Las cartas de los Machado a Unamuno

Agustina de Champourcín

El género epistolar.  Vincent escribiendo decenas, cientos de cartas a su hermano Theo, su consuelo, la tabla de salvación de aquel loco maldito. Tres cuadros vendió en su vida. El muchacho frente al océano inmenso, allá en su garita, el recuerdo de su novia, tan lejos ella, ellos: Margarita, está linda la mar y el aire lleva esencia sutil de azahar, tu acento… Margarita, te voy a escribir una carta de amor…

 35000 escribió don Miguel de Unamuno a lo largo de su vida, no todas de amor, que sí lo hizo, enamorado, deseando a su novia Concepción durante aquel viaje juvenil con su tío: Apuntes de un viaje por Francia, Italia y Suiza, de 1889. Tenía 25 añitos, ¡cómo iban a ser castas! Después tuvieron nueve hijos. Y alguna denunciando el terror franquista que le costó la vida, la última visita que recibió, del falangista Bartolomé Aragón, ignoto personaje presente, ¡Presente! en su muerte. Aquella que escribió al ABC de Sevilla, el 11 de diciembre, apenas veinte días antes de morir: «… debo decirle [al director, Juan Luca de Tena] que por muchas que hayan sido las atrocidades de los mandos rojos, los hunos, son mayores las de los blancos, los hotros. Asesinatos sin justificación. A dos catedráticos, a uno en Valladolid y a otro en Granada por si eran masones. Y a García Lorca…». Cartas a Azorín, a Rubén («Hay que ser justo y bueno», tituló una carta de homenaje al poeta tras su muerte, en 1916), a doña Emilia, a las mujeres poetisas, no a las poetas hombre, con las que se debilitaba su emoción. Cartas que recibió de los Machado, muchas, cuyas respuestas se han perdido con el trajín del tiempo y las condenas de los exilios, que aparecen de repente en la almoneda de los mercaderes que comercian con los sueños ajenos.

Antonio y Manuel Machado, los hijos de Demófilo, el pretendiente folklorista del ingenio literario de doña Emilia, noviembre de 1883. Los Machado, vidas atribuladas por la tragedia nacional. Antonio, la humildad de siempre, la modestia, el sufrimiento perpetuo de su alma, la pérdida de su ser más querido, Leonor. Rubén les ayudó económicamente, en 1911, a regresar al hogar soriano desde París, herida de muerte su esposa-niña. Escribe Antonio a Unamuno una epístola dolorosa para ahogar sus penas, agonizando ella en la alcoba próxima. Y desnuda en sus misivas su espíritu patético marcado por el desenlace: «El hombre que habla como un libro es incapaz de escribir un libro que hable sobre el hombre». O aquella otra, la número 69, donde confiesa que: «Empiezo a comprender el valor de las cartas: en ellas se dice lo que se siente, fuera del ambiente social, donde ni el hombre se oye a sí mismo ni oye a su prójimo». ¡Ay, don Antonio! Nunca descendió de la edad de la inocencia. Y Manuel cabizbajo, a la sombra siempre, reconoce “el enorme talento literario de mi hermano Antonio y su libro Soledades”. Y le pide favores, que escriba don Miguel opiniones encomiables para sus libros, recomendaciones para publicar en los periódicos de Ortega Munilla, el padre de don José Ortega y Gasset. Y se ve a un don Manuel marcado por la presencia gloriosa de su hermano, subyacente a su figura, que después, amenazado por el terror del fascio, se verá obligado a vender su existencia por un plato de lentejas. Y a veces las ideas de todos son más contundentes en las cartas que en los textos. Y el mismo don Miguel, enriscado en algún debate teosófico duda de la autoría de su pensamiento: «Pero esto, ¿quién lo ha escrito, Machado o yo?».

