Leer a Carmen de Burgos

Palabras de Carmelita Flórez. Fotos de Terry Mangino

»Todo apuntaba a que su existencia sería la de buena madre y fiel esposa de educación religiosa en una capital de provincia ramplona de la Andalucía profunda. Pero con dieciséis añitos se puso el mundo por montera, y a pesar de la oposición de todos se casó, pecado de juventud, con un pintor bohemio y periodista doce años mayor que ella. Claro, aquello desembocó pronto en ruptura, a pesar de los tres embarazos consecutivos y muertes prematuras —quizás por eso— de los frutos de sus entrañas. Al menos, el desapego que sintió pronto por su marido —la vida le descubrió rápidamente que aquel matrimonio no tenía nada de amor, que fue un acto de insumisión a su destino— le valió para comenzar una carrera de columnista en el diario propiedad de su suegro en la que evadirse de su fracaso conyugal y expresar toda la furia femenina que gestaba en su interior contra una sociedad hostil hacia las mujeres. Y se puso a escribir, algo insólito en una señora por aquellas fechas, 1887, justo cuando don Benito terminaba de redactar su “Fortunata y Jacinta”. Quédate con este dato, porque existe un paralelismo sorprendente entre Carmen de Burgos y Emilia Pardo Bazán, dos señoras de postín y de amoríos exaltados con varones geniales. La una con Ramón Gómez de la Serna. La otra con don Benito Pérez Galdós. Esos amores asimétricos que tanto abundan en la literatura y que quizás algún día te cuente detalladamente. ¿Te enteras de lo que te digo?, Terry.

Carmen de Burgos pintada por Julio Romero de Torres, ¡Olé!

—Sí, sí, claro, que sí, Carmelita —Terry dio un respingo, dejó la edición de las fotos de la mani de aquel día de la mujer trabajadora y dedicó a su chica la mejor de sus sonrisas. Se volvió de pronto todo oreja escuchándola.

»Así que Carmen se puso a estudiar y en 1895, con 28 añitos, obtuvo el título de maestra de Educación Elemental. Y en 1898, el año del desastre, mientras estaba embarazada de su hija María, el de maestra de Educación Superior. Pero ahí no acabaría su carrera, que en 1901 consiguió por oposición plaza de maestra por Guadalajara. Aquello, su actitud, fue un hito en la historia de la reivindicación de los derechos de la mujer en España, paralela a las proclamas que las “sufragistas” inglesas —Richmal Crompton, la mamá literaria de Guillermo Brown era una de ellas. ¡Qué grande Guillermo! ¡Qué grande la Crompton!— y norteamericanas realizaban en sus países respectivos. Ten en cuenta que el derecho al voto de la mujer llegó en España en 1931. Y con el enfrentamiento personal de dos mujeres diputadas: Clara Campoamor, partidaria del mismo, contra Victoria Kent, que se opuso porque consideraba que la mujer española, mayoritariamente analfabeta, estaba sojuzgada por sus maridos y por la lepra del clero y votaría candidaturas claramente reaccionarias y contrarias a sus intereses. Como así pasó en las elecciones de noviembre de 1933, con la victoria de las derechas de la CEDADE coaligadas con Lerroux —la mirada que Carmelita dedicó a Terry se encontró con su sonrisa apócrifa. Bueno, pensó, por lo menos escucha, que ya es algo, raro en un hombre.

»Carmen de Burgos fue la primera corresponsal de guerra española, informaba sobre la eterna guerra de África, sobre la desdicha que corrieron los soldaditos españoles en el Barranco del Lobo, en 1909, una ominosa derrota que sufrieron los valientes infantes defendiendo los intereses de la Compañía Española de Minas del Rif, propiedad del Conde de Romanones, del negrero Marqués de Comillas —hijo— y participada por Alfonso XIII cuando no dedicaba tiempo a sus amantes. Aquella desdicha fue el detonante de la Semana Trágica de Barcelona, con una terrible represión sobre los manifestantes y la ejecución del anarquista y pedagogo Francisco Ferrer Guardia, acusado con pruebas falsas de ser el incitador de las protestas. En realidad, se trataba de un ajuste de cuentas que el Gobierno de Antonio Maura y la Monarquía se tomaban en venganza por el atentado que sufrió su majestad el 31 de mayo de 1906, en la calle Mayor de Madrid el día de su boda con la princesita inglesa Ena, practicado por el anarquista Mateo Morral, al que se creía discípulo ideológico de Ferrer Guardia. Pues sí, en ese ambiente tan áspero, tan machista y tan bélico desarrolló su profesión de periodista Carmen de Burgos. Y si quieres saber más sobre ese momento tan convulso estudia historia, que yo quiero hablarte de aquella reportera que estaba allí, al pie del cañón entre los artilleros informando del triste destino en donde recalaban los mozos de reemplazo. “Para Melilla embarcamos muy alegres y contentos, de todos los que aquí vamos sabe dios quién volveremos” cantaban los pobres reclutas presintiendo la muerte en tierra africana —y Carmelita Flórez no puede reprimir una mueca de disgusto y la tristeza de un gorrión en su jaula la recorre por su mirada perdida.

