Luis Montes

«El director de La Opinión me ha pedido que quite el término “sicario” y que no mencione al consejero de sanidad de Canarias, “porque el artículo le pone en apuros”. Tras pensarlo, le he hecho el favor, de modo que la versión original solo se podrá ver en el escaparate y sitios similares».

La anterior nota es del autor: Rafael Alonso Solís

      Luis Montes, luchador por el derecho a morir dignamente, ha muerto hace pocos días de un infarto de miocardio, mientras conducía su coche. Con apellido de torero antiguo, a pesar del ejercicio de maledicencia y falsedad puesto en marcha contra él en 2005 por la mafia sanitaria que gobernaba la Comunidad de Madrid, que le acusó de sedaciones irregulares, era una persona pacífica, pacifista y entrañable. Su carrera como médico había transcurrido siempre en primera línea, al lado de quien sufría y en las barricadas en defensa de la sanidad pública. En alguna entrevista de la época había afirmado que en España “te mueres bien o mal, según el médico que te toque”. Tras una denuncia anónima, un oscuro sicario del PP a las órdenes de Esperanza Aguirre –Manuel Lamela, que ejercía de Consejero de Sanidad mientras manejaba negocios en la sanidad privada– puso en marcha una inspección que acabó apartándole de su puesto en el hospital Severo Ochoa de Leganés. La relación de los responsables políticos con las empresas del sector que administran no es inhabitual, sino todo lo contrario. En Canarias, por ejemplo, el responsable de dirigir la sanidad pública procede de un consorcio de clínicas privadas al que, según informaciones varias, se ha desviado un significativo número de intervenciones quirúrgicas durante los últimos años, en los que ha sido –y aún es, por desgracia– Consejero de Sanidad. En el caso de Montes, a pesar de que en 2007 la justicia sobreseyó el caso, el daño estaba hecho. No le perdonaron dos cosas: que defendiera la sanidad pública, y que tuviera la sensibilidad suficiente para tratar de mitigar el dolor de quienes iniciaban el trance de la muerte. En la campaña contra él se implicó la derecha española más casposa con toda la mala baba de que era capaz, con todo el odio que había acumulado contra un médico comprometido, con todo el potencial de los medios de comunicación a su servicio, con toda la inmensa hipocresía que caracteriza a la casta de meapilas del rosario en familia, pasión por la sotana y afición al cilicio. A Luis Montes lo llamó nazi y lo comparó con Hítler una colección de tertulianos que presumían de cristianos, una banda de periodistas que cobraban de las cloacas y hacían guardia frente a los luceros, y un grupo de médicos cobardes que decidieron apuntarse a la jauría que inició su caza. En parte –o tal vez por eso–, porque también era la caza de la sanidad pública. Como recordara el mismo Montes años después, por parte de la Comunidad de Madrid se aprovechó la situación para incrementar la creación de hospitales privados en pocos años. A Luis Montes le dolían el enfermo y la enferma que sufrían innecesariamente al coger el último tren. En realidad, la persecución a que fue sometido ni siquiera fue en respuesta a los deseos del dios tronante y patriarcal del ultracatolicismo, sino, sencillamente, porque molestaba. Levantemos una copa y, con respeto y admiración, brindemos por Montes.

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Angelitos Negros

Gabriel de Araceli

      Un águila que planeara a ras de suelo, que acariciara el asfalto. Vista y no vista. O gacelas bailarinas que saltaran ante el desprevenido vecino y desaparecieran sin darle tiempo siquiera a cerrar la boca de la sorpresa. Pasa la cabeza de carrera de la maratón de Madrid. Kenia y los demás… el mundo.

     La gesta deportiva reunió el domingo 22 de abril a más de 37.000 corredores. Era la edición nº 41. Ni frío ni calor, temperatura ideal, un recorrido sube y baja por las céntricas calles y los parques de la capital, el rompe-piernas de la complicada orografía madrileña. Y el griterío de los millares de espectadores, ¡todo Madrid lleno de gente!, que aupaban con sus ánimos a los maltrechos sufridores de las carreras urbanas.

Diecisiete angelitos negros a su paso por la Glorieta de Quevedo. El ganador fue el keniata Eliud Barngetuny, dorsal número 14, el tercero por la derecha con la camiseta gris, que registró un tiempo de 2h 10′ 15″.

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    Y el dolor, el sufrimiento físico, la agonía del cansancio infinito que quiebra la voluntad del atleta urbano, el calvario eterno de la distancia sideral, inmensa de los 42.195 m. Ese duelo interior entre la victoria en la Plaza de Neptuno o la derrota del abandono, la gloria de cruzar la meta o la desazón del coche escoba. Atenas o Esparta. ¿Es necesario acabar esa pesadilla? ¿Qué lleva a esos cuerpos abandonados, imposibles para la carrera a emprender semejante desafío? ¿Por qué tanto padecimiento? Seguir, seguir, siempre seguir, aunque no sepamos adónde. Por el Km 19,6, la Glorieta de Quevedo, pasan flotando diecisiete angelitos negros. El soplo del viento, apenas un murmullo. Saetas africanas del altiplano. Y después, mucho después, mundos después empiezan a llegar la élite, los buenos, las chicas, el resto. Y eras después, siglos después de los keniatas llegan los mejores y los normales, miles y miles de corredores populares.

El dolor terrible de la maratón no perdona ni a las atletas de élite como la keniata Chaltu, caída sobre el asfalto de la Calle San Bernardo, en el Km 20.

    Y quizás civilizaciones después aparece la cola del pelotón, los despojos, los desahuciados, los héroes anónimos del asfalto. Pero faltan aún muchos Km que correr, aún no se ha corrido ni la mitad de la prueba. Y en el km 23, en la plaza de Oriente, los reyes godos observan a los turistas remezclados con los vendedores de baratijas, a los buscavidas, a los descuideros, a los polis, a los últimos atletas urbanos que agonizan arrastrándose a cada paso, mortificados por la tortura de las zancadas dolorosas sobre el adoquinado berroqueño.  ¡Venga chaval, que tú puedes, que ahora, ya, es cuesta abajo! Y llega el Km 24 y el 25 y el 26 y el 27 y el 28 y falta una distancia pavorosa: 29, 30, 31, 32… 37, 38, 39, 40, 41, 42… más 195m. La meta. ¡La gloria, Filípides resucitado!

Fotos de Terry Mangino

 

 

 

Una de rabo de toro

_DSC7786_webTerry Mangino

—En esa mesa se sentaba don Mario

—Qué don Mario

—Don Mario Vargas Llosa.

Julieta no puede sino entornar una sonrisa.

—Me engañás.

     La plaza de Lavapiés está llena de negros, de moros, de chinos, de ecuatorianos, de sinpapeles, de sintechos que beben vino barato tirados en un banco y de señoras del barrio de toda la vida que se preguntan cómo ha cambiado mi calle, por qué, antes no era así. Un paqui les ofrece una rosa –no, gracias– y sigue su peregrinación de mesa en mesa sin que ninguno de los parroquianos del Café Barbieri le compre nada. La poli pasa muy despacito por Tribulete, manteros y camellos siguen al coche con la mirada, los bares han invadido de mesas las aceras de la calle Argumosa, dos hare krishnas cruzan la plaza bailando con su tambor y un negrazo de dos metros, con abarcas y túnica azafrán, llama por un móvil a Nigeria. Ángel Cabrera, o su espíritu, toma hierba mate y dibuja apoyado en una mesa de mármol un mamífero. Simón bebe un trago largo de mahou, la espuma le queda entre los labios y Julieta desearía limpiárselos con los suyos. Los espejos repiten sus caras de frente y de perfil.

