Don Carnal domesticado

_DSC8850_web.jpgGabriel de Araceli (Texto y fotos: viernes de Carnaval en Madrid)

Tras las carnestolendas, Doña Cuaresma y don Carnal comparten un cucurucho de castañas calentitas como dos viejos amigos y milan el anuncio del año nuevo chino en Usela, un barrio de Madrid. Conversan.

—Que me place, don Carnal, platicar con usted de cosas gentiles y profanas, que campan por el mundo los bellacos, que anda repleto de truhanes y de pícaros, sin que pueda remediarse el desatino al que nos lleva tanto guiso de whatsap y de tabletas.

—Siempre fue así, doña Cuaresma, que infante parecéis con tanta murga, no seré yo quien os descubra las trampas que ocultan los ingenios.

—Pues juro que enterrando a la sardina acabaré yo con tanta molicie, indolencia y desenfreno, que urge sosiego y resguardarse de tanto cachivache, de tanto invento y tanta leche… de burra, que acémilas con anteojeras parecemos.

—Imposible tarea se me hace remediar lo irremediable, señora mía. Que por más que adoctrine al catecúmeno y persiga vuecencia la herejía no ha de lograr parar el tiempo venidero. Y si ahora pintan bastos ni con oros detendrá los nuevos usos, así que serénese y temple en copas lo que no puede batirse con espadas.

—Metafísico estáis, don Carnal.

—Es que no como… que me han cambiado el relajo por teatro, que todo es espectáculo y no queda ya ni chirigota, que han domesticado la farra y el bullicio y lo han tornado en baile de salón, en sacristía, en recato. Procesión más bien parece antes de tiempo el tiempo que debiera ser irreverente.

—Pues yo no tengo queja, don Carnal, que todo me parece muy decente y apropiado, sin dar pábulo a la orgía, todas las calles contenidas de dulces bailarines y alegres cofradías, sin trifulcas, sin gritos ni susurros, muy recto y respetable, sin agudo sonar de chirimías.

—Triunfo es el orden del Justicia, que no hay vuelta atrás, con tanto temor y tanto miedo nos han robado el carnaval, domesticado en desfiles y trajes regionales, sin sorna, sin chanza, pasacalles infantiles e inocentes.

—Pues eso es lo que quiere la gente, don Carnal, no se me ofenda, que para ser usted tan talludito cree aún en libertades y librespensamientos. Y eso, don Carnal, bien lo sabe, se quedó en los tiempos del buen amor del Arcipreste y no en los actuales._DSC8864_web

Don Carnal bebe a morro de una litrona. Se la pasa a doña Cuaresma, que le da un viaje a la Mahou que la deja temblando. Don Carnal se queda pasmao de la aplicación cervecera de la doña, que le interpela.

—¿Y qué me dice usted, don Carnal, del año nuevo chino en un barrio de Madrid que Usera llaman?

—Un cuento chino, otro desfile, un espectáculo de masas, llenas las calles, prietas las filas, como en redil de ovejas amansadas.

—Andad, don Carnal, que estáis muy malcriado con esa lengua que a todo pone inconveniente. Sed más diligente y resignado, que a todo ultraja el triste pensamiento.

—Pues cómo no he de penar con tanto orden, que desorden era, en tiempos, carnaval. Y la fiesta del año nuevo chino camino va de convertirse en un pastiche, con tanto colorete y concejal, incluso anuncia su presencia la BBC y el New York Times, como si eso fuera noticiable y no farándula.

—Pues a mí me parece muy prudente, que se hable de los chinos en Usera, y menos de ese torpe presidente que quiere poner en México barrera.

—A su tiempo cada cosa. No se vuelva de los chinos portavoza. Y no confunda más, doña Cuaresma, a la pública opinión con el truco del manco. Que tanto engaña el que muestra lo indebido como el que la verdad oculta y la enmascara con finales felices y cuentos chinos.

Doña Cuaresma y don Carnal se acaban el cucurucho de castañas y se van amarraditos los dos de la mano, espumas y terciopelo, lejos del bullicio mendaz y amalillo de Usela.

