Prensa y catequesis

Rafael Alonso Solís

         Hace tiempo que leer periódicos resulta un ejercicio muy parecido al de impregnarse del catecismo, además de tener consecuencias formativas de idéntico calado. Todo comienza, en un descuido, por la aceptación de que un libro sagrado, la marca indeleble de la revelación y la publicación de un compendio fácilmente manejable ­–siempre que las cuentas del rosario estén cuidadosamente engarzadas y formen parte de un estudiado plan de ventas–, proceden directamente del origen de la familia. Puede que haya ocurrido siempre, debido a que se trata de una operación comercial en la que un producto selecciona a quien lo va a consumir, lo detecta, lo bautiza, lo interpreta y lo educa casi a su antojo. En este proceso debe reconocerse la tremenda eficacia de la Iglesia católica como maestra, no solo como ejemplo de una industria de inmenso éxito, duradera y resistente a las turbulencias, a pesar de las escasas modificaciones del envoltorio y la invariabilidad del contenido, sino como descubridora de alguno de los principios básicos de la publicidad. Ante un público convencido de antemano, pocos instrumentos más efectivos para la difusión del mensaje original que el lema de ser la empresa creada, sin otros intermediarios de garantía, por el mismísimo hijo del fundador. Así sucedió, según las crónicas elaboradas por los escribas de la compañía, en una célebre cena en la que se repartieron las tareas, se instauraron los principios del dogma y se distribuyeron las delegaciones, un poco a la manera que utilizara Lucky Luciano en los años treinta, y cuya eficacia ha ido perfeccionándose con la práctica. En el otro lado, es cierto que la lectura de los diarios debería consistir en una toma de contacto con la actualidad a medida que se produce, en un encuentro con los hechos tal como acontecen –o, como mucho, tras una preparación de los datos, con objeto de facilitar su digestión–, en lo que podría entenderse como un servicio público y una forma de aprehender lo que la realidad rezuma a su paso por la vida. En uno de los primeros artículos de El pobrecito hablador, y en interpretación flexible del conflicto entre información y opinión, Larra parecía aceptar como legítima la manipulación del “material robado”, como la expresión de su desacuerdo con la sociedad en que vivía o como la manifestación literaria de su desencanto. Algo parecido, tal vez, a la “insurrección permanente” mencionada por Vargas Llosa a mediados del siglo pasado, cuando en sus discursos de escritor premiado profetizaba la emancipación de América Latina del imperio que la saqueaba. Para Larra estaba claro, y para su fortuna se pegó un tiro antes de abjurar: el objetivo del cronista –oficio que él mismo estaba creando– era ser leído, mientras que decir la verdad era el único medio de comunicación posible. Lo difícil es establecer la separación entre información y catequesis, dado que el objetivo, en ambos casos, es la implantación de la doctrina, y cuando se ha ingerido el veneno ya no se desea probar otra cosa.

Un santón pirulero haciendo proselitismo en la Puerta del Sol. Detrás, sus chicas, no van a las rebajas.

Ya queda menos para la san Silvestre 2020

Escrito por Gabriel de Araceli. Fotografiado por Terry Mangino

          LA CLASE OBRERA VA AL PURGATORIO LA NOCHE DE SAN SILVESTRE. Cree que subiendo por la Avenida de la Albufera redime los excesos cometidos durante el año y se reafirma en su condición social de asalariado, sí, pero deportista. La clase deportista comparte un sudor colectivo, solidario ocupando por unas horas las calles ricas del Madrid pijo. Las calles de Concha Espina, de Serrano, la Puerta de Alcalá, el Paseo del Prado, Atocha, la Avenida de América sufren los zapatazos de corredores inofensivos, desclasados, sin casta. Es una ocupación mínima, una marcha verde pacífica que solo quiere quemar calorías y toxinas en un viaje autista del lujoso Estadio Bernabéu al humilde campo del Rayo. Ya no hay lumpen-proletarios en la clase obrera que corre hacia Vallecas, no hay reivindicación en su trote borriquero nocturno. La protesta, la manifestación, la lucha sindical se han transformado en una pugna contra el cronómetro y la báscula. —¡Matilde, que la he hecho en una hora! —le escribe Saturnino por el whatsapp a su mujer tras rebasar la meta—. Muy bien amor mío, pero no tardes en volver, que se nos enfría el cordero y tienes que recuperar lo perdido —le responde la dulce esposa mientras se pinta la uñas.

