El Toboso y Campo de Criptana: allá donde, aún, se peina Dulcinea y Sarita enamoraba al mundo

Carmelita Flórez. Fotografías de Terry Mangino

Que por mayo, era por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;

sino yo, triste cuitado
que vivo en esta prisión,
que ni sé cuándo es de día
ni cuando las noches son
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero;
dele Dios mal galardón.

Tiene El Toboso los campos florecidos de amapolas, de margaritas, de lavandas que parecen colorear un mantón republicano entre vides, olivos y cereales regados por las lluvias que caen indolentes. Ya se sabe: cuando marzo mayea mayo marzea. El caballero, el escudero fiel, el ama y la sobrina, el cura y el barbero, el bachiller Sansón Carrasco, caballero de la blanca luna, comentan para sí con alborozo, escondidos tras las tapias de una venta, los rostros atónitos de sorpresa que los forasteros exhiben escrudiñando los rincones donde caminaba Aldonza Lorenzo, de la que dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que cualquier otra mujer de toda la Mancha.

Recreación de una habitación manchega del siglo XVI, en la Casa de Dulcinea de El Toboso.

Y a Dulcinea debe su fama la villa y será nombrada en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena. Y es menester visitar ahí la recreación del caserón que sirve de museo donde se recrea el modo de vida aldeano de aquel hidalgo segundón cuya fama se extendió por el mundo. Y que fue villa cuasipatrimonio de la Orden de Santiago hasta que, en el último tercio del siglo XVI, las enormes alcabalas que gravaban sus territorios, motivadas por las necesidades monetarias de una corona fastuosa, hicieron que sus bienes fueran enajenados y traspasados a manos de la aristocracia. El Toboso, sí, al que ya en 1575 Felipe II, el Rey Prudente (?), concedió un privilegio fiscal para que aquellos que se encaminaban a Santiago se vieran auxiliados en sus males por un hospital para peregrinos. Y exentos de tasas si en la villa pernoctaban. Lugar rico en aguas subterráneas que contaba con diez molinos de viento para el trigo, y un molino y tres prensas para el aceite, que la hacían villa señorial y respetada.

 Y escuchará el viajero palabras y modos olvidados: farfolla (envoltura de las panochas del maíz), maquila (cobro en especie por un servicio realizado, generalmente la molienda de grano), fanega (cuarenta y cuatro kilos de grano en unos lugares, cincuenta y cinco en otros), celemín (fracción variable de la fanega según el lugar). Y un poco más allá, a la sombra de la torre de la iglesia entablaban coloquio el hidalgo y su fiel criado sobre la naturaleza humana reprendida por la arrogancia esclavista de los tiranos: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».

Y sin notar su presencia y desde un rincón de la plaza mayor el viajero, aplicado en fotografiarse, es observado con curiosidad por una corte de vecinos toboseños ocultos en el tiempo, que se ríen de la presura y descomedimiento del recién llegado. Miulina, Briareo, Alifanfarón, Espartafilardo del bosque, Pentapolín, Brandabarbán, Micocolembo, Timonel de Carcajona, Felixmarte de Hircania, Cirongilio de Tracia, Brocabruno y Laurcalco del Puente de Plata, todos ellos habitantes fantásticos de El Toboso, no pueden sino reírse a carcajadas, sorprenderse de las prisas y hábitos extraños de esos forasteros presurosos que pretenden ver en minutos lo que ellos en siglos crearon. «Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala», dice para el que quiera escucharle maese Pedro, el titiritero, desde un rincón de la plaza.

El imparable paso del tiempo en la venta de El Toboso.

Y aún, en las cercanías de El Toboso, resuena con estrépito el alegato de libertad y feminismo, tan moderno ahora, que la pastora Marcela entona en nombre de la mujer contra aquellos que la creen belicosa y culpable de la muerte del pastor Grisóstomo por no quererle y rechazar, decidida, sus propuestas de amoríos:  «El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres?»

Soledad en una calle de El Toboso.

 

Y partieron por el camino real los viajeros y a poco descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como los vieron comprendieron que estaban en Campo de Criptana. Sí, veinticinco molinos hay en la sierra y veinticinco ladrones andan por ella. Que ya era necesario en el siglo XVI el oficio e intervención de la Santa Hermandad para librar de malhechores, malandrines, bellacos y gentes de baja estopa a los caminantes honrados.