»Colombine, el pseudónimo con el que firmaba sus reportajes, sus reivindicaciones a favor del matrimonio civil, del divorcio, de la equiparación de derechos con el hombre, a favor de la objeción de conciencia contra el servicio militar, por la presencia de la mujer en la sociedad. Y su gran amor, ¡ay!, su relación durante dos décadas con Ramón Gómez de la Serna*, veinte años más joven, con el que se paseó por París, por Londres, por Lisboa, por Italia, tal vez emulando treinta años después los viajes que hicieron doña Emilia Pardo Bazán y don Benito, también ellos tan enamorados, tan tortolitos, tan arrebatados en su pasión secreta. Esos amores asimétricos que derivaron en una locura de la carne, Ramón encaprichado, por un instante, con María, la hija de Carmen, diez años más joven que él. El péndulo del amor que oscilaba entre la madre y la hija. Mucha Carmen para tomarla como una greguería, amiga de Galdós, de Blasco Ibáñez, de Juan Ramón, de Sorolla, de Gregorio Marañón, musa de Federico, pintada por Julio Romero de Torres. Falleció en 1932. Una lápida de granito sin decoración alguna cubre su tumba en el Cementerio Civil de Madrid. No la perdonaron. Ni el franquismo ni la Iglesia permitieron que su labor por los derechos femeninos perdurara durante la larga y negra noche de la posguerra. Fue relegada al pudridero de los perdedores donde escondieron a tantos luchadores por las libertades. Quizás a ella la ocultaron más por ser mujer, por defender la igualdad entre hombres y mujeres, por haberse divorciado, por sus amores libres con Ramón, por ser reportera, por ser brillante, por ser valiente. Tuvo que pasar casi un siglo para que vieran la luz de nuevo sus obras y llegaran al gran público y se conociera de ella.

»Y sus libros, sus artículos periodísticos, sus cuentos largos o novelas cortas, ¡que tantos escribió! Carmen destila esa sensibilidad única de las mujeres decididas que han amado mucho. La leemos y escuchamos el crujir de las hojas en blanco rasgadas por su estilográfica, por sus manos finas escribiendo en el prado recogido de su claustro interior:   “No quiero una vida de molusco pegada a una roca. No quiero saber en qué cementerio me han de enterrar” dice Matilde, su protagonista de “El Perseguidor” (1917), ese misterioso ser acechante que altera el universo de la dama con su amenaza indefinida; él, perseguidor perenne como su sombra; ella, viajera solitaria que deambula frenética para dominar su miedo a una pareja, al hombre abstracto, afirmando su feminidad en la soledad del camino, en ese deseo de independencia aun en los apartados parajes del mundo preservando para sí los momentos más dulces en soledad. Fluye la prosa única de Carmen con el gozo de quien escribe para la eternidad, regala sus renglones como la recompensa del beso, con el deleite de nuestros ojos tras ver los suyos, como el latido de sus labios en nuestros labios, para nosotros sus pétalos de letras perfumados.

»La mujer fría (1922). Blanca. Esa odalisca deseada por los hombres a los que ignora, a los que desdeña. La mujer fría y su noche, cómplice con su melancolía del alboroto de los amantes, dormidas sus voluntades hasta que el reloj de estrellas anuncia el amanecer, cuando, roto el encanto y el misterio desvelado, la mujer fría, Blanca, regresa a su palacio de invierno, a la soledad. Sólo una sensibilidad femenina podría escribirnos un cuento así. Ahora nos produce extrañeza su prosa poética, el aroma envolvente de sus versos, las caricias de sus palabras, como si rescatáramos un elixir arcano de la botica de los placeres olvidados: “Jamás su cuerpo, insensible a la temperatura, se había estremecido como la noche anterior, cuando pasaron sus manos carnosas y fuertes sobre el bruñido de su piel”.

»El veneno del arte. Ese dandi decadente, heredero de un linaje en ruina que sobre la chaise longue recibe amantes masculinos y femeninos, máscaras de carnaval arrinconadas después en una esquina. Paisajes de Patinir, Oscar Wilde y ella, María. Ambigüedad. Sus ensoñaciones eróticas nos sumergen en un ambiente de gozo refinado, en un tiempo detenido para el placer de la lectura: “El haz de rizos rubios cayó deshecho en cascadas de oro sobre la almohada, y sentí palpitar un seno de virgen sobre mi seno…” Fíjate, Terry, eso lo escribió Carmen de Burgos en 1910, quizás al volver de la guerra de Melilla, quizás anhelando el amor esquivo, como sus personajes. ¡Oh! Precisamente por eso.

Y Terry recoge el librito de los cuentos de Carmen y lee esas palabras delicadas que sólo escriben las mujeres. Quizás sus fotos de la mani de esa mañana denoten que ellas siguen alzando el testigo de Carmen, que su llama encendida derriba barreras, y ellas, aunque no sepan nada de sus empresas levantan la bandera contra el apartheid clamando igualdad, todavía luchadoras, aún enamoradas. Que sea de la vida o de los hombres es indiferente —piensa— porque las asiste la emoción, el delirio por ser libres y el fragor emocional que enarbolaba Carmen de Burgos. Colombine.

