NAVIDAD 2017

Pascual Izquierdo

Amanece septiembre y ya comienza a oírse, de forma sutil y solapada, la palabra Navidad.

Llega octubre a las pantallas y algún anuncio se atreve a insinuar la proximidad del gran advenimiento.

Se asoman a los calendarios los primeros días de noviembre mientras se afanan los operarios en la instalación de las luces que han de iluminar las calles.

Es a mediados de noviembre cuando estalla la pirotecnia de los villancicos, cuando se encienden las arquitecturas luminosas, cuando sobre el plasma se despliegan los perfumes.

Estamos en Navidad. Una Navidad que se extiende hasta mediados de enero.

Dichoso el penitente que sea capaz de soportar tan prolongado sufrimiento.

 

Anuncios

Efemérides

Rafael Alonso Solís

Una de las salidas fáciles para rellenar columnas literarias lo constituyen las efemérides. No hay una sola fecha que no coincida con el nacimiento, la comunión o el fallecimiento de algún personaje. El pasado 4 de diciembre cogió el tren Manuel Marín, un politico que paseó su buen talante y su elegancia por la vida parlamentaria, y que ennobleció la presidencia del Congreso de los Diputados desde 2004 a 2007. Marín se metió oficialmente en política en 1977, al ser elegido diputado por Ciudad Real en las listas del PSOE. Desde entonces vivió de la cosa, gracias a ese vicio del sistema que lleva a mantener en nómina a quien pasa por la pila del bautismo. Junto a su trabajo en la Comision Europea, su sencillez y su mantenimiento de una vida discreta, a Marín hay que reconocerle que no se llevó un duro que no le correspondiera, ni se le imputó delito alguno, ni fue sospechoso de trincar. Tras anunciar que se iba a dedicar al problema del cambio climático, en 2008 fue nombrado presidente de la Fundación Iberdrola, y todo indica que lo hizo con la profesionalidad que le caracterizaba.

Manuel Marín descansa en su despacho en Bruselas durante las negociaciones para la entrada de España en la CEE. 1985. Foto gentileza de Alfredo García Francés, por la que obtuvo el Premio Nacional de Periodismo, 1985, publicada en EL PAÍS.

Aún sin despedirse, también el pasado 4 de diciembre cumplió noventa años Rafael Sánchez Ferlosio, del que se dice que es uno de los más grandes prosistas de la lengua castellana. Ferlosio se hizo famoso por la publicación de su novela El Jarama, con la que obtuvo el premio Nadal en 1955. La relación entre Ferlosio y esta novela es contradictoria, puesto que, mientras la critica de la época la consideró un hito en lo que podría llamarse la literatura realista de posguerra, a él se le atragantó pronto, y hace pocos días, en una de sus últimas entrevistas, seguía renegando de ella y negando la calidad que le reconocen los demás. Cierto es que, tras inaugurar esa vertiente del realismo posguerracivilista, a Ferlosio le dio por encerrarse en su casa, estudiar gramática y escribir sin descanso bajo el estímulo de las anfetaminas. Así inventó un estilo al que los estudiosos acabaron por ponerle un nombre para los libros de literatura, y que consiste en bloquear la recaptación de neurotransmisores farmacológicamente y escribir sin descanso, enlazando un frase con la anterior hasta que uno se cansa y se va a dormir, ya de madrugada. FerlosioDe esta forma, y sin pretender la fama, Ferlosio ha acabado por escribir como Dios y sin pedirle permiso a nadie, lo cual es de admirar en los tiempos que corren. Si se le pregunta, sigue diciendo que su mejor obra es Industrias y andanzas de Alfanhuí, en 1951, y, si acaso, El testimonio de Yarfoz, treinta y cinco años después. Los paisajes por los que se mueve Alfanhuí son los mismos que los de Comala, que Juan Rulfo describió en Pedro Páramo, o el vasto y cerrado territorio de Macondo, que García Márquez nos dejara entrever en Cien años de soledad. También los espacios de Tesejiraque, por los que Manuel Almeida ve pasar lagartos, lunas y profetas, cuya lectura es altamente recomendable.

Enlaces relacionados

¿Dexe qué?

Ferlosio cumple años

 

 

BARE NOSTRUM

Gabriel de Araceli

    La poesía y las matemáticas son hijas del mismo empeño en abstraer la belleza y destilarla en formas numéricas o endecasílabos o ecuaciones. Pedro Puig Adam fue matemático, profesor y poeta. Alumno, colaborador y amigo de Julio Rey Pastor. Otro insigne matemático relacionado con la Junta de Ampliación de Estudios (JAE), que bajo la dirección de Santiago Ramón y Cajal y desde 1907 supuso un despertar en las ciencias y en las enseñanzas en España. Después, la larga noche del nacional franquismo enmudeció la voz de la rima y el número. Y los avances científicos, educativos y poéticos de aquel período de esplendor de la JAE se redujeron oficialmente a enumerar una lista de reyes visigóticos, instruir en el espíritu nacional o a loar la unidad de un imperio iniciado por otros reyes aún más católicos.

    En Getafe existe un instituto que lleva el nombre de Puig Adam. Y unos profesores, quizás emanados del espíritu didáctico renovador de la JAE, editan heroicamente desde hace décadas una revista poética que es referencia obligada en el mundo mundial de la poesía, de la literatura, de los números y de la belleza: CUADERNOS DEL MATEMÁTICO.

    Ezequías Blanco es pirata y profesor en el Instituto Puig Adam. Y es también poeta y ha escrito unos versos que forman el libro BARE NOSTRUM, que se va a presentar el próximo 14 de diciembre, a las 19:30 en Espacio Mercado, Plaza de la Constitución, s/n, Getafe. También es un homenaje a San Juan de la Cruz, otro héroe insigne de la métrica, quizás el más elevado y austero poeta que haya dado la lengua castellana. Se hablará de poesía, de fotografía, de números y de la vida. No falten.

Quedeme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejeme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

 

Los alegres vecinos del Campo de la Cebada

Gabriel de Araceli

     En el centro de Madrid se encuentra la Plaza de la Cebada. Un lugar por el que paseaba Isidora Rufete, La Desheredada, uno de los personajes de Galdós tan vivos ahora como en 1881, cuando se publicó la novela. Es una plaza desvencijada, en semi-ruina. Hay un mercado municipal semi-vacío y hubo una piscina a la que iban los viejecitos, también los jóvenes, hasta 2009, fecha en la que el Ayuntamiento decidió cerrarla argumentando que estaba vieja.

