Cuentista declarado, Alfredo F. Alameda escribe a lo llano, a lo liso, a lo no intricado, como muchas veces ha hecho, y por eso le vale un cuento por una docena, o por ciento. El lector ojea su última obra, UNA DOCENA DE HISTORIAS, y se encuentra con la prosa de un narrador que la ha comunicado a lectores apasionados de la leyenda, dotos y discretos, y a otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates, y de todos ha hallado una agradable aprobación. Y sabe que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios a quien toca leer semejantes cuentos.
Su fantasía es un abanico amplio de temas en los que las pasiones humanas se manifiestan con estrépito, ya sea la carnalidad del cuerpo femenino, de Eva, que tanto arrebata al hombre indefenso; ya sea el discreto comedimiento que imponen los años; ya sea dejándose sucumbir por el hechizo de la pasión amorosa, parte inherente de nuestras vidas. Y se pone de parte de la pastora Marcela frente al asedio de Grisóstomo, violencia de género diríamos hoy, que reclama ella su feminidad e independencia por encima de la tentación que su presencia suscita.
El autor, Alfredo F. Alameda, junto con el crítico literario Pascual Izquierdo, durante la presentación del libro en la Biblioteca de Galapagar, Madrid, el pasado 23 de abril.
Tiene Alfredo F. Alameda una vieja historia de amistad con los Episodios Nacionales, de Galdós. Y recuerda aquellos tiempos de juventud pictórica, alumno de la Escuela de Bellas Artes, en los que paseaba por el barrio madrileño de Fuencarral, tras pergeñar en un lienzo desnudos de la Venus Esquilina al carboncillo, con un ejemplar de “La Nausea” bajo el brazo, la novela de Jean Paul Sartre, tal vez para deslumbrar por el intelecto a las mujeres enamoradizas. Aunque, confiesa, «que cambié de argumento porque a las chicas les aburría aquello del existencialismo». Quizás por eso se adentró en la ficción del protagonista de la novela de Unamuno “Niebla”, Augusto Pérez, personaje que cobra vida y discute con el autor, don Miguel, nada más y nada menos, atribuyéndose la dirección y criterios que debe seguir el relato incluso por encima de su hacedor. Y su vena pictórica-cuentista le llevó a sumergirse en las tiras de Mafalda y aquellos personajes de los tebeos, un tanto redicha y crítica la protagonista, en las que las historias ya no las hacía el autor, Quino, sino los mismos personajes del comic. Y como Alfredo F. Alameda se declara más de brújula que de mapa y para evitar que el lector se haga un lío con falsas inventivas y deslices equívocos decidió aprovecharse del saber de Rafael Azcona y lo primero que escribe es el final del cuento, punto, para no liar la cosa por recovecos tortuosos que despisten al curioso que se acerca a sus letras.
Alfredo F. Alameda durante la presentación de UNA DOCENA DE CUENTOS, el pasado 23 de abril.
De todas esas fuentes de conocimientos literarios y de sus fantasías vitales ha compuesto el caballero Alfredo F. Alameda este libro, UNA DOCENA DE HISTORIAS, lleno de comedias y de fábulas que deleitan, alegran y entretienen a la par, tanto a los doctos como a los discretos lectores. Y te hacen pensar, no necesariamente, que la vida está llena de cuentos que merecen la pena ser leídos y disfrutados, para olvidarse de la oscuridad con la que pergeñan la actualidad los dirigentes que gobiernan en el caos del mundo.
Firma de UNA DOCENA DE HISTORIAS en la Biblioteca de Galapagar, el pasado 23 de abril.