       La aristocracia del atletismo vuela más que corre. Son atletas. Van tan deprisa que casi ni se les ve cuando aparecen entre las tinieblas, por Cibeles. Un suspiro, una sombra silenciosa, ellos a lo suyo, a triunfar, miran de reojo al adversario para descubrirle alguna duda, alguna fatiga que exprese cansancio, un desfallecimiento en sus rostros de póker, algún resquicio por donde atacarle. Pero son de mármol, estatuas aladas inexpresivas, ninguno de la élite transmite nada en sus miradas al vacío de la noche negra. La vecindad vallecana les espera agazapada en los bares, o acechando por las aceras. Deja la cerveza y aplaude al junco que cimbrea sus zancadas por el bulevar del payaso Fofó camino del más allá. O le llena el rostro de espuma como una broma inocente que le haga visible en la oscuridad. Y de golpe, un pórtico luminoso abre el campo del Rayo y una multitud les grita y les grita y les grita y llegan a la meta y todo se acaba. «¡Mierda, quince segundos más que el año pasado! Y eso que llevo las zapatillas de Kipchoge» piensa para sí el atleta aristócrata.

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Abadía y Ramos, la aristocracia, pasan destacados por Cibeles, Km 4. Después serían tercero y noveno en el campo del Rayo.

          Entre la aristocracia, el vencedor de la San Silvestre 2019 fue el atleta de origen somalí Bashir Abdi, que recorrió los casi diez km en 27’47”; a 2’46” el Km. La primera mujer fue la etíope Helen Tola Bekele: 30’50”. Acabaron la prueba 1239 aristócratas. 33330 obreros se redimieron en el purgatorio para inflarse después de cordero y de uvas.

Centenario del fallecimiento de Galdós

Ángel Aguado López

Homenaje que Gabriel de Araceli hace a su padre novelesco don Benito Pérez Galdós

            GRACIAS, SEÑOR DON BENITO, por haberme engendrado, por haberme dado la vida literaria en la primera novela de sus Episodios: Trafalgar*. Y después por mantenerme como narrador en las diez novelas de la primera parte de las cinco que fueron los Episodios Nacionales. Dicen** que me conoció usted en el verano de 1871, en Santander, cuando reinaba don Amadeo. Sesenta y seis años después de la batalla. Que me apellidaba Galán, que yo ya había cumplido los 81 años, que yo era un viejecito muy simpático, de corta estatura, con levita y chistera anticuadas, aunque usted fuere un hombre joven, 28 años, y enamorador de primitas, doncellas, casadas, actrices, modelos de artistas pintores, magísteres e incluso condesas, que todas gozaban de la hombría con las que usted las regalaba, que las aderezaba e iluminaba con sus ardientes perfumes y caballeroso ser, que de ellas extraía armoniosos trinos que le recitaban al oído en los tálamos recatados de su Madrid callejero. Y es cierto que fui grumete en el navío Santísima Trinidad, de 63 m de eslora, 4905 toneladas, cuatro puentes y armado con 140 piezas de artillería en el que servíamos 1160 hombres, que participé con honor, braveza y enjundia sin par a la edad de 14 años en aquella triste batalla, el 21 de octubre de 1805, donde se perdió lo más granado del saber patriótico y de la inteligencia nacional, que luché bajo las órdenes del teniente general don Federico Carlos Gravina, un ilustrado y honroso científico, gloria sublime para la patria. Y del no menos excelente, luminoso y humanista don Cosme Damián Churruca. Que, aunque derrotados por el honorable inglés Horacio Nelson, y en eso tuvo mucha culpa el gabacho, disminuido, amanerado, afeminado e inútil vicealmirante napoleónico Villeneuve, siempre nos acompañó la honra de haber defendido con gallardía a la patria y al pabellón real. Aunque Carlos IV fuera un rey antojadizo e incapaz, propenso al extravío, a la caza de la perdiz, a la coyunta libertaria, a la jodienda del pueblo y a la vagancia, como todos los borbones que han reinado este país, que aquel rey no fue sino un dislate más en la historia general de la nación y de la monarquía. Y peor fue lo que vino tras él: ¡el rey felón!