     —No te engaño. Don Mario se sentaba en ese rincón y escribía en un cuaderno horas y horas. Nadie le prestaba atención. Un escritor más en un barrio lleno de escritores y de artistas. Aquí se re-encontró su personaje, Ricardo, con el amor de su vida, Marcella, la niña mala de las travesuras. Vivían muy cerca, a la vuelta, en Ave María. Dicen que practicaban sexo explícito. En la novela, vamos. Pero el sexo siempre es explícito, cualquier polvo es mejor que una novela. En este café don Mario escribió mucho sexo de sus personajes. Todos son elogios a la madrastra, a los cuadernos de don Rigodón. ¿Sabías que aquí también vive Ian Gibson?…

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          Este es un fragmento del cuento Una de rabo de toro, que aparecerá en la revista CUADERNOS DEL MATEMÁTICO, a finales del mes de abril.

 

     Pedro Puig Adam (1900-1960) fue matemático, ingeniero y profesor, discípulo de Julio Rey Pastor (matemático luminoso, ligado a la Junta de Ampliación de Estudios, exiliado en Buenos Aires) y una de las mentes preclaras que tuvo este país. Su ciencia y su ingenio inmensos no fueron aprovechados o no se correspondieron con el raquítico y ramplón panorama científico en el que quedó sepultada España tras la belicosidad caudillista.cuaderno_matematico

Puig Adam y Rey Pastor redactaron libros para la enseñanza de los números en el bachillerato. Desde los 80, un instituto de Getafe de Enseñanza Media lleva su nombre.

Y desde hace ahora treinta años, un grupo de aguerridos profesores edita una revista literaria contra viento y marea, más bien contra tempestades y maremotos. Ezequiel Blanco es el coordinador-activista-director de Cuadernos del Matemático, que así se llama la revista. Es la decana de la prensa literaria española. En ella han aparecido las letras de muchos de los grandes nombres de la literatura, las fotos de grandes fotógrafos, los dibujos de grandes artistas, el pensamiento de grandes filósofos. Pero los recortes y el desinterés oficial por la cultura han llevado a Cuadernos del Matemático al borde de la extinción. Aún quedan posibilidades de supervivencia, aunque la cosa está más complicada que lo del lince.

     A finales de este mes de abril saldrá un triple número, quizás el último. Para evitar su final hacen un llamamiento para que todos aquellos que amen la literatura, el pensamiento, el arte, las letras… haga una donación y pueda mantenerse a flote una revista de letras y números, un faro en la negritud cultural del país, que como bien cantaba a grito pelao su más alto representante del Gobierno en una procesión reciente: la cultura es un ente al que la suerteee hirió con garra de fiera.

     Esta es la cuenta que admite donaciones, incluso de 20€:  ES92 3067 0163 1828 1628 0024 a nombre de la “Asociación Amigos de El Matemáticofriso_matematico

 

 

Tamara Cifuentes

Rafael Alonso Solís

     A finales de los noventa, María del Carmen Cuenca Seisdedos se trasladó a Madrid junto a su madre. Con anterioridad había estudiado vocalización, iniciando una carrera en el mundo del show business cuya insustancialidad no impide calificarla de sostenida. Más aún, insistente, puesto que sus propias intermitencias han demostrado tener la fortaleza y moral del Guadiana en sus emergencias, reinventándose una y otra vez bajo nombres diversos. Siempre glamorosa, primero fue Tamara, luego Ámbar y finalmente Yurena, nombres que adoptaba con la familiaridad de quien lleva toda la vida usándolos. No está claro quién fue el inventor o inventora de los diferentes personajes con los que brilló en la escena pública, pero una y otra vez, y sin aparentar frustración, Mary Carmen se ajustaba la faja, se retocaba ligeramente el moño, se abombaba los labios y salía a la calle como quien pisa la alfombra roja por primera vez. Eso sí, con la frescura y el poderío de una diva. Sus primeras apariciones en la escena madrileña solían producirse por las calles emblemáticas de una movida que ya era puro crepúsculo. En aquella época formaba parte de una troupe circense junto a otros ejemplares tan pintorescos y entrañables como ella. Uno era Paquito Porras, hijo de un honrado guiñolista que tuvo un teatrillo en el centro del Parque del Retiro, quien, tras varios años buscándose la vida acabó encontrando sustento como consultor en el uso de verduras para curar los males del alma y los desarreglos intestinales. Otro, con cierto recorrido grabando discos para los bares de carretera, era Leonardo Dantés, autor e intérprete del “baile del pañuelo”, y creador de un movimiento personalísimo con las manos, con el que adornaba sus actuaciones. El tercero era Tony Genil, cuya celebridad había nacido por ser el primer intérprete que cantaba de rodillas, y del que uno recuerda encontrarse años después por los mentideros del foro presumiendo de que, a pesar de ser gay, por el culo no le cabía ni el pelo de una gamba. Con esas compañías, Tamara –a quien la maledicencia acabó por ponerle el apellido de “la mala”, para distinguirla de una excelente cantante de boleros, nieta nada menos que de Rafael Farina– era entrevistada a la salida de los bares de copas y discotecas de moda anunciando que estaba preñada de Paco Porras, que la había seducido bajo efecto de las drogas en casa de Tony Genil, mientras Dantés ponía la música. Cuando, en sus primeras apariciones en televisión, a Tamara, Ámbar o Yurena le preguntaban por su dudosa formación musical, ella contestaba con rotundidad que había estudiado, que tenía papeles con sello y firma, y que los podía mostrar. El afán por enseñar papeles como defensa, junto a un cierto parecido en la sonrisa y el estilismo, me han hecho relacionar a Mary Carmen con Cristina, al mundo de los friquis con el de la política, y a España con un inmenso patio de Monipodio, en el que la verdad y la mentira acaban siendo indistinguibles.

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     Cifuentes saluda por bulerías a un público entregado durante la campaña electoral de 2015. Y sí, el palmero de la izquierda es Ángel Carromero, condenado en Cuba a cuatro años de privación de libertad por homicilio involuntario tras un accidente de tráfico en el que murieron dos personas en el coche que él conducía en la isla caribeña. Trasladado a una prisión española tras intensas negociaciones del ejecutivo de Rajoy apenas si estuvo un mes en la cárcel, quedando en libertad y reincorporándose al puesto como asesor municipal en la alcaldía de Ana Botella.

 

¡A mí la legión!