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Desfile del año nuevo chino en Usera, un barrio de Madrid, fotos de 2016 y 2017

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Chinatown

 

 

 

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Por amor a los demás

Ángel Aguado López

     «Te da muchísima satisfacción, te gratifica como persona» dice Mar, entregada a su voluntariado Reiki, que da sesiones de relajación a enfermos y también a internos del Centro Penitenciario de Soto del Real, que la tratan «muy agradecidos, muy amablemente, con un respeto y con un cariño…» Mar se paga su transporte para ir desde el paseo de la Virgen del Puerto, en Madrid, donde vive, hasta el Hospital Puerta de Hierro, unos cincuenta Km ida y vuelta, no cobra un euro, lo hace por amor… por amor a los demás. «Salgo de aquí con las pilas súper-cargadas, el contacto con el paciente, con el ser humano es la mejor recompensa» dice con una leve sonrisa. Mar lleva años haciendo esto cada quince días, cuatro horas cada día. Mar mira a su cliente, a su paciente Sara, que tiene síndrome de Crohn, una inflamación intestinal a la que tratan con fármacos inmunosupresores, a la que aplica su método de relajación. Y las dos se sonríen.

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Mar y una paciente en el hospital de día del Puerta de Hierro.

     Alberto Vega Martín tiene 63 años y tuvo un cáncer de colon, «y también la próstata». Vive en Becerril de la Sierra, un pueblo en la Sierra de Madrid, a unos treinta y cinco Km del Puerta. Fue pintor decorador. El tratamiento de quimioterapia le dura «unas tres horas, cada quince días una sesión, si los análisis dan bien, llevo dos años de tratamiento, me habrán dado… más de cuarenta sesiones de quimio». ¡La hostia!, diría un castizo, ¡cuarenta sesiones de quimio! Pero Alberto parece un miura, come de todo, ni se inmuta, ¡tan contento!, escuchando música, con los auriculares, mientras Óscar Danés le pone las manos en la cabeza en la sesión de Reiki.

     Óscar era realizador en TVE. El ERE le puso de patitas en la calle y ahora dedica su tiempo a los demás. Junto con Mar Domínguez es miembro de la Fundación Sauce y con otros muchos voluntarios se dedica a recorrer hospitales, centros penitenciarios, residencias de ancianos, etc., para echar una mano a los demás «porque debemos ayudarnos unos a otros sin esperar nada de las instituciones o de los políticos». «Una sonrisa de un paciente te ha llenado el día» dice Óscar, que como Mar, como Patricia, publicista, que viene desde Navalcarnero, unos setenta Km ida y vuelta al Puerta «recibimos más de lo que damos». Como Paloma y Juan Carlos, ella recepcionista, él trabaja en una residencia de personas mayores en el barrio obrero de Manoteras, 27 años casados y parecen novios; como Pedro, que es socorrista en piscinas los veranos. Todos son voluntarios y trabajan por los demás, ¡sin cobrar un puto duro!, que diría un castizo.

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Óscar y un paciente de quimioterapia en el hospital de día del Puerta de Hierro.

     Margarita Sanz de Andino es abogada, tiene 55 años y tuvo un cáncer de mama y «después, otro de tiroides» y ha sido intervenida tres veces quirúrgicamente. Pero ella se va al Puerta todos los lunes sin recibir nada a cambio, ni un euro, y se pasa tres, cuatro horas dando ánimos a los enfermos oncológicos, «escuchando sus miedos, sus necesidades, hablando, dándoles conversación si ellos quieren. No hay nada peor que la soledad de la quimio» dice Margarita, que de eso sabe mucho. Margarita es una señora esbelta, elegante, habla con prudencia. Desde hace dos años es voluntaria de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). Sus hijas están emocionadas con que Margarita ayude a los demás, con que «hacer compañía a esos que pasan tantas horas luchando con la enfermedad sea tu única recompensa» dice Margarita. “Porque hay tantos ejemplos de superación entre los pacientes, ¡tantas ganas de vivir!». Margarita te mira y calla, y después te cuenta que «lo que más me impresiona son los pacientes jóvenes, chavales de quince o dieciséis años que le están echando un pulso a la enfermedad y que sólo quieren vivir». Y cuenta Margarita que «cuando has estado enfermo se te caen todas las bellotas que tenías en la cabeza, aprendes a valorar la vida, que ser voluntario, estar en contacto con personas que ahora están enfermas te ayuda a tener las ideas en su sitio». Y Margarita te mira y calla.

     El doctor Mariano Provencio es el jefe de Servicio de Oncología Médica del Hospital Puerta de Hierro. La Real Academia Nacional de Medicina de España le acaba de dar, en enero de 2018, el Premio de la Academia, que distingue a investigadores reconocidos por sus estudios y publicaciones médicas. El premio lleva consigo su nombramiento como académico de la RANM. El estudio se titulaba: “Medicina Personalizada en Oncología: Utilización de la Biopsia Líquida como elemento fundamental en el desarrollo de un nuevo modelo de conocimiento y utilidad en pacientes con cáncer de pulmón”.

