Volviendo a Chaves Nogales

Rafael Alonso Solís

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      Hace poco más de un mes se cumplían 75 años del fallecimiento de Manuel Chaves Nogales, ocurrido sobre la mesa de operaciones de una clínica inglesa, cuando sobrevivía a uno más de sus exilios concatenados. Puede que muchas personas, fuera del entorno de los escritores de periódicos o los amantes de la literatura de campaña, se pregunten acerca del motivo por el que algunos lo contemplamos aún con el respeto que genera lo auténtico. Especialmente en una época en que corren malos tiempos para la lírica, el rock de barrio y el periodismo de trinchera. Tal vez por eso su aniversario haya pasado sin pena ni gloria. Por eso es de agradecer que, al menos, TintaLibre le dedique un recuerdo en su número de este mes. Conocí a Chaves Nogales –y es necesario citarlo con sus dos apellidos para no confundirlo, tanto con políticos bajo sospecha como con periodistas locales situados en el polo ético opuesto– gracias a la lectura de Las Armas y las Letras, de Andrés Trapiello, en la magnífica segunda edición de su libro, publicada en 2010. Como yo mismo escribí en una columna hace casi una década, la mirada que se percibía en las fotografías de Chaves Nogales resultaba rigurosamente coherente con la que él contemplara los acontecimientos que se sucedían en España y en Europa durante la época en que participó en ellos como observador de privilegio, y mostraba a alguien que dotaba de credibilidad a cualquiera de sus escritos. Decía entonces que esa mirada, “ligera de equipaje y casi desnuda”, parecía haberla posado sobre el mundo y la historia por la que había pasado, nada menos que “en medio del final doloroso de una guerra civil o del transcurrir de una contienda mundial”. No me importa repetirme ni plagiar mi sentimiento de entonces, porque Chaves Nogales continúa estando de actualidad –por brillantez, honradez y estilo–, y porque el ejercicio de contrastarlo constituye un instrumento, tanto intelectual como político, necesario. Hay que releer, particularmente en la actualidad, A sangre y fuego, su imprescindible relato del Madrid de la resistencia –la que lleva del “no pasarán” al “ya hemos pasao” de los fascistas de ayer y de hoy–, en el que “los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van entre las manos, diciendo y haciendo lo que o, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen”. Hay que reconocer, en las imágenes que nos asaltan y nos amenazan estos días, su descripción de los “pistoleritos flamencos y señoritos con rifle”, que hace en La República y sus enemigos, cuando el periodista percibía ataques “a derecha y a izquierda”. Y hay que revisar su preocupación acerca de lo que pasaba en Cataluña, y sobre la estupidez y soberbia de las dos caras del nacionalismo –que, en realidad, son la misma–, y cuya confrontación beneficia siempre a ellas, mientras jode al resto del personal.

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Portada del diario AHORA, del sábado 14 de febrero de 1931, en el que se muestra, dos meses antes de la proclamación de la República, la delicada situación política en la que se encontraba el país. Chaves Nogales figura como subdirector en la mancheta. El periódico pertenecía a Luis Montiel, propietario que fue de la revista SEMANA y del diario deportivo AS, ubicado en el mismo edificio de la Cuesta de San Vicente. Ambas publicaciones sobreviven en la actualidad.

El periodista que estuvo allí

Ángel Aguado López

     Chaves Nogales fue ante todo periodista, un romántico que se veía en el deber de explicar con claridad los acontecimientos que le tocaron vivir en el agitado primer tercio del siglo XX en Europa, sobre todo en España. Su oficio pretendía que el ciudadano tuviera conocimiento de lo ocurrido, que la sociedad pudiera formarse una opinión pública, tan necesaria en el desarrollo de la democracia. Ese gran propósito que inspira el periodismo.

      A veces, sus crónicas resultas inocentes porque le podía la verdad. Su deseo de un país mejor se topaba con la convulsa realidad de un tiempo que terminó en tragedia. En su libro “La República y sus enemigos”, un compendio de sus reportajes como periodista en el diario AHORA, se muestra como un notario de aquella actualidad revolucionaria que todos quería subvertir. Y en ellas se augura ya el trágico final en el que desembocaría aquella experiencia de libertades nunca antes vista en España.

      Llaman la atención las informaciones que hace sobre la revolución de Asturias, octubre de 1934, en las que acusa a los mineros de ser los causantes de los destrozos producidos en Oviedo, quizás mimetizando los excesos producidos por los bolcheviques durante la revolución rusa de 1917. Chaves Nogales se olvida de mencionar en esas crónicas las atrocidades cometidas por los regulares y las tropas legionarias comandadas por el coronel Yagüe y dirigidas desde Madrid por el general Franco. Excesos que aplacó en parte el general López Ochoa, y que le valieron a Ochoa el enfrentamiento con ambos compañeros de milicia y la posterior ejecución por las hordas populares que asaltaron el hospital Gómez Ulla en agosto de 1936, donde se encontraba convaleciente.

