Largas esperas en las urgencias del hospital

Gabriel de Araceli (Texto y fotos)

                        LEER SOBRE LOS DUROS BANCOS DE ESPERA DE UN GRAN HOSPITAL. El paciente ha leído libros enteros (El guardián del centeno, J. D. Salinger. No le gustó) durante las esperas en esos tortuosos bancos de chapa metálica. A veces el paciente toma apuntes y escribe secuencias de un guion que duerme su noche eterna olvidado en una librería. Hoy se ha llevado “El hombre que amaba a los perros”, de Padura, un habanero que ama La Habana. Se lo recomendó su cirujano de digestivo en una de las consultas en las que hablan de literatura. A veces hablan del estado de salud del paciente, que es a lo que va al hospital. Leer sobre los duros bancos de espera en las urgencias. Una vez el paciente estuvo doce horas sentado en los duros bancos de espera, tenía una hemorragia por el recto. Por donde don Camilo absorbía una palangana de agua de un chupetón anal. En lugar de absorber como don CJC, el paciente vertía un líquido sanguinolento. Hacía dos semanas que le habían extirpado el tumor y le quedaba mucho líquido abdominal que debía evacuar. Se pasó doce horas en aquel duro banco de las urgencias del hospital. No tenía control sobre sus esfínteres y cagaba aquel líquido sanguinolento con vergüenza. La tensión en las urgencias se cortaba con un cuchillo. La gente es muy mal educada, la gente cree que tiene más derecho que nadie. Los otros pacientes, que están también muertos de dolor no existen para la gente, que se cree que son ellos los importantes y los que tienen preferencia. Y parece que se establece una carrera de exigencias para que te traten primero basada en los méritos dolorosos propios. La gente es muy mal educada y se pone nerviosa y trata mal a los médicos y a las enfermeras y a los administrativos que les asisten en las urgencias porque tardan el tiempo que requiere la cosa. Y los enfermos se creen que todo es automático y que las pruebas y las radiografías y los análisis y las ecografías y las resonancias son instantáneos y no entienden que todo necesita un esfuerzo y empiezan a suspirar y a poner caras agrias y levantan la voz y después se quejan chillando y por más que les dicen que les están atendiendo y que esperen, porque no hay otro remedio, la gente se enfada y se altera y pierde la compostura y el decoro y se ponen bordes como si fueran a descabellar a un toro y miran para los médicos como si tuvieran el estoque en la mano, o en los ojos. ¡No sabe usté con quién está hablando!

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          El paciente leía y leía sobre los duros bancos de chapa metálica mientras la tensión iba subiendo. Al final estalló casi con violencia y tuvo que venir Seguridad para poner orden, para que los pacientes y los acompañantes no increparan a los médicos o a las enfermeras o a los administrativos. Pero no fue suficiente porque la gente es muy mal educada y muy borde y la emprendieron a gritos y a insultos con los seguratas porque la gente es muy mal educada. Y vinieron hasta los guardiasciviles. No intervinieron, sólo rogaron a la gente que se tranquilizara. Y la gente maleducada se tranquilizó. La gente maleducada se observaba con miradas perdonavidas, venga a decir que ¡vaya hospital y que vaya médicos y que vaya seguratas y que no pagaban a la Guardia Civil para que entrara en un hospital! Y que ellos pagaban sus impuestos y que les iban a oír y que los políticos eran unos canallas y que les robaban a los ciudadanos y que la corrupción y que si tal y que si cual, y que no iban a votarles más. Y después, ¡hala!, se pusieron todos a hablar a gritos por teléfono a pesar de que estaba prohibido. En las salas de espera de urgencias de los hospitales está prohibido hablar por el móvil. Lo pone en carteles muy grandes cada cinco metros: Prohibido hablar por teléfono. Apague su móvil. Prohibido hablar por teléfono. Apague su móvil. Pero nadie hace caso, todo el mundo habla por teléfono a gritos, como si quisiera contar a los demás sus problemas. Además, llevan unos teléfonos enormes y carísimos. Cuando suenan los teléfonos carísimos se oye un soniquete hortera que pone los pelos de punta a los calvos que esperan sobre los bancos de chapa dura de las salas de los hospitales doblados por el dolor, en las urgencias. Todo el mundo habla a gritos conversaciones banales en las que se cuentan sus aburridas existencias y se reprochan o se insultan por teléfono: Eres un ¡chingado de la gran chingada! O se besan y se aman: ¡Amog mío, te quiero tanto!

