansúrez”, esa novia enamorada del protagonista tontorrón, aspirante a escritor, que va “olvidando” las bragas por los despachos de los banqueros en su afán de sacarle las castañas literarias del fuego a su amante.  O “Filomeno a mi pesar”, premio Planeta 1988, crónica festiva de los turbulentos años de preguerra, guerra y posguerra civil narrados por un señorito, aspirante desganado a escritor, de origen nobiliario, transformado en banquero, viajero y amante de una criada. O “Off Side”, extraordinario laberinto de tramas abigarradas construido con técnica polisémica, personajes caudalosos y lenguajes postmodernos en un Madrid aprisionado por la vulgaridad oficial del raquítico Movimiento. O “La boda de Chon Recalde”, una crítica gratificante sobre las dificultades de encontrar al marido ideal en una sociedad marcada por los prejuicios de clase y conveniencias provincianas. O “La muerte del decano”, una novela negra, o gris marengo, sobre las acechanzas académicas que conlleva desear la mujer de otro.

Imanol Uribe y Torrente Ballester intercambian opiniones sobre el guion de “El Rey Pasmado”, en Salamanca, 1990. Foto: AAL.

Asustan al lector de hoy las similitudes existenciales dramáticas que compartieron personajes de esa generación atormentada por la tragedia nacional: Torrente, Galíndez, Laín Entralgo, Julio Caro Baroja, Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Nieves Conde… todos marcados por la guerra que les tocó vivir y todos brillantes y apesadumbrados en el torbellino tumultuoso de la historia. Esa Región borrascosa a la que volvió Juan Benet en 1967 y que sigue presente en la realidad de este país 85 años después.

Las nuevas generaciones agasajan a Torrente en el Novelty. Foto: AAL

Y quizás también se asemejaba Torrente Ballester en lo esencial a Albert Camus, otro escritor universal, aunque distantes por un océano de culturas y ambiciones. Camus, un héroe de la Resistance elevado al parnaso de la mitología chauvinista por el éxito nobelístico e inmortalizado por la muerte estúpida en un accidente de tráfico; Torrente, un opositor inerte al franquismo apartado en el rincón oscuro de un instituto de Orcasitas impartiendo clases de bachillerato a un alumnado con espinillas y fragor en la bragueta. Sin embargo, ¡se parecen tanto en lo único!: Ambos fornicaban en demasía (don Gonzalo tuvo once hijos en sus dos matrimonios), leían y escribían. ¿Acaso hay algo más en la vida?

Sí, leerle.

Ángel Aguado López es Premio de Novela Ciudad de Salamanca, 2018, por su obra PATAGONIA

Leer a Rubén Darío

Ángel Aguado López, 24 de marzo de 2021, Primavera.

Margarita, está linda la mar y el viento lleva esencia sutil de azahar; yo siento en el alma una alondra cantar; tu acento: Margarita 1, te voy a contar un cuento…

Rubén Darío, el Príncipe de las Letras Castellanas, el gran Félix Rubén García Sarmiento, que maravilló a una extraordinaria pléyade de escritores, la Generación del 98, con su labia modernista y brillante, con su espléndida pose de varón rutilante, con su genio ambarino de perfumes galantes, de perfil apolíneo, de poeta gigante. Un terremoto sacudió las letras españolas con su llegada a Madrid, en 1892, unas letras, unas mentes, unas almas y un país aturdidos por el desastre que se fraguaba en ultramar y que asistieron, asombrados, al torrente de genialidad con el que, el gran Rubén Darío, desembarcó en la prosa y revolvió la poesía, el idioma, suyo el tambor vencedor, portento, volcánico amor, helénico Apolo, atlante narciso, que elevó a los poetas derrotados, a todos aquellos huidos del verbo, a los huérfanos mudos, a la cumbre radiante, al elíseo dorado del amor del idioma triunfante. AZUL fue un acontecimiento sísmico inesperado en el panorama de las letras castellanas. Aquel atolondrado mundo literario de la Restauración se refrescaba con perfumes de odaliscas, de elefantes, de azahares de frambuesas, de amores profanos, venéreos y de fantasías eróticas a las que el academicismo secular mesetario no estaba acostumbrado. Azul quedó todo, Azul Darío.