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El doctor Mariano Provencio en una foto facilitada por el Hospital Puerta de Hierro, de Madrid.

     El doctor Provencio y su equipo han diseñado un panel de genes para poder identificar mutaciones específicas del tumor en pacientes oncológicos y ampliar así el número de individuos que se pueden beneficiar.

     El doctor Provencio, su equipo y los voluntarios que a diario trabajan en el Puerta hacen que la vida de los pacientes oncológicos sea un poco mejor. Gracias por su amor a los demás.

 

 

 

[Parte de este reportaje y las fotografías se publicaron en el mensual Capital Noroeste, en marzo de 2015]

 

 

 

 

Nostalgia y mitos

Rafael Alonso Solís

     Releyendo el Diccionario cheli uno se reencuentra con términos que se cruzan el sentido y que explican las cosas mejor que los que usamos en las celebraciones, en las tomas de posesión y en los discursos de apertura. Según Umbral –que cita muy bien, entre otras cosas porque se inventa las citas, que para eso es un  creador–, algunos estructuralistas, como Roman Jacobson y Claude Levi-Strauss, consideraban que los mitos eran tanto organizaciones conceptuales como obras de arte. Se pregunta Umbral si es primero el mito y acaba convirtiéndose en objeto de admiración, o son los objetos los que acaban mitificándose a partir de las reacciones estéticas que provocan o el contexto en que lo hacen. Cabría preguntarse si el mito estaba ya ahí, en algún sitio, como los pensamientos o los versos, hasta que alguien se los encuentra y les pone nombre, los titula y los coloca en el mercado. En su aparición estelar en Copenhague, ante una pregunta difícil y con mala leche, Puigdemont ha dicho que la democracia española solo está en los papeles, y tiene buena parte de razón, pero él mismo está echando una mano en ese sentido. ¿Es la democracia un mito, inventado por un selecto grupo de creadores a los que se encargó el proyecto? ¿O es el marco conceptual diseñado, precisamente, para que encajaran otros mitos que se iban construyendo a medida que se necesitaban? Es cierto que hay mitologías resistentes a las tormentas, a la mala prensa y al paso del tiempo, mientras otras han ido perdiendo la gracia y la frescura –que es lo peor que puede pasarle a un mito–, aunque se las siga citando para rellenar las enciclopedias. Si hay un mito postdemocrático que ha acabado en ropa interior es aquello de que los pueblos son muy sabios y no se equivocan al ejercer su voto. No merece la pena hacer la lista de equivocaciones, pero sí recordarlas con un minuto de silencio, a ver si nos enteramos. Decía Tierno Galván que la política era un arte noble, pero eso choca con la constatación o la sospecha de que la mayoría de las personas que se dedican a esa actividad con éxito –es decir, las que se presentan una y otra vez a elecciones y salen triunfantes– son expertas en el arte del trile y burlangas de la democracia, que hacen trampas cuando juegan al parchís o a los chinos. Lo cual nos lleva a aceptar, por contraposición, que quienes les votamos –ése supuesto colectivo que no se equivoca ante las urnas– somos masocas o andamos siempre pasados de pastillas. Un poeta postdemocrático y con la elegancia kitsch que tienen los poetas de derechas, como Luis Alberto de Cuenca, ha dicho hace poco que con Franco había más libertad de expresión. Hay ahí otro mito perverso, y es el de la nostalgia, un espacio en el que cabe todo el mundo. Al fin y al cabo, como dijo Andre Gide, “toda nostalgia es un fervor decaído”.

 

San Sebastián

 

       Gabriel de Araceli (Texto y fotos)

   Sale San Sebastián en procesión para anunciarnos que ha pasado ya un mes del invierno. Es San Sebastián un santo guaperas y un tanto descocado, que se pasea sin pudor y enseñando heridas de saetas carmesíes en el pecho, en las piernas, en el abdomen, en los muslos… Algunas señoras, doña Rosita, doña Pilar, que contemplan la desnudez efébica de la talla camuflan una súbita animación en la entrepierna: «¡Qué guapo es mi santo!» piensan en un arrebato confuso entre beatería y cosquilleo. Los paracas homenajean al santo con trompetas y tambores, tan tiesos y marciales que parece que se han tragado un sable, pues fue Sebastián centurión romano, algo díscolo y malmandado, que le dijo no a Diocleciano en eso de perseguir cristianos._DSC0015_web

     —Y lo que tuvieran o no tuvieran Irene y él, qué más da —secretea en un aparte doña Rosita—, porque con ese cuerpo serrano es normal que algo tuvieran, ¿no?