          Pasan muchas cosas en las salas de espera de las urgencias de los grandes hospitales. La gente está muy malita y busca remedio a sus males. Y ves por el pasillo a personas en sillas de rueda con un rictus de dolor y de agonía, o van gentes muy flaquitas con el rostro descompuesto, o con mascarillas, o con oxígeno, o con muletas, o acompañados por un familiar que se desvive por ellos. Y las salas de espera de urgencias están siempre llenas de personas muy feas y muy mal vestidas, horriblemente vestidas porque son muy humildes y llevan años con su enfermedad, o están aterrorizadas porque sospechan que sus males son muy malos y se espantan sólo de pensar que puede llegar pronto su final porque lo que tienen no tiene buena pinta. Y en los hospitales hay un montón de gente de todas las razas, nacionalidades y clases sociales, que hablan lenguas raras, algunos muy bordes e irascibles que parecen los malos de una película de Alex de la Iglesia, pero que son personas y no actúan, porque las urgencias no son un cine. O sí. Y otros pacientes son educadísimos y elegantísimos, que parecen maniquíes del Vogue o de Elle. Y hay otros que parecen salidos de la revolución chavista. Y los bancos de las salas de espera de las urgencias de los grandes hospitales se llenan también de viejecitos que acaban de venir desde un pueblecito de la sierra, con su chaqueta de pana y su boina de domingo y no saben cómo sentarse porque se creen que molestan. Y hay otros viejecitos vencedores, que parecen sacados de un anuncio de esos en los que venden vacaciones y snorkle para jubilados en los celotes de México lindo y querido. Y hay tipos calladitos que lo observan todo, sentaditos sin decir ni mu en los duros bancos de espera de los grandes hospitales. Y hay otros, mayores, que hablan por los codos y se enrollan con el vecino de banco incómodo y le cuentan lo ¡guapos que son sus nietos!, y que su hijo mayor conduce un furgón de custodia de dinero que va recogiendo las recaudaciones por los Ahorramás, y que está muy contento porque llevaba tres años sin trabajar y que no gana mucho pero que lo mismo el año que viene lo hacen fijo y entonces, ya, lo mismo gana mil euros, que no está nada mal en estos tiempos. Y el otro mayor, que no es tan mayor, le cuenta que trabajó treinta y cinco años en la fundición Aristrain y que lo prejubilaron, y que le quedó una pensión muy mala, y que ahora se pasa todo el día escuchando las manías que tiene su mujer, que siempre le está molestando porque no se pone el traje nuevo que le compró en las rebajas de un utlé para ir al médico, que él está más cómodo con el jersey de lana. Y el paciente está deseando irse a su casa porque le duele la espalda y el pecho y las piernas y el culo y los brazos y no sabe cómo ponerse por más vueltas que da en los bancos duros de chapa de las urgencias. Y el paciente se estira y se encoge y se pone de pie y se sienta y se pone de nuevo de pie. Y su número no sale en la pantalla porque hay tantos enfermos y tanta gente malita venida de toda la provincia que las esperas se hacen interminables. Cuando le llaman, ¡por fin!, brinca del banco de chapa incómodo y al principio le cuesta mantenerse en pie porque tiene el cuerpo anquilosado y como de cartón-piedra de tan larga espera. Y entonces camina los primeros pasos dubitativo y con miedo, pero enseguida recupera su compostura y pasa a una cabina y enseguida pasa a la sala de radiografía. Y una señora, muy educada y muy amable, que tiene una vocecita que casi no se la oye le dice que te pongas así y asá y asado y él se pone así, de espaldas, y asa, de perfil, y asado, con los brazos en alto. Y le dicen que muy bien y que yastá y que te puedes ir. Y el paciente se va a la otra consulta porque le están esperando desde hace ya treinta minutos. Y cuando pasa al lado del banco de chapa, ese tan incómodo, le dan ganas de sacarle la lengua. Pero no lo hace porque hay otra paciente con aspecto de india sudamericana con un teléfono carísimo y muy grande que habla a gritos y que le dice a un conversador al otro lado del móvil que le ¡quiere mucho, amog, amog, no sé qué haría sin ti, mi vida! Esperar y esperar en las salas de espera de las Urgencias de los grandes hospitales es lo que tiene. Sí, es como asistir a un concentrado de la realidad cotidiana, es escuchar las tristes existencias de las gentes que se sientan en los bancos, enterarse de sus tristes vidas, de sus tristes problemas, de sus historias descarnadas y de sus enfermedades tan malas y de sus inquietudes y de sus miedos y de sus necesidades y de sus esperanzas, la triste realidad de las tristes vidas de las tristes personas que están en el mundo, a nuestro alrededor. Es como si, de repente, buceáramos en nuestra aburrida y triste vida.

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         Y por eso no queremos saber nada de la existencia de los otros, porque nos recuerdan la nuestra y nosotros nos creemos diferentes y mucho más guapos y mejor vestidos que ellos. ¡Dónde va a parar! Y nos ponemos nerviosos y nos enfadamos y miramos de forma asesina a los médicos y a las enfermeras y a los administrativos y a los seguratas y a los guardiasciviles…Y somos, en el fondo, igual que todos esos que se sientan a esperar en los bancos incómodos de chapa gris de las urgencias de los grandes hospitales. Un hospital es tu vida misma. Y ahí, sentados en los bancos incómodos de los grandes hospitales nos pasan la película de nuestra vida que no queríamos ver. Las salas de espera de las urgencias son el mejor cine al que podemos asistir porque está lleno del drama diario de vivir, de nuestros íntimos deseos, de nuestras profundas frustraciones y de alguna alegría cuando te dicen que no tienes nada, que estás más sano que un rosal en primavera.

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Agostos candentes

Gabriel de Araceli

       El general Domingo Batet nació en Tarragona, en 1872. Fue instructor ayudante en el Expediente Picasso, en donde se escrutaba la participación en los sucesos, las órdenes de mandos y las responsabilidades de jefes y generales, los “africanistas”, en el Desastre de Annual —12.000 soldados españoles muertos, según fuentes. Las fechas del desastre fueron del 6 al 25 de julio de 1921, casi las mismas fechas, día por día que duró la Batalla de Brunete dieciséis años después, en julio de 1937—. En ese momento, Franquito estaba destinado a la protección de Melilla y no participó apenas en aquel hecho trágico.

       Franco intervino con sus legionarios con posterioridad al Desastre, en septiembre de 1921 —Millán Astray, el fundador de la Legión, estaba por esas fechas herido de guerra. Astray estaba siempre herido de guerra, le faltaba una mano, un ojo, todos los dientes, una pierna, el sentido común y la razón. Fue el responsable de las represalias y castigos —brutales y crueles— contra las cabilas que rodeaban Melilla y habían tomado parte en la batalla. A Franco no le gustaron mucho las imputaciones que instruyó, en el Expediente Picasso, Batet contra sus hazañas africanas. Pero como el golpe de estado de Primo de Rivera —13 de septiembre de 1923— zanjó el asunto, su participación —que fue escasa— y posibles responsabilidades en Annual quedaron olvidadas.

       Batet —que era en octubre de 1934 el jefe de la IV División Orgánica, en Barcelona, había sustituido en el mando al general López Ochoa— fue aleccionado por Franco, siendo Diego Hidalgo ministro de la Guerra, para provocar un baño de sangre en Cataluña, cuando la revolución de octubre de 1934. Lluis Companys, que era un exaltado nacionalista, estaba también dispuesto a llegar al derramamiento de sangre de los demás para conseguir su catalanismo, como Gil Robles por su españolismo. Pero Batet fue más prudente y con una pequeña intervención de su artillería evitó cientos de muertes y el apaciguamiento de los revolucionarios, Companys incluido. A Batet, el gobierno de la República le condecoró con la Laureada de San Fernando, la más alta condecoración del Ejército español, por su pacificación de Cataluña.

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Batet, tercero por la izquierda, junto a Francesc Maciá y Lluis Companys, ambos fueron presidentes de la Generalitat, en un acto en 1933.

