El Nota y el Phantom

Teodosia Gandarias

     —El Nota.

—El Phantom, yo soy el Phantom.

No era cosa de dejarse acojonar por Lebowski. Además, jugando a los bolos el Nota era una mierda. Lo comprobé después de que le dejara ganar la segunda ronda. Le había roto los esquemas, se tragó que yo era un tipo fácil, le dejé que meara dulcemente su satisfacción sobre la moqueta de la recepción de la bolera. Le conté un cuento chino filipino sobre la necesidad de compensar la fuerza centrífuga que la bola desarrollaba al contacto con el suelo con una ligera inclinación motriz rotando inversamente la cadera al lanzarla en sentido contrario a las agujas del reloj: rotación levógira; dextrógira si la bola rotaba como el Big Beng, pero a mil quinientas revoluciones por minuto. Borracho como estaba, el Nota no se enteró de mis mentiras, me miraba con aires de suficiencia, me despreciaba, se creía el rey del mambo de los bolos. Era demasiado joven para encontrar la verdad. Me miró como si viera a un novato. Además, apenas si entendía el castellano.

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—Escucha, Nota —y le rellené de gin-tonic el vaso por cuarta vez—, eso lo hacíamos en Saigón durante los permisos. Pilotábamos un Phantom F4E. Yo, de artillero, mi cañón rotativo Vulcano M61 disparaba 6000 proyectiles por minuto gordos como un hot dog , suficiente para que me cargara a más de treinta Mig 25 que el hijo de puta de Brezhnev había regalado a los charlis de Ho Chi Minh. El Alto Mando nos tenía dos semanas por encima del paralelo 17 y seis semanas por debajo. Pero, muchacho, tú de eso no sabes nada. Sí, he de reconocer que nunca vi al capitán Willard. Allí no veíamos a nadie. Íbamos siempre ciegos de ácido lisérgico, de puto LSD. Nuestra forma de sobrevivir a aquella locura. ¿Sabes lo que es el LSD?

El Nota era mucho más joven que yo y no tenía ni puta idea de lo que era el ácido lisérgico, pero su aspecto desafiante me tocaba los cojones. Estaba en Madrid como becario de una universidad yanqui, la Johns Hopkins, que lo había enviado a estudiar la influencia que el desafecto entre Dos Passos, Hemingway y los brigadistas de la Brigada Lincoln, durante la contienda, causó en la generación perdida. En realidad, El Nota era un aprendiz de espía que la CIA había enviado en prácticas a Malasaña para que se enterara de las redes que el servicio secreto iraní había establecido en ese barrio bajo el disfraz de fruterías, carnicerías halal y tiendas de alimentación que regentaban los persas, unos pobres desgraciados que habían huido de Teherán por miedo a los ayatolas y que las pasaban putas en Madrid vendiendo cebollas, jamón york y hortalizas. Que la CIA no tenía pajolera idea de a qué se dedicaban los persas lo expresaba el hecho de que hubieran enviado al descerebrado del Nota como espía. No podía permitirme que aquel niñato se cachondeara de mí. Podría ser su padre. Yo, lo más militarizado que he volado ha sido en los Hércules C-130. Un pedazo de avión con cuatro motores turbo-hélices que hacía una ruido de la hostia pero era capaz de planear con 120 soldados en su interior casi desde Tenerife hasta Cádiz. Pero que el Nota fardara de que le llamaban el Nota me jodía. Así que yo me inventé un montón de mentiras para que cerrara su puta boca de mierda. Además, el Nota estaba borracho como una cuba.

—Escucha, Nota, yo no tengo nada contra el gin-tonic, el verano es muy largo y se hace necesario refrescarse el gaznate. Así que tómate todo lo que te salga de los huevos, aunque revientes, pero tenemos que continuar la partida. Recuerdo una vez cerca de El Aaiun, antes de que la Marcha Verde y el Frente Polisario empezaran a jodernos, hacía un calor de la hostia, todo era arena y sol, un sol que te derretía los sesos, y todo lo que teníamos para beber era el pis de los camellos. Así que me acerqué al check point charlie de Tarfaya para cambiarles a los marroquíes grifa por las botas de Segarra reglamentarias de mi uniforme de caballero legionario. El mando lo sabía, pero como debía mantener alta la moral del combatiente hacían la vista gorda. Es más, cada mes nos entregaban un par de botas nuevas con la condición de que les pasáramos una comisión por los beneficios que obteníamos en Tarfaya. La resina también les valía. Aquellos veinte kilómetros estaban sembrados de minas que el alto mando español había enterrado para evitar que el moro se metiera en el Sahara, pero yo sabía que no había ni una puta mina, que todo era propaganda del servicio de desinformación militar, que no había una puta pela para gastársela en bombas y que aquello era más seguro que desfilar en el día de la victoria por la Castellana. Así que me subía al Land Rover Santana y en Tarfaya lo cargaba de todos los petas que podía llevar aquel cascarón para el desguace. ¿Me escuchas, Nota?, te doy la revancha —le decía—, no te quedes dormido. Sí —me contestaba con los ojos cerrados—, te escucho, hablabas no sé qué del paralelo 71. Eso es, Nota, tú siempre al loro. Vamos a 500 euros la apuesta. ¿Mola? Sí —dijo El Nota—. Pues ponlos encima de la mesa como yo. Dólares también valen. Y allí que puse diez billetes de 50 euros más falsos que el discurso de un político. Miré desafiante al Nota. Pon la pasta, le dije. Cincuenta y otros cincuenta y otros cincuenta más y otros cincuenta más, así hasta cinco mil más, ahora te toca poner a ti otros cinco mil, Phantom —me dijo el Nota. Yo, la verdad, me mosqueé, que aquel borracho hiciera aquella apuesta no entraba en mis planes. Pero aquel imberbe de mierda —debo reconocer que medía dos metros, igual que los dos amigos yanquis que le acompañaban, tan cachas como él— no iba a alterar mis planes. Y además, se había tragado ya seis gin-tonic por el esófago. Para completar la apuesta tuve que pedirle crédito a don Pascualino, el jefe, frío como el hielo y dueño de la bolera, que a veces me fiaba. Ya sabes —me dijo don Pascualino—, veinticinco por ciento, por ser tú, pagaderos en tres días. Don Pascualino nunca sonreía, nunca bebía, nunca fumaba, nunca hablaba una palabra de más. Detrás de don Pascualino estaban Emilianino, Fredo, Simonetto y el Canario, digamos que eran sus guardaespaldas. Nunca sonreían ni fumaban ni hablaban ni bebían, pero componían sonetos alejandrinos y te miraban detrás de sus gafas de sol como si fueras invisible, como si tu existencia se acabara de repente en alguna cuneta al caer la noche.