 

[EN LA COMANDANCIA MILITAR DE OVIEDO, UN INDIVIDUO QUE DIJO SER PERIODISTA INTENTA MATAR A UN TENIENTE DEL TERCIO

        OVIEDO. 27.— Esta tarde se presentó en la Comandancia militar un individuo que dijo ser periodista y que iba a hacer información de los sucesos. Se le permitió la entrada, y ya dentro de la Comandancia, al encontrarse con un teniente del Tercio, de nacionalidad rusa, se abalanzó sobre él. El teniente sacó la pistola e hizo un disparo contra el desconocido, que quedó muerto. (Un ejemplo de breve redactado por Chaves Nogales informando sobre la situación en Asturias)]

 

      En “El maestro Juan Martínez que estaba allá” relata la experiencia accidental en la que se vio envuelto el artista flamenco Juan Martínez, al que conoce por casualidad en París, en 1934. Juan Martínez y su pareja Sole, bailarina, se vieron atrapados sin quererlo en la revolución bolchevique de 1917, durante un periplo por San Petersburgo, por Moscú, por Kiev, y durante cuatro años lucharon por la supervivencia en mitad de una guerra en la que las atrocidades perpetradas sobre la población por bolcheviques, mencheviques, zaristas y anarquistas dejaron un país exhausto y vendido al horror. Tiempos atroces que desembocarían en el comunismo leninista, el posterior terror estalinista, en el fascismo italiano, en el ascenso del nazismo, en la Guerra Civil española y en el apocalipsis de la 2ª Guerra Mundial.

      El paso del tiempo ha convertido la narrativa de Chaves Nogales en una referencia necesaria para descifrar aquellos momentos intensos de la historia de España. Imprescindible leer a Chaves Nogales.


Alfredo Fernández Alameda, duque de Las Minas

     Es de agradecer que alguien se acuerde de este honrado periodista y humanista republicano, denostado por ambos bandos durante la guerra y referente imprescindible para comprender la realidad de unos hechos relatados con una mirada sin más filtro que el de la sensibilidad, inteligencia y objetividad.


Enlaces relacionados:

La vuelta de Celia Gámez

Diario AHORA, 14 DE FEBRERO DE 1931

Chaves Nogales, reportaje en RTVE

 

 

 

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Morituri te salutant

Ángel Aguado López (Texto y fotos)

 Día D, Hora H

—Je t’aime.

—Moi aussi

      Y Paul-Lionel Jospin, maire-deputé de Arromanches-les-Bains declaró a Pauline Grandclement y a Charles G. Stout IV marido y mujer. Se habían conocido justo un año antes, en el homenaje que la Republique Française tributa cada 6 de junio a los héroes del desembarco de Normandía, en Caen, departamento de Calvados.

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Cementerio americano de Colleville-sur-Mer, sobre Omaha Beach. En él hay enterrados 9.387 soldados americanos. El primer día del desembarco se saldó con más de 12.000 víctimas mortales del bando aliado. Las tropas alemanas, atrincheradas, sufrieron en menor medida.

     A pesar de que apenas si contaba con veinte años, el cabo artillero Hermann Krüger, nacido en Baden-Baden, al otro lado del Rhin, era ya un veterano de guerra cuando la Wehrmacht lo envió a Trouville-sur-Mer, en mayo de 1943. La 43 división del VI Ejército a la que pertenecía, había sufrido una derrota devastadora en Estalingrado en diciembre de 1942. Hasta el mariscal Friedrich Paulus fue hecho prisionero por los rusos. El alto mando alemán, el OKW, decidió dar descanso a los agotados supervivientes del frente ruso destinándolos a las costas de Normandía, un lugar considerado inexpugnable.

     El Abwehr, el servicio de inteligencia alemán dirigido por el almirante Canaris, se hallaba en una profunda crisis provocada por su enfrentamiento con el servicio de espionaje de las SS, de las que el nazi Reinhard Heydrich era el máximo responsable. Dos organizaciones destinadas al mismo fin. Esta competencia permitió a los aliados notables éxitos. Entre ellos la Operación Mincemeat. Fue esta una rocambolesca aventura diseñada por el MI5 para confundir a los alemanes sobre el lugar exacto del desembarco aliado en el Mediterráneo.