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Rafael Alonso Solís

     A la Legión le sienta bien el luto, el pelo en el pecho de lobo desbordando la camisa, los correajes nostálgicos y el amor a la muerte. En un escorzo más del viaje al pasado en el que está empeñada la derecha española, la gran creación del general Millán-Astray se ha colgado la colección de medallas, ha hecho ondear la bandera y ha marchado en procesión castrense a celebrar –un suponer– la tortura y muerte de un judío rebelde que nació en Nazaret hace siglos, que dicen disfrutó de una estancia postdoctoral en los más avanzados centros esotéricos del antiguo Oriente, y al que el gran imperio romano utilizó a la perfección para poner en marcha un instrumento de dominio que ha llegado hasta nuestros días. En la Legión, a las unidades militares tipo batallón las llaman banderas, como para recordar de dónde venimos y a dónde vamos, como para hacernos sentir la llamada de la tribu, como para subrayar el mito eterno del trapo como señuelo de la tropa, en un juego de palabras cuyo significado no requiere análisis lingüístico alguno, porque penetra con sencillez y sin esfuerzo a través de los sentidos más primitivos. Puede que por eso la iglesia y la milicia hayan ido siempre de la mano, y mientras una amenazaba con el castigo eterno la otra enarbolaba la bandera, la bayoneta y el fusil. Más que un noviazgo con la muerte, la relación entre clérigos y soldados es una especie de cama redonda, teocrática y guerrera, adornada de barbas rijosas y poblada de túnicas de alma oscura, con el toque de animalismo inverso del macho cabrío a la cabeza del desfile, muestra del potencial androgénico que tiene el uso de las armas, para marcar el paso y que las botas redoblen sobre el suelo con la seguridad de la ausencia de misterio, con la simplicidad de aquel hallazgo de Hitler, cuando en un discurso memorable dijo que “un tanque es un tanque y una bomba es una bomba”, y que el actual presidente del gobierno español ha adaptado a las circunstancias al hacernos ver que “un plato es un plato y un vaso es un vaso”. Grandes verdades, al fin y al cabo, que los líderes están obligados a aclararnos de vez en cuando. Y es que no nos enteramos, coño. Si fuese cierto que hay dos Españas, con una siempre dispuesta a evangelizar a la otra, la Legión es el cuerpo místico de la que se cree grande, libre y elegida. Tal vez por eso pocas imágenes haya más esperpénticas que las de los caballeros legionarios, con su gesto tallado en rigor castrense, mientras pasean al Cristo de la Buena Muerte y hacen sonar los tambores por la calles de Málaga. Charanga, peineta y pandereta como símbolos de la España más negra y más retrógrada. Ésa que vuelve para salvarnos a través de la reencarnación juvenil del integrismo ibérico, mientras los ministros practican el karaoke o hacen playback sin creerselo del todo. Qué miedo.

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Semana de Pasión

Pasión estrógena

Terry Mangino (Texto y fotos)

 _DSC0095_web      «¿Tendrá vergüenzas el cristo? Era un hombre, al fin y al cabo —se pregunta doña Angustias sujetándose la peineta de carey y la mantilla de Chantilly que el viento quiere arrancarle—, aunque lo del Espíritu Santo y lo de la Virgen…». Y le invade un sentimiento de pecado. Es un viento sarraceno y contumaz, ultramontano y hugonote que azota sin tregua a las procesionarias el viernes santo, luto riguroso, al final del cortejo palaciego. Los faldones del cristo soportan los envites eólicos sin revelar si bajo los braguetones se encuentra o no la santa hombría. Doña Angustias expía sus malos pensamientos con letanías y se absuelve: «Cualquier mujer lo habría pensado» —se dice reconfortada._DSC0075_web.jpg

     Para doña María Dolores es un día feliz. Y turbador. La inquieta esa virilidad desbordante de calzones apretados, tercios de Flandes y capotes encarnados que exhiben los lanceros velazqueños que acompañan al cristo. Y mira complacida esas alavergas, perdón, alabardas —se enmienda en su bisbiseo doña María Dolores— erectas, inmensas en los brazos de los hombres y esas espadas enhiestas como surtidores de sombra y sueños que homenajean al cristo. Y se ve doña Dolores como una Lolita de flores a María que tú bordaste en rojo ayer y soldadito español, deseada por esos pechos descamisados y esos brazos legionarios que elevan al cielo, por los vientos al cristo de la buena muerte. «Mi descamisado, Jesús mío, por qué llamas a mi puerta cubierto de rocío» —se pregunta para alejar de sí los malos pensamientos. Y bisbisea una contrición mercedaria.

     Doña Tristana no ve diferencias entre don Lope y el cristo. Un pater y esposo que la trastorna y la sojuzga. Padre severo y regañón, que solo tiene palabras para reprimendas. Cónyuge poco afectivo, que apenas si le complace su feminidad. «Flaquea mi fe» —se resigna. Y se le van los ojos entre los uniformes, las medallas en la pechera, las estrellas en la bocamanga y los sables y los soldaditos valientes. ¡Arde mi espíritu, Señor mío!, en esta semana de pasión.

     Doña Magdalena se alborota con los anderos del cristo, hombretones recios, castellanos con la mano en el pecho, marciales en sus túnicas cárdenas. Y se le va el querer en primaveras, enredado en su pecho un venablo carnal. ¡Ay, ese vigor nazareno!

     Y se encuentran al final del cortejo procesionario las miradas de doña Angustias y de doña María Dolores y de doña Tristana y doña Magdalena como un desafío, dios por medio, que soy yo quién tiene la fe, la peineta y la mantilla más grandes al servicio de cristo, nuestro señor. La imagen cadavérica las mira desde allá arriba sin decir nada, sin que el viento pueda arrancarle los faldones._DSC0090_web

     ¡Viva la blanca paloma! Rompe el sepulcral silencio un enfebrecido penitente, vozarrón de resolí y clavel en la solapa. Gran pagano, que se hizo hermano de una santa cofradía. «¡Qué guapa es mi virgen!» —grita doña Inmaculada entre los turistas del “segwey” que apunto están de atropellarla. Doña Inmaculada prepara el móvil mientras carraspea y se suelta con una saeta: ¡oh la saeta el cantar de la tierra mía! Mientras, se graba un “selfie” para enviárselo a los nietos de Córdoba «que la están esperando».

     ¡Al cielo con ella! señores!, grita el capataz. Le pega un martillazo a la campanilla y de un envión se levanta la virgen de las Calatravas, ¡desprevenida!, que casi le da un lumbago, empujada a los cielos por los 44 costaleros que cargan con los mil kilos de la talla. Y suena el chunda, chunda, ta chunda, chunda, chunda y todo es amor a la patria mía y al Jesús de la agonía y gritos de viva España en una confusión entre lo pagano y lo sagrado, la espada y la cruz, la Constitución y el catecismo. ¡Es una erección juvenil, contundente, rojigualda, militar, masculina! Una arremetida épica entre tricornios, capirotes, testosterona, trajes Giorgio Armani, señoras de negro, mantillas, peinetas y tambores de Calanda atronando la Puerta del Sol.

¡Señor, señor, danos tu fortaleza!

 

 

Dos señores conversan

Gabriel de Araceli. Fotos, tomadas el 17 de marzo en Madrid

Secuencia 1. Interior, día.

Dos hombres conversan en un palacio rococó. El señor presidente, repanchingado en un sofá Freud, fuma una faria apestosa. El otro señor parece astuto, tiene un parecido mitad al Papa Inocencio X, mitad al personaje Monty Burns, de los Simpsons. Por la ventana del palacio se oye un coro de niñas que cantan:

«Al jardín de la Moncloa quiere mi madre que vaya, a ver si me sale un novio el más bonito de España».

PRESIDENTE

Cristóbal. ¿Cómo llevamos la hucha de los abuelos?

CRISTÓBAL (Con voz de vicetiple)

La hucha. ¿Qué hucha? No queda hucha, nos cargamos al cerdito.

PRESIDENTE

Cristóbal, ¿qué me dices? Pero si estaba llena.

