Vestidos de domingo

Fotografías de Terry Mangino

      Los recovecos y rincones del Rastro madrileño son un escenario abierto al espectáculo de la vida los domingos por la mañana. Solo hay que asomarse al patio de la Ribera de Curtidores para contagiarse de la alegría de los actores anónimos que ocupan la escena callejera e interpretan su papel, protagonistas de sí mismos. Aunque el sol se haga el remolón y apriete el frío o la lluvia.  Si te gusta la función, aplaudes o dejas unas monedas. Si no, sigues caminando en busca de nuevas actuaciones. El observador atento ve pasar ante sus ojos todas las secuencias que conforman la existencia de sus semejantes: alegrías, anhelos, deseos, ansiedades, duelos, dramas. Son las historias que cada individuo lleva en su interior reflejadas en sus rostros. Solo es cuestión de mirar detrás de las máscaras. La calle, el mejor teatro del mundo.

 Enlaces relacionados:

Los alegres vecinos del Campo de la Cebada

_DSC0003_web

Anuncios

Retorno a Wounded Knee

Rafael Alonso Solís

        Los nuevos fascistas se estimulan entre sí todos los días ante el anuncio del apocalipsis –la invasión de las ciudades blancas por las hordas negras y cobrizas, la multiplicación de los homosexuales, las pretensiones de las mujeres y la complementaridad cromática de los trapos de colores–. Ya no cabe duda de que estaban ahí, de que siempre han estado ahí, agazapados hasta que llegara el momento y reunieran las armas necesarias. Tampoco de que cada vez son más y de que han decidido competir entre ellos mismos por ver quién la tiene más larga, quién es más chulo y quién está dispuesto a disparar contra el primer inmigrante. Se trata de una disputa en el mejor estilo de la mafia, en la que la capacidad de entendimiento responde al habitual pragmatismo que rige en las relaciones entre familias que se dedican al mismo negocio. Y ahí sí puede detectarse la amenaza real de que comiencen a venir por cada uno de nosotros. Cuando los esclavos que seguían a Espartaco se comenzaron a dividir en facciones –quien sabe si envueltos en banderas de distintos tonos o tras rezar a dioses diferentes–, se vieron rodeados por veinte legiones romanas venidas arriba tras una campaña victoriosa en las tierras de Hispania, y la rebelión de los gladiadores terminó por exterminación y acumulación de cuerpos sin vida en las cunetas. Siglos después, en 1876, durante la fase crepuscular de las guerras indias, un importante ejercito cobrizo, formado por guerreros de nueve tribus bajo el mando de los jefes Sioux Caballo Loco y Toro Sentado, aniquiló sin piedad al mismísimo Séptimo de Caballería en Little Big Horn, acabando con la leyenda torcida de George Armstrong Custer, un militar bravucón, dicen que borracho y con aspecto de emocionarse con facilidad ante el ondear de los trapos de colores. Puede que con aquel triunfo los indios firmaran su definitiva sentencia de desaparición como pueblo. En 1890, catorce años después de que al cadaver de Custer le arrancaran la cabellera, en Wounded Knee el ejército blanco pasó por las armas a cerca de 350 lakotas, de los que dos terceras partes eran mujeres y niños, no directamente implicados en las labores de la guerra. Caballo Loco murió a bayonetazos un año después de su triunfo sobre Custer, y a Toro Sentado lo asesinaron soldados americanos, algo antes de la matanza de Wounded Knee. Como en Gaza, como en Alepo, como puede ocurrir en la frontera de Estados Unidos cuando la marcha de inmigrantes se enfrente al más poderoso ejército del planeta. Porque el apocalipsis que se atisba no es ése del que alertan los nuevos fascistas. Son ellos mismos, con Trump o Bolsonaro al mando del Séptimo de Caballería. Con miles de legionarios dispuestos a alistarse en la vieja Europa y en el Nuevo Mundo. Con un escogido grupo de aspirantes a ponerse de nuevo los correajes, cubrirse con la bandera y echarse al monte. En Wonded Knee, despistados y rodeados por sus huestes, estamos nosotros.

Fotos de Terry Mangino

marroquies_boadilla

Inmigrantes marroquíes en Boadilla del Monte, Madrid, sobre 1987.

 

 

Topar con la iglesia

Rafael Alonso Solís

        En la memoria literaria de quienes comenzamos a leer en castellano, hay que reconocerle a don Alonso Quijano el privilegio de ser uno de los primeros que nos avisara de los riesgos de topar con la iglesia. Es posible, en su caso, que se refiriera a la versión católica y romana –única que se define a sí misma como santa y apostólica–, la que tenía más cerca y entre cuyos lodos ideológicos deberían moverse los caballeros andantes de la época. Aunque, teniendo en cuenta el amplio conocimiento de la vida y sus desgracias por parte de su inventor y maestro, particularmente las asociadas a las creencias religiosas –no hay que olvidar que Cervantes respiró, por lo menos, los aromas de dos religiones, y hay quien apunta a que tal vez hubiese una tercera–, puede que el aviso fuese genérico y englobase a todas ellas. Lo cierto es que en lo referente a este país uno siempre ha tenido la sensación de estar rodeado de hábitos y sotanas por todas partes, entrometiéndose con vulgaridad de comerciantes en los aspectos más temporales de la existencia, permitiendo y alimentando el flujo del odio entre congéneres si ello les beneficiaba, y representando la versión más cutre y tramposa de la espiritualidad. De esa forma, y con una indiscutible habilidad para  mantener un negocio próspero durante siglos, los clérigos –de momento no hay clérigas, porque en el caso de la iglesia las mujeres tienen garantizado su papel como cocineras y camareras de hotel– han vivido de oficios tan bien escogidos como el ejercicio de la prédica, se han aprovechado de la lógica angustia que a los seres humanos les produce la imposibilidad de encontrar respuestas convincentes a las preguntas que bullen en su cerebro, y se han apuntado a los bandos ganadores de cada conflicto, con el cinismo de quien ha diseñado una moral específica para el control de la parroquia. Pocos espectáculos más repugnantes que los de aquellos curas gordos como cochinos que, tras la guerra civil española, levantaban el brazo en saludo fascista, sonreían melifluos cada vez que recibían al dictador y a su familia, y lo escoltaban bajo palio durante su entrada a los templos, en un gesto tan insolente como pueril. Por desgracia, parece nuestro destino topar con la iglesia –en su versión más rancia– una y otra vez, aguantar la desvergüenza de sus privilegios fiscales y contemplar como su intromisión en la vida de la ciudadanía sigue estando relacionada con sus propios negocios materiales. Ahora que la sociedad civil parece dispuesta a reparar alguno de sus errores, es la misma iglesia que ganó la guerra la que se ofrece a alquilar una suite mortuoria en el centro de Madrid, para ubicar los huesos del último dictador al que se rinde culto en la vieja Europa. Al final, va a ser el dinero el que decidirá el lugar de la tumba de Franco, tal vez cerca del ático desde el que Rouco Varela disfruta del aire de las Vistillas.

Los olvidados

Gabriel de Araceli

     Los archivos son inmensos pecios en los que el investigador bucea ajeno a las misterios que pueden albergar. De repente salta la sorpresa, se encuentra con tesoros sumergidos en el fondo del tiempo, salen a la superficie testimonios de la historia que vivieron las generaciones anteriores.

