Carmelita Flórez
La infancia es el paraíso del ser humano y a ella regresa Javier Puebla para recordar con sus poemas aquella felicidad que disfrutó de niño. “El hijo de PETER PAN”, su libro de versos, es una recuperación de aquel tiempo en el que nos creíamos eternos y todo a nuestro alrededor evocaba la alegría del comienzo. Peter Pan, el eterno adolescente incapaz de enfrentarse al crecimiento, siempre presente en la eternidad de un instante. Y llegó el hijo, que era como un vértigo porque «de pronto se comprende que hay un ombligo en el mundo que es más importante que el tuyo».

El protagonista es el niño y es el padre a la vez, que en sus palabras se sorprende de su creación, del pulso vertiginoso que debe afrontar en la vida para mantenerse feliz, fiel a la inocencia, fiel a la infancia. «Tal vez porque el espíritu no se hace viejo tenemos la guardia muy alta para no hacernos daño», aunque pesen en la memoria las amarguras del pasado. Aquella generación de los 70 y 80 que se fue masacrada por el sida, por la heroína, que con su muerte nacieron para el recuerdo. Javier, como PETER PAN, prefiere la noche y pasea por ella en solitario, para no crecer, para cuidar de sí mismo recordando la magia de la niñez, la pureza del alma. Ya no tiene edad. ¿Qué es la edad?, se pregunta riendo en la isla que no está en ningún mar, como cuando le hacía cosquillas su mamá.

Javier ya sabe que «todas las buenas acciones tienen su castigo». Tal vez por eso se adentra en la infancia, para mantenerse asido al esplendor, a la luz con la que descubrimos el mundo. Su libro es una isla de magia continua, diversiones sin parar, risas y sonrisas aleteando en las caras de los niños. Una proclama a la felicidad, a la paternidad. «Ser padre es lo mejor que le ha pasado nunca. Jamás».

«Se recomienda leer el libro en voz alta», propone PETER PAN, bueno, su padre, Javier Puebla.





























