                    Y después me vistió usted de joven enamoradizo por El Escorial, por Aranjuez, por la conspirativa corte del Palacio de Oriente, por el 2 de mayo, que me dio mucho lustre y protagonismo sin que yo lo mereciere. Otros narradores omniscientes —¡corajuda palabreja!— utilizó usted en sus episodios, que a mí me siguieron Salvador Monsalud, Fernando Calpena y José María Fajardo, que con ellos construyó una historia novelesca de la nación sin faltar al rigor, ni a la verdad ni al decoro, una capilla sixtina, un Lepanto de palabras, la más alta historia que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Pero yo tuve la gloria de ser el primero y usted me hizo inmortal. Así que, don Benito, no puedo sino demostrarle mi más profunda admiración y mi más elogioso agradecimiento por su obra y por su verbo. Es usted, padre mío, sin ningún género de dudas, el más valioso escritor de la lengua castellana. Eternamente deudor, su hijo Gabriel.

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*Es muy recomendable para el lector curioso y advertido la edición anotada que de la novela Trafalgar hace el erudito crítico literario y experto galdosiano don Pascual Izquierdo de la Ribera Sotillana, en la colección Tus Libros, editada por Ediciones Generales Anaya, en 1983, auspiciada y dirigida por el académico in absentia don Emilio Pascual de Tejares. Aunque no es fácil encontrar tan preciada obra y los que la poseen saben que tienen un tesoro de valía similar a las que se encuentran en el pecio del navío Santísima Trinidad, hundido, pero con gloria, a dos millas náuticas, frente al tómbolo de Trafalgar, el 24 de octubre de 1805.


Epistolario que mantuvieron en torno a 1907 y con posterioridad doña Teodosia Gandarias y su bien amado Benitín

           «¡Oh, secreto de la naturaleza, oh milagro del tiempo, oh felicidad, no por tardía menos soberana!… En fin, sea de esto lo que disponga el supremo artífice del Universo, el nivelador de las generaciones» le dice desde Santander B —Benito—, el «hacedor de… millares de caricias» a su «preciosa, vaporosa y valiosa» Teodosia Gandarias, su nuevo amor —ella tenía 44 años y él 64 en ese momento— cuando Teo le comunica que es posible que tengan un hijo. Teodosia Gandarias —ella viuda— y Galdós —siempre soltero— se conocieron en 1907 y fueron amantes hasta el final de sus días. Ella falleció el 31 de diciembre de 1919, en su casa del nº53 de la calle Santa Engracia, en Madrid. Y él el 4 de enero de 1920, en su casa de la calle Hilarión Eslava, nº5, no muy lejos de la de su amante.
Pero «la dulce ilusión» se disipó y B le anima a Teodosia y le ruega que no se preocupe de las habladurías de la portera de la finca y no se aísle y salga a pasear: «¿Qué puede decir la vecindad? Nada. Estaría bueno que una señora como tú no pudiera salir a la calle por el qué dirán. ¡Pero si nada pueden decir! Tu personalidad está demasiado alta para que puedan denigrarla esos vecinos idiotas y bajunos. No hagas caso».
Y culmina el amoroso don Benito con estas frases que enternecerían al corazón más duro, entonces y ahora, de cualquier mujer entregándola al dulce amor y a sus besos de reputado galán:
«Son mis horas religiosas, digámoslo así. Entonces van mis pensamientos a ti con vuelo más rápido. ¡Oh, Teo dulcísima, amantísima y preciosa sobre toda preciosidad!».
Un año después, Teodosia le pide que mueva sus influencias y la coloque de maestra nacional —su profesión —, ya que Galdós había sido diputado y lo volvería a ser en 1910. Don Benito le dice a su amantísima Teo: «Pero, mi cielo querido, ¿en qué estás pensando? ¡Cómo ha podido ocurrírsete que yo te iba a colocar de maestra? Esto no concuerda bien con tu soberana inteligencia… En fin, ya te habrás tranquilizado». Y la distancia acalora el corazón de don Benito, que anhela el contacto con Teodosia «siento trastorno por verte a ti tan trastornada… tú, talentuda y magna mujer… a ti mi inalterable cariño».
Teodosia Gandarias y Galdós compartieron los últimos años de sus vidas y parece que también fueron felices. Años de reconocimiento universal del autor, nominado al Nobel en 1912, a lo que la Iglesia hizo una feroz oposición, rayana en el fanatismo, debido al anticlericalismo del escritor expresado en su obra teatral Electra, estrenada en 1901 con enorme éxito de público y crítica. La Iglesia nunca perdona y castigó al señor Pérez con saña en esta vida sin esperar al juicio final.