       Eso de que no hubiera muertos no le gustó mucho a Gil Robles, líder conservador del partido Acción Popular y posteriormente de la CEDA, admirador de Mussolini —hay diferentes puntos de vista, opiniones sobre Gil Robles según sea Javier Tusell o Stanley G. Payne el que las suscriba— y observador en el Congreso de Nuremberg, exaltación del nazismo, en 1933. Tampoco le gustó a Franco, que desde Madrid coordinaba la represión brutal de Cataluña y Asturias. Franco se la guardó a Batet. Ya tenía dos balas en su máuser destinadas al antiguo instructor procesal.

      En Asturias, Yagüe empezaba a enseñar modales de lo que haría dos años después en Extremadura. Sus legionarios y regulares sembraban el terror en las zonas mineras asturianas, octubre de 1934. López Ochoa, que era el general jefe de la zona, no vio con buenos modales sus prácticas sanguinarias y le llamó al orden. Yagüe era entonces comandante y de mala gana tuvo que aceptar las órdenes de un superior, que, también, estaba por encima en el escalafón que Franco. Ochoa tenía más antigüedad en el servicio. De no haber sido por López Ochoa, las barbaridades que Yagüe hubiera cometido en Asturias habrían sido terribles. A López Ochoa aquello no le salió gratis. Concitó el odio de Yagüe, de Franco, de Gil Robles. Y de las masas de izquierda, que le creían responsable de las atrocidades cometidas por los legionarios y regulares.

      [En el libro “Los Enemigos de la República”, de Chaves Nogales, que estuvo allí, en Asturias, este hace unos análisis un tanto partidistas de las actuaciones de los mineros en la revolución, de los dinamiteros, a los que él acusa de sembrar el terror con la dinamita. No dice nada, extrañamente, de la represión sanguinaria de los militares.]

        En julio de 1936 López Ochoa estaba convaleciente en el hospital Gómez Ulla. Cuando se da el golpe de estado, las masas populares invaden el hospital, detienen a López Ochoa, lo ejecutan y someten a sus restos a todo tipo de vilezas. Su cadáver nunca se encontró, lo decapitaron, lo seccionaron y lo arrojaron por los basureros del Cerro Almodóvar, por los Carabancheles.

       Domingo Batet —en 1936 capitán general de la VI División Orgánica, Burgos— se entrevista días antes del golpe de estado con Emilio Mola en Pamplona, del que era superior. Mola le da su palabra de honor de militar de que no está implicado en ninguna conspiración y que será siempre fiel a la República. Batet lo cree y mantiene su lealtad republicana cuando se da el golpe de estado. Triunfante el golpe de estado, Franco lo detiene sin miramientos.
De nada valdrán las súplicas que a Franco le llegan del “virrey” de Andalucía, Queipo de Llano —entre ellos se odiaban, “Paca, la culona” llamaba Queipo a Franco. Queipo había fusilado, el 16 de agosto del 36, al general Campins, amigo de Franco, que dudó un rato, en Granada, de unirse a los rebeldes. No muy lejos de allí fue fusilado tres días después Federico García Lorca, del que aún no han aparecido los restos—.

        Franco condena a muerte a Batet por defender el orden constitucional vigente en ese momento y lo fusila en febrero de 1937. Franquito le reservaba dos balas, usó el máuser al que sus compañeros en la Academia de Toledo le recortaron el cañón cuando cadete como burla por su poca altura personal. Así se vengaba de todos, incluso de España. En una ocasión, su amigo Camilo Alonso Vega le preguntó por Batet, su antiguo compañero de armas. «A ese lo fusilaron los nacionales» contestó Franco.

El Tarangu

Gabriel de Araceli

         El individuo, en su infinita insignificancia, tiene necesidad de adherir su existencia a la exaltación de un héroe, a un mito que le dé esa relevancia, esa visibilidad ante la vida de la que carece la inmensa mayoría de los seres, salir de la ordinariez cotidiana en la que se sumergen las vidas y encaramarse por un rato en la victoria ajena. El héroe deportivo tiene esa aura triunfal de éxito extensible que se comparte como propio. No hay más que ver esas celebraciones futboleras que las aficiones de los equipos consideran como una conquista personal. Y si el héroe procede de un origen humilde, parece más reconfortante su triunfo porque, por fin, uno de los nuestros ha conseguido alzarse de la nada y ascender al Olimpo de los ganadores, un éxito compartido con el que se identifican los que no tienen nada.

     La historia del deporte español está llena de héroes individuales, muchos de procedencia humilde, triunfadores que llevaron la alegría por un rato a la masa anónima rescatándola de su inexistencia individual. El gran Manolo Santana —su padre era un simple portero de un club de tenis donde el niño Manolo, nacido en el Madrid sitiado de la Guerra Civil, ejercía de recogepelotas— deslumbró a todos cuando el tenis era algo desconocido, conquistando Wimbledon, tres veces Roland Garros —una en dobles formando pareja con Roy Emerson, al que después ganaría en las finales de la Copa Davis jugadas por España en Australia, en 1965 y 1967—, o el Open USA, hazañas impensables en un país al borde de la bancarrota.

     Boxeadores como Pepe Legrá —exiliado del castrismo—, Luis Folledo o Pedro Carrasco —todos de origen muy pobre— fueron en los 60-70 del siglo XX los héroes populares que desataron pequeñas alegrías a los aficionados. Ángel Nieto, hijo de un frutero vallecano, llegó a lo más alto del firmamento motero en unos tiempos en los que el país iniciaba su desarrollo industrial subiéndose al 600. En deportes minoritarios como la natación deslumbró una jovencita, casi una niña, Mari Paz Corominas, que llegó a la final olímpica de los 200 espalda en México 68 —aún sigue nadando, recientemente hizo la travesía a nado del estrecho de Gibraltar—, o Santiago Esteva, compañero de entrenamientos de Mark Spitz y quinto en la final de los 200 espalda en la misma olimpiada. O el atleta Mariano Haro, un fondista olímpico, todo pulmones, que reventaba a los rivales en el Cross de las Naciones. O el gran Paquito Fernández Ochoa, ganador de un oro olímpico en Sapporo 72 en el eslalon especial, un esquiador nacido en un país donde la nieve es algo anecdótico. Todos tuvieron algo especial que abrazaban como suyo las masas de perdedores.