     Era la única piscina, la única instalación deportiva del barrio, tan céntrico como abandonado por los gobernantes municipales. Los planes del Consistorio pasaban por el consumo, por construir en ese popular espacio un centro comercial de lujo, por privatizar el suelo público, por realizar un desarrollo urbanístico ajeno a las necesidades del ciudadano. Pura especulación. Que desapareciera el tejido vecinal y se transformara en algo parecido al actual Mercado de San Miguel. Un parque temático gastronómico, una atracción turística para japos y guiris, un espejismo para caprichosos del pata negra y el fumé de saumon, pero que no sirve para abastecer al vecino del barrio por los elevados precios de los productos que allí se venden. La crisis económica dejó sin recursos los planes urbanísticos y el proyecto comercial quedó en nada. El solar que albergaba la piscina sigue vacío mientras que el mercado de la Cebada languidece resignado al abandono.

     En 2011, el Ayuntamiento llegó a un acuerdo con los vecinos y se optó por darle un uso social a este solar mientras se decidía qué hacer con él. Y en estos seis años, el Campo de la Cebada se ha convertido en un lugar de encuentro donde los vecinos acuden a relacionarse, a hablar, a montar en bici, a hacer gimnasia o tirar a canasta, a tomar el sol o a bailar, o a pintar las paredes con grafitis reivindicativos.

¡O a enamorarse!

     Es un espacio para el diálogo —¡hay tan pocos en Madrid!— y para tejer el enjambre social que ha caracterizado siempre los barrios históricos, casi desaparecidos por los hábitos espurios traídos de allende los mares. Los black friday, los cyber monday, los jalogüin, los prymark, los onlyne, el marketing, el low cost y demás lemas consumistas nos invaden, nos abruman con la necesidad de adquirir cualquier cosa innecesaria. En un bucle globalizador, hemos importado costumbres consumistas y hemos exportado los salarios precarios y las penosas condiciones laborales al tercer mundo. Hemos intercambiado miseria por consumo. Basamos nuestra felicidad en la compra compulsiva.

     Parece que en los próximos meses se va a construir, por fin, la piscina y las instalaciones deportivas prometidas. El Ayuntamiento se ha comprometido a ello con sus moradores. ¡Habrá que verlo! La experiencia vecinal va a aprovecharse y se reservará un espacio al aire libre en la terraza de la futura piscina para seguir tejiendo esas relaciones humanas tan necesarias en un barrio, esa humanidad de corrala, esa diversidad de personas, de procedencias, de razas y de idiomas, de pequeños comercios y de oficios manuales que Isidora Rufete tan bien conocía. Las señas de identidad de un barrio frente a la despersonalización globalizadora del consumo de masas.

    Así que dense una vuelta antes del 15 de diciembre por el Campo de la Cebada antes de que nos deshereden, para aspirar algo de casticismo, de barriada, para participar en la vecindad antes de que sea demasiado tarde.

Enlaces relacionados

La beauté est dans la rue

Malasaña

Nación

Rafael Alonso Solís

Una manera prudente de acercarse a las posiciones nacionalistas es hacerlo desde un punto de vista religioso. Al fin y al cabo, la creencia en dioses particulares, ya sean unos o trinos, invisibles u omnipresentes, tronantes o mudos, es siempre cuestión de cada cual, pero que únicamente adquiere consistencia cuando se convierte en comunión, en artículo de fe, en esperanza de una existencia que no es de este mundo, pero que se nos promete en caso de permanecer fieles a los preceptos y no dudar de la verdad y veracidad de las escrituras. En el libro VII de God & Gun –una obra exquisita en la que uno siempre encuentra alguna referencia para ilustrar cualquier especulación–, Rafael Sánchez Ferlosio llama la atención acerca de que el creyente, para gozar de suficientes garantías, precisa que Dios tenga ambos atributos. Es decir, necesita que no se trate simplemente de un Dios veraz, sino también que sea verdadero, lo cual lleva implícita la condición de unicidad. Desde ese momento, identificado el Dios verdadero, todos los demás no pueden poseer tal característica. Es difícil entender el significado de nación si no es desde la inmersión absoluta en el dogma identitario. Y como, en esencia, lo importante no es la definición de nación ni la comprensión del concepto, sino la de “nuestra” nación, ello no cobra sentido si no tiene, como en el caso de Dios, el carácter de nación verdadera, única e indivisible, en la forma que refleja cualquier catecismo o credo impreso en un opúsculo con pretensiones de grandeza.

Auto de fe. Tabla de Pedro Berruguete, 1493-1499. Museo del Prado.

Una vez aceptada la pertenencia a una nación, ya no es necesario pensar más sobre el asunto, y uno está en condiciones, incluso, no sólo de practicar el culto, sino de predicar la buena nueva, bautizar a los conversos y trazar una raya divisoria que separe a los señalados por la gracia de la nación de los infieles. Sólo desde la tranquilidad que proporciona la pertenencia a una patria –siguiendo las líneas maestras de esta visión religiosa– se explica la confianza en el poder casi omnímodo que ello lleva aparejado. Al igual que ocurría con Dios, una vez que ha sido identificada nuestra nación todas las demás se convierten en ajenas y, como consecuencia, en paisajes situados más allá de la frontera, tierras remotas y tenebrosas en las que no puede crecer nada, debido a que son asoladas por el viento helado que baja de las montañas más oscuras. La identidad nacional se convierte así en el equivalente político y prosaico del santo Grial, y la soberanía en una especie de ilusión compartida, el anuncio de la tierra prometida, la antesala de un paraíso perdido, secuestrado, arrebatado por la imposición de unas creencias paganas y susceptible de ser recuperado para siempre. La nación, así concebida, contiene en su interior todos los elementos que caracterizan la felicidad, y ello incluye la alegría, el agua, el jamón serrano, la luz, la rosa, el sol, la luna, el placer del orgasmo, el duende y la gallina.