Pollux Hernúñez, salmantino, investigador erudito y doctor en Unamuno lleva años persiguiendo la huella de don Miguel y los avatares temporales que soplaron su derrotero por los procelosos años que le tocó vivir. Una época terrible de la historia que le condenó al rechazo o al reconocimiento extremo de las dos Españas, que don Miguel afrontaba impasible, serena la mirada, firme su voz desde el rompeolas de su nao capitana en la que navegaba su azaroso batallar. Si antes Pollux se interesó por los viajes juveniles parisinos de don Miguel, o indagó, sabueso de Scotland Yard, en aquel terrible episodio del Día de la Raza, 12 de octubre de 1936, Unamuno levantando su voz contra Pemán, contra el tullido, también de cerebro, Millán Astray, ¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia! pregonaba en un graznido de sarro el coronel, contra todo el falangisterio cavernícola que le amenazó con la hoguera en aquel bufido patriótico de la universidad, retirándose a su exilio interior, a la próxima muerte, protegido por el brazo de la Franca, ahora, Pollux, decíamos, se ha sumergido en las cartas conocidas de los hermanos Machados, una labor prolija de años de buceo. El fruto es este libro: Los Machado y Unamuno: Cartas, editado por Oportet Editores, recopilación de las epístolas íntimas que intercambian los tres escritores donde se desmenuza un tiempo y unos hombres víctimas de las circunstancias, aquellas que apuntaba el hijo de Munilla, el filósofo don José. Un trabajo hercúleo que ahora sale a la luz incluyendo textos relacionados con ellas, y añadiendo notas documentales, una bibliografía esencial, un índice onomástico general, y la reproducción fotográfica de varias cartas.

Pollux Hernúñez en la presentación del libro el pasado 28 de noviembre. Foto de Manuela Lozano.

En estos tiempos de prisas, de mensajes de 144 matrices, de abandono de los libros y de los periódicos, de las falsas noticias que anulan la crítica colectiva o convierten a la opinión pública en un campo abonado para el sistema, esa confabulación que ha encontrado en la tecnología el soma adormecedor del populacho, el pan y el circo del gran hermano, el aturdimiento colectivo a través de una pantalla de un teléfono móvil, ahora conviene reflexionar y hacer un alto en el camino. Y enfrentarse a la turbamulta de la estulticia con la valentía con la que se enfrentó Unamuno aquel 12 de octubre, a la caverna falangista. Hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado. Y releer las reflexiones de los Machado. El género epistolar. Ese que ya no se practica. Quizás aún haya algún centinela que desde su garita escriba cartas de amor a una novia lejana, cercana en su corazón, como don Antonio, como don Manuel, como don Miguel enamorados: “Ya que lejos de mí vas a estar, guarda, niña, un gentil pensamiento al que un día te quiso contar un cuento”.

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La tía Tula


“Tormento”: Almudena y don Benito

Agustina de Champourcín

Aún impresionados y maltrechos por la inesperada pérdida de Almudena Grandes viene a la memoria la charla coloquio que pronunció en la Sala Mapfre, Madrid, el 3 de diciembre de 2014. Almudena Grandes habló en aquella ocasión sobre “Tormento”, una de las tres Novelas Contemporáneas de Benito Pérez Galdós, cuya influencia en su obra admitió, en particular en sus “episodios” basados en la vida y personas que sufrieron la terrible contienda y la eterna posguerra que asoló este país bajo las órdenes del general bajito. Defensora a ultranza de Galdós, hay en sus novelas, más allá de su primer gran éxito, aquella historia femenina del descubrimiento tumultuoso y excesivo del sexo, una predilección por escribir bajo el aura galdosiana. Almudena se siente influida por don Benito, y como él, necesita comprender España. Quizás porque «la literatura es el ajuste de cuentas con la realidad. El espejo de la vida es la novela —dice—. Y hay que escribir de lo que se conoce».

Almudena Grandes en la Feria del Libro de Madrid, mayo de 2018.

Almudena Grandes contó aquel día que leyó “Tormento” (escrita en 1884) a los quince años, en el verano de 1975, en Becerril de la Sierra, un pueblo de la sierra de Madrid donde pasaba los veranos de su juventud. Recordemos que el 27 de septiembre de ese año el general Franco fusila a tres activistas del FRAP y a dos de ETA, las últimas condenas a muerte que llevará a cabo su Excelencia, que fallecerá apenas dos meses después. También recuerda que la República hizo una edición económica de los Episodios Nacionales para leerla en las trincheras. Y que el primer acuerdo del Ayuntamiento de Las Palmas (abril de 1939) tras la victoria de Franco en la Guerra Civil fue borrar a Galdós del Registro Civil. Galdós no existió para ese consistorio.

