Adiós a los toros

Rafael Alonso Solís

     ALGÚN DÍA TENÍA QUE SER, y ninguno más apropiado que el 15M –fecha en que escribo esta columna– para anunciar de manera oficial mi despedida y retirarme definitivamente de los carteles. En realidad, retirado ya estaba, y hace mucho que ni asisto a Las Ventas ni veo toros por televisión. Puede que algo quede de mi pasado, ya que, como quien practica un vicio solitario, a veces busco videos clásicos por recordar el encuentro de Antonio Chenel con Atrevido –ensabanado, alunarado y calcetero– el día de San Isidro de 1966; o aquel otro en que, delante del cinco, Curro Romero paró el tiempo y a uno se le fue la lucidez como si acabara de ingerir un secante; o la serie de verónicas que Morante de la Puebla le pegara de salida a un toro para ser entroncado como el mejor capote de finales del siglo pasado y principios del actual. ¡Ay Morante! Quién me iba a decir que sería él mismo el que me ayudaría a tomar la decisión con su gesto cursi y cruel de secar las lágrimas a un toro, instantes antes de atravesar su corazón para disfrute del público. Atrás quedaron varios fracasos sonados, como aquella vez que me encerré con una becerra en un corral de la sierra de Madrid, pretendiendo remedar a los maletillas sevillanos de principios del siglo XX, cuando cruzaban el río desnudos con objeto de dar un par de naturales a la luz de la luna. En cuanto la vaquilla se movió inquieta y asustada, yo me subí con celeridad a un altillo y pasé parte de la tarde esperando a que se distrajese para salir de naja. De salón, eso sí, siempre tuve mucho arte, pero me faltó valor y no pasé tanta hambre como para echarme a los caminos. Todo eso queda ya para los sueños o las historias inventadas con las que recordar algún que otro viaje a ninguna parte.

morante1_web.jpgHubo un tiempo en que hasta intenté explicar a algún antitaurino la emoción que se podía sentir cuando, desde la tranquilidad del tendido, se produce esa misteriosa conjunción entre toro y torero en el centro del ruedo. Tarea tan imposible como que yo pudiera tener, por aquel entonces, algún atisbo del sufrimiento del animal encerrado en un círculo infernal, sin salida y sin nadie que hiciera caso a sus gemidos, ni fuese capaz de apreciar en su mirada el dolor y la angustia ante una situación inexplicable, su miedo ante la muerte, jamás expuesto por los cronistas ni tratado de comprender por su matador. Tuvo que ser Fito, mi perro –que se marchó a un parque cerca de las estrellas hace unos meses–, quien me lo hizo comprender de golpe y sin pronunciar una sola palabra. Simplemente me miró a los ojos y ahí se gestó mi retirada. Se acabó. Esta tarde, más cerca de las siete que de las cinco, me echaré al ruedo de Sol para anunciar, como cada año, que los fachas no pasarán.

Fotos de Ángel Aguado López (Jesulín de Ubrique y Morante de la Puebla en Las Ventas, San Isidro 2005. Puerta del Sol, Madrid, 15 de mayo de 2011)