Siempre he tenido mucha confianza en mí mismo. Mi autoestima es asombrosa. Sí, es cierto que soy agraciado, inteligente, bien dotado, conversador, que sé de libros, de pintura, que me va bien con las mujeres, con todas excepto con la mía. Y aquella ocasión no se podía desperdiciar. Aunque moralmente debo decir que mi sentido de la ética está muy desarrollado y no me parecía bien aprovecharme de aquel chaval al que le había contado una milonga de aviones y de desiertos para emborracharle. Aún así salté a la cancha con mi bola preferida que no me abandonaba desde hacía más de veinte años. Tu bola preferida tiene que ser una prolongación de tu brazo, de tu mano, de tus dedos, de ti mismo, una amiga a la que confiar tus secretos. Incluso tenía un nombre secreto, yo la llamaba Guarrona. Sí, ya sé que no es un nombre muy elegante, soy un jugador de bolos, no un poeta, pero cuando introducía mis dedos por sus oquedades íntimas era como si tanto ella como yo nos complementáramos. Así que agarré a Guarrona, introduje mis dedos en sus orificios, salté al parqué y con un elegante cimbreo de caderas resbalé mis zapatos de gamuza azul lanzando a Guarrona a más de quinientas revoluciones por minuto en sentido dextrógiro. ¡Paf! Impactó contra los bolos como el arroyo que brinca de peña en peña. Todos los bolos cayeron de golpe. Bueno, no todos, el situado en el extremo izquierda anduvo cimbreándose como chopo que al cielo se despereza y cuando toda la bolera —debo decir que todos los asistentes de la bolera me hicieron corro sabiendo lo que se jugaba— pensaba que el bolo terminaría inclinando la cerviz como un toro descabellado, el bolo se reincorporó de improviso y se quedó más clavado en el suelo que el palo mayor del Juan Sebastián Elcano. ¡Mierda!, pensé. Mientras tanto, El Nota se trincaba su octavo o noveno gin-tonic, nada de Larios ni de Beefeater ni Tanqueray ni Gordons, que yo sé que don Pascualino rellenaba las botellas con ginebra del DIA que había enfrente de la bolera. Sí, es cierto que todos los ojos de la bolera me miraban, que aquello fue un momento irrepetible. Aunque mi equilibro emocional es tan grande que no me causó ningún menoscabo ni siquiera que Emilianino, el Fredo, Simonetto y el Canario me miraran desde la oscuridad de sus Ray Ban. Así que agarré a Guarrona y repetí el mismo movimiento de caderas que había hecho anteriormente, aunque ahora proporcioné a la bola una rotación en sentido levógiro para que pudiera acercarse al bolo suavemente, como flor de azahares sobre la tierra.

Guarrona fue aproximándose dubitativa hasta el bolo, giraba como una peonza, avanzaba furiosa como un panzer, tanto que, apenas unos milímetros antes de impactar con su objetivo, se desvió hacia la izquierda y se incrustó en el canal ante la indiferencia inerte del bolo. El impacto contra la pared fue tremendo, el que me llevé yo, quiero decir.

El Nota se levantó tambaleándose, los ojos rojos de etanol, babeando por las comisuras de los labios. Agarró tembloroso la primera bola que encontró en el servidor y toscamente la lanzó sin ni siquiera cimbrear las caderas ni resbalar los pies por el parqué. La bola trazó una trayectoria de tiralíneas sin desplazarse un milímetro del eje central del parqué, ni siquiera un puto milímetro, ni siquiera trazó una elegante rotación, ni levógira ni dextrógira, nada de nada. Pero impactó con tanta contundencia sobre el primer bolo que este arrastró a todos los de atrás y se desplomaron al instante con un ruido atronador. Después se volvió hacia la mesa donde estaban los cinco mil euros y se los guardó en una cartera horrorosa confeccionada con tela de camuflaje. Es del uniforme de un charli, me la trajo mi papá de Vietnam, me dijo en un castellano muy mal hablado. Sí, me di cuenta enseguida, el Nota era un novato. Tuvo suerte. El Nota invitó a toda la bolera a gin-tonic y le dio veinte euros de propina a la camarera cuando él y sus dos yanquis se marcharon a comprar carne en un halal. Yo nunca bebo de ese alcohol porque sé que es de garrafón, así que no pude aceptar la invitación del Nota. Tampoco él lo sintió mucho.