Diálogo entre Carmelita Flórez y Terry Mangino (autor de las fotos)
—Es como si fueras a una cita con un antiguo amor al que hace mucho que no ves. Te pones tus mejores galas, unas zapatillas nuevas, una camiseta y un pantaloncillo que te han costado una pasta para estar guapo, para causar buena impresión, para gustarle una vez más. Pero, qué no vas a hacer por ella, por él. Y llegas a la salida con la misma ilusión y ansiedad con la que fuiste la primera vez que paseaste con él, con ella por aquel parque una mañana de primavera. Aún recuerdas como olía el Botánico lleno de flores, los tulipanes coloreaban los rincones donde os conocisteis, donde por primera vez estrechaste su mano, el sol llenaba de luz vuestros espíritus. Y los corazones, desenfrenados tras el primer beso, se aceleraron más aún en aquel banco a la sombra contemplando el estanque del Retiro. Cómo será esta vez, me reconocerá después de un año sin vernos, habrá química entre nosotros, será amable conmigo, le daré satisfacción te preguntas pensando en los cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros que durará el examen, el romance. Miles y miles de zancadas, dolores en las plantas de los pies, sudor, agonía, el corazón acelerado por el sufrimiento, hematocrito y ácido láctico disparado, dolor en las articulaciones, gritos de ánimo desde las aceras de un público anónimo, coraje, mucho coraje, la frecuencia cardiaca alteradísima, igual que aquel día, y su sonrisa al final tras el beso. La serenidad que da estar con el amante. Sí, la maratón…
Salida de la maratón desde Nuevos Ministerios, 8h 45′
—Sí, hay algo amoroso en esa relación entre el atleta y la distancia que recorrió Filípides para anunciar la victoria de Atenas sobre los persas. La necesidad de renovarse todos los días, de imponerse un reto, de abrazar el optimismo, de no caer en la molicie de la costumbre, sin saber muy bien para qué ni por qué, el afán de luchar contra el tedio de lo cotidiano, correr, correr, correr sin saber muy bien por qué, adelante, siempre hacia adelante, porque ella, él, la carrera de la maratón te da alas para seguir disfrutando de su compañía, de la vida. Hasta la victoria siempre, hasta el triunfo sobre mí, con mi voluntad de acero hasta la meta.
¡Madrid era una fiesta!, decía Hemingway, que sentado en una terraza contemplaba la carrera mientras bebía un vaso de aguardiente.
—Incluso la ciudad es más amable con el vecino. Por unas horas el tráfico se interrumpe al paso de los atletas. Y las calles de Madrid se llenan de un aire respirable, de amabilidad y vecindad ajenos al antipático trajín cotidiano. Son dos mundos los que trotan por las calles de la capital en busca de una marca, de un sueño, de una superación, de renovar el amor. Hay una mayoría de atletas, miles y miles sin más pretensiones que llegar a la meta, de llegar al final, al beso con el amante. Y hay esa élite mínima de espíritus etéreos africanos que se eleva, angélica, flotando sobre el asfalto, de zancada prodigiosa, de concentración interior, de esfuerzo fácil en la mirada agónica. Y oyes el silencio que trasmiten los corazones agitados de los atletas, los oyes, oyes sus pulsaciones como un tambor que sonara en una sala de música, como si interpretaran un concierto, un estruendo de compases armónicos bien afinados, bien ejecutados por la batuta de un gran intérprete, el atleta. Y cuando llegas a la meta después del calvario kilométrico, ¡hemos vencido!, te reúnes de nuevo en el beso, en el abrazo con el amor, con ella, con él, con la maratón.
La carrera a su paso por el km. 31, en la Casa de Campo.
El keniata Mike Chematot, en la foto a la derecha, fue el ganador, con un tiempo de 2.08.46. Veinte añitos tiene la criaturita.Cabeza de carrera a su paso por Raimundo Fernández Villaverde.Cabeza de carrera a su paso por la calle de San Bernardo.Los escapados en la calle de San Bernardo.Música, maestro, plis. Los escapados en la calle de San Bernardo.Los buenos a su paso por la Plaza de España. Chematot, el ganador, a la derecha.La elite femenina a su paso por el Km 33.Tamborrada para animar los cuerpos macilentos tras 33 kilómetros de sufrimiento.Volando voy, volando vengo…Reír, tal vez sufrir en cada zancada.Isabel Barreiro fue la primera en la media maratón: 1:12:25Paso de la carrera por el Km 31, en la Casa de Campo.¡Adelante, siempre adelante!La atleta etíope Kena Girma fue la primera mujer, 2:26:00. Aquí aparece siguiendo a la liebre en la incorporación de la Avenida de Portugal.
Nunca ha sido fácil ser mujer artista en España. Y menos en aquellos tiempos difíciles en los que le tocó vivir a Carmen Gal Orendain, nacida en Irún en 1919. Menchu ingresa con 15 años, 1934, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, y reside en la Residencia de Señoritas, que dirigía María de Maeztu. Un centro de formación donde la mujer es protagonista pero que no pudo sobrevivir a los terribles acontecimientos que se declararían en julio del 36. Menchu Gal tuvo que refugiarse con su familia en Francia, donde también le tocaría vivir la terrible experiencia bélica que se declara en 1939. Acontecimientos, que, sin embargo, no influyeron dramáticamente en su visión artística, siempre modelada por el color y la alegría.