          Pero quizás el deporte más popular tras el fútbol y que más ha recibido el apoyo del aficionado haya sido el ciclismo, tanto aquí como en el resto de Europa. Gino Bartali, un héroe nacional, ganó el Tour con diez años de diferencia, en 1938 y en 1948. Entre tanto, servía de enlace en la guerrilla antifascista, a los partisanos, transportando mensajes durante la 2ª Guerra Mundial escondidos en la tija del sillín de su bicicleta de 18 Kg. Fausto Coppi concitaba el amor de todas las mujeres italianas, que se aprestaban a esperar su paso agonizante por el Stelvio con tal de ver su rostro incólume de cristo crucificado sobre los pedales. Jacques Anquetil, Monsieur Crono, hijo de un albañil, presumía de hacer el amor antes de subir el Galibier y brindaba con champagne Moët&Chandon antes de galopar le Mont Ventoux. ¡A galopar, a galopar hasta enterrarlos en champagne..!
En aquella España de blanco y negro, más bien de negro y negro, grandes héroes fueron Vicente Trueba, la pulga de Torrelavega, un épico sufridor en el Tourmalet; o Federico Ezquerra, el primer ganador del Galibier; o Julián Berrendero —hecho prisionero en 1939 por el franquismo y confinado en un campo de concentración en Rota durante un año por el delito de haber corrido el Tour—.
Y sobre todos ellos brillaba la figura de Federico Martín Bahamontes, ganador del Tour de 1959 y posiblemente la figura más relevante del éxito deportivo individual en la España del subdesarrollo. Grandes sufridores los ciclistas, hombres que hicieron de la bicicleta su subsistencia, su refugio ante la adversidad, su lugar en el mundo, ¡arriba parias de la tierra! Ocaña, el Tarangu


      José Manuel Fuente, el Tarangu —pícaro, pillo en bable asturiano— fue el Dante que paseó su tragedia o su éxito por el cielo, por el purgatorio y por el infierno del ciclismo, el representante más dramático del héroe deportivo. De la misma edad que Merckx y Ocaña, nacidos los tres en 1945, Fuente comenzó su carrera de ciclista a una edad tardía, 25 años. Fue un incómodo rival del belga en el Giro del 72 y 74, ganó dos etapas consecutivas en el Tour de la desgracia de Ocaña, 1971, y multitud de etapas en las tres grandes y en diversas carreras, así como la general de las Vueltas de 1972 y 1974, deslumbrando tanto por sus demoledores ataques en los Dolomitas, o en los Alpes, o en los Pirineos, como por sus pájaras en etapas intrascendentes. Los alarmantes desfallecimientos le obligaron a retirarse con apenas 31 años. Con posterioridad, le diagnosticaron una enfermedad renal grave, de la que falleció, a pesar de los intentos de la medicina por curarle, entre ellos un trasplante de riñón, en 1996, dos años después del fallecimiento de su amigo Luis Ocaña. Aquella pedalada suelta y decidida de los demarrajes de Fuente fueron un éxito compartido en las cuencas hulleras: ¡El abuelo fue picador allá en la mina y arrancando el negro carbón quemó su vida! ¡Uno de los nuestros, por fin!, se alzaba en los pedales sobre el betún y la carbonilla que cegaba los ojos de los parias de los valles mineros asturianos. Esas pequeñas alegrías que la vida, a veces, te regala.

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Fuente lleva la maglia rosa delante de Merckx en el Giro de 1974

¡La Grandeur,  el pelotón agrupado cruzando por el interior del Louvre, Louis XIV, le Roy Soleil, contemplando orgullo a los forzados de la ruta!

 

      La victoria del ciclista Egal Bernal en el Tour de 2019 ha desatado una euforia nacional en Colombia, necesitada de éxitos y reconocimiento tras décadas de sufrir una cruenta guerra civil soterrada entre el Estado y las FARC. Comparado con García Márquez, el jovencísimo Bernal se ha convertido en un héroe nacional. La fútil felicidad efímera que proporciona un vencedor a una nación, el amor, nuevamente en los tiempos del cólera que nunca se fueron.

Ganó Bernal, se acabó la fiesta del Tour. Empieza en Colombia.

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      LA VIDA Y LA MUERTE BORDADA EN LA BOCA tenía Merceditas, la del guardarropas…

      Algo parecido tenía en su semblante el ciclista Luis Ocaña, un héroe del pedal que sufrió, siendo niño, el traslado familiar a Francia y se educó en ese trance de la doble nacionalidad, o ambigüedad del emigrante: ser l’espagnol de Mont de Marsan, o el franchute de Priego que habla español con acento gabacho.
Esas pateras que ahora se ahondan en los abismos del estrecho de Gibraltar ahogando lo sueños de los excluidos subsaharianos…

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Merckx y Ocaña durante el Tour de 1971

        La biografía de Ocaña se asemeja enormemente a la de su gran rival, Eddy Merckx. Nacidos ambos en plenas postguerras, en junio de 1945, con apenas una semana de diferencia, Ocaña en la esterilidad de la postguerra de La Mancha, en Priego, Cuenca: ¡Adiós mi España querida, jamás en la vida yo podré olvidarte! Merckx en la recién bombardeada Flandes, el pestazo a trilita de las V1 y V2 aún presente dans le ciel flamand, ay Marieke, Marieke je t’aimais tant entre les tours de Brujes et Gand. Ambos vivieron una infancia de traslados y de extranjería en un ambiente desconocido, con un idioma que no dominaban, apurados por conseguir los recursos básicos con los que alimentarse. Quizás por eso ambos fueron tan fuertes y agresivos pedaleando, y se miraban con recelo y desconfianza cuando se cruzaban en el control de firmas antes de comenzar las etapas del Tour. Etapas de más de 200 km, llenas de trampas y emboscadas, de tempestades, de pájaras, de pinchazos, de truenos y relámpagos, donde se retaban con la mirada, a primeros de los 70, en los ascensos al Alpe d’Huez, o al gran Galibier, o al Mont Ventoux, o a la Madelaine, o al Tourmalet. José Manuel Fuente, Zoetemelk, López Carril, Agostinho, Thevenet, Van Impe o Godefroot aguantando el chaparrón de los genios. Quizás por las dificultades de la infancia los dos tenían ese rictus de agresividad e impaciencia por ganar, por llevárselo todo, por embestir al rival. Más cornadas da el hambre, decía un torero tremendista contemporáneo a ellos.