A veces te comes el oso y otras veces el oso te come a ti. Lo sé porque los veo con frecuencia. Pero sería más duro si me las viera con don Pascualino y sus muchachos. No me quedó más remedio que huir a las Montañas Rocosas. Ellos saben que estoy por aquí. Es más, sospecho que el Phantom F4 que veo con frecuencia sobrevolando estos parajes debe estar pilotado por el Fredo y el Canario que me buscan por todos los rincones del planeta, aunque creo que retiraron del avión el cañón rotativo Vulcan. Han puesto precio a mi cabeza: 5000 euros, vivo o muerto. Por eso prefiero los encuentros con los osos grizzlis. Aunque nunca les cuento ninguna historia de Saigón o de El Aaiún, no lo comprenderían. El Nota tiene la culpa de mis silencios. Ah, no he vuelto a saber nada de Guarrona.

El hombre de mi vida

Gabriel de Araceli

      »¡Magnífica! Con un par, con lo que hay que tener, tú sola, Pitita, enfrentándose a esos policías nacionales del ministro al que dieron un bolso en lugar de cartera, que nos ha robado a nuestros policías de siempre. ¡Hombre!, ¡que ya está bien! Que siempre la policía ha sido nuestra policía y no la de ese ministro mari, mari.

     Doña Pitita está eufórica, la saludan por la calle porque es la heroína del barrio bien de Madrid. Que aparezca en el periódico de referencia en España detenida por media docena de hercúleos policías ha llenado de envidia a sus mejores amigas y a ella la ha catapultado a la fama. ¡Rodeada por tanta carne masculina! Es como Agustina de Aragón, o de Callao, enfrentándose ella sola a las peligrosas turbas de extrema izquierda bolivariana que gobiernan el país. Negacionistas del virus o de que el hombre llegara a la Luna, antivacunas, tierraplanistas, o creacionistas convencidos de que el universo lo creó un dios barbudo en seis días hace seis mil años forman un retablo de conspiranoicos que ha encontrado en las manis antimáscaras las mismas razones antisistema contra las que sus abuelos levantaban los adoquines en el 68 parisino. Todo tiempo tiene sus contradicciones y la acción-reacción del péndulo de la historia ahora se mueve por el arco de la reacción, o de la contra. Los rebeldes buscan causa que les dé un sentido a su existencia.

      Veinte años antes, en 2000, Pepe Carvalho buscaba en “El hombre de mi vida”, la penúltima novela de la serie escrita por Manuel Vázquez Montalbán, una explicación a un mundo que, de repente, no comprendía. El detective se estaba haciendo mayor. Entonces eran los diferentes ismos que poblaban la Barcelona posolímpica lo que emponzoñaba su entendimiento, ya fuera catalanismo, barcelonismo, nacionalismo, satanismo, catarismo, sectarismo o pujolismo, ambiciones previas que desembocaron en el actual estado de la decadencia de las cosas. Por vez primera Carvalho se ve a sí mismo como jubilado, lejos del mundanal ruido, afrontando la oscura vida a la que le enviará la escasez de una pensión pública.

Manuel Vázquez Montalbán en El Escorial, 1990. Foto de Terry Mangino

     Tiene Carvalho un aburrimiento existencial. Y cobran protagonismo Charo y Biscúter. Vuelve ella a la renovada Barcelona, ya mayor para ejercer su oficio, tras seis años retirada en Andorra, el lugar que hiciera suyo la dinastía Pujol. Y regresa para sugerir al hombre de su vida que le acompañe en las tardes del otoño que se aproxima. Y Biscúter aparece convertido en un reputado cocinero que llena con la alegría de unas ostras la nochebuena triste del detective, la del fin del milenio. Un detective empeñado en demostrarse su vigor con una mujer de ida y vuelta, Yes, personaje extraído de “Los mares del Sur! Aquellos años de esplendor masculino y estos de anacronismos impropios del detective, que apenas si encuentra placer ni en la gastronomía ni en la quema de libros, ajeno al motivo por el que ha sido contratado: el asesinato de uno de los herederos de la alta burguesía catalanista.

      Está llena la novela de esas reflexiones y frases rotundas que acompañan a cualquier Carvalho: “Siempre tienen razón los días laborables”, o “Lo que peor se arruga es el sexo y el carisma”. Quizás le falte carisma a la novela, incompleta, confusa, recorriendo regiones extrañas de iluminados redentores nacionalistas y servicios secretos periféricos, de clanes religiosamente financieros y banqueros devotos de la eucaristía, de amantes innecesarias venidas del más allá, sin dar solución al motivo que la origina, ese asesinato sin resolver, esa investigación sobresaltada que lleva al desinteresado detective al radicalismo absoluto. Una huida que será el punto final de su profesión y el comienzo del viaje alrededor del mundo que Carvalho y Biscúter emprenderán en “Milenio”, la novela póstuma de Vázquez Montalbán, fallecido en octubre de 2003, en Hongkong, sin imaginar que veinte años después los fantasmas que desfilan al final del milenio ante los ojos del detective han recobrado carnalidad y se han hecho los dueños del castillo. Un castillo ocupado por doña Pitita y sus compañeros de conspiración antisistema, antimáscaras, los héroes de la contra.

     Si usted tuviera que escoger entre la Literatura y la vida, ¿qué escogería? La literatura.

Lea a Carvalho, cualquiera, incluso si no es “El hombre de su vida”.