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Recordatorio sobre una tumba del cementerio americano de Colleville-sur-Mer

     En abril de 1943, un submarino inglés arrojó frente a las playas de Huelva el cadáver de un supuesto militar, un indigente oculto bajo el nombre de William Martin, víctima de un accidente aéreo (incluso llevaba como cebo un paracaídas sin abrirse) que portaba documentos comprometedores: el plan de desembarco aliado en las costas de Grecia. Las autoridades franquistas recogieron el cadáver y traspasaron la documentación al agente local del Abwehr, que trasladó la información a Berlín. El OKW se tragó el anzuelo. Los aliados consiguieron engañar a los alemanes, que trasladaron el grueso de sus fuerzas hacia la península griega. El 10 de junio de 1943 se producía el desembarco en una Sicilia poco defendida: era la Operación Husky. Las tropas aliadas penetraban en el sur del continente europeo y provocaban el levantamiento de la resistencia partisana contra la Wehrmacht y Mussolini.  El Duce, apresado por los partisanos, liberado de su reclusión en el Gran Sasso en una operación relámpago por los comandos alemanes, fundador de la república títere de Saló, y apresado nuevamente por los partisanos fue ejecutado el 28 de abril de 1945.

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Batería alemana sobre las alturas de Omaha Beach.

     El soldado Charles G. Stout había nacido en Kentucky, el 13 de enero de 1921. El 27 de abril de 1942 se alistó voluntario en el US Army y fue destinado a la compañía F del 507 Regimiento de Infantería, Paracaidistas de la 82 División Aerotransportada. No volvió a ver a su novia de toda su corta vida, Daisy Macdowell, a la que dejó embarazada de un precioso bebé que nacería en noviembre de 1942 y que se llamaría Charles.  Destinado al Reino Unido unos meses después, recibió un durísimo entrenamiento durante dos años antes de que, en su primer vuelo, su Douglas C-47 fuera ametrallado por las baterías antiaéreas alemanas cuando planeaba sobre la vertical de Omaha Beach a las 4 de la madrugada del día 6 de junio de 1944 y falleciera en pleno vuelo. Está enterrado en el cementerio de Colleville-sur-Mer.

     El cabo artillero Hermann Krüger soportaba un estrés bélico que le impedía concentrarse en las prácticas de tiro que a diario realizaba con una ametralladora MG 42, del calibre 7,62, un arma fabricada para matar, por lo que disfrutó de dos semanas de permiso en la pequeña localidad de La Fontaine Saint-Côme, distante dos km de Arromanches-les-Bains. Una mañana de junio de 1943 que paseaba por la playa divisó a Pauline Godot, una muchacha de 18 años que recogía fruits de mer, coquillages descalza sobre la arena. Es decir, vio a una sirena que recogía moluscos, ostras, almejas, chirlas, mejillones… todo lo que podía para sobrevivir de la escasez de alimentos que azotaba la costa de Normandía. Libre de servicio y vestido de paisano, el cabo artillero Hermann Krüger se dirigió hacia Pauline en su buen francés aprendido en su Baden-Baden natal, vecino a l’Alsace, donde iba con frecuencia en su infancia. El cabo artillero Hermann Krüger era un muchacho apuesto, muy alto, con unos ojos azules de mirada triste que cautivó el corazón de Pauline Godot durante los doce meses que pasaron juntos.

     Dwin David Eisenhawer había estudiado pormenorizadamente la acción de guerra de Alhucemas, en la costa del Magreb-el-Aksa, donde fuerzas franco-españolas comandadas por el mariscal Petain y el general Miguel Primo de Rivera, desembarcaron el 8 de septiembre de 1925 y lograron en pocos meses una victoria definitiva contra Abd-el Krim, el jefe de las cabilas del Rif que llevaba años oponiéndose al colonialismo salvaje que, tanto Francia como España, practicaban en el norte de África. Por esa acción de guerra, la Republique Française otorgó en 1928 la Legión de Honor al general de brigada Francisco Franco Bahamonde.

     Eisenhawer, con su estado mayor aliado conjunto: el almirante inglés Andrews Cunningham; el general Patton; los jefes de la Résistance de la Francia libre en Argelia, Henri d’Astier de la Vigerie y José Aboulker, etc., etc., habían diseñado previamente la Operación Torch, el desembarco aliado del 8 de noviembre de 1942 en las costas africanas del actual Marruecos y Argelia, próximas a las de Alhucemas. Ese fue el primer éxito que se apuntó Eisenhawer, al que siguió el descrito anteriormente de la Operación Husky. La preparación del gran desembarco, la Operación Overlord, en las costas francesas requería un esfuerzo inmenso entre todas las naciones implicadas en la lucha contra el nazismo.