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La derechuza

Rafael Alonso Solís

      CUANDO A PRINCIPIO DE LOS 80, ALFONSO GUERRA anunciaba el maquillaje con que iba a conseguir que a España no la reconociera ni la madre que la había parido, la derechona solo era un concepto literario que Umbral inventara para dárselas de rojeras en la Fiesta del PCE. Por entonces, el primero aún tenía aires de librero mefistofélico y canijo, sin que su rostro hubiera sufrido esa mutación que le asemeja cada día más al último Torrente Ballester, y ambos a una castañera fondona y malhumorada. Y el segundo nunca fue aquello de lo que presumía, aunque más de una vez fuera jaleado como tal cuando hacía el paseíllo con bufanda en la Casa de Campo. Había algo en todo aquello que sonaba a montaje de cartón-piedra, como si se tratase de un espectáculo teatral en el que cada cual representaba su papel sin excederse. La primera derechona folclórica estaba representada por Aznar, al que el cronista citado llamaba por entonces Aznarín, y del que decía que vivía, mandaba, existía y hablaba “en diminutivo”, pero que se reía “en aumentativo”. Luego había otros, varios de los cuales duermen últimamente en el maco, como Rato, del que Umbral, acertado profeta en este caso, afirmara que nos estaba “haciendo pobres estadísticamente”. Ambos, Aznar y Rato, solían ver las procesiones de Semana Santa desde un balcón en Carabaña acompañados por Ramírez, por entonces un periodista de moda que aspiraba a ser el Randolph Hearst español, y que ha acabado de comentarista en tertulias de medio pelo, en las que le suelen mojar la oreja. Con el tiempo, aquella derechona que jugaba al pádel y hacía abdominales se autodefinió como centrada e integró a todas las jaurías que andaban perdidas y casi a punto de echarse al monte, desde los restos de la CEDA a los falangistas, pasando por los propagandistas católicos, los gironistas, el OPUS, los jefes del SEU y los liberales sin matiz. Lo malo del centrismo autodefinido es que no se trata de un concepto geométrico ni ocupa la posición de la mediana, sino que se vende como el lugar en que se sitúa el deseo, una vez que los analistas de mercado han decidido el tamaño del mapa y establecido las líneas fronterizas. Luego se colocan cosas a un lado y otro y se les van adjudicando ideologías. El método es tan flexible como oportunista, de modo que la clasificación puede modificarse de un día para otro sin que haga mucha falta adecuar el argumentario a las nuevas variables. En su evolución, la dúctil derechona se ha convertido en derechuza, una vez que ha decidido mostrarse sin complejos y permitir la manifestación de su alma pija, chula y tenebrosa. Que la petulancia y sobreactuación de sus líderes les haya hecho fracasar esta vez no debiera tranquilizar. Han bastado cuarenta y ocho horas para que den un giro a la táctica y falseen el discurso. Pero siguen ahí, como una trinidad latente, lista para unirse bajo el ominoso espíritu de Cuelgamuros. (Fotos de Terry Mangino)

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Las botas, el chaval y el vigoréxico

Viaje con Aramburu por la escritura

Ángel Aguado López. Texto y fotografías

        LUCE FERNANDO ARAMBURU terno azul y zapatillas deportivas que le dan aspecto de atleta vernáculo, de vasco ruboroso que reúne a los amigos para charlar con unos vasos por medio. Y se descubre con una facundia generosa que engancha a la audiencia de la Fundación Juan March, en Madrid, el 29 de abril de 2019, conversando con el crítico literario Antonio de Lucas en su salón de actos, lleno, para escuchar su tránsito por la poesía y por la prosa.

       Su torrente de palabras es un viaje al interior de sí mismo «porque en soledad se desarrolla nuestra profesión, la de escribir. Todas mis obras surgen como un desgarro interno. Son dos grupos que tiraran de una soga en sentido contrario. La vida del escritor está ritualizada, siempre en las mismas horas, las mismas tareas para que el cuerpo esté calladito y se convierta en cerebro y mano, en un relator constante. Escribo las veinticuatro horas, no muscularmente, sí con el cerebro, unas líneas que me salven el día. Y escribo para mi gusto, para mi placer, aunque nunca me leo después» dice.

       Y como vasco pudoroso viaja por los recuerdos familiares y saborea una copa de vino tinto, quizás porque regresa a la infancia: «Me crié en un ambiente humilde. En mi casa no había libros. Aquel carácter austero de mi padre, parco en expresar su cariño. Me invitaba a unos huevos con jamón y eso equivalía a decir te quiero. Nací con todas las cartas para seguir su profesión, mecánico».

      »Y para no serlo lo intenté con el fútbol. No funcionó. Y lo intenté con el ciclismo, pero no acabé la primera carrera porque no tenía ni chichonera. Y después con la jabalina, pero no se clavaba nunca en el suelo, la jabalina… Y la vida te sacude tu ración de palos, de chichones y en la escritura buscas un consuelo.

     »En el colegio me aburría, salvo en la clase de literatura. Y fue así que descubrí que el dominio de la lengua confería poder. Lo descubrí leyendo a Federico García Lorca, el autor que me inoculó el virus de la poesía: su gracia especial en todo lo que escribía: “Córdoba, lejana y sola…”

     »Y durante un tiempo, la poesía fue mi consuelo necesario, me hice a mí mismo con la escritura y la lectura porque un poema es el recipiente de la poesía, el sabor que te deja en el paladar, ese gusanillo, esa experiencia siempre necesaria en la vida. Y hay que tener cuidado con el humor, limitarlo, porque es un disolvente de la poesía.

      Y en su viaje invoca constantemente a los poetas que le alentaron en la métrica y el ritmo, a Rafael Morales, que le recibió como a un hijo, a Machado y a Miguel Hernández, a Quevedo. O evoca un recuerdo para Luis Gómez Llorente, el filósofo. Y denuncia, él, que no es de denunciar, la ruina en la que se encuentra la casa de Vicente Aleixandre, abandonada por la Cultura oficial: «¡Una vergüenza, cómo la tienen!».