             Hace ahora 120 años el Tratado de París, firmado por España y los Estados Unidos ponía fin a los restos del imperio español: Filipinas, Puerto Rico y la joya de la corona, Cuba. Las colonias de ultramar quedaban en manos yanquis o conquistaban una independencia sojuzgada por el tío Sam de la que aún no se han liberado. Pasaron de una opresión a otra. Aquello fue un trauma nacional, una catarsis colectiva que sumió a la nación en el desencanto, en el pesimismo y en la derrota. Veinticinco años antes, en 1874, el capitán médico Santiago Ramón y Cajal, un joven de 22 años que ya había participado en la última guerra carlista, la que va de 1872 a 1876, embarca rumbo a La Habana. Regresará a la península en junio de 1875 afectado de paludismo y en estado de extrema debilidad. En 1906 recibió el Nobel de Medicina, compartido con Camillo Golgi.

         Estas son dos joyas que el buceador ha encontrado en el mar de los legajos.

Lulio_aguado_web

Coronel Lulio Aguado Nieto

Guerra de Cuba

Hoja de servicios del coronel Lulio Aguado Nieto (Procede del Archivo Militar de Segovia)

…- 1894.  Según certificado presentado por el interesado y expedido por el Excmo Señor General de División don Agustín Luque y Coca comandante Gral. de la división de la Trocha, este oficial en el año 1895 prestó a las inmediatas órdenes de dicho Gral. los servicios siguientes: Declarado el estado de Guerra en territorio de Las Villas en 24 de febrero de 1895 quedó auxiliando con gran inteligencia, celo y actividad los trabajos reservados de Secretario de la Sección de Campaña del gobierno Militar y Civil que posteriormente se le confió, acompañando al mencionado General en cuantas salidas tuvo necesidad de hacer por las jurisdicciones de Cienfuegos y Remedios y fue comisionado para desempeñar en Sancti Spiritus

Guerra de Filipinas

  1. En su anterior situación [el anterior jefe] hasta el 15 de enero que desembarcó en la plaza de Manila incorporándose a su destino en la Capitanía General de Filipinas el 16 del mismo… Declarado otra vez el territorio de las Islas en estado de guerra el día 23 de abril por la ruptura de relaciones con los Estados Unidos sufrió el bloqueo de Manila por la escuadra Norte-americana que dio comienzo el 12 de mayo, en cuya madrugada se presentó en bahía librando combate con la española y hostilizando a la plaza con fuego de cañón. También sufrió el total asedio de la Capital que por tierra sitiaron desde el 5 de junio los insurrectos del país, quienes primero por sí y después en común acción con las fuerzas Norte-americanas desembarcadas atacaron a diario la población, empleando ambos enemigos artillería de sitio. Según orden general de 4 de agosto fue honrado con la felicitación que el Ministro de la Guerra dirigió a las fuerzas del Ejército en cablegrama de 21 de julio, en nombre de S. M. la Reina, el Gobierno y la Nación por la enérgica y prolongada resistencia de la Plaza, calificando el servicio de heroico e inapreciable. Por la defensa de la plaza contra Americanos e insurrectos hasta el 7 de agosto se le concede por el E. S. C. Gral [Excelentísimo Señor Capitán General] del distrito en 12 del mismo mes la cruz de 1ª clase del Mérito Militar con distintivo rojo. El 13 de agosto y después del combate habido en que tomó principal parte la escuadra enemiga que bombardeó y rompió la línea de defensa, capituló la plaza con el Ejército Norte-americano que la ocupó; y en ella quedó este oficial con las tropas españolas finando el año en esta situación.

filipinas_web

Soldados españoles en Filipinas

Acciones de guerra en el distrito de Manila, 1898 (Archivo Militar de Madrid).

Copia que se cita a Exmo Sr.

       Después de 39 días de prisión conseguí burlar la vigilancia de los rebeldes y con gran sentimiento pongo en conocimiento de VE lo que ha sucedido con mi desgraciada compañía compuesta por 149 hombres y 4 oficiales. Estando en el pueblo de Seamoan [actual Sasmuan] a las 1 de la madrugada del 31 de mayo recibí una orden del Exmo Sr. Comandante General del Centro de Luzón para que con mi fuerza marchar a Orani (Bataan) a ponerme a las órdenes del Coronel Francia. Sin pérdida de momento y embarcados en el Cañonero Arayat marché hasta dicho punto llegando a las 8 y ½ de la misma encontrando en ella al Coronel Francia que dispuso continuase mi marcha al pueblo de Samal (¿) y de allí al barrio de Mabatang donde encontré fuertemente atrincherado al enemigo a las 4 de la tarde y que al divisar a mi pequeña columna rompieron fuego de fusilería y cañón que fueron inmediatamente contestado por nuestras fuerzas, que después de dos horas de fuego y habiendo observado el movimiento envolvente que querían hacer por superioridad y que sin temor alguno pasarían de 1500 hombres ordené la retirada hacia el pueblo de Samar, que al llegar cerca de él encontré al Teniente de la Guardia Civil D. Emilio Salazar con 20 cazadores que venía a protegerme quedando otros 40 de el convento al mando de un Teniente de Cazadores, en vista de que el enemigo venía siguiéndome me vi obligado a meterme en el convento de Samar donde casi podría sostenerme hasta que el Coronel Francia me auxiliare. Cuatro días me tuvieron completamente sitiados los rebeldes y en continuo fuego, el segundo día nos encontramos sin agua, sin comida y como los refuerzos no venían intenté romper el sitio, habiendo tenido la desgracia de perder en las tres veces que quise salir del convento 100 voluntarios y 2 cazadores que como fieras murieron frente del enemigo, recibiendo el que tiene el honor de dirigirse a V.E. un balazo en el pecho, así todo me mantuve 48 horas más hasta que habiendo consumido hasta el último cartucho me vi obligado a capitular con el enemigo que se obligaban a respetar las vidas de todos, más esto no lo cumplieron, pues los 44 voluntarios que me quedaban fueron macheteados cobardemente por ellos, llevándose prisioneros a los 88 cazadores, un teniente del mismo, el teniente de la Guardia Civil d. Emilio Salazar, cuatro oficiales de mi compañía y el que suscribe, que fuimos todos conducidos a Cavite. Dios guarde a V.E.  ms. al Mando. 13 de Julio de 1898. Antonio Gómez.

Exmo Sr. Coronel Jefe principal del Regimiento Movilizados. Blanco. Manila.

Es copia- Blanco rubricado.

El Capitán de E. M encargado del Detall

Antonio Vuian [(¿) ilegible]

 

El Diablo de la Guarda, presentación en Torrelodones

Gabriel de Araceli

    El 18 de octubre a las 19:00 h se presentará, en la Casa de Cultura de Torrelodones, la nueva novela de Alfredo F. Alameda (escritor de la localidad) El Diablo de la Guarda.
    Se iniciará el acto con un breve sketch cervantino a cargo de Emilio Pascual.

