Lampreas o lasañas

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

Para la niña Rosita Gonsale, por el calor de su cuarta primavera

          DON GTB SE APALANCÓ EN EL SOFÁ DEL NOVELTY, se aproximó a la boca la empanada de lamprea, la miró con sus ojos diletantes y apuró de un trago un chato de vino rojo y encastado de Toro. Añádala unas gotas de parsifal virgen extra —le dijo Imanol U mientras que Pepe Ansúrez levantaba la mano pidiendo la palabra. ¿Puedo hablar, puedo hablar?, decía el chupatintas sin que los otros le hicieran el menor caso. El conde duque de Olivares, aunque se trataba de Gurruchaga de Mondragón, lo observaba todo con aire regio y displicente, sin decir ni pío.

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     —¿Del ciclo carolingio? —preguntó el ínclito salmantino. En realidad don GTB había nacido en El Ferrol y era muy estudioso, pero su pasión por los verracos astados de la dehesa, su amor taurino de juventud, que se fue diluyendo con el paso del tiempo (bien es verdad que aunque su visión no era espléndida don GTB lo sabía todo sobre don José Ortega y Gasset y Juan Belmonte, no necesariamente en ese orden) era equiparable al amor que sentía por cuanta jovencita se cruzara en su camino, ora bajo los soportales de la plaza mayor de la capital castellana conocida universalmente por su universidad en cuyas aulas impartió doctrina Fray Luis de León y donde dijo aquello tan reiterado, cómo si no hubiera otra frase por decir del conocimiento, de: “Decíamos ayer”, ora en sus años juveniles en los que las ganas de compartir secreciones —hay que destacar que don GTB era un extraordinario fornicador que complacía graciosa y abundantemente a cuanta mujer refrenara en su lecho sin fallar en ocasión ninguna— lo había hecho naturalizarse en la patria adoptiva de don Miguel, porque recuérdese que el filósofo vasco, del mismo Bilbao, tampoco era salmantino ni gustaba de ninguna manera de la tauromaquia —y en eso se parecía mucho a don GTB, en eso y en sus ardientes deseos, cada uno los suyos, de poseer a su amada novia, cada uno la suya, Concepción, la de don Miguel, entonces casi una niña, incluso así lo muestra y da fe escrita, sin pudor, en aquel viaje de juventud que emprendió, ella ausente en la distancia pero presente en su recuerdo, a la exposición universal de París, en 1889, ya exhibe ahí don Miguel una libido desatada, tanta que el posterior catedrático de Lógica y Ética andaba por la ville lumiere empalmado a diario y de nada le servía que se aliviara manualmente porque siempre le regresaba el deseo de su tierna Conchita, que lo escribe así en sus memorias y se sabe que después don Miguel y doña Concepción tendrían nueve hijos, como sabido es también que don Benito y doña Emilia fornicaron reiteradamente y sin aparente esfuerzo copulativo, más bien con ansias en amores desatados, en aquellos mismos momentos y lugares, apenas un mes o dos antes, según autores,  viéndoles las coulottes por debajo del arco de Marte, au dessous a la tour Eiffel mientras leían las obras completas del marqués de Sade (para toda aquella persona que esté interesada en las hazañas viajeras de don Miguel es muy recomendable la obra del emérito unamuniano Pollux Hernúñez “Apuntes de un viaje por Francia, Italia y Suiza”, editada por Oportet Editores en 2017 y presentada con gran éxito de crítica y público en el Ateneo de Madrid, aunque en ella no se relaten en absoluto los esfuerzos que un contemporáneo de don Miguel, don Louis Pasteur, emprendía con denuedo y al mismo tiempo de forma científica para dotar a la humanidad tanto de un antídoto contra la hidrofobia de la rabia canina, que tantos males y disgustos causaba, sobre todo una elevada mortandad, mucho mayor que el coronavirus ese que se han inventado ahora para que unos cuantos laboratorios farmacéuticos se hagan de oro con el cuento de que hay que buscar soluciones curativas, como porfiaba en el descubrimiento, además, de otras vacunas igualmente sanadoras, como por ejemplo la del ántrax, la del carbunco o la del cólera aviar. Sí, don Louis lo sabía todo sobre las vacunas). Pero si era conocido por algo don Miguel, aun rebasando el recuerdo copulativo de don Benito y doña Emilia, era por su desatada hombría y sobrada prosopopeya metafísica. Y sabido es que don GTB no le fue a la zaga en una cosa ni en la otra, que tuvo once hijos como once soles y una prolífica obra escrita.

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      —Sí, del ciclo carolingio —repuso Imanol U— porque la cosecha de este año tiene apuntes de granate oscuro con ribetes de teja y una terminación cálida, aunque áspera, con notas torrefactas y matices a roble que la hace inapropiada para combinarla con Garcilaso o Montesquieu o la poesía de Rimbaud, mucho más transparente esta última. Tempranillo, todo tempranillo.

        —Tienes razón, Imanol U. Con dos gotas de Tristán y tres de Isolda, por aquello de la discriminación positiva que haga hincapié en lo femenino, en la prosperidad de las señoras, en la equiparación de sexos, en el empoderamiento —¡maldita palabreja espuria!— de las doñas la empanada de lamprea queda mucho más sabrosa. ¡Dónde va a parar! Y, además, se aportan al organismo esencias de omega tres y ácidos básicos saturados que complementan higiénicamente, incluso yo diría más, hacen más nutritiva y sabrosa la dieta del más desequilibrado primate omnívoro y de las jons.

      —Quiero hablar, quiero hablar —dijo nuevamente Pepe Ansúrez sin que ninguno de los otros tres le hiciera caso. El conde duque Gurruchaga lo observaba todo con aire inteligente porque defendía los intereses del reino y se debía a su señor, el Rey Pasmado, y como su saber era mucho nunca hablaba.

      —Y, además, esa dieta garantiza el perfecto metabolismo y aprovechamiento de los aminoácidos libres, por ejemplo, del adenosín trifosfato, el ATP, que constituye la fuente de toda energía alimenticia. Yo ya lo tengo comprobado, don GTB, siempre que yo voy al baile me busco una chaparrita, para celebrarlo más bien, una negraza bien aparente y con agarres notorios a ambos lados superiores del tórax, incluso que los haya en la parte posterior de su estructura corpórea, donde la espalda pierde su recatado nombre, ahí, sí, en el culo, con perfumes de jacaranda y eau de toilette con añoranza de lágrimas vertidas en el pecado y esencias vaporosas y ensoñadoras a magdalenas de Proust cuando transitaba por el camino de Swann. ¡Nunca falla! De entrada, paso la noche enterita bailando bien agarrado a mi guajira.

     —Haces pero que muy bien, Imanol U. Y dime una cosa. ¿Tú crees que más allá de la galaxia, en los exoplanetas, allá donde cristo dio las tres voces, hay vida inteligente? Creo que ahora en eso de los exoplanetas España es una potencia mundial. Tenemos un montón de marcianos entre nosotros pronunciando con enjundia y gracioso trajín ambigüedades, vacuidades, banalidades, exabruptos y carnestolendas, aunque de poco seso y menor gracejo, así como juicios estrambóticos cuando no amenazas, circunloquios y, a fe mía, disparates en el hemiciclo. Porque hay que oír cada cosa…

     —Quiero hablar, he venido a hablar de mi novela —dijo de nuevo Pepe Ansúrez recibiendo el silencio de todos y el desprecio de Imanol U, que siguió metiendo baza y acaparando la atención de don GTB.