Molinos de Campo de Criptana.

Porque Campo de Criptana es tierra de acogida y en ella se aposentaron gentes provenientes de la Rebelión de las Alpujarras que de 1568 a 1571 se alzaron contra la represión que el Rey Prudente (?) contra sus costumbres emprendía; que hoy como ayer la historia se repite, que es cosa que la humanidad se empeña una y otra vez en perseverar en su estulticia y en sus errores y se da de bruces contra el aguijón de la necedad reiterada; que los moriscos trajeron sus modos de vida sin enfrentarse a nadie ni interrumpir las costumbres ajenas y habitaban en viviendas-cuevas que excavaron en la roca caliza de la Sierra de los Molinos. Y después, con el paso de los siglos y los nuevos hábitos, uno de aquellos gigantes aspados se dedica no a la molienda del trigo o de la aceituna, sino que sirve de museo para glosar la memoria de su hija más preciada y famosa: Sarita Montiel, aquella diva que enamoró al mundo con su pose grácil y su voz cautivadora.   

Y recogidos los viajeros en la galera que los devolvería a su lugar de origen, impregnados del paisaje manchego y del conocimiento de los escribidores de aquel Siglo de Oro, tal vez meditaron y comprendieron que las entonces necedades de los libros de caballerías son ahora los bulos desatados que se propagan por las redes sociales, de los que el público iletrado y menesteroso se abreva con regocijo y ansias desatadas y sin dar pauta a la crítica que busque la luz. Y que siempre ha habido usos y costumbres erráticas y absurdas ajenas a la razón, auspiciadas por el oficio de los vendedores de humo y consumidos en desmesura por la masa en ese afán de sentirse únicos y diferentes aún a costa de perder el raciocinio y militar en la necedad, que no en la Orden de Santiago, que ya lo decía Lope de Vega en su escrito Arte nuevo de hacer comedias:

Escribo por el arte que inventaron

Los que el vulgar aplauso pretendieron.

Porque, como los paga el vulgo, es justo

Hablarle en necio para darle gusto.

«Stultorum infinitus est numerus». Es infinito el número de los necios.


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El paraíso recuperado: El hijo de PETER PAN

Carmelita Flórez

La infancia es el paraíso del ser humano y a ella regresa Javier Puebla para recordar con sus poemas aquella felicidad que disfrutó de niño. “El hijo de PETER PAN”, su libro de versos, es una recuperación de aquel tiempo en el que nos creíamos eternos y todo a nuestro alrededor evocaba la alegría del comienzo.  Peter Pan, el eterno adolescente incapaz de enfrentarse al crecimiento, siempre presente en la eternidad de un instante. Y llegó el hijo, que era como un vértigo porque «de pronto se comprende que hay un ombligo en el mundo que es más importante que el tuyo».

El hijo y el padre, PETER PAN.

El protagonista es el niño y es el padre a la vez, que en sus palabras se sorprende de su creación, del pulso vertiginoso que debe afrontar en la vida para mantenerse feliz, fiel a la inocencia, fiel a la infancia. «Tal vez porque el espíritu no se hace viejo tenemos la guardia muy alta para no hacernos daño», aunque pesen en la memoria las amarguras del pasado. Aquella generación de los 70 y 80 que se fue masacrada por el sida, por la heroína, que con su muerte nacieron para el recuerdo. Javier, como PETER PAN, prefiere la noche y pasea por ella en solitario, para no crecer, para cuidar de sí mismo recordando la magia de la niñez, la pureza del alma. Ya no tiene edad. ¿Qué es la edad?, se pregunta riendo en la isla que no está en ningún mar, como cuando le hacía cosquillas su mamá.

Público en el CAFÉ COMERCIAL, donde se ha presentado el libro el pasado 4 de mayo.

Javier ya sabe que «todas las buenas acciones tienen su castigo». Tal vez por eso se adentra en la infancia, para mantenerse asido al esplendor, a la luz con la que descubrimos el mundo. Su libro es una isla de magia continua, diversiones sin parar, risas y sonrisas aleteando en las caras de los niños. Una proclama a la felicidad, a la paternidad. «Ser padre es lo mejor que le ha pasado nunca. Jamás».  