            Sobre la mujer en “Tormento” y la ambigüedad Pipaón-Amparo, Almudena declaraba que «me cae bien el personaje de la Pipaón, Rosalía. Las mujeres fuertes de Galdós suelen ser secundarias. La Pipaón está un paso por encima de la burguesa Francisca, de “Misericordia”. Francisca es el ama de la Benina, la mendicante que, ayudada por el judío y pordiosero Almudena, recurre al sacrificio personal con tal de proporcionar a su señora el lujo que no tiene. Rosalía-doña Francisca son el quiero y no puedo. En “Tormento”, el precio de la virtud es la humillación, la perdición que sufre Amparo. Rosalía es un planeta del sistema solar. Amparó, en sí, es abúlica y débil. Agustín Caballero es el “buen salvaje” que viene de América, un continente a medio hacer despreciado por los españoles. Agustín escoge a Amparo por guapa y por mansa, porque es el único resquicio de inocencia en esa casa. Rosalía está mendigando constantemente en la novela. Y abusa de Amparo como después la marquesa de Tellería abusaría de ella, de la de Bringas».

»Para la mujer sólo había tres opciones en la vida: casarse, la mala vida o meterse a monja. En un país tan corrupto como España, la de Bringas acabará en la mala vida. Refugio —hermana de Amparo— posa vestida para un artista (¿referencia galdosiana a Lorenza Cobián, madre de su única hija y modelo de Emilio Sala?).

»Hay una correlación entre “La Regenta” —con el magistral y Ana Ozores— y “Tormento” —con Amparo y Pedro Polo— (escritas ambas en 1884).

»“Tormento”, es una novela de interiores, sin protagonista, de antihéroes. Galdós rompe con el romanticismo. Galdós mimaba a sus personajes. Con Galdós se acaba leyendo en primera persona, el él se convierte en nosotros. Aunque sus personajes sean pusilánimes, como todos los españoles. Agustín Caballero es un pusilánime. También lo es Francisco Bringas. Como lo es Felipe Centeno. No lo es Pedro Polo, el cura apuesto del que se apiada Galdós, aunque sea un acosador. Y secundarios como José Ido del Sagrario, como Marcelina Polo son personajes que te dejan con hambre.

»El protagonista es España. El otro protagonista es La Gloriosa, la revolución fracasada, reina ya Alfonso XII. Galdós escribe desde la perspectiva de que nada ha servido para nada. La de Bringas es una pirámide de corrupción. Como ahora. ¿Hasta qué punto está podrido este país? Galdós detesta esa España. Estaría cerca del personaje de Agustín Caballero. No hemos llegado a ninguna parte, como en las novelas galdosianas.

Y sobre la influencia que las novelas del canario han tenido en la literatura española baste recordar a Buñuel, a Max Aub, a Alberti, a Cernuda… Galdós: “El estilo es mentira, la verdad mira y calla”. Tolstoi: “El estilo, mejor limpio que brillante”.

Y acabó con una frase rotunda, que quizás explique aquel rechazo que don Benito sufrió de este país cainita y clerical negándole el pan, la sal, la candidatura al Premio Nobel. Y que aún hoy enzarza a seguidores y detractores galdosianos: “Lo que no le perdonaban a Galdós es que fuera guapo”.


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La luz en la batalla

CENTENARIO DEL FALLECIMIENTO DE EMILIA PARDO BAZÁN

Agustina de Champourcín

Este año se ha cumplido el centenario de la muerte de Emilia Pardo Bazán y para homenajear a tal extensa dama y comprender su obra, sus inquietudes, sus éxitos, el rechazo que provocaba en los hombres sus exigencias, las personalidades que acompañaron su vida, los hechos históricos que se desarrollaron en aquella difícil época y su tiempo nada mejor que leer su biografía “La luz en la batalla”, una obra faraónica escrita por la profesora Eva Acosta, que ha empleado trece años de estudio y metódica aplicación en investigar y desvelar la trayectoria existencial de la gran condesa de Pardo Bazán.  La biografía va pareja a la vida superlativa de la biografiada.  Un empeño y un resultado excelso, impropio de estos tiempos de prisas y emborronados. Usa la autora una prosa ágil que el lector agradece y que al interesado en las “hazañas” de doña Emilia le resultará provechosa y le desvelará algunos secretos de la sin par condesa. Está editada cuidadosamente por Ediciones del Viento, lo que también es de agradecer si el lector no quiere dejarse los ojos en su lectura. Aunque no se garantiza que el espíritu de doña Emilia no se le aparezca al reticente caballero que dude de sus propuestas feministas y le diga, trasferido a la jerga actual: «Macho, bájate del burro».


