Mirando al mar

Fotos y textos de Terry Mangino

Para mi padre, luchador incansable, que hoy hubiera cumplido años

Triunfar lejos de casa, buscar el brillo social, el reconocimiento académico o simplemente salir de la miseria y procurarse un éxito económico que te asegure un bienestar en la edad tardía. Más de un siglo transitó por la vida Óscar Niemeyer. Con 101 años, en 2008, regaló, agradecido por la acogida que le tributaron en España, Premio Príncipe de Asturias de las Artes 1989, su proyecto de centro cultural en Avilés, que llegó a terminarse con el aún vivo en 2012, a sus casi 105 años. Su obra arquitectónica resultó decisiva para transformar la ciudad avilesina. La ría, antes repleta de antiguos edificios industriales ruinosos y herrumbrosos barcos se vio iluminada por las construcciones geométricas de Niemeyer. El espacio abierto y claro se hizo el dueño de un lugar donde antes reinaba la chatarra y el óxido.

Centro Niemeyer en Avilés.

Fermín Martínez García tenía 18 años cuando llegó a Cuba para trabajar en una tienda de ultramarinos, tendero y despachador.  Y con 23, triunfante, le encargó una casa de veraneo a Manuel del Busto, arquitecto relumbrón habanero, la Casa Amarilla, edificada en 1912, cien años antes que el Centro Niemeyer, para que sus vecinos de Somao se enteraran de que era un triunfador. Aunque, después, apenas si pudo gozarlo, ni en vacaciones disfrutaba de las vistas marinas porque sus negocios bursátiles le obligaban a estar lejos de su paraíso asturiano. Somao se alza frente al mar. Tiene varias casonas de indianos que recuerdan el espíritu emprendedor y aventurero de aquellos paisanos que se aventuraron en el nuevo mundo.

La Casa Amarilla, el hogar del indiano Fermín Martínez García en su villa natal de Somao.

Severo Ochoa fue alumno de doctor Juan Negrín y tuvo también que exiliarse para conseguir la ciencia y el conocimiento que en España, ingrata, se le negaba. Como a tantos otros. Vivió tres guerras cruentas. Rodó por Inglaterra, por Alemania, por los Estados Unidos y allí se nacionalizó norteamericano en 1956. En 1959 le concedieron el Premio Nobel de Medicina. No tuvo tanta suerte Arturo Duperier, aquel físico que regresó a España en 1953 con la promesa del ministro Joaquín Ruiz Giménez de que tendría asegurado la investigación y el apoyo de España para su ciencia. Todo mentira, fue un perdedor. De haberse quedado en el Reino Unido, Duperier muy posiblemente hubiera obtenido el Nobel de Física en 1958. Severo Ochoa regresó en 1985. Fue la suya una existencia entre fosfolípidos, ribonucleosidodifosfatos y cadenas de ADN. Fallecería ocho años después. Contempla su mar Cantábrico desde el cementerio de Luarca, atardeceres brumosos, sopla la brisa con sabor a sal, los niños juegan con la pelota en la meseta del rompeolas del puerto, un barquito pesquero descarga bocartes y parrochas, las gaviotas chirrían desde el rompeolas intentando zamparse alguna. En el faro, un pareja de enamorados se besa mirando al mar.

Tumba de Severo Ochoa sobre la entrada al puerto de Luarca.