      Y cuenta cómo pasó de la poesía a la prosa: «En 1985 decidí despoetizarme, escribía decididamente mal, era la ruptura, la liberación de la poesía, quería romper con la tiranía del verso, con la rima asonante y el endecasílabo, con las cacofonías. Me pasé a la novela. Cada libro es único, un camino recorrido al que no se vuelve.

      »Me he convertido en una máquina de hablar —es verdad—. Pero hay que tener cuidado. “Patria” me puso al borde del abismo, del éxito. He cambiado, busco la sencillez, me meto en edades en las que el olvido, olvidar, está presente. Y ahora le he pedido perdón a la poesía, ella no me exige el verso y yo busco la sencillez: la de matar al artista.

      »El lector de novelas es un visitante de vivencias ajenas. Imagino al otro lado del escritorio a un lector, alguien oscuro y anónimo, para el que escribo. No voy como el dueño de las historias, poniendo muros, pertenecen al colectivo, cada cual coge lo que quiere de ellas.

      »Estoy libre de obsesiones, no sueño nada… mis hijas, soy un vasco familiar, no como Unamuno, deseando salvarse, siempre con el peso de su alma a la espalda. Incluso he renunciado a las colaboraciones en prensa, cosa que me proporcionaba placer para centrarme en la escritura. Leer y escribir, para viajar por la escritura las veinticuatro horas.

      Y desea a los lectores, al público que le oye embelesado que las idus de mayo les sean propicias en el viaje literario: «Que sean felices, simplemente».

      Sí, Aramburu es un vasco viajero, bueno en el buen sentido de la palabra bueno.

17 keniatas y un blanquito

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

42 Maratón de Madrid, 2019 ¡Viva Kenia!

        Los espíritus del viento se deslizan etéreos bajo el cielo luminoso de Madrid (670 metros de altitud media), unas ráfagas, unos destellos que apenas si se vislumbran segundos, unas zancadas, seres translúcidos, dioses flotando sobre el asfalto, un visto y no visto. Gacelas de las altiplanicies africanas, guerreros de ébano tallado y el marfil de un blanco valiente, agazapado en la espesura, a rebufo de esos baobabs gigantes. Una ráfaga que deja en el peatón la duda de lo que ha visto, ¿será verdad? Quizás lo ha imaginado: un torbellino, tal vez los masáis. Y después, mucho después, aparecen los buenos, aquellos atletas que bajan de las tres horas. Y aún mucho después, minutos y minutos después los humanos que corren el maratón aparecen sudorosos buscando la gloria de acabarlo. Ese esfuerzo incomprensible, el sufrimiento infinito de chocar contra el asfalto durante 42 Km y 145 metros, recompensado solo con el placer de vencerse a sí mismo, de sobreponerse a la voluntad. Y el goteo continúa, una eternidad después las calles se llenan de anónimos luchadores que jadean su agonía buscando tal vez un sentido a la vida. Así durante seis horas.

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La cabeza de carrera, 17 keniatas y un blanquito, pasa por el Km 10 por debajo de los 30 minutos. Están todos los ganadores, búsquenlos.

          Y a pesar de la orografía sinuosa y rompepiernas de Madrid el keniata Reuben Kerio hizo el mejor registro de las 42 ediciones, un tiempo de 2h8’18”. El segundo fue el también keniata Kipkemoi Kipsang (2h8’58”, que batió también la mejor marca anterior). Y el tercero el keniata —acaso tenían alguna duda— Kiprotich Kirui (2h9’05”, también batió la anterior mejor marca). El mejor blanquito fue el español Javier Guerra, ¡quinto!, que empleó 2h10’19”, mínima olímpica y mejor marca española en el maratón madrileño. En mujeres ganó la etíope Shasho Insermu (aparece en el friso superior entrando en la meta del Paseo del Prado madrileño), que hizo un tiempo de 2h26’24”, también mejor plusmarca de la historia del maratón madrileño.

      Terminaron la maratón 8090 atletas. El último fue el francés Jean Francois Paux (6h37’30”). ¡Chapeau, Jean Francois, brave pour toi!

 

 

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42.195 m.

Angelitos negros

Maratón de Madrid 2017

Ma plus belle histoire d’amour c’est vous

Gabriel de Araceli. Fotos de Ana M Pulido y Terry MANGINO

     ¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts… Miles Davis sopla y llora su trompeta. Juliette Greco le mira desde sus carbones encendidos. Sous le ciel de Paris marchent des amoureux.

Notre Dame desde le Boulevard Saint Michel el 17 de abril de 2019

      —Oiga, amigo, no se envenene la sangre con los recuerdos. Ahora todos somos parisinos. De dónde viene, cuál es su nacionalidad.