EXCESIVA, arrolladora, un volcán en erupción serían epítetos apropiados para calificar la personalidad exuberante de doña Emilia Pardo Bazán. Una vida interior exagerada y una lucha por sus ideas feministas, reivindicativas de los derechos de la mujer que aquella sociedad masculina tan raquítica y misógina no entendía o no estaba dispuesta a permitir. Su existencia fue un combate constante contra una legión de laureados hipopótamos, literatos oscuros que no admitían que una señora pudiera ser más inteligente o escribir mejor que ellos, o que pensara más allá de las tareas “propias de su género”, sesudos académicos interesados en darse esplendor y excluirla de los cenáculos donde decidían quién era el catecúmeno aceptado. Incluso tuvo que lidiar contra la opresión de su confesor, un retromacho franciscano próximo a la inquisición moral que la recriminaría por abandonar a su marido exigiéndola la vuelta al himeneo. No le hizo caso doña Emilia que recibió, no obstante, el apoyo decisivo de su padre, José Pardo Bazán Mosquera, hacendado, alcalde de La Coruña y diputado a Cortes, hombre tolerante y abierto que le animó a fluir por sus deseos de libertad y de saber.   

            Vivió la historia agitada de un país en descomposición que se arrastraba imparable a la tragedia. Nació en 1851, en tiempos de la reina de los tristes destinos. Se casa con 16 años, uno antes de La Gloriosa. Verá el asesinato de Prim, el efímero reinado de Amadeo, “Macarronini I”, la república federal, el golpe de estado del general Pavía, la república unionista, el golpe de estado del general Martínez Campos que llevó a Restauración borbónica del joven Alfonso XII, la regencia de María Cristina, el desastre del 98, el regeneracionismo, el reinado degradante de Alfonso XIII y los ecos de la Gran Guerra que destruía Europa. Y tres magnicidios más, el de Cánovas del Castillo en 1897, el de Canalejas en 1912 y el de Dato en 1921, apenas dos meses antes de su fallecimiento.

Fue el suyo un matrimonio de conveniencia al que renunció impulsada por el afán de conocimiento que le hervía en su espíritu. Aunque la relación cordial con su marido, José Quiroga Pérez, se mantuvo hasta el final. Él le concedió todos los poderes legales que la permitieran disponer de su hacienda a su voluntad en busca de la cultura y de los libros que calmaran su sed de luz. Y ella le guardó luto tras su muerte, en 1912. Fue madre de tres hijos (el primogénito, Jaime, militar africanista, fue fusilado en Madrid, en 1936 por los chequistas) y a pesar de eso viajera incansable por media Europa, sobre todo por el París más cosmopolita e ilustrado, amiga de los grandes escritores del momento: Zola, Goncourt e incluso Víctor Hugo (con el que tuvo una sonora pero amistosa controversia) le reconocieron su ingenio. Aunque sufrió las críticas acerbas de los más próximos, sus paisanos de la España consuetudinaria: Clarín fue el abanderado de una persecución contra sus escritos a la que se sumaron Menéndez Pelayo, o Palacio Valdés, o después Pío Baroja. Hasta el final de sus días sufrió el ensañamiento de la machista y refinada intelectualidad.

Emilia Pardo Bazán pintada al pastel por Joaquín Vaamonde, 1896. El pintor falleció en su casa de Meirás en 1900, con 29 años, fue su protegido y posiblemente amante.

Ateneísta, editora de colecciones formativas para la mujer, crítica literaria, poetisa juvenil, ensayista, autora dramática, mantiene amistad y correspondencia a lo largo de toda su vida con Francisco Giner de los Ríos, su padre espiritual, y con los krausistas, aquellos para los que la ecuación mujer-saber no es tabú. Y es amante de grandes figuras del momento como fueron el periodista José Lázaro Galdiano o don Benito Pérez Galdós, su amor secreto. Doña Emilia fue la primera en asistir al velatorio del maestro, fallecido el 4 de enero de 1920 en su domicilio de la calle Hilarión Eslava de Madrid, no muy lejos del 27 de Princesa donde ella vivía.

 Siempre fue contraria al regionalismo, ya fuera político o literario, lo que le valió el rechazo de un buen número de galleguistas próximos a Rosalía de Castro, con la que apenas si se vieron. Y también fue carlista militante en su juventud, contrarrevolucionaria, ultraconservadora, partidaria de las guerras del Rif (fue la suegra del general Cavalcanti) y patriota convencida de que era necesaria una mano de hierro que repusiera el honor perdido en Cuba. Y que metiera en cintura a la nación sin rumbo y sin gobierno. Y a poco estuvo de verlo, murió dos meses antes del terrible Desastre de Annual. Y dos años antes del golpe de estado de Primo de Rivera.