Menchu Gal en su estudio de Madrid, a comienzo de los años 40.
Menchu Gal es de la generación anterior a Isabel Quintanilla, Amalia Avia o María Moreno, todas ellas grandes pintoras que tuvieron que subordinar su faceta artística a su condición femenina. En 1945, Menchu regresó a Madrid donde tuvo el privilegio de conocer casi al final de sus días a Gutiérrez Solana. Y la obra de aquella fascinante generación de pintores de la escuela madrileña: Benjamín Palencia, Rafael Zabaleta o Díaz Caneja. Más tarde, en los años setenta, formó parte del grupo de artistas que en el País Vasco buscaban nuevas formas de expresión como Eduardo Chillida, Jorge Oteiza, Luis Vallet o Gaspar Montes Iturrioz.
Menchu Gal en Fuenterrabía en los años setenta, con Gaspar Montes Iturrioz, Benjamín Palencia, Eduardo Chillida, Luis Vallet, Manolo Monte y Jorge Oteiza.
Sus paisajes coloridos de su tierra natal y de la Castilla interior muestran esa faceta de observación minuciosa y tratamiento creativo reservado a los más grandes. Fue también una excelente retratista.
Retrato del pintor José Vela Zaneti, 1977.
En la galería del Espacio Cultural Serrería Belga, en Madrid, se expone una interesante muestra de su obra que recoge las inquietudes pictóricas de una artista poco conocida, pero de indudable valor. Todo un descubrimiento de una gran pintora que emociona, sorprende y cautiva por su arte. Vayan a verla, la disfrutarán.
Diálogo entre Carmelita Flórez y Terry Mangino (también fotos)
—La milicia y la religión siempre han ido de la mano. Ahí tienes al energúmeno ese del despacho oval, que se reúne con un montón de pastores evangélicos, todos muy trajeados, todos muy arrebatados de fervor mesiánico rezando a la vez, un rebaño que le apoya en su lucha contra el mundo para que pueda bombardear a su enemigo con la ayuda de su dios, porque todo el que no piensa como él es su enemigo. Es la nueva Inquisición, una justificación medieval de la violencia, como si el ídolo sagrado de su estulticia le diera licencia para matar.
—Sí, las religiones sólo han servido para que la humanidad se enfrente entre ella a lo largo de la historia según sus creencias. Cristianos contra judíos, musulmanes contra cristianos, musulmanes contra judíos, judíos contra islamistas, ultraortodoxos apoyando al Kremlin, todos contra todos por asuntos de fe. Las Cruzadas. No deja de ser una cruzada la que vive Oriente Medio. Esos ayatolas bárbaros triturando a su población civil. Ese justiciero del Caribe dispuesto a liberar al oprimido enarbolando la bandera de su libertad, de los bombardeos, declarando el apocalipsis con la falsa excusa de que en Teherán existen armas de destrucción masiva. Ese mandamás judío sanguinario dispuesto a seguir matando a seres inocentes, a niños, a viejos, a personal sanitario, a periodistas que denuncian sus crímenes, a mujeres para evitar ser procesado por la Justicia de su país.
—Guerras y guerras, ese es el patrimonio que han dejado a lo largo de la historia del mundo el enfrentamiento de las religiones entre sí.
—Admiro a esas señoras que se engalanan para desfilar marcialmente en la procesión junto a una talla de madera. Tan guapas ellas, tan inmersas en su papel de madonas, rozando la gloria el viernes santo. Sí, será eso, la fe mueve montañas.
—Sí, porque no deja de ser una montaña la que mueve ese grupo de cofrades que cargan sobre sus espaldas una imagen de un cristo penitente, o de una virgen afligida por la pérdida del hijo. Pertenecen a un gremio, a un grupo social determinado que vive como una fiesta interior la eclosión de sus ideales, la religión como fin primero de su existencia.
—Caballeros con terno distintivo, mantillas, peinetas, traje de estreno, peluquería y afeites. La mujer del césar, de oración, de sacristía no sólo debe serlo, sino también parecerlo. Es una ocasión única, mostrarse a los demás como miembro de una casta, un rasgo de distinción, de prestigio efímero, el clan del fervor.