Milenio

Cangrejos a medianoche con los labios pintados de rojo cereza

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL VIRUS XII


Teodosia Gandarias

        »UN DÍA TE COMES EL OSO y otro, la vida, el oso te come a ti. Así es nuestra existencia en la tierra, don Digno. Yo no sé qué le pasó por la cabeza a la blanquita Ernestina, pero me lo dijo bien clarito: Mira, Pupito, a mí me gusta que cuando hacemos el amor me mires a los ojos y me comas los labios. Sobre todo que me beses, no más, que sienta esa boca tuya tan lozana y vigorosa en mi boca, esos dientes blanquísimos que me comen la lengua, que me comen los labios, que si después me comen todo lo demás, la carabela portuguesa y esos zafarranchos que tú me haces por las vicisitudes, pues serán bienvenidos, que si después el amigo se instala en mi cueva, pues que se quede a vivir si quiere. Pero sobre todo que me comas la boca, que me la comas tú, sabroso y despacito, muchos, muchos besos y labios pegajosos. Todo eso me dijo de una vez, sin parar, la blanquita Ernestina. Así que usté verá, don Digno, cómo se las gastan las mujeres. Bueno, ya sé, no le digo nada nuevo, que usté de esto sabe lo suyo porque ha tenido muchos amoríos por las brañas y las playas. Pero ahora, con esto de las máscaras y del virus, pues que resulta como un poco inquietante, todos embozados, todos tapándonos la jeta, que sólo es en la intimidad que nos descubrimos. Y, aún así, uno no sabe si besar o no besar a las señoras, no sea que se incomoden porque les vayas a trasmitir cualquier inmundicia. Y ya no la beso a la blanquita Ernestina. Sí, me dirá, ataque usté, don Pupo, ataque usté y déjese de remilgos, que una señora en la cama es una señora en la cama y un hombre tiene que portarse como un hombre siempre. Pero es que la blanquita Ernestina me impone cuando se retira su soutien-gorge Christian Lacroix, que yo mismo le regalé haciendo un exceso, que me costó tanto como un cargamento de ron de esos clandestinos que envío a Miami, que fue visto y no visto, que yo creía que lo iba a lucir toda la noche, pero no, que fue quitárselo y tirarlo a un rincón y apareció el firmamento repleto de lunas llenas, y yo allí, un pobre parvulito obediente a la maestra. Sí, me gustó, pero para el uso que le dio bien podría haberme yo ahorrado aquel dispendio. Bueno, sí, estaba muy guapa, muy hembra, creo, porque ni me enteré de que lo tuvo puesto. Y me impone y me quedo sin la hombría, porque se retira su soutien-gorge Christian Lacroix pero no se retira la máscara esa de pirata que se pone en la boca, que son algo parecidos esos parches escondiendo tesoros si no fuera porque el soutien-gorge me costó quinientos dólares y el parche en la boca lo regalan en el mercadillo, y yo no sé si es una mujer o una bandolera la señora a la que hago el amor, o las dos cosas, que para el amor hay que ser bandolero y pirata. Así que no cabe más remedio que amarnos a oscuras, sin vernos, y a mí lo que me gusta es vislumbrarle el rostro y ver si ella va por el buen camino o un poco distanciada del placer. Así que la blanquita Ernestina me tiene prisionero de sus gustos, que me quite la máscara, que me ponga la máscara y cualquier día me rechaza como amante y me dice que no le sirvo para sus trinos, que ya no me desea. La osita Ernestina me ha comido entero.

       —Ay, don Pupo, pues qué creía, ¿que la iba a tener toda la noche enamorada porque le compró un tetero? No, señor, confórmese con darle una vez placer y después tiéndase a su lado y bésela hasta caer ambos rendidos, que eso es el amor, una carrera hacia el cansancio. Y para que vea que usté es un hombre de verdad, yo le voy a contar la historia del timbalero Porfirio Rubiroso, un hombre que pasa por ser un gran amador, que volvía locas a las mujeres porque se daba muy buena maña tocándoles el tambor y capaz de enredarlas hasta el frenesí con sus ritmos sabrosones, con sus vaivenes de cintura, ya sabe, don Pupo, amar a las mujeres es gobernarlas y no perder el compás ¡no más!, azuquita mami, azuquita pa ti.

      —Pues yo le escucho, don Digno, que para usté soy todo orejas cuando hay que aprender de la sabiduría de un hombre de su experiencia.

       »Yo no sé usté que pensará, doña Ataúlfa, pero los hombres cada vez son más rijosos y con lo del virus andan desencajados y alocados porque el bicho les impide acercarse y nos rozan menos. O bien quieren agradarnos con gallardías o a todo le ponen pegas e inconvenientes. Fíjese usté con qué niñería me vino el flaco Pupito de reciente, ni se imagina. No, ¿verdad? Pues que me obsequió con un parche de esos que se ponen las putas francesas en las tetas, un sostén, lo llaman. Y me dijo que me pusiera eso cuando estábamos a punto de encamarnos. Que era cosa muy elegante y muy cara traída de París, que en el París de la Francia lo llevaban las francesas elegantes para satisfacer a los maridos. Lo que le digo yo a usté, doña Ataúlfa, las putas. Era como dos bozales de esos que les ponen a los asnos en los hocicos para llenarles de alfalfa las tripas, todo lleno de puntillas y brocados, con lacitos cursis y pasadores para engancharlos por debajo del sobaco. Yo, doña Ataúlfa, que no supe qué decirle y por agradarle al flaco Pupito, que me miraba con ojos de deseo, me lo puse, pero no se crea, ¡qué va!, que aquello le arrebató la hombría, que parecía que contemplaba una virgen de esas que hay en los retablos de las iglesias españolas, que no respondía, que se quedó todo quieto sin moverse, in albis, sin soltar palabra, así que yo, doña Ataúlfa, que aquello me parecía una burla, que para arrebatarle del éxtasis y que volviera a la carne, agarré el bozal de las putas francesas y lo tiré a un rincón, quedeme en pelota, que es lo que tiene que hacer una mujer en la cama con un hombre. Y bueno, no le relato a usté más porque ya entraría dentro de las pasiones escandalosas y mis intimidades son parecidas a las suyas, que es usté una mujer brava y entendida que ha jodido lo suyo por las brañas y las playas y conoce de buena mano cómo se las gastan los hombres, que a mí lo que me gusta es que me besen bien, que me rocen con los labios mis labios, todos mis labios y todos los dientes. Y fue quitarme el sostén de las putas francesas y fue mano de santo, que Pupito despertó del encantamiento y allá que nos pusimos a jadear como cochinos, por delante, por detrás, que me besó en eso que usté ya sabe y que me supo a gloria, aunque de cuando en cuando miraba para el rincón donde estaba el tetero de las putas francesas como si viera una aparición. Qué miras, Pupito, le preguntaba yo, estate a lo que hay que estar y déjate de ensoñaciones. Y eso hizo, doña Ataúlta, sí, me apretó bien, que parecía un oso que me comiera.