Pues todo esto y mucho más se cuenta en la biografía “La luz en la batalla”.

Y al igual que el marqués de Bradomín, el hijo literario de su amigo Valle Inclán al que trató en el Ateneo, la condesa de Pardo Bazán era fea, católica y sentimental.

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Monumento a Emilia Pardo Bazán en la C/ Princesa, Madrid, enfrente de donde vivió y falleció. Obra de Rafael Vela del Castillo, 1928.

El matemático Puig Adam, el abuelo del punki y la memoria

Teodosia Gandarias

La memoria, frágil latido que vuela con el tiempo sin dejar rastro. «El que no tiene memoria se hace una de papel» decía García Márquez, memorias de sus putas tristes que se abrazaban, viejas, al deseo tardío de las carnes jóvenes antes del final inexorable. Como nuestros seres queridos que permanecen vivos mientras les recordamos más allá del tiempo en que partieron.

«Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con caracteres que conocí ser arábigos» cuenta Cide Hamete Benengeli, aquel apócrifo recolector de historias que se las ofrece al lector de Don Quijote rescatándolas del olvido y de la destrucción del tiempo y de la materia.

Eso hace Josefina Carabias con sus memorias de “Azaña. Los que le llamábamos don Manuel”, libro reeditado actualmente, éxito de ventas escrito hace ya cuarenta años de que ella trascribiera sus recuerdos de otros cuarenta años antes. Don Manuel, persona y personaje al que las circunstancias llevaron a la tragedia, a la laguna Estigia, condenado al Hades por Polifemo. Época terrible de enfrentamientos en la historia de este país que azotó a generaciones de perdedores y que Carabias narra con la perspicacia de su saber periodístico.

Y es sentimiento encendido, puro ardor amoroso el que doña Pardo Bazán trasmite en su epistolario con Pérez Galdós, gozo y desenfreno que ha llegado a nuestros días y que causa rubor al lector de ahora que curiosea sus íntimos deseos, sus memorias descubiertas 135 años después: «A mí no sé qué me parece la idea de estar sin ti, y tú, pobrecito, también sin mí te encontrarías muy mal… Pues bien: yo no quiero que me dejes. No; tú eres para mí. Para mí tus besos todos, todos».

Fermat apeló, en 1637, a la falta de espacio en su cuaderno para obviar la demostración de su conjetura: anbn+cn siempre que n>2.  Fueron necesarios 358 años para que Andrew Wiles la demostrara en 1995. Un paso atrás en la historia de la humanidad que se hubiera evitado con un poco más de papel, con un poco más de memoria. Quizás fuera demasiado corta para el porvenir de este país la vida de Pedro Puig Adam (1900-1960), matemático, ingeniero, músico, pintor y pedagogo iniciado en su saber a la sombra de la Junta de Ampliación de Estudios. Hombre de ciencia cultivado junto a Rey Pastor, junto a Blas Cabrera, que impartió su saber en las enseñanzas medias y universitarias, y que escribió infinidad de obras dirigidas a la divulgación de los números para los más jóvenes. Aún se puede disfrutar de su docencia repasando sus libros de geometría escritos para los aprendices, o de cálculo diferencial para los técnicos. En Getafe, un pueblo enorme de la periferia de Madrid famoso por ser la cuna de la aeronáutica, existe un instituto de enseñanza media que lleva su nombre, un homenaje a un tiempo de esplendor y de amor por el conocimiento.

Por ese instituto ejerció también de profesor Ezequías Blanco, enseñante de varias generaciones, poeta, cuentista redomado, facedor de triquiñuelas admirables, enredador lírico, descriptor de la única clase de monos que estornuda, abuelo de un punki y editor durante treinta años (1988-2018) de una revista literaria que recogía a los más y a lo más destacado del panorama de las letras y de las artes que se producía en España: Cuadernos del Matemático.  

«Cuadernos del Matemático era una revista de vanguardia a la antigua usanza; es decir, luchó por llevar a buen término proyectos y sueños, pretendió abordar críticamente la realidad de la creación en todos sus ámbitos, aunque, sobre todo, en el literario, en el poético, dando cabida en sus páginas a las tendencias creativas más diversas. Convivieron en ella esencias maduras y elixires jóvenes, sin más pretensión que la de mostrar, la de ser espejo de su presente. Por otra parte, fue un lujo literario en el que el rigor se asoció con la experimentación dentro de una presentación impecable».