—Sí, necesitamos el respaldo que nos proporciona pertenecer a un grupo social, a una peña de un equipo de fútbol, a un partido político, a una asociación de amigos como yo. Entre ellos me siento bien. Somos profundamente gregarios.
—Todo es efímero. El lunes próximo todo habrá terminado y los envites de la vida nos llevarán a la normalidad.
—Sí, a la normalidad de la tensión internacional, al belicismo, a la masacre de víctimas inocentes, a los bufidos rabiosos del rubio gordo, a sus amenazas groseras.
—Tendremos que rezar más para que dios se ponga de nuestro lado, como lo está ahora del lado de la muerte.
Procesiones del Divino Cautivo por el centro de Madrid, jueves santo.
Y procesión de los alabarderos, calle Bailén, Madrid, viernes santo.
Aunque la historia es sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aún creída de los viejos y, con todo esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma, profundizar en las andanzas y desventuras de don Alonso Quijano, el bueno, recorriendo sus itinerarios manchegos, es tarea digna de encomio y celebración que aún hoy, viajeros impenitentes emprenden con ahínco, tal vez movidos por el mismo espíritu que movió al caballero a dejar su aldea y aventurarse en desfacer entuertos, proteger a los menesterosos, abatir a los soberbios, socorrer doncellas o enderezar los muchos agravios que la malicia y perversidad de los hombres ocasionan.
Hechas, pues, estas prevenciones, tal es el encomiable motivo del ilustre caballero del pedal don Pascual Izquierdo, que, en su relato “Viaje a la Mancha. En busca de una nueva Dulcinea”, nos introduce en la cueva de Montesinos de una aventura viajera a golpe de pedal por los caminos que recorriera el Caballero de la Triste Figura, pero en la Mancha actual, del que no podrá salir sino airoso y con regocijo por lo que en él se cuenta: sabrosas observaciones contempladas en su amoroso batallar, el lector que emprenda el camino de su lectura. Libro de viajes a la antigua usanza con la modernidad del tercer milenio, resaltando el espíritu caballeresco de nobleza, y la modernidad clásica de sus palabras, en contraposición a estos inciertos tiempos tecnológicos que nos aturden por la perseverancia de su estulticia.
Pascual Izquierdo durante la lectura de su libro de viajes el pasado 24 de marzo de 2026 en el Hogar de Castilla-La Mancha, en Madrid.
Pascual Izquierdo, filólogo, ingeniero de Telecos, discípulo de Bécquer, de Clarín, de don Benito Pérez Galdós, poeta, viajero impenitente y hacedor de decenas de guías de viaje de toda la geografía carpetovetónica, se ha entregado en este su libro andariego a recoger la memoria de aquellas caminatas y recorridos fineseculares que pedalearon un grupo de amigos por Campo de Criptana, por Tembleque, por Madridejos, por El Toboso, por Consuegra, por Puerto Lápice, por Herencia, por Alcázar de San Juan, por Villafranca de los Caballeros. A veces los aguerridos ciclistas se topan con don Francisco de Quevedo en Villanueva de los Infantes, o con Lope de Vega, o Góngora, o con un don Camilooo aún no doblegado en el exceso fornicador con que se cubría y antes de que rellenara con pendejadas su vocabulario soez.
Un abanico y mosaico de personajes variopintos son los que observan por sus páginas los asombrados viajeros, pálpito de la realidad, lucha quijotesca contra el sometimiento a los teléfonos móviles, estéril empeño el que emprenden los protagonistas aventureros abrazados a don Quijote. Tal vez persiguen encontrar ninfas adolescentes, o la policromía de unos labios tentadores de Eva, o la belleza tan misteriosa como inalcanzable de aquella Dulcinea que tenía la mejor mano para salar puercos, o la ficción y la realidad fantasiosa recreadas por unos personajes tan ciertos como falsos. La Mancha viajera. Sí, aquí, en este viaje manchego en busca de Dulcinea hay busilis.
Hazme un sitio en tu montura caballero derrotado que yo también voy cargado de amargura y no puedo batallar, hazme hueco entre tus páginas, ponme a la grupa contigo caballero del honor y llévame por el Viaje a la Mancha, en busca de una nueva Dulcinea, a ser contigo, contigo, pastor.