             Es difícil que don Benito conociera el fallecimiento de su amada Teodosia debido al crítico estado de salud en el que se encontraba. Cuando Galdós falleció cuatro días después, además del reconocimiento de toda la nación: del rey Alfonso XIII, del presidente del Consejo de Ministros, del ministro de Cultura, autoridades, mundo literario y ciudadanía, contó con la visita de doña Emilia Pardo, la Bazán, que fue la primera que se trasladó a su domicilio de la calle Hilarión Eslava, con la que también compartió, epístolas incendiarias de amoríos, desplantes, infidelidades, excesos y deleites durante la década de los 80 del siglo XIX y con posterioridad. Algo a lo que no fue ajeno con Lorenza Cobián, la madre de su hija María, o con Concepción Morell, entre otras amantes conocidas.

       Sin saberlo, en su gran novela Fortunata y Jacinta escrita entre 1885 y 1887, Galdós adelantó su final novelando el triste entierro que sufrió Fortunata, metáfora y trasunto anticipados de Teodosia, sin nadie que le acompañara al cementerio, fallecida un día antes que Evaristo Feijoo, quizás el alter-ego de sí mismo, que recibió una concurrida presencia de deudores en su funeral.

     Sí, don Benito Pérez Galdós lo tenía todo, era un genio de las letras, simpático, guapo, cariñoso, generoso, desprendido y amoroso, muy amoroso y delicado con las mujeres. Y querido por ellas.

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Vivienda de Galdós, en la calle Hilarión Eslava, nº 5, en el barrio de Argüelles. Faltan seis tildes en la placa conmemorativa. Sin embargo, el cartel del dinosaurio está escrito con corrección, casi.

Para conocer más sobre la vida de Benito Pérez Galdós véase: https://escaparateignorado.com/2018/12/19/los-amores-asimetricos-de-galdos/
Y para conocer sobre su extraordinaria obra véase:
**Vida de Galdós, obra de Pedro Ortiz-Armengol, editada por Crítica en su Biblioteca de Bolsillo. 2000.
Asimismo, se recomiendan los estudios y ediciones críticas de Joaquín Casalduero y Ricardo Gullón; para Tristana, la de Germán Gullón, en Austral; y para Fortunata y Jacinta, la edición de Francisco Caudet, en Cátedra.

Enlaces relacionados

Los amores asimétricos de Galdós

El callejero novelístico del Madrid galdosiano

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Don Benito siempre tuvo las mujeres a sus pies. Como don Ramón María.