De aquella aventura —porque conseguir financiación y patronazgo para la cultura es tarea heroica— se editaron 61 números. Cíclopes y lotófagos sucumbieron en sus intentos de arruinar el viaje de Cuadernos, pero las circunstancias económicas de los últimos tiempos hicieron que mantenerla fuera imposible. Ezequías puso punto final a la odisea a la que se entregó durante tantos inviernos tempestuosos, cruzó victorioso el Hades del desánimo y desembarcó en Ítaca impulsado por los vientos venturosos del Aqueronte. Se reencontró con Penélope en el parnaso.

Afortunadamente, esa labor recolectora de un tiempo y de las obras de los hombres no se ha perdido. Sus cartapacios no cayeron en el desván de la intemperie de un sedero. Los ha recogido el Museo de Getafe, impulsado por la Asociación de Amigos del mismo y ahora están al alcance de cualquier curioso que quiera revisarlos y extraer de ellos aquella constancia de tres décadas de clasificación letrada y plástica.

Están disponibles en la siguiente dirección:  https://museo.getafe.es/omeka/collections/show/58#.YYGNLkHkz1w.facebook

 Es necesaria la memoria escrita, mantener encendidos los rescoldos del gran incendio de la vida. Gracias a esos testimonios, a esos archivos abiertos sabemos de la inexpugnable conjetura de Fermat y su desentrañamiento por Wiles; del interés lector de Cide Hamete Benengeli; de los amores de doña Emilia y don Benito; de don Manuel, cubierto su ataúd en Montauban, Francia, con la bandera de México, madrastra España; de la geometría de Puig Adam; de los gustos literarios y artísticos de aquella irreverente post-transición. Gracias al papel sentimos la presencia de nuestros seres queridos en los altarcillos domésticos, sus fotografías, que disponemos en nuestros hogares. Las memorias de las cosas, de las personas siguen vivas mientras alguien les dispense el tributo de su consulta, de su mirada.

Último número de Cuadernos del Matemático, marzo de 2018

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Tierra de luz blanda

Quema de brujas en Logroño

Gabriel de Araceli

Para María (el agente JDR63)

Entre el 7 y el 10 de noviembre de 1610 se celebró en Logroño un auto de fe que llevó a la hoguera a cincuenta y tres personas, a cinco estatuas y a cinco esqueletos. Aquello concitó la presencia de más de treinta mil almas, que hasta de las Galias francesas llegaron miles, deseosas de oler la chamusquina de las carnes y de saber (esto era secundario) qué había pasado en la cueva de Zugarramurdi, en Navarra, donde los tratos con el maligno eran tan habituales entre la población (en todo el territorio vasco-navarro) como ahora lo es entregarse a la maledicencia de las redes sociales. No había otra diversión.

Auto de fe presidido por santo Domingo de Guzmán. Pedro de Berruguete, sobre 1499, anterior a los hechos que se narran. Museo del Prado.

Repasemos el momento histórico. Reinaba en la corte más grande del universo conocido Felipe III. Aunque el que llevaba el bastón de mando era su valido el duque de Lerma, don Francisco Gómez de Sandoval-Rojas y Borja, un… cómo decirlo: especulador, emprendedor, traficante de influencias, corrupto, sinvergüenza, embaucador, prevaricador, genocida y ladrón, que tenía al monarca agarrado por los… desde hacía tiempo inmemorial (Felipe II, el papá de FIII, había apartado de la influencia del de Lerma a su retoño, conocido por su estulticia y amor a la oración; pero cuando FII falleció, en 1598, don Francisco Gómez de Sandoval volvió a la jefatura del cargo y proyecto su rapiña sobre el tullido FIII).

El duque de Lerma es el hacedor, entre otros notables éxitos políticos, de la expulsión de los moriscos, entre 1609 y 1613, que dejó al campo de la nación exhausto, sin hortelanos que lo trabajaran, y sin comestibles ni para la corona ni para sus gentes. Pero que llenó sus bolsillos ducales de riquezas ilimitadas apropiándose de los territorios que los moriscos abandonaron por real orden. Aquellos apátridas terminaron masacrados en Argel por los piratas berberiscos, que querían apropiarse de las fabulosas riquezas que, imaginaban, portaban consigo los desterrados. No había tales réditos, sólo sangre, sudor y lágrimas lo que llevó consigo la población morisca al exilio. Sin embargo, el duque de Lerma sí consiguió una considerable fortuna apropiándose y comerciando con los campos de labor de los huidos. Y, sobre todo, trasladando la corte de Madrid a Valladolid en 1603, y devolviéndola a Madrid en 1609. ¡Un pelotazo!