Todas las semanas nos sacude el espíritu una noticia aterradora de algún crimen cometido por un hombre sobre una mujer o sobre los hijos que compartían. Es un horror que se ha convertido en algo cotidiano. El ciudadano se pregunta los porqués de tanta violencia y crueldad en una sociedad que se pretende democrática y en la que todos sus miembros gozan, supuestamente, de los mismos beneficios y protecciones. Para denunciar esas muertes que energúmenos encendidos perpetran contra la otra mitad de la especie humana, y para demandar la igualdad real frente a la ley las calles de muchas ciudades de España se llenaron, el domingo 8 de marzo, de ciudadanos que reclamaban igualdad de derechos para la mujer y medidas que la protejan con efectividad de los ataques que padecen por parte de bárbaros asesinos.
Aspecto de la manifestación en la Plaza de Cibeles.
En Madrid se dieron cita dos manifestaciones, separadas por escasos centenares de metros, que denunciaban los mismos delitos y reclamaban análogas pretensiones. No las diferenciaba nada, podían estar sus participantes indistintamente en cualquiera de ellas entonando idénticos lemas y gritos, reclamando las mismas garantías ante la ley, denunciando los mismos crímenes que sufren, exigiendo protección ante la violencia machista. Había un consenso absoluto. Atocha, el Paseo del Prado, Cibeles, la calle de Alcalá y la Gran Vía se llenaron de una multitud gritona y festiva protestando contra la lacra que padece la mujer. Se sentía un calor humano en las apretadas protestas. Era un contacto próximo de solidaridad compartida frente a la violencia, calor humano de ellos con ellas, por encima del género todos juntos frente al horror.
La manifestación descendiendo de la Plaza del Callao por la Gran Vía.
Los manifestantes en ambas eran iguales. ELLAS, sí, protagonistas, encendidas en sus gritos angustiados. Ellos, secundarios al lado de las chicas, apoyaban sus denuncias, compartían sus deseos, un paso atrás porque las que sufren la violencia cobarde son ELLAS. Es una de ELLAS la que cada semana engrosa la triste estadística de haber sido asesinada por su pareja, de haber sido vilipendiada, despreciada o maltratada. Son los hijos de ELLAS las víctimas de esos energúmenos violentos. Son ELLAS las que padecen la brecha salarial y cobran menos que los hombres por los mismos trabajos, o las que son explotadas sexualmente por primates depredadores.
La manifestación del Paseo del Prado acababa en Cibeles donde empezaba la otra manifestación.
El mundo asiste asombrado al espectáculo de guerras y de tensión internacional provocados por un energúmeno fanfarrón, por un genocida bíblico y por un aprendiz de zar. Tal vez, también condenando ese panorama desolador, resonaban el 8 de marzo con orgullo y un hilo de esperanza las pretensiones de la mujer ante tanta penuria y violencia que sufrimos, que sufren.
Fotografías de Terry Mangino
Manifestación a su paso por Gran Vía.Un pequeño grupo de apenas veinte personas, denominado «Plataforma de Mujeres por la Justicia Igualitaria» recorrió en paralelo parte de las manifestaciones enfrentándose a las manifestaciones de la mujer. Manifestantes en el Paseo del Prado.La violencia contra la mujer es un fenómeno internacional.Música en el Paseo del Prado.Manifestante en el Paseo del Prado.Manifestación a su paso por el Paseo del Prado.Cabeza del grupo de manifestantes reivindicando al PCE.
Tal vez sea ese carisma de genio errático trashumante y aventurero audaz que derrochó en su no muy larga vida Antoine de Saint-Exupéry lo que impregna su obra más querida, aquella que alimentó de ensueños nuestra infancia: EL PRINCIPITO.
Quizás porque nuestra niñez sigue jugando en el asteroide de volcanes apagados por donde volaba el P-38 Lightning en el que desapareció una mañana de julio de 1944 frente a las costas de Marsella. O porque su mirada de héroe de la Resistance nos señala un camino de fantasías desbordantes donde la honestidad y el compromiso social son la bandera a seguir. El caso es que EL PRINCIPITO, el cuento que Saint-Exupéry publicó en su exilio de Nueva York, en 1943, con la France ocupada por el nazismo y la France libre de Vichy, Petain a la cabeza del colaboracionismo con Hitler, sigue siendo en nuestros días una obra de cabecera para niños y adultos, una exaltación de la libertad o una ensoñación feliz para olvidar el rumor bélico presente que vocean los nuevos mesías de la violencia.