Viajero, diplomático, cronista de una época, romántico empedernido y enamoradizo contumaz. La mujer, sus mujeres, sus amoríos dispersos —…Ella de la hembra humana fuera ejemplar augusto; Ante su rostro olímpico no habría rostro adusto; Las Gracias junto a ella quedarían confusas, Y las ligeras Horas y las sublimes Musas…—, su matrimonio oscuro allá en Nicaragua, su encuentro estruendoso con Francisca Sánchez en La Casa de Campo, el parque madrileño vedado al público y donde se ejercitaba en la hípica el joven Rey Alfonso XIII. Ahí, guiado por

Este gran don Ramón de las barbas de chivo, cuya sonrisa es la flor de su figura…

ahí conoció, en 1899, a la hija de los guardeses, una joven Francisca atractiva, humilde y analfabeta que atrajo de inmediato la atención del poeta, que la enseñó a leer y la paseó por Europa y de cuyo amor nacieron cuatro hijos, relación que duró hasta su muerte, a pesar de que su mujer, Rosario Murillo, nunca le concediera el divorcio.

Dos imágenes del lago de la Casa de Campo, donde Rubén Darío conoció a Francisca Sánchez.


Sería con Francisca Sánchez con la que viajaría a Mallorca en 1907, alojándose en la Cartuja de Valldemossa, en los mismos salones que albergaron en el invierno de 1838-1839 a Frédéric Chopin y Georges Sand, una pareja disoluta para la moralidad rural de la isla. Y de allí se extrae el cuento inédito que se detalla más abajo: El Fardo, escrito a vuelapluma, sin correcciones ortográficas, quizás mientras ojeaba en algún rincón de la Cartuja los paisajes impresionistas de Santiago Rusiñol.

Y conoció en París a Antonio Machado, en 1907, al que le unió una gran amistad y admiración mutua. Y fue allí, después, en 1911, cuando ayudó económicamente al poeta, bueno en el buen sentido de la palabra bueno, a repatriar a su jovencísima esposa, Leonor, aquella paloma que apenas levantó su vuelo infantil cayó de muerte herida por la tuberculosis.

Francisca Sánchez, sentada, con su hijo Rubén Darío, “Guicho”

Y lejos falleció de Francisca, aunque aún enamorado, pues partió hacia su América natal, pacifista irredento, al estallar la 1ªGM con la esperanza ilusa de sembrar la paz en los hombres y que fructificara el amor en aquella sociedad convulsionada por la tragedia. Sus últimos años, devorado durante décadas por la depresión y el alcohol, dañaron gravemente su existencia, no llegó al medio siglo, falleció en 1916, aunque sus letras, su rumbo inmortal se mantiene enérgico e irradia de color, azul, y de calor, rojo, la imaginación de los poetas que leen a diario sus versos en los bancos, bajo la primavera que se anuncia en cada esquina.

Paisaje de Mallorca, Santiago Rusiñol, 1911.

1 Margarita Debayle era una niña, entonces de seis años, hija del médico de familia Louis Henri Debayle Pallais —un patricio nicaragüense que atendía y era amigo fervoroso de Rubén Darío— y hermana pequeña de Ana Salvadora Debayle, la que fuera esposa de Tacho Somoza y madre de Anastasio “Tachito” Somoza, el feroz dictador nicaragüense derrotado por los sandinistas en 1979 y asesinado con una granada antitanque en 1980, en Asunción, Paraguay, por un comando montonero argentino. La avenida donde fue “ejecutado” Tachito Somoza llevaba entonces el nombre de Avenida del General Franco, siendo Stroessner, el general que gobernaba con mano de hierro Paraguay. Cuarenta y un años después de aquello, gobierna Nicaragua una revolución comandada por otro dictadorzuelo: Daniel Ortega. Margarita Debayle (1900-1983) alcanzó la inmortalidad por los versos de Rubén Darío.


Y sirva este epígrafe como homenaje a Manolo Alcalá, periodista de TVE, que entrevistó, tras el seísmo que asoló a Managua, el 23 de diciembre de 1972 —6,2 en la escala de Richter, 19.300 muertos—, al general Tachito Somoza. Tachito contestaba despectivamente, casi con desprecio mientras zampaba a dos carrillos golosinas, a aquel insolente reportero español que preguntaba sobre el destino de la ayuda que el pueblo de la “madre patria” había recaudado para el pueblo hermano nicaragüense. Aquella ayuda que Tachito desvió a Miami, a México, a Texas, a Suiza. Manolo Alcalá, un grande del periodismo hoy olvidado, quizás leyera en su infancia al gran Rubén Darío. Hijos los dos de la poesía.

Este gran don Ramón de las barbas de chivo,

cuya sonrisa es la flor de su figura,

parece un viejo dios, altanero y esquivo,

que se animase en la frialdad de su escultura.

El cobre de sus ojos por instantes fulgura

y da una llama roja tras un ramo de olivo.