*Es muy recomendable visitar El Despacho de Ramón, en el Centro Cultural Conde Duque, en Madrid, donde se ha recreado su mundo onírico y literario con recuerdos procedentes de toda su vida de coleccionista, de hombre mundano y enamorado de la mujer. ¡Impresionante!

Las fotografías de la galería siguiente fueron tomadas por Terry Mangino en las manifestaciones del Día de la Mujer, el 8 de marzo de 2019 y 2020, en la Gran Vía, en Madrid. Pinche sobre ellas para verlas a lo grande.

Leer a Ferlosio

Existe un estado de guerra permanente desde que existe una industria del armamento permanente*

Gabriel de Araceli

Mucho antes de que se empezara a hablar del “realismo mágico”, frente al gallo de hierro de la veleta, el industrioso y andariego Alfanhuí (1951) ya cazaba lagartos a pedradas para secarlos al sol y extraerles el “amarillor” que desteñían. Y un poco después, unos jóvenes domingueros se bañaban en un río sin sospechar que aquellas conversaciones banales en un merendero, trasegando paella y pringándose la espalda de nivea, serían taxonómicamente calcadas por la pluma de un escritor cotilla. Y se transformarían en una novela grandiosa y aborrecida por su autor y por una crítica severa tanto como admirada a partes iguales por otra crítica emocionada y por el gran público: El Jarama.

El Jarama a su paso por Titulcia, un poco más abajo de donde se desarrollan los hechos narrados en la novela.

El éxito le llegó de repente aquel año de 1955 a Rafael Sánchez Ferlosio, que todo fueron premios Nadales y Nacionales de la Crítica. La repercusión cultural, social y mediática de su novela alcanzó el paroxismo y aún hoy es objeto de estudios doctorales tan académicos como profanos. Y Sánchez Ferlosio, un poco hastiado, o sorprendido, de tanto esplendor, decidió aislarse del mundo y durante quince años, quince, de 1957 a 1972, se refugió en su domicilio de Madrid sin contacto alguno con la humanidad. Y ayudado por la dexedrina, anfeta de libre dispensación en las boticas del tardo-franquismo, se dedicó a los “Altos Estudios Eclesiásticos”, eufemismo que enmascaraba un apasionado, voraz y exhaustivo ejercicio del cultivo de la inteligencia y de la autopsia del lenguaje y del silogismo gramatical. Fruto de esa siembra tan bien estimulada brotaron miles y miles de páginas de meditación distribuidas después en varios títulos —Campo de retamas, uno de ellos— y Ferlosio se convirtió en uno de los grandes ensayistas de los últimos cincuenta años, porque no se sabe qué predomina en su obra, si la narrativa, la crítica o el pensamiento. Él confiesa que nunca fue tan feliz como en aquellos años de confinamiento filológico y sacerdocio con la fisiología de las palabras.

Ferlosio era hijo de Rafael Sánchez Mazas, aquel falangista intelectual fusilado —apenas— durante la Guerra Civil dos veces que Javier Cercas recuperó en sus “Soldados de Salamina”; que fue escritor a ratos, cuando no asistía —nunca— a los consejos de ministros que su Excelencia celebraba tras la contienda en El Pardo; poeta de algunos versos del “Cara al sol”, himno del fascismo español, y autor de una más que notable novela muy recomendada: “La vida nueva de Pedrito de Andía”. Y aunque de casta le venga al galgo —es decir, tan aconsejables son el hijo como el padre— Ferlosio deslumbra al lector por una obra trascendental repleta de costumbrismo cruel, lirismo florido y examen e introspección en las evidencias apestosas que cercan la existencia habitual, o la miseria existencial del individuo.

En sí, la vida de Ferlosio es un exceso de estudio y de pasión por la escritura y por el pensamiento. Genio heterodoxo, maldito y brillante, angustiado e hiriente. Hombre huraño y de temperamental carácter, sin embargo, frecuentó al principio de los cincuenta del siglo XX la amistad de otros grandes escritores de su generación, la de los “Niños de la Guerra”:  Ignacio Aldecoa, o Jesús Fernández Santos —digno de una reseña más amplia que dejamos para otra ocasión—, o de Carmina Martín Gaite —aquella jovencita, musa deseada de una generación, que fue su esposa durante diecisiete años. Las desgracias se cebaron en el matrimonio con la muerte de sus dos hijos. ¡Brillante ella, brillante su tesis “Usos Amorosos de la posguerra española”!—. Y a aquellos años de fluida producción literaria, tras el paréntesis de su enclaustramiento, siguió su intensa actividad de articulista y crítico en periódicos y revistas que le confirieron un aura de pétreo e inconformista fiscal de las letras, capaz de desmontar con sus palabras las imbecilidades y modismos que el país vivió con los excesos del café para todos salidos de las expos universales y olimpismos de los 90. Recuérdese aquel demoledor artículo sobre el éxtasis de la cultura que el gobierno socialista, nacido apenas dos años antes, intentaba promover como señal del triunfo de la nueva España y del cambio que se avecinaba:  https://elpais.com/diario/1984/11/22/opinion/469926007_850215.html   

¿Le propondría la cartera de Cultura Felipe a Ferlosio? Nunca lo sabremos.