Un período histórico complicado el que le tocó vivir a Antoine, de 1900 a 1944. Movimientos artísticos y literarios trasgresores, crisis del pensamiento, confrontaciones europeas, colonialismo brutal en África de las metrópolis europeas, rechazo entre los surrealistas, movimientos sociales, revoluciones, guerras y más guerras, exilios, amores tempestuosos y aventuras aéreas heroicas forjaron su vida. Quizás “LE PETIT PRINCE” sea el refugio aéreo por donde navegaba feliz el aviador Exupéry. Y su llamada de auxilio para reclamar una paz interior o un consuelo donde descansar de tanto revuelo y agitación mundial.
La profesora Joëlle Eyheramonno durante la presentación de su traducción de El Principito, el pasado miércoles 25 de febrero en la biblioteca Iván de Vargas, de Madrid. La professeure Joëlle Eyheramonno lors de la présentation de sa traduction du Petit Prince, mercredi 25 février dernier à la bibliothèque Iván de Vargas, à Madrid.
La profesora Joëlle Eyheramonno, de la Sorbonne parisienne, ha traducido al español la obra aparecida en 1943 y estudiado a fondo los dibujos y láminas que ilustran el PRINCIPITO. Le inquietaban la simbología que Exupéry transmitía en esas ilustraciones aparentemente infantiles de Antoine. «Hay algo más que garabatos infantiles, los dibujos del PRINCIPITO son la vía que el autor utiliza para hablar de sí mismo y contar su experiencia vital, sus amores pasionales, su profesión de piloto pionero en vuelos peligrosos, el rechazo que sufre de las vanguardias parisinas o el acoso y derribo por parte de sus compatriotas franceses por no seguir a De Gaulle, mientras que él se considera leal y fiel a su país, aunque viva en un país extranjero que no comprende, un patriota de la France libre».
Fruto del esfuerzo de la profesora Eyheramonno es esta edición “La cara oculta de los dibujos de EL PRINCIPITO” que ahora ve la luz y en la que expone los motivos ocultos, tal vez para el mismo autor, que le llevaron a escribir esta fantasía para adultos.
«Sin la 2ª Guerra Mundial no tendríamos EL PRINCIPITO, los dibujos, sus acuarelas tenues y deslucidas son la vía para hablar de sí mismo, sus experiencias amorosas, sus temores ante la incertidumbre de un mundo en guerra, el protagonista no llora, está pensativo en ese universo limitado del asteroide, como concentrado en un disfraz o un salvavidas para decir lo que no podía contar. Son hechos reales cubiertos por un manto de ficción, una llamada de auxilio que envía al mundo el aviador en mitad de la tragedia universal».
El Principito y el estudio LA CARA OCULTA DE LOS DIBUJOS DE EL PRINCIPITO, traducido por Joélle Eyheramonno, editado por KALANDRAKA. Le Petit Prince et l’étude LA CARA OCULTA DE LOS DIBUJOS DE EL PRINCIPITO (La face cachée des dessins du Petit Prince), traduite par Joélle Eyheramonno, éditée par KALANDRAKA.
En 1998 un pescador de sardinas que faenaba frente a las costas de Marsella encontró prendida en sus redes una pulsera de plata con el nombre grabado de Antoine de Saint Exupéry y Consuelo, la mujer del poeta aviador. Sí, era de él, del aviador. Hasta el fondo de su corazón, hasta el fondo del mar llevó el PRINCIPITO, Antoine, el nombre de su amada. Tal vez por eso hay que releer el estudio de la profesora Eyheramonno, porque EL PRINCIPITO nos devuelve a los tiempos románticos del amor y de la infancia en la que la ilusión tejía nuestros sueños. Ahora es necesario, como entonces, volar en otro planeta, lejos del presente agónico, de la oscuridad en la que nos aprisionan los dueños del mal.
Antoine de Saint-Exupéry.
Traduit au francáis pour Ángel Aguado Pulido, honoré pour la Sorbonne, Paris
C’est peut-être ce charisme de génie erratique, nomade et aventurier audacieux dont Antoine de Saint-Exupéry a fait preuve au cours de sa vie relativement courte qui imprègne son œuvre la plus appréciée, celle qui a nourri nos rêves d’enfance : LE PETIT PRINCE.