Wendy espera la dedicatoria de Peter.

«Se recomienda leer el libro en voz alta», propone PETER PAN, bueno, su padre, Javier Puebla.


UNA DOCENA DE HISTORIAS

Carmelita Flórez

Cuentista declarado, Alfredo F. Alameda escribe a lo llano, a lo liso, a lo no intricado, como muchas veces ha hecho, y por eso le vale un cuento por una docena, o por ciento. El lector ojea su última obra, UNA DOCENA DE HISTORIAS, y se encuentra con la prosa de un narrador que la ha comunicado a lectores apasionados de la leyenda, dotos y discretos, y a otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates, y de todos ha hallado una agradable aprobación. Y sabe que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios a quien toca leer semejantes cuentos.

Su fantasía es un abanico amplio de temas en los que las pasiones humanas se manifiestan con estrépito, ya sea la carnalidad del cuerpo femenino, de Eva, que tanto arrebata al hombre indefenso; ya sea el discreto comedimiento que imponen los años; ya sea dejándose sucumbir por el hechizo de la pasión amorosa, parte inherente de nuestras vidas. Y se pone de parte de la pastora Marcela frente al asedio de Grisóstomo, violencia de género diríamos hoy, que reclama ella su feminidad e independencia por encima de la tentación que su presencia suscita.

El autor, Alfredo F. Alameda, junto con el crítico literario Pascual Izquierdo, durante la presentación del libro en la Biblioteca de Galapagar, Madrid, el pasado 23 de abril.

Tiene Alfredo F. Alameda una vieja historia de amistad con los Episodios Nacionales, de Galdós. Y recuerda aquellos tiempos de juventud pictórica, alumno de la Escuela de Bellas Artes, en los que paseaba por el barrio madrileño de Fuencarral, tras pergeñar en un lienzo desnudos de la Venus Esquilina al carboncillo, con un ejemplar de “La Nausea” bajo el brazo, la novela de Jean Paul Sartre, tal vez para deslumbrar por el intelecto a las mujeres enamoradizas. Aunque, confiesa, «que cambié de argumento porque a las chicas les aburría aquello del existencialismo». Quizás por eso se adentró en la ficción del protagonista de la novela de Unamuno “Niebla”, Augusto Pérez, personaje que cobra vida y discute con el autor, don Miguel, nada más y nada menos, atribuyéndose la dirección y criterios que debe seguir el relato incluso por encima de su hacedor. Y su vena pictórica-cuentista le llevó a sumergirse en las tiras de Mafalda y aquellos personajes de los tebeos, un tanto redicha y crítica la protagonista, en las que las historias ya no las hacía el autor, Quino, sino los mismos personajes del comic. Y como Alfredo F. Alameda se declara más de brújula que de mapa y para evitar que el lector se haga un lío con falsas inventivas y deslices equívocos decidió aprovecharse del saber de Rafael Azcona y lo primero que escribe es el final del cuento, punto, para no liar la cosa por recovecos tortuosos que despisten al curioso que se acerca a sus letras.

Alfredo F. Alameda durante la presentación de UNA DOCENA DE CUENTOS, el pasado 23 de abril.

 De todas esas fuentes de conocimientos literarios y de sus fantasías vitales ha compuesto el caballero Alfredo F. Alameda este libro, UNA DOCENA DE HISTORIAS, lleno de comedias y de fábulas que deleitan, alegran y entretienen a la par, tanto a los doctos como a los discretos lectores. Y te hacen pensar, no necesariamente, que la vida está llena de cuentos que merecen la pena ser leídos y disfrutados, para olvidarse de la oscuridad con la que pergeñan la actualidad los dirigentes que gobiernan en el caos del mundo.     

Firma de UNA DOCENA DE HISTORIAS en la Biblioteca de Galapagar, el pasado 23 de abril.