Se ha de empezar a leer a Ferlosio por la magia de Alfanhuí, ese niño andarín y silvestre amante de las veletas y de las salamandras y de don Zana y de la Silve y de la señorita Flora y otras menudencias. Y después continuemos con El Jarama, la obra más denostada del autor, que puede llevar al tedio o a lo más sublime al lector porque está hecha con el sudor, con los sueños y con las ansias, con las derrotas y banalidades de cualquier humano. Y cuando hayamos aspirado todo el aroma de tan gentiles páginas y si todavía nos quedan ganas de Ferlosio, adentrémonos en sus Altos Estudios Eclesiásticos, en cualquiera de sus numerosos títulos, aunque esta tarea parece gruesa y más propia de cardenales aspirantes a la tiara pontificia del conocimiento que de deleitosos y modestos catecúmenos amantes de los libros terrenos.

Sí, Ferlosio estaba en estado de guerra permanente contra la imbecilidad porque la imbecilidad está en estado de guerra permanente contra la razón.

Otros enlaces en esta pantalla que hablan sobre la obra de Ferlosio:

https://escaparateignorado.com/2017/01/04/ferlosio-cumple-anos/

https://escaparateignorado.com/2015/12/17/dexe-que/

https://escaparateignorado.com/2018/07/27/legionarios/

https://www.fronterad.com/la-bella-prosa-fue-lo-del-alfanhui-donde-hice-lo-que-mas-tarde-mas-he-odiado/

Vida y muerte de Rafael Sánchez Ferlosio

Leer a Ramón y Cajal

Gabriel de Araceli

No tiene desperdicio leer a Santiago Ramón y Cajal. Quizás porque siempre mantuvo en sus cuentos su alegría juvenil, su espíritu aventurero. Sí, el joven Santiago fue un “vaina” pendenciero que de escolar emprendía batallas a pedradas contra los demás chicos de su pueblo por defender su honor manchado de colegial. Después, cambió aquel ardor adolescente por el amor a la ciencia y a la enseñanza y se comprometió profundamente con la educación pública en beneficio de la Patria, reclamando al Estado, a los partidos políticos, a las instituciones y a la sociedad que apostaran por la formación del individuo y la educación del ciudadano, la única manera de sacar del atraso y de la ignorancia a un país en bancarrota económica y moral, afligido por la tragedia del 98, y que se lamía las heridas seculares con la desgana y el derrotismo de saberse perdedor, incapaz de sobreponerse a su fatal destino. «Políticos, dad tregua, por Dios, a vuestro egoísmo estrecho de partido o de pandilla», pronuncia en su discurso de entrada en la Academia de Ciencias, el 20 de diciembre de 1899.

Un humor muy fino que raya en la ironía puebla las páginas de Cajal. Sitúa la acción de sus cuentos en un imaginario Villabronca, fiel reflejo de la eterna discusión nacional. No faltan tampoco en sus escritos críticas severas a la Iglesia, que acaparaba la educación y que con su torva catequización desde las primeras edades escolares mantenía una influencia opresiva en la sociedad de entonces que hoy todavía perdura —baste recordar la reacción que ha provocado la recién aprobada nueva ley de educación—. Habla de la perversa “alianza femeninoclerical”, quizás anticipándose a las tesis en contra del voto femenino que defendiera en las Cortes Constituyentes, en 1931, Victoria Kent. Y como médico se afana en la  higiene física  —no duda, para prevenir contagios, en atribuir el escorbuto a un origen infeccioso, jajajaja— y mental y cultiva en sus cuentos la razón contra la ignorancia de la fe: «Entre oración y oración fatigaban mi memoria contándome consejas absurdas, episodios demoníacos, vidas de santos milagrosos…; narraciones esencialmente contrarias a los principios de la causalidad natural y las más a propósito para creer que todas las leyes del mundo son derogables a capricho de celestes influencias» pone en boca de su personaje Jaime, un ilustrado liberal, antiguo diputado, hombre de pensamiento convencido de que la instrucción es la mejor inversión que pueden hacer las naciones: «Esculpe tu cerebro, el único tesoro que posees».

Y fustiga con vara larga, con la misma actualidad que un ciudadano abochornado de ahora, a la clase política, a la que culpa de los males de la nación: «…y de improviso y sin preparación moral alguna te encontraste de frente con el político profesional, una de las más funestas producciones de la civilización europea».