Enlaces relacionados

Soberanía

España como mito

El Telero

Pascual Izquierdo

         Por estas tierras de Castilla, el Telero goza de la consideración de personaje mítico, al igual que aquel V. K. Ratcliff de William Faulkner que iba recorriendo los pueblos del condado de Yoknapatawpha con su vieja jardinera. El Telero, sin tantas pretensiones literarias, visitaba las localidades del contorno vendiendo prendas y géneros de punto.

        Iba acompañado de un macho sobrio y reflexivo que, a lo largo de interminables jornadas de soledad, había aprendido a hablar consigo mismo y a veces con su amo. Tiraba de un carro inhabitual en los pueblos de la Ribera, lleno de tantos cajones y apartados, de tantas puertecillas y habitáculos, que parecía compartir ámbitos secretos con amo y caballo.

       El Telero era un hombre robusto y colorado, sabio y parlero, que hablaba con muchísimas mujeres de patrones, pesos y medidas imposibles de guardar en el museo parisino de Sevres. Era quien mejor conocía, por necesidades de ropas y retores, la intimidad de los hogares.

       De los hogares y sus moradoras. Era perito en tallas de busto y de cintura, ya por cálculo aproximado o medición directa. Aparecía en las primeras horas del día y se pasaba toda la jornada en el mismo pueblo, aconsejando con su verbo melifluo la compra de determinadas prendas en el capítulo de fajas y sostenes, de lencería burda para mujeres de labranza.

       En aquel preámbulo de intimidades compartidas, ¿qué podría suceder en los coloquios sobre géneros y tallas? Sólo lo sabe el macho centenario. El animal, callado y catedrático, se quedaba esperando con la cebadera puesta y las orejas desplegadas a que su amo acabara la gestión que llevaba entre las manos. Rumiando su especial sabiduría, asistía impasible a una liturgia de intercambios que, años después, habría de borrar el implacable vértigo del tiempo.

        El mítico Telero, retirado ya de las andanzas mercantiles, consume sosegado sus últimas jornadas, en compañía del ingente caudal de los recuerdos y de un solícito porrón, al que acude cada cierto tiempo para entablar diálogo.

Guía de la Ribera del Duero, Roa, 1995.

Un mercero en un mercado de Valencia. Los teleros, de nómadas a sedentarios.

Son, o fueron

Etiquetas

, ,

             Ángel Aguado López (Texto y fotos)

    ¿Cuándo se quebró la convivencia? ¿Qué provocó la huida hacia adelante? ¿Quién desenterró el hacha de guerra? ¿Cómo no advertimos la quemadura de la intransigencia sin que nadie aplicara la pomada de la sensatez? ¿Por qué desde la perversión de las palabras se enredan los conceptos, se ocultan las intenciones y se tergiversan las ideas?

    Vivimos tiempos de exaltación nacionalista en los que los portavoces del pensamiento diferenciador, aspirantes a reyezuelos de una república fantasma justifican sus innegociables verdades sobre la naturaleza superior del hedor de su pesebre. Hablar una lengua o habitar un lugar parecen legitimarles para desplegar una estrategia aniquiladora y supremacista sobre el vecino, diferente sólo en el corte de la camisa, sin que nadie parezca comprender que todos somos tan diferentes como iguales, que tan solo nos diferencia o nos iguala la conciencia del mal, el grado de la maldad humana de cada uno.

    Sería interesante escuchar, en una tan fantástica como imposible translación de hipótesis, las opiniones de Manuel Vázquez Montalbán sobre la actualidad de su Barcelona y la situación socio-política a la que ha llevado el procés. Los artículos que sobre el nacionalismo catalán, y todos los nacionalismos patrios o forasteros, escribió MVM son tan numerosos como comprometidos desde la ortodoxia racionalista de un intelectual crítico y escéptico. ¿Están las cosas porque son o son porque están? se preguntaría ante la complejidad de expresar una opinión sensata en los tiempos tramposos que corren.

vazquez_montalban_mendoza106_web

Eduardo Mendoza y Vázquez Montalbán el 16 de julio de 1990, en El Escorial.

    Quizás su ciudad de los prodigios se le revele ahora mismo a Eduardo Mendoza también desconocida. Savolta andará buscando verdades inexistentes. Quizás los hijos de Manolo, el Pijoaparte, engendraran entonces hijos levantiscos que reniegan ahora de su origen charnego, el flequillo cortado a tazón levantando el puño redentor con la fe radical del converso desde el púlpito de la CUP. Quizás los nietos pijos de Teresa vayan las últimas tardes Junts pel si abrazados a los de Manolo, tan diferentes, tan iguales. «Es la cara de la globalización del lavado de cerebro» puede que dijera MVM, vaya usté a saber.

    El caso es que una mañana del verano de 1990 MVM y Eduardo Mendoza se encontraron en los Cursos de El Escorial. El reportero estaba allí y cumplió con su obligación, fotografiarlos. Entonces no existía la tecnología digital en la fotografía ni en ninguna parte. Entonces no existía la telefonía móvil, ni internet, ni la informática, ni los programas de retoque, ni se hacían decenas de fotos sin contenido alguno. Una Nikon F3 sin motor, dos objetivos. Un rollo de película Ilford HP5 Plus, 28 fotogramas expuestos de los 36 posibles. Eso fue todo. Al reportero le sorprende hoy la efectividad conseguida entonces

hoja_contactos124

Hoja de contactos del reportaje

    Veintisiete años después aquellos testimonios gráficos adquieren una relevancia inesperada debido a la situación política. Además, las obras de ambos escritores forman parte del acervo literario español tan presentes y tan leídas ahora como entonces. Y seguramente condenadas por la chiquillería contestataria del flequillo a tazón y el puño en alto. El reportaje se publicó unos días después en una página cualquiera en la sección de cultura del diario EL PAIS. El paso del tiempo los ha convertido en documentos históricos.

eduardo_mendoza107_webContaba por aquel entonces un redactor-jefe de cierre que un domingo cualquiera, a eso de las nueve de la tarde aún no tenía la columna que MVM debía escribir para el lunes siguiente. Alertado por la tardanza consiguió, tras varios intentos telefónicos, hablar con MVM. Y este, que venía del Camp Nou de ver a su Barça y que había olvidado por completo el asunto, seguramente porque se barruntaba la traición de Figo, la improvisó y se la dictó de corrido en el momento a la taquígrafa. Trescientas cincuenta palabras sin dudar ni una coma. Cuando falleció MVM, Eduardo Mendoza fue el encomendado de escribir la columna de los lunes. Pero a poco renunció porque no se veía capacitado de mantener la memoria colosal del padre de Carvalho. Cosa que le honra.