Tengo la sensación de que siento y que vivo

a su lado una vida más intensa y más dura.

Este gran don Ramón del Valle-Inclán me inquieta,

y a través del zodíaco de mis versos actuales

se me esfuma en radiosas visiones de poeta,

o se me rompe en un fracaso de cristales.

Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta

que le lanzan los siete pecados capitales.

(Soneto de versos alejandrinos con un hemistiquio ligeramente osado en el verso cuarto. Análisis de Emilio Pascual, el Príncipe de las Letras Segovianas.)


El Fardo

Aún lejos, en la línea como trazada
por un lápiz azul que separa las
aguas y los cielos, se iba undiendo el sol
con sus polvos en oro y sus torbellinos de
chispas purpuradas, como un gran disco
de hierro candente.
Ya el muelle fiscal había quedado en
quietud, los guardas pasaban de un puesto
a otro las gorras metidas hasta las cejas
dando aquí y alla sus vistazos, inmo-
vil el enorme brazo de los pescantes el agua
murmuraba debajo del muelle, y el humedo
viento salado que sopla de mar afuera a la
hora en que la noche sube mantenía las lan-
chas cercanas en un continuo cabeceo, todos
los lancheros se habían ido ya, solamente
el viejo tio Lucas, que por la mañana se
estropeara un pie al subir una barri-
ca a un carretón y que aunque cojin
cojeando había trabajado todo el día,
estaba sentado en una piedra y con la
pipa en la boca veía triste el mar.
–¡Eh, tio Lucas¡ ¿–se descansa? –Si, pues,
patroncito– y empezo la charla esa
charla agradable y suelta que me pla-
ce entablar con los bravos hombres
toscos que viven la vida del trabajo
fortificante el que dá la buena salud
y la fuerza del musculo, y se nu-
tre con el grano del poroto y la
sangre hirbiente de la viña, yo veia
con cariño aquel rudo viejo y le
oia con interés.


Berenjenas con gambas: oler, comer, beber, gozar, tal vez leer a Manuel Vázquez Montalbán

Palabras de Ángel Aguado. Fotos de Terry Mangino

Carvalho saltó de la cama… y contempló como desde un balcón el espectáculo de su pene en retirada lenta. Adiós, muchacho, compañero de mi vida…

            »Biscuter, Charo, Fuster, Lifante, Pepe Carvalho… ahí están, siguen vivos, incólumes, arrebatándole al tiempo su condición de inmortales, huérfanos, sí, porque su padre, Manuel Vázquez Montalbán, falleció hace dieciocho años, pero los forjó en el bronce de las palabras sin pretender siquiera que le sobrevivieran. Así es la vida de los personajes, alcanzan la intemporalidad de la fantasía porque no son de carne y hueso, son fábulas, arpegios de la interacción del creador con el lector, cada uno los imagina como quiere, se alzan inasequibles al paso del tiempo cada vez que alguien los devuelve a la vida con la lectura. El autor, sin embargo, tiene fecha de caducidad, es efímero, recoge el obituario que sus amigos le dedican cuando se va. ¡Te gané por los pelos, padre!, sonríen sus criaturas desde las páginas de sus libros. Después, lo sepulta el olvido de las bibliotecas, esos columbarios donde duermen la noche eterna tantos autores que nadie lee, la muerte definitiva de sus letras, de sí mismos. Fue por una indigestión, el sobrepeso, el orujo helado o los Condal número 6, qué más da, MVM se fue a los mares del Sur, cedió la divinidad a sus personajes. Sí, los autores son temporales, los personajes eternos: Fortunata y Jacinta, don Quijote y Sancho, Ana Ozores y Fermín de Pas, Pepiño Carvalho y la Charo, el marqués de Bradomín y la niña Chole, Gabriel de Araceli e Inés… tal vez Galíndez en su doble faceta de nacionalista confuso y espía novelesco, MVM lo rescató de los tiburones de Trujillo y lo encumbró al olimpo de los héroes.