      —Es que los hombres son muy desjuiciados y a poco que se les roce aparentan lo que no son, que enseguida gallean y presumen de cimarrones y guerreros, pero si la mujer es resuelta y brava a ellos les asaltan las dudas, porque eso de regalar a una mujer entera no es cosa baladí, que hay que tener mucha fortaleza y perseverancia, mucha hombría para no desmayar, y si se ven en el trance de tener que complacer suficientemente a una mujer de tronío, rápido que se achantan y flojean, que escasos son los que cumplen lo que tienen que cumplir. Y se les pasa el arroz en un descuido y ponen mil y una excusas para justificarse: que si en la playa me pinchan las nalgas los cangrejos, que si necesito una cama con un colchón de París para que vos se sienta acomodada, que si ya lo hicimos la semana pasada, que me ahogo con la máscara… Yo nunca le dije a mi viejo don Digno que no, que él era muy revolcón y reiterativo, pero con la edad se le pasó el calentamiento y ahora sólo le estimula el ron ese que toma con don Pupo mientras se cuentan mentiras. Y para que sepa que todas somos víctimas del mismo virus del desasosiego cuando nos asalta el amor le voy a contar a usté la historia de doña Guadalmina Repilado, la reina castigadora del timbal, que era diestra cantando boleros de amor y ponía tanto picante en su voz que a todos los hombres inquietaba con sus cantares.

         »Don Porfirio Rubiroso era galante y siempre sonreía a las mujeres. Yo no sé, eso dicen. Dicen que les tocaba el timbal de sus pechos mientras suspiraba en los labios versos de amor y canciones desesperadas que las encendían: El cielo estaba azul y yo estaba desnudo. Doña Guadalmina Repilado se desmayaba de gusto. ¡Era tanto su hombre!, o su hambre que, cuando, al tercer mojito, don Porfirio le rozaba las orejas entre aromas de caña y mordiscos de seda emanados de su boca: ¡Yo soy domador del corcel de diamante, voy en un gran volar, con la aurora por guía, adelante en el vasto azur, siempre adelante!, ella se orinaba, sí, don Pupo querido, ella se orinaba de puro gusto. Doña Guadalmina Repilado era una princesa guanche, pero aún así se meaba tremenda de gusto una, tres, cinco veces, que el lecho quedaba impracticable de manglares y caimanes y los amantes acababan rendidos sobre las hojas secas de las mazorcas de maíz. Y cuando Porfirio Rubiroso le decía en las orejas: si perdiera el arco iris su belleza y las flores su color no sería tan inmensa mi tristeza como aquella de quedarme sin tu amor una, tres, cinco veces ella creía morir, que una cosa así no podía repetírsela en la vida ningún galán. Yo no sé, pero ya sabe usté, don Pupo, que esas argumentaciones no hay que creerlas nunca. La verdad es que don Porfirio se dejaba abusar por el ron bravo cinco, siete… trece veces y se derrumbaba dormido en cuanto caía en el lecho, que no era sobre la arena de las playas atravesadas por los cangrejos, no señor, que era sobre un colchón traído de París, de donde las putas francesas. No pasaba nada, no don Pupo, que ellas ni se enteraban de que dormían con un hombre inerte, que ni sus ojos rasgados de tigresas admitieron jamás que aquel don Juan en el fondo era Juanillo, un borracho bergantín impotente e impostor. I like it like that. ¡Ay, ay, ay, la princesa Guadalmina se botó tremendo berrinche! ¡La reina de bugalú sin hombre que la consuele!  Que allí, atronado, quedaba don Porfirio domado por el ron bravo, puro caimán adormilado. I like it like that.

        »Pero las reinas nunca se quejaban si fallaba el caimán porque entre ellas no se conocían y se ignoraban y se miraban con caras retrecheras retándose a los ojos diciéndose: Sí, yo estuve aquel amanecer con don Porfirio Rubiroso, corrían ríos de placer por mi espalda y por mis nalgas y tú, malnacida, nunca, nunca, ¡me oyes, golfa orinada!, nunca tendrás una noche así como la que yo tuve con Porfirio. Sus egos nunca les confiarían a las amigas que su noche con don Porfirio Rubiroso fue un desastre, pura calamidad, que las pasaron escuchando sus ronquidos y enmascarándose las narices para no sorber su aliento fétido de virus y ron bravo, inventaban cualquier fantasía, cualquier mentira para exagerarse como odaliscas complacidas por el macho rugiente, por el gran don Porfirio Rubiroso, el portentoso amante que tanto y tantas veces las había barrenado con su ariete enhiesto, incansable, un león en la sabana. ¡Qué lejos estaba la verdad! O que cerca, porque la verdad no hay que creerla.