Pincha sobre la foto para verla a lo grande


ENLACES RELACIONADOS

Cumpleaños del Guggenheim

Habitar en una obra de arte: la Villa Savoye

Perdedores

Arniches y Domínguez: la arquitectura, el exilio y la vida


Dionisio Ridruejo: Rebelde con causa

Ángel Aguado López

SIN PAR. Leer a Ridruejo es pasearse por la incandescente historia que asoló este país en la primera mitad del siglo XX. Ridruejo, un muchacho levantisco, niño feliz de la Castilla soriana de 1912, el único varón vivo tras los fallecimientos de su padre, cuando él tenía tres años (cuarenta años mayor que la madre), y los repentinos decesos de sus dos hermanos mayores. Rodeado siempre de mujeres, enamoradizo y admirador faldero en demasía, entregado a los placeres voluptuosos del amor, como en Salamanca, donde le instalan en un piso “regentado” por las chicas de la Sección Femenina, 24 añitos lucían entonces su palmito, no excesivamente atlético, «Mucho Ridruejo y pocas nueces», exclamaba jovial de sí mismo. «Periquito entre ellas, la compañía de las mujeres me ha sido grata siempre». ¡Ay, las muchachas castellanas tan deseadas por él! Que pleiteaba de adolescente con sus hermanas en conversaciones filosóficas con petulancia de argumentos marxistas ante el temblor de su madre. Inicia su educación patricia en el Colegio de María Cristina, en 1928, con los agustinos, en “El Escorial de arriba”, donde también estudió Manuel Azaña. «A mí, Azaña, contracorriente, me era simpático». Que ocupó cargos protocolarios en el Movimiento (o Partido Único, en Salamanca, muy a su pesar). Que viajo a Berlín (en la delegación comandada por Serrano Suñer que negoció la Conferencia de Hendaya, 23 de octubre de 1940) y a Roma y saludó a Hitler y al Duce con ¡24 años! Que conoció el confinamiento en 1942 en Ronda y Llavaneras, castigado por el Régimen por atreverse ¡qué ingenuidad, qué inocencia la suya, qué audacia juvenil!, a reprender al general bajito por su falta de política social y el aprovechamiento interesado y espurio que robó del ideario de su Falange. Detenido nuevamente en 1956 conoce la cárcel de Carabanchel como su hogar, en dos ocasiones. Y se apunta al bombardeo reivindicativo del Contubernio de Múnich, en 1962, por lo que tiene que exiliarse en París. Y es arrestado nada más regresar a España dos años después. Y, ya, para nota, es detenido el 26 de noviembre de 1974 junto a Felipe González, sí, ¡Isidoro!, y José María Benegas, sí, ¡Txiqui!, entre otros, cuando trataban de coordinar la Junta Democrática de España, que tanta trascendencia tuvo durante la Transición.

El jardín de los frailes, donde se desarrolló la infancia lectiva de Dionisio Ridruejo y Manuel Azaña.

“CASI UNAS MEMORIAS”, sus recuerdos escritos en 1974, está dividido en tres partes: La primera es el relato de su infancia feliz en su pueblo de Burgo de Osma y los acontecimientos prósperos y relaciones fructíferas que mantiene con el ambiente intelectual y artístico madrileño por donde discurrió su juventud: «Yo era un jovenzuelo fervoroso “de ida” que se soñaba reformador del mundo».

La segunda parte la conforman las memorias terribles de la guerra y posguerra, los acontecimientos vividos de 1935 a 1947, donde relata sus responsabilidades burocráticas y administrativas que le tocaron representar en el organigrama ideado tras la unificación de todas las falanges y juntas obreras de unificación nacional y social, aquellos reinos de taifas que nacieron como setas en la vieja Castilla llena de cid campeadores. Y alguna algarada menor que tuvo que representar como mitinero ante las tropas nacionales en el frente del Guadarrama. Poca cosa.

Y la tercera son las memorias literarias y conversaciones o influencias de ensayistas o escritores que marcaron su devenir literario. En un epílogo se recoge una entrevista realizada en 1957, tras su salida de Carabanchel a la que le llevó su ímpetu reformista. Así como algunos documentos y epístolas significativas que muestran su temperamento encendido en defensa del bien social y su soñada revolución pendiente, como la que le dirige al general Franco que le costó el confinamiento. O las que envía a Serrano Suñer, con el que mantuvo una relación complicada en virtud de las responsabilidades que ambos ostentaban. No cuenta en este libro un hecho clave en su vida, su participación como cronista en la División Azul, que se narra en “Cuadernos de Rusia”, publicados en 1978, tras su muerte. Este memorándum, la segunda recopilación de la obra, está editado, seleccionado y ordenado por Jordi Amat.