Las imágenes aquí expuestas forman parte de un próximo libro de retratos sobre personajes que alimentaron la educación sentimental de una generación surgida de la transición democrática. SON, O FUERON. Porque ya muchos no están, pero siempre fueron. Es posible que haya editores interesados en el proyecto. Son, sean bienvenidos y muéstrense, antes de que sea demasiado tarde.

 

 

 


Una columna de MVM

Con posterioridad a la publicación de esta crónica se ha recibido de la web oficial de MVM un artículo que por su contenido humorístico, no exento de crítica, tengo el honor de subir aquí para regocijo de los lectores. Se trata de un comentario jocoso a una fotografía de unos antidisturbios que golpeaban a porrazos a una vaca lechera durante una protesta de ganaderos en Madrid. Se escribió hace ¡30 años!, pero podía haber sido ayer mismo en cualquier lugar de Celtiberia.


La vaca

M. VÁZQUEZ MONTALBÁN

EL PAÍS, 16 / 03 / 1987

(por gentileza de http://vespito.net/mvm/indesp.html)


Me hubiera gustado estar dentro del cerebro del esforzado guardia que se lio a porrazos con la vaca Marcelina. Sería primaria y grosera explicación que el funcionario agrediera al cuadrúpedo por acto reflejo derivado de que Marcelina se parece demasiado a Marcelino, aunque a buen seguro que en el subconsciente colectivo de las fuerzas de orden sigue sonando a toque de rebato el nombre de Marcelino. Improbable que el guardia supiera que la vaca se llamara Marcelina por propia confesión del animal a requerimiento de que se identificara, aunque es posible que su propietario la encimara revelando su nombre de pila: “¡Arróllalos, Marcelina!’.

Hasta aquí la explicación más ideológica. Pero cabe un análisis sociológico del episodio, basándonos en la evidencia de que las fuerzas de orden suelen proceder de zonas agrícolas, cuanto más agrícolas y ganaderas mejor, y conservan en su primera memoria el terror a un destino de campesinos y pastores del que huyen por todos los caminos que llevan a las academias de policía.

Imagínense ustedes a un fugitivo del pastoreo que de pronto comprueba cómo las vacas le persiguen hasta las ciudades, a manera de pesadilla de delirium tremens, y que además esas vacas provocan desórdenes públicos y emiten mugidos subversivos. Al más templado se le cruzan los cables ante una contumacia persecutoria tan manifiesta.

Cabe también la posibilidad de que la vaca fuera atacada a porrazos por una sublimación del impulso erótico ante tanta carne desnuda y retozona, esos cuerpos libres en la ciudad libre. No somos de hielo, y ante 300 o 400 kilos de carne hembra, que tire la primera piedra el varón dotado capaz de contenerse ante la provocación y no tuviera la tentación de blandir sus atributos. En este caso ortopédicos, porque de ortopedia fálica se podría hablar cuando tratamos de encontrar la referencia simbólica de la verga, sea bajo el reinado de Barrionuevo, sea bajo el reinado de Perico de los Palotes.

 

Enlaces relacionados

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

LUIS ÁLVAREZ PIÑER, UN POETA

IBA YO A COMPRAR EL PAN

PASIONARIA Y LOS SIETE ENANITOS

pasionaria1-001PEPE CARVALHO TRAS LAS HUELLAS DE DON QUIJOTE

 

Peleas amañadas

Rafael Alonso Solís

Hace días estuvo en España Marvin Hagler, un exboxeador norteamericano que dominó la división de los pesos medianos durante los ochenta. Hagler, al que apodaban “Marvelous”, había nacido en Newark, Nueva Jersey, trasladándose con su familia a Brockton, Massasuchetts, cuando tenía trece años, tras una serie de disturbios a finales de los sesenta –the Newark riots–, que terminaron con ventiseis muertos y más de diez millones de dólares en destrozos, incluyendo la casa en la que vivían los Hagler. Newark es famosa por haber sido un foco de conflictos entre la extensa comunidad negra y la minoría política blanca, ayudada por unos selectos mandos policiales con la piel del mismo color, a pesar de ser una de las primeras ciudades estadounidenses con una amplia plantilla de oficiales negros. En el caso de Brockton, la ciudad en la que creció, es habitual que, aún hoy, los periódicos muestren en su primera página noticias de tiroteos entre bandas y enfrentamientos raciales. Ser negro era la situación idónea para vivir como un perdedor, cuya única salida para destacar era integrarse en el crimen organizado. Marvin se enfrentó a esa posibilidad con la fuerza de su convicción, pese a tener que esperar durante años a que el negocio del boxeo le permitiese competir por el título. Como Smokin Joe Frazier le dijo una vez: “Marvin, tienes tres cosas en contra, eres negro, eres zurdo y eres bueno”. Coincidiendo con una de las épocas de oro del boxeo profesional en las categorías de los pesos intermedios, Hagler conquistó el título y lo retuvo durante siete años y trece defensas, sin que nadie fuese capaz de tumbarle en toda su carrera. En 1987, en el Caesar Palace de Las Vegas, Marvin se enfrentó a Sugar Ray Leonard, quien por entonces era el preferido de las revistas, el negro guapo y sonriente que lucía pajarita para asistir a los estrenos de postín y las inauguraciones de los casinos. En una decisión muy controvertida, Marvin perdió el título. Decepcionado, dejó el boxeo y se fue a vivir a Italia. Hace unos días, en Madrid, Marvin volvió a repetir que aquel combate estuvo amañado. Al fin y al cabo, amañar parece un vicio consustancial a la condición humana, tal vez porque la humanidad tiene integrada el alma del hampa en el centro de su programa evolutivo. Se amañan las contiendas electorales, con la efectividad que descubrieron los inventores del sistema en los albores de la democracia. Se amañan los concursos literarios, con la precisión sintáctica del mundo editorial. Se amañan las concesiones industriales, los contratos para la recogida de basuras, los certámenes de belleza, los records Guinnes, las carreras de sacos y los procedimientos de selección de personal. Se ha hecho tantas veces que ya no sabemos vivir sin amañar. Incluso aunque no seamos capaces de hacerlo directamente, somos cómplices silenciosos del amaño, como cuando observamos al trilero en la calle y permitimos que desplume al incauto. Porque, según dicen, a veces hay que mirar hacia otro lado.