      —En eso la ciencia no se pone de acuerdo, don GTB. Si bien es cierto que se duda de la existencia de vida inteligente incluso en el interior del planeta, en el interior del hemiciclo, me refiero, no es menos cierto que en lo que se refiere a la Carrera de San Jerónimo hay unanimidad absoluta: ¡Son todos una panda de patanes! Y lo digo en tono menor porque no han de ser estos magros labios que se han de comer los gusanos los que pronuncien jaculatorias que ensombrezca el devenir de los padres de la patria. Y a ver, Pepe Ansúrez, di lo que tengas que decir sobre tu novela. Aunque, según se sabe, todo lo que tienes que decir lo ha dicho ya tu novia Elisa Pérez, esa que se va olvidando las bragas por los despachos de los directores de las sucursales bancarias.

      —Eso son calumnias, que mi Elisa es una mujer muy honrada que sólo busca mi porvenir y sufre, dado lo buena que está, asedios y persecuciones carnales de todos los que comparten con ella su entorno. Acoso, acoso lo llaman ahora. Pero bien que se defiende ella, ¡ya lo creo!, que a más de un consejero delegado de provincia le ha sacado los colores delante de su legítima y los dineros de la hucha, que es cosa de agradecer por lo bien que nos viene a fin de mes, y yo quisiera rogarle a usted, don GTB, que sea conmigo más generoso y no me pinte tan dubitativo ni pusilánime en lo de recibir consejos narrativos, que bien que Aurora mi criada me da de empujones, para compensar mi poquedad épica, y me consuela en la alcoba casi tanto como Elisa, por algo será, algo de hombría he de tener y alguna alegría me han de dar las mujeres por más que las musas no sean conmigo generosas y se olviden de inspirarme y todos opinen de mi novela y me digan qué rumbo ha de seguir y qué vientos he de contar sin que yo sepa por dónde navegar en esta tierra de envidias que es la novelística —si don GTB le trataba como a un niño y el conde duque de Olivares le condenaba al silencio, Imanol U sepultaba la novela de Pepe Ansúrez con todo tipo de escombros y de tierras.

      —Y hablando de la tierra, de la miña terra galega, qué me dicen de aquello que por aquella loma de poniente se asoma y hacia nosotros se avecina y se inclina, que parece venir a nuestra vera y se aproxima raudo no sin alumbrar en mí grande inquietud e grande intriga. Porque ya sabes, Pepe Ansúrez, y este es el consejo gratuito que te doy, que el cuentista no es sino un bufón que debe con sus historias entretener al lector con alegría del principio al fin del cuento, es decir, que sus razones prosísticas agarren al cliente por los cojones en el primer párrafo y ya no lo suelten hasta el punto final de la última página. ¡Eso es ser un buen cuentista y lo demás son leches! Y para que conozcas algo sobre uno de aquellos novelistas que fue importante en la literatura de la cuadra Balcells, la más influyente del siglo XX, autor alabado sin excepción y de forma clamorosa por toda la crítica, bien es cierto que en ella abundaban, y abundan, los cabestros pastueños que se las daban de leídos por aquello de deslumbrar a la querida —¡Qué atinada tu crítica en ABC sobre el pijoaparte!,  le decía ella cuando él la invitaba a un güisqui en el Gijón previo al magreo en el portal oscuro— y aunque don Francisco Rico dijera en señalada ocasión que esa Novela, con mayúscula, sí, una introspección abstracta en los porqués de la Contienda, construida en un lugar anónimo y simbólico con la mayor ingeniería de objeciones y análisis de conciencia anclados en el pesimismo o el inconsciente nacional o en la derrota de varias generaciones es, ciertamente, inclasificable y de trabajosa lectura, tanto que se pude obviar su conocimiento porque a él, a don Francisco, le aburre soberanamente, te diré que desde que el viejo Constantino emprendiera el regreso a Región por la carretera de Macerta tras salvar el puerto de Socéanos sin que le acompañara Eugenio Mazón, a mí me parece que en la sombra de cualquier curva del camino de esa narrativa se escondiera un fusilero cultureta que nos apuntara con su carga de elitismo distante, embarullada prosa, complejidad argumental y culteranismo selecto y reduccionista para unos pocos, para jodernos a los demás el placer de leer. Es decir, que hay que escribir con sencillez para que todos te entiendan. He dicho. Qué te parece el consejo. Bueno, ¿verdad?, pues, hala, ponte a escribir tu novela, Pepe Ansúrez, y regálale a tu novia Elisa Pérez un juego de ropa interior caro, para que no vaya perdiendo las bragas por ahí.

 

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Imanol Uribe y Gonzalo Torrente Ballester en Salamanca, enero de 1990

            —¡Quia! Qué gran verdad ha pronunciado vuecencia, que todos somos contingentes, pero sólo usted es beneplácito y armisticio. No, no haga usted caso de esas desparejadas razones de los críticos, señor don GTB —respondió al quite Imanol U, que a toda costa quería protagonismo y llevar la conversación a su terreno. Por su parte, el conde duque de Olivares queda dicho que se debía a su Señor, el Rey Pasmado. Gurruchaga de Mondragón escuchaba todas aquellas sinrazones, pero debido a su elevada inteligencia nunca hablaba ni media palabra—, que eso que se acerca por aquella parte del camino no es ni parece sino el batir de alas de algunos trapisondistas y gentes vulgares, que en teniendo hambre buscarán razones para que usted les convide a su empanada de lamprea y a su tinto de Toro, así que retirémonos a la espesura, que camuflados en las sombras no nos han de ver y así gozará usted de su empanada de lamprea y yo del placer de vérsela engullir —A los otros dos ni les nombró.