CRISTÓBAL

Sí, estaba llena, pero tuvimos que pagarle a Florentino el agujero del gas de Tarragona, el Castor. Acuérdate, 1.350 millones de una vez y casi otros 300 más en conceptos de derechos retributivos.

PRESIDENTE

Pero, ¿eso no lo pagan los usuarios del gas hasta dentro de 30 años?

CRISTÓBAL

Sí, también lo pagan ellos. Lo van a pagar dos veces, en impuestos y en el recibo del gas.

PRESIDENTE

Bueno, pero algo quedará en la hucha.

CRISTÓBAL

Un poco de calderilla para propinas es lo que queda. Acuérdate que también tuvimos que rescatar a los bancos. 56.800 millones, lo del FROB. Y lo del Fondo de Garantía de Depósitos. Otros 20.000. Nos han devuelto un pellizco, 3000 millones.

PRESIDENTE (Chupando de la faria)

Bueno, eso fue una promesa que le hice a don Emilio y a su hija, doña Ana. No podía negarme, ya sabes cómo se han puesto las mujeres últimamente. Me montan unas manifestaciones que me hacen temblar. Las feministas, no sé qué de la igualdad de derechos, de sueldos, de violencia de género. Por qué crees que me he puesto el lacito morado. La verdad, no me pega nada con los trajes. Yo, que soy tan serio, esas alegrías no las ven bien Soraya ni María Dolores, que son las que me asesoran con la ropa. Ponte esto, me dice una, quítate eso, me dice la otra.

CRISTÓBAL (Venteando con las manos el humazo de la faria)

Y lo de las autopistas radiales. Otro pellizco nacionalizarlas. Se nos han ido otros 6.000 millones. De momento, que después será una pasta. Porque los jueces están subiendo las expropiaciones. Deberías decirle algo a Catalá, que ponga orden en el Poder Judicial, que miren por la cosa nostra. Ahora, eso sí. Ya tenemos comprador. Florentino nos las va a comprar de nuevo. Aunque tengamos que hacerle alguna rebaja. No todo va a ser para el Estado ganar dinero.

PRESIDENTE

Florentino es un buen presidente para el Real Madrid. Fíjate lo de París. Ahí tenemos al Madrid, otra vez campeón de Europa. A mí cada vez me gusta más el fútbol. Porque un presidente pega patadas el fútbol y en París hacen el Madrid, el Real Florentino mucho fútbol, mucha Europa, Madrid mucho, el Real ACS. Lo que no entiendo, Cristóbal, es dónde está el resto del dinero de la hucha de los abuelos, porque dinero había.

CRISTÓBAL

Sí, pero también tenemos que pagar la deuda pública a los chinos, que han comprado enormes cantidades de deuda pública española, son nuestros acreedores principales. Les debemos una pasta.

PRESIDENTE

¿A qué chinos, a los de Usera?

CRISTOBAL

No, a los de Usera no, a los de Xi Jinping, a los de Pekín.

PRESIDENTE

Ah, ¿es que también hay chinos en Pekín?

CRISTÓBAL (Sin hacer caso de las dudas del presidente)

Estamos en el 98,8% de deuda en relación con el PIB. Es como si cada español debiera 25.000€. Y somos 46 millones. De seguir así, hasta 2035 no habremos alcanzado el equilibrio. Y el crecimiento económico se ha ralentizado. Habíamos previsto un incremento del PIB del 3% anual pero las calificadoras de riesgos han rebajado la previsión por la crisis catalana y la incertidumbre de los mercados y las tasas a la importación de aceros y aluminio que ha impuesto Trump por la negativa europea a sus exigencias en el tratado de libre comercio.

PRESIDENTE

Cristóbal, ¡Cuánto sabes, qué bien informado que estás, cuántos datos manejas! Yo no sé tanto como tú. Y mira que me aplico en la lectura. ¿Quién es Trump? En el MARCA no dicen nada de eso. Son los periodistas, que no informan bien. Pero es que los abuelos…

CRISTÓBAL

No los llames abuelos que se enfadan. Pensionistas, pensionistas.

PRESIDENTE

Tienes razón, Cristóbal, pensionistas. Los pensionistas es que viven muchos años, los gastos sanitarios, las medicinas, el estado del bienestar… deberíamos hacer algo, Cristóbal. Subir la jubilación a los 80. O privatizar los fondos de pensiones, que no haya pensiones públicas. O que nadie trabaje, así como no trabajan no cotizan y no pueden reclamar una pensión. Fíjate en Bilbao, 150.000 pensionistas en la calle. Pero si no hay tantos habitantes en Bilbao. ¿O sí? Ando mal de bioestadística. Seguro que es cosa de Íñigo, que no es leal a Madrid, como él no paga ha echado a los pensionistas a la calle. ¡Hala, que protesten! Los pensionistas, que no son solidarios, que quieren que les subamos las pensiones. No hacen más que pedir y pedir, que lo saquemos de la hucha. Unos alborotadores, son unos alborotadores.

CRISTÓBAL

Nos queda una propina. Eso del Pacto de Toledo… nos lo hemos zampado. Ya puedes ir pactando de nuevo con la oposición.

PRESIDENTE

Pero es que no me hacen caso. Ni el Albert ni el Sánchez ni el de la coleta. Y ahora encima los abuelos, perdón, los pensionistas. Todo el día protestando, todo el día manifestándose, que tengo a Zoido sin ir a Sevilla, todo el día mandando a los de la UIP a las calles. Qué les digo, Cristóbal, qué les digo…

CRISTÓBAL

Tú diles cualquier cosa, lo que se te ocurra, el caso es entretener a los abuelos, perdón, a los pensionistas, que ahora viene la semana santa y después la primavera y ya podrán pasear por el parque sin estar tanto tiempo en casa, aburridos, pensando. No todo va a ser protestar. Ya se les pasará. Diles algo del fútbol, que tú de eso sí sabes.

PRESIDENTE

Tienes razón, Cristóbal. Les hablaré de lo bueno que es hacer deporte, del ejercicio preventivo a esas edades, de mover el corazón, de los triglicéridos, del colesterol, de los omega 3. Cualquier cosa.

CRISTÓBAL

Claro, cualquier cosa. Diles cualquier cosa. Si te van a votar igual.

Por la ventana se oye el coro de una canción infantil: «…vamos los dos, los dos, los dos, vamos los dos en compañía, vamos los dos, los dos, los dos, al jardín de la alegría».

FUNDE EN NEGRO

_DSC9166_webEl Real Nacional Fútbol Club apenas si intervino durante el partido celebrado el pasado 17 de marzo, en el que se registró el marcador de Gobierno 3; Pensionistas 0.

Camaleones

Gabriel de Araceli

Para Manuel Pérez Barriopedro

     —Las que eligen siempre son las mujeres. Yo digo: esta es la foto, pero después, a ellas nunca les gusta. Prefiero fotografiar hombres. Con las mujeres nunca aciertas.

     —A mí me pasa igual. Puedes fotografiar a un académico, a un escritor, a un presidente de Gobierno, a un jefe de Estado que nunca te pondrán pegas. Están acojonados pensando cómo saldrán en los papeles, lo que dirán los colegas, lo que pensarán sus lectores, los votantes, los no votantes… Nunca se quejan. Pero con las mujeres… nunca aciertas. Que si ese no es mi lado bueno, que si el lugar no me gusta, que si parezco muy mayor, que si no me saques desde arriba, que si este vestido que me he puesto no me favorece, que si me falta el rímel, que si después me quitas con el “fotochop” las arrugas, que si las quiero ver yo antes, que…

     —Mejor no llevarles la contraria…

—Si dicen esto, pues esto, mejor complacer siempre a las mujeres.