Manuel Vázquez Montalbán

Ángel Aguado (Texto y fotografía)

—Es él, —dijo Pepe Carvalho.

    Del taxi se bajó un señor no muy alto y gordito, con aspecto circunspecto y semblante desconfiado. Hubiera pasado por el taxista de no llevar periódicos y libros en la mano e incrustados en las orejas unos auriculares.

—Ya sabes, el Barça —me diría después. Y sí, era él.

—Vamos, Pepinho —le dijo la Charo.

    Carvalho me guiñó el ojo izquierdo, se pegó un orujazo y ambos se perdieron por las umbrías del hotel Felipe II. Vaya usté a saber qué cocinarían dos personajes como ellos, a sus años, por aquellos andurriales del monte Abantos una mañana de verano de 1990, en El Escorial. Yo, un reportero dicharachero que tenía que fotografiarle me quedé alelado, porque allí, frente a mí, estaba él, el enorme, el inmenso, el sinigual MVM, Manuel Vázquez Montalbán. Posiblemente el escritor más brillante que ha producido España en la segunda mitad del siglo XX.

    Después, todo fue muy fácil. Se despojó de la máscara de persona tímida y posó para el reportero donde y como le dijeron. Quizás, en el fondo MVM no fuera sino un humilde periodista que trataba con otro de tú a tú, sin orgullo, sin jerarquía, sin galones. Fue muy sencillo fotografiarle.

Manuel Vázquez Montalbán fotografiado el 16/07/1990 en el Hotel Felipe II, San Lorenzo del Escorial, Madrid

    Manuel Vázquez Montalbán.  Su extensa obra trata todos los géneros imaginables e imaginarios: poesía, periodismo, gastronomía, ensayo histórico, crónicas sentimentales de las distintas transiciones políticas o sociales por las que ha pasado el país, novelista afamado y temido columnista, padre de uno de los personajes más leídos de la transición democrática, el cínico, irreverente, resignado, gourmet y conmovedor detective Pepe Carvalho. ¡MVM! Su prematura muerte dejó pasmado y huérfano al universo metafísico y literario, tanto hispánico como universal. Demasiada tragedia para ser verdad, una broma macabra que el destino nos jugó, le jugó a la libertad de expresión, al periodismo, a la crítica social, al análisis de la actualidad política. Aunque desde el caudillaje de bigotes y abdominales se descorchara cava (catalán, en la intimidad) al verse libre del azote del “eje del mal” que tanto zahería con sus artículos al aspirante patriótico a esperpento, uno más, el más chiquitín a pesar de sus botas texanas de los tres de las Azores, cuatro con Barroso. Después supimos que nunca hubo armas de destrucción masiva más allá de las lanzadas contra Irak por la coalición aliada; que el 11 M fue el precio que pagamos todos por la arrogancia de uno, que de aquellos polvos de neocolonialismo económico nos anegan las crisis de precariedad y pobreza de estos lodos.

    Pero ya no estaba MVM. Quizás Manolo Vázquez Montalbán reflexione sobre la estupidez humana zampándose en los Mares del Sur un plato de morteruelo regado con tinto de Peñafiel. Carvalho, como buen hijo, obsequiará los postres con un aguardiente helado que le haya traído Biscúter de Pontevedra.  Y un poco más allá Fuster, Galíndez, Pasionaria y los siete enanitos, los alegres muchachos de Atzavara, el pianista, Sixto Cámara, Juan Marsé, el secretario general asesinado en el Comité Central, el delantero centro y Maruja Torres le obsequien en un balneario con una tarta de inmortalidad porque ayer, 18 de octubre, hizo catorce años que falleció en Bangkok, donde los pájaros, MVM.


Con posterioridad a la publicación de este artículo se ha recibido una columna que MVM publicó hace ahora 23 años. En aquellos tiempos, los españoles descubríamos perplejos que las cloacas del Estado chorreaban mierda, que nuestros ángeles custodios emprendían el camino de Suiza  y que san Isidoro no era tan santo ni tan sosialista. Perdimos, de golpe, la inocencia. Aunque lo que vino después ni siquiera tuvo reparo en destapar las cañerías cegadas, sino que las llenó más aún, hasta reventar, de detritos  sólidos. De ayer, de ahora, de siempre. La corrupción: un fondo sin fondo.

(Por gentileza de http://vespito.net/mvm/indesp.html)


TRIBUNA:

Fondos

M. VÁZQUEZ MONTALBÁN

EL PAÍS, 14 / 03 / 1994


La inocencia existe. Me lloran los ojos interiores del espíritu cuando leo en la prensa que el presidente González ha llamado a varios ministros para pedirles, por lo que más quieran, que hagan un buen uso de los fondos reservados. Doce años después de ocupar la jefatura del Gobierno, admirados de que Felipe González se enterara de lo de Filesa gracias a la prensa, sólo sano estupor puede merecernos ahora que de pronto haya comprendido el mal uso que puede hacerse de los dineros secretos del Estado, dineros doblemente negros. Los medios de comunicación dan muchos disgustos a los políticos, pero de vez en cuando se produce esa venturosa comunión que le permite al señor presidente saber lo que pasa en el país sin otro esfuerzo que poner la radio o leer un periódico. Otra cosa es la meditación sobre el nada espléndido aislamiento de este hombre inocente entre los inocentes y la duda del uso que haga de tanto sociólogo, historiador y politólogo de cámara, proveedores de ideología de la presidencial casa y al parecer poco duchos para compensar la tendencia a la inocencia del señor presidente. Aterra pensar en cuántas tiernas ignorancias vive todavía este hombre y lo necesaria que es su inmediata puesta al día sobre el claroscuro del mundo. Por su bien y por el de todos los españoles, alguien de su entorno debería desvelarle cuanto antes los secretos más míticos de las almas y los cuerpos. Por ejemplo, que los niños no vienen de París, que los Reyes Magos casi siempre son los padres (sin desmerecer ni a don Juan Carlos ni a doña Sofia), que los Clinton tienen las piernas feas y gordas bajo el chándal, que Semprún ya no es Federico Sánchez, que Alfonso Guerra nunca llegará a Córdoba. De lo contrario, el señor presidente un día puede morir de candor. Mucho más tonto que morir de éxito.