      Y así era, porque de pronto aparecieron treinta o cuarenta críticos literarios que por aquellas páginas andaban postulándose, unos comulgantes albigenses y malandrines de poca monta, escasa estatura y menor cultura de letras, que exhibieron sus pardas gramáticas tan complutenses como apócrifas y sus sintaxis académicas tan sarracenas como dolomíticas y berroqueñas y en un frenesí emitieron juicios, considerandos, hechos probados, fundamentos de derecho lírico y, finalmente, sentencias que en modo alguno ayudaban a un veredicto definitivo y consensuado sobre la esencia última e íntima del dictado pírrico que un día emitiera Garcilaso, que aquello no causó sino rechazo y malestar entre los escuchantes. ¡Otra vez Garcilaso¡, como si no hubiera un ayer. ¡Mueran los estrambotes!, gritaba uno. ¡Abajo el libre albedrío y libertad para los alejandrinos! gritaba de perfil otro bufón con aires de cardenal pintado en rojo escarlata por Rafael de Urbino. ¡Yo prefiero a Faulkner!, aseguró un estudiante de la Sorbonne. ¡Catorce versos dicen que es soneto!, porfiaba la sota de bastos disfrazada de dama de honor de la infanta Margarita mientras que Nicolasito Pertusato pateaba al mastín. Aquello era un sinvivir de métricas y rimas asonantes. ¡Siniestro total, siniestro total, somos siniestro total! decía un crítico bullanguero y corrosivo disfrazado de rianxeira. ¡Que te crees tú eso!, le respondió un joven melifluo y cicatero que vestía un terno de Harrods como de arlequín, tocado con un gorro frigio de color verde con cascabeles que le caía sobre la frente, calzado con borceguíes como los que llevaba Zarra en el partido de fútbol en el que marcó un gol a la pérfida Albión y montado a lomos de un patinete eléctrico. Y un jacobino malencarado sacó de sus alforjas una chaira de Albacete y a poco estuvo de rascarle un chirlo a Imanol U en la jeta si no fuera porque intervino don GTB y con voz rotunda y tajante, que aquella vozarrona parecía un trueno, le gritó: ¡Voto a Bríos que habéis de detener semejante agresión a mi paje tan noble y servicial! ¡Que aquello fue mano de santo!, ¡que todos depusieron su actitud hostil y fue la paz! Un bienestar, una felicidad similar a la que se anuncia que gozarán los justos en la presencia del dios todopoderoso y eterno, vaya usted a saber, mentira, todo mentira. Con lo que, así cogidos de uno en uno: don GTB; Imanol U; Pepe Ansúrez; el conde duque; o de dos en dos: don GTB e Imanol U; o de tres en tres: don GTB, Imanol U y Pepe Ansúrez; o de cuatro en cuatro: don GTB, Imanol U, Pepe Ansúrez y el conde duque de Olivares, don GTB pudo finalizarse su empanada de lampreas. ¡Ay que ver lo bien que nos come don GTB!, dijeron a coro los alejandrinos, la sota de bastos, el joven melifluo, el chirlo, Pepe Ansúrez, el conde duque y el mismo Imanol U, que así tan bien amigados estaban que daba gusto verlos y contemplarlos. Además, aquella serenidad, aquella majestad y aquel placer con que don GTB, nacido en El Ferrol, recuérdese, engullía su empanada a todos los hacía felices y provocaba grande contento. Pero una vez que los ánimos se calmaron, que el condumio tranquilizó los estómagos y serenó los espíritus y llegó la hora de la siesta, nada, apenas una cabezadita, de aquel grupo tan variopinto que al principio parecía una turbamulta bullanguera de jóvenes anarquistas sin educación y poco considerados con los señores escritores, a poco sobresalió la figura de una dama que, oculta entre una oración subordinada de tres proposiciones, un sintagma nominal y un complemento indirecto no fue advertida al principio por los caballeros letrados, sino cuando quedó en un claro entre un punto y aparte del final de un extenso párrafo y el siguiente capítulo, iluminada por un rayo del sol con tanta intensidad y con tanta presencia que, tanto don GTB como Imanol U como Pepe Ansúrez y el mismo conde duque quedaron boquiabiertos y sin pronunciar palabra por la cegazón que les produjo la visión de la belleza venérea de semejante señora, que enseguida mostró pruebas ciertas de su calidad, también como escribidora, de su dignidad como persona, de su ingenio, cultura, de su sabiduría y buen gusto por los autores de la posguerra a los que la censura franquista restringió su libertad de expresión. Tanto era su limpieza, su brillo y su esplendor que les pareció una aparición a don GTB, a Imanol U, a Pepe Ansúrez y al mismo conde duque, como que asistían al nacimiento de Afrodita toda, toda desnudita recién salida de los pinceles de William Adolphe Bouguereau: se trataba de la señorita Rosario López, la bella Charito. La bella Charito, no bien descubrió la presencia de don GTB se dirigió a él, obviando la presencia de los otros, y con tono certero y espléndida voz de gran actriz, pavoneándose de su belleza, que era tanta que dejó a todos hipnotizados les dijo:

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       —Vaya, dichosos los ojos que lo ven don GTB. Hacía tiempo que quería yo cambiar con usted unas palabritas. De agradecimiento y a la vez de queja porque ambas cosas me han causado sus creaciones, que hubo una época en que Clara Aldán se apoderó de mí con tanta saña y con tanto aprieto que abandoné mi verdadero ser, que eso es lo que tiene entregarse a la pasión interpretativa de mujeres con carácter bravío, demasiado bravías, que incluso dudaba en la realidad de si yo era Clara Aldán o la bella Charito López, o las dos a la vez, porque cuando te metes en el personaje durante mucho tiempo al final adoptas sus rasgos identificativos, su psique, su personalidad, sus defectos incluso y los que a tu lado están te identifican falsamente con el intérprete y se extrañan o se confunden y creen que te has metamorfoseado y que ya eres otra, que te has convertido cualquier noche al despertar en una cucaracha, y fíjese, don GTB, qué plan con tu pareja, que de buenas a primeras apareces en el tálamo nupcial rascándote las antenas y diciendo cricrí, cricrí, cricrí. ¡No hay amante que aguante eso!, que se acerque a una ni quiera compartir una ilusión, un proyecto de vida, unas vacaciones en las Alpujarras, o una fabada, etc.  Y también le digo, don GTB, que lo de usted no ha sido la primera vez, que ya me pasó igual con don Benito, sí ese fornicador que pasaba bajo el arco de Marte para verle las coulottes au desous a la Tour Eiffel, que cuando me transmuté en Mauricia la Dura todos pensaban que yo andaba por ahí mariposeando de flor en flor y de convento en convento derramando acíbar y malos modos, y claro, me ven tan agraciada que los mirones, los espectadores no diferencian la persona del personaje y se creen que son lo mismo, que a una le cuelgan costumbres y formas que no tiene y creen que tiene, y las que tiene no las admiran porque las enmascara el autor con tanto folletín y novelón y tanto teatrillo televisivo. Y no, no es así, que una tiene su corazoncito, su palmito y su virtud. Así que, don GTB, tenga presente lo que le digo para que, en otra ocasión, cuando escriba alguna saga fugaz se lo ponga fácil al lector, que al menos pueda enterarse de algo y no ande volviéndose loco intentado descifrar qué quiere decir con tanto castroforte y tanta lamprea y tanto Corpo Santo robado, que hasta el funcionario encargado de darle visa acabó en Leganés, el pobrecito, que le resultó imposible de entender su monumental obra y dijo que sí a todo por quitarse de en medio. Y no le interrumpo más, don GTB, que es sabido que es ese, el de la siesta, su placer mayor de sobremesa, aunque no sea en el Novelty —Y la bella Charito López inclinó la cabeza ante el césar de las letras, dobló su cuerpazo lozano con una profunda genuflexión, dibujó en el aire un jeribeque y se marchó a los Pazos de Ulloa con doña Emilia, que empezaba a resentirse de la ausencia de don Benito. ¡Ay, cien años ya que se fue!

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       Quedaron muy impresionados, como en off side, tanto don GTB como Imanol U como Pepe Ansúrez y el conde duque por aquella súbita aparición y desaparición de la bella Charito López. Tanto que un espeso silencio se apoderó de la concurrencia y durante unos minutos nadie se atrevió a soltar palabra. Ni siquiera Nicolasito Pertusato, que era de natural chistoso y a todos hacía reír con sus bromas y chascarrillos. Como a don GTB le diera por reflexionar sobre las sabrosas razones que le refiriese la bella Charito todos los presentes guardaban silencio para no interrumpir sus pensamientos.  Y así pasaron unos minutos en duermevela intelectual cuando, de repente, en un ángulo oscuro de la cueva de Montesinos apareció Janjomillas, que se bajó de un taxi porque venía del psicoanalista y tenía que ir a un taller de escritura creativa que impartía por Torrelodones. Venía con un montón de cuartillas en las manos y no paraba de escribir notas con un lapicero Fabercastell de grafito blando, B2.