Se utilizó para este ensayo un ejemplar prestado por una biblioteca pública. Según la planilla de préstamo inserta en la contrasolapa, tan sólo dos personas se interesaron por su lectura en los últimos cinco años. No es mucho el interés que despiertan los libros.

Sus recuerdos son retablos detallados donde aparecen infinidad de personajes de todos los ámbitos con los que mantuvo relación: militares, poetas, escritores, dirigentes políticos, falangistas, filósofos, dramaturgos, fascistas, periodistas, artistas plásticos, etc., etc., etc., protagonistas a lo largo de cincuenta años de un época fervorosa, apasionada esperanzadora o trágica del siglo anterior.

Bastaría una breve enumeración de esas personalidades para considerar la grandeza humana y el conocimiento singular con los que le obsequió la historia: Azorín, Baroja, Unamuno (sólo un encuentro casual en su pueblo), Maeztu, Ángel Herrera Oria («Te voy a dar un consejo que será importante para tu carrera política: Cuidado con la Iglesia, no te enfrentes con ella, es mal enemigo»), Machado (“de aspecto abandonado, apagaba las cenizas de los cigarros en la solapa del gabán”), Rafael Alberti, Miguel Hernández, García Lorca (habla con él en dos ocasiones), Emilio Aladrén (escultor, amante del anterior), Alfonso Ponce de León (el pintor surrealista muerto al comienza de la guerra, tiene obra expuesta, dos cuadros, en el Museo Reina Sofía), José Antonio Primo de Rivera («Vi a José Antonio poco más de una docena de veces. No fue nuestra relación —no podía serlo— una amistad personal. Me sobraba a mí reverencia y a él edad». Menciona las graves diferencias ideológicas entre José Antonio y José Calvo Sotelo, al que el fundador de Falange llamaba “el Hosco”); Azaña («Los placeres en proyecto son el origen del infortunio»); Juan March, Queipo de Llano (“sus charlas radiofónicas no me gustaban nada”); su entrevista con Alfonso XIII en Roma en 1938 (“los Primo de Rivera guardaban hacia él un cierto resentimiento”); su entrevista con el infante don Juan (“un muchacho de mi edad metido, con harta anticipación biográfica, en una responsabilidad seria”); Antonio Tovar, Pedro Sáinz Rodríguez, Eugenio D’Ors, Eugenio Montes, Serrano Suñer, Hedilla, Girón de Velasco, Fernández Cuesta, Pedro Laín Entralgo, Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales, Luis Escobar (el marqués de Leguineche berlanguiano), González Ruano (“a mí los ebrios me han producido siempre encogimiento e incomodidad”), Pemán (“cursilería escalofriante del teatro patrocinado por los autores patrióticos”), Sánchez Mazas (“contaba con detalles novelescos su fuga de un pelotón de presos listos ya para ser fusilados”), Ortega y Gasset («Toda vida, todo proyecto de vida acaba en un fracaso») , Cela (su Colmena), Torrente Ballester (su Saga Fuga), Umbral (su Diario de un niño de derechas)…

O sus musas: Eva Fromkes, la mujer del pintor Mauricio Fromkes. En su casa de la calle madrileña de Espalter conoció a Pablo Neruda. Y también a Marichu de la Mora (de la que, por pudor, apenas si escurre leves detalles de su relación); Carmen de Icaza (hermana de Sonsoles, la musa de Balenciaga), Pilar Primo de Rivera, Carmen Werner, Mercedes Sanz Bachiller (viuda de Onésimo Redondo), Gloria de Ros, su esposa, Carmen Martín Gaite, de la que comenta, en 1971, sus “Usos amorosos del XVIII en España” … «El contacto femenino viriliza», afirma con conocimiento.

Sus guías de viaje por Castilla la Vieja, aparecidas en 1966, tuvieron un desarrollo accidentado marcado por su asistencia al Congreso de Múnich y su auto-exilio. Son una referencia en la literatura viajera para generaciones posteriores de escritores y lectores.