Enlaces relacionados

Son, o fueron

Pasionaria y los siete enanitos

Pepe Carvalho tras las huellas de don Quijote

Comer es inocente

Soberanía

Rafael Alonso Solís

Es de suponer que pocas horas después de la redacción de esta columna, el Parlament de Cataluña tome la decisión de continuar desplegando las leyes que ha ido aprobando durante las últimas semanas. Ni lo habrá hecho con limpieza, ni considerando más que el punto de vista de una parte de la ciudadanía a la que representa. Puede que no les quepa otra, aunque ya haya quien piense que han ido demasiado lejos o demasiado aprisa, y aunque Andreu Mas-Collel –el consejero de Economía anterior a Junqueras,  inventor del modelo ICREA y creador de la Universidad Pompeu Fabra– haya avisado con prudencia. Hoy mismo, Immannuel Wallerstein recordaba –e Ignacio Ramonet lo reproducía en las redes sociales– la afirmación de Donald Trump en su discurso en Naciones Unidas de que había sido elegido para defender la soberanía de Estados Unidos. Pero, ¿qué es la soberanía? ¿Significa lo mismo para Trump que lo que significaba para Nelson Mandela? Seguramente significa lo que queramos, lo que desee enfatizar la persona que enarbole el concepto, lo que mejor justifique la intención de quien la escriba o la pronuncie. Para Wallerstein –uno de los referentes del movimiento antiglobalización, junto a Chomsky y Bordieu, y un anunciador del declinar de la hegemonía estadounidense desde los ochenta–, no es otra cosa que un mito, “uno que tiene diferentes consecuencias en diferentes momentos del sistema-mundo”. Como tantas palabras diseñadas por la especie para comunicarse ideas y establecer un diálogo, una que puede tener tantos significados como deseen sus usuarios, y que solo la posición moral con la que se utilice puede otorgarle sentido y recorrido hacia el futuro. A lo largo de la historia de la humanidad, y gracias al proceso de encefalización, hemos ido inventando palabras o las hemos recibido de los cielos en raros momentos de inspiración. Puede que las palabras constituyan una cima, a veces inalcanzable, cuando forman parte de la poesía, cuando se nos aparecen como visiones emergiendo del cuarto oscuro o cuando nos resuenan en la cabeza con su música callada. Sin embargo, aunque fabricadas con los mismos elementos, construidas con las infinitas letras que se encuentran ordenadas en la biblioteca de Babilonia, se convierten en pedradas cuando son manejadas por los constructores de ideologías de batallón, por los dirigentes políticos o por los diseñadores de opinión interesada. Como también señala Wallerstein en su artículo, “nuestro juicio moral depende de la totalidad de las consecuencias, y no del mito de la soberanía”. La visión del sociólogo neoyorquino tiene especial relevancia porque buena parte de su obra intelectual y de su compromiso han estado relacionados con los conflictos africanos postcoloniales y con la evolución de la economía capitalista en el seno del sistema-mundo. En estos días y en los que están por venir –que seguramente serán peores, como hace tiempo augurara Ferlosio–, hemos visto cómo se utilizan las mismas grandes palabras en forma de clavos ardientes con que torturar al adversario. Una tortura que ha partido de ambos gobiernos. Por eso sobran.

work1_chantier_web1

Un veinteañero: el Guggenheim

Etiquetas

,

 

Gabriel de Araceli

    La arquitectura transforma el paisaje, interactúa con el entorno físico y crea nuevas relaciones socioeconómicas, culturales, nuevas costumbres, nuevos hábitos entre el individuo y el objeto arquitectónico creado.

    En el caso del Museo Guggenheim la transformación del entorno ha sido absoluta. Un lugar inhóspito y sucio, la ría de Bilbao, se convirtió en un nuevo paisaje, el signo de progreso de una ciudad para habitar, para vivirla.

    El espacio se humaniza y se crea una dependencia mutua. Las formas, los volúmenes desarrollan nuevas funciones y el individuo se adapta y corresponde utilizando la nueva arquitectura.

    Se trata de un nuevo ecosistema colonizado por un nuevo uso, La arquitectura del Guggenheim ha sido una nueva vida para el paisaje, para la ciudad de Bilbao.

    La fascinación de las formas y volúmenes producida por el Museo Guggenheim ha sido un fenómeno universal. Viene a representar la nueva catedral, o a sustituirla, es el edificio al que se peregrina, un nuevo camino jacobeo. De Bilbao, en este caso. Solo han cambiado los iconos. De representaciones religiosas se ha pasado a superficies curvas y ondulaciones abstractas, como una sinfonía de rectas y texturas que se armonizara en un doble espacio, gaseoso y líquido, que la atmósfera modifica constantemente. El espejo en el que el peregrino se mira reconfortado porque ha encontrado la luz que buscaba en su viaje.

    Otras ciudades han seguido el efecto llamada del Guggenheim y han construido edificios emblemáticos para atraerse la atención mundial, no siempre con los resultados previstos. La Ciudad de las Artes en Valencia es un ejemplo de esa arquitectura escaparate en el que se mezclan ambiciones, corrupciones, fraudes, irregularidades urbanísticas, defectos de construcción, intereses económicos, financieros y políticos.

    El Museo Guggenheim, obra del arquitecto norteamericano de origen canadiense Frank Gehry, se inauguró el 18 de octubre de 1997. Un veinteañero.

®Fotografías de Ángel Aguado López


Enlaces relacionados

_DSC5686_web

Habitar en una obra de arte: la Villa Savoye


El apóstol y la duquesa

La Casa de Alba se instala en Loeches a través del conde-duque de Olivares, Gaspar de Guzmán de Pimentel, valido del rey Felipe IV, que muere en desgracia política y sin sucesión (1645). Se empieza a construir en 1635 por Alonso Carbonel. Este fue el mismo arquitecto que hizo el palacio de la Zarzuela.