Torrelodones[4][1].jpg

       El pasado lunes la novela fue presentada en Gijón, como se ve en la referencia publicada en el diario La Nueva España.

novela_alfredo_2

Libro_alfredo

Fuera sotanas

Rafael Alonso Solís

La invención de la religión constituye uno de los descubrimientos estrella de ciertas élites. Tal vez de la élite por excelencia, cuyo objeto no es otro que dirigir el rebaño a partir de un par de ideas sencillas. El mundo ha sido creado por un ser omnipotente que se ha arrogado el derecho a hacer lo que le venga en gana; un sátrapa capaz de tomar decisiones expeditivas sin la obligación de dar explicaciones; un director de escena con una imaginación más bien escasa, ya que se repite en exceso, pero siempre con la rotundidad de los cineastas de fuste. ¿Por qué decidió enviarnos el famoso diluvio universal? Porque podía hacerlo. Es más que probable, por lo visto después, que no haya sido el único de la historia antigua, pero sí el primero registrado por los medios de comunicación de la época y el que más fama le dio, como si hubiese sido escogido como manifestación de poder. ¿No teneis claro quién manda? Pues ahí va eso. Después ha habido muchos otros gestos de la misma calaña. De hecho, el último espectáculo aún muestra sus efectos devastadores sobre las costas de Indonesia, una región en la que casi siempre se encuentran localizaciones apropiadas para mostrar la potencia del inventor. En una ocasión, alguien preguntó a Hugo Lasalle –un jesuita alemán que concilió el misticismo cristiano con el budismo Zen– por el lugar en que había que ubicar a Dios a la hora de dirigirse a él durante la oración. Tras unos segundos, contestó que en el interior de cada persona. Es posible que Lasalle, que había sobrevivido al bombardeo de Hiroshima, quisiese desvincularse de aquel monstruoso pintor de batallas, y que a través del silencio hubiera encontrado en el suyo un espacio en el que comprender el misterio del origen frente a los horrores del mundo. Tal vez no se atrevió a expresar la realidad que, a poco que hubiera reflexionado sobre ella, debía emerger luminosa ante sus ojos. Si el ataque atómico sobre Japón había sido ordenado por una cabeza militar, no parecía algo muy distinto de aquellos montajes del pasado, cuando las aguas arrasaban la tierra y la limpiaban de basura biológica, al menos hasta que otro ciclo tuviese lugar. Ahí, quizá, radicaba el papel de la iglesia –en este caso la católica, si bien no existen diferencias sustanciales en los objetivos y el procedimiento de los distintos credos–, el de transmitir el mensaje del jefe a traves de sus portavoces oficiales, es decir, de los portadores de sotanas. Menudo chollo. La sotana, al final, ha servido para encubrir lo que hiciese falta. Bajo su manto oscuro se ha producido la mayor operación de abuso infantil de la historia. Pero es solo ahora, cuando el escándalo no resiste más verguenza, el momento en que las jerarquías regionales han decidido prohibir los achuchones, los magreos, los sobos y los besos húmedos. Todo ello relatado en el lenguaje característico de la hipocresia litúrgica y la mafia vaticana. Fuera sotanas.

Volando voy, volando vengo

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

     Las chicas andan muy deprisa. Y el que lo dude que intente ponerse a rueda y seguirlas. El ciclismo, un deporte mayoritariamente masculino hace unos años, ha visto como la mujer se ha puesto en cabeza a tirar del pelotón. Y lo hacen muy bien. Estas ciclistas corrían la primera etapa de la Madrid Challenger by La Vuelta, una contrarreloj por equipos en línea de 12,8 Km, prueba que se disputó el pasado sábado 15 de septiembre en Boadilla del Monte, Madrid, en paralelo a la Vuelta a España y que tuvo dos etapas.

_DSC0052_web.jpg

El equipo alemán Sunweb, ganador de la contrarreloj

Sobre una distancia de 12,6 Km triunfó el equipo alemán Sunweb, que corrió a 43,25 Km/h. Corrieron 68 ciclistas de una veintena de países. La segunda etapa, sobre una distancia de 100 Km, se corrió en el circuito del Paseo del Prado, coincidiendo con la carrera masculina el domingo 16. La ganadora final fue la holandesa Ellen Van Dijk, componente del equipo Sumweb, cinco veces campeona mundial contrarreloj y tres de Europa.

 

Enlaces relacionados

Hors Categorie

¿Viva el rey?

Rafael Alonso Solís

      La monarquía británica procede de relatos elaborados durante un sueño brumoso, nacidos en una época en que los dragones velaban el honor de quienes ejercían el liderazgo, los caballeros lucían armaduras luminosas cuya prestancia no se alteraba durante las contiendas y las damas de la corte consumían su belleza en oscuros aposentos, mientras la brujería dominaba los espíritus que moran en la niebla y diseñaba talleres especializados para fabricar espadones mágicos y pabellones de descanso regio en la isla de Avalon. Los ingleses siempre han sido respetuosos con sus monarcas o, al menos, han tenido la habilidad de generar esa sensación de cara al turismo, y suelen pedir a Dios que salve al rey o a la reina en cuanto tienen ocasión, le pagan un sueldo generoso y parecen orgullosos de que los visitantes se hagan fotos frente al palacio de Buckingham.

Fernando VII con manto real

  La monarquía española, especialmente la rama borbónica que nos azota, y que va y viene como el Guadiana, siempre ha lucido un tono entre astracán y esperpento,  y ha hecho de la campechanería una extraña virtud por la que presumir y marcar palmito. Valle-Inclán, que tenía una mirada sensible para captar las imágenes y los sonidos de la calle, nos habló de los calores de la reina castiza, a la que “un temblor cachondo le sube del papo al anca fondona de yegua real”, cada vez que algún amante le olía los sudores y le manoseaba las nalgas. Es cierto que, en el caso de la institución española, la nómina suele ser más liviana, y tal vez por ello a lo largo de la historia hayan sentido la necesidad de desarrollar actividades de emprendeduría y tener cierta presencia en el mundo de los negocios. El casticismo de la saga viene de lejos, dicen los expertos que desde Fernando VII, es decir, a partir de la llamada primera restauración, y ha estado marcada por el morro, una supuesta cercanía con la basca, amplia tolerancia a los aromas de los garitos, un fuerte componente rijoso y una indiscutible vocación por la cópula. Si Andy Warhol afirmó en una ocasión que el sexo es nostalgia del sexo, podría decirse que el casticismo regio de los borbones más recientes se ha movido entre la filmografía erótica, la afición al café cantante y la admiración por las vicetiples. La segunda restauración está representada por los Alfonsos, que reinaron unos 55 años, si bien el segundo lo hizo de forma casi apócrifa, ya que en la primera fase quien rigió fue su madre, y en la última el mismo monarca colocó a un milico en el poder. Ahora vivimos la tercera, de génesis similar a la anterior, pero a la inversa, puesto que fue otro militar quien dió un golpe de Estado y, con objeto de garantizar la continuidad de su obra, puso de nuevo a un borbón en el trono. Mantener la inviolabilidad de tan altas figuras ante sospechas de delincuencia no es de recibo y requiere una urgente modificación de la norma.

[La imagen superior es un fragmento de Los fusilamientos de Torrijos en la playa de Málaga, obra monumental pintada por Antonio Gisbert en 1887, que recoge el ajusticiamiento del general Torrijos y sus seguidores, que se levantaron en armas contra Fernando VII (en el centro, por Goya) en 1831. Museo del Prado, Madrid]

imagen1.jpg

Caricatura del libelo “Los Borbones en pelota”, atribuido, con dudas sobre su autoría, a los hermanos Becquer. Es un conjunto de acuarelas pornográficas y satíricas para denunciar las intrigas palaciegas y vida sexual de la reina de los tristes destinos. En esta aparecen los ministros Marfori y Luis González Bravo, junto a la reina Isabel II. Para saber más pinchar aquí

Si las piedras hablaran

Gabriel de Araceli

     Los vencedores escriben la historia e imprimen en las piedras sus verdades, aunque sea con los renglones torcidos.

     El 17 de noviembre de 1936 la Legión Cóndor, al servicio del general Franco, bombardea Madrid, algo habitual en esos meses de asedio de la capital. El Palacio de Liria, muy cerca del frente, sufre un incendio provocado por dieciocho bombas que lo destruyen prácticamente en su totalidad. En previsión de desastres se había vaciado previamente de obras de arte, depositándolas en la Embajada Británica, en el Museo del Prado y en la caja fuerte del Banco de España. Aún así, las milicias encargadas de la defensa, consiguen rescatar del fuego varias pinturas y obras de arte, aunque una gran cantidad de documentos se perdieron.