— Sus cafés, señores.

     La camarera dejó sobre la mesa dos tazas y se fue. El Comercial estaba lleno de público variopinto. Aquí un caballero con aire de dandi, acá un lector impenitente de periódicos —aún quedan, periódicos—, tras la columna unos amantes furtivos, allá una joven consultaba su móvil, allá un señor tecleaba el interior de una manzana mordisqueada, aquí un grupo de jubilados, en un rincón unas señoras bien titilaban sus joyas, los visones sobresalían del respaldo de las sillas.

   —La que me gusta es Isabel Muñoz. Esa sí que hace fotos. Las maras salvadoreñas, extraordinarias. Hay que echarle muchos huevos para meterse en una cárcel así, con esos tíos dispuestos a todo. Se ganó su respeto.

    —Cojonudas. Es de lo mejorcito que tenemos en España. Y la García Rodero.

    Manolo se levantó como un felino. Con tanto brío que casi tira los libros y el cuaderno de notas de la mesa, esas cosas que van en la bolsa de los fotógrafos.

    —Mira a cámara. Así. ¡Clic! Ahora gira la cabeza, vale. ¡Clic! Mira a la ventana. Bien. Cruza los brazos. ¡Clic! Sube la barbilla. La luz, un poco escasa, pero me gusta el ambiente. ¡Clic! El sombrero te da un aire interesante. Pareces… pareces Truman Capote. ¡Clic!

     —Sí, un camaleón viejo es lo que parezco. Y sin música. Voy a tener que darles la razón a las señoras. Cuando me veo en las fotos nunca me gusto. La editorial, que me ha pedido las fotos para la solapa del libro, si no…

—Pues el Berni se ha comprado una Harley Davidson.

    —Se ha jubilado, estaba harto de llevar las cámaras a cuestas. Esos equipos que arrastrábamos, que pesaban tanto, las lumbalgias…

    —Ahora las cámaras son cojonudas. Las fotos de fútbol. ¿Tú has visto las fotos de fútbol que se hacen ahora? Cuando iba al Bernabeu tenías que ser un virguero para sacar dos fotos enfocadas. Y ahora hay unos teleobjetivos con estabilizador que le sacas hasta las caries a Cristiano.

    —¡Y las fotos del tiempo en la tele que saca la Mónica!  La gente, con un teléfono. La tecnología.

    —¿Y en el Congreso? En los pasillos, en el hemiciclo. Han cambiado la iluminación, deben ser diodos. ¡Y la resolución de las cámaras! ¡Si sale todo enfocado! ¡Sin flash! Por eso se acojonan la Sorayita y la Cospe, porque nos temen, porque fotografiamos sus aviesas intenciones. En cuanto se descuidan salen con la cara de mala leche, siempre mirando de reojo a los fotógrafos, como regañándolos. Si pudieran nos prohibirían la entrada. Son camaleones, cambian de peinado como de sonrisa.

    —Mujeres y políticas, lo tienen todo. Peligrosísimas. Es más fácil fotografiar a los señores. No ponen inconvenientes —y Manolo indica con la mirada un rincón entre los espejos, cerca de las señoras enjoyadas—.  En ese rincón, ponte en ese rincón, para sacar la atmósfera literaria del café, sí, ahora con sombrero.

    Obedezco. Yo siempre obedezco a un reportero que ha dado diez veces la vuelta al mundo que te sugiere una foto, sin rechistar. Es la autoridad. ¡Clic! Las señoras de las joyas nos miraban continuamente. ¡Clic! Siempre soy yo el que toma las fotos. ¡Clic! Eso de posar, pocas veces. ¡Clic! No sé, me siento perdido al otro lado del espejo. ¡Clic! Y encima, las señoras tan cerca, cuchicheando como cotorras. Las joyas, los abrigos, aquellas miraditas tan directas, sin perder ripio. ¡Clic! «Nunca le había visto con sombrero, pero así también me gusta» se decían entre ellas.

    —Contaba Nachtwey que cuando le dieron el Princesa de Asturias estaba nervioso. Que no se acostumbraba al protagonismo. Que prefería el anonimato de los lugares tan terribles donde trabaja.

    —Nachtwey es mucho fotógrafo. Es de esos que hacen de su trabajo la razón de su existencia. Ves sus fotos de Sarajevo y te acojonas. No le han matado de milagro, se ha jugado la vida muchas veces.

     —Acuérdate de Juantxu Rodríguez, en Panamá, en el 89. Lo mataron los americanos a sangre fría.

     —Hay algo de profeta, de justiciero, de valedor de las causas perdidas en los fotógrafos de guerra. Es como si el periodista se encarnara en defensor de los oprimidos.

     —Y para acabar, algunas a contraluz.

    Y Manolo avanzó como un gato y me hizo fotos mientras yo fingía escribir en el cuaderno. ¡Clic, clic, clic!

    Sería la estilográfica, ya nadie las utiliza. Casi nadie escribe a mano. Sería el desorden del bloc de notas, los libros, la cámara sobre la mesa lo que llamó la atención de la señora, o que Manolo llevaba un rato trasteando con las fotos. El caso es que se dirigió decidida hacia nosotros. Pensaba que nos iba a regañar.

    —Le he reconocido, es usted el novelista —me dijo convencida.

     Yo miraba a la señora con sorpresa porque en esas situaciones conviene mantener la calma sin decir nada. Solo observando, que es lo que hacemos los periodistas. Calladito, calladito.

    —Sí, he estado en todas las presentaciones de sus libros. Me encantan esos personajes, ese ambiente de novela negra que tienen sus relatos, el suspense, sus tramas, la psicología de los figurantes, los lugares que se inventa.

     Estaba confuso. Sí, es cierto que he hecho un par de presentaciones de mi novela. Una en el Café Central. Pero fue para un círculo muy reducido. Mis amigos, algún cliente ocasional que pasara por allí. Nadie más. Me extrañó el elogio de aquella dama. Quizás estuvo aquel día. Era improbable, pero no me atrevía a dudarlo, era una señora. Para una vez que una lectora te alaba…

     —Y sobre todo las mujeres. Siempre son protagonistas en sus novelas. Son fuertes, decididas, acostumbradas a luchar contra cualquier obstáculo que se ponga en su camino. Son heroínas. Y usted es un defensor de la mujer. Seguro que de haber nacido en el XIX hubiera escrito Fortunata, o La Regenta.

     Mi única protagonista de las novelas se llama Carmelita. Y ahora anda por ahí con un novio boxeador. Hace tiempo que no sé de ella. Hace su vida. Me extrañaba mucho que aquella señora supiera algo de mi chica protagonista.

    —Me gustaría que me firmara uno de sus libros. Para mí sería un honor enseñárselo a mis amigas. ¡Qué importancia!, ¡qué alegría!, lo que voy a presumir con su firma en esa novela. Incluso la volvería a leer entera. Me quedé a la mitad porque no la entendía. Pero ahora le prometo que sí la acabaré, señor Pérez Reverte.

     Y señaló la mesa donde, entre las cámaras, la estilográfica y el cuaderno de notas había un ejemplar muy leído de “La reina del sur”.

     —Usted, ¿se llama?

—María Teresa, pero puede poner Maite.