     —Pues sí, algo tendrían, que la carne es débil. Yo lo siento por Cástulo, el marido, su protector ante aquella legión de gladiadores de flechazo fácil —responde doña Pilar—, que es el que peor lo pasaría. Le metes en tu casa y se lía con tu mujer. Ya se sabe, el hombre es fuego, la mujer estopa y llega el diablo y fu… sopla._DSC0026_web

     Se ríen doña Rosita y doña Pilar, ja, ja, ja, ji, ji, ji. Y don Crescencio, el cura párroco las recrimina con una mirada avizor sus alegrías.  «¡Qué cura más antipático es este!» piensa doña Rosita. «Pues a mí no me importaría que algún paraca de estos me tocase la trompeta» piensa doña Pilar. Abriendo la procesión marcha un abanderado, o empendonado que lleva la cruz como si fuera un escudo, barbudo mitad Cristo, mitad Jorge Cafrune. Y en las alas monaguillo y monaguilla. Será por la igualdad de género, que la archidiócesis se ha puesto en esto muy equiparable. La banda de la brigada paracaidista dale que te pego al parche y a los metales, los vecinos con traje de domingo. San Sebastián calladito, apoyado en el olivo, naranjitas y limones en el armón.

     Suuuiiiiiii… ¡Paf! Suuuiiiiiii… ¡Paf! Y venga cohetes y cohetes, que todo es quemar pólvora y regueros de humo como lagartijas que huyeran por el cielo. Los procesionistas a lo suyo, jolgorio y palabritas, las señoras cuchichean por más que don Crescencio las mire y las remire.

     —Apunta bien, macho — le sueltan a José Antonio, el cohetero—, que le vas a dar al alcalde. Y José Antonio, el cohetero, aumenta el ángulo de salida y le acerca un puro al cohete, que traza una parábola descendente y ¡pan! Explota encima del paso. La caña le atiza al santo en el cogote, ni pestañea, mirada al cielo, enamorado de Irene desde hace tanto. Don Crescencio echa chispas por los ojos, casi tantas como los cohetes.

     Están llenas la historia y la geografía hispánicas de sansebastianes, o de santiagos matamoros, o de reconquistas, de espantos de turcos o caudillos bajo palio, que entre espadones y sotanas reina confusión y no está bien deslindado lo civil de lo divino y todo se mezcla en procesión exhibicionista de estandartes, de muslos y reliquias.

     —Vendrá usted al chocolate de la hermandad, ¿verdad, don Crescencio? —le previene doña Pilar al cura.

     —Iré, hija, iré —se ríe el cura redentor.

     «No sé que pensará Pilar, pero a mí no me importaría que alguno de estos paracas me tratara como san Sebastián a Irene» piensa para sí doña Rosita._DSC0128_web

  [Las fotos, tomadas en Boadilla del Monte, Madrid, pertenecen a las procesiones de San Sebastián de los años 2016, en las que aparece la banda de la Brigada Paracaidista, y 2018.]

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Santos y Soldados

 

Jaque continuo

Gabriel de Araceli

     El ajedrez es como la vida, o quizás la vida es como el ajedrez. Los dos se juegan en un tiempo y en un espacio determinado (el tablero, el mundo). Los dos son cruentos, si te equivocas lo pagas caro. Y no hay marcha atrás, hay que mover siempre, no se puede parar porque se te acaba el tiempo. Y pierdes.

     Robert James Fischer y Arturito Pomar y Rodolfo Tan Cardoso tenían algo en común. Fueron niños prodigios y genios. Se sabe que Bobby Fischer tiene acreditado el cociente de inteligencia más alto de todo el siglo XX, superior a Einstein: 187. Y, sin embargo, su vida fue dura, arrastraba una enfermiza paranoia que le hacía odiar al mundo y murió en la indigencia, hace ahora diez años, a los sesenta y cuatro, como las casillas del tablero. Las victorias de los tres ajedrecistas las utilizaron los gobiernos de sus respectivos países como arma propagandística.

     Arturito Pomar hizo tablas con Alekhine con doce años, en 1944. Aquello fue para el régimen franquista una mina inesperada y exhibió por los NO-DOs a Arturito como un éxito de su política. En medio de la penuria post-bélica en la que se encontraba la ruinosa patria, aquel niño trajeado y repeinado, con pantalones cortos suponía un éxito demasiado goloso como para no asignarse su paternidad. Después, el régimen lo olvidó y lo condenó a un ostracismo, a un exilio interior, a la mediocridad de una vida de cartero, en un momento histórico en el que las grandes figuras del tablero representaban para sus países la mejor publicidad nacional posible.