     El Duque de Alba, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, padre de Cayetana, residía en esas fechas en Londres, donde era de facto el embajador de Franco. El Duque de Alba, muy amigo de Winston Churchill, había gestionado con el dinero del banquero Juan March el alquiler del avión Dragon Rapid con el que el Generalísimo se desplazó desde Gando a Casablanca el 18 de julio de 1936, y de allí a Tetuán el 19 (llegó con retraso, cuando pudo confirmar que la asonada había triunfado entre la guarnición africana y que su vida no corría peligro, no antes).

     El Palacio de Liria fue iniciado por el arquitecto francés Louis Guilbert en 1767 y rediseñado en gran parte y acabado por Ventura Rodríguez en 1785. Es de estilo entre barroco tardío y neoclásico. Al acabar la contienda bélica, el Duque de Alba empleó parte de su inmensa fortuna en reconstruir el palacio, algo para lo que contó con fondos generosamente provistos por el nuevo estado. Cayetana de Alba continuó con la reconstrucción hasta completarla en 1956.  El Duque había fallecido en 1953.

     Para conmemorar la reconstrucción, en 1959 se erigió una placa en la fachada del palacio en la que el Ayuntamiento de Madrid le reconoce al Duque su noble rasgo.

    Hay que señalar que el alcalde de Madrid en esa época era José Finat y Escrivá de Romaní, el Conde de Mayalde. Finat fue un filonazi, colaborador con la Gestapo y amigo personal de Heinrich Himmler, al que festejó en Madrid con una corrida de toros. Y también era amigo de Reinhard Heydrich, ambos colaboradores personales de Hitler y atroces genocidas. Finat fue director de la Dirección General de Seguridad, la temida DGS. Durante su labor al frente de ella, en 1940 fueron detenidos en Francia, conducidos a España y fusilados por el régimen muchos exiliados republicanos, entre ellos el socialista Julian Zugazagoitia y el ex-presidente de la Generalitat Lluis Companys. Al Conde de Mayalde le sustituyó en 1965 al frente de la alcaldía de Madrid Carlos Arias Navarro, Carnicerito de Málaga. En 2000, el alcalde Álvarez del Manzano puso el nombre de Conde de Mayalde a una calle en Madrid.

Como se puede leer, nada de eso se dice en la placa.

     Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, el Magnífico, fue Duque consorte de Alba por su matrimonio con Cayetana desde 1978 hasta su fallecimiento, el 11 de mayo de 2001. Hombre inteligente, instigador, exquisito, culto, su vida fue un frenesí digno de la mejor novela de intriga. Son recomendables los libros que sobre él escribieran Manuel Vicent: “Aguirre, el Magnífico”; y “El cura y los mandarines”, de Gregorio Morán.

     Jesús Aguirre nació en una época inquieta, el 9 de junio de 1934, hijo de madre soltera, su infancia en Santander fue difícil, quizás por ello se propuso triunfar desde pequeño y llegar a lo más alto. Lo consiguió, fue académico y duque consorte. Quizás fuese vanidad o una muestra más de su carácter altivo o mistificador. En  el panteón de Loeches, propiedad de la Casa de Alba donde yacen sus restos mortales y los de Cayetana, en su sepultura está escrito que nació el 9 de junio de ¡1937!

¡Qué son tres años en la vida de los mortales!

Enlaces relacionados

El apostol y la duquesa

 

 

 

 

 

El ataque de las arpías

Rafael Alonso Solís

Para darme a entender que las vacaciones habían terminado, hace un par de días fui atacado por tres energúmenas cuando deambulaba por una zona solitaria. Sé que no debía estar allí, solo y sin protección. Si te saltas las normas te arriesgas a que te tomen por un intruso. Por un momento me sentí como aquella vez en que, avanzada la noche, fui asaltado por un par de adolescentes en una zona poco aconsejable de Boston, cerca de la frontera con el barrio de Roxbury, y mientras me alejaba imprudentemente de las luces familiares del Prudential Center. La primera arpía me entró por la izquierda, clavando un agudo estilete en el brazo de ese lado, lo que hizo por dos veces con inusitada rapidez, sin permitirme acción defensiva alguna ni darme tiempo para pedir auxilio. El dolor fue muy intenso y agudo, lo que, además de provocarme terror, me llevó de inmediato a identificarlo como el producido por una aguja hipodérmica al atravesar mis carnes. Solo un par de segundos después, la segunda bruja hundió su arma en el brazo derecho con el mismo acierto que su compinche y con idéntica eficacia. Al verlas delante de mí, moviéndose con aparente odio e instinto asesino, dispuestas a continuar con su salvaje agresión y quién sabe con qué intenciones, traté de cubrirme la cara, ante la que se organizaban ya las tres asaltantes –puede que inconscientes, pero indudablemente peligrosas–. Con una habilidad insuperable, la tercera atacante dirigió su pincho hacia mi rostro y lo insertó con crueldad sobre el puente de mi nariz, en el lado izquierdo y cerca de los ojos –lo cual no le resultó muy difícil, porque, en mi caso, ese apéndice es amplio y ofrece una gran superficie como diana–. Salí corriendo como pude, alejándome del lugar de la agresión a toda velocidad, realmente asustado, consciente de que estaba solo frente a aquella jauría y sospechando que no se trataba únicamente de un asalto fortuito, sino de la reacción de una avanzadilla en defensa de su territorio. Estaban allí para eso y, si podían, no iban a permitir que saliera indemne del encuentro. En la huida perdí las gafas de sol, que salieron volando por el aire durante el forcejeo. Una vez que me encontré en un lugar supuestamente seguro hice un recuento de mis heridas. Ambos brazos mostraban ya señales inequívocas como resultado de los pinchazos, y unos cuantos puntitos sanguinolentos –fruto, seguramente, de la cotidiana toma de anticoagulantes– se convertían en señales de mi desigual lucha. A los pocos minutos mi nariz comenzó a hincharse como una verruga desatada, adquiriendo un tono enrojecido que auguraba un mal pronóstico. Tal vez por la cercanía de la zona, mis ojos comenzaron a lagrimear sin freno y una especie de rinitis por contacto me jodió el resto del día. Sé que no debía estar allí, que nunca debí haber invadido un territorio marcado, y que fue un atrevimiento tratar de abrir una verja protegida por un avispero.