            »Milenio, fin de trayecto; Triunfo, el comienzo. Y mientras tanto Pasionaria y los siete enanitos, Autobiografía del general Franco, Quinteto en Buenos Aires, El pianista, la vaca Marcelina, Fondos, Crónica sentimental de la Transición, Los alegres muchachos de Atzavara, De cómo Mariano Rajoy se convirtió en un OVNI… Las recetas de Carvalho: Berenjenas a la crema con gambas, para cuatro personas. 1 Kg de berenjenas; medio kilo de gambas; 100 g de jamón dulce; dos cucharadas de harina; ajo, aceite, sal, pimienta, leche… Se hace un caldo corto con las cabezas de las gambas previamente fritas… en ese aceite aromatizado por el ajo y las cabezas de las gambas se fríen las berenjenas enharinadas…

            —Yo de mi padre jamás hablo con terceros. Nunca acepté que fuera el dueño de mis destinos. En el fondo no soy más que el rehén de su imaginación. Sí, le debo la vida, títulos y títulos de novelas por las que me paseó sin pedirme permiso, obligándome a ser quien soy yo, trazó mi existencia sin que le interesara jamás mi opinión ni mi destino porque eran los suyos. Es más, fui su esclavo, hizo de mí el capricho de sus sueños, me convirtió en la frustración de una generación escéptica de españoles rebozados entre la levedad de la dialéctica marxista, el fracaso del capitalismo y el tránsito democrático sin esperanza, aquella Constitución con siete padres que ahora todos aborrecen. Aunque él ya lo presagiaba, quizás preveía la traición: Fernando Garrido, el secretario del Comité Central asesinado por el hijo adoptivo. Todos nos sentimos Edipo alguna vez con los autores, siempre existe el conflicto intergeneracional, la lucha por quedarse con el trono familiar.

            »Poeta, ensayista, periodista, analista político, gastrónomo experimental, ¡aquellas columnas, los lunes, en la última de EL PAIS! La gente de bien, la de siempre, la que seguía al galán de las Azores cuando estiraba los zancos sobre la mesa experimentó un alivio intestinal al enterarse de su fallecimiento en Bangkok, ¡un rojo menos!, apenas unos meses antes de aquel triste 11M. Créanme, las armas de destrucción masiva existen, perjuraba el presidente. La pluma, la prosa, las letras no destruyen nada, pero molestan si restañan la verdad oculta, si desvelan las vergüenzas del poder y sus mentiras. Y, además, “culé”, seguidor acérrimo del Barça. ¿Tú también, Figo?, se preguntaba compungido cuando aquel hijo predilecto del Camp Nou traicionó a los suyos y se vistió de blanco. Como Edipo… Se apartan las berenjenas y se escurren para que suelten el aceite. En los aceites resultantes se traba una bechamel con la harina, parte del caldo obtenido y parte de leche. Se sazona con pimienta la bechamel.

—A propósito, añadir bechamel a las berenjenas me parece un exceso. Con el aceite y el queso rallado es suficiente. Reconozco que el blanco Chablis combina esencias maravillosas de roble perfiladas con aromas de frutas y notas de flores blancas. En boca es fresco y tiene un final salino. Sin embargo, un Rueda verdejo no le va a la zaga, dorado, con matices aromáticos de frutos secos que desprenden un aroma de misterio. En boca es potente como el destello de una mirada de mujer. Las mujeres, Charo. Autosuficiente, independiente, feminista, dirán ahora que no porque aceptó de Quimet, su cliente, de Andorra, donde iban los Pujol a esconder los millones, un consejo y se instaló un negocio de comida gourmet. La vejez nos iguala a todos en fracasos y el calor del amado nos evita los sabañones del tiempo. Es cierto, quizás nunca debí emprender mi despedida con aquella vuelta al mundo, ya no tenía fuerzas, el protagonismo era todo de Biscuter, aquel viaje a ninguna parte o hacia el lado oscuro de la derrota existencial. Pesa el tiempo como la memoria. Charo, ¿por qué no me atrapaste en tu tela de Ariadna? Quizás porque, de haber sido así, yo no hubiera existido sino como un hombre corriente, sin protagonismo alguno y Montalbán no me hubiera engendrado y tú, en tu afán de mujer, nunca te hubieras interesado por mí. Eso sí, prefiero la gamba roja de Denia acompañada de un monastrell de la Marina Alta muy frío y almendra frita al estilo de la tía Rosa. Desperdiciar esa gamba con berenjena es un mestizaje estúpido. Ni juntos, ni revueltos. Por cierto, yo no maté a Kennedy.

»Cocinar es una metáfora de la cultura y su contenido hipócrita. Comer significa matar y engullir a un ser que ha estado vivo… Si devoramos directamente al animal muerto… se diría que somos unos salvajes. Ahora bien, si marinamos a la bestia para cocinarla posteriormente con la ayuda de hierbas aromáticas de Provenza y un vaso de vino rancio, entonces hemos realizado una exquisita operación cultural, igualmente fundamentada en la brutalidad y la muerte. Eso decía MVM, su padre, yo no tengo nada que añadir a esa mezcla de berenjenas con bechamel, gambas y jamón a pedacitos gratinados con queso rallado. Tal vez acabar con Milenio, quizás MVM presentía su final a su regreso de aquella vuelta al mundo, que la cocina ya no le ofrecía nada gratificante y Lifante, el guardián del orden impuesto le esposaría a usted camino de la Modelo. Un refugio, a fin de cuentas. Brindo por su padre, quizás el mejor cocinero de crónicas hirientes, quizás el mejor degustador de recetas impresas. El aguardiente siempre helado, de un trago, como la muerte.  