Fue Cajal un patriota convencido, un gran amante de España, incluso en aquella España que le llevó a la sinrazón colonialista de Cuba, donde sufrió tan graves dolencias que volvió inútil para el servicio militar, enfermo y con heridas que tardó en sanar. Perdonó con amor ciego: «A patria chica, alma grande… padezco el convencimiento de que casi toda nuestra organización política y militar, con honradísimas excepciones, constituye un retablo vistoso que, a semejanza del de Maese Pérez, pudiera venirse abajo a los mandobles del primer serio y arriscado adversario con que topemos». Un alma quijotesca que aconseja a sus lectores, a sus Sanchos amigos las bondades de la lectura y del saber: «Toda lectura conlleva frases excelsas y pensamientos notables merecedores de reflexión y subrayado que alejen el olvido irremediable que dispensamos a los libros». «No pierdas, por Dios, la costumbre de leer, ni te amodorres en esa bestial inadmiración de las cosas, a semejanza de tus infelices camaradas de aprisco», o «Las cabezas, como los molinos, producen en razón de lo que se les da», o «Te alimentaste con ficciones y elaboraste fantasmas», o «El alazán del progreso sólo galopa espoleado por el calcañar de la muerte», o «El discurrir da dolor».

Cajal fue un reputado y entusiasta fotógrafo. Inventó un procedimiento de fotografía en color, pionero en su momento, que no pudo patentar porque Thomas Alba Edison, el pirata de Menlo Park, se anticipó gracias al potencial de su país, United States of America, un gigante comparado con la enana y esclerótica España. Aquí aparece fotografiado con sus hijos, en 1889. Después, aplicaría sus conocimientos fotográficos para las tinturas fisiológicas que estudiaba con su microscopio investigando los tejidos neuronales.

Humilde, sabio, austero, hombre de Ciencia y hombre de Palabra. De su compromiso y de su dirección nació en 1907 —el año siguiente al que obtuviera el Premio Nobel— la Junta de Ampliación de Estudio, quizás el mayor vivero de sabios que ha producido este país. Hijos académicos suyos fueron Juan Negrín, o Severo Ochoa, o María de Maeztu, o Rey Pastor, o el zoólogo Ángel Cabrera, o Cándido Bolívar, o Blas Cabrera Felipe entre muchos otros que elevaron la ciencia, la investigación y la cultura hasta cotas nunca habidas en la nación. Quizás tuvo suerte —Cajal falleció en 1934— y se evitó el sufrimiento de ver que, manu militari, el golpismo africanista del general Franco acabó con mandobles de sable, en 1939, con aquel teatrillo de Maese Pérez de la Ciencia que él, con la ayuda de otros, había construido, que eclipsó aquel amanecer esclarecedor que regalaba a la Patria los mejores frutos de la inteligencia: «Hay que acabar con todas las herejías científicas que secaron y agostaron los cauces de nuestra genialidad nacional y nos sumieron en la atonía y la decadencia… Nuestra ciencia actual, en conexión con la que en los siglos pasados nos definió como nación y como imperio, quiere ser ante todo católica» pronunció el gigante Briareo, el ministro falangista José Ibáñez Martín en octubre de 1940 al clausurar definitivamente la Junta de Ampliación de Estudios y transformarla en el CSIC.

Lección de anatomía, fecha indeterminada.

Hay en algunos de sus “Cuentos de Vacaciones” párrafos de prosa retórica y fornida, un ornato excesivo propio de la época, una recatada cursilería sin ambages. Escritos entre 1885 y 1886 —en esas mismas fechas escribía Galdós su “Fortunata y Jacinta”— aunque publicados en 1905, el lector debe esforzarse al caminar por el sembrado de epítetos y expresiones rimbombantes, pedreras dieciochescas que saturan las páginas de don Santiago. Su intención no era publicarlos. Era una labor íntima, para sí, para reconfortarse con un descanso de las horas de atenta observación con el microscopio y las tesituras neuronales que formaban sus años extraordinarios de investigación fisiológica. Perseverando en sus lecturas, a poco, al medio día el sol se abre paso entre los excesos de sus frases y aparece el Cajal enamorado de las palabras y las luces de sus razonamientos: «La fortuna y el señorío pertenecen al que habla y al que escribe. La estimación granjeada depende, antes que de saber, de persuadir que sabemos».

Lección de anatomía. Rembrandt, 1632.

Leer a Cajal es descubrir una mente preclara y un escritor excelso que se solaza con cuentos didácticos en los que pregona la necesidad del arte y la ciencia, “los dos únicos valores dignos de estima que el hombre ha creado”. A veces tienen final feliz y cierta moraleja como para redimir de la estulticia humana: «Sí, la vida es buena y la felicidad existe… sólo que… ¡duran tan poco!».  También están presentes en sus escritos literarios su amor a la investigación, al trabajo constante y sus párrafos están llenos de citas al nuevo mundo que se avecina: habla de la reivindicación de la mujer —«Amar… es algo más grande y augusto que poseer una hembra…: es entrar en comunión espiritual con toda una raza. En las entrañas de la mujer viven y palpitan, con ansia de resurrección, millones de antepasados que parecen saludarnos e implorar ayuda desde los remotos confines de la Historia. Rito funerario es el amor»—, de la fertilización artificial —¡en 1885!—, de la electricidad,  de la radiografía, del teléfono, de la dinamo… Incluso, pesimista, se atreve a pronosticar, en 1915, una nueva guerra mundial viendo las barbaridades que se cometían en Europa en aquellos momentos.