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      En 1957, la Pepsi-Cola organizó en Nueva York un enfrentamiento entre los dos grandes maestros más jóvenes de la historia, de Asia y de América: Rodolfo Tan Cardoso, que tenía entonces veinte años, y Bobby Fischer, con apenas catorce y que acababa de proclamarse campeón absoluto de USA. El acontecimiento se presentó en Filipinas como un desafío entre un país emergente que luchaba contra el colonialismo imperialista yanqui. Fischer destrozó a Cardoso por 6-2. Y la derrota fue tan dolorosa para el régimen filipino que lo dejó abandonado a su suerte. Tuvo que ser la Pepsi-Cola, un representante simbólico del capitalismo, la que repatriara a Cardoso y se hiciera cargo de sus gastos, porque la dieta con la que Filipinas lo envió a USA, 200$, no le alcanzó ni para las necesidades básicas.

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     Cuando, en 1972, Fischer propinó a Boris Spassky (otro niño prodigio) una tremenda paliza en Reikiavik (+7, -3, =11), la administración Nixon-Kissinger se apresuró a abanderar el éxito de Bobby como su victoria. Era el mundo libre el que vencía al comunismo. En el momento más álgido de la guerra de Vietnam, cuando los B52 bombardeaban con napalm por encima del paralelo 38, USA se arrogaba la victoria sobre la perversa URRS en el terreno en donde el enemigo siempre se mantenía hegemónico, el ajedrez. Triunfaba la libertad de pensamiento, de consumo frente al totalitarismo del Kremlin. Sin embargo, la personalidad rebelde y caótica de Fischer condujeron al ajedrez a una situación explosiva. Fischer se negó a enfrentarse a Kárpov y fue despojado de su título en 1975, precisamente cuando la federación internacional de ajedrez, la FIDE, estaba dirigida en la sombra por el filipino Florencio Campomanes, un gánster próximo a Ferdinand Marcos. Parecía que Filipinas se vengara de aquella derrota ominosa que sufrió años antes Cardoso. Pero el gran Bobby no toleró aquella usurpación y tras dos décadas de olvido y oscurantismo propios de su carácter, en 1992 volvió a derrotar a Spassky en la antigua Yugoslavia. Un encuentro prohibido por la administración de George Busch (padre) que en mitad de la guerra de los Balcanes y cuando ya había apuntado maneras en la guerra contra Sadam, en Kuwait, impidió a sus conciudadanos cualquier contacto con el régimen de Belgrado. El ajedrez era más peligroso que los misiles Tomahawk. Las consecuencias para Fischer fueron terribles. Se enfrentó a Busch y renegó de su país. Aquel gesto de desobediencia le costó convertirse en un perseguido, en un apestado, en un paria internacional, en un apátrida. Su fama de genio inconformista y obsesivo se extendió por el orbe. En 2005 Islandia le dio la nacionalidad como gesto humanitario y agradecimiento por el reconocimiento mundial que para la isla tuvo el match de 1972 y allí pasó sus últimos años, casi escondido y rumiando su odio al mundo.

     En 1962 Fischer y Arturito Pomar se enfrentaron en el torneo interzonal de Estocolmo. Pomar tenía treinta años y estaba en la cima de su carrera. De haber sido soviético sin duda hubiera llegado a campeón del mundo. Los rusos le temían, le planteaban siempre aperturas cerradas que le obligaban a estar muchas horas frente al tablero. Llegaba agotado a la siguiente partida. El equipo soviético era un bloque impenetrable, rocoso, con tantos agentes del KGB como analistas, que desmenuzaban cualquier posición para sus grandes maestros sin que estos se fatigaran. Entre ellos acordaban las victorias o las derrotas. Pomar luchaba solo ante el peligro, como Gary Cooper, abandonado por su pueblo, se tuvo que pagar el hotel de su bolsillo, sin saber inglés, sin ayudantes, sin nadie con quién hablar durante los dos meses que duró el torneo, en el crudo invierno nórdico. Él, que venía de Mallorca. Y, sin embargo, ganó entre otros al temible Geller (¡le venció en 29 jugadas!), hizo tablas con Portisch y con Gligorich y terminó el once entre veintitrés: +7 -5 =10. El rendimiento de Bobby fue extraordinario: +13 -0 =9.