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Ocaña en el Tour de 1973, con el dorsal 51.

      En 1970 Ocaña dominó la Vuelta, por aquella época una carrera de andar por casa. Ocaña empezaba a ser otro monstruo del pedal, un hambriento insaciable de victorias. Todo parecía dispuesto para el gran duelo al sol, el Tour de 1971. El Caníbal llegaba líder a la onceava etapa, el 8 de julio, 134 km entre Grenoble y Orciéres-Merlette. Parecía que su poderío era incuestionable, que no tenía rivales, que ganaría su tercer Tour con autoridad. Sin embargo, aquel día Ocaña se levantó con el semblante torcido, quizás fuera la rabia contenida en su inconsciente de superviviente de una patera futura lo que se le despertó. El caso es que Ocaña espoleó su caballo de acero y tubulares y arremetió contra todos en el km 15 con un odio desmedido y no paró hasta la meta instalada en el Col de Merlette, subiendo con plato, 53 dientes, el último Km, dorsal 98, su mítico equipo BIC, llenando las cunetas de cadáveres deportivos. Una hazaña hercúlea que dejó a Merkx y a Zoetemelk al borde del KO, entraron a ocho minutos y 42 segundos, una distancia cruel e insultante para el belga. Parecía que la victoria no se le escaparía a Ocaña, una diferencia de tiempo sideral. La prensa española rápidamente amplificó la victoria y Ocaña se convirtió en el héroe deportivo con el que llenar las desnudas páginas de los periódicos en la canícula estival. Ocaña reemplazaba a Bahamontes en el santuario ciclista patriótico. Había nacido un héroe.

      Pero el destino chungo, cruel y canalla le tenía reservada su copita de cazalla al conquense. Merckx no aceptó la derrota y durante las tres etapas siguientes, en los Pirineos, desató una guerra cruenta de trincheras, minas y demarrajes de la que Ocaña salía siempre victorioso y engrandecido.
Quizás fue el ansia o la fatalidad la que se le cruzó a Ocaña en el descenso del Col de Menté, tres etapas después, que cayó herido por un rayo traidor en mitad de una tormenta trágica de pedaladas y granizo y no pudo levantarse, sus huesos rotos, su bicicleta rota, hecha un amasijo de tubos retorcidos y embarrados de acero Columbus, su rostro desmadejado sangrando rabia y hematocrito, su sueño aplazado en el dolor de la desgracia. Para consuelo, José Manuel Fuente, el Tarangu, ganó aquella etapa y la siguiente y se convirtió en la gran esperanza del ciclismo patrio, este de verdad español, asturiano y en el también mítico equipo KAS. Merckx, al final, se hizo con le maillot jaune, con el maillot blanco, con el de la montaña, con el de la regularidad, con el de chico más guapo… Ganó su tercer Tour consecutivo imponiéndose a Zoetemelk, a Van Impe, a Thévenet, a Agostinho, a Mortensen, a Guimard, a Labourdette, a Aimar, a López Carril…

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La desgracia acecha en cada curva, Ocaña caído por el ciclismo en el Col de Menté, en 1971.

       Pero los héroes lo son siempre y Ocaña arrasó en 1972 en el Campeonato de España y en la Dauphiné Liberée. Y llegado julio de 1973, Luis Ocaña acababa de renovar su victoria en la Dauphiné y se preparaba para un nuevo duelo al sol de la Francia, le 14 de juillet à Paris, le jour de gloire est arrivé, allons enfants! Sin embargo, Eddy Merckx decidió no participar ese año y Ocaña arrasó en ese Tour y, además, se tomó un pequeño desquite en el Campeonato del Mundo, celebrado en Barcelona, donde quedó tercero, al esprint, por detrás del gran Felice Gimondi y Maartens y por delante de Merckx, cuarto. Todos con el mismo tiempo.
Aún siguió varios años pedaleando el gran Luis Ocaña, cosechando pequeños triunfos a la sombra de su dorado pasado. Y fuera porque le llamaba el amor ancestral al terruño heredado de sus orígenes, o la familia, o porque se le pasó el arroz el caso es que colgó la bicicleta en 1977, a la par que su gran rival en las carreras, el gran Eddy Merckx. Los dos habían iniciado un camino similar que los llevó por diferentes itinerarios, el camino que se hace al andar. Ocaña se dedicó al cultivo de viñedos y caldos de crianza en su destino de acogida de Mont de Marsans, no muy lejos de la región vinícola de Bordeaux. Un Bordeaux, c’est bon!
Pero la vida le guardaba la carta más amarga y se cobró la deuda aplazada con la que le amenazó en aquella caída en el Col de Menté.

Quizás fue la pena o exceso de hierro. El caso es que un día nos tocó ir de entierro. Pésames y flores y dos lagrimitas que soltaron todos al cerrar la cajita.

       En 1979, cuando salía de su domicilio sufrió un grave accidente de automóvil por el que tuvo que recibir varias transfusiones de sangre. Se supone que, debido a la sangre contaminada que le transfundieron, sufrió una grave hepatitis C, que derivaría años después en una cirrosis hepática. Los últimos años de su vida los dedicó a sus negocios vinícolas, a su familia, con la que mantuvo difíciles relaciones y a los comentarios deportivos en varias cadenas de radio españolas, que le servían de terapia y de consuelo frente a la grave depresión que también sufría. Dicen que sus problemas económicos se agudizaron y que su relación matrimonial naufragaba cuando hace veinticinco años, un 20 de mayo de 1994, decidió acabar con su vida descerrajándose un tiro de su escopeta de caza. Con posterioridad a su fallecimiento recibió diversas honras y homenajes por parte de las autoridades y deporte españoles.

    La vida de los héroes es efímera, pero sus hazañas sobreviven en la eternidad del desconsuelo que provoca su pérdida.

Ay amor, sin ti no entiendo el despertar, ay, amor, sin ti mi cama es ancha.