Rezuma lírica su vena épica, sin que se diferencie muy bien si su letra es producto poético, denuncia o verso narrado, siempre sincero y justo. Prosa magnífica, excelsa y llana, adquirida en la lactancia de su afortunada educación, en contacto con ese retablo de excelencias intelectuales, de eruditos relevantes, de refinados notables, de sabios que rodearon su formación, esas élites sociales con las que convive en su juventud inquieta. Dionisio es un profundo analista de una sociedad española carcomida por décadas de enfrentamientos y tensiones que la llevaron a la tragedia. Ridruejo se muestra siempre muy crítico con el devenir frustrante en que desembocaron aquellas esperanzas y con el jefe, que encarna un sistema represivo que él no tolera, y contra el que se levanta con la fuerza de un ruiseñor: «No teníamos contra Franco ningún prejuicio absoluto, pero de ningún modo lo considerábamos nuestro jefe».

Ridruejo, poeta, muchos de sus versos cargados de épica imperial se engendraron durante los viajes que efectuó por el Berlín y la Roma beligerantes.

La triste situación bélica que trastorna el mundo, la guerra de Ucrania, hace que sus escritos posean una actualidad como si hubieran sido escritos hoy mismo. La historia se repite una y mil veces por la ignorancia de los pueblos. Esa manipulación de la prensa y de la opinión pública, ese desconocimiento a los que somete ahora el dictador ruso a su pueblo son los mismos que sufre, en 1938, Starace, el jefe fascista que le recibe en Roma, que creía que la batalla de Guadalajara, marzo de 1937, había sido una victoria italiana porque así figuraba en la prensa oficial y propagandística del régimen de Mussolini. Y la demostración patriótica que se ha regalado el fuhrer ruso llenando su Plaza Roja, el pasado 9 de mayo, de seguidores es la misma que Ridruejo anotó en los desfiles que presenció en Berlín en su viaje de 1936.  O lo que detalla en su segundo viaje a Alemania, la invasión de Finlandia por la URSS, o el paisaje de desolación que encuentra en Dunquerque, 1940: «barrios enteros desventrados, donde las fachadas caídas dejaban ver las habitaciones como imágenes de vida íntima deteriorada repentinamente y para siempre». Modernidad absoluta y triste de sus recuerdos.

«La desmitificación de mis creencias y opiniones al tiempo que se producía el extrañamiento y depuración de mi conciencia religiosa y una especie de escepticismo melancólico frente a la política y frente a la misma historia, propició la adopción de una mentalidad humanista, la más acorde con mi carácter». Así termina Ridruejo sus memorias de la guerra y posguerra.

Quién sabe qué evolución filosófica hubiera determinado su pensamiento de haber participado en la catarsis de la democracia, dónde hubiera acabado ideológicamente el gran Ridruejo de no ser por su delicada salud que tanto le hizo padecer y se lo llevó prematuramente. Falleció el 29 de junio de 1975. Apenas dos meses antes de los cinco fusilamientos con los que “Su Excremencia” (así lo denominaba un reconocido cineasta del mismo Bilbao) rubricaba y daba fin a su dictadura. Dionisio Ridruejo: CON UN PAR.

Max Aub recurrió a Ridruejo para buscar un alivio a su exilio y procurarse el regreso y le escribió varias cartas, la primera en abril de 1958. Ridruejo, inmerso también en su disidencia, contestó a Aub con cortesía pero sin excesivo empeño porque también él era un proscrito para el Régimen.