Que le aproveche.

Enlaces relacionados:

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Pepe Carvalho, tras las huellas de don Quijote

Comer es inocente

Pasionaria y los siete enanitos

Son o fueron

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Leer a Azcona, leer guiones de cine

Carmelita Flórez. Madrid, 4 de marzo de 2021

AZCONA espiaba la vida a diario desde su atalaya de la quinta planta de unos grandes almacenes madrileños. El mejor palco para observar la grisura cotidiana de las gentes, veía en sus caras el cansancio o la alegría o el fracaso o la ilusión o el temor o la derrota o la esperanza. Se asomaba al ventanal de una cafetería y especulaba sobre cómo sería la vida de aquella pareja, Petrita y Rodolfo, casi cuarentones, con paso cansado y sin un futuro claro, sin pisito, aburridos uno del otro, ¡tantos años de noviazgo marchito! Como ahora los jóvenes, a fin de cuentos. O escribía lo mal que lo tenía Carmen para encontrar novio, era hija de Amadeo, el verdugo. O veía al sacrificado transportista empeñado en pagar la letra de su motocarro la gélida nochebuena, Plácido. O se burlaba de la rijosa costumbre de coleccionar pelos íntimos femeninos, ¡de coños!, que tanto complacía al marqués de Leguineche, primera escopeta nacional. Esos vistazos sobre las gentes que desfilaban a sus pies le servían para escribir sus cuentos. El guion. Palabras que después sus amigos Berlanga, o Marco Ferreri, o Carlos Saura, o Trueba, o José Luis Cuerda, o Bigas Luna o José Luis Borau convertían en películas. Que qué es una película, pues eso, una historia de palabras bien contada con imágenes. O sea, la profesión de Azcona, cuentista, la de proporcionar argumentos, palabras con las que preñar de sentido las imágenes. Rafael Azcona era un maestro de la estructura narrativa, de hilar protagonistas, personajes secundarios, tramas, ambientes, tiempos, figurantes, situaciones paralelas, nudos, desenlaces en la proximidad del mundo que nos rodea y al que a veces no miramos. “Me he limitado a retratar una sociedad que estaba al alcance de mi mano, que estaba en los bares” decía Azcona cuando le preguntaban cuál era su secreto. Quizás por eso sea tan fácil leerle, tan divertido ver sus películas, porque nos cuenta trozos de nuestra propia existencia, personajes con los que convivimos a diario, con los que compartimos el ocio o nos cruzamos en la calle, gentes invisibles como nosotros en los que no reparamos pero que conforman nuestras vidas anónimas.

Y por eso sus cuentos, sus facecias*, sus historias, sus novelas “guionadas”, sus guiones novelados son ágiles y actuales como potrillos desbocados por la pradera del celuloide, aunque él nos dejara hace ya trece años. También se nos han ido recientemente varios cuentistas magistrales como él: Julio Diamante Sthil o Jean Claude Carriere o Antonio Giménez Rico. Como se fue no hace mucho Juan Miguel Lamet o José Luis Cuerda. O como se fue hace ya más años Ángel Fernández Santos. Eran gastrónomos de la efímera realidad, escogían los mejores menús que el mercado de la sociedad les ofrecía, les extraían la acritud o el amargor de la existencia, o a veces se lo añadían y los cocinaban al fuego lento de las palabras, elegían los mejores manteles, las mejores vajillas y después, sobre ellos, nos regalaban manjares sazonados de dulzor, a veces con aromas agridulces, a veces picantes para que nosotros los saboreáramos sin atragantarnos cuando se apagaban las luces del cine. Nos ayudaban a fantasear con la magia de un relato cuando el torrente de las imágenes se proyectaba en la pantalla de nuestros sueños, los añoramos aún, aunque ahora no haya cines, aunque veamos las películas frente al televisor del salón. Porque necesitamos las historias de Azcona, de Lamet, de Ángel Fernández Santos, de Diamante para emocionarnos, para olvidarnos de la pandemia y del enclaustramiento pétreo en que los tiempos del virus nos ha encerrado, porque las páginas de Azcona o de Gonzalo Suárez o de Cuerda nos amanecen cada día, que no es poco.