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     Robert James Fischer y Arturo Pomar Salamanca se enfrentaron en la 9ª ronda, el 10 de febrero de 1962. Fischer jugaba con blancas y abrió el juego con e4. Pomar respondió con c5. Planteó una defensa siciliana, variante Nimzowitsch. Y durante nueve horas, ¡nueve horas!, según confesó Pomar después, ambos contendientes se acuchillaron mutuamente sin conseguir doblegar al contrario. Una partida a la bayoneta, agresiva, dinamitera. Un final en el que Pomar se vio obligado a repetir jugadas y Fischer a dar jaques continuos ante la imposibilidad de coronar su peón de torre de la columna a, su rey ahogado en la esquina a8, la navaja del alfil negro de Fischer incapaz de pinchar a las piezas de Pomar, atrincheradas en casillas blancas, el caballo de Arturito saltando como loco de blanco a negro, de negro a blanco, de blanco a negro, el rey negro en un movimiento pendular c6, c7, c6, c7, c6, c7. Firmaron tablas tras setenta y siete movimientos.

     Bobby Fischer falleció el 17 de enero de 2008, en Reikiavik. Rodolfo Tan Cardoso falleció en Manila, el 21 de agosto de 2013. Pomar falleció el 26 de mayo de 2016, en Barcelona. El hombre propone y la vida, o el ajedrez dispone.

 

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Arturito Pomar, un genio en el país de la nada

Partida entre Bobby Fischer y Arturo Pomar. 10 de febrero de 1962. Interzonal de Estocolmo.

[El que esto escribe tuvo el honor siendo niño (que no prodigio) de jugar en Madrid (¿1971?) contra Rodolfo Cardoso. Perdió. Lamentablemente no conserva la planilla con la anotación de aquella partida.]

 

Marcas de vino o libros de poemas

Pascual Izquierdo

     Últimamente, a los vinos les pasa lo mismo que a muchos poetas: que han elevado su nivel. Todos creen transmitir algo de emoción y embrujo, todos parecen haber modernizado su lenguaje, todos proclaman ser fruto de una mezcla de tecnología y tradición; pero sólo los auténticos superan ese buen hacer generalizado que se ha impuesto gracias a las barricas de roble, la extensión de las lecturas y la fronda de premios que en uno y otro campo se conceden.

     Pero llega un momento en que, al igual que los poetas, todos los vinos saben igual. Todos tienen un toque más o menos pronunciado de roble, un aroma de experiencia más o menos sazonado, un conjunto de astringencias generalizadas, un eco algo difuso de las tendencias más recientes, un posgusto de alta gama, una aproximación visible a los grandes autores. Todos saben igual, suenan lo mismo, se sirven en la misma copa amplia y diáfana, han sido envejecidos en las mismas naves de crianza, han ido madurando en las mismas estrofas escritas por la Generación del 27 o alrededor de las huestes acaudilladas por Gil de Biedma.

Lectura de versos endecasílabos a cargo del poeta Pascual Izquierdo

     ¿Qué hacer, entonces, si todo es una clonación que se repite? ¿Compramos o no compramos ese último libro de poemas que acaba de ser galardonado con el premio Loewe? ¿Abrimos o no abrimos esa botella de autor, que ha obtenido el último zarcillo de oro y forma parte de una exquisita colección de sólo 1.000 ejemplares?

     Gran dilema se presenta. En los momentos de duda, lo mejor es dejarse llevar por el deleite. Sentados en la mesa, el vino forma parte de la liturgia imprescindible, aunque esté escaso de metáforas y repita en exceso los ismos y las evocaciones; puestos en la tesitura de leer poemas, parece casi imposible evitar que nos asalten los taninos de la madera, aunque sea muy limitado el abanico de aromas frutales que desprenden.

     Se aconseja tener mucho cuidado a la hora de abrir una botella. Como parte sustancial de la liturgia, se sabe que no conviene agitar los versos y que debe olerse el papel en el que han sido impresos. Y también saborear críticamente la primera estrofa, para verificar que no se ha estropeado el producto por exceso de ruido o falta de entusiasmo adolescente. Si se lee un libro de poemas, es necesario comprobar que las estrofas han envejecido en barrica de roble americano y no de fresno leonés. Y que, al final, no quedan posos en la copa ni huellas que delaten las fuentes de las que se bebió.

     De acuerdo con las prescripciones médicas, debe tenerse siempre en cuenta que, tanto el verso como el vino, son saludables si se toman en dosis moderadas. Se recomienda a lo sumo tomar dos poemas diarios, sólo en la comida, y leer no más allá de dos copas de vino. Los poemas deben ser tintos y el vino, preferentemente, que no tenga rastro alguno de experiencia.