La fuerza del relato

Rafael Alonso Solís

    En la historia de la Humanidad escrita por Yuval Noah HarariSapiens, De animales a dioses– se explica la forma en que nuestros antepasados antropoides permanecían agrupados con cierto sosiego en pequeñas manadas, de no más de 30 o 40 individuos, mientras deambulaban por ahí en busca de alimento. Hasta alcanzar ese número debía ser sencillo para el líder mantener tranquila a la cuadrilla sin más necesidad que un par de rugidos o  una exhibición de colmillos. Como mucho una dentellada a tiempo, idealmente en zona dolorosa. Si las cosas iban a más, lo que ocurría cuando algún macho ambicioso y agresivo decidía competir por la jefatura, es probable que el conflicto devengara en confrontación inevitable, la cual, una vez iniciada, no podría finalizar más que con la derrota definitiva de uno de los oponentes, que a buen seguro sería despellejado y sus restos, tras una jornada de maceración en jugo de bayas salvajes, acabaría sirviendo de alimento rico en proteínas para el sostenimiento del grupo. Es previsible que la comunión gastronómica contribuyese a reforzar el liderazgo del jefe si el vencedor había sido el dirigente conocido, o a hacer emerger al nuevo, con la ilusión que eso siempre provoca en los súbditos. La vida en las praderas debía transcurrir así, con cierta placidez y sin más preocupación que la alimenticia, siempre que se mantuviese el tamaño de la tribu, ya que en el momento en que el número de individuos que la formaban superaba la masa crítica surgía el caos, discutían por nada y acababan eliminando a los disidentes o expulsándolos del entorno familiar de mala manera. El mundo ocupado por los antecesores de la especie humana, aunque reducido a ciertas zonas de África, Europa y tal vez Asia, debía estar ocupado por multitud de pequeñas comunidades endogámicas sin relación alguna entre ellas y, desde luego, incapaces de establecer algún primitivo elemento de cooperación entre las mismas. ¿Cómo fue posible en ese escenario que algunas tribus fueran capaces de agruparse e, incluso, comenzaran a diseñar ciertos objetivos comunes, a redactar un plan estratégico y a diseñar una hoja de ruta? Según Harari –que no cae en la simpleza de relacionar el punto de inflexión con la visita de una avanzada civilización extraterrestre, ni a la intervención de alguna deidad aburrida por la falta de retos–, la clave fue la invención del mito, la aparición del relato original como fuente de identificación colectiva, el nacimiento de la ficción como creadora de almas e identidades. hinchas

    Aunque seguramente elementales en sus inicios, los relatos míticos tuvieron el efecto de integrar a los miembros de las pequeñas entidades tribales en torno a una fantasía común, tan irreal como atractiva, siempre con el componente unificador que tienen los cuentos, que ya desde entonces comenzaron a formar parte de la historia y religión colectivas. Todo se comenzó a explicar como parte de un destino trazado desde no se sabe dónde ni por quién. Poco a poco, como lógica consecuencia, comenzaron a fabricarse banderas.

 

Más artículos de Rafael Alonso Solís

España como mito

Los celos de la tribu

Arte, ciencia y revelación

Como el toro

Etiquetas

, , , ,

Rafael Alonso Solís

Hace unos días falleció Jake LaMotta, ex campeón del peso medio cuya mayor gloria fue pelear seis veces con Sugar Ray Robinson, ganarle en una y no ser noqueado en ninguna. La Motta boxeó hacia finales de los cuarenta y principios de los cincuenta. Las crónicas de la época, bañadas en humo y sudor mezclados con testosterona, dicen que hizo guantes con Robert De Niro para el rodaje de El toro del Bronx, la gran película de Scorsese. Probablemente fue al revés y, según la teoría de la influencia de Bloom, fuera De Niro quien enseñara a LaMotta los movimientos de la cámara para que pareciese más real, o que todo se tratase de un arreglo entre italianos. Una noche en que los garitos del Bronx estaban cerrado entré en el Savoy y, para mi desgracia, me encontré con José Luis Alvite dormitando sobre la barra. Cuando quise escapar ya era tarde: me reconoció y me obligó a invitarle a un trago. A cambio me contó la historia de Franquie Carbo y Frank “Blinky” Palermo. Carbo procedía del clan de los Luchese, donde había trabajado como matón y aprendido la técnica de la extorsión. Aún hay quien dice que participó en alguna matanza de irlandeses ordenada por Capone. Palermo, por su parte, llevaba años dirigiendo el juego sucio en el boxeo americano, amañando combates, encumbrando a paquetes hasta el momento en que dejarlos caer proporcionaba beneficios a los políticos de Nueva York. A Ike Williams –que denunciara los manejos de la mafia en torno al boxeo profesional de la época– llegó a hacerle campeón de los ligeros hasta que perdió por puntos frente a un boxeador llamado –otra vez la influencia– Jimmy Carter. Jonny Saxton tenía un record de treinta y nueve triunfos en cuarenta combates, pero se sumergió en el descrédito bajo el amparo de Palermo. Los dos socios, Carbo y Palermo, adquirieron el contrato de Sonny Liston a finales de los cincuenta y lo manejaron durante diez o doce peleas. No es de extrañar que LaMotta cayera en sus manos en algún momento, antes o después, ni que le hicieran enfrentarse a Robinson en seis ocasiones, perdiendo en cinco, sin que, como dijo el mismo LaMotta, acabara desarrollando diabetes por el repetido roce con Sugar Ray. Dado el tamaño de su abdomen cuando se dedicó al show business, es bastante probable que sufriese de un irresistible síndrome metabólico, pero que no le diagnosticaran oficialmente la diabetes debido a que, en esa época, los endocrinólogos tenían la manga muy ancha. Según Alvite –o quien se lo hubiese contado a él–, Carbo y Palermo no actuaban solos, sino que trabajaban para la élite financiera de la época, que operaba en la Costa Este y comenzaba a construir los cimientos de la banca moderna. Enfrentar a dos runging bulls para ganar dinero con las apuestas no era otra cosa que un ensayo para negocios mayores. Si los dos se mueven por identidades, el choque puede resultar más fácil.