     Por su parte, el OKW designó al brillante mariscal Rommel como el encargado de detener la previsible ofensiva aliada en el noroeste francés, a lo que se dedicó en cuerpo y alma durante los seis meses que estuvo al mando y antes de que se viera involucrado en el atentado contra Hitler, el 20 de julio de 1944. El mariscal se suicidará por indicación expresa del Führer en octubre de ese año. El empecinado esfuerzo de Rommel en fortificar y hacer inexpugnable las costas francesas resultó estéril ante la descomunal maquinaria de guerra que se plantó, de madrugada, en las playas de Normandía, el 6 de junio de 1944.

     El cabo artillero Hermann Krüger nada sabía de todo eso. Los paseos de la mano de Pauline por las playas de Arromanches y de La Fontaine Saint-Côme le transmitían una infinita serenidad que le habían transformado el carácter y la salud. Era un hombre feliz, enamorado. Normandía parecía un pequeño paraíso aislado de la guerra, a pesar de que los habitantes del lugar los rechazaran y censuraran a Pauline su relación con un invasor. No fue el único soldado alemán que mantuvo noviazgos con jóvenes francesas. Numerosos compañeros, muchos, de la 43 división también descubrieron que el sabor de los besos de una mujer puede hacerte olvidar el fragor sangriento de la batalla y la proximidad de la muerte. Así pasaron un año. El amor entre Pauline y Hermann se consolidó más allá de las nacionalidades y de las ideas, incluso pensaron seriamente que, al acabar aquel horror, podrían unirse perpetuamente en algún lugar del mundo libre que los acogiera, tener hijos, formar un hogar, verse envejecer mutuamente… esas cosas que piensan los jóvenes enamorados de todo el mundo.

     El Führer se retiró tarde a su dormitorio del refugio de Berghof la madrugada del 6 de junio de 1944. Estuvo viendo una película para evadirse de las terribles obligaciones que tomaba a diario. Evan Braum no le acompañó, nunca dormía con el Führer. Nadie le despertó a pesar de las alarmantes noticias de invasión provenientes de Normandía. Todos temían su reacción a las cinco de la mañana.

     A esa hora, el cabo artillero Hermann Krüger, parapetado en el búnker nº 17 de la playa de Arromanches, miraba perplejo el avance de los 711 barcos que transportaban a miles de soldados y los más de 500 aviones que atravesaban el Canal de la Mancha. Tiró del cerrojo de su ametralladora MG 42 y apuntó a uno de los Douglas C-47 que sobrevolaba la costa normanda, casi a ras de playa.

     A esa hora, el soldado Charles G. Stout estaba a punto de vomitar en la popa del Douglas C-47, posiblemente por la cantidad de efedrina que todos los paracaidistas habían consumido antes de subir al avión. «Los ojos del mundo están sobre vosotros» les había dicho un lloroso general Eisenhower la víspera anterior.

     A esa hora, miles de obuses procedentes de los barcos enemigos impactaban muy atrás de las defensas alemanas. La mala visibilidad y la interferencia de las fuerzas aliadas, muy próximas a la playa, obligó a los 200 bombarderos Boeing B-29 a retrasar el primer lanzamiento de sus destructivas bombas, lo que supuso que prácticamente ninguna de ellas impactara en los objetivos previstos. Y que los búnkeres desde los que se protegían las playas de Omaha, Utah, Gold, Juno y Sword no sufrieran apenas desperfectos. Además, la mayoría de los paracaidistas que iban a ocupar las defensas de la playa de Omaha se vieron lanzados mucho detrás de la retaguardia alemana, con lo que se vieron forzados a defenderse antes que atacar. Los artilleros del búnker 17 lo tenían fácil.

     A esa hora, el artillero alemán Hermann Krüger apretó el gatillo de su machine gun durante treinta segundos, el tiempo necesario para que el fuego de los 500 proyectiles del calibre 7,62 que arrojaba por minuto su ametralladora MG 42, impactaran en el Douglas C-47 que ocupaba la posición de ataque nº 31 de los 43 que conformaba la escuadrilla que había partido media hora antes del aeródromo de Barktson Heath.

     El soldado paracaidista Charles G. Stout, atravesado por dos balazos en el pecho y cabeza, no se enteró de que su Douglas C-47 se estrelló contra el búnker 17 alemán que defendía la playa de Omaha Beach, porque los 17 paracaidistas y los cinco miembros de la tripulación fallecieron en el acto. Lo mismo les sucedió a los defensores del búnker 17, entre ellos el cabo artillero Hermann Krüger. Uno de los pocos que sufrió el fuego enemigo la madrugada del 6 de junio, ya con luz del sol y la playa llena de cadáveres. Hitler se despertó cuando las tropas aliadas habían establecido una cabeza de puente vencedora en la playa de Omaha. El 6 de junio, 12.000 soldados aliados perdieron la vida en las cinco playas que conformaron el puente del desembarco. Dicen que el general Eisenhower lloró amargamente la pérdida de tantos miles de hombres sacrificados para que la humanidad gozase de libertad.