Algo tendrá que ver el cine

Gabriel de Araceli

EL CINE ES LA VIDA. Se apagan las luces de la sala, un hilo de luz ilumina la pantalla y en la existencia de nuestra tarde primaveral comienzan a florecer los pétalos de la ilusión. Se Extiende la mirada limpia de noble corazón y furia para retar a los injustos, diría el poeta Ezequías Blanco. Sus palabras, sus versos son la vida que se enciende con las palabras, con las imágenes de los sueños que vemos en la sala oscura, en la blancura de las páginas de los libros. Ahora, Ezequías, cuentista redomado, abuelo de punkys, editor de prestigios matemáticos, exprofesor de literatura en Getafe, sesudo cronista del amor de León Hebreo y amigo de los monos que estornudan nos presenta su nuevo poemario, o su nueva película, porque hemos aprendido a soñar con los besos robados de los primeros planos, con los versos recitados entre los labios, con aquellos que nos dieron nuestros padres de niños y volver a la poesía es recuperar la infancia y leer poemas es caminar con aplomo por los páramos imprevistos de la vida, romero por caminos nuevos, versos desde la conciencia interior, sensibles a todos vientos y bajo todos los cielos, como su paisano León Felipe:  Ser solo un peregrino que lo ha olvidado todo -incluso el sendero- todo menos lo que en la palma de su mano sostiene.


 AL AMOR DE LA LUMBRE
Cuando las hojas son pájaros 
y los pájaros son hojas 
en un abrazo de lumbre 
crepitan las brasas rojas.
Y si los brotes apuntan 
y rondan las mariposas 
y bulle el agua del río 
y estallan las blancas rosas. 
Y si fuera el viento sopla 
que sin soplo no sucede 
en el temblor de una copla 
nace el amor vive y muere.


Otros enlaces a la obra de Ezequías:

Sólo hay una clase de monos que estornudan

Tierra de Luz Blanda

BARE NOSTRUM


Maratón de Madrid 2022

Texto y fotos de Gabriel de Araceli

La clase obrera va al purgatorio. Purga sus pecados cotidianos corriendo sobre el duro pavés durante 42,195 Km para alcanzar la gloria, la satisfacción del deber cumplido, la alegría de haberse impuesto a una penitencia agobiante, a una tortura asfixiante que le dé sentido a la rutina vital en la que la mayoría de los ciudadanos inundan su existencia. Meses y años de metódico entrenamiento para demostrarse que el reto victorioso de correr una distancia extrema otorga al atleta urbano el control sobre sí mismo. Ese triunfo de la voluntad, de la disciplina de los cuerpos ante la adversidad, ante el dolor físico, ante el agobio diario de pelearse con la vida, de imponerse un recogimiento cartujo, una santidad monacal en busca de la divinidad atlética. El asceta urbano se transforma en Filipides, en portador de la buena nueva de la victoria, recorre el tránsito interior necesario para demostrarse fuerte, inasequible al desaliento, portador de la llama que foguee sus penumbras acechantes, que ilumine los dinteles torcidos y oscuros de la mente. Traspasan, vencedores de sus cuerpos, la meta de lo imposible, han derrotado con su fuerza al enemigo de la duda. De Atenas a Esparta, de la mediocridad diaria a la plenitud de la alegría del éxito sobre nosotros. La meta era esa, acabar la carrera: ¡La Felicidad de patear a nuestros fantasmas, al asfalto!

Maratón de Madrid, domingo 24 de abril de 2022 



Vicente Rojo Lluch: el último romántico

Gabriel de Araceli: textos y fotos

Las letras no embotan las armas (Miguel de Cervantes)

El terror se ha hecho dueño de la actualidad. Almorzamos todos los días compungidos por las imágenes de muerte y destrucción que vomitan los telediarios. Un paisaje de desolación, de cadáveres, de refugiados que huyen de la guerra atroz de Ucrania convive con nosotros mientras engullimos la sopa y la pescadilla frita. El monstruo de Putin y su cohorte de generales sanguinarios concita el rechazo y repulsa de un Occidente solidario con el sufrimiento de esas víctimas infantiles que nos saludan con una sonrisa desde el autobús que los llevará a un país libre. O sufrimos con aquella imagen de la embarazada herida tras un bombardeo a la maternidad. Murió. También el bebé.

La degollación de Herodes. Barro modelado y pintado obra de José Ginés Marín, 1789-1794. Museo de Bellas Artes de la Real Academia de San Fernando, Madrid.