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Alba y ocaso de la luz y los pétalos

Guía de Segovia

 

 

 

 

El bulevar de los libros rotos

Gabriel de Araceli

A don Francisco y don Vicente, no necesariamente en ese orden, que están en el cielo de los libros santos, o canallas.

     El tibio sol de enero ilumina las casetas de la Cuesta de Moyano. El panteón de libros ilustres, quizás plebeyos arrinconados en montones que nadie leerá. Mi amigo Emilio encontró un ejemplar del PASCUAL DUARTE dedicado a Germán Sánchez R… Se lo regaló a Luis Alberto de C… que fue a Cela y le dijo: Ahora me lo dedicas a mí. Y el lado humano o mortal de don Camilo se lo dedicó también a Luis Alberto: “De Camilo José a Luis Alberto, amigos para siempre”. O algo así, vaya usté a saber, porque los escritores son unos cuentistas y todos mienten, los libros no. Los libros usados, o de viejo, o de lance. defensa_madrid_vicente_rojo 001_webEncuentro entre un montón ASÍ FUE LA DEFENSA DE MADRID, del general Vicente Rojo. Don Vicente era un romántico y enamorado de la escritura, o de la verdad. El libro lo escribió en 1962. ¿Por qué volvió el general Rojo a España? Quizás por honor, porque luchó por lealtad al poder legítimo, porque era fiel a sí mismo, o porque seguía enamorado de su mujer y se lo debía, le debía a ella, doña Teresa Fernández, que paseara por el Retiro de su brazo, o que rezara en la basílica de Atocha, nadie lo sabe. Don Vicente era católico, siempre fiel a sus ideas y a la ley. Le acusaron de desafecto.

     —Estaba todo pactado, cadena perpetua y absolución —dice el librero que me vende el libro, Asociación de Libreros de Lance,15€—, como lo de Fujimori.

     —No —le respondo—, Fujimori es un asesino y el general Rojo luchó contra los que asesinaban España, algunos eran sus amigos, sus compañeros de armas. Él era brillante. El comandantín no. Franquito era un mediocre y un asesino que nunca le perdonó a Rojo que fuera mejor militar.

     El libro de Rojo que compro es una edición limitada a 2000 ejemplares, de 2006, inmaculado. Nadie ha hollado su interior. El mío es el nº 2. Como Vicente Rojo, que fue el número 2 de su promoción. “A la anónima mujer española, abnegada, heroica, ejemplar entre todos los horrores, la angustia y la desesperanza, Porque a cada hora de la batalla de Madrid, no hubo virtud de que no diera ejemplo” escribe el general Rojo como dedicatoria e introducción en su libro. ¡Olé!

     —Y de Azaña, ¿tiene EL JARDÍN DE LOS FRAILES? —pregunta un lector que podría ser León Felipe.

     —Tengo que buscarlo entre miles de libros rotos —responde el librero.

     IBA YO A COMPRAR EL PAN, una edición de… ¡1976! Pero, ¡si ni siquiera estaba legalizado el PCE!

     —¿Y eso qué es? —pregunta un joven treintañero.

—Eso ahora no es nada, quizás nunca lo fue —responde el librero.

     En la portada del libro –SEDMAY Ediciones, 2 €–, luce don Francisco Umbral abrigo negro y gafotas negras de pasta, dandi, histriónico, exquisito, distante, genial. Francisquito gafotas. Y un pan debajo del brazo como un proletario impostado, melena grasa y mirada al frente. ¿A quién le interesa ahora Umbral? El retablo de una época poblada de santos, o demonios: san Tierno Galván, san Carrillo, san Tamames, san López Rodó, santa Bárbara Rey, santa Nadiuska, santa Victoria Vera, santa Carmen Díez de Rivera, san Adolfo Suárez, san Fraga hasta la braga, san Marcelino Camacho, san Escrivá de Balaguer —este sí consiguió el certificado—, san Isidoro de Sevilla, san Torcuato Fernández Miranda, san…  Antropología, historia antigua. El libro está dedicado a… sí, ¡qué ternura, qué inocencia, qué traición!: Juan Luis Cebrián. Del amor al odio.

     La Cuesta de Moyano. El bulevar de los libros rotos, esperando la voz del lector que le diga levántate y anda conmigo, que te lea.