Keniatas en el cielo de Madrid, mi corazón con el tuyo: maratón 2026

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Diálogo entre Carmelita Flórez y Terry Mangino (autor de las fotos)

—Es como si fueras a una cita con un antiguo amor al que hace mucho que no ves. Te pones tus mejores galas, unas zapatillas nuevas, una camiseta y un pantaloncillo que te han costado una pasta para estar guapo, para causar buena impresión, para gustarle una vez más. Pero, qué no vas a hacer por ella, por él. Y llegas a la salida con la misma ilusión y ansiedad con la que fuiste la primera vez que paseaste con él, con ella por aquel parque una mañana de primavera. Aún recuerdas como olía el Botánico lleno de flores, los tulipanes coloreaban los rincones donde os conocisteis, donde por primera vez estrechaste su mano, el sol llenaba de luz vuestros espíritus. Y los corazones, desenfrenados tras el primer beso, se aceleraron más aún en aquel banco a la sombra contemplando el estanque del Retiro. Cómo será esta vez, me reconocerá después de un año sin vernos, habrá química entre nosotros, será amable conmigo, le daré satisfacción te preguntas pensando en los cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros que durará el examen, el romance. Miles y miles de zancadas, dolores en las plantas de los pies, sudor, agonía, el corazón acelerado por el sufrimiento, hematocrito y ácido láctico disparado, dolor en las articulaciones, gritos de ánimo desde las aceras de un público anónimo, coraje, mucho coraje, la frecuencia cardiaca alteradísima, igual que aquel día, y su sonrisa al final tras el beso. La serenidad que da estar con el amante. Sí, la maratón…

Salida de la maratón desde Nuevos Ministerios, 8h 45′

—Sí, hay algo amoroso en esa relación entre el atleta y la distancia que recorrió Filípides para anunciar la victoria de Atenas sobre los persas. La necesidad de renovarse todos los días, de imponerse un reto, de abrazar el optimismo, de no caer en la molicie de la costumbre, sin saber muy bien para qué ni por qué, el afán de luchar contra el tedio de lo cotidiano, correr, correr, correr sin saber muy bien por qué, adelante, siempre hacia adelante, porque ella, él, la carrera de la maratón te da alas para seguir disfrutando de su compañía, de la vida. Hasta la victoria siempre, hasta el triunfo sobre mí, con mi voluntad de acero hasta la meta.

¡Madrid era una fiesta!, decía Hemingway, que sentado en una terraza contemplaba la carrera mientras bebía un vaso de aguardiente.

—Incluso la ciudad es más amable con el vecino. Por unas horas el tráfico se interrumpe al paso de los atletas. Y las calles de Madrid se llenan de un aire respirable, de amabilidad y vecindad ajenos al antipático trajín cotidiano. Son dos mundos los que trotan por las calles de la capital en busca de una marca, de un sueño, de una superación, de renovar el amor. Hay una mayoría de atletas, miles y miles sin más pretensiones que llegar a la meta, de llegar al final, al beso con el amante. Y hay esa élite mínima de espíritus etéreos africanos que se eleva, angélica, flotando sobre el asfalto, de zancada prodigiosa, de concentración interior, de esfuerzo fácil en la mirada agónica. Y oyes el silencio que trasmiten los corazones agitados de los atletas, los oyes, oyes sus pulsaciones como un tambor que sonara en una sala de música, como si interpretaran un concierto, un estruendo de compases armónicos bien afinados, bien ejecutados por la batuta de un gran intérprete, el atleta. Y cuando llegas a la meta después del calvario kilométrico, ¡hemos vencido!, te reúnes de nuevo en el beso, en el abrazo con el amor, con ella, con él, con la maratón.   

La carrera a su paso por el km. 31, en la Casa de Campo.

El keniata Mike Chematot, en la foto a la derecha, fue el ganador, con un tiempo de 2.08.46. Veinte añitos tiene la criaturita.

Fotos de Terry Mangino


Menchu Gal, un descubrimiento extraordinario

Carmelita Flórez

Nunca ha sido fácil ser mujer artista en España. Y menos en aquellos tiempos difíciles en los que le tocó vivir a Carmen Gal Orendain, nacida en Irún en 1919. Menchu ingresa con 15 años, 1934, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, y reside en la Residencia de Señoritas, que dirigía María de Maeztu. Un centro de formación donde la mujer es protagonista pero que no pudo sobrevivir a los terribles acontecimientos que se declararían en julio del 36. Menchu Gal tuvo que refugiarse con su familia en Francia, donde también le tocaría vivir la terrible experiencia bélica que se declara en 1939. Acontecimientos, que, sin embargo, no influyeron dramáticamente en su visión artística, siempre modelada por el color y la alegría.