      —Soy borracho.

—Entonces tómese un trago, una absenta le vendrá bien para olvidar.

      —Un día así no se olvida. Era un día de lluvia en una estación y un hombre esperaba con el rostro crispado. On n’oublie rien, on s’habitude, c’est tout.

      —No, un día así no se olvida. Recuerdo una noche de invierno, vagaba por la Place Vendôme, hacía frío, mucho. Del Ritz salió una pareja. Yves Saint Laurent, ella. Él de Guy Laroche. Tomaron ¿une bagnole? No precisamente, era un Bentley. La Tour d’Argent, tal vez Maxim’s. Tirado sobre la rejilla de ventilación del metro un clochard maloliente tiritaba. Ella le miró con desprecio.

  Notre Dame desde le Boulevard Saint Michel el 17 de abril de 2019 

Sur la longue route qui menait vers vous. Sur la longue route j´allais le cœur fou, le vent de décembre me gelait au cou, Qu´importait décembre si c´était pour vous.

      —Sin embargo, ce fut un soir, en septiembre. Vous étiez venus m´attendre. Aquella tarde un calor agobiante subía del río en el Quai d’Orsay. Una caravana de coches fúnebres desfiló por delante de mis narices. De repente el mundo se detuvo.  «Lady Di, lady Di» gritaba el gendarme. Se había matado en un estúpido accidente en el Pont de l’Alma. Huían de los paparazzis, ella y su amante, Dodi Al-Fayed, también a escape del Ritz. Me quedé paralizado. Lady Di, lady Di gritaba el gendarme.

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      Ce matin du 16 avril 2019 la pluie est salée. Ce sont les larmes de toutes ces âmes des bâtisseurs de la Catedrale Notre Dame et leurs Tristesses.

      —No hay para tanto. La historia del incendio no me parece un horror. Beneficia a muchos, les riches font des affaires.

      —Eso ha ocurrido siempre. Las grandes fortunas de Francia ya hacen cola, las donaciones. Así salvarán su honra de cara a la opinión pública. Reconstruirán Notre Dame en un periquete.

       —Una forma de desgravarse, aflora el dinero negro. Contribuyen a la grandeur.

      —Sí, casi viene bien un incendio. Se activa la economía. Ya van por los 800 kilos. Ese dinero oculto que emerge de las alcantarillas…

      —Bouygues, Suez, Alstom, Total, Carrefour, Christian Dior, France Telecom, Sanofis, Lafarge, Saint Gobain, Renault, Dassault, Fnac…

      —Les bouquinistes font des affaires.

      —Esos no venden libros, amigo. Es igual un incendio que una guerra. Vienen bien de cuando en cuando, es una forma de reconstruir lo destruido, de activar la economía.

      —Si hasta el clavo de la cruz de Cristo se ha salvado… Y las reliquias del gallo de la torre, el diente de saint Denis y una teta de sainte Genevieve. Todo intacto. Incluso la espina de la corona ha resultado indemne. ¡Es un milagro, la espina de la corona! Dieu défend le droit.

      Los curiosos se aprietan, buscan la foto de la chamusquina desde el Pont Saint Michel. Una yanqui sonríe, se hace un “selfie”, las cenizas de Notre Dame sobrevuelan les bateaux mouches abarrotados de turistas. Les bouquinistes venden postales pornográficas de hace un siglo.

      —El miedo, la ignorancia, el deslumbramiento: Esto se llama así, eso se pide así, ahora esa mujer va a sonreír, más allá de esa calle empieza el Jardin des Plantes. París, una tarjeta postal con un dibujo de Klee al lado de un espejo sucio.

 Montmartre, il faut bien monter 

—Todos contentos, París está en alza.

      —Et oui! L’incendie c’est bonne pour la France, c’est bien pour Macron, magnifique le feu, un cadeau. ¡Les giletes jaunes dando por culo tantos meses!

      —Se vengan de ser pobres.

      —Sí, roban a los ricos, destruyen el lujo des Champs Elysees, donde ellos nunca podrán comprar des bijoux. Es una bella historia de amor, al dinero.

      —Sí, París bien vale una misa. Malgré les parisiennes.

      —Toujours la même chose. Qu’importe Notre Dame?

      —Oui, c’est vrai, qu’importe Notre Dame.

       Qu´importe ce qu´on peut en dire, je tenais à vous le dire. Ce soir je vous remercie de vous. Qu´importe ce qu´on peut en dire. Je suis venue pour vous dire: ma plus belle histoire d´amour c´est vous.

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La Villa Savoye