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La segunda cruz corresponde a la tumba del soldado paracaidista Charles. G. Stout, fallecido el 6 de junio de 1944 a los 23 años de edad. Era el primer día que entraba en combate.

     Pauline Grandclement, nacida en 1993, es hija de Yasmine Dubois, nacida en 1965, hija a su vez de Hermine Muriel Godot, nacida en 1944 y fruto de los amores entre el cabo artillero Hermann Krüger y Pauline Godot. A Pauline Godot sus vecinos de La Fontaine Saint-Côme la miraron mal durante toda su juventud. Fue a partir del mandato de François Miterrand, en 1981, que dejaron de hostigarla. Para entonces ya era abuela de su nieta Yasmine Dubois, que en su homenaje llamó también Pauline a la bisnieta. Pauline Godot falleció en 2001 sin recibir jamás una ayuda familiar de la Republique Française.

     El cabo artillero Hermann Krüger nunca supo que sembró un nuevo ser en el vientre de Pauline Godot. Hermann está enterrado en el cementerio alemán de La Cambe, en Isigny-sur-Mer, departamento de Calvados, apenas a quince km. de la tumba del soldado Charles G. Stout

     Charles G. Stout IV, nacido en 1991 en Kentucky, es hijo de Charles G. Stout III, nacido en 1963 en Kentucky, hijo de Charles G. Stout II, nacido en Kentucky en 1942, hijo de Daisy Mcdowell y del soldado paracaidista Charles G. Stout.

     Pauline Grandclement y Charles G. Stout IV se casaron el 6 de junio de 2012 en la mairie de Arromanches-les-Bains. La Republique Française le ha otorgado a Charles G. Stout IV la nacionalidad francesa. Pauline mantiene su apellido de soltera, algo poco común entre las mujeres casadas francesas. Viven en Saint Germain-en-Laye, una población al oeste de París. Suelen veranear en Normandía, donde se conocieron cursando un stage de relaciones internacionales en el pueblo de Arromanches, donde sus dos hijos, Paula y Charles, de seis y cinco años se bañan en la playa de Omaha, aunque ahora no se llama así. Aún se ven en el mar los enormes bloques de hormigón que los ingenieros militares diseñaron a guisa de puerto donde las tropas aliadas desembarcaban el armamento y los vehículos blindados. Los niños construyen en la arena castillos y torres. Pauline los protege del sol con crema de factor 50, es la única protección que necesitan.

 

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80 aniversario de la Batalla de Brunete

 

Solo hay una clase de monos que estornudan

    Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

        EZEQUÍAS BLANCO es un chico algo crecidito, eso sí, ex-catedrático de Literatura en el Instituto Puig Adam, de Getafe. Tuvo un pasado de editor de revistas de vanguardia. Se sacó de su chistera la que ha sido sin ninguna duda referencia en la literatura española durante décadas. Aquella fue una revista algo underground, un poco romántica que a veces le enseñaba la lengua a la cultura oficial, razón por la cual se financiaba de filántropos y amantes de la escritura, pero en ella han escrito los mejores autores contemporáneos de la lengua castellana: “Cuadernos del Matemático”.

Ezequías Blanco fotografiado por Evaristo Delgado

       Aunque su verdadera vocación es contar historias verdaderas de esas en las que todo es ficción. Ha escrito un montón de libros de poesía y de ensayo. En el fondo es un reportero de sucesos, que son los que cuentan las consecuencias del comportamiento humano, esos mecanismos indescifrables e imprevisibles que marcan lo errático del individuo. Ya se sabe, todos tenemos un Puertohurraco en el inconsciente que aflora cuando menos te lo esperas. Y, ¡zas!, llega Ezequías y te cuenta lo que ha pasado como si lo hubiera visto con sus ojos. Y el público lector se queda perplejo con las historias de Ezequías.

      Así pasa en su libro “Solo hay una clase de monos que estornudan”, una cosecha de historias de la vida contadas con la pasión del periodista que estuvo allí. Y te pones a leerlo y te enteras, por ejemplo, que el Abilio le toleraba a la Antolina, su legítima, que fuera a fornicar con los jóvenes del pueblo a las eras el día de la virgen de agosto, o el de san Martín: “La Romería de los Cabrones”. Algo, al parecer, bastante frecuente en tiempos no muy lejanos. Porque si el marido no valía para engendrar, de alguna manera había que reproducirse, que un par de manos eran muy importantes en la hacienda familiar. Ya se sabe que Castilla está llena de hijos de Abilios y Antolinas que ¡se parecen tantísimo al tío Pancracio..!