 

       EL GRAN GALIBIER es este año el techo del Tour. Es el final de la 18ª etapa, del 25 de julio, entre Embrun y Valloire, de 208 Km de recorrido. Previamente a la ascensión del Galibier se subirán el Col de Vars (2109 m de altitud, primera categoría, 9,3 km al 7,5%) y el Col de Izoard (hors categorie, 2360 m, 14 km al 7,3 % de pendiente). Los 2645 m del Galibier se subirán por el lado del Lautaret, otro primera, desde Briançon. La subida tradicional se realiza ascendiendo primeramente el col hors categorie de la Madeleine, descendiendo hasta Saint Jean de la Maurienne y ascendiendo Le Telegraphe, un puerto de primera categoría. Por este itinerario se llega al pueblecito de Valloire, donde este año acaba la etapa, y después comienza la ascensión, 23 km del gran Galibier. Un túnel construido hace años evita para los automóviles el último km., de una dureza rayana en la tortura. La altura de la cumbre hace que la presión atmosférica disminuya y como consecuencia, la concentración de oxígeno atmosférico disminuya considerablemente, por lo que los ciclistas deben realizar un trabajo de hipoxia extenuante.angel_galibier_web       Desarrollo recomendado para globeros y culogordos ocasionales que quieran probar sus fuerzas en el Galibier: 36X28 si no se es ni Merckx ni Ocaña.

El abrazo de Tattaglia

Rafael Alonso Solís

      SI HAY UNA QUERENCIA QUE LOS PARTIDOS POLÍTICOS SUELEN TOMAR DEL MISMO ABREVADERO ES SU DECLARACIÓN DE AMOR A LA PATRIA, ese ente ambiguo al que un poeta identificara con luminosidad como “la suela de mis zapatos”. Y si hay un ejercicio habitual de desmemoria y de cinismo es la facilidad con que los digos y los diegos mutan en un juego recíproco para adaptarse a los objetivos más inmediatos. Buscar en las hemerotecas los ejemplos de este proceso constituye un ejercicio tan fatigoso como monótono, mientras que escribirlo en un 18 de julio produce cierta angustia. Más aún, al observar cómo las derechas autónomas se reorganizan más de ochenta años después, con la inhibición o la estupidez de la izquierda. Si la actitud del gallo de pelea que gobierna en funciones tiene pocos pases, la del que quiere entrar muestra la misma carencia. Y esta afirmación no es expresión de equidistancia, sino de hartazgo. Puede que el día en que se publique este artículo nos despertemos con el anuncio de un abrazo, como el que se dieron Philip Tattaglia y Vito Corleone bajo los eficaces auspicios de Don Barzini, tras la reunión de las cinco familias de Nueva York con objeto de recuperar la paz. En el fondo, todo era mentira, pero los dos capos sicilianos habían entendido que el negocio lo exigía, aunque Corleone afirmara unos instantes después que Tattaglia era un perro. En un guión similar, el espectáculo que están dando Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, y quienes les asesoren o toquen las palmas por detrás, parece el mecanismo más eficiente para inducir una abstención de importancia cuando nos vuelvan a preguntar lo mismo que hace pocos meses. La realidad es que los patriotas aún no se han sentado a discutir y preparar un plan de gobierno, más allá de intercambiarse descalificaciones a distancia y acusarse de lo mismo que practican. Incluso en el escenario más optimista que pudiera contemplarse –la escenificación del abrazo, la explicación de los malentendidos y la constitución de un gobierno progresista en julio, que abordase un programa realista para resolver los problemas pendientes y prepararse para los que se anuncian–, la sensación inevitable es la de dos tribus urbanas que se reúnen en la mesa a compartir un plato de pasta al dente, para correr a conspirar contra el socio tras el café. Eso sí, con la inmensa satisfacción de los miembros de cada secta respectiva, cuya capacidad de reflexión y de crítica está brutalmente amputada y únicamente permite contemplar la paja en el ojo del otro. En el caso de que, sin más dilación, los dos partidos que la sociedad que ha votado parece preferir que gobiernen –ya sea juntos, del brazo o de perfil, pero con un programa del que ni siquiera han hablado aún–, no sean capaces de salir de esta situación, será inevitable repetir las elecciones, y las derechas autónomas, recuperadas y felices, pondrán en marcha el plan diseñado para seguir a Trump y Bolsonaro.

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ALLONS ENFANTS DE LA PATRIE!: Federico el Grande, El Caníbal, el módulo de aterrizaje y la Victoria de Juan Sebastián Elcano

Gabriel de Araceli

            Allons enfants de la patrie le jour de gloire est arrivé

      Todos tenemos dos patrias: la de nacimiento y la francesa. Aunque la Francia fuera arrogante en el trato que hizo, en febrero de 1939, a los republicanos españoles; a pesar del colaboracionismo antisemita de Petain y de su ministro Pierre Laval (primer ministro del régimen de Vichy, refugiado en España en mayo de 1945. Franco lo detuvo y lo entregó a las autoridades gaullistas, que lo fusilaron sin piedad ese mismo año. Su Excelencia quería redimirse de su colaboracionismo con el nazismo y se apuntó, la doblez hipócrita de los tiranos, a la victoria de los aliados entregando a un perdedor); a pesar de que sólo en 2017 se homenajeó a los republicanos españoles, alistados en la Columna Leclerc, que liberaron París, en agosto de 1944; a pesar de los terroristas de la OAS que se refugiaron en España: a pesar del ogro Jean Marie Le Pen y de su hijita Marine; a pesar de todas las medidas con las que el primer mundo impide que los desheredados y miserables del tercer mundo puedan acceder al estado del bienestar.

      Quizás sea porque los enciclopedistas abrieron al pensamiento el espíritu crítico; o porque Voltaire bramaba contra la hipocresía de los jesuitas; o porque los jacobinos, en su afán revolucionario, transmutaron el orden realista; o quizás sea porque les copains d’abord fuera lo primero para Georges Brassens; o porque je t’aime, moi non plus nos enamoró a millones de adolescentes sin saber qué coño era eso del non plus, o de que el orden se impuso aquel mayo del 68 en París…

      Así que, gracias a la France, le 14 de juillet, por lo que la cultura gabacha ha aportado al beneficio del pensamiento universal.

Vive la France!

      Aux armes citoyens, formez vos bataillons, marchons, marchons qu’un sang impur abreuve nos sillons.