Leer a Azcona, “El pisito”, o “El verdugo”, o las reflexiones de Diamante sobre el guion nos sirve para indagar en sus técnicas narrativas, en sus habilidades para crear historias rotundas, para adentrarnos en los porqués del relato creado para filmarse, nos ayuda a descubrir las intimidades que todo buen narrador debe saber, tal vez para imitarlos desde la torpeza de nuestras palabras.  

*Facecia. Gracia, chiste, donaire o cuento gracioso. Mus.: Especie de ópera bufa, usada antiguamente en Italia. Ni María Moliner, ni el “Diccionario Abreviado Espasa”, edición de septiembre de 2007, ni siquiera “El tesoro olvidado, breve diccionario de la elocuencia minimalista”, de Dimas Mas, editado por Oportet Editores en 2019, recogen este término ahora en desuso. Sí lo hace Julio Casares en su “Diccionario ideológico de la lengua española”, edición 2000, y el “Diccionario Enciclopédico Ilustrado”, editado por Ramón Sopena en 1954.

Carmen y José Luis en la Cueva del Drach, en Mallorca, la barcarola de Offenbach, la Guardia Civil trasladando al verdugo a la prisión para ejecutar al reo. Ese rechazo a la pena de muerte que tanto enfadó a su Excelencia cuando vio la película de Berlanga en su cine de El Pardo. El Pisito. Rodolfo, Petrita, doña Martina, la prótesis de la pierna ortopédica del cliente de Dimas, el callista, tecnología alemana, eso sí, para un tullido. Frases llanas, secuencias cortas o capítulos a semejanza del cinematógrafo, literatura, cine. Esperpento, sainete, tragicomedia, crítica social descarnada, humor negro, la alegría de los supervivientes. Hijos de la derrota, tristes usos amorosos en la nocturnidad de una corrala, esperpénticas vidas, protagonistas frustrados por la anemia del nacionalcatolicismo de posguerra. Tan dura la vida de entonces como la de ahora. Y sobre todo ese magma de estercolero, la risa de Azcona sobreponiéndose a la puta vida.

Julio Diamante Stihl. Guionista, director de cine, teórico de la estructura del guion, estudioso del lenguaje visual, de sus formas y reglas. Un clásico actual, su libro: “De la idea al film”. Un tesoro para quien lo tenga. Diamante, como Truffaut, como Hitchcock, como Berlanga, como Azcona, enamorados del cine, de los libros, de las historias visuales, de la libertad. También un resistente, él y su padre, Julián Diamante Cabrera, soldado republicano e ingeniero militar en la Batalla del Ebro. Julio nos dejó en agosto de 2020. Su obra está ahí. Para leer, para visualizarla, para disfrutarla en los tiempos del virus.    

Leer a Carmen de Burgos

Palabras de Carmelita Flórez. Fotos de Terry Mangino

»Todo apuntaba a que su existencia sería la de buena madre y fiel esposa de educación religiosa en una capital de provincia ramplona de la Andalucía profunda. Pero con dieciséis añitos se puso el mundo por montera, y a pesar de la oposición de todos se casó, pecado de juventud, con un pintor bohemio y periodista doce años mayor que ella. Claro, aquello desembocó pronto en ruptura, a pesar de los tres embarazos consecutivos y muertes prematuras —quizás por eso— de los frutos de sus entrañas. Al menos, el desapego que sintió pronto por su marido —la vida le descubrió rápidamente que aquel matrimonio no tenía nada de amor, que fue un acto de insumisión a su destino— le valió para comenzar una carrera de columnista en el diario propiedad de su suegro en la que evadirse de su fracaso conyugal y expresar toda la furia femenina que gestaba en su interior contra una sociedad hostil hacia las mujeres. Y se puso a escribir, algo insólito en una señora por aquellas fechas, 1887, justo cuando don Benito terminaba de redactar su “Fortunata y Jacinta”. Quédate con este dato, porque existe un paralelismo sorprendente entre Carmen de Burgos y Emilia Pardo Bazán, dos señoras de postín y de amoríos exaltados con varones geniales. La una con Ramón Gómez de la Serna. La otra con don Benito Pérez Galdós. Esos amores asimétricos que tanto abundan en la literatura y que quizás algún día te cuente detalladamente. ¿Te enteras de lo que te digo?, Terry.

Carmen de Burgos pintada por Julio Romero de Torres, ¡Olé!