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    Ezequías, un John Lennon mixtificado de reportero de El Caso, de Alfanhui y Delibes va a firmar su libro “Solo hay una clase de monos que estornudan” en la Feria del Libro de Madrid, en el Retiro, el próximo sábado 8 de junio, de 18:30 a 21:30, en la caseta 132, de HUERGA&FIERRO editores. También estará el domingo 9, de 20:00 a 21:30. Y el 16 de 19:00 a 21:00 en la caseta 296.

       Así que no digan que no tienen tiempo para ir a la Feria del Libro y leer a Ezequías. Yo me he relamido un montón con sus cuentos tan monos. ¡Cuando los lean ustedes sabrán lo que es bueno!

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La Feria del Libro el pasado sábado 1 de junio. No todos compraron cinco libros porque no sabían lo de Ezequías. Volverán.

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Bare Nostrum

 

La vuelta de Celia Gámez

Rafael Alonso Solís

     A PRINCIPIOS DE ESTE AÑO jugué con el título de una columna para imaginar a Madrid como tumba o incubadora del fascismo. A Madrid, a sus cronistas y a los autores de las letras de sus chotis siempre les ha gustado asumir cierto protagonismo literario, hasta convertirse, incluso, en un género. Tal vez porque, como el Lucero de la Reina Castiza, Madrid tiene querencia por presumir con toses de guapo, que para eso estamos donde estamos, don Ramón. Ya iba para cerca de ocho años que en la Puerta del Sol se había levantado una protesta basada en la indignación y teñida de ingenuidad. Una convocatoria feminista había vuelto a reunir en el mismo sitio a miles de personas, sobre todo mujeres, pero también muchos hombres. En una esquina, frente a una dulcería famosa y cerca de la salida del metro donde aún se venden célebres billetes de lotería, dos adolescentes gritaban convencidas de que Madrid iba a ser, una vez más, la tumba del fascismo, y lo hacían con tanta firmeza que a uno le parecía que era verdad, que iba a ser verdad. Pocos meses más tarde, exactamente el 15 de mayo de este año, me acerqué a Sol con tiempo suficiente para ocupar un buen puesto en la concentración. Pero el tiempo me sobró y tuve que emplearlo en buscar algún rincón en el que hubiera una mínima acumulación de personas. Llegué a pensar que me había equivocado de día, pero no era así. En torno a un par de pancartas trasladadas desde París por un representante de los chalecos amarillos, cuarenta o cincuenta personas desarrollaban una tímida asamblea para recordar tiempos mejores. ¿Qué había pasado entre el 15M de 2011 y el de este año? Mi incapacidad para los análisis políticos me protege de aventurar explicaciones. En cualquier caso, no creo que lo sucedido tenga mucho que ver con la flecha del tiempo. Si tras las elecciones municipales y autonómicas del 26 de mayo Madrid no ha sido la tumba del fascismo, sino el lugar donde la serpiente ha puesto sus huevos y los ha estado incubando durante meses, es porque el fascismo tiene muchos más votantes de lo que se cree y ejercen el voto con disciplina, a sabiendas de lo que pueden conseguir con él. Enfrente, basta hacer un recorrido por las redes sociales para comprobar la limitada capacidad para la discusión inteligente de quienes se acusan unos a otros de la responsabilidad de los resultados y prescriben purgas desde el sofá. Ahí suele radicar la diferencia entre la izquierda y la derecha en lo que se refiere a la mejor utilización del sistema. Las elecciones deberían tener dos convocatorias: una para saber qué es lo que sale, y otra para reajustar las promesas a la realidad. Mientras tanto, el mejor análisis de por qué Madrid puede ser el epicentro de la incubación, en lugar de la sartén donde romper los huevos, lo ha hecho un cómico. Y lo ha hecho con toda seriedad._DSC0001b_web - copia

 

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Madrid, tumba o incubadora del Fascismo

 

 

Entrega de los premios TIFLOS 2018 de literatura

Ángel Aguado López. Fotos de Terry Mangino

         EL PASADO JUEVES, 23 DE MAYO, se entregaron en el antiguo palacete de los duques de Pastrana, en Madrid, los premios TIFLOS 2018 de literatura que cada año convoca la ONCE. A esta edición, en sus diferentes versiones de novela, poesía y cuento se presentaron 843 trabajos procedentes tanto de España como de Hispanoamérica.