Legionarios

Rafael Alonso Solís

     A lo largo de las dos o tres últimas décadas del siglo pasado, Rafael Sánchez Ferlosio escribió una serie de espléndidas reflexiones en el diario El País. La mayoría de estos textos, junto a algún ensayo posterior como God & Gun, están recogidos en el volumen titulado Babel contra Babel, publicado por la editorial Debate en 2016. Dicen las leyendas –aunque puede que lo haya contado él mismo– que Ferlosio escribía sus artículos bajo el efecto permanente y salvaje de las anfetaminas, lo que le permitía redactar sin freno y espídico perdido, enlazando oraciones que se estimulaban a sí mismas y se reproducían de forma partenogenética, embriagándose con las palabras que iban apareciendo sobre el papel y con las que, una vez acorralado un tema, no cesaba de añadirle verbos hasta rematarlo sin compasión.  No se sabe, en realidad, si lo escribía a mano, con máquina percutora o si utilizaba ordenador, aunque esto último resulta dudoso, por lo mal que encajaría con sus alpargatas a cuadros. En los ensayos de Babel contra Babel se habla de ejércitos y de militares, de mercenarios y de banderines de enganche, de armas y de patrias, y se llama la atención con brillantez acerca de los aspectos escatológicos de los antagonismos. También se habla, y mucho, de la guerra, a cuya invención arcaica, cerca del origen de casi todo, se achaca el establecimiento de los hombres y las mujeres como dos especies socialmente diferenciadas.sánchez-ferlosio

En el artículo publicado en El País el 28 de marzo de 1987 –el mismo día en que habrían cumplido años Teresa de Jesús, Máximo Gorki y el general José Sanjurjo, El león del Rif, que pasó la vida organizando golpes de Estado y al que le falló el avión cuando viajaba para encabezar la asonada de 1936–, bajo el título de ¡A mí la Legión!, Ferlosio le da varias vueltas al tema del mercenariado y a la obligación implícita en ese grito espiritual al que, una vez emitido por un legionario, deberá acudir cualquier otro que lo escuche para defender al demandante “contra quien fuere, con razón o sin ella”. Es inevitable vislumbrar el hilo que une el “hedor de milenios” ­–como Ferlosio califica al rastro de los soldados de fortuna– con aquella imagen de hace unas semanas, en la que varios ministros entonaban el himno de la Legión con lo que parecía una versión civil del ardor guerrero. Curiosamente, los cantantes de entonces son los mismos que ahora parecen formar parte del equipo directivo con el que el nuevo líder del Partido Popular aspira a llevarnos de retorno a Tíndalos. Sin más motivo que una retorcida asociación de ideas, seguramente equivocadas, sería posible establecer una relación genésica entre el grito de “¡A mí la Legión!” y la ceguera intelectual, e imaginar a Casado, a Rivera, a Trump, a Kin Jong-un o a Putin –pero también a Ortega o a Maduro– en posición de firmes, vestidos de legionarios y jaleando el paso del Cristo de la Buena Muerte.

_DSC0061_web

La antesala

Rafael Alonso Solís

     Una parte de la falacia vivida es que España, desaparecido de forma natural el dictador,  pudo elegir su forma de gobierno y la figura de quien estuviese situado en el nivel más alto y representativo. Si en 1936 fue un militar ambicioso y traidor –“el sapo iscariote y ladrón”, como lo llamara León Felipe– quien decidió romper la baraja e iniciar la tragedia inútil de una guerra civil, al final de sus días fue ese mismo militar quien reinstauró, no ya el régimen monárquico, sino el suyo propio, el que había diseñado para el desarrollo de sus planes, el que había nacido de la rebelión uniformada, encargando a su heredero castrense y político el cuidado de la herencia. En el cumplimiento respetuoso de ese encargo, la monarquía ha garantizado la continuidad de los vencedores y su transmisión al futuro a través de la endogamia implícita en el entramado genético de la corona. Y esa continuidad, por lo visto, ya contenía las moléculas básicas de la corrupción, el diseño del programa que permite a la cabeza del Estado hacer fortuna y ejercer como un comisionado real. Tan acostumbrados estábamos los súbditos a vivir bajo la figura de un patriarca castrense, cargado de medallas y méritos que se adjudicaba a sí mismo, que no hizo falta mucho esfuerzo para aceptar con cierta placidez la sustitución de uno por otro. En cierto modo, todo quedaba en familia. Por otra parte, tampoco nos preguntaron, no fuera a ser que nos atreviéramos a manifestar nuestras preferencias. Uno ya ha escrito en estas páginas que la figura del rey al que hemos dado en llamar emérito se ha mostrado como una imagen pendular de nuestra propia incoherencia, como una diana para recibir chistes de bajo nivel, como un icono con el que adornar los despachos oficiales. Y nada más. Lamentablemente, incluso reputadas intelectuales, como Victoria Camps, han caído en la trampa de considerar en una entrevista de no hace mucho a Juan Carlos de Borbón como un mal menor, como “una apuesta eficaz”, subrayando su “actuación decidida” al mantenerse fiel a la Constitución durante el golpe de Estado del 23-F. Sin embargo, y más allá de la narración oficial, ¿fue realmente así? La sospecha de la implicación borbónica en la asonada está suficientemente extendida y estaría tan justificada, a la vista de la historia previa y los acontecimiento posteriores, que es lógico pensar –sin que los hechos reales puedan ser conocidos, mas allá de la conjetura o de la consulta de la información que reposa en las cloacas– en una historia bastante más compleja que el relato impuesto. Con buena parte de la familia borbónica nadando en el fango, como lo hicieron sus antecesores durante siglos, tal vez ha llegado el momento en que los súbditos estemos a la altura de la historia para invitarles a buscar trabajo. Nunca lo han hecho, pero tienen buena formación y podrían buscarse la vida sin esfuerzo. La monarquía está sentada en la antesala, a la espera de juicio y de destino.

cambio_guardiaFotos: Terry Mangino

Hors categorie

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino (algunas)

_DSC0101_web     Óscar Pereiro, ganador del Tour de 2006

      —Con guindillas y morcilla asturiana.

    —Con guindillas, morcilla asturiana, morcillo de vaca, sus garbanzos de obispo, su punta de jamón y un cuartillo de vino de Arganda —le soltó a Berrendero el abuelo Epaminondas, que entonces era un chaval de quince años.

    —Cuartillo y medio —le sonrió Julián Berrendero, “El negro de los ojos azules”, que se zampó en un pispas el cocido de 80 céntimos de “La Comilona”, la casa de comidas que los padres de mi abuelo, Epaminondas López, tenían en Lavapiés. Después, Julián se subió a su bicicleta de 19 Kg., enfiló la carretera de Francia, los tubulares enrollados en la espalda, y tras varias horas de esfuerzo coronaba la Morcuera, un portarrón de primera lleno de guijarros y sin asfaltar, por donde sólo subían los vaqueros y con mastines para ahuyentar a los lobos. Aunque ni los lobos ni los puertos asustaban a Berrendero, que era fuerte y duro como el granito del Guadarrama, esculpido en ébano y marfil por el sol justiciero de Madrid.

    Tan fuerte era Berrendero que el 31 de mayo de 1936, tras recorrer los 279 Km de la veintiun etapa de la segunda Vuelta a España, entre Zamora y Madrid, quedó segundo tras Emiliano Álvarez Arana. Y cuarto en la clasificación general final, a 23’14” del belga Gustaaf  Deloors. Sí, Julián Berrendero era un hors categorie.

    Aquella hazaña impresionó a mi abuelo Epaminondas, que se compró por 200 pesetas una bicicleta Pélissier* con ruedas de madera. Tanto le impactó que al día siguiente se marchó al Retiro, donde acababa la Vuelta, para emular a sus héroes. Aunque hizo trampas.

Berrendero    —¡A rueda, Epaminondas, a rueda! —le decía Berrendero cuando el pelotón enfilaba, vertiginoso, el Paseo de Coches. Y el abuelo Epaminondas se ponía a rueda hasta que reventaba en la Fuente de la Alcachofa, donde se escondía entre los castaños a esperar de nuevo al pelotón. Así hasta la última vuelta, cuando confundido con los ciclistas consiguió llegar a la meta, distante unos cientos de metros. Y donde le obsequiaron con un vaso de horchata.

    —Para que te pongas fuerte como Berrendero —le dijo uno de la carrera.