Monumento a Santiago Ramón y Cajal. Victorio Macho, 1926. Parque del Retiro, Madrid

Santiago Ramón y Cajal sigue siendo la cima de nuestra ciencia 115 años después de que le otorgaran el Nobel. Es el científico español más reconocido mundialmente. Aunque esto fuera para Ortega «una vergüenza en lugar de un orgullo porque constituía una excepción». Hay que leer a Cajal, aprovecharse de su inteligencia, dar rienda suelta al tránsito eléctrico de sus ideas, que discurra la excitación febril de sus palabras por nuestras neuronas que él, con tanto ahínco, estudió: «El hombre es un ser social cuya inteligencia necesita para excitarse el rumor de la colmena».

El Museo Nacional de Ciencias Naturales organiza un ciclo de conferencias sobre Ramón y Cajal. ¡Imprescindible!
Monumento a Galdós, contemporáneo de Cajal, aunque 9 años mayor. Obra también de Victorio Macho, 1919, Parque del Retiro, Madrid

Historia de Mayta

Palabras de Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

Esos libros que, de golpe, aparecen dormidos en una librería de viejo y que te invitan a ojearlos. Sucumbes a su tentación irremediablemente, los compras porque amas la lectura, amas el tempo lento de idas y venidas por sus páginas en el que se fragua tu complicidad con sus letras. Hay en ellos una seducción que te imanta a sus hojas porosas y amarillas. Te la juegas, sí, con las novelas de don Mario, sus protagonistas te embaucan con amuletos que en su día martilleaban las conciencias de las generaciones progres, aquellas reflexiones sobre la revolución pendiente, la dialéctica sociológica del porvenir del hombre nuevo y la sombra alargada del Kremlin y el Tío Sam, a partes iguales, vigilándolo todo. Aquel debate estéril que arrolló a las juventudes durante décadas de guerra fría y militancia teórica en el demiurgo libertario, todos iguales y felices practicando el amor universal entre los parias de la tierra. Que fuera marxismo, leninismo, trotskismo, estalinismo, maoísmo o capitalismo el remedio no estaba claro y es ahora indiferente. Pero entonces, cada héroe untaba su utopía, su compromiso social con las salsas doctrinales que más a su gusto excitaban su cerebro, porque querían salvar al mundo con sus quimeras.

La Cuesta de Moyano, en Madrid, el bulevar de los libros viejos.

Algo así le pasó al protagonista de la novela de Vargas LlosaHistoria de Mayta”, Alejandro Mayta Avendaño, un héroe por un día, medio bandolero, medio guerrillero, iluminado, quijote y alma apesadumbrada por su homosexualidad de la que quería redimirse luchando por la justicia universal, por los pobres, por los miserables cholos, por los indios quechuas, por el campesinado y los desplazados de las barriadas indigentes repletas de basureros de la periferia inmunda de Lima. Un revolucionario diletante, ortodoxo y efímero que espantó al Perú con ayuda de un militar iluminado, el subteniente Vallejos, de cuatro “apristas” (militantes del APRA, partido social revolucionario moderado -?- y prohibido por el dictador Odría) y cuatro “josefinos” (jovencitos estudiantes de un colegio religioso), apenas por unas horas con su tosco levantamiento armado en 1959 en las alturas de Jauja, en los antepechos de los Andes. Una novela escrita en Londres en 1983 tras leer su autor, veinte años antes, un breve en el diario Le Monde, apenas unas líneas, que hablaba de una mini-revolución acaecida en los Andes, y publicada por Seix Barral en 1984. Una novela que en su momento disgustó a la intelligentsia europea por sus críticas al fracaso de los movimientos revolucionarios en la América andina y que, apenas cinco años después, con la caída del régimen soviético, el telón de acero y la reconversión salvaje al capitalismo de los satélites de Moscú, la historia se encargaría de verificar.

Mario Vargas Llosa en la Biblioteca Nacional, Madrid, octubre de 2012.