—Sí, sí, claro, que sí, Carmelita —Terry dio un respingo, dejó la edición de las fotos de la mani de aquel día de la mujer trabajadora y dedicó a su chica la mejor de sus sonrisas. Se volvió de pronto todo oreja escuchándola.

»Así que Carmen se puso a estudiar y en 1895, con 28 añitos, obtuvo el título de maestra de Educación Elemental. Y en 1898, el año del desastre, mientras estaba embarazada de su hija María, el de maestra de Educación Superior. Pero ahí no acabaría su carrera, que en 1901 consiguió por oposición plaza de maestra por Guadalajara. Aquello, su actitud, fue un hito en la historia de la reivindicación de los derechos de la mujer en España, paralela a las proclamas que las “sufragistas” inglesas —Richmal Crompton, la mamá literaria de Guillermo Brown era una de ellas. ¡Qué grande Guillermo! ¡Qué grande la Crompton!— y norteamericanas realizaban en sus países respectivos. Ten en cuenta que el derecho al voto de la mujer llegó en España en 1931. Y con el enfrentamiento personal de dos mujeres diputadas: Clara Campoamor, partidaria del mismo, contra Victoria Kent, que se opuso porque consideraba que la mujer española, mayoritariamente analfabeta, estaba sojuzgada por sus maridos y por la lepra del clero y votaría candidaturas claramente reaccionarias y contrarias a sus intereses. Como así pasó en las elecciones de noviembre de 1933, con la victoria de las derechas de la CEDADE coaligadas con Lerroux —la mirada que Carmelita dedicó a Terry se encontró con su sonrisa apócrifa. Bueno, pensó, por lo menos escucha, que ya es algo, raro en un hombre.

»Carmen de Burgos fue la primera corresponsal de guerra española, informaba sobre la eterna guerra de África, sobre la desdicha que corrieron los soldaditos españoles en el Barranco del Lobo, en 1909, una ominosa derrota que sufrieron los valientes infantes defendiendo los intereses de la Compañía Española de Minas del Rif, propiedad del Conde de Romanones, del negrero Marqués de Comillas —hijo— y participada por Alfonso XIII cuando no dedicaba tiempo a sus amantes. Aquella desdicha fue el detonante de la Semana Trágica de Barcelona, con una terrible represión sobre los manifestantes y la ejecución del anarquista y pedagogo Francisco Ferrer Guardia, acusado con pruebas falsas de ser el incitador de las protestas. En realidad, se trataba de un ajuste de cuentas que el Gobierno de Antonio Maura y la Monarquía se tomaban en venganza por el atentado que sufrió su majestad el 31 de mayo de 1906, en la calle Mayor de Madrid el día de su boda con la princesita inglesa Ena, practicado por el anarquista Mateo Morral, al que se creía discípulo ideológico de Ferrer Guardia. Pues sí, en ese ambiente tan áspero, tan machista y tan bélico desarrolló su profesión de periodista Carmen de Burgos. Y si quieres saber más sobre ese momento tan convulso estudia historia, que yo quiero hablarte de aquella reportera que estaba allí, al pie del cañón entre los artilleros informando del triste destino en donde recalaban los mozos de reemplazo. “Para Melilla embarcamos muy alegres y contentos, de todos los que aquí vamos sabe dios quién volveremos” cantaban los pobres reclutas presintiendo la muerte en tierra africana —y Carmelita Flórez no puede reprimir una mueca de disgusto y la tristeza de un gorrión en su jaula la recorre por su mirada perdida.

»Colombine, el pseudónimo con el que firmaba sus reportajes, sus reivindicaciones a favor del matrimonio civil, del divorcio, de la equiparación de derechos con el hombre, a favor de la objeción de conciencia contra el servicio militar, por la presencia de la mujer en la sociedad. Y su gran amor, ¡ay!, su relación durante dos décadas con Ramón Gómez de la Serna*, veinte años más joven, con el que se paseó por París, por Londres, por Lisboa, por Italia, tal vez emulando treinta años después los viajes que hicieron doña Emilia Pardo Bazán y don Benito, también ellos tan enamorados, tan tortolitos, tan arrebatados en su pasión secreta. Esos amores asimétricos que derivaron en una locura de la carne, Ramón encaprichado, por un instante, con María, la hija de Carmen, diez años más joven que él. El péndulo del amor que oscilaba entre la madre y la hija. Mucha Carmen para tomarla como una greguería, amiga de Galdós, de Blasco Ibáñez, de Juan Ramón, de Sorolla, de Gregorio Marañón, musa de Federico, pintada por Julio Romero de Torres. Falleció en 1932. Una lápida de granito sin decoración alguna cubre su tumba en el Cementerio Civil de Madrid. No la perdonaron. Ni el franquismo ni la Iglesia permitieron que su labor por los derechos femeninos perdurara durante la larga y negra noche de la posguerra. Fue relegada al pudridero de los perdedores donde escondieron a tantos luchadores por las libertades. Quizás a ella la ocultaron más por ser mujer, por defender la igualdad entre hombres y mujeres, por haberse divorciado, por sus amores libres con Ramón, por ser reportera, por ser brillante, por ser valiente. Tuvo que pasar casi un siglo para que vieran la luz de nuevo sus obras y llegaran al gran público y se conociera de ella.