    —Y ahora, el Tour —le soltó Julián el jueves siguiente, que era cuando tocaba cocido en “La Comilona”—. Nos vamos a la Francia, a subir esas montañas y a ganarnos unos francos, que aquí en España están las cosas muy difíciles.

    Ya lo creo que estaban difíciles. Pero eso al abuelo Epaminondas le daba igual. Se entrenaba venga a subir y a subir por la calle Atocha. Bajaba a tumba abierta por la calle Santa Isabel y cuando llegaba a la estación derrapaba y las ruedas escupían una nube de polvo y chinarros sobre las aguadoras que esperaban la llegada del expreso de Algeciras.

    —Niño, vete a tirarle piedras a la puta de tu madre —le decían con cariño aquellas castizas señoras.

    Así todas las mañanas, hasta que un día se cayó y se desolló todo el lomo izquierdo ante los aplausos de júbilo que las aguadoras le dedicaron. Al abuelo Epaminondas no le cupo más remedio que cambiar de itinerario. Y con la excusa de comprar víveres para “La Comilona” se iba a Chinchón, a Aranjuez, a Villaconejos. Lo malo era la vuelta, porque coronar cargado de melones la cuesta de Antón Martín le parecía al abuelo Epaminondas como subir el Alpe d’Huez, que era una montaña muy empinada, llena de lobos que Berrendero se jactaba de subir en poco más de una hora.

    Aunque los ciclistas son muy fanfarrones y exageran y se apuntan éxitos inexistentes y dicen que se han subido a la luna por la cara oculta para que nadie los vea. Porque la primera vez que se subió en el Tour l’Alpe d’Huez fue en 1952, dieciséis años después del cocido en “La Comilona” que se zampó Berrendero. Y fue Fausto Coppi el que llegó primero y Berrendero ya no corría en bicicleta.

    Pero eso aún no lo sabía el abuelo Epaminondas, que siguió entrenándose y entrenándose el verano de 1936. Y el 19 de julio Federico Ezquerra ganó la undécima etapa del Tour de Francia, disputada entre Nize et Cannes. Julián Berrendero acabó aquel año como “rey de la montaña” y el primer español en la clasificación general. El abuelo Epaminondas aún siguió entrenándose algunos días más. Sí, el abuelo Epaminondas era un hors categorie. El 24 de julio se plantó en Arganda para comprar dos arrobas de vino tinto, que llevó a Lavapiés como podía entre el manillar y el sillín. Mientras, la Columna Durruti partía hacia el frente de Aragón desde Barcelona.

    Y el 19 de agosto llegó hasta la Piscina Isla, en el río Manzanares, un edificio racionalista de Luis Gutiérrez Soto, que unos meses después las tropas africanas del general Franco convirtieron en escombros. Aquella misma noche los falangistas mataron en Granada a un poeta, un tal García Lorca. El abuelo Epaminondas se enteró de eso mucho después, seguía emulando a su héroe Berrendero, aunque solo fuera subiendo por la Gran Vía. Tuvo que dejarlo. En el otoño empezaron a caer obuses Schneider del 155 a la altura de Telefónica, poco compatibles con su afición de ciclista.

    El gran Berrendero decidió quedarse en Francia y en 1937 ganó la etapa reina del Tour y corrió el de 1938. Y en 1939 regresó a España, donde nada más cruzar la frontera fue detenido y enviado a un campo de concentración en Rota, donde se pasó un año. Y sin entrenar. Lo de ser ciclista siempre ha sido muy difícil. Sí.

    Cuando en noviembre de 1936, un obús del 155 impactó en la Farmacia el Globo, en Antón Martín, el abuelo Epaminondas comprendió que las bicicletas eran para el verano. Total, tampoco había ya aguadoras esperando el expreso de Algeciras. Así que empeñó la bicicleta Pélissier en el Monte de Piedad. Le dieron por ella 12 pesetas. No, su palmarés de ciclista no fue muy extenso. Nunca subió el Alpe d’Huez. Tampoco Berrendero.300px-Lacets_AlpedHuez

El jueves 19 de julio se corre la 12ª etapa del Tour de Francia, 2018, con final en l’Alpe d’Huez

    Tras salir del pueblecito de Bourg d’Oisans, l’Alpe d’Huez empieza como una pared que hay que asumir con entereza. Después siguen otros 13 Km espantosos marcados por los codos numerados, 21 curvas, que llevan el nombre de los distintos vencedores a lo largo de la historia del Tour. L’Alpe d’Huez no es ni el más duro ni el más alto de los cols hors categorie que se suben en el Tour. Pero es el que concita mayor expectación y arrastra mayor número de aficionados. Durante la celebración de la prueba las cunetas de la carretera, bastante buena y ancha, se llenan de tal cantidad de público que es difícil distinguir a los corredores y el paso de la caravana, convirtiendo el espectáculo en el público en sí, en lugar de los ciclistas. Datos exagerados cifraban en más de un millón de personas los asistentes a lo largo del recorrido de la etapa del Tour 2015, la última vez que se subió.

    El ciclista aficionado que se atreva a subir l’Alpe d’Huez se encuentra arriba con una estación de esquí completamente vacía durante el verano. La soledad absoluta, una ciudad fantasma pensada para el invierno y sin vida durante ocho meses. Sentirá una angustia vital, como abandonado en un escenario de cine de terror. Pasado el terremoto del Tour no queda nadie en la estación de l’Alpe d’Huez, el ciclista tiene la sensación de ser el blanco de algún francotirador camuflado entre los edificios sombríos de un pueblo perdido. Y le asalta la necesidad de partir, de descender al llano de la realidad, de tirarse a tumba abierta por las pendientes verticales buscando el valle, como Sísifo, condenado a ascender y a bajar eternamente una montaña.

Carlos Sastre, ganador del Tour 2008 y de la etapa del Alpe d’Huez del mismo

    *Henri Pélissier (1889-1935) fue un ciclista romántico y contestatario. No se conformaba con pedalear por un puñado de francos mientras que el negociante Henry Desgrange se llevaba la pasta de sus pedaladas. Así que le plantó cara y le montó unas protestas hasta que consiguió que Desgrange soltara la manteca. Pélissier ganó el Tour de 1923. Y la París-Roubaix y la Milán-San Remo y la Bordeaux-Paris y fue campeón de Francia. Pero su vehemencia rayaba en la violencia, era una especie de Caravaggio de los pedales. Su vida privada fue agitada, su esposa Leonie se suicidó disparándose un tiro en la sien. Y dos años después, Camille, la nueva amante de Pélissier-Caravaggio acabó por asesinarle con la misma pistola con la que se había suicidado Leonie.

Sí, Henri Pélissier era un hors categorie. Nunca subió l’Alpe d’Huez.

Enlaces relacionados

VO2 max, valor hematocrito y umbral de esfuerzo

Los héroes también comen patatas

 

Ponte la máscara

Etiquetas

, , , ,

Gabriel de Araceli. Fotografías de Terry Mangino

     —Solo la peineta de carey me costó 500€, y otros 500 la mantilla de chantilly y pedrerías. Y el vestido de terciopelo bordado, imitación de Balenciaga, otros 500. Que me salió por una pasta la Procesión de los Alabarderos. Porque no podía ir así, de trapillo, que después doña Cayetana nos mira mal, la cofradía del santo sepulcro, los muchachos, los de la Guardia Real, ya sabes, con esos calzones apretados, que se les marca todo, en fin, que dios me perdone los malos pensamientos.