Que los barbudos de Fidel en su viaje en el Granma (noviembre de 1956) llegaran al éxito revolucionario en La Habana, el 1 de enero de 1959, envalentonó a infinidad de grupúsculos guerrilleros que emularon en sus particulares “Sierras Maestras” el intento de la sublevación. Eran los tiempos de Eisenhower y de Nixon, de la Escuela de las Américas, de la CIA de Allen Welsh Dulles, del sátrapa Leónidas Trujillo, del asesinato de Galíndez, de la fantasmagórica huelga general del PCE, de la guerra de Argelia, de la revolución del Congo, del principio del Vietnam. Y cualquier jovencito intransigente soñaba, aislado en su burbuja ideológica, con alzarse en armas y convertirse en justiciero de la famélica legión de explotados por el hambre y las dictaduras que se extendían por todo el Cono Sur, tal vez auxiliado en su empeño humanista por Moscú, tal vez santificado por el existencialismo y la socialdemocracia europea. Mayta quiso ser el héroe y acabó siendo un delincuente olvidado de sí mismo: «Arrepentirse es cosa de católicos. Un revolucionario hace autocrítica». Era un intransigente que liberaba su conciencia con la expropiación, tras apropiarse de lo ajeno —la plata de la revolución quema las manos. ¿No se dan cuenta que si se quedan con ella dejan de ser revolucionarios y se convierten en ladrones?—, un inspirador de las facciones radicales, antecedente de las brigadas rojas que asolarían el establishment europeo en el último cuarto del siglo XX.

La estructura narrativa de la novela es compleja, requiere el firme compromiso del lector de imbuirse en ella, de no abandonarla en una esquina a la primera refriega, con el primer tropiezo contra cualquier párrafo farragoso. Porque Llosa expone al lector al rigor de sus letras, porque le exige entrega, concentración, compromiso. Recuerda en sus comienzos a otra novela difícil del autor: “La casa verde”. Obra experimental de complicadísima exposición. Historia de Mayta es a veces reportaje periodístico, otras ensayo sociológico, otras historias de los movimientos obreros o crítica jocosa de aquellos profetas ingenuos que sembraron con su confusión los posteriores senderos luminosos de la América Latina. A veces el texto parece una película de la nouvelle vague, con saltos de eje, sin racord de continuidad; recurre al montaje cinematográfico en el que se alternan planos yuxtapuestos de diferentes protagonistas con testigos recuperados por el periodista-detective, espacios con tramas, tiempos con acciones conjugadas en el esclarecimiento de unos sucesos y de unos personajes olvidados del Perú profundo de hace sesenta años, seccionados con la prosa de un maestro vanguardista. Advierte Vargas Llosa que lo suyo es una ficción, un relato en el que todo está permitido: «Soy realista, en mis novelas trato siempre de mentir con conocimiento de causa. Porque cuando se persigue la pureza, en política, se llega a la irrealidad. No son los temas lo que deciden el fracaso o la victoria de un creador, sino la forma en que se encarnan».

«No sabe usted qué raro me resulta hablar de política —responde al narrador omnisciente el ausente Mayta—, recordar hechos políticos. No es que yo dejara la política. Ella me dejó a mí, más bien. Es como un fantasma que volviera, desde el fondo del tiempo, a mostrarme a los muertos y a cosas olvidadas». Es el caos que sufre el personaje, su confusión dialéctica, su itinerario entre Dios, Marx, Lenin y Troski, una identidad perdida en sus fantasmas, en el fondo de un tiempo del que Mayta ha renunciado. Historia de Mayta, un viaje por los interrogantes de una revolución fallida, anticipó de los muladares con que “fujimoris”, “montesinos” y “abimaeles” enfangaron de basura y de muertes, treinta años después, la historia del Perú.

Consortes, regentes, amantes y elefantes

Gabriel de Araceli

Consortes

Veinticuatro embarazos sembró el monarca Carlos IV (1748-1818) en el vientre de su prima María Luisa de Parma (1751-1819), de los que 14 llegaron a término. Ambos nacieron en tierras italianas, razón que los invalidaba al trono de España según las leyes vigentes en la época, pero, pero… De ese frenesí marital nacieron frutos como Fernando VII o Carlos María Isidro, el pretendiente que regaría de enfrentamientos y guerras carlistas el siglo XIX de las Españas. La Ley Sálica, de origen francés, nunca se practicó en España y fue abolida por Fernando VII en 1832 en favor de su hija Isabel II —Pragmática Sanción—.

Carlos Mari Isidro, pintado por Vicente López, 1823.

Regentes

María Cristina de Borbón Dos Sicilias (1806-1878), la cuarta y última esposa —y sobrina a la vez— del Rey Felón tuvo que guerrear contra su tío y cuñado Carlos Mari Isidro, al que Vicente López retrató con rostro sospechoso de entregarse al dios Baco. Lo de María Cristina fue una regencia diletante, porque quería gobernar pero la gente no le seguía la corriente, y tras medrar en aquel avispero que su marido le había dejado partió al exilio romano en 1840, conspirando para que su hija Isabel ocupara su vacante.  Además, la corte, la sociedad decente e incluso su hija y su nieto Alfonso XII nunca vieron con buenos ojos aquel desplante, que tras el fallecimiento del monarca felón, en septiembre de 1833, tan sólo tres meses después, en diciembre, ella se casara con un sargento de su guardia de Corps con el que tuvo ocho hijos. Se lo pedía el cuerpo.

María Cristina de Borbón Dos Sicilias, pintada por Vicente López, 1830, Museo del Prado.