Palabras y tesoros

Rafael Alonso Solís

                De vez en cuando, bien sea porque a uno no se le ocurre otra cosa o porque se lo pide el cuerpo, en esta columna se habla de palabras, tal vez el hallazgo más influyente de la especie y el vehículo que utiliza el cerebro para nombrar la realidad percibida, hasta hacerla comprensible. En una ocasión me atreví a mencionar su afición por los viajes, su nacimiento en la calle, su crecimiento en las bibliotecas, sus estudios de posgrado en el maco, sus descansos y recogimientos en lugares de variada catadura, como los conventos, los claustros, las alcantarillas y los burdeles, sus paseos de ida y vuelta para cruzarse con sus hermanas, originarias de países lejanos o emigradas con la esperanza de hacer fortuna. En otra, tuve la osadía de desvelar su relación familiar con las partículas elementales, a las que, incluso sin necesidad de verlas, adjudicamos el papel de constituir la estructura de la materia observable, el tejido básico del universo, sugiriendo que podría tratarse del mismo material del que se componen los sueños; es decir, una forma de vida sutil, capaz de reproducirse al combinarse con otras y que, gracias al poder de la sintaxis, puede adoptar múltiples rostros, lo que le permite crear universos, alterar la duración del tiempo e imaginar lo que se oculta en la sombra. Este año, a la misma hora en que las televisiones suelen difundir los discursos de los monarcas, he tenido el placer de comenzar la lectura de dos libros recomendables. El primero se titula El tesoro olvidado, un precioso escriño –voz hallada en el libro– donde se guardan “quinientas palabras para quien quedar bien quiera”, que Dimas Mas ha publicado en Oportet Editores bajo la precisa batuta de Emilio Pascual. El segundo es Palabras nuestras –tesoro también, y oportuno, aunque más reducido–, que la Academia Canaria de la Lengua ha editado para celebrar su XX aniversario. Ambos son libros para leer y releer; el primero, para tenerlo a mano y sumergirse de tarde en tarde en sus páginas; el segundo, para reconocer a un conjunto de voces características del español de Canarias, elegidas y comentadas “sin más limitación que la fidelidad a los propios sentimientos”. Sin menoscabo del resto, brilla la autobiografía de chirrimil, de la que es autor Marcial Morera, y no solo por el cariño y el rigor con que ha seguido sus pasos atravesando diversas fronteras, con que ha admirado sus aventuras y con que ha dibujado sus cambios de gesto y de intención hasta convertirse en palabra “plena y polisémica”, capaz, precisamente a través de sus viajes, de “abrir la entendederas y aplacar el ansia de destruir al diferente que nos corroe las entrañas”. En una tierra donde se creó el nacionalismo de garrafón y se inventaron los concilios de puchero y güisky, Morera le echa un par, con elegancia y sin molestar, al hablar por derecho de la palabra como lo que es: un adhesivo coherente, el armazón de la vida y sus recuerdos.

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Enlaces relacionados

Oportet editores

Me gustas, navidad, porque estás como ausente

Los Caballeros del Pedal les desean a todos ustedes que lo pasen bien en 2020, que disfruten de buena salud, que les quieran mucho y que incluso tengan algo de pasta. 

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Carmelito Flórez (Fotografías)

Para Luis, que estarás en cualquier galaxia colindante riéndote de los caballeros tontoterrícolas.

Globos aerostáticos para venir al más acá._DSC0032_web2.jpg

 


Doctor Simón y Cajal

Pascual Izquierdo de Góngora y Argote

Descubrir
los primeros mapas
de la risa y el llanto,
el asombro, la ternura y el adiós.

Dibujar la luna
que se refleja en tus ojos.
Ensanchar los ríos,
los vértices, los sueños, las provincias,
el tamaño de los peces
y el misterio del mar.

Descubrir
que todos los días puede nacer una estrella
en los ojos oscuros de las sombras,
en los campos abiertos de la imaginación.

Emilio de Pascual y Saavedra

Villancico

Andaba el carpintero —o más bien artesano—
cepillando un tablero, lima e garlopa en mano,
e entró por la fenestra un páxaro inhumano
de aleteo soberbio e de seso liviano.

Mirolo suspicioso el artesano rudo
e con afincamiento, e destemprado e crudo,
empuñó un grand zoquete e díxole sañudo:
«¡Pardiez que esta vegada non me farás cornudo!

Que aunque sea mi oíslo buena, dulz e sanía,
de grand contentamiento e onrada compañía,
non quiero rosseñoles desta placentería
que vinién a mi casa con tal messagería.

Non serás organista nin serás violero,
nin estrument nin lengua nin tan claro vocero».
E, lanzando el tarugo, le dio en el gargavero,
dexándolo sin pico e con el güevo güero.

Señor Trovador de Torrelodones

De Pascual:

EN LA PLUMA DE PASCUAL,
EN VEZ DE TINTA HAY AMOR,
HAY UN TALENTO INMORTAL,
SENSIBLE Y ACOGEDOR.