     —Uy, pero tú vas al cielo, es como pagar un seguro —le dijo Lola a doña Pura. Aunque eso de rezarle a una imagen cadavérica que te amenaza con el fuego eterno no lo acababa de entender. Por lo menos ella se lo pasó de vértigo el finde en Madrid. Se tiró todo el orgullo besos por aquí, roces por allá, incluso una arremetida con una desconocida, ¿o era desconocido?, que se dio en un bar en Chueca, no lo recordaba bien, demasiado alcohol, aún tenía resaca. Bueno, pensó, lo mío también es por una buena causa, la reivindicación de los derechos de los transexuales y la aprobación de la ley de igualdad de las personas elegetebei.

     —El tatoo del conejito en el ombligo, 200, pero me han dicho que me lo puedo borrar. Aunque no sé, tantos pinchazos en esa zona tan delicada, ¿sabes?, no termina de gustarme. El piercing, el imperdible en el… sí, ahí, otros 200, porque es de plata inalterable, bañado en oro y no produce alergias.

    —¡Qué te has puesto un imperdible en el..! —Doña Pura fingió un gesto de estupor y dirigió a Lola una mirada recriminatoria. Aunque bien pensado podía probar. La idea la perturbó, sintió como si se le alterasen las entrañas. Total, doña Cayetana no se iba a enterar y tampoco tenía tanta fe en el del madero. Ya era hora de darse una alegría, no todo iba a ser rezar, quitarse el disfraz de beata. Lo de la cara de sorpresa que le puso a Lola era… sí, un “postureo”, así lo llaman ahora, se dijo.

    —Pues a mí el imperdible, como tú dices, Pura, me costó 300. Y ahora me arrepiento, porque eso de que iba a tener unos orgasmos explosivos, ¡mentira! —soltó a bocajarro Soraya—.  Me lo puse cuando lo de Neptuno. Sí, lo de la copa esa que ganó mi Atleti, lo hablé con Manolo y se puso que no veas… Y ahí sigue, sin estrenarse, Manolo… na de na, los hombres ni te miran el artefacto, todo se les va en empujar y empujar hasta… lo suyo. Y yo allí, en Neptuno, toda rojiblanca, disfrazada por una buena causa, celebrando la victoria, que me costó una pasta el imperdible, el vestido hecho a medida. Y el maquillaje, toda la tarde en el esteticista, un chino, que no me entendía, lojo no, rojo, rojo, por ahorrarme unos euros. Eso sí, los periodistas, los fotógrafos todos pendientes de mí esa tarde, salí en Telemadrid, como Simeone.

     El camarero del Café Barbieri les dejó el cubo con los seis botellines de Mahou, el segundo. Las tres mujeres tan normalitas pasaban desapercibidas entre el público del café. «Tres amas de casa que se cuentan sus problemas matrimoniales» pensó un momento aquel hombre que escribía lo que escuchaba, la oreja atenta a la conversación de las señoras. Parecía Ian Gibson, parecía.

    «Cómo va a ser una buena causa disfrazarse de rojo y de blanco. Esta Soraya ha perdido la razón. Y también con imperdible, por un hombre, ni que tuviera quince años… Y marcharse ahí, a Neptuno, enfrente del Palace, donde tomo yo el brunch los domingos por la mañana con doña Cayetana, no puede ser una buena causa eso del fútbol, como si fuera un tiorro» se dijo para sí doña Pura mientras sonreía a sus amigas como agradeciéndoles sus confidencias.

     «Anda que está buena esta doña Pura. Más le valía quitarse el luto y venirse al orgullo, o a la calle Pelayo, a ver si le sale un novio y le quita las telarañas de las entrañas. O una novia, que se diera un homenaje transexy o elegetebei… y menos andar con gazmoñerías y rezos fúnebres y balenciagas de mentira, que se le pasó el arroz hace ya tiempo» pensó para sí Lola y dirigió una sonrisa a sus amigas.

     «Pues anda que no se ha vuelto idiota la Lola con la novia esa que se ha echao. Si yo la recuerdo de siempre morreándose por los bares de Lavapiés con tíos. Si ha tenido un montón. Y ahora, ¡que se ha hecho torti! y que se ha puesto un imperdible ahí. Vamos, a mí ni se me ocurre, con lo que debe de doler. Cómo que me lo voy a creer. Ni por una buena causa ni por nada, que no, que no, que a mi me gustan los tíos, el Manolo, y el Atleti. Bueno, tampoco tanto, fui a Neptuno porque Manolo me dijo que iría, que después ni fue, que si no, ahí me iban a ver a mí, tan ridícula disfrazada de rojo y blanco. Pero si no me gusta el fútbol» se dijo para sí Soraya y sonrió a sus amigas.

    «Somos tan iguales en el hecho diferenciador que sólo nos diferencia, o nos une el disfraz, el color de la máscara, o de la bandera, o de los pendientes, que unos los llevan en las orejas y otros ahí, sí, en ese sitio tan incómodo. A las procesionarias de negro les siguen los disfraces rojiblancos y con el calor el sarampión de los guerreros y las guerreras del arco iris. Todos reivindicamos algo, ya sea el abrazo a la diferencia y al homónimo o la explicación de lo inexplicable. Tacones por aquí, balenciagas por acá, correajes por allá, plumas por acullá, sudor, oraciones o goles en propia puerta… Ponte la máscara y podrás tener felicidad, porque todos llevan su disfraz, ponte la máscara, tu máscara y te servirá de talismán. No salgas a la calle sin la máscara» escribió en su cuaderno aquel señor que se parecía a Ian Gibson, se parecía.

    El camarero les sirvió a las señoras un cubo con botellines de Mahou. El tercero.

 

Traidores

Etiquetas

, , , , , ,

Gabriel de Araceli

En la guerra como en la vida es peor el traidor que el enemigo

  El 2 de mayo de 1808, los capitales de Artillería Luis Daoiz y Torres y Pedro Velarde y Santillán se levantan contra las tropas napoleónicas y entregan las armas al pueblo contradiciendo las órdenes recibidas de la superioridad. Murieron en combate ese mismo día. La historia los convirtió en héroes.

20180502_161624

Daoiz y Velarde a lo suyo, en la Plaza del 2 de mayo

     El 6 de julio de 1937, de madrugada, la 11ª División del Ejército Popular de la República, a las órdenes de Enrique Líster toma Brunete. En el búnker del Canto del Pico, sede del Estado Mayor republicano, el coronel Manuel Matallana Gómez, ayudante del coronel Vicente Rojo Lluch está inquieto. La operación bélica no transcurre según los planes trazados y días después, el 25 de julio, festividad de Santiago matamoros, o matacristianos y tras dejar 40.000 muertes la batalla de Brunete queda en tablas.

    El ejército republicano no fue suficientemente municionado ni pertrechado, algunas acciones de distracción no fueron ejecutadas y en los días previos al ataque se exhibió una gran cantidad de material bélico y armas por las calles de Madrid, que sin duda fueron observadas por los quintacolumnistas que espiaban al servicio de las tropas rebeldes. Aunque nadie responsabilizó de esos desaciertos a Matallana. Entre los, posteriormente, generales Rojo y Matallana se forjó una camaradería académica. Desde su exilio en Bolivia, Rojo procura retomar la amistad con el antiguo compañero de armas, e incluso su mujer, Teresa Fernández, visita Madrid en 1949 e intenta transmitir a Matallana un mensaje de Rojo. Sin resultados. A Matallana, Franco lo condenó a treinta años de cárcel. Aunque finalmente sólo cumplió dos y salió en libertad en 1941.