Peut-être parce que notre enfance continue de jouer sur l’astéroïde aux volcans éteints où volait le P-38 Lightning dans lequel il a disparu un matin de juillet 1944 au large des côtes marseillaises. Ou parce que son regard de héros de la Résistance nous indique un chemin de fantaisies débordantes où l’honnêteté et l’engagement social sont le drapeau à suivre. Le fait est que LE PETIT PRINCE, le conte que Saint-Exupéry a publié pendant son exil à New York en 1943, alors que la France était occupée par les nazis et que la France libre de Vichy, avec Pétain à la tête de la collaboration avec Hitler, reste aujourd’hui encore un ouvrage de référence pour les enfants et les adultes, une exaltation de la liberté ou un rêve heureux pour oublier les rumeurs de guerre que propagent les nouveaux messies de la violence.
Antoine a vécu une période historique compliquée, de 1900 à 1944. Des mouvements artistiques et littéraires transgressifs, des crises de pensée, des confrontations européennes, le colonialisme brutal des métropoles européennes en Afrique, le rejet des surréalistes, les mouvements sociaux, les révolutions, les guerres et encore les guerres, les exils, les amours tumultueuses et les aventures aériennes héroïques ont façonné sa vie. Peut-être que « LE PETIT PRINCE » est le refuge aérien où l’aviateur Exupéry naviguait heureux. Et son appel à l’aide pour réclamer une paix intérieure ou un réconfort où se reposer de tant d’agitation et de troubles mondiaux.
La professeure Joëlle Eyheramonno, de la Sorbonne parisienne, a traduit en espagnol l’œuvre parue en 1943 et étudié en profondeur les dessins et les illustrations qui accompagnent Le Petit Prince. Elle était intriguée par la symbolique véhiculée par Exupéry dans ces illustrations apparemment enfantines d’Antoine. « Plus que de simples gribouillages enfantins, les dessins du PETIT PRINCE sont le moyen utilisé par l’auteur pour parler de lui-même et raconter son expérience de vie, ses amours passionnées, son métier de pilote pionnier dans les vols dangereux, le rejet dont il souffre de la part des avant-gardes parisiennes ou le harcèlement et la destruction de la part de ses compatriotes français pour ne pas avoir suivi De Gaulle, alors qu’il se considère loyal et fidèle à son pays, même s’il vit dans un pays étranger qu’il ne comprend pas, un patriote de la France libre ».
Le fruit des efforts de la professeure Eyheramonno est cette édition intitulée « La face cachée des dessins du PETIT PRINCE », qui vient de paraître et dans laquelle elle expose les motifs cachés, peut-être même pour l’auteur lui-même, qui l’ont conduit à écrire ce conte fantastique pour adultes.
« Sans la Seconde Guerre mondiale, nous n’aurions pas LE PETIT PRINCE. les dessins, ses aquarelles pâles et ternes sont le moyen de parler de lui-même, de ses expériences amoureuses, de ses craintes face à l’incertitude d’un monde en guerre. Le protagoniste ne pleure pas, il est pensif dans cet univers limité de l’astéroïde, comme concentré dans un déguisement ou un gilet de sauvetage pour dire ce qu’il ne pouvait pas raconter. Ce sont des faits réels recouverts d’un voile de fiction, un appel à l’aide que l’aviateur envoie au monde au milieu de la tragédie universelle ».
En 1998, un pêcheur de sardines qui travaillait au large des côtes marseillaises a trouvé dans ses filets un bracelet en argent gravé au nom d’Antoine de Saint Exupéry et de Consuelo, la femme du poète aviateur. Oui, il appartenait bien à l’aviateur. Au fond de son cœur, au fond de la mer, Antoine, le PETIT PRINCE, portait le nom de sa bien-aimée. C’est peut-être pour cela qu’il faut relire l’étude de la professeure Eyheramonno, car LE PETIT PRINCE nous ramène à l’époque romantique de l’amour et de l’enfance, où l’illusion tissait nos rêves. Aujourd’hui comme hier, il est nécessaire de s’envoler vers une autre planète, loin du présent agonisant, loin de l’obscurité dans laquelle nous emprisonnent les maîtres du mal.