       »Otras veces sí me sentía pletórico, como un caballo cimarrón —me confesó don Porfirio una madrugada que llegó lúcido a la chocita de en medio—. Pero en el fondo me aburría representar el papel de macho dominante, repetir una y otra vez la misma función. Complacer a las hembras quejumbrosas se convirtió en un trabajo. Me perseguían, había cola esperándome. Era como si trabajara en una fábrica de consuelos femeninos como capataz comandante pelando hembras. Entraba a la cuatro de la mañana y salía a las ocho de la tarde, dieciséis horas amasando sus cinturas, repujando sus nalgas, besando sus labios, repitiendo mecánicamente frases, caricias, sonrisas, arremetidas, suspiros, abrazos, risas, gemidos…

       »Todas las mujeres me parecerían iguales excepto Guadalmina Repilado, mi princesa. No, ella era primitiva, brutal. Tenía un culo redondo como la playa de levante en bajamar, y sus labios picaban como los chilis ensalivados y sus pechos parecían un volcán expulsando lava, rugía fuego su garganta de Fedora. Yo la seguía como un perrito faldero, incapaz de resistir sus llamadas, sus llamaradas, sus órdenes cuando movía el tambor salvaje, indomable, incansable de sus nalgas. Sí, la osita Guadalmina me había comido entero, me abandoné al desaliento de perseguir las sombras inalcanzables de sus labios.

      »Cuando beso tu boca nada es mejor, dame tu vida, quiéreme siempre, dame tu amor. Así atacaba la princesa Guadalmina Repilado al tunante de don Porfirio Rubiroso, que no podía soportar tremendas insinuaciones y al tercer trago de esencia de los besos de la princesa caía derrotado. Nunca sabré como tu alma ha encendido mi noche, nunca sabré por qué siento tu pulso en mis venas, cantaba la princesa con aquella voz aterciopelada de gloria y laso abandono en las alturas elíseas del placer que electrizaban a don Porfirio Rubiroso. Guadalmina yo te quiero, yo me muero por tu amor, contestaba el galán sobrepasado por el temor de no poder satisfacer a aquel arcángel. Y fallaba, y se deprimía y se desazonaba, todo blandengue como un osito de peluche abandonado en un rincón por la exigente diosa. Eso se lo oí yo a la princesa Guadalmina Repilado de su boca de fresa, que aún lucía un mohín de pena, o de rabia, por no haberse quedado toda entera satisfecha por aquel amante presumido e incapaz, lo juro por Chan Chan, lo juro como que me llamo Ataúlfa, la reina de los negros cangrejos ermitaños cuando la luna en el mar riela y las playas se llenan de amantes incandescentes, que no miente nunca sino cuando se fabula. Y no va más.

        La blanquita Ernestina siente la profunda pena de su extravío y piensa que, lo mismo, ha sido muy exigente con don Pupo, que a los hombres hay que tasarlos en su justa medida y no despertarles expectativas que no puedan cumplir. Así que se pinta los labios de rojo cereza para ofrecerle su boca encendida de jazmines, rosas y geranios y comerle los dientes a la luz de la luna llena, abrazaditos los dos y busca entre las cañas el abandonado soutien-gorge francés de puntillas y brocados, de lacitos cursis, de espumas y terciopelos y pasadores bajo el sobaco para que, al menos, él, un osito mimosín, pueda satisfacerse con sólo mirarla y, a trotecito lento, satisfacerla con sólo desearla, incluso sin quitarle el Lacroix.

El amor en los tiempos del virus XII

¡Vivan los novios!

Agustina de Champourcín

      Un cóctel con croquetas, pollo asado y ensaladilla rusa. Valdepeñas, tinto. Café, anís del Mono o coñac Tres Cepas. Las señoritas fumadoras, escasas, eran obsequiadas por el padrino, el hermano del novio, con cigarrillos rubios de tabaco inglés. Faria para los caballeros. Ese fue el menú con el que celebraron la boda Tina y Ángel. Aunque pocos podían ofrecer un ágape así a los invitados, no corrían buenos tiempos. En 1959 España estaba al borde de la bancarrota y el consumo de carne en esa fecha por habitante era inferior al de 1936.

      Las novias no siempre iban de blanco al altar, obligatorio, el altar, por el Concordato firmado por el Generalísimo con el Vaticano en agosto de 1953. Con posterioridad, en septiembre de ese año se firmó el acuerdo con USA por el que Franco entregaba el territorio español a los yanquis a cambio de tanques viejos de la guerra de Corea. Eisenhower se dio un garbeo por Madrid, casi un día, el 21 de diciembre de 1959. Franco corrió a hacerse la foto (obra de Jaime Pato, aquel grandioso fotorreportero) con Dwight. Ir de blanco era un gasto que las novias no podían permitirse. Era más práctico casarse con un vestido de fiesta que pudiera utilizarse después en ocasiones señaladas, como las bodas de las amigas. Las modistas imitaban los modelos de Balenciaga, el creador de moda y de la elegancia, que tenía entre sus musas a Sonsoles de Icaza, marquesa de Llanzol, también conocida por ser la amante de Jamón Serrano Suñer, el concuñado falangista al que La Collares vetó su asistencia a las fiestas que cada 18 de julio se celebraban en el palacio de La Granja. En la Puerta del Ángel, un barrio madrileño, había un hombre lobo. Enrique Villalba, amante y pío padre de familia. Jefe local de Falange, también cerrajero y depredador de hembras. Alardeaba, tras pimplarse el quinto tinto en el bar Casa Vela, siempre invitado, de que «éramos como dioses, los amos del barrio [paseo de Extremadura y aledaños]. Venían las mujeres a pedir trabajo a la comisaría de Falange de la calle Guadarrama. Eran casi todas viudas de rojos, la que quería trabajar tenía que pasar por la piedra. Yo solo me follé a más de veinte, a algunas varias veces. ¡Fue la hostia!».