Menchu Gal en su estudio de Madrid, a comienzo de los años 40.

Menchu Gal es de la generación anterior a Isabel Quintanilla, Amalia Avia o María Moreno, todas ellas grandes pintoras que tuvieron que subordinar su faceta artística a su condición femenina. En 1945, Menchu regresó a Madrid donde tuvo el privilegio de conocer casi al final de sus días a Gutiérrez Solana. Y la obra de aquella fascinante generación de pintores de la escuela madrileña: Benjamín Palencia, Rafael Zabaleta o Díaz Caneja. Más tarde, en los años setenta, formó parte del grupo de artistas que en el País Vasco buscaban nuevas formas de expresión como Eduardo Chillida, Jorge Oteiza, Luis Vallet o Gaspar Montes Iturrioz.

Menchu Gal en Fuenterrabía en los años setenta, con Gaspar Montes Iturrioz, Benjamín Palencia, Eduardo Chillida, Luis Vallet, Manolo Monte y Jorge Oteiza.

Sus paisajes coloridos de su tierra natal y de la Castilla interior muestran esa faceta de observación minuciosa y tratamiento creativo reservado a los más grandes. Fue también una excelente retratista.

Retrato del pintor José Vela Zaneti, 1977.

En la galería del Espacio Cultural Serrería Belga, en Madrid, se expone una interesante muestra de su obra que recoge las inquietudes pictóricas de una artista poco conocida, pero de indudable valor. Todo un descubrimiento de una gran pintora que emociona, sorprende y cautiva por su arte. Vayan a verla, la disfrutarán.

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Isabel Quintanilla


Señoras de negro, señores de blanco: Semana Santa

Diálogo entre Carmelita Flórez y Terry Mangino (también fotos)

—La milicia y la religión siempre han ido de la mano. Ahí tienes al energúmeno ese del despacho oval, que se reúne con un montón de pastores evangélicos, todos muy trajeados, todos muy arrebatados de fervor mesiánico rezando a la vez, un rebaño que le apoya en su lucha contra el mundo para que pueda bombardear a su enemigo con la ayuda de su dios, porque todo el que no piensa como él es su enemigo. Es la nueva Inquisición, una justificación medieval de la violencia, como si el ídolo sagrado de su estulticia le diera licencia para matar.

—Sí, las religiones sólo han servido para que la humanidad se enfrente entre ella a lo largo de la historia según sus creencias. Cristianos contra judíos, musulmanes contra cristianos, musulmanes contra judíos, judíos contra islamistas, ultraortodoxos apoyando al Kremlin, todos contra todos por asuntos de fe. Las Cruzadas. No deja de ser una cruzada la que vive Oriente Medio. Esos ayatolas bárbaros triturando a su población civil. Ese justiciero del Caribe dispuesto a liberar al oprimido enarbolando la bandera de su libertad, de los bombardeos, declarando el apocalipsis con la falsa excusa de que en Teherán existen armas de destrucción masiva. Ese mandamás judío sanguinario dispuesto a seguir matando a seres inocentes, a niños, a viejos, a personal sanitario, a periodistas que denuncian sus crímenes, a mujeres para evitar ser procesado por la Justicia de su país.

—Guerras y guerras, ese es el patrimonio que han dejado a lo largo de la historia del mundo el enfrentamiento de las religiones entre sí.

—Admiro a esas señoras que se engalanan para desfilar marcialmente en la procesión junto a una talla de madera. Tan guapas ellas, tan inmersas en su papel de madonas, rozando la gloria el viernes santo. Sí, será eso, la fe mueve montañas.

—Sí, porque no deja de ser una montaña la que mueve ese grupo de cofrades que cargan sobre sus espaldas una imagen de un cristo penitente, o de una virgen afligida por la pérdida del hijo. Pertenecen a un gremio, a un grupo social determinado que vive como una fiesta interior la eclosión de sus ideales, la religión como fin primero de su existencia.

—Caballeros con terno distintivo, mantillas, peinetas, traje de estreno, peluquería y afeites. La mujer del césar, de oración, de sacristía no sólo debe serlo, sino también parecerlo. Es una ocasión única, mostrarse a los demás como miembro de una casta, un rasgo de distinción, de prestigio efímero, el clan del fervor.