De Niro y LaMotta, O LaMotta y De Niro. Adivinen quién es quién.

Enlaces relacionados

Siempre hay un plan hasta que te pegan la primera hostia

¡Alí Bomayé!

“La ausencia de estilo es una forma de estilo”

Gabriel de Araceli

    «El desdén hacia el estilo. La relojería narrativa. La ausencia de estilo es una forma de estilo. Si quieres escribir poesía tienes que ser antipoético. Hay que desaprender a escribir para escribir». Y Juan José Millás, en mitad de la conferencia que da en la Universidad de Oviedo, saca su Iphone y ante el estupor del público estudiantil se pone a buscar un poema de Manuel Vilas. Y lo encuentra, y lo recita.

Juan José Millás en la Universidad de Oviedo, el pasado martes, 26 de septiembre.

    Efectivamente, el poema de Manuel Vilas bien podría pasar por un texto insomne escrito por el guardián nocturno de un garaje, aunque Vilas es uno de los más reputados poetas actuales.

    Millás se mueve como Tarzán por las lianas en este aula de la universidad ovetense, que no tiene ni micrófono, entre un público virginal entregado a las anécdotas y chascarrillos que trae preparados y acumulados en el largo ejercicio de su profesión de autor-conferenciante-columnista y doctor honoris causa, entre muchos otros galardones conseguidos en sus muchos años de escritor. «Algo que se puede decir en cinco líneas no debe decirse en diez. En un espacio muy pequeño, un libro, puede contenerse el mundo. Algunas naciones no tienen historia literaria porque no tienen libros gordos, en complicación narrativa y en extensión. Y uno de los libros más complejos y menos extensos es LA METAMORFOSIS, de Franz Kafka». Aprobado general. Nadie dice ni pío entre el alumnado, atento a las palabras de Millás que llegan como en sordina por más que el autor eleve el volumen de su voz.

    «¿Por qué mimetizamos estilos ajenos y no creamos el nuestro?» pregunta Millás. Y se responde contando que «cuando yo empecé a publicar, en los 60-70, si los críticos decían de tu obra que era lineal y costumbrista estabas perdido. Entonces se llevaba el experimentalismo, una reacción a la novela realista. Consistía, básicamente, en que la novela no se entendiera. Y a esa corriente me adherí. A mi primera novela la titulé CERBEROS SON LAS SOMBRAS para que se tomara por experimentalista, y gané el premio Sésamo de novela 1974». Y con cierta ironía o quizás para reprocharse su adhesión experimentalista proclama que «lo peor que le puede pasar a una novela es que esté bien escrita y que se lea bien, porque la crítica la desechará». Carcajada general, incluso las profes, que son mayoría entre el personal docente, se ríen con las cosas tan simpáticas que cuenta el bueno de Millás.

    «Para titular un artículo extraigo una palabra del texto que tenga relación con el conjunto. Generalmente funciona. Y para titular una novela… el título debe ser un exudado del contenido». La timidez del alumnado llegado el turno de preguntas decide a algún profesor a romper el hielo. Y a la cuestión de qué es una nación Millás responde que: las realidades imaginadas, los inventos, los mitos, los cornetines que arrastran a más de cincuenta individuos, número que el ensayista Noha Harari describe como el habitual en la prehistoria en su libro SAPIENS para formar un grupo con identidad propia. Eso es una nación.

    Aplausos, aplausos, aplausos y los parabienes de los profesores, encantados todos con Juan José Millás.

 

Gorilas en las redes

Rafael Alonso Solís

    Cuando el intelecto se expresa a través de un ondear de banderas resulta muy difícil, al menos más que de costumbre, sacarle partido a algunas de las capacidades que se supone que la encefalización ha desarrollado en la especie humana a lo largo de siglos de ensayos y errores. Mejor opinar de poesía oscura, de mecánica estadística o de criptología pura, asuntos que, por su propia ambigüedad, permiten la gracia del matiz y suelen servir para enriquecer el lenguaje. Ayer se me ocurrió matizar una de las llamadas que nos hacen en las redes sociales con objeto de reclutarnos para alguna confrontación, tratando de señalar que estar a favor de “los” referendums, o de uno en particular –que debería haberse producido hace mucho tiempo, y en las condiciones adecuadas–, no necesariamente significaba estarlo a favor de “éste”. A pesar de ello, resulta que sí lo estoy, incluso a pesar de estar planteado con maneras de trilero y de sospechar que será utilizado para exaltar y apuntalar lo que desea su élite promotora, y no necesariamente lo que desearía una multitud de ciudadanos y ciudadanas que quieren votar, de una puñetera vez, y con toda razon. ¡Ah, el matiz! En el limitado espacio de las diez líneas –casi un ensayo para el facebook– se me ocurrió decir “dejémonos de banderas, que no son otra cosa que trapos de colores, y comencemos a pensar un poco, porque es bastante posible que la convivencia de la especie humana en el planeta, y seguramente su supervivencia, sea un asunto que debería llevarnos a reflexionar, primero, y a hablar después, más allá de la estúpida tribalidad en que la especie está metida”. La contestación –una contestación– fue rápida y mi tímida llamada a la reflexión fue calificada de “sesudo comentario”, identificándolo como un “rasgo típico de un nacionalista español que se niega a reconocer el derecho de autodeterminacion de los pueblos”. Reconozco que no sé lo que son los “pueblos”, y que cuando se utiliza esa terminología me temo que no se quiere decir nada, o que se quiere decir otra cosa. Últimamente he tratado de seguir el consejo de no beber si voy a navegar por la red de redes, y juro que en esta ocasión estaba totalmente sereno. Si la bandera es una forma barata y rápida de enardecer a las huestes, las redes ya se han hecho un hueco privilegiado en esa función. La red, por lo tanto, no sirve para hablar, ni menos para razonar con cierto sosiego, sino para felicitar por el cumpleaños, resaltar la belleza de una imagen o para insultar a quienes piensan de otra manera. Yo mismo lo he hecho –eso, sí, únicamente cuando había bebido–, y me he arrepentido de inmediato por la simplificación. La ventaja de pontificar en los garitos es que después no hay actas, mientras que en las redes sociales el sistema te puede devolver durante días y años la boutade que se nos ocurrió una noche de vino y rosas.