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Le 14 juillet 2019 à Paris

FEDERICO EL GRANDE

      La pasada que le metió el gran Federico Martín Bahamontes (en realidad se llama Alejandro y ha cumplido ya sus primeros 91 años) a Roger Riviere subiendo el Puy de Dôme, un col hors categorie en el Macizo Central francés, el 15 de julio de 1959, contra-reloj individual, le valió para ganar el Tour de Francia. Aún hoy, 60 años después, no se ha batido el tiempo empleado en la ascensión por el gran Federico (en realidad se llama Alejandro). Y Riviere no era cojo, no. Llegó a ser recordman de la hora y ganar numerosas etapas en las grandes vueltas. Lamentablemente, una fatal caída en un descenso lo dejó en una silla de ruedas y su salud se deterioró irremediablemente. Falleció con 40 años.

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       Federico el Grande (en realidad se llama…) corría en un equipo italiano, el Tricofilina Coppi, que anunciaba un fijador de tupés para hombres guapos. Aquel día parecía un extraterrestre pedaleando sin levantarse del sillín, un astronauta levitando sobre el asfalto (a tramos sí, a tramos tierra apisonada) del Puy, fija la mirada al frente, un torbellino dejaba a su paso arrastrando la admiración del público de las cunetas, con sus caracolillos encumbrándole las sienes, como si fuera el protagonista de un film de Roberto Rossellini. Quizás porque el gran Fausto Coppi le convenció de que lo suyo era la general y no la montaña. Aquella leyenda apócrifa de la parada en lo alto del Col d’Aspin para tomarse un helado, sobrado de fuerzas, mientras los demás agonizaban en el ascenso con mucho retraso… La verdad era que se le habían roto dos radios de una rueda y tuvo que esperar a que llegara el coche auxiliar, pilotado por Coppi, que ascendía torpemente por las carreteras pedregosas de los Pirineos, para cambiarle la rueda.

       Federico El Grande se despedía a primeros de julio de su amada Fermina y se marchaba a las Galias. Ya no la vería hasta primeros de septiembre. Había que ganarse las habichuelas y la castidad conyugal se imponía si querías subir al pódium del Parque de los Príncipes, en París. Federico El Grande se convirtió en un héroe nacional, el recibimiento que le obsequiaron en su Toledo aún se recuerda. No ha habido otro igual en sesenta años.

      Para el franquismo, aquella victoria fue una recompensa inesperada. La propaganda del régimen se dio un festín pantagruélico utilizando la imagen laureada de Bahamontes. Se enmascaraba así la terrible situación financiera que vivía el país: al borde de la bancarrota, la devaluación de la peseta, la llegada de los ministros tecnócratas al Pardo y el plan de estabilización económico. Las fiestas siguieron unos meses más. En diciembre, el 21, el Caudillo se dio otra alegría recibiendo nada más y nada menos que al presidente de los USA, Ike Eisenhower. No le importó nada que Eisenhower fuera masón. ¡Qué bonita aquella foto del comandantín abrazando al gigante Eisenhower!, las sonrisas impostadas del general de la CIA, Vernon Walters, y del super ministro Castiella, que llevaba tiempo renegociando los acuerdos infamantes firmados con Washington en 1953 sin conseguir éxito alguno… La visita duró un día. Mucho menos que el Tour de Francia, pero se le dio aún mucha más publicidad.

      Pero todo eso le importaba poco al Gran Federico, que siguió aún varios tours obligado a ganarse el jornal demarrando como un cohete por los cols hors categorie franceses.

 

EL CANÍBAL

       El 20 de julio de 1969, Eddy Merckx ganaba la 22ª etapa del Tour de Francia, contra-reloj individual de 37 Km entre Créteil y París. Era su primer éxito en el Tour. Eddy Merckx nació en Meensel-Kiezegem, Flandes, apenas un mes después de acabar la 2ª Guerra Mundial. Es hijo de un frutero que se trasladó a Bruselas con la familia en busca de un porvenir mejor. El niño Merckx tuvo que batirse en otro ambiente y con otro idioma, en esa dualidad hostil franco-flamenca que rige la co-habitabilidad del reino de Bélgica, Balduino y Fabiola en el trono del 69. Quizás por eso Eddy fue tan duro y tan agresivo sobre la bicicleta y no le valía más que la victoria. Porque, como Federico el Grande, tenía que llevar un jornal a su casa a diario. Entonces los equipos pagaban poco. El corría en un equipo italiano, el FAEMA, una fábrica de cafeteras. Y ganaba siempre porque necesitaba los premios de las carreras, ganaba todo con ese genio indómito de fiera agresiva que corría para triunfar. Giros, Tours, Milán-San Remo, París-Roubaix, Vuelta. Hasta el récord de la hora batió, sólo superado muchos años después gracias a la tecnología de las ruedas lenticulares y el carbono. Por eso le dolió muchísimo que tres meses antes del Tour, en abril de 1969, cuando arrasaba en el Giro con apenas 23 años, fuera descalificado por un extraño caso de doping.

    eddy-merckx-world-champion-795x1024 Aquella sanción derivó en un incidente diplomático entre los organizadores italianos y el gobierno belga. Se habló de venganza, de la mano negra de la mafia, de irregularidades en los procedimientos de toma de muestras, de… Hubo más sombras que luces en aquella descalificación. Pero el gran Eddy Merckx salió fortalecido y se vengó a lo grande dos meses después en el Tour, machacando sin compasión a todos. Ganó a Roger Pingeon, segundo clasificado a 17’54”, a Poulidor (+ 22’13”, el eterno segundón, un hombre huraño y antipático, que, sin embargo, era muy popular en la Francia del ciclismo), al grandísimo Felice Gimondi, ganó a Gandarias, al grandísimo Joaquim Agostinho. Al ganador del año anterior, Jan Janssen, un dolido corredor con pinta de profesor existencialista de la Sorbonne, le metió 52’56” en la clasificación general. Merckx ganó a todos. Fue el comienzo (ya había ganado un Giro e infinidad de carreras, incluso de pueblo, a las que iba por aumentar su palmarés anual ante la mirada incrédula de los globeros, a los que disputaba los esprines por las calles adoquinadas de Gante, de Antwerpen (Amberes), de Maastricht) de su mando absoluto en el ciclismo a lo largo de una década, de su depredación, todo para él. No aguantaba ser segundo. El gran Eddy Merckx y su mirada asesina: el Caníbal.