      Aquello era la hostia. Sí, las que repartía el régimen. En 1956 la tensión crecía en la universidad. Un año antes había fallecido José Ortega y Gasset, el de la España Invertebrada que tan de moda está ahora: “Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo”.  Los hijos de las familias patricias protestaban por la represión del gobierno. A la lucecita encendida de El Pardo no le cupo más remedio que detenerlos. Y los calabozos de la DGS, la Dirección General de Seguridad, que estaban en la Puerta del Sol, sí, debajo del reloj, y en la que comenzaba su ascensión imparable el supercomisario Conesa, se llenaron con los herederos de aquella oligarquía que tan comprensiva era con el Caudillo. José María Ruiz Gallardón (papá del Gallardón cheli), Dionisio Ridruejo (qué hace un chico como tú en un sitio como este), Ramón Tamames (¿cómo qué?, ¡comunista!), Javier Pradera (un agasajo postinero de la crema de la intelectualidad), Enrique Múgica (la importancia de llamarse Herzog), Sánchez Dragó (desde la Internacional al Mein Kampf pasando por el Cara al Sol), y Miguel Sánchez Mazas Ferlosio (hijo, hermano, cuñado, tío de la creme), entre otros excelentes muchachos pasaron varios días a la sombra. La tensión entre falangistas, militares y monárquicos crecía y su Excelencia lo arregló repartiendo café con leche. Cesó en febrero de 1956 al ministro de Educación, Joaquín Ruiz Giménez, democristiano, y al secretario general del Movimiento (de qué movimiento no importa porque entonces nadie se movía) Raimundo Fernández Cuesta, camisa vieja, viejísima. El rey de bastos estaba más fuerte que nunca, era un frenesí cinegético el que emprendía día sí y día también. El mismo Pacón, su primo y ayudante, se indignaba para sí del tiempo que Paquito pasaba con la escopeta al hombro que tú bordaste en rojo ayer. «He acompañado al Caudillo en el Azor a Bermeo. Franco es feliz cuando navega en su barco» escribía Pacón en su diario privado el 16 de agosto de 1955. ¡Ay, ay, ay! ¡Qué felices seremos los dos! Por su parte, Federico Sánchez se paseaba de incógnito por los madriles desolados de su infancia a pesar de que Luis Miguel Dominguín no le había conseguido el pasaporte, por más que se lo pidió a Camulo Alonso Vega. Mientras tanto, todos los palmeros y taxistas madrileños mentían sobre sus fantasías eróticas con Ava Gardner, que no tenía ningún remedo en llamar a Perón maricón. Ay, ¡qué felices seremos los dos y qué dulces los besos serán, pasaremos la vida en la luna viviendo en la casita de papel!

      Los noviazgos entonces se eternizaban y pasaban los días y él desesperado y ella, ella contestando quizás, quizás, quizás… El matrimonio era la única manera de poderse aliviar tranquilamente de aquellos sofocos de la entrepierna que acometían a los novios. Pero cómo, cuándo, dónde. Hay una maravillosa tesis sobre los “Usos amorosos en la España de Posguerra”, de la amorosa Carmina Martín Gaite, madre, esposa, tía, cuñada de todos los Sánchez y de todos los Ferlosios y la niña bonita de la intelectualidad. De aquellos ardores, o necesidades de amor nació una grandiosa y poblada generación de niños españoles. El baby boom de los sesenta lo llaman los demógrafos. La Luisi, el Jesus, el Geli, la Chus, la Merche, la Afri, la Tere, el David, la Cani, la Maite… Cachito, cachito, cachito mío, bendigo la suerte de ser tu amor…

     Y había que hacerse la foto de novios para decirles a todos los seres queridos que por fin, por fin podían aliviarse de los ardores sin pecado y sin el regaño de la mamá, mira a ver si te deja preñada y después si te he visto no me acuerdo, que los hombres lo único que quieren es lo único. Así que las fotos de boda era lo más importante porque se certificaba que uno se convertía en adulto, en respetable señor don y señora de.

Y de viajes de bodas… Pues de viajes de bodas ni hablar. Rosario y Alfonso se marcaron la tarde de su himeneo un tango a media luz los dos, a media luz los besos, crepúsculo interior. Y al día siguiente ella se fue a trabajar como criada en una casa bien de la calle Barquillo. Alfonso, albañil, lo celebró hormigonando las casitas de papel del poblado de Caño Roto, en los Carabancheles, donde vivirían poco después. Luisa y Miguel alquilaron una habitación con derecho a cocina en ca la Venancia, una viuda de un jonsiano de los de Ledesma Ramos que cayó en el Alto del León. Esa diferencia entre ser viuda de un jodío rojo o de un caído por dios y por España. Y a la Tina y al Ángel no les cupo (cabió, diría un castizo) más remedio que cohabitar en una habitación sin vistas de las dos que conformaban el pisito de la abuela Luisa. Eso sí, aún quedaban tres hermanos solteros, la abuela y una tía viuda más en el nido familiar distribuidos por la cocina y el pasillo. La realidad que supera a la ficción. El Pisito. Petrita y Rodolfo, Mari Carrillo y López Vázquez en aquella esperpéntica tragicomedia de Marco Ferreri.