     «Para Maite, porque tiene el encanto, la sabiduría, el valor, la perspicacia y el conocimiento necesarios para ser una reina. A P R» escribí en la primera página de la novela. La señora se emocionó, me dio un beso de agradecimiento y se fue al rincón de los visones a presumir de libro firmado. Las otras amigas la miraban con envidia.

      Manolo y yo recogimos las cámaras, la estilográfica y los papeles y nos marchamos del Comercial con dudas de conciencia, pensando que habíamos cometido un fraude, como camaleones. Pero a ella no podía confesarle la verdad. Siempre hay que complacer a las mujeres.

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Señoras en el Café Comercial

 

 

 

 

 

¿Involución u oportunidad?

Rafael Alonso Solís

En Santa Cruz de Tenerife, cerca de un antiguo cuartel, se levanta una ridícula estatua en homenaje a Franco. Así ha sido, durante años, para engallamiento de una parte y humillación de la otra, tras haber sido sufragada por aportaciones populares. El monumento, típico de aquellos esperpentos que le encargaban a Juan de Ávalos durante el régimen fascista, nunca tuvo la pretensión de ser una obra realista, sino simbólica, ya que parece representar a un ángel vengador, que despliega sus alas para llevar hacia la eternidad a un caudillo triunfante. Se ha dicho que a Franco no le gustó la iniciativa, pero ahí quedó, sin aclararse si se trataba de una conmemoración de “la Cruzada”, “la Victoria”, el vuelo del Dragón Rapide que trasladó al golpista para ponerse al mando de las tropas sublevadas o –según la denomina la Fundación Juan de Ávalos– un “Monumento Conmemorativo a la Paz”. Hasta ahora, la inútil o mal aplicada Ley de la Memoria Histórica no ha podido con el símbolo y se eleva el tono en Tenerife de las voces de quienes exigen su eliminación del mobiliario urbano, ante la resistencia de la autoridad municipal. Hace unos días, Mariano Rajoy, aprovechando una visita a Tenerife, dio su habitual caminata deportiva por la zona acompañado por un selecto grupo de altos cargos del PP canario. Una fotografía bien elegida recoge el paso de la comitiva por delante del vencedor, con lo que el símbolo avanza décadas o nos anuncia que se ha iniciado, oficialmente, el retorno de los brujos. Uno, en su ingenuidad, no puede saber si la fotografía responde a la habilidad de algún viandante que captó el momento, o si el espectáculo estuvo organizado por el comité de festejos. Dicen que los ideólogos del PP andan divididos entre quienes piensan que hay que ponerse de acuerdo cuanto antes con su marca naranja y gobernar, que hay muchos asuntos pendientes y se recauda poco, y quienes sostienen que no pueden dejarse adelantar por la derecha y propugnan una recuperación de los valores. La foto de Rajoy triunfante y en bermudas, posando junto al ángel vengador y al caudillo que salvó a España de la amenaza roja, hace pensar en lo segundo, si bien no hay forma de confirmarlo, más allá de la especulación literaria. Sea por uno u otro motivo, la imagen refleja el momento de involución que vivimos. La crisis está permitiendo a la derecha ajustar las cuentas de la familia, mientras las diferentes visiones de la izquierda contemplan el paso de las tropas, y el miedo a hacer chistes con doble sentido inunda los escenarios. Se nos ha ido Forges y estamos más solos. En la calle, como decía Azcona que pasaba en Madrid durante la posguerra, hace frío, el Ártico se deshiela, el nivel del mar sube y la lluvia llega sin avisar. Hace días fue el aniversario de la ejecución de Puig Antich, y ayer del último viaje de mi madre. Mañana hay huelga general feminista. Aún hay esperanza.1520285002120

Enlaces relacionados

44 aniversario de la ejecución de Puig Antich

El Cristo de Medinaceli

                                                                                Gabriel de Araceli

       El primer viernes de marzo es tradicional visitar el cristo de Medinaceli en Madrid, una iglesia ubicada justo detrás del lujoso Hotel Palace y a poco más de 250 m del Congreso de los Diputados. El poder político, religioso y ecónomico se dan la mano en el viejo barrio de las letras, un lugar en el que habitaron Cervantes, Quevedo o Lope de Vega.  Un lugar que el turismo invasivo está desvirtuando a velocidad de vértigo, donde los comercios tradicionales están desapareciendo y donde la concentración de bares ruidosos y restaurantes de comida basura por Km cuadrado debe ser de las más altas del mundo. _DSC0021_web

       El Cristo de Medinaceli es un cristo rico. Y la asistencia de fieles a Medinaceli es multitudinaria. Aunque  llueva a mares, como este último 2 de marzo de 2018, aunque haga frío, aunque sople un viento huracanado todo devoto que se precie debe  comparecer a la cita como si fuera esa tarde la última vez.

       El Cristo de Medinaceli es una de las imágenes que cuenta con más fervor en Madrid. Por ir va hasta el Rey, que se cuadra militarmente ante la imagen siguiendo la tradición borbónica de rendir tributo al cristo. Miles y miles de personas aguantan horas y horas hasta conseguir entrar en la recoleta iglesia. Sí, hay que hacerse amigo de los ricos, aunque sea para rezar.

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      Las medidas de seguridad se multiplican. La calle Medinaceli se acordona y se corta al tráfico, protección civil y policía se movilizan para garantizar que los fieles puedan presentar sus respetos y rogativas a la talla.

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        Fotografías realizadas con una cámara digital de hace doce años, dotada con un único objetivo de hace treinta años, Nikkor de 50 mm de distancia focal, 1:1.8, enfoque, obturación y exposición manual. Menos es más.

He ganado el premio TIFLOS 2017 de narrativa

     Ángel Aguado López

     Tengo el inmenso placer de comunicar a todos que he obtenido el premio TIFLOS 2017, en la versión de Cuentos. Extraigo lo siguiente de la notificación del jurado:

      ….El jurado de los Premios Tiflos de Literatura, convocados por la ONCE en su XXXI Edición de Poesía, XXVIII Edición de Cuento y XX Edición de Novela, ha elegido a los escritores Felipe Benítez Reyes, Ángel Aguado López y Juan Fernández Sánchez, como ganadores entre los 708 trabajos presentados, todos en lengua castellana.

     En Cuento, el ganador ha sido Ángel Aguado López, de Boadilla del Monte (Madrid), por su trabajo titulado “Perdedores”, por unanimidad del jurado. Sobre el trabajo, Santos Sanz Villanueva ha querido destacar que se trata de “un libro de cuentos más o menos articulados que giran en torno a una historia sobre cómo escribir cuentos. Son tres historias entrelazadas que reflejan, como su propio título indica, una historia de perdedores”

Un prestigioso jurado

     En el apartado de Poesía, los jurados han sido los prestigiosos escritores Luis Alberto de Cuenca, Ángel García López, Ángel Luis Prieto de Paula y el editor Jesús García Sánchez (Editorial Visor). En Cuento, los miembros fueron Fanny Rubio, José Manuel Caballero Bonald, Santos Sanz Villanueva y la editora Penélope Acero (Editorial Edhasa Castalia). Y en Novela, el jurado ha estado compuesto por el académico de la RAE Luis Mateo Díez, Manuel Longares, Ángel Basanta Folgueira y la editora Penélope Acero.

