Domingos al sol en El Retiro

El 63 o el 64 —y aquí flaquea un poco mi memoria— mis padres me mandaron a Madrid a estudiar Derecho, y vine a esta corte y entré en la Universidad, donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía… Escapándome de las cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital. Mi vocación literaria se iniciaba con el prurito dramático, y si mis días se me iban en flanear por las calles, invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias. Frecuentaba el teatro Real y un café de la Puerta del Sol…

(Benito Pérez Galdós. Memorias de un desmemoriado)

EL RETIRO, ese parque y pulmón de la urbe por el que pasea la libertad y se mueve el amor con desparpajo, crisol de culturas y de razas, de echadores de cartas, de atletas urbanos de media milla, de artistas itinerantes, de pintores alternativos, de fotógrafos minuteros, de ilusionistas, de héroes falsos de cine, gentes venidas de todas las tierras y condiciones, la sonrisa se dibuja en la cara de los niños con el globo de Mickey Mouse y hay hombres orquesta y saxofonistas y tenores y percusionistas que un día actuaron con Iturralde o con Plácido Domingo o en la orquesta de Compay, porque soñar es gratis y cada uno se inventa su grandeza. El abrazo reconfortante, la primera cita, la primera ilusión, el traje de fiesta. El Retiro, un domingo cualquiera del mes de enero, el tímido sol calienta al paseante bajo los castaños deshojados, la alegría baila con la vida en la plaza del ángel caído, los adolescentes descubren el beso asomados al estanque. Sirenas y tritones les hacen un guiño a las gaviotas. Las hurracas, las palomas y los gorriones se disputan el pastel del niño llorón. Don Benito, en silencio, tal vez pergeña una comedia desde su atalaya de mármol.

Agustina de Champourcín


Fotos de Terry Mangino. Domingo, 15 de enero de 2023


Nicolás Redondo, el martillo del Nervión

Gabriel de Araceli

Muchos años después, frente al pelotón de la memoria, el teatral Alfonso Guerra había de recordar aquella tarde remota en la que Isidoro lo llevó a conocer la gloria: “En Suresnes [octubre de 1974], Felipe parecía el niño Jesús dirigiéndose a los doctores del templo”, rememoraba. Aquellos doctores que penaron el exilio perpetuo alejados de la realidad de su España republicana, que ahora se veían relevados por unos jóvenes del interior y que dudaban de que aquellos imberbes letrados laboralistas representaran los ideales sociales y las esperanzas de un futuro mejor por los que habían luchado a lo largo de treinta y cinco años de ausencia. Fue el comienzo de una gran rivalidad entre dos líderes nacidos de la causa común del socialismo: Felipe González y Nicolás Redondo. Político uno, presidente del Gobierno; y sindicalista el otro, secretario general de la UGT, que forjados en la clandestinidad y en la transición emprendían un enfrentamiento, con acritú, a las puertas de los tiempos en los que España era una fiesta.

José María Cuevas, presidente de la patronal CEOE, Nicolás Redondo y Antonio Gutiérrez, CCOO, en la cumbre que las tres organizaciones celebraron en Madrid, el 23 de septiembre de 1992.

Porque España era una fiesta en 1992. Aunque ya habían sufrido los hermanos en el sosialismo sus malentendidos: aquella huelga general de 1988, la desconexión de la TVE, la única existente entonces, a las cero horas en punto de la noche del 14 D; aunque las huelgas generales se reprodujeran el mismo 1992 y en 1994. En el fondo eran compañeros de partido, eran sosialihtas antes que marxihtas. Y abogaban por un país mejor, con mayor renta per capita, con mejor distribución de la riqueza, con libertad de información, con mejores condiciones laborales y derechos sociales, plena democracia, estado del bienestar después del pelotazo que supuso la incorporación de España al Mercado Común en 1986, Manuel Marín descabezando un sueñecito en su despacho de negociador en Bruselas. Teníamos un tren de alta velocidad que era la envidia del mundo, una Expo en Sevilla que era una maravilla. Y Fermín Cacho devoraba a sus rivales con la saña de un Zeus olímpico en la recta del mil quinientos. ¡Qué alegría ver al Rey (entonces no era aún emérito) brincar de emoción en el remozado Montjuic! ¡Cómo reían las infantas soñando, tal vez, con algún balonmanista en Vallvidrera! ¡Qué guapo que era nuestro juvenil principito! ¡Qué lealtad convergente la de Jordi!, no tan lejos, aún, de Andorra. Éramos felices, creíamos en el milagro español. ¡Amigos para siempre!