      —Me compensa porque todo son señoras y se liga mucho leyéndolas cualquier cosa que se me ocurre. ¡Me admiran! Es un no parar, un frenesí, un movimiento de caderas, un vaivén… vamos, fornico casi tanto como usted, don GTB. Y encima me leen, ya sabe que lo de escribir está jodido, que una novela te lleva un año, que alguien te publique no digamos, que te compren el libro ya es cosa de milagros, que el mercado editorial está saturado y es cuestión de modas, que en España se edita más que se lee, que ahora, con eso de las tablets y los móviles no lee ni dios libros, que es tan difícil que alguien te lea como que te toque la lotería si no eres el presidente de la Diputación de Castellón. Y así, con esto del taller de escritura… ¡Es que me leen un montón de señoras! Yo al principio siempre les digo eso de que hay que escribir para que nadie te entienda, que mola, que si lo pones fácil, en plan costumbrista, en plan de cosas que le pasa a la gente no te lee nadie porque piensan de ti que eres un flojo, un aburrido, nada de planteamiento, nudo y desenlace, ¡todo a lo loco!, que cuanto más complicado sea el lenguaje mejor, con un léxico culto y en desuso, una sintaxis imposible, nada de novela social ni problemática urbana, que si lo tienen que leer tres o cuatro veces para enterarse seguro que les resulta cojonudo, que entonces el escritor es muy bueno, que así vas al Planeta. Y mucho sexo, mucho sexo. Y les digo que escriban cómo escribía yo al principio, que ni yo me entendía, así que ellas están encantadas con mis consejos porque escriben de puta pena, me sueltan cada cosa que yo me parto de risa en mi casa, no hay dios que lo entienda, parecen de educación primaria, mi mamá me mima, cosas así, yo mimo a mi mamá, me lo dijo mi editor, que podíamos sacarnos de encima aquellas ediciones viejunas pasadas de moda que están ocupando un sitio en el almacén de las que yo reniego, estamos encantados, vendo un montón y encima doy conferencias por ahí, me llaman de universidades, de los centros culturales de los pueblos, salgo en los periódicos, en las radios. Fíjese en lo que he escrito esta mañana —y se puso a recitar con buen tono y brillante voz—: ¡Viva la media naranja, viva la naranja entera, vivan los guardiasciviles que van por la carretera! Qué le parece, don GTB. Aparentemente parece una canción infantil sin interés ninguno, algo del pasado rural, como un viaje a las Hurdes de la literatura. Sin embargo, a poco que profundicemos en su idiosincrasia textual aparecen expresiones idiomáticas reveladoras de un alma popular profunda que enraíza con el inconsciente racial que nos ha precedido y el deseo liberador de disfrutar de la sexualidad como una pulsión íntima sublime y expresada por la contraposición de la naranja entera, la libertad de cada uno, en oposición al mosquetón policiaco, que representa la represión que el Estado ejerce contra la libertad sexual de cada individuo. No me negará usted que esas coplillas rescatadas del acervo popular, de apariencia ramplona y simple no contienen una gracia y un donaire que engranan directamente incluso con la tradición de las novelas de caballería, por lo de la Santa Hermandad, lo de los guardiaciviles, digo, y con las esencias rurales de la huerta valenciana, por lo de las naranjas, a la manera de don Blasco Ibáñez. Es más, yo creo que la sabiduría popular, y en eso tiene mucha culpa la transmisión oral, se ha inspirado para escribir estas coplillas en las pinturas luminosas de Mariano Fortuny, cuando deslumbrado por aquellas atmósferas mediterráneas rebozaba los lienzos, no muy grandes, eso sí, ¿o se dice eso no?, de motivos populares: que si una boda en la vicaría, que si un desnudo al sol en Porto Pi, que si una batalla en Tetuán, que si un jardín de limoneros. ¿O era Sorolla? Ay, que los confundo.

_DSC7611_friso_web     —Todo son patrañas, todo son patrañas —respondió la infanta Margarita Teresa, la infanta de España alarmada porque don GTB, pensando en las razones de la bella Charito López y espantado de las palabras de Janjomillas se atragantó con una lamprea y tuvo que auxiliarle Imanol U, que como se ve era un pelota, para que se le pasara el susto. Ya una vez serenado y digerido el trago con un trago de Toro volvió a iluminarse la cara de don GTB con el placer de haber recibido la gracia divina en forma de una nueva empanada. Aquello de la infanta Margarita fue una sagaz fuga hacia adelante, un síseñor, un potosí, un me caso en Soria por más que su alteza, casi una niña, se desenvolviera con aparente desparpajo entre aquel mundo de adultos.

        —Yo, aunque niña, soy infanta de España y seré emperatriz de Austria. Sí, lo llevo en las entrañas desde que pariome doña Mariana la fea y con saña y arte sin igual lo pintara don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez apoyado en una hamaca. ¡Y lo demás son patrañas! Y por encima de una triste empanada de peces malolientes se alza el castillo gastronómico de la lasaña napolitana, que es cosa que a todos gusta y que en el alcázar nos prepara el aposentador mayor del reino don José Nieto Velázquez. Yo, como infanta, apenas si la tomo porque mis obligaciones cortesanas me retienen en otros esfuerzos propios de mi tierna edad. Pero sé que lo que digo es orden para mis sirvientes, que con diligencia se apresuran a complacerme. Así que: ¡Lasaña para todos!

      Y una corte de vasallos se dispuso a complacer a la infanta Margarita Teresa y en un compás de tres por tres, casi un vals como correspondía a una corte semi vienesa, llenaron aquella estancia de mesas y sillones castellanos y manteles de Holanda y esmaltadas vajillas de Sevres —regalo del tío y a la vez cuñado francés de la infanta, don Louis XIV, aunque no se trataban, incluso se llevaban mal— y vidriosas cristalerías de La Granja de San Ildefonso —en realidad eran de Bohemia, traídas desde allí por doña Mariana en su viaje nupcial cuando desposose con el Rey Pasmado porque La Granja, lo que se dice la Granja esa a la vera del Peñalara, esa de los cristales de culo de botella aún no existía— y fue todo lasaña y lasaña y lasaña. Quedaron don GTB, Imanol U, Pepe Ansúrez, el conde duque, Janjomillas, la sota de bastos, el estudiante de la Sorbonne, el recitador de sonetos, el alejandrino, Mariano Fortuny y Blasco Ibáñez, los guardiasciviles y el mismo Bríos en silencio ante semejante manjar. Y al sonido virtuoso de unas chirimías que por una clarecía entraba todos se dispusieron a saborear la lasaña con la educación y el decoro propio de una corte española._DSC5248_web         «Sin duda que la lasaña es superior a la lamprea» —decía don GTB agradecido. «No sé, no sé, donde estén unas pochas de Tudela que se quite la lasaña» —afirmaba a voces Imanol U. «Yo, con una tortillita francesa que me prepara mi Elisa tengo bastante» —dijo Pepe Ansúrez. «Una pica en Flandes es suficiente alimento para el cuerpo y para el espíritu» —se dijo a sí mismo el conde duque. «Yo, es que, siendo madrileño, aunque nacido en la tierra de las flores de la luz y del amor prefiero las migas con chorizo como las preparaba mi abuela» —se apresuró a decir Janjomillas con gran tino. «Los caracoles con guindillas, cebollitas afrancesadas y matauva, eso sí es delicioso» —se conjuró a berrear imprudentemente la sota de bastos. Y así uno por uno desplegaron su arte elogioso encomiando la lasaña. Tanto fue el alboroto que la infanta se vio obligada a intervenir. Y a pesar de su corta edad lo hacía con inteligencia y certeza, pronunciando palabras y razones como no son capaces de hacerlo las personas de mayor edad, tales fueron esas que sorprendieron a los presentes. Cosa de la educación recibida de sus preceptores palaciegos, sin duda.