       Entre los miembros del jurado están personalidades como Luis Alberto de Cuenca, José Manuel Caballero Bonald, Luis Mateo Díaz, Fanny Rubio, Ángel Basanta o Santos Sanz Villanueva. El ganador de novela fue el escritor Miguel Ángel Carcelén Gandía, por su novela titulada “Retrato de cadáver con fondo vegetal”. En poesía el premio correspondió a Toni Quero Cárcel, por su poemario titulado “El cielo y la nada”. Y en cuento, el premio fue para Josué Sánchez Hernández, por su trabajo titulado “No se trata del hambre”. Hicieron entrega de los premios el director general adjunto de Servicios Sociales para Afiliados de la ONCE, Andrés Ramos, acompañado de Mª José Sánchez Lorenzo, secretaria del Concurso TIFLOS.

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       Además, se concedieron premios especiales para escritores con discapacidad visual. El de poesía correspondió a Maximiliano Mariblanca Consuegra, por su trabajo titulado “Alta y libre alegría”. El de cuentos fue para Ana Eugenia Venegas Moreno, por su trabajo titulado “Una instalación en Berlín” Y el premio especial de novela a César Delgado González, por su trabajo titulado “Caruba, ojalá me hubiese muerto cuando nací”. Los libros están editados por Edhasa-Castalia, cuya editora, Penélope Acero, forma también parte del jurado. Todos los títulos se podrán encontrar en la próxima Feria del Libro de Madrid que empieza el 31 de mayo venidero, en la caseta de Edhasa.

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Josué Sánchez posa en la Plaza de Lavapiés y en el Cine Doré, el pasado viernes 25 de mayo.

      «Un ángel del Señor» piensa doña María José. Y se dirige hacia Josué Sánchez, flamante ganador del premio TIFLOS 2018 en su versión de cuentos.

 —¿Me lo firmas?

 —Claro. A quién se lo dedico —responde con una sonrisa Josué.

—Para Pepita.

       “Para Pepita con el deseo de que disfrute del libro tanto como yo con su presencia” escribe entre sonrisas Josué en la primera página. Y doña María José, perdón, Pepita, siente un no sé qué al leer la dedicatoria, se desmelena en un arrebato adolescente y le da un beso casto al escritor, al cuentista Josué para absolverse del pensamiento impuro que le ha alterado la razón: «Podría ser mi hijo, un ángel del Señor, un niño pinche» se confiesa contrita.

 

“Cuando os llegue la hora, que os pillen con

el corazón desgastado de tanto usarlo”

 

      Josué Sánchez Hernández nació en Veracruz, México, hace nada. No tiene que ver ni con Gary Cooper ni con Sarita Montiel, aunque aprendiera el oficio de escribidor en la cocina del cine, de manos de Francis Ford Coppola. El gordo Clemenza, con la venia de Michael Corleone, le enseñó cómo mezclar los verbos con los predicados y los personajes con las tramas y los espacios, la psicología de los secundarios con el punto de ruptura y con el planteamiento, el nudo y el desenlace del protagonista. Todo esto sin pasarse de sal lírica, con los calificativos justos y añadiendo unas gotitas de mezcal, gusano incluido, a su prosa requetebuena. Tiene escrito un montón de libros Josué Sánchez Hernández, a pesar de su juventud, que parece en su precocidad imitar el ardor juvenil de don Mario. Sí, don Mario Vargas Llosa. Encima, se ha leído la integral de Carlos Fuentes, todo de Juan Rulfo, todo de García Márquez, de Julián Mitre, de Fernando Melchor, de… Ha leído tanto que incluso se declara heredero de don Ramón María del Valle Inclán.

      «Sí, soy el tataranieto de la niña Chole, por más que el marqués de Bradomín no reconociera al producto de sus entrañas, mi bisabuela Lilí» suelta el pinche niño Josué mientras camina por el barrio madrileño de Lavapiés sin que nadie repare en él, que bien podría pasar el niño Chole, el pinche Josué por otro habitante más de estas calles laberínticas y sus personajes escapados de su libro premiado: “NO SE TRATA DEL HAMBRE”.

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       “NO SE TRATA DEL HAMBRE” es un libro escrito con el desparpajo de los pocos años, siempre vertiginoso e implacable el cuentista Josué describiendo personajes y lugares que aquí suenan exóticos porque lo humano, el hombre, es un ser obsesivo e incongruente que sacia su hambre con aventuras delirantes, bien sea en Ciudad Juárez, en el cine Doré, en la otra orilla del río Colorado o en san Luis de Potosí.

       Así que apresúrense no más, y corran a leer los cuentos del pinche Josué, que no son para perdérselos, que de seguro que se van a descacharrar de tanto reírse. Aunque lo mismo les da por reflexionar sobre la verdad de la vida y van y descubren que la existencia es eso: dos buenos momentos de felicidad y muchos malos ratos de mixtificaciones y fantasías malajes, peyote puro, sobrellevadas al hombro con rechinar de dientes y mucha jambre. Y todo lo demás son cuentos.