     En esta XXXI edición de los Premios Tiflos se han presentado un total de 708 trabajos: 288 en el apartado de Poesía (274 de autores videntes y 14 de escritores con discapacidad visual); 199 originales en el apartado de Cuento (184 de videntes y 15 en el apartado de discapacidad visual); y 221 en la categoría de Novela (214 de escritores videntes y 7 con discapacidad visual). Los trabajos proceden de países de todo el mundo….

http://www.once.es/new/sala-de-prensa/notas-de-prensa/felipe-benitez-reyes-angel-aguado-lopez-y-juan

     “Perdedores”, el conjunto de cuentos ganador, trata sobre el exilio y las consecuencias funestas que sufrieron aquellos a los que el destino chungo, cruel y canalla les privó de la gloria. En un tono sarcástico no exento de humor dialogan personajes que fueron verdugos o víctimas de la historia, y a los cuales la memoria ni los ha absuelto ni los ha olvidado.

“Perdedores”: una historia pendiente de final

     El 16 de noviembre de 1936 la Legión Cóndor bombardeaba Madrid apoyando el ataque que las tropas rebeldes del general Franco realizaban en esos días sobre la capital. El Museo del Prado fue seriamente dañado, como revela el informe que el arquitecto José Lino Vaamonde, responsable de la defensa del edificio, realizó tras examinar la pinacoteca. La Junta de Defensa, en colaboración con la dirección del museo decide proteger las obras pictóricas y enviar las más representativas a Valencia para evitar su destrucción.

      De allí llegarían, tras un largo y tortuoso viaje a Ginebra, Suiza, donde permanecerían en depósito hasta 1939. Transportadas en camiones salen del museo en diciembre de 1936. Al llegar a Arganda, pueblecito al este de Madrid, a unos 30 Km, los camiones cargados no pueden traspasar el gálibo del puente de acero que cruza el río Jarama. Las Meninas, de Velázquez, Las tres gracias, de Rubens, o El descendimiento, de Rogier Van der Weyden, se ven obligados a descender de los camiones y cruzar el puente sobre rodillos metálicos bajo la amenaza de destrucción de los Junkers Ju 87 que la Luftwaffe probaba a discreción sobre los cielos madrileños. La foto inferior muestra el estado actual del puente de Arganda, ahora bombardeado sin perdón y con saña por los grafiteros, los nuevos stukas de los monumentos madrileños.

Don Carnal domesticado

_DSC8850_web.jpgGabriel de Araceli (Texto y fotos: viernes de Carnaval en Madrid)

Tras las carnestolendas, Doña Cuaresma y don Carnal comparten un cucurucho de castañas calentitas como dos viejos amigos y milan el anuncio del año nuevo chino en Usela, un barrio de Madrid. Conversan.

—Que me place, don Carnal, platicar con usted de cosas gentiles y profanas, que campan por el mundo los bellacos, que anda repleto de truhanes y de pícaros, sin que pueda remediarse el desatino al que nos lleva tanto guiso de whatsap y de tabletas.

—Siempre fue así, doña Cuaresma, que infante parecéis con tanta murga, no seré yo quien os descubra las trampas que ocultan los ingenios.

—Pues juro que enterrando a la sardina acabaré yo con tanta molicie, indolencia y desenfreno, que urge sosiego y resguardarse de tanto cachivache, de tanto invento y tanta leche… de burra, que acémilas con anteojeras parecemos.

—Imposible tarea se me hace remediar lo irremediable, señora mía. Que por más que adoctrine al catecúmeno y persiga vuecencia la herejía no ha de lograr parar el tiempo venidero. Y si ahora pintan bastos ni con oros detendrá los nuevos usos, así que serénese y temple en copas lo que no puede batirse con espadas.

—Metafísico estáis, don Carnal.

—Es que no como… que me han cambiado el relajo por teatro, que todo es espectáculo y no queda ya ni chirigota, que han domesticado la farra y el bullicio y lo han tornado en baile de salón, en sacristía, en recato. Procesión más bien parece antes de tiempo el tiempo que debiera ser irreverente.

—Pues yo no tengo queja, don Carnal, que todo me parece muy decente y apropiado, sin dar pábulo a la orgía, todas las calles contenidas de dulces bailarines y alegres cofradías, sin trifulcas, sin gritos ni susurros, muy recto y respetable, sin agudo sonar de chirimías.

—Triunfo es el orden del Justicia, que no hay vuelta atrás, con tanto temor y tanto miedo nos han robado el carnaval, domesticado en desfiles y trajes regionales, sin sorna, sin chanza, pasacalles infantiles e inocentes.

—Pues eso es lo que quiere la gente, don Carnal, no se me ofenda, que para ser usted tan talludito cree aún en libertades y librespensamientos. Y eso, don Carnal, bien lo sabe, se quedó en los tiempos del buen amor del Arcipreste y no en los actuales._DSC8864_web

Don Carnal bebe a morro de una litrona. Se la pasa a doña Cuaresma, que le da un viaje a la Mahou que la deja temblando. Don Carnal se queda pasmao de la aplicación cervecera de la doña, que le interpela.

—¿Y qué me dice usted, don Carnal, del año nuevo chino en un barrio de Madrid que Usera llaman?

—Un cuento chino, otro desfile, un espectáculo de masas, llenas las calles, prietas las filas, como en redil de ovejas amansadas.

—Andad, don Carnal, que estáis muy malcriado con esa lengua que a todo pone inconveniente. Sed más diligente y resignado, que a todo ultraja el triste pensamiento.

—Pues cómo no he de penar con tanto orden, que desorden era, en tiempos, carnaval. Y la fiesta del año nuevo chino camino va de convertirse en un pastiche, con tanto colorete y concejal, incluso anuncia su presencia la BBC y el New York Times, como si eso fuera noticiable y no farándula.

—Pues a mí me parece muy prudente, que se hable de los chinos en Usera, y menos de ese torpe presidente que quiere poner en México barrera.

—A su tiempo cada cosa. No se vuelva de los chinos portavoza. Y no confunda más, doña Cuaresma, a la pública opinión con el truco del manco. Que tanto engaña el que muestra lo indebido como el que la verdad oculta y la enmascara con finales felices y cuentos chinos.

Doña Cuaresma y don Carnal se acaban el cucurucho de castañas y se van amarraditos los dos de la mano, espumas y terciopelo, lejos del bullicio mendaz y amalillo de Usela.

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Desfile del año nuevo chino en Usera, un barrio de Madrid, fotos de 2016 y 2017

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Chinatown

 

 

 

Por amor a los demás

Ángel Aguado López

     «Te da muchísima satisfacción, te gratifica como persona» dice Mar, entregada a su voluntariado Reiki, que da sesiones de relajación a enfermos y también a internos del Centro Penitenciario de Soto del Real, que la tratan «muy agradecidos, muy amablemente, con un respeto y con un cariño…» Mar se paga su transporte para ir desde el paseo de la Virgen del Puerto, en Madrid, donde vive, hasta el Hospital Puerta de Hierro, unos cincuenta Km ida y vuelta, no cobra un euro, lo hace por amor… por amor a los demás. «Salgo de aquí con las pilas súper-cargadas, el contacto con el paciente, con el ser humano es la mejor recompensa» dice con una leve sonrisa. Mar lleva años haciendo esto cada quince días, cuatro horas cada día. Mar mira a su cliente, a su paciente Sara, que tiene síndrome de Crohn, una inflamación intestinal a la que tratan con fármacos inmunosupresores, a la que aplica su método de relajación. Y las dos se sonríen.