20180504_171343

Casamatas en Brunete, son de 1938, nunca entraron en combate

   El capitán de Infantería Enrique Eymar Fernándezsostuvo el 23 de septiembre de 1924 en el punto fortificado de Hadia (sigue nombre ilegible) duro fuego con el enemigo y resultando este oficial con una herida producida por arma de fuego con orificio de entrada en espina iliaca antero superior derecho y salida en región lumbar izquierda penetrante de vientre siéndole pronosticada de muy grave y evacuado al hospital de Tetuán”. Promovido a teniente coronel de Inválidos en 1932 fue cesado como subdirector del Museo Histórico Militar el 25 de julio de 1936 “por orden del Comité rojo”. Pasó la Guerra Civil sin responsabilidad alguna hasta la “liberación total de España por las tropas nacionales… A este jefe se le forma expediente de depuración en averiguación de la conducta observada durante el dominio rojo y según copia del testimonio fue sobreseído provisionalmente dicho expediente”.

EYMAR.jpg

El entonces coronel Eymar recibe el 1 de enero de 1950 la medalla de Plata al Mérito Policial de manos del Director General de Seguridad, Francisco Rodriguez Martínez.

  El teniente de Caballería Segismundo Casado López estaba “de guarnición en el Regimiento 1 en Madrid en 1917. Durante los días 13 al 24 de agosto coadyuvó con el Regto al mantenimiento del orden público alterado en esta Corte con motivo de la huelga general habida en los expresados días… de clara inteligencia, celo en el servicio, su espíritu militar y sus iniciativas hacen que pueda calificársele como muy brillante oficial”.

    El teniente de Infantería Manuel Matallana Gómez, “de guarnición en Melilla, se trasladó el 26 de mayo de 1916… y participa en la toma de Assel y Benilu cerca del Monte Arruit”. Cerca de Ceuta, en El Biutz es herido el 29 de junio el capitán Francisco Franco Bahamonde. El 29 de enero de 1929, el ya capitán de Infantería Matallana, a las órdenes del general Luis Orgaz Yoldi, “toma parte en la represión de los sucesos acaecidos en Ciudad Real, en la sede del Regimiento de Artillería Ligera nº 6”. Un levantamiento militar contra la dictadura de Primo de Rivera.

La justicia vale menos que el orín de los perros (León Felipe)

     El 23 de julio de 1910, el teniente Enrique Eymar Fernández “marchó por ferrocarril a la villa de Castro Urdiales (Santander), con motivo de la huelga minera desarrollada en dicha provincia y en la de Vizcaya… y prestando el servicio propio de la situación”.  Conflicto minero en el que participaron Pablo Iglesias y el líder local Facundo Perezagua. Y que no se había solucionado el 12 septiembre de 1911, como recoge El Correo Español: “Los Sres. Canalejas, Barroso y Luque expusieron las medidas tomadas, las órdenes dadas a las Autoridades… y el envío de tropas a Bilbao, Asturias y Santander… Al capitán general de la sexta región, Sr. Aguilar… se le han dado órdenes de que proceda con muchísima energía”.

   Al ya coronel en 1940 Enrique Eymar Fernández le habían matado un hijo los chequistas que efectuaban en Madrid las sacas de las cárceles en noviembre de 1936. Quizás fuera por esa pérdida por lo que, nombrado juez especial de la 1ª Región militar el 8 de marzo de 1941, mostró celo implacable en la persecución de los rojos, permaneciendo en activo hasta el día de su fallecimiento, el 21 de agosto de 1967. Entre los procesos que instruyó y las sentencias que dictó sobresalen los de Heriberto Quiñones, fusilado; las trece rosas, fusiladas; Julián Grimau, fusilado; Vicente Rojo, condenado a cadena perpetua y absuelto en la misma sentencia…

   El general de brigada honorífico Enrique Eymar Fernández sirvió en el ejército la asombrosa cifra de 64 años, 10 meses y 13 días.

     El 18 de julio de 1936, el comandante Segismundo Casado López quedó en zona no liberada, donde finó el año. Por medio de declaración jurada del interesado (sin fecha en la matriz existente en el Archivo Militar de Segovia), su hoja de servicios fue ampliada en los siguientes términos:

1937-1938. En zona no liberada todo el año.
1939. En zona no liberada hasta el 28 de marzo en que se ausentó al extranjero, fijando su residencia en Londres.
1940. En el extranjero todo el año.
1941. En la misma situación en que finó el año anterior. Por orden de 28 de octubre marginal es baja en el ejército por hallarse en ignorado paradero.

     Quizás sin saberlo sirvió Casado a los intereses británicos, que deseaban a toda costa la caída de la República y no se opusieron al golpe de estado que protagonizó el 6 de marzo de 1939 y en el que participó Matallana. Tras su huida, Casado llega a Londres en 1940 y trabaja con el pseudónimo de Coronel Juan de Padilla en el BBC Word Service, el lugar ideal donde se camuflaba a los espías. Se enamora de Norah Purcell, mujer algo más que inteligente. Con el apoyo consular del Reino Unido reside en Colombia y Venezuela trabajando para el grupo Nestlé. Su exilio fue una justificación constante de su asonada y un resentimiento permanente al resto de los republicanos. Afectada su salud regresa a España en 1961. Se enfrenta a un proceso de depuración del que sale absuelto y fallece en su domicilio de la calle Cea Bermúdez en 1968.

coronel_casado

Casado lee por radio desde el bunker de la Posición Jaca el enfrentamiento contra el gobierno de Negrín, el 6 de marzo de 1939.

     No sólo hubo dificultades en las comunicaciones y en el municionamiento en la Batalla de Brunete. En la ofensiva que Rojo pretendió realizar en la Batalla de Peñarroya, al final de la guerra, en enero 1939, abundaron los sabotajes en la concentración y traslado de tropas. También se suspendió en esas fechas el desembarco previsto en la costa de Motril, una acción pensada para reducir la presión franquista sobre Madrid. Sucedió con anterioridad algo parecido en el Plan P, una estrategia que pretendía romper en dos al ejército rebelde presionando sobre Extremadura y que no se llevó a cabo por las divergencias existentes entre los mandos de Estado Mayor republicano. Rojo se queja en sus memorias de las dificultades que constantemente se encontraba al reclamar a Miaja (tan respetado por Rojo como denostado por los rebeldes y algunos compañeros de armas) refuerzos para la batalla de Teruel y más tarde en el Ebro. También insinúa las envidias que levantaban sus planes entre sus compañeros de armas. Según los militares comunistas Enrique Castro Delgado y Juan Modesto, Matallana favorecería estos fallos ofensivos y la desidia observada entre los jefes del Ejército Popular. Tras la victoria de Franco, las sospechas de colaboración de Matallana con la Quinta Columna se vieron confirmadas por Juan Hortoneda Juliá y Celestino Mora, miembros de esta organización clandestina enquistada en el Madrid sitiado, que testificaron a su favor en la causa que se le abrió, así como José Centaño de la Paz, exagente del SIPM, que corroboró la actuación pro-rebelde del coronel. De nada le sirvió a Matallana, que vivió con dificultades los últimos años de su vida y falleció en Madrid a los 58 años, en 1952.

Daoiz, Velarde, Matallana, Casado, Eymar: héroes, villanos, jueces, víctimas, traidores…

La fidelidad a las leyes o a las ideas se disuelve en el juicio de la historia y son la victoria o la derrota las que marcan la legitimidad de las conductas

el_campesino_matallana_miaja

En primera fila El Campesino (al que Rojo consideraba inútil para el arte militar), el general Miaja y el coronel Matallana (dcha.).

Enlaces relacionados:

El honor del general Franco

80 aniversario de la Batalla de Brunete

Venceréis pero no convenceréis