Y entonces, en mitad del éxito, llegó Solchaga y su política de ajustes liberales y restricciones económicas. Se pasó del esplendor manirroto a racionar las sobras y a los comedores de derechos sociales. Se impuso una política económica de contención de gastos y a repercutir los excesos de todos entre la masa única trabajadora. Y aquello, Nicolás, el martillo del Nervión, no lo digirió sin bicarbonato. Redondo había crecido en la reivindicación obrera de la metalurgia bilbaína, se afilió al PSOE en 1945 y se forjó como sindicalista en la clandestinidad (detenido en varias ocasiones) del franquismo, opuesto a la reconversión industrial del primer gobierno socialista —28 O de 1982— y a la entrada de España en la Alianza Atlántica (¡qué ingenuo parece ahora aquel lema de “OTAN, de entrada: NO”! 1986). Su carácter indómito chocaba con la liberalidad del ministro de Economía y Hacienda, don Carlos, del mismo Tafalla. Y a él se enfrentó durante todo el período que coincidieron ambos en sus cargos, de 1985 a 1993. Ese enfrentamiento se extendió a Isidoro, su delfín propuesto como recambio muchos años antes, en Suresnes. Además, le estalló en las manos la mala gestión de la cooperativa de viviendas PSV. Una iniciativa de promoción de viviendas sociales (basada en la experiencia de los sindicatos alemanes), cuyo interés oculto trataba de ampliar las finanzas del sindicato y su poder enfrentándose al poder político de la secretaría general del PSOE a través de la masa social de cooperativistas. La UGT pagó caro aquel desliz y Nicolás Redondo presentó su dimisión como líder del sindicato (en 1987 había dimitido ya como diputado) en 1993. Cándido Méndez tomó las riendas de una UGT a la deriva.

El álbum de fotos de Nicolás Redondo está lleno de protagonistas que forman parte de la historia de este país. Felipe González, Francisco Fernández Ordóñez, Marcelino Camacho, Santiago Carrillo, Tierno Galván, Javier Solana, Enrique Múgica, Gregorio Peces-Barba, Leopoldo Calvo Sotelo, Rodríguez Sahagún, Manuel Fraga, Ferret Salat, Julio Anguita o Nicolás Sartorius son algunos de los cromos que ilustran las páginas del ajetreado tiempo que le tocó vivir. Recias personalidades que contrastan con la mediocridad parvularia de los dirigentes políticos actuales. Y tiempos de reivindicación social, de agitación popular, de reclamación de derechos y libertades, de contestación contra el sistema y los valores que el antiguo régimen dictatorial español y el nuevo monetarismo de la Escuela de Chicago (Milton Friedman) auspiciado por el neoconservadurismo del tándem Reagan-Thatcher propugnaba como solución económica a comienzo de los 90.

Tiempos de protesta que contrastan con la dejación reivindicativa social en la que nos encontramos. El soma de la tecnología, de la telefonía móvil, de las redes sociales, de la telebasura, de la irrupción del bronca-fascismo en la política nacional, o de la liquidación constante en los planes de estudios de cualquier asignatura que suponga el esfuerzo de pensar, la revisión del pensamiento o la crítica filosófica o la catarsis permanente de la conducta humana ha conseguido una sociedad dócil, amorfa, ignorante, cautiva del parné, que renuncia al escrutinio y a la protesta, conservadora de su vulgaridad, que basa sus derechos y su triunfo social en conseguir un móvil de 1000€ y su libertad en pimplarse unas birras en una terraza callejera de Chamberí, aún a costa del covid19. ¡Felicidad, qué bonito nombre tienes!

 Así que, Nicolás Redondo, el vaso de nuestra juventud de chacolís que vivimos escuchando tus proclamas sin entenderlas muy bien, levantamos a tu recuerdo y a tu salud, rey del país del sueño y la quimera, por aquel invierno que hiciste primavera.


Fotos de Terry Mangino


Ya queda menos para la san Silvestre 2023

Agustina de Champourcín

Para Ángel Maté, que ahora pedalea por los Campos Elíseos al lado de Berrendero, de Coppi, de Bartali, de Anquetil, de Ocaña, de Fuente, de Fignon, de Pantani.