       —Sosiéguense, caballeros, que para todos habrá complacencia, que son muchos los divertimentos que les tienen preparados en la corte. Si bien es verdad que dado el cambio que se lleva observando en el estiramiento de los tallos de los heliotropos y demás flores de primavera, que se adelantan a su ser debido a las altas temperaturas, el  cambio climático es innegable, señores, por más que se empeñen los negacionistas en negarlo, vamos, yo estoy dispuesta a trasladarme a Viena, cuando lo estime mi papá Felipe y mi prometido, Leopoldo, en coche de caballos en lugar de volar en avión debido a que así evito el vertido de CO2 a la atmósfera, es muy posible que nos veamos obligados a reducir las horas de sueño y no haya, en las cuentas generales de la nación, partidas disponibles para recompensar a los críticos ni a los jacobinos ni a los albigenses ni a los cretinos que tan buena labor hacen en el reino de las letras ensalzando a esos bizarros escritores porque esos fondos reservados deberán dedicarse a arreglar los desperfectos ocasionados por las tormentas y los temporales en los puertos de Laredo, en la playa de la Barceloneta y en las gambas de Denia…

        Y así hubiera seguido perorando y perorando si Nicolasito Pertusato, que nunca se separaba de su alteza real, en un aparte y con la discreción debida le dijo graciosamente: «Las princesas primorosas se parecen mucho a ti: cortan lirios, cortan rosas, cortan astros, son así. Una tarde, la princesa vio una estrella aparecer; la princesa era traviesa y la quiso ir a coger…

       —Corta el rollo, repollo que ya no soy una niña, qué te crees Nicolás, ¡que pareces tonto!, que yo, lo que quiero es saber de la vida y tengo que promocionarme entre los hombres de letras principales y las princesas de las cortes europeas, que escondo bajo estos ternos tan artificiosos y cúbicos que pintara Juan Bautista Martínez del Mazo notables anatomías morfológicas que están sufriendo transformaciones con el paso de los años y quiero disfrutar de ellas como cualquier joven de mi edad. Así que olvídate de formalidades y atiende a mis quereres.

       —Qué quiere que le traiga la princesa que voy a Madrid —le preguntó Nicolasito, temeroso, a la infanta Margarita Teresa.

       —No quiero que me traigas, que me lleves sí, que me lleves sí, que me lleves sí —le respondió con desenfado la infanta a Nicolasito Pertusato.

       —Pero doña Margarita, eso sería una huida morganática.

       —Anda, déjate de zarandajas y enséñame el amor en cualquier vuelta del camino, que desde mi ventana del alcázar veo como tú y María la Bárbola os arremetéis por las ancas a escondidas en los jardines de la Casa de Campo con brío y vigor de mancebos refregados y expertos en las artes amatorias como si fuera ella una mastina y tú un galopador tenaz, aunque para eso que te demando debas elevarme las faldas, las enaguas y arrebatarme de soslayo la sobrepelliz. Dame caña que yo te lo demando, Nicolás, dame caña y no lasaña que he de conocer varón antes de que Leopoldo el feo, el hermano de mi mamá para más inri, me despose, para demostrarle que alguna arte amatoria propia de nuestro primitivo tierruco ibérico y alguna malicia he de tener, que no crea que me he caído de un guindo, porque si no, me repudiará por sosa y virginal —le dijo doña Margarita Teresa (que a poco murió en Viena, a los veintiún añitos y en su cuarto parto, qué pena) toda jacarandosa sin tapujos.

       Nicolasito, que de tonto no tenía un pelo a pesar de lo feo que era, se lo pensó dos veces no fuera a cometer estupro y se condenara a la hoguera, pero no le cabía otra salida sino obedecer los deseos de su alteza. La princesa era traviesa. Pues se fue la niña bella, bajo el cielo y sobre el mar, a cortar la blanca estrella que le hacía suspirar. ¡Qué locura! ¡Qué capricho!… El Señor se va a enojar.

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Idolatría

Rafael Alonso Solís

          LA DISTANCIA QUE SEPARA CUALQUIER PUNTO DEL UNIVERSO de la tierra en que reposan los muertos tiene siempre idéntica longitud. No importa que se mida desde las villas de Hollywood, los rascacielos de Abu Dhabi, las chabolas de la Cañada Real o los escombros que adornan los restos de Gaza. Se calcule como se calcule, el resultado seguirá siendo el mismo. La muerte, esa amiga fiel –tierna y turbadora, al mismo tiempo– que nos acompaña en las últimas jornadas del camino, posee una insólita capacidad para establecer la igualdad entre las almas y los cuerpos, más allá de cualquier normativa, de cualquier pacto o de cualquier convenio colectivo. Al final, uno se muere con la misma irreversibilidad, ya esté enfundado en ropas de diseño haciendo juego o cubierto con los trapos empapados en salitre con los que se hizo el viaje en patera. _DSC1965_copia_b_n_webLa repercusión mediática, sin embargo, no es la misma, porque el poder del circo es tan grande y estamos tan imbuidos de formar parte de una inmensa troupe que aceptamos las diferencias sin un instante de reflexión, sin una mirada de compasión que no esté separada de los titulares de los periódicos y de la cuota de pantalla. Los griegos construyeron el esqueleto de la civilización occidental inventando o recordando historias de transmisión oral, en las que los seres humanos copulaban con los dioses para generar híbridos e iniciar dinastías. Más tarde, sus dramaturgos y poetas acabaron por darle forma literaria a la mitología inicial, dotándola del componente épico que necesitaba para alcanzar el éxito. Tanto éxito, que la idolatría ha impregnado nuestro mundo, demasiado cercano a las leyendas helenas en su simplicidad esquemática, institucionalizando un sistema eficaz para mantenernos distraídos y olvidarnos del carácter fluyente de la vida. Cada día mueren miles de personas en los arrabales de Haiti –sin ruido, ni focos, ni esperanza–, en las franjas de mar que separan los continentes, en las calles vacías de Siria, en los burdeles infernales de México o en las fronteras africanas. Otras lo hacen tratando de apagar las hogueras que se extienden por el planeta, como resultado de la falta de decisiones inteligentes desde los centros de poder, o de la perversa y estúpida orientación de las mismas. Nuestra capacidad para sentir cierta empatía por los miles de muertos diarios –ni siquiera sabemos cuántos son, ni nos importa– está agotada, pero reaccionamos con espanto cuando en el helicóptero que se estrella viaja un mito, y la idolatría hace que nos afecte como si su desgracia mereciese un respeto diferente, nos generase un desconsuelo de mayor magnitud o su desaparición fuese más dolorosa que las otras. Hemos aceptado con toda normalidad que un deportista de élite gane varios millones de euros al mes, mientras que los sistemas políticos que nos rigen permiten morir de frío en la calle, al tiempo que anunciamos el apocalipsis económico por efecto de insignificantes subidas del salario mínimo. Es muy difícil que una especie con semejante patología pueda evitar su propia destrucción.