Fue otra época, otra historia cruel, otros asesinos. Aunque los asesinos son siempre los mismos a lo largo de la historia. Sólo cambia el momento, pero todos los dictadores invocan las mismas cuestiones morales o religiosas o patrióticas para cometer las mismas atrocidades, las mismas barbaridades, los mismos crímenes con que conseguir sus propósitos espurios, aunque para ello deban destruir un país o masacrar a miles de inocentes ajenos a sus bizarros deseos. Era Madrid, julio de 1936. Un grupo de militares africanistas organizados por el general Emilio Mola, “el Director”, se levanta en armas contra el poder constituido. Se desencadena la Guerra Civil que durante tres años asolará España convirtiéndola en algo parecido a las imágenes que vemos ahora de Kiev o de Mariúpol, o de Járkov. Dolor y destrucción. Si ahora el Kremlin trata de tomar una ciudad portuaria entonces se trataba de ocupar la capital del Estado por unas columnas de mercenarios africanos —chechenos ahora— que avanzaban por Extremadura llenando de horror, sangre y de muerte su avance. En noviembre la situación es crítica en Madrid. El gobierno constitucional huye a Valencia y ordena la defensa de la ciudad, en un caótico intercambio de mensajes, al general Miaja, que nombra jefe de Estado Mayor a un oscuro teniente coronel sin apenas experiencia bélica, exprofesor de la Escuela de Infantería de Toledo: Vicente Rojo Lluch.   

General Vicente Rojo

Rojo es un racionalista, un estudioso de la actualidad que se ha dedicado como docente a elevar el precario conocimiento táctico y técnico que existía en la enseñanza militar. Fue el número dos de 390 cadetes de su promoción, 1914, en la Academia de Infantería de Toledo (recordemos que Franco fue el 252 de 312, tres años antes). También es un hombre conservador, católico practicante, patriota amante de España, culto y entregado a la defensa de su país desde el orden constitucional. Ha sido tentado por compañeros de armas para que se adhiera al movimiento subversivo. Pero fiel a sus principios morales y a la ley se mantiene leal a la República y no participa en ningún conciliábulo golpista.

Desde ese momento, 6 de noviembre de 1936, Rojo será el protagonista de la defensa de Madrid y asumirá durante el resto de la contienda un papel clave en el desarrollo de todas las batallas que se libran a lo largo de tres años de lucha feroz, salvando infinidad de dificultades, desobediencias, intrigas, envidias profesionales y alguna traición. Considerado como el gran estratega del ejército republicano, reconocidos sus méritos por historiadores como Martínez Reverte, Alberto Reig Tapies (Franco: el César Superlativo. Pág. 62) o Paul Preston (La Guerra Civil española. Pág. 191 y posteriores) se verá obligado al exilio en enero de 1939 y permanecerá varios años como cronista de la terrible 2ª Guerra Mundial, que en se momento se libra, en un periódico de Buenos Aires. Hasta que su enfrentamiento con el nacionalismo vasco, también presente en el exilio argentino, le hace partir nuevamente a Bolivia en 1943, donde es nombrado profesor en la Escuela de Estado Mayor de ese país, con reconocimiento del grado de general.

La competencia profesional del general Rojo ha sido largamente estudiada en referencia a la exigua capacidad táctica y militar del jefe vencedor de la contienda, un africanista empeñado en el ataque frontal rifeño. Las opiniones del alto mando de la Wehrmacht, así como las de los jefes italianos del Corpo di Truppe Volontarie, que prestaban ayuda interesada al ejército rebelde, se mostraban muy críticas con la estrategia militar que desvió el objetivo principal, la toma de Madrid, por uno secundario como Toledo, con el rearme defensivo de la capital que ese retraso supuso. O la estrategia desarrollada en las posteriores batallas del Jarama y Guadalajara, donde la iniciativa y visión guerrera de Rojo se mostró superior, evitando en su momento la derrota en Madrid; o la imposición al general Varela de permanecer anclado en sus posiciones y no avanzar hacia la capital tras la batalla de Brunete, cuando el ejército republicano, exhausto, hubiera sido presa fácil.  