      En fin, mujer, si puedes tú con dios hablar pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar… Rosario y Alfonso; Tina y Ángel; Lupe y Lulio; Piedad y Daniel; Luisa y Miguel; Encarnita y Antonio… para qué quiero tus besos si tus labios no me pueden ya besar.

          Tina y Ángel se casaron en la iglesia de Santa Cristina, sita en el Paseo de Extremadura, en la Puerta del Ángel, en Madrid, al otro lado del río Manzanares, obra neomudéjar de Repulles y Vargas construida en 1905. Sus padrinos, Lulio y Teresa, hermanos del novio. Y fueron felices y comieron perdices y a los demás les dieron con los huesos en las narices. Eso fue el día de san Roque, 16 de agosto de 1955.

Los Caprichos de Ceres

Teodosia Gandarias

     HANC MARGINIS EXIGUITAS NON CAPERET. Conjeturas. Ezequías y Fermat. El verso y el logaritmo. Una poesía tiene algo de matriz vectorial, un polinomio de letras que tiende a infinito, una derivada de asonancias cartesianas. Diálogos de amor de León Hebreo. Es su última obra, edición crítica del manuscrito original que Suárez de Figueroa,El Inca Garcilaso de la Vega”, tradujera del Diálogo Humanístico escrito por León en 1502. Sofía y Filón, la sabiduría y su amante dialogando en la arcadia de Getafe. Ezequías Blanco procede de la Castilla que el paso de los siglos ha hecho eterna. Pasó su juventud de escucha atenta en Salamanca, donde aprendió a amar al castellano y a recostarse en los poetas que engalanaban los altares con sus trinos y sus aguas desbordadas de alejandrinos. San Agustín García Calvo: libre te quiero como arroyo que brinca de peña en peña. Libre es su verso, hay canto de jilgueros y amarillo en sus palabras espaciosas. Truenan los parques con algarabía de golondrinas palabreras. Están su poemas llenos de gentes que se afanan y luchan. Ezequías escribe ecuaciones diferenciales entre los árboles, en los bancos, ensartando un cántico de jirones de oro. Y está su luna llena recargando con versos los corazones candentes._DSC0017 (2)

      Cada farola tiene una historia que contarte. Ex-catedrático del lenguaje y editor de revistas de vanguardia. Necesitaba no quedarse sin márgenes donde anotar su amor por la escritura, tanto como Fermat por su conjetura, y se sacó de su chistera la que ha sido la revista de referencia en la literatura española durante décadas. Algo rebelde, es un niño Chole mochilero y romántico de guedeja blanca y mirada clara, underground. Por su revista han pasado los clásicos, los modernos, los posmodernos y los antiguos, los mejores autores contemporáneos de la lengua castellana, los mejores fotógrafos, los mejores pintores, los mejores artistas: “CUADERNOS DEL MATEMÁTICO. El matemático era Puig Adam, que escribió libros junto con Rey Pastor para los escolares a los que tanto enseñó Ezequías en su instituto de enseñanza media de la villa getafeña.

Último volumen de CUADERNOS DEL MATEMÁTICO, editado en marzo de 2018. Una pieza perseguida por los bibliófilos.

     “Por un puente de sueño sube hasta el sol el pobre carro. Viene herido de lejos por las aristas duras del caleño. Hábilmente lo vira el lento arriero —ya auriga por la luz—. Ya tú basterna de la dicha”. Son versos de “Los Caprichos de Ceres”, II Premio Nacional de Poesía “Ciega de Manzanares”, de 2003. En el verano, Ezequías se va con Sancho el Bravo y con sus monos que estornudan —sólo hay una clase— a su barenostrum de Paladinos del Valle, en Zamora, a escribir por los márgenes sus conjeturas y sus teoremas consonantes. Bares, qué lugares tan gratos para conversar, no hay nada como escuchar sus poemas de amor en un bar bebiendo valgas —valdepeñas con gaseosa, sangría—: “Al noble y seco barro lo seducen diosas rubias de paja. En mullidas praderas se prepara su tálamo. Besos de peces nadan por el gozo de adobe y una cisnera oficia el rito que el agua enlaza para siempre”. Leyendo a Ezequías Blanco sí se cumple la conjetura de Fermat para todo número n >2. Y,  an ≠ bn +cn , porque sus números, sus versos, sus palabras son mágicos y no necesitan demostración alguna. Buscaré cada día los lugares donde nadie confunde los caminos donde muy poco importan las derrotas… Son versos de Tierra de Luz Blanda, su último poemario escrito cuando batallaba por restablecer su salud, ya recuperada.


       Pedro Puig Adam fue matemático, profesor y poeta. Alumno, colaborador y amigo de Julio Rey Pastor. Otro insigne matemático relacionado con la Junta de Ampliación de Estudios (JAE), que bajo la dirección de Santiago Ramón y Cajal y desde 1907 supuso un despertar en las ciencias y en las enseñanzas en España. Después, la larga noche del nacional franquismo enmudeció la voz de la rima y el número y los avances científicos, educativos y poéticos de aquel período de esplendor de la JAE se redujeron oficialmente a enumerar una lista de reyes visigóticos, instruir en el espíritu nacional o a loar la unidad de un imperio iniciado por otros reyes aún más católicos. La primera edición de sus ELEMENTOS DE GEOMETRÍA es de 1926. El ejemplar corresponde a la séptima tirada, en 1956.


Sólo hay una clase de monos que estornudan

Tierra de Luz Blanda

BARE NOSTRUM