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Prensa y catequesis

Rafael Alonso Solís

         Hace tiempo que leer periódicos resulta un ejercicio muy parecido al de impregnarse del catecismo, además de tener consecuencias formativas de idéntico calado. Todo comienza, en un descuido, por la aceptación de que un libro sagrado, la marca indeleble de la revelación y la publicación de un compendio fácilmente manejable ­–siempre que las cuentas del rosario estén cuidadosamente engarzadas y formen parte de un estudiado plan de ventas–, proceden directamente del origen de la familia. Puede que haya ocurrido siempre, debido a que se trata de una operación comercial en la que un producto selecciona a quien lo va a consumir, lo detecta, lo bautiza, lo interpreta y lo educa casi a su antojo. En este proceso debe reconocerse la tremenda eficacia de la Iglesia católica como maestra, no solo como ejemplo de una industria de inmenso éxito, duradera y resistente a las turbulencias, a pesar de las escasas modificaciones del envoltorio y la invariabilidad del contenido, sino como descubridora de alguno de los principios básicos de la publicidad. Ante un público convencido de antemano, pocos instrumentos más efectivos para la difusión del mensaje original que el lema de ser la empresa creada, sin otros intermediarios de garantía, por el mismísimo hijo del fundador. Así sucedió, según las crónicas elaboradas por los escribas de la compañía, en una célebre cena en la que se repartieron las tareas, se instauraron los principios del dogma y se distribuyeron las delegaciones, un poco a la manera que utilizara Lucky Luciano en los años treinta, y cuya eficacia ha ido perfeccionándose con la práctica. En el otro lado, es cierto que la lectura de los diarios debería consistir en una toma de contacto con la actualidad a medida que se produce, en un encuentro con los hechos tal como acontecen –o, como mucho, tras una preparación de los datos, con objeto de facilitar su digestión–, en lo que podría entenderse como un servicio público y una forma de aprehender lo que la realidad rezuma a su paso por la vida. En uno de los primeros artículos de El pobrecito hablador, y en interpretación flexible del conflicto entre información y opinión, Larra parecía aceptar como legítima la manipulación del “material robado”, como la expresión de su desacuerdo con la sociedad en que vivía o como la manifestación literaria de su desencanto. Algo parecido, tal vez, a la “insurrección permanente” mencionada por Vargas Llosa a mediados del siglo pasado, cuando en sus discursos de escritor premiado profetizaba la emancipación de América Latina del imperio que la saqueaba. Para Larra estaba claro, y para su fortuna se pegó un tiro antes de abjurar: el objetivo del cronista –oficio que él mismo estaba creando– era ser leído, mientras que decir la verdad era el único medio de comunicación posible. Lo difícil es establecer la separación entre información y catequesis, dado que el objetivo, en ambos casos, es la implantación de la doctrina, y cuando se ha ingerido el veneno ya no se desea probar otra cosa.

Un santón pirulero haciendo proselitismo en la Puerta del Sol. Detrás, sus chicas, no van a las rebajas.

Ya queda menos para la san Silvestre 2020

Escrito por Gabriel de Araceli. Fotografiado por Terry Mangino

          LA CLASE OBRERA VA AL PURGATORIO LA NOCHE DE SAN SILVESTRE. Cree que subiendo por la Avenida de la Albufera redime los excesos cometidos durante el año y se reafirma en su condición social de asalariado, sí, pero deportista. La clase deportista comparte un sudor colectivo, solidario ocupando por unas horas las calles ricas del Madrid pijo. Las calles de Concha Espina, de Serrano, la Puerta de Alcalá, el Paseo del Prado, Atocha, la Avenida de América sufren los zapatazos de corredores inofensivos, desclasados, sin casta. Es una ocupación mínima, una marcha verde pacífica que solo quiere quemar calorías y toxinas en un viaje autista del lujoso Estadio Bernabéu al humilde campo del Rayo. Ya no hay lumpen-proletarios en la clase obrera que corre hacia Vallecas, no hay reivindicación en su trote borriquero nocturno. La protesta, la manifestación, la lucha sindical se han transformado en una pugna contra el cronómetro y la báscula. —¡Matilde, que la he hecho en una hora! —le escribe Saturnino por el whatsapp a su mujer tras rebasar la meta—. Muy bien amor mío, pero no tardes en volver, que se nos enfría el cordero y tienes que recuperar lo perdido —le responde la dulce esposa mientras se pinta la uñas.

       La aristocracia del atletismo vuela más que corre. Son atletas. Van tan deprisa que casi ni se les ve cuando aparecen entre las tinieblas, por Cibeles. Un suspiro, una sombra silenciosa, ellos a lo suyo, a triunfar, miran de reojo al adversario para descubrirle alguna duda, alguna fatiga que exprese cansancio, un desfallecimiento en sus rostros de póker, algún resquicio por donde atacarle. Pero son de mármol, estatuas aladas inexpresivas, ninguno de la élite transmite nada en sus miradas al vacío de la noche negra. La vecindad vallecana les espera agazapada en los bares, o acechando por las aceras. Deja la cerveza y aplaude al junco que cimbrea sus zancadas por el bulevar del payaso Fofó camino del más allá. O le llena el rostro de espuma como una broma inocente que le haga visible en la oscuridad. Y de golpe, un pórtico luminoso abre el campo del Rayo y una multitud les grita y les grita y les grita y llegan a la meta y todo se acaba. «¡Mierda, quince segundos más que el año pasado! Y eso que llevo las zapatillas de Kipchoge» piensa para sí el atleta aristócrata.

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Abadía y Ramos, la aristocracia, pasan destacados por Cibeles, Km 4. Después serían tercero y noveno en el campo del Rayo.

          Entre la aristocracia, el vencedor de la San Silvestre 2019 fue el atleta de origen somalí Bashir Abdi, que recorrió los casi diez km en 27’47”; a 2’46” el Km. La primera mujer fue la etíope Helen Tola Bekele: 30’50”. Acabaron la prueba 1239 aristócratas. 33330 obreros se redimieron en el purgatorio para inflarse después de cordero y de uvas.

Centenario del fallecimiento de Galdós

Ángel Aguado López

Homenaje que Gabriel de Araceli hace a su padre novelesco don Benito Pérez Galdós

            GRACIAS, SEÑOR DON BENITO, por haberme engendrado, por haberme dado la vida literaria en la primera novela de sus Episodios: Trafalgar*. Y después por mantenerme como narrador en las diez novelas de la primera parte de las cinco que fueron los Episodios Nacionales. Dicen** que me conoció usted en el verano de 1871, en Santander, cuando reinaba don Amadeo. Sesenta y seis años después de la batalla. Que me apellidaba Galán, que yo ya había cumplido los 81 años, que yo era un viejecito muy simpático, de corta estatura, con levita y chistera anticuadas, aunque usted fuere un hombre joven, 28 años, y enamorador de primitas, doncellas, casadas, actrices, modelos de artistas pintores, magísteres e incluso condesas, que todas gozaban de la hombría con las que usted las regalaba, que las aderezaba e iluminaba con sus ardientes perfumes y caballeroso ser, que de ellas extraía armoniosos trinos que le recitaban al oído en los tálamos recatados de su Madrid callejero. Y es cierto que fui grumete en el navío Santísima Trinidad, de 63 m de eslora, 4905 toneladas, cuatro puentes y armado con 140 piezas de artillería en el que servíamos 1160 hombres, que participé con honor, braveza y enjundia sin par a la edad de 14 años en aquella triste batalla, el 21 de octubre de 1805, donde se perdió lo más granado del saber patriótico y de la inteligencia nacional, que luché bajo las órdenes del teniente general don Federico Carlos Gravina, un ilustrado y honroso científico, gloria sublime para la patria. Y del no menos excelente, luminoso y humanista don Cosme Damián Churruca. Que, aunque derrotados por el honorable inglés Horacio Nelson, y en eso tuvo mucha culpa el gabacho, disminuido, amanerado, afeminado e inútil vicealmirante napoleónico Villeneuve, siempre nos acompañó la honra de haber defendido con gallardía a la patria y al pabellón real. Aunque Carlos IV fuera un rey antojadizo e incapaz, propenso al extravío, a la caza de la perdiz, a la coyunta libertaria, a la jodienda del pueblo y a la vagancia, como todos los borbones que han reinado este país, que aquel rey no fue sino un dislate más en la historia general de la nación y de la monarquía. Y peor fue lo que vino tras él: ¡el rey felón!