       «¡No más que puro cuentista es el niño Chole, el pinche Josué Sánchez! Sí, no más» confirma doña Pepita abanicándose el sofoco.

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Premio TIFLOS 2017 de cuentos

Llega el beso y se transforma en primavera que inunda los sentidos

Gabriel de Araceli. Fotografías de Terry Mangino (para mi padre, que hoy hubiera cumplido 98 años)

      PASCUAL IZQUIERDO PRESENTA EN MAYO, que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, su libro “Historia de este instante” y enciende con su palabra austera de poeta castellano a los asistentes al pequeño auditorio de la Librería Sin Tarima, apenas una cave, ¡existencialiste, bien sûr!, del barrio madrileño de las Letras. Sus recitativos alteran el pulso a doña Beatriz, lectora impenitente de poemas amorosos, que sueña un octubre de labios abiertos a la risa y al beso, al color de la cereza, al pincel y a la fragua. «¡Ay! —piensa doña Beatriz escuchando el arroyo verbal y aguileño del poeta— ¿dónde estarán aquellos besos perdidos en la niebla?», y luego mueve sus ojos a otra parte, a otro lugar de la geografía humana. Esa “Historia de este instante”, ese libro que la conmueve, ese recorrido irrepetible, para siempre domiciliado en el olvido eterno. En un rincón, confundidos con el runrún en sordina del túnel del metro, paralelo a la cave, Gustavo Adolfo y Quevedo, que no viven muy lejos, le escuchan. Don Francisco, con ademán aprobatorio, mueve el mostacho. Mientras, Bécquer piensa que «aquí hay busilis».

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      Y se oye la voz, profunda como un tajo de ronda, de Jesús Urceloy, un trueno, un bardo rotundo, que llena de violonchelos los versos amétricos e imparisílabos del poeta, «donde importa más el sustantivo que la cualificación, que hablan de la vida con la mayor brevedad posible. Es este libro de crepúsculo, escrito hace quince años, maravilloso, el declinar se convierte en delicia, donde la sentimentalidad navega por encima de la palabra» dice Urceloy, y sus palabras reverberan las bóvedas de la cave existencialiste. Jean-Paul, semioculto en la penumbra, lo rechaza todo. Sin embargo, doña Dorotea, que oye al poeta desde la primera fila, la belleza aún incólume, sueña ser aquella muchacha que fue, que con la sonrisa de sus caderas derrumbaba los índices bursátiles. ¡Ay!, qué cosas piensa doña Dorotea. ¡A su edad!

      «No hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo» dice Pascual. «Entre los infinitos poetas consumidos sólo vos sois un consumado poeta» le responde don Alonso Quijano a don Lorenzo de Miranda, aquel que fuera hijo del Caballero del Verde Gabán, venidos ambos desde el capítulo XVIII de la segunda parte del “Quijote” para escuchar tan sabrosas pláticas poéticas.

      «La vida es una mala obra de teatro porque el protagonista siempre muere —dice el poeta—, que deambula por ella como por esos mapas que plasman los accidentes de un país secreto en el que nadie sabe qué significan el musgo en los tejados, la niebla en las vaguadas, la nieve en las cornisas, la luz en los sembrados».

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Jesús Urceloy, Pascual Izquierdo e Ilia Galán en la Librería Sin Tarima, en la C/ Magdalena de Madrid, el pasado 13 de mayo de 2019

      «Vemos al poeta desnudo, hasta sus pliegues más íntimos. Es un libro donde se funde el fulgor de los besos y el frío de las cenizas y las sábanas que huelen a orfandad» señala Ilia Galán, poeta que acompaña al poeta en la presentación del libro. Y doña Beatriz y doña Dorotea sienten un rubor íntimo, un no sé qué que las embriaga de humedades, de perfumes olvidados, y tras las palabras y los aplausos se abalanzan sobre el poeta, que se infla a firmar libros, reclamándole su dedicatoria. «A doña Beatriz, a doña Dorotea, con el ascua del deseo, con aroma de azucena y de jazmín, con la sombra huidiza y el ansia de sus besos» les escribe el poeta, y ellas, ¡tan contentas!, se van a soñar un íntimo fulgor de nieve derretida en su intimidad recobrada por el verso.

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      Hay que saber callarse a tiempo, sentencia Pascual y cierra en ese instante la “Historia de este instante”. Y la comienza el lector con su lectura de los renglones imparisílabos: Para Bruno, pétalo en flor que esta primavera inaugura el esplendor nupcial de los almendros.

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