De Emilio:

ES, SIN DUDA, UNA DELICIA,
PARA NUESTROS PALADARES
DISFRUTAR ESTA PRIMICIA
DEL MAESTRO DE TEJARES.

Santiago Izquierdo de Silva y Velázquez

Enséñame tu casa hoy que estamos a tiempo:

las rosas aún dormidas, la paz de tu jardín,
los pétalos inciertos, los poemas secretos;

tus ríos subterráneos, tus corrientes ocultas,
Tu vajilla de plata, el marco de tus ojos.

Deja que me siente en tu inmensa azotea
Y pueda ver tu noche desde el principio al fin.

Déjame asomarme a tu espejo sin trampas,
Que me importa saber cuánto mide tu azul.

Déjame perderme en tu oculta tormenta,
que me arrastre al vacío tu loco torbellino.

Haz que hoy se me olvide mirar hacia atrás.

Ana de la Robla de Vega Carpio

PEQUEÑA MUERTE

Cuna y sepulcro en un botón hallaron
CALDERÓN DE LA BARCA

Botón de rosa,
luz y noche en el frágil rumor del infinito.
En los trastes del de laúd que roca fuera,
en el yacer animal que breve acecha
y que sólo los dedos de su orfebre
leen, desabrochando,
y matan.

Aurora Vélez de Guggenheim

TODOS LOS HOMBRES que fueron
llegaron como golondrinas.
Apenas rozaron mis alas,
se marcharon confundiendo al aire
con sus cabriolas
imposibles.

Se iban
dejándome unas miradas,
un par de ocasiones tiernas,
un poco de amor
colgado del alero
desde donde se ven el mar.

Sólo sé
Que así seguirá siendo.
Aves de paso.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

Llámame Jack

Rafael Alonso Solís

            Como si se estuviera consumando una maldita y oscura vuelta atrás, los asesinatos de mujeres, cometidos en su inmensa mayoría por hombres cercanos, parecen normalizarse en nuestra aceptación de las miserias cotidianas. Al menos, hasta que la sangre asome por debajo de la puerta y nos acabe mojando el borde de los pantalones. Ya no hay día en que las portadas de los periódicos no reproduzcan una fotografía de la víctima, en lo que parece ser una humillación amplificada y normalizada de su destino como producto de casquería. Es como si la matáramos una y otra vez entre todos; como si repitiéramos la puesta en escena, variando levemente la decoración y el paisaje; como si compartiéramos el morbo de los gacetilleros sin tema y sin escrúpulos; como si continuáramos alimentando la colección de imágenes que hemos ido completando para ilustrar los tratados de ciencia forense y la antología del crimen de género; como si, a través de un salto en el tiempo, el espíritu del macho asesino que asolara el barrio londinense de Whitechapel en 1888 hubiera decidido dejar atrás la individualidad para impregnar las calles, a través de un proceso de imitación que se activa tras cada representación. En la relación canónica de la época, la primera víctima se llamaba Mary Ann Nichols, y del interior de su vientre se había extraído el útero. La última aceptada por la heterodoxia fue Mary Jane Kelly, que apareció destripada en su camastro, sin la totalidad de sus vísceras abdominales y sin corazón. Más allá del dogma y del mito, la serie de Whitechapel se extendió, al menos, a cuatro asesinatos de mujeres más, dividiéndose la academia y la tertulia entre quienes sostenían que estos últimos no fueron obra del iniciador de la saga, sino que los autores habrían imitado el modus operandi del Destripador para despistar a la madera victoriana, y quienes pensaban que el firmante del montaje seguía siendo el mismísimo Jack. Si entonces aquel pútrido barrio del East End londinense contenía el caldo de cultivo más eficiente para que el asesinato y vaciado de prostitutas resultase una práctica segura, a mediados del siglo pasado, tras la guerra civil, en España, el frío del invierno se disimulaba alimentando braseros bajo la mesa camilla, mientras la prensa de consumo promocionaba lo que se dio en calificar como “crímenes pasionales”. El apasionado siempre era un hombre y la víctima una mujer, a la que no era muy difícil achacar, a lo largo de la brillante crónica de sucesos, cierta actitud casquivana que justificaba la manifestación de aquel conflicto entre amantes. La historia no es nueva, sino vieja como el mundo que hemos diseñado y mantenemos en marcha. Lo que es nuevo, aquí y ahora, es que la ideología que niega la realidad, el banderín de chulos que se habían mantenido agazapados en la intimidad de la montería y la misa de campaña, haya ocupado a la carrera los parlamentos, gracias a la alfombra roja que han puesto bajo sus pies los patriotas.