                    Y después me vistió usted de joven enamoradizo por El Escorial, por Aranjuez, por la conspirativa corte del Palacio de Oriente, por el 2 de mayo, que me dio mucho lustre y protagonismo sin que yo lo mereciere. Otros narradores omniscientes —¡corajuda palabreja!— utilizó usted en sus episodios, que a mí me siguieron Salvador Monsalud, Fernando Calpena y José María Fajardo, que con ellos construyó una historia novelesca de la nación sin faltar al rigor, ni a la verdad ni al decoro, una capilla sixtina, un Lepanto de palabras, la más alta historia que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Pero yo tuve la gloria de ser el primero y usted me hizo inmortal. Así que, don Benito, no puedo sino demostrarle mi más profunda admiración y mi más elogioso agradecimiento por su obra y por su verbo. Es usted, padre mío, sin ningún género de dudas, el más valioso escritor de la lengua castellana. Eternamente deudor, su hijo Gabriel.

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*Es muy recomendable para el lector curioso y advertido la edición anotada que de la novela Trafalgar hace el erudito crítico literario y experto galdosiano don Pascual Izquierdo de la Ribera Sotillana, en la colección Tus Libros, editada por Ediciones Generales Anaya, en 1983, auspiciada y dirigida por el académico in absentia don Emilio Pascual de Tejares. Aunque no es fácil encontrar tan preciada obra y los que la poseen saben que tienen un tesoro de valía similar a las que se encuentran en el pecio del navío Santísima Trinidad, hundido, pero con gloria, a dos millas náuticas, frente al tómbolo de Trafalgar, el 24 de octubre de 1805.


Epistolario que mantuvieron en torno a 1907 y con posterioridad doña Teodosia Gandarias y su bien amado Benitín

           «¡Oh, secreto de la naturaleza, oh milagro del tiempo, oh felicidad, no por tardía menos soberana!… En fin, sea de esto lo que disponga el supremo artífice del Universo, el nivelador de las generaciones» le dice desde Santander B —Benito—, el «hacedor de… millares de caricias» a su «preciosa, vaporosa y valiosa» Teodosia Gandarias, su nuevo amor —ella tenía 44 años y él 64 en ese momento— cuando Teo le comunica que es posible que tengan un hijo. Teodosia Gandarias —ella viuda— y Galdós —siempre soltero— se conocieron en 1907 y fueron amantes hasta el final de sus días. Ella falleció el 31 de diciembre de 1919, en su casa del nº53 de la calle Santa Engracia, en Madrid. Y él el 4 de enero de 1920, en su casa de la calle Hilarión Eslava, nº5, no muy lejos de la de su amante.
Pero «la dulce ilusión» se disipó y B le anima a Teodosia y le ruega que no se preocupe de las habladurías de la portera de la finca y no se aísle y salga a pasear: «¿Qué puede decir la vecindad? Nada. Estaría bueno que una señora como tú no pudiera salir a la calle por el qué dirán. ¡Pero si nada pueden decir! Tu personalidad está demasiado alta para que puedan denigrarla esos vecinos idiotas y bajunos. No hagas caso».
Y culmina el amoroso don Benito con estas frases que enternecerían al corazón más duro, entonces y ahora, de cualquier mujer entregándola al dulce amor y a sus besos de reputado galán:
«Son mis horas religiosas, digámoslo así. Entonces van mis pensamientos a ti con vuelo más rápido. ¡Oh, Teo dulcísima, amantísima y preciosa sobre toda preciosidad!».
Un año después, Teodosia le pide que mueva sus influencias y la coloque de maestra nacional —su profesión —, ya que Galdós había sido diputado y lo volvería a ser en 1910. Don Benito le dice a su amantísima Teo: «Pero, mi cielo querido, ¿en qué estás pensando? ¡Cómo ha podido ocurrírsete que yo te iba a colocar de maestra? Esto no concuerda bien con tu soberana inteligencia… En fin, ya te habrás tranquilizado». Y la distancia acalora el corazón de don Benito, que anhela el contacto con Teodosia «siento trastorno por verte a ti tan trastornada… tú, talentuda y magna mujer… a ti mi inalterable cariño».
Teodosia Gandarias y Galdós compartieron los últimos años de sus vidas y parece que también fueron felices. Años de reconocimiento universal del autor, nominado al Nobel en 1912, a lo que la Iglesia hizo una feroz oposición, rayana en el fanatismo, debido al anticlericalismo del escritor expresado en su obra teatral Electra, estrenada en 1901 con enorme éxito de público y crítica. La Iglesia nunca perdona y castigó al señor Pérez con saña en esta vida sin esperar al juicio final.

             Es difícil que don Benito conociera el fallecimiento de su amada Teodosia debido al crítico estado de salud en el que se encontraba. Cuando Galdós falleció cuatro días después, además del reconocimiento de toda la nación: del rey Alfonso XIII, del presidente del Consejo de Ministros, del ministro de Cultura, autoridades, mundo literario y ciudadanía, contó con la visita de doña Emilia Pardo, la Bazán, que fue la primera que se trasladó a su domicilio de la calle Hilarión Eslava, con la que también compartió, epístolas incendiarias de amoríos, desplantes, infidelidades, excesos y deleites durante la década de los 80 del siglo XIX y con posterioridad. Algo a lo que no fue ajeno con Lorenza Cobián, la madre de su hija María, o con Concepción Morell, entre otras amantes conocidas.

       Sin saberlo, en su gran novela Fortunata y Jacinta escrita entre 1885 y 1887, Galdós adelantó su final novelando el triste entierro que sufrió Fortunata, metáfora y trasunto anticipados de Teodosia, sin nadie que le acompañara al cementerio, fallecida un día antes que Evaristo Feijoo, quizás el alter-ego de sí mismo, que recibió una concurrida presencia de deudores en su funeral.

     Sí, don Benito Pérez Galdós lo tenía todo, era un genio de las letras, simpático, guapo, cariñoso, generoso, desprendido y amoroso, muy amoroso y delicado con las mujeres. Y querido por ellas.

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Vivienda de Galdós, en la calle Hilarión Eslava, nº 5, en el barrio de Argüelles. Faltan seis tildes en la placa conmemorativa. Sin embargo, el cartel del dinosaurio está escrito con corrección, casi.