»Y sus libros, sus artículos periodísticos, sus cuentos largos o novelas cortas, ¡que tantos escribió! Carmen destila esa sensibilidad única de las mujeres decididas que han amado mucho. La leemos y escuchamos el crujir de las hojas en blanco rasgadas por su estilográfica, por sus manos finas escribiendo en el prado recogido de su claustro interior:   “No quiero una vida de molusco pegada a una roca. No quiero saber en qué cementerio me han de enterrar” dice Matilde, su protagonista de “El Perseguidor” (1917), ese misterioso ser acechante que altera el universo de la dama con su amenaza indefinida; él, perseguidor perenne como su sombra; ella, viajera solitaria que deambula frenética para dominar su miedo a una pareja, al hombre abstracto, afirmando su feminidad en la soledad del camino, en ese deseo de independencia aun en los apartados parajes del mundo preservando para sí los momentos más dulces en soledad. Fluye la prosa única de Carmen con el gozo de quien escribe para la eternidad, regala sus renglones como la recompensa del beso, con el deleite de nuestros ojos tras ver los suyos, como el latido de sus labios en nuestros labios, para nosotros sus pétalos de letras perfumados.

»La mujer fría (1922). Blanca. Esa odalisca deseada por los hombres a los que ignora, a los que desdeña. La mujer fría y su noche, cómplice con su melancolía del alboroto de los amantes, dormidas sus voluntades hasta que el reloj de estrellas anuncia el amanecer, cuando, roto el encanto y el misterio desvelado, la mujer fría, Blanca, regresa a su palacio de invierno, a la soledad. Sólo una sensibilidad femenina podría escribirnos un cuento así. Ahora nos produce extrañeza su prosa poética, el aroma envolvente de sus versos, las caricias de sus palabras, como si rescatáramos un elixir arcano de la botica de los placeres olvidados: “Jamás su cuerpo, insensible a la temperatura, se había estremecido como la noche anterior, cuando pasaron sus manos carnosas y fuertes sobre el bruñido de su piel”.

»El veneno del arte. Ese dandi decadente, heredero de un linaje en ruina que sobre la chaise longue recibe amantes masculinos y femeninos, máscaras de carnaval arrinconadas después en una esquina. Paisajes de Patinir, Oscar Wilde y ella, María. Ambigüedad. Sus ensoñaciones eróticas nos sumergen en un ambiente de gozo refinado, en un tiempo detenido para el placer de la lectura: “El haz de rizos rubios cayó deshecho en cascadas de oro sobre la almohada, y sentí palpitar un seno de virgen sobre mi seno…” Fíjate, Terry, eso lo escribió Carmen de Burgos en 1910, quizás al volver de la guerra de Melilla, quizás anhelando el amor esquivo, como sus personajes. ¡Oh! Precisamente por eso.

Y Terry recoge el librito de los cuentos de Carmen y lee esas palabras delicadas que sólo escriben las mujeres. Quizás sus fotos de la mani de esa mañana denoten que ellas siguen alzando el testigo de Carmen, que su llama encendida derriba barreras, y ellas, aunque no sepan nada de sus empresas levantan la bandera contra el apartheid clamando igualdad, todavía luchadoras, aún enamoradas. Que sea de la vida o de los hombres es indiferente —piensa— porque las asiste la emoción, el delirio por ser libres y el fragor emocional que enarbolaba Carmen de Burgos. Colombine.

*Es muy recomendable visitar El Despacho de Ramón, en el Centro Cultural Conde Duque, en Madrid, donde se ha recreado su mundo onírico y literario con recuerdos procedentes de toda su vida de coleccionista, de hombre mundano y enamorado de la mujer. ¡Impresionante!

Las fotografías de la galería siguiente fueron tomadas por Terry Mangino en las manifestaciones del Día de la Mujer, el 8 de marzo de 2019 y 2020, en la Gran Vía, en Madrid. Pinche sobre ellas para verlas a lo grande.