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El Jefe de la Tribu

Ángel Aguado López

                En un mundo informativo en el que abundan las “Fake News”, en el que la relevancia de la noticia dura apenas unas horas, en el que la confusión y el encubrimiento velan la veracidad de los acontecimientos, en el que las grandes potencias, instituciones, “lobbys” y políticos ocultan sus miserias y responsabilidades, en el que la opinión pública ve mermados sus derechos de conocer los tejemanejes de sus gobernantes, en el que la distracción y el espectáculo frivolizan la libertad de expresión, en el que los presidentes en funciones no admiten preguntas durante las ruedas de prensa parece conveniente reconocer el oficio de periodista que algunos ejercieron en tiempos no muy lejanos en los que informar con libertad era una profesión de alto riesgo.
Era Manu Leguineche un amante del periodismo, fundador de la mítica agencia Colpisa, la de Padre Damián, 43. Dicen que la dirigía desde un bar próximo mientras jugaba al mus y fumaba habanos que Fidel le enviaba desde Vuelta Abajo. Colpisa, colaboraciones periodísticas independientes, cuna de tantos y buenos informadores, la Tribu. Fue Leguineche uno de aquellos servidores de la libertad de expresión, de aquellos periodistas que ejerció su profesión con el único ánimo de mostrar a la opinión pública lo que sucedía a su alrededor. Había en Leguineche una mezcla de aventurero, de idealista, de héroe anónimo comprometido con las noticias, de viajero incansable y voluntario audaz que unía en su pluma la veracidad y el rigor de lo que sucedía por aquellos mundos por los que se adentraba como un doctor Livingstone en busca de la verdad. Quizás porque en España existía una Ley de Prensa —dulcificada por Manuel Fraga, aquel superministro franquista al que le cabía todo el Estado en la cabeza— que dificultaba la información nacional, los reporteros la emprendían viajando por Asia, por el extremo Oriente, por el Oriente próximo, o por el Coño Sur, el más jodido. Y quizás por eso, los que entonces éramos adolescentes sabíamos más de la Guerra de Indochina que de los consejos de ministros de El Pardo y recordamos sus crónicas sobre Vietnam, cuando los B52 arrasaban con el agente naranja todo resquicio de vida por encima del paralelo 17. O las crónicas que enviaba desde Líbano, o de aquella última esperanza de libertad que supuso la revolución sandinista contra Tachito Somoza, en 1979. ¡Ay!, el desconsuelo de que todo seguía igual con el dictador Ortega. Después, Leguineche se refugió en Brihuega, un pueblecito de la Guadalajara profunda, a meditar sobre lo que había visto y a escribir sobre los pequeños grandes acontecimientos que proporciona la felicidad de la tierra.
DSCN0532_web Víctor López, joven periodista y estudioso, ha escrito sobre Manu Leguineche una biografía coral, “El Jefe de la Tribu”, para la que ha entrevistado a muchos de aquellos narradores que compartieron con él la aventura y el oficio de informar. Un libro hecho con mimo y pasión, como le gustaba a Leguineche, en el que se cuenta todo aquel mundo del periodismo que Leguineche aprendió en las putas calles del mundo, donde se forman los periodistas, escribiendo sobre los baches y los sucesos cotidianos que conforman la actualidad de la vida, del día a día de los ciudadanos. Por eso conviene explorar el oficio que Manu Leguineche aplicaba en el tratamiento de la actualidad y recordar un país, el nuestro, en el que todo estaba por hacer, el momento de la Transición Democrática, para no caer en la ignorancia de que muchos de los avances en la libertad de información que goza el ciudadano de hoy son frutos del esfuerzo que por informar con veracidad y rigor aplicaron periodistas como Leguineche.

Manu Leguineche. El Jefe de la Tribu.

Víctor López

Editado por Ediciones del Viento.