La degollación de Herodes. Barro modelado y pintado, obra de José Ginés Marín, 1789-1794. Museo de Bellas Artes de la Real Academia de San Fernando, Madrid.

HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Rojo se ve obligado a cumplir prisión domiciliaria tras su vuelta a Madrid, en marzo de 1957. A pesar de haber pactado con el ministro Martín Artajo un regreso digno, el terrible fiscal coronel Enrique Eymar le incoa un expediente informativo acusándole de “auxilio a la rebelión”, por el que es condenado, en diciembre de ese mismo año, a cadena perpetua, interdicción civil e inhabilitación absoluta. Franco escribió de su puño y letra: «Negarle el pan y la sal», quizás en represalia por las derrotas que le infligieron en Madrid, en el Jarama, en Guadalajara.

Así pues, su vida, en su domicilio de la calle Ríos Rosas, 48, 1º A, se reduce a recopilar los miles de folios, de cartas, notas, ensayos, crónicas y artículos que fue redactando durante su estancia en Argentina y Bolivia. Fruto de ese hercúleo esfuerzo, de esa escritura torrencial nacen sus memorias de la Guerra Civil y una novela inconclusa titulada con el signo de interrogación: ? En el Archivo Histórico Nacional, en Madrid se conserva todo el legado documental de Rojo. Sólo una parte se ha estudiado. Y está pendiente de un trabajo de investigación detallado para darle forma. La escritura fue una catarsis, una evasión, su tabla de salvación en el ostracismo al que fue castigado por el régimen franquista, que le impidió incluso mantener su amistad con el doctor Marañón, una vida reducida a escasas visitas al café con antiguos compañeros también represaliados, siempre vigilado de cerca por un policía de paisano.

No hay ninguna placa en la fachada de la calle Ríos Rosas 48 que recuerde la memoria del general Rojo. La vivienda está muy cerca de los Nuevos Ministerios y del conjunto del Museo de Ciencias y la Residencia de Estudiantes, obras de Secundino Zuazo, y de Arniches y Martín Domínguez, todos ellos expedientados y sancionados por el franquismo.

Su Historia de la Guerra Civil Española es un inmenso acopio de información escrita entre 1958 y 1962, que a Rojo no le da tiempo de corregir y ordenar serenamente. Rojo la ofrece a varios editores, entre ellos a Carlos Barral, que parece interesado en su publicación, pero el momento histórico impide su publicación. El general fallece en 1966. Presionado porque el tiempo se le acaba y llevado por el afán de informar sobre los hechos acaecidos a veces su redacción se hace prolija y su prosa extensa y farragosa. Y fatiga al lector al que le cuesta encauzar ese torrente de datos que bullen del encomio del general. Incluso, en un descuido debido al editor, se repite  en el libro textualmente un capítulo en el que habla, con respeto, del coronel Gorev, asesinado en 1938, meses después de su heroísmo en Madrid por Stalin, dato que ignora Rojo. Otros personajes no salen tan bien parados, como el jefe de los brigadistas Kléber (Stern), al que considera indisciplinado y llevado por su afán de protagonismo partidista al servicio de la Unión Soviética.

 El libro es también un exaltado homenaje a los milicianos, al soldado anónimo español, a los que atribuye el éxito de la defensa durante la contienda por encima de la exigua ayuda internacional recibida y vetada por la injerencia del Comité de No Intervención y la postura intransigente de Francia y Reino Unido. Y un compendio de opiniones sobre los protagonistas republicanos que se vieron responsabilizados de asumir decisiones incómodas: Negrín, Largo Caballero, Indalecia Prieto (“hombre astuto, inteligente y correcto. Políticamente su talla era superior a la de Negrín, era una garantía anticomunista”), su audiencia con Azaña, etc. O sobre Cipriano Mera, el albañil anarquista, héroe en la defensa de Madrid, elevado por méritos al grado de mayor (comandante) y que después se uniría al golpe del coronel Casado.