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Mar y una paciente en el hospital de día del Puerta de Hierro.

     Alberto Vega Martín tiene 63 años y tuvo un cáncer de colon, «y también la próstata». Vive en Becerril de la Sierra, un pueblo en la Sierra de Madrid, a unos treinta y cinco Km del Puerta. Fue pintor decorador. El tratamiento de quimioterapia le dura «unas tres horas, cada quince días una sesión, si los análisis dan bien, llevo dos años de tratamiento, me habrán dado… más de cuarenta sesiones de quimio». ¡La hostia!, diría un castizo, ¡cuarenta sesiones de quimio! Pero Alberto parece un miura, come de todo, ni se inmuta, ¡tan contento!, escuchando música, con los auriculares, mientras Óscar Danés le pone las manos en la cabeza en la sesión de Reiki.

     Óscar era realizador en TVE. El ERE le puso de patitas en la calle y ahora dedica su tiempo a los demás. Junto con Mar Domínguez es miembro de la Fundación Sauce y con otros muchos voluntarios se dedica a recorrer hospitales, centros penitenciarios, residencias de ancianos, etc., para echar una mano a los demás «porque debemos ayudarnos unos a otros sin esperar nada de las instituciones o de los políticos». «Una sonrisa de un paciente te ha llenado el día» dice Óscar, que como Mar, como Patricia, publicista, que viene desde Navalcarnero, unos setenta Km ida y vuelta al Puerta «recibimos más de lo que damos». Como Paloma y Juan Carlos, ella recepcionista, él trabaja en una residencia de personas mayores en el barrio obrero de Manoteras, 27 años casados y parecen novios; como Pedro, que es socorrista en piscinas los veranos. Todos son voluntarios y trabajan por los demás, ¡sin cobrar un puto duro!, que diría un castizo.

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Óscar y un paciente de quimioterapia en el hospital de día del Puerta de Hierro.

     Margarita Sanz de Andino es abogada, tiene 55 años y tuvo un cáncer de mama y «después, otro de tiroides» y ha sido intervenida tres veces quirúrgicamente. Pero ella se va al Puerta todos los lunes sin recibir nada a cambio, ni un euro, y se pasa tres, cuatro horas dando ánimos a los enfermos oncológicos, «escuchando sus miedos, sus necesidades, hablando, dándoles conversación si ellos quieren. No hay nada peor que la soledad de la quimio» dice Margarita, que de eso sabe mucho. Margarita es una señora esbelta, elegante, habla con prudencia. Desde hace dos años es voluntaria de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). Sus hijas están emocionadas con que Margarita ayude a los demás, con que «hacer compañía a esos que pasan tantas horas luchando con la enfermedad sea tu única recompensa» dice Margarita. “Porque hay tantos ejemplos de superación entre los pacientes, ¡tantas ganas de vivir!». Margarita te mira y calla, y después te cuenta que «lo que más me impresiona son los pacientes jóvenes, chavales de quince o dieciséis años que le están echando un pulso a la enfermedad y que sólo quieren vivir». Y cuenta Margarita que «cuando has estado enfermo se te caen todas las bellotas que tenías en la cabeza, aprendes a valorar la vida, que ser voluntario, estar en contacto con personas que ahora están enfermas te ayuda a tener las ideas en su sitio». Y Margarita te mira y calla.

     El doctor Mariano Provencio es el jefe de Servicio de Oncología Médica del Hospital Puerta de Hierro. La Real Academia Nacional de Medicina de España le acaba de dar, en enero de 2018, el Premio de la Academia, que distingue a investigadores reconocidos por sus estudios y publicaciones médicas. El premio lleva consigo su nombramiento como académico de la RANM. El estudio se titulaba: “Medicina Personalizada en Oncología: Utilización de la Biopsia Líquida como elemento fundamental en el desarrollo de un nuevo modelo de conocimiento y utilidad en pacientes con cáncer de pulmón”.

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El doctor Mariano Provencio en una foto facilitada por el Hospital Puerta de Hierro, de Madrid.

     El doctor Provencio y su equipo han diseñado un panel de genes para poder identificar mutaciones específicas del tumor en pacientes oncológicos y ampliar así el número de individuos que se pueden beneficiar.

     El doctor Provencio, su equipo y los voluntarios que a diario trabajan en el Puerta hacen que la vida de los pacientes oncológicos sea un poco mejor. Gracias por su amor a los demás.

 

 

 

[Parte de este reportaje y las fotografías se publicaron en el mensual Capital Noroeste, en marzo de 2015]

 

 

 

 

Nostalgia y mitos

Rafael Alonso Solís

     Releyendo el Diccionario cheli uno se reencuentra con términos que se cruzan el sentido y que explican las cosas mejor que los que usamos en las celebraciones, en las tomas de posesión y en los discursos de apertura. Según Umbral –que cita muy bien, entre otras cosas porque se inventa las citas, que para eso es un  creador–, algunos estructuralistas, como Roman Jacobson y Claude Levi-Strauss, consideraban que los mitos eran tanto organizaciones conceptuales como obras de arte. Se pregunta Umbral si es primero el mito y acaba convirtiéndose en objeto de admiración, o son los objetos los que acaban mitificándose a partir de las reacciones estéticas que provocan o el contexto en que lo hacen. Cabría preguntarse si el mito estaba ya ahí, en algún sitio, como los pensamientos o los versos, hasta que alguien se los encuentra y les pone nombre, los titula y los coloca en el mercado. En su aparición estelar en Copenhague, ante una pregunta difícil y con mala leche, Puigdemont ha dicho que la democracia española solo está en los papeles, y tiene buena parte de razón, pero él mismo está echando una mano en ese sentido. ¿Es la democracia un mito, inventado por un selecto grupo de creadores a los que se encargó el proyecto? ¿O es el marco conceptual diseñado, precisamente, para que encajaran otros mitos que se iban construyendo a medida que se necesitaban? Es cierto que hay mitologías resistentes a las tormentas, a la mala prensa y al paso del tiempo, mientras otras han ido perdiendo la gracia y la frescura –que es lo peor que puede pasarle a un mito–, aunque se las siga citando para rellenar las enciclopedias. Si hay un mito postdemocrático que ha acabado en ropa interior es aquello de que los pueblos son muy sabios y no se equivocan al ejercer su voto. No merece la pena hacer la lista de equivocaciones, pero sí recordarlas con un minuto de silencio, a ver si nos enteramos. Decía Tierno Galván que la política era un arte noble, pero eso choca con la constatación o la sospecha de que la mayoría de las personas que se dedican a esa actividad con éxito –es decir, las que se presentan una y otra vez a elecciones y salen triunfantes– son expertas en el arte del trile y burlangas de la democracia, que hacen trampas cuando juegan al parchís o a los chinos. Lo cual nos lleva a aceptar, por contraposición, que quienes les votamos –ése supuesto colectivo que no se equivoca ante las urnas– somos masocas o andamos siempre pasados de pastillas. Un poeta postdemocrático y con la elegancia kitsch que tienen los poetas de derechas, como Luis Alberto de Cuenca, ha dicho hace poco que con Franco había más libertad de expresión. Hay ahí otro mito perverso, y es el de la nostalgia, un espacio en el que cabe todo el mundo. Al fin y al cabo, como dijo Andre Gide, “toda nostalgia es un fervor decaído”.