El duque de Lerma pintado por Rubens, 1603. Museo del Prado.

Claro, que a cada cerdo le llega su san Martín. La reina doña Margarita de Austria, prima y esposa de FIII, y sobre todo más inteligente que el devoto monarca, sospechaba de las irregularidades empresariales del duque de Lerma, por lo que ayudada del intrigante confesor real fray Luis de Aliaga, nombrado para el cargo por el de Lerma (y en 1619 inquisidor real) consiguió que traicionara la confianza de este y le denunciara por corrupción y estafa continuada en los caudales públicos (la reina murió en 1611, con ¡26 años!). Es notorio y determinante considerar que, también, las riquezas que llegaban de las Américas menguaron considerablemente en 1604. No había pan para tanto chorizo. Así que en 1610 la reina y fray Luis de Aliaga elevaron una denuncia sobre el de Lerma que acabó con Rodrigo Calderón, el valido del valido y cooperador necesario en el fraude, ejecutado en la horca (en 1621), y con el de Lerma imputado. Y don Francisco Gómez de Sandoval abrazó, más si cabe, la fe del evangelio y consiguió que Roma le nombrara cardenal, con lo que, aquella púrpura le evitó el escarmiento público que le hubiera llevado al cadalso en la Plaza Mayor de Madrid. El populacho recitaba, estafado, aquella coplilla que ha llegado hasta nosotros, como cualquier otro meme o emoticón de esos que ahora bombardean las pantallas de los móviles: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se viste de colorado”.

Leandro Fernández de Moratín, pintado por Goya en 1799. Museo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

El caso es que, hace hoy 411 años, en Logroño era todo espectáculo y apuesta: que si a estos pocos les cae la hoguera, que a esos cientos la prisión perpetua y a aquellos receptos el destierro. Hete aquí que dos siglos después de aquellos sucesos diabólicos, hacia 1811, a don Leandro Fernández de Moratín le llegó aviso de que el impresor Juan de Mongastón imprimió en el año del señor de 1618 una exhaustiva relación del proceso acaecido en Logroño, que la tomó como suya y que de la cual escribió unas notas esclarecedoras de tanta oscuridad y nocturnidad que ahora resultan resucitadas en el libro “Quema de brujas en Logroño”, interesantes para todos aquellos que quieran recrearse con el conocimiento de la historia. Que ya lo hizo Alex de la Iglesia en su película “Las brujas de Zugarramurdi”, aquel relato mefistofélico que entre aquelarres y mistificaciones embrujaba a los espectadores.

Auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid. Francisco Rici. 1683. Museo del Prado.

Sabido es que Leandro Fernández de Moratín (1760-1828) fue un adelantado intelectual, afrancesado y contrario a las letanías sacras, santerías y oscuridades eclesiales que opacaban la razón del siglo de las luces. En Pastrana, sus orígenes maternos, escribió una comedia que incitaba en las gentes a la reflexión sobre los casamientos que obligaban a las mujeres a aceptar un varón inconveniente y viejo (es decir, impotente) sólo por razón de conveniencia mercantil, un adelanto al tiempo en materia de feminismo: “El sí de las niñas”. Fue amigo de Goya y murió como él en el destierro. Don Francisco en Bordeaux, y don Leandro en París, el mismo año, 1828.

Leer las anotaciones festivas de esta crónica satánica y el teatro de Moratín es un placer en estos tiempos de prisas y trapisondas cibernéticas. Que todo se confunde y altera como si volviéramos a los estragos de la sinrazón, que parece que retornan los siglos de oscuridades a pesar de las pantallas móviles y la conexión permanente. Y aunque se reprueben las demoníacas sentencias que el Santo Oficio fallaba contra los acusados, muchos de ellos inocentes, que crepitaban entre estertores agónicos, las carnes cremadas por el fuego redentor (los condenados morían por la asfixia del humo, eso les libraba del horror de las llamas) no crean en los machos cabríos ni en las brujas ni en las meigas, porque haberlas las hay.