Baldomero Espartero, regente de 1840 a 1843. Baldomero era un militar “echao pa lante” que las tuvo gordas con los franceses y después guerreando contra los carlistas. El 31 de agosto de 1839, los litigantes de la primera Guerra Carlista llegaron a un acuerdo conocido como el Abrazo de Vergara, que ponía fin a seis años de hostilidades y a las pretensiones al trono de Carlos Mari, aunque este y sus herederos siguieron reivindicando su legitimidad durante otros cuarenta años, y aún hoy, sus aspiraciones ultramontanas y catolicismo integrista perduran en la memoria colectiva de los herederos de las peculiaridades forales. Espartero apoyó después sin fisuras a Isabel II cuando fue proclamada reina, en 1843.

Poco gobernó la triste reina María Cristina de Habsburgo y Lorena (1858-1929), que tuvo que lidiar con Canovas del Castillo y Sagasta. De 1885-1902 como regente (pintada por Raimundo de Madrazo, 1887, con expresión mortecina, bien es cierto que acababa de enviudar de su infiel Alfonso) afrontó la pérdida de las últimas colonias y en 1902 dejó el trono a su amadísimo Alfonso XIII, que acababa de cumplir dieciséis añitos y era un pollito caliente, caliente.

María Cristina de Hagsburgo y Lorena, esposa de Alfonso XII y madre de Alfonso XIII, pintada por Raimundo de Madrazo, 1887, Museo del Prado.

Amantes

Inauguración de la sala del dinosaurio Carnegie, 2 de diciembre de 1913, Museo Nacional de Ciencias, Madrid. Junto a Ángel Cabrera (eminente zoólogo), Francisco Ferrer y el director del museo, Ignacio Bolívar, aparecen la reina madre, María Cristina, y la infanta Beatriz de Sajonia-Coburgo, prima de la reina Victoria Eugenia de Battenberg. Al parecer, esta infanta inglesa fue pretendida por Alfonso XIII, que la conoció en la misma fiesta celebrada en Biarritz en 1905 en la que conociera a la futura reina. La infanta Beatriz no aceptó las insinuaciones del rey de mantenerla como amante secreta. Beatriz se casó con otro infante de España al que conoció, para más inri, en la boda de su majestad, aquel 31 de mayo de 1906 fatídico: Alfonso de Orleans. Alfonso era nieto del Duque de Montpensier, el que fuera pretendiente al trono de Isabel II, su cuñada, y sospechoso de financiar el asesinato del general Juan Prim. Alfonso de Orleans fue un brillante aviador y militar con prestigio en el ejército, cosa que envidiaba el rey. Alfonso XIII nunca perdonó que aquella infanta rechazara sus proposiciones amorosas y años después, en 1916, en plena 1ª Guerra Mundial castigó al matrimonio enviándolos a Suiza bajo la excusa de estudiar la ciencia bélica del ejército helvético, donde permanecieron durante ocho años. Por aquellas fechas ya se había enfriado la relación entre los reyes, y Alfonso XIII se dedicaba a asediar a las nannys venidas desde Inglaterra para atender a sus hijos, así como a las actrices de teatro. Tras una azarosa vida marcada por las guerras y los exilios, la infanta Beatriz falleció, felizmente casada con su infante, en Sanlúcar de Barrameda, en 1966.
Beatriz de Sajonía-Coburgo

Elefantes

Lo de cazar elefantes en Botswana no es cosa de ahora, que ya lo hacía el Duque de Alba, don Jacobo Fitz-James Stuart. El afán naturalista del duque llevó a entregar al Museo Nacional de Ciencias la piel de un paquidermo inmenso cazado en Sudán en 1913. El duque guardó para sí los colmillos. Diecisiete años estuvo semiabandonada por los sótanos del museo aquella piel del Lodosonta africano, que pesaba 600 Kg y tenía una extensión de 37 m2. Luis Benedito,uno de los grandes taxidermistas del Museo, fue el encargado de naturalizar aquel trofeo cinegético ducal, labor que le llevó varios años y estudios en Berlín con el especialista Ter Meer, porque nunca antes había visto un elefante de verdad. El elefante naturalizado se mostró al público en 1930 y causó sensación, aún hoy los escolares visitantes lo miran con aprensión.

El Lodosonta africano, regalo de don Jacobo al Museo Nacional de Ciencias en el mismo armón en el que lo montó Luis Benedito en 1930.

Además de por ese gesto filantrópico, la historia homenajea a Don Jacobo con una placa en la puerta del Museo de Liria, su residencia, por su labor de reconstrucción del mismo, que fue bombardeado y destruido por la Legión Cóndor alemana en noviembre de 1936. Y reconstruido con fondos públicos municipales siendo alcalde de Madrid Rafael Finat y Escrivá de Romaní, el Conde de Mayalde. Finat fue un filonazi, colaborador con la Gestapo y amigo personal de Heinrich Himmler, al que festejó en Madrid con una corrida de toros en octubre de 1940. Y también era amigo de Reinhard Heydrich, ambos colaboradores personales de Hitler y atroces genocidas. Eso sí, la historia no recuerda con qué amante se encontraba don Jacobo Fitz James Stuart cuando cazó al elefante.