—Sí, necesitamos el respaldo que nos proporciona pertenecer a un grupo social, a una peña de un equipo de fútbol, a un partido político, a una asociación de amigos como yo. Entre ellos me siento bien. Somos profundamente gregarios.

—Todo es efímero. El lunes próximo todo habrá terminado y los envites de la vida nos llevarán a la normalidad.

—Sí, a la normalidad de la tensión internacional, al belicismo, a la masacre de víctimas inocentes, a los bufidos rabiosos del rubio gordo, a sus amenazas groseras.

—Tendremos que rezar más para que dios se ponga de nuestro lado, como lo está ahora del lado de la muerte.


Procesiones del Divino Cautivo por el centro de Madrid, jueves santo.

Y procesión de los alabarderos, calle Bailén, Madrid, viernes santo.


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Viaje a la Mancha: Dulcinea nos espera

Carmelita Flórez

Aunque la historia es sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aún creída de los viejos y, con todo esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma, profundizar en las andanzas y desventuras de don Alonso Quijano, el bueno, recorriendo sus itinerarios manchegos, es tarea digna de encomio y celebración que aún hoy, viajeros impenitentes emprenden con ahínco, tal vez movidos por el mismo espíritu que movió al caballero a dejar su aldea y aventurarse en desfacer entuertos, proteger a los menesterosos, abatir a los soberbios, socorrer doncellas o enderezar los muchos agravios que la malicia y perversidad de los hombres ocasionan.

Hechas, pues, estas prevenciones, tal es el encomiable motivo del ilustre caballero del pedal don Pascual Izquierdo, que, en su relato “Viaje a la Mancha. En busca de una nueva Dulcinea”, nos introduce en la cueva de Montesinos de una aventura viajera a golpe de pedal por los caminos que recorriera el Caballero de la Triste Figura, pero en la Mancha actual, del que no podrá salir sino airoso y con regocijo por lo que en él se cuenta: sabrosas observaciones contempladas en su amoroso batallar, el lector que emprenda el camino de su lectura. Libro de viajes a la antigua usanza con la modernidad del tercer milenio, resaltando el espíritu caballeresco de nobleza, y la modernidad clásica de sus palabras, en contraposición a estos inciertos tiempos tecnológicos que nos aturden por la perseverancia de su estulticia.  

Pascual Izquierdo durante la lectura de su libro de viajes el pasado 24 de marzo de 2026 en el Hogar de Castilla-La Mancha, en Madrid.

Pascual Izquierdo, filólogo, ingeniero de Telecos, discípulo de Bécquer, de Clarín, de don Benito Pérez Galdós, poeta, viajero impenitente y hacedor de decenas de guías de viaje de toda la geografía carpetovetónica, se ha entregado en este su libro andariego a recoger la memoria de aquellas caminatas y recorridos fineseculares que pedalearon un grupo de amigos por Campo de Criptana, por Tembleque, por Madridejos, por El Toboso, por Consuegra, por Puerto Lápice, por Herencia, por Alcázar de San Juan, por Villafranca de los Caballeros. A veces los aguerridos ciclistas se topan con don Francisco de Quevedo en Villanueva de los Infantes, o con Lope de Vega, o Góngora, o con un don Camilooo aún no doblegado en el exceso fornicador con que se cubría y antes de que rellenara con pendejadas su vocabulario soez.

Un abanico y mosaico de personajes variopintos son los que observan por sus páginas los asombrados viajeros, pálpito de la realidad, lucha quijotesca contra el sometimiento a los teléfonos móviles, estéril empeño el que emprenden los protagonistas aventureros abrazados a don Quijote. Tal vez persiguen encontrar ninfas adolescentes, o la policromía de unos labios tentadores de Eva, o la belleza tan misteriosa como inalcanzable de aquella Dulcinea que tenía la mejor mano para salar puercos, o la ficción y la realidad fantasiosa recreadas por unos personajes tan ciertos como falsos. La Mancha viajera. Sí, aquí, en este viaje manchego en busca de Dulcinea hay busilis.  

Hazme un sitio en tu montura caballero derrotado que yo también voy cargado de amargura y no puedo batallar, hazme hueco entre tus páginas, ponme a la grupa contigo caballero del honor y llévame por el Viaje a la Mancha, en busca de una nueva Dulcinea, a ser contigo, contigo, pastor.


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