Para conocer más sobre la vida de Benito Pérez Galdós véase: https://escaparateignorado.com/2018/12/19/los-amores-asimetricos-de-galdos/
Y para conocer sobre su extraordinaria obra véase:
**Vida de Galdós, obra de Pedro Ortiz-Armengol, editada por Crítica en su Biblioteca de Bolsillo. 2000.
Asimismo, se recomiendan los estudios y ediciones críticas de Joaquín Casalduero y Ricardo Gullón; para Tristana, la de Germán Gullón, en Austral; y para Fortunata y Jacinta, la edición de Francisco Caudet, en Cátedra.

Enlaces relacionados

Los amores asimétricos de Galdós

El callejero novelístico del Madrid galdosiano

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Don Benito siempre tuvo las mujeres a sus pies. Como don Ramón María.

Palabras y tesoros

Rafael Alonso Solís

                De vez en cuando, bien sea porque a uno no se le ocurre otra cosa o porque se lo pide el cuerpo, en esta columna se habla de palabras, tal vez el hallazgo más influyente de la especie y el vehículo que utiliza el cerebro para nombrar la realidad percibida, hasta hacerla comprensible. En una ocasión me atreví a mencionar su afición por los viajes, su nacimiento en la calle, su crecimiento en las bibliotecas, sus estudios de posgrado en el maco, sus descansos y recogimientos en lugares de variada catadura, como los conventos, los claustros, las alcantarillas y los burdeles, sus paseos de ida y vuelta para cruzarse con sus hermanas, originarias de países lejanos o emigradas con la esperanza de hacer fortuna. En otra, tuve la osadía de desvelar su relación familiar con las partículas elementales, a las que, incluso sin necesidad de verlas, adjudicamos el papel de constituir la estructura de la materia observable, el tejido básico del universo, sugiriendo que podría tratarse del mismo material del que se componen los sueños; es decir, una forma de vida sutil, capaz de reproducirse al combinarse con otras y que, gracias al poder de la sintaxis, puede adoptar múltiples rostros, lo que le permite crear universos, alterar la duración del tiempo e imaginar lo que se oculta en la sombra. Este año, a la misma hora en que las televisiones suelen difundir los discursos de los monarcas, he tenido el placer de comenzar la lectura de dos libros recomendables. El primero se titula El tesoro olvidado, un precioso escriño –voz hallada en el libro– donde se guardan “quinientas palabras para quien quedar bien quiera”, que Dimas Mas ha publicado en Oportet Editores bajo la precisa batuta de Emilio Pascual. El segundo es Palabras nuestras –tesoro también, y oportuno, aunque más reducido–, que la Academia Canaria de la Lengua ha editado para celebrar su XX aniversario. Ambos son libros para leer y releer; el primero, para tenerlo a mano y sumergirse de tarde en tarde en sus páginas; el segundo, para reconocer a un conjunto de voces características del español de Canarias, elegidas y comentadas “sin más limitación que la fidelidad a los propios sentimientos”. Sin menoscabo del resto, brilla la autobiografía de chirrimil, de la que es autor Marcial Morera, y no solo por el cariño y el rigor con que ha seguido sus pasos atravesando diversas fronteras, con que ha admirado sus aventuras y con que ha dibujado sus cambios de gesto y de intención hasta convertirse en palabra “plena y polisémica”, capaz, precisamente a través de sus viajes, de “abrir la entendederas y aplacar el ansia de destruir al diferente que nos corroe las entrañas”. En una tierra donde se creó el nacionalismo de garrafón y se inventaron los concilios de puchero y güisky, Morera le echa un par, con elegancia y sin molestar, al hablar por derecho de la palabra como lo que es: un adhesivo coherente, el armazón de la vida y sus recuerdos.

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Enlaces relacionados

Oportet editores

Me gustas, navidad, porque estás como ausente

Los Caballeros del Pedal les desean a todos ustedes que lo pasen bien en 2020, que disfruten de buena salud, que les quieran mucho y que incluso tengan algo de pasta. 

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Carmelito Flórez (Fotografías)

Para Luis, que estarás en cualquier galaxia colindante riéndote de los caballeros tontoterrícolas.

Globos aerostáticos para venir al más acá._DSC0032_web2.jpg

 


Doctor Simón y Cajal

Pascual Izquierdo de Góngora y Argote

Descubrir
los primeros mapas
de la risa y el llanto,
el asombro, la ternura y el adiós.

Dibujar la luna
que se refleja en tus ojos.
Ensanchar los ríos,
los vértices, los sueños, las provincias,
el tamaño de los peces
y el misterio del mar.

Descubrir
que todos los días puede nacer una estrella
en los ojos oscuros de las sombras,
en los campos abiertos de la imaginación.

Emilio de Pascual y Saavedra

Villancico

Andaba el carpintero —o más bien artesano—
cepillando un tablero, lima e garlopa en mano,
e entró por la fenestra un páxaro inhumano
de aleteo soberbio e de seso liviano.

Mirolo suspicioso el artesano rudo
e con afincamiento, e destemprado e crudo,
empuñó un grand zoquete e díxole sañudo:
«¡Pardiez que esta vegada non me farás cornudo!

Que aunque sea mi oíslo buena, dulz e sanía,
de grand contentamiento e onrada compañía,
non quiero rosseñoles desta placentería
que vinién a mi casa con tal messagería.

Non serás organista nin serás violero,
nin estrument nin lengua nin tan claro vocero».
E, lanzando el tarugo, le dio en el gargavero,
dexándolo sin pico e con el güevo güero.

Señor Trovador de Torrelodones

De Pascual:

EN LA PLUMA DE PASCUAL,
EN VEZ DE TINTA HAY AMOR,
HAY UN TALENTO INMORTAL,
SENSIBLE Y ACOGEDOR.

De Emilio:

ES, SIN DUDA, UNA DELICIA,
PARA NUESTROS PALADARES
DISFRUTAR ESTA PRIMICIA
DEL MAESTRO DE TEJARES.

Santiago Izquierdo de Silva y Velázquez

Enséñame tu casa hoy que estamos a tiempo:

las rosas aún dormidas, la paz de tu jardín,
los pétalos inciertos, los poemas secretos;

tus ríos subterráneos, tus corrientes ocultas,
Tu vajilla de plata, el marco de tus ojos.

Deja que me siente en tu inmensa azotea
Y pueda ver tu noche desde el principio al fin.

Déjame asomarme a tu espejo sin trampas,
Que me importa saber cuánto mide tu azul.

Déjame perderme en tu oculta tormenta,
que me arrastre al vacío tu loco torbellino.

Haz que hoy se me olvide mirar hacia atrás.

Ana de la Robla de Vega Carpio

PEQUEÑA MUERTE

Cuna y sepulcro en un botón hallaron
CALDERÓN DE LA BARCA

Botón de rosa,
luz y noche en el frágil rumor del infinito.
En los trastes del de laúd que roca fuera,
en el yacer animal que breve acecha
y que sólo los dedos de su orfebre
leen, desabrochando,
y matan.

Aurora Vélez de Guggenheim

TODOS LOS HOMBRES que fueron
llegaron como golondrinas.
Apenas rozaron mis alas,
se marcharon confundiendo al aire
con sus cabriolas
imposibles.

Se iban
dejándome unas miradas,
un par de ocasiones tiernas,
un poco de amor
colgado del alero
desde donde se ven el mar.

Sólo sé
Que así seguirá siendo.
Aves de paso.