ALFA Y OMEGA. El final de un año o el principio de otro. Corren los atletas populares por el Aqueronte de la calle Serrano entre chalecitos de gentes bien, lleno de delegaciones diplomáticas, del Ramiro, del CSIC y de colegios ultracatólicos en busca de la gloria efímera que se obtendrá contándoselo después a la familia durante la cena de nochevieja, sacrificándose al dolor, como ofrenda a un Zeus generoso que nos redima de la gula, para zamparse después, sin pudor, el aperitivo de los vermús y la caña de lomo salmantino, como auto-absolviéndose del pecado posterior de los langostinos, del cordero y de las botellas de cava, para redimirse de los excesos del 2022. Un tiempo trágico dominado por un tirano sanguinario que vive en el frío. Corren, ¡muchedumbre!, desde la catedral excesiva de Florentino a la ermita arrabalera del Rayo Vallecano. Miles y miles de corredores anónimos y uniformados, como sus vidas, empeñados en demostrarse que en el martirio de la carne está la superación del espíritu. El último carnaval del año, es hora, una hora, apenas el tiempo que dura la carrera, de otorgarse la bula indispensable para alcanzar la estabilidad, el equilibrio, la serenidad en el ánimo y empezar con buen pie —¡mecachis, casi me doblo el tobillo pisando a ese gordo que se ha caído delante de mí en la cuesta de la Albufera!—  el prometedor año nuevo. Ese torrente azul, democrático, esforzado, sudoroso que va a dar a la mar del año nuevo, se llena de caudales de gentes medianas o chicas que desembocan en el campo del Rayo y suben después exhaustas al metro, al río subterráneo para retornar a la realidad de las vidas y reemprender el mismo camino del año que acaba. Porque el destino del ser humano es repetir, como Sísifo, la misma ascensión sin rumbo al vacío y descenso a los páramos de la mediocridad.

Caronte, no seas severo y ábrenos, una vez sólo, la puerta del paraíso el año 2023.  


Fotos de Terry Mangino


2022, el año del caníbal

Agustina de Champourcín

Pequeñajos, malencarados y poco hábiles para el amor, para el placer venereo, para el bien: Napoleón, Stalin, Paca la culona, Hitler, Mao Tse Tung, Alí Jamenei, el ogro de Exteriores ruso, macabro Putin… Quizás por eso necesitan demostrarse a sí mismos que son líderes en algo y asesinan semejantes y llenan de cadáveres, destrucción, miseria y muerte sus actos amparándose en la gracia de dios, pour la liberté, en razones de Estado o en la superioridad de sus países. O quizás sea por una cuestión de autoestima, de vanidad, de frustración sexual, de ego deficiente. Un genocida sanguinario, un macho alfa, se ha cargado cientos de miles de muertos a su chepa sin el más mínimo reproche, sin ningún escrúpulo, sin la menor duda sobre la bondad de su gesta, sin contrición alguna. Una guerra cruenta ha conmocionado a un planeta al que ya casi nada le conmueve. El monstruo que vino del frío ha extendido la hecatombe por el orbe y se muestra altivo y orgulloso de su macabro crimen de lesa humanidad. Cada día el espectador contempla los informativos con angustia creciente: cuerpos desgarrados, guerra, subida del precio de los alimentos, de la gasolina, inflación galopante, destrucción de la sanidad pública, vocerío fascista, bronca parlamentaria… Acostumbrado al horror que vierten los telediarios el ciudadano de occidente ve desmoronarse su estado de bienestar y barrunta frente al televisor si será esa batalla la última noticia de la existencia humana, si estará próximo un final neutrónico patrocinado por locos dirigentes ensoberbecidos por la sangre que vierten. Sólo se arrima a la esperanza de que los tiros no se acerquen por su barrio.

La inocencia aún existe. Lejos del horror siberiano, por las calles de Madrid, unas mujeres jóvenes vestidas de blanco, casi niñas, aún creen en el amor y disfrutan exhibiendo su alegría danzando a brincos trepidantes con Vivaldi y el flamenco. Divina juventud, bailan con la sonrisa en los labios, ajenas al terror homicida del Kremlin, lejos de la desgracia que se cierne al otro lado del hemisferio. Y contagian su ingenuidad al espectador. Se ponen el mundo por montera, con alegría infantil para mitigar el año horrible y llevan por unos segundos la sonrisa a los gestos agotados del sufrido ciudadano. Una esperanza.


Fotos de Terry Mangino tomadas a lo largo de 2022 en Madrid


En la tómbola del mundo yo he tenido mucha suerte…

Versos de Pascual Izquierdo. Fotos de Terry Mangino

NAVIDAD 2022

La luz, siempre la luz
sobre espigas y mástiles,
sobre surcos y gárgolas.

La luz, siempre la luz
alimentando los asombros
de las miradas más tempranas.

Luz en aceras y cristales,
en bocas y campanas,
en la penumbra de un portal,
en el alborear de una crisálida.

La luz, siempre la luz.

Para que cuando ya se apague
el frenesí de las luciérnagas
quede un rastro de júbilo amarillo
en la memoria de la escarcha.

Un rastro que brille en los zaguanes,
ilumine los labios humillados
y las aceras solitarias.


Pascual Izquierdo


Fotos tomadas por Terry Mangino en Madrid, el domingo 18 de diciembre de 2022