A Rojo le da tiempo a leer la obra capital de Hugh Thomas: “La Guerra Civil Española”, aparecida en 1961, de difícil obtención en España en esa época, y con la que mantiene encontradas diferencias en lo referente a la participación de los brigadistas internacionales en la defensa de Madrid y en la batalla del Jarama.

Destaca la dedicatoria del capítulo “Así fue la defensa de Madrid” a la mujer: «A la anónima mujer española, abnegada, heroica, ejemplar entre todos los horrores, la angustia y la desesperanza…Y hoy, cuando nadie recuerda lo que recibió de ella, sigue perpetuando, anónima, su vida sencilla; sigue erguida y en calma, sin rencor por el daño que le hayan hecho…». Sin duda unas palabras de amor a su esposa Teresa Fernández, el centro de su vida que sufrió la guerra y el exilio desde la trinchera de su hogar. Y un homenaje anticipado, sin saberlo, a todas las mujeres víctimas posteriores y constantes de las guerras, como las que ahora sufren las brutalidades rusas en Ucrania.

Susana y los viejos. Peter Paul Rubens, 1610. Museo de BBAA de la Real Academia de San Fernando, Madrid

La obra está prologada magníficamente por Jorge Martínez Reverte, historiador profesional que explica detalladamente las circunstancias políticas, sociales, militares e internacionales que se arrastran desde la Restauración borbónica y que confluyen, 62 años más tarde, en el trágico momento histórico del alzamiento bélico: la alternancia consensuada del bipartidismo en los gobiernos durante la regencia de María Cristina, la pérdida de Cuba y el final del imperio español, el funesto reinado de Alfonso XIII, la guerra en Marruecos, la dictadura de Primo de Rivera, la división polarizada en el Ejército, los nacionalismos periféricos, el papel intransigente de la Iglesia, la lucha de clases y el comienzo del movimiento obrero y el sindicalismo… y el advenimiento de la República y la asunción casi inmediata de sus enemigos.

 «En la década de los 30, en Europa había muy pocas manifestaciones de repugnancia en contra de las guerras. La guerra se consideraba un fenómeno natural. El odio, la liquidación del adversario eran moneda corriente en los escritos políticos, en los debates parlamentarios y en las páginas de los periódicos. El ejército español estaba tan dividido internamente como lo estaba el resto de la sociedad… era una España de sotanas, sables y señoritos… el golpe es desde su concepción y su inicio, un movimiento de carácter sangriento, de enorme violencia. O bolcheviques o fascistas. No hay militares que abracen la causa nacionalista. Azaña, Rojo, Negrín, todos los dirigentes republicanos viven su relación con el nacionalismo como una pesadilla», son algunas de las explicaciones que M. Reverte introduce en su análisis del texto de Rojo.

Rojo es ecuánime y templado en sus opiniones. Nunca desmerece ni acusa de traición a sus antiguos camaradas, nunca utiliza palabras de desprecio u opiniones malsonantes o cargadas de ira. Resuena su compañerismo, siempre fiel a la legalidad vigente, siempre bajo la lealtad a la República y actuando con su honor de militar. La lealtad y sumisión a la ley eran la garantía del orden que necesitaba la nación. Su catolicismo no está ligado al patriotismo. Incluso se muestra crítico con la carta que los obispos publican en junio de 1937 en defensa de la “Cruzada”: «Quien esto escribe es católico… pero también es español, es militar y es hombre». Rojo es un idealista que escribe con tono épico, afectado de patriotismo y lealtad en la defensa de las libertades del ciudadano, su escritura es emocionante y sentida. Escribe desde la tristeza de la derrota, desde el romanticismo de las causas perdidas.

  Como epílogo se incluyen unas notas del periodista Andrés Rojo, nieto del general, en las que se mencionan los avatares sufridos por el militar para la gestación de esta historia y el tiempo borrascoso en el que se desarrolló su vida.  



OTROS ENLACES DE INTERÉS:

https://escaparateignorado.com/desafeccion-i/