 

APOLO XI

      Y el mismo día que Eddy Merckx se enfundaba frente al Arco del Triunfo parisino todos los maillots posibles del Tour (el amarillo, el blanco, el de la montaña, el verde…), un poquito más lejos un hombre pegaba un saltito que marcaría un hito en la historia de la humanidad. Armstrong pisaba la Luna.

      «Un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad» se le escuchó al astronauta decir entre imágenes televisivas borrosas, en blanco y negro y con un sonido lleno de interferencias galácticas. Hay que pensar que cualquier teléfono inteligente actual tiene más tecnología y desarrollo informático que el proyecto Apolo entero. Nos apoyamos en los hombros de los gigantes que nos antecedieron, aquel pequeñito paso de Armstrong.

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     Era el 20 de julio de 1969, el módulo de aterrizaje del Apolo XI se posaba sobre la superficie lunar. Aldrin sería el segundo en llegar, un consuelo. Pero el que se aburrió como una ostra fue el tercer hombre, Collins, allí solito en el módulo de mando, venga a orbitar sobre la cara oculta sin estampar su huella en el mar de la tranquilidad, sin una mala roca que traerse de recuerdo en la mochila. A veces la vida es esquiva, tan cerca y no alcanzar la gloria de pisar la Luna. Aunque lo realmente bello fuera la vista del planeta azul, aquella foto que tomó Collins, o Aldrin, o Armstrong de la Tierra desde el satélite pálido.

      Richard Nixon, el tramposo, presidente desde el 20 de enero de ese año, les felicitó en nombre del género humano. Le faltaban tres años para el Watergate, pero USA había ganado la batalla del espacio. Ya nada sería igual, o sí: los B-52 siguieron bombardeando sistemáticamente a los charlies, los vietcong, por encima del paralelo 17; la CCCP, o URSS, como se quiera, aplicaba su mano de acero en la recién invadida Checoslovaquia; a Kissinger, un maestro en la aplicación del terrorismo de Estado, le dieron en el 73 el Premio Nobel de ¡la Paz! Gadafi se hacía con el poder en Argelia. Y de origen alemán, como el secretario de Estado favorable al uso indiscriminado del agente naranja y el napalm, era también el ingeniero que desarrolló los inmensos cohetes propulsores Saturno V que llevaron al hombre a la luna, Werhner von Braun, un genio de la técnica aeroespacial, que desarrolló las bombas V1 y V2 que aterrorizaron Londres y Antwerpen a partir de 1944, y se alistó, dicen que a su pesar, a las SS. Pero qué importaba eso si los Estados Unidos estaban en la Luna.

      Y en España, qué. Pues un poco antes del Tour, el 4 de enero de 1969, España entregó su colonia Sidi Ifni a Marruecos. Macías, un “marxista-hitleriano” y dictador guineano rompía relaciones con la metrópoli apenas cuatro meses después de obtener la independencia, en febrero. Y mientras Merckx ascendía el Galibier, su excelencia el jefe del Estado y Generalísimo de los ejércitos firmaba birdies (uno bajo par. No eran sentencias de muerte, no, esas llegaron después) en el Golf de la Herrería, en El Escorial, a la sombra de Felipe II. También le dio tiempo a cesar a Castiella, en octubre, como ministro de Exteriores. Le sucedería Gregorio López Bravo. El Opus al poder que sus hijos ya están en él. Carrero se imponía como delfín del césar visionario.

 

PRIMUS CIRCUMDIDISTE ME

      El 20 de septiembre de 1519 parte de Sanlúcar de Barrameda una expedición compuesta por cinco naos y 265 hombres, comandada por Fernando de Magallanes y al servicio del rey consorte de Castilla Carlos I, nacido en 1500 en Gante (donde Eddy Merckx disputara 450 años después a los globeros gordos los premios de la montaña). La verdadera reina era su madre, Juana, que lo fue hasta su fallecimiento en 1555. El emperador Carlos apenas si fue rey titular un año, hasta 1556, cuando abdicó en favor de su hijo Felipe II. El objetivo comercial de la expedición era buscar una ruta que llevara, siempre la proa a poniente, hacia las islas occidentales y poderse lucrar de las riquezas que aquellas tierras lejanas producían. El 12 de enero de 1520 la expedición de Fernando de Magallanes se adentraría en el estuario del Río de la Plata creyendo que lo hacía en el océano Pacífico. El paso hacia el Pacífico estaba, sin embargo, mucho más al sur.

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Juan Sebastián Elcano

      Fernando de Magallanes falleció el 15 de abril de 1521, en una reyerta contra un reyezuelo tribal de lo que después fueron las Islas Filipinas. Y el capitán superviviente de aquella aventura, el vasco de Guetaria Juan Sebastián Elcano, completaría la primera vuelta al mundo con apenas 18 hombres de los que zarparon de las costas gaditanas y al bordo de la nao Victoria. Una aguja de marear (una brújula), un sextante para tomar la altura solar al mediodía (los cronómetros marinos aún no existían) y unas cartas marinas llenas de imprecisiones era toda la tecnología que utilizaron aquellos héroes marinos que circuncidaron el orbe. Ni GPS, ni whatsapp, ni Facebook, ni teléfonos por satélites, ni siquiera un saco de patatas para prevenir el escorbuto, luchando contra las tempestades terribles del Pacífico, contra maremotos, contra tsunamis, con el afán de vencer. Si el Apolo XI fue un acontecimiento mundial, la llegada de la nao Victoria, el 8 de septiembre de 1522 y su capitán Elcano (fallecería apenas tres años después, en la mar que le daría la gloria, el Pacífico) apenas si despertó en su arribada un sentimiento de desconfianza, o de prevención, contra aquellos piojosos y esqueléticos marinos que acababan de dar la primera vuelta al orbe conocido.

 

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José Caballero Caballero, exiliado republicano, héroe de la Resistance, Caballero de la Legión de Honor y participante en la liberación de París. Vivió en Annecy, Haute Savoie. Fallecido en 2014.

     Juan Sebastian Elcano, los brigadistas de la Columna Leclerc, Fede Martín Bahamontes, Eddy Merckx, Armtrong, Aldrin y Collins: Nous entrerons dans la carrière. Quand nos aînés n’y seront plus. Nous y trouverons leur poussière. Et la trace de leurs vertus.