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Desafecto

Iba yo a comprar el pan

 

 

 

 

Machos ocultos

Rafael Alonso Solís

El año ha terminado con la simbología acusadora del cuerpo de una mujer en el fondo de un pozo. Uno más, sin que seamos capaces de frenar la caza y como si el grado de tolerancia ante el horror alimentase a la repetición programada hasta que se instaura la indiferencia. Como si se tratase de un ceremonial trágico y cruel, la aparición del cadáver de Diana Quer casi coincide con el segundo centenario del nacimiento de dos de los mitos literarios que han animado las historias de terror desde su génesis, en una villa de Ginebra, durante el verano de 1818. El monstruo tuneado que imaginara Mary Shelley era un sueño premonitorio, un adelanto de un futuro en el que la especie humana se fabricará a sí misma a partir de los retales genéticos que vienen de las estrellas, los restos orgánicos de las basuras y el reciclado de las carcasas de los móviles. Por el contrario, el vampiro intuido por Polidori, el depredador sexual por excelencia, venía del pasado eterno, del inframundo en el que se cruzan los instintos de los ofidios y la marca del semental, del guiso en el que se mezclan la muerte y el placer como expresión máxima del poder. Hace semanas, un periodista rellenaba el espacio en blanco de su reportaje de portada poniendo como excusa subliminal de un asesinato la conducta vital de una mujer. En otro tabloide reciente, el titular original que informaba de un crimen machista subrayaba la ansiedad que le había producido al asesino matar a su pareja delante de los hijos.

_DSC0205_webY Rajoy –ese patán que nos gobierna en cumplimiento de los peores augurios de Jaime Gil de Biedma–, daba el pésame a la familia de Diana Quer como quien lamenta la desaparición de la mascota, como quien describe poéticamente la conversión del petroleo en tenues hilillos de plastilina, o como quien descubre, en un alarde de ingenio, que la epidemia de asesinatos de mujeres no es cosa menor. Una de las últimas ofertas televisivas basadas en asesinatos en serie cambia la testosterona contenida en la sangre del vampiro por los estrógenos que nadaban en la de Elizabeth Bathory, reencarnada cuatro siglos después en una mantis vengadora. Pero todo es un espejismo, porque en el caso de la serie televisiva no se trata de una venganza cualquiera, sino de la ejecución programada y realizada con una impecable puesta en escena de una selección de violadores ocultos, de maltratadores de bien con los que nos cruzamos por la calle, saludamos con una sonrisa y a quienes deseamos un buen día. Y puede que ahí esté una de las claves que no queremos abordar, la de que el impulso machista vive aquí e impregna la sociedad y las relaciones humanas como un elemento importante de su construcción y de su desarrollo. Hay que asumir que en cada hombre duerme un violador en potencia, y hay que extraérselo para que no se manifieste. Lo cual únicamente puede hacerse con la educación.

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Fotografías de Gabriel de Araceli tomadas en Madrid en diferentes manifestaciones antiviolencia durante 2015 y 2017

Machismo, ¡no, gracias!

 

 

Ya queda menos para la San Silvestre

Gabriel de Araceli (Texto y fotos)

     Fiel al calendario vuelve otra vez la San Silvestre Vallecana. ¿Pero cómo, han pasado ya doce meses? Pues sí.  Otro año más ese tránsito, esas oleadas, esas muchedumbres zapateando, ese tsunami de atletas conversos corriendo los diez Km que separan el Madrid rico de la calle Serrano y del Estadio Bernabeu de la barriada obrera del Payaso Fofó y del campo del Rayo. Una metáfora de las diferentes Españas resuelta de noche, en calzoncillos fosforitos y a golpe de zapatilla.

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Más de 40.000 corredores desfilaron por las calles de Madrid la noche de San Silvestre 2017. La prueba internacional la ganó el Keniata Eric Kiptanui, en 27´29″. En mujeres ganó la etíope Gelete Burka, con 30’54”.

     Las carreras populares se han multiplicado por cien en los últimos veinte años. Hay pruebas deportivas en todos los pueblos de la patria atlética. Cualquier excusa vale para correr, desde la aportación para la investigación del cáncer de mama, la ayuda a los afectados del síndrome de… Asperge, la solidaridad con los desplazados de Siria, las fiestas del santo patrón, o la reivindicación del protagonismo de la mujer. Para inscribirse basta con pagar una cantidad que cubre los gastos de organización y que garantiza moralmente al atleta popular de que contribuye con su dinero a un bien encomiable y socialmente justo. Después de cruzar la meta, aún sudorosos, correremos a las redes sociales para exhibir sin pudor nuestra proeza, la marca conseguida, la alegría de compartir con un público anónimo e indiscreto nuestro metabolismo aeróbico, nuestro derroche calórico, los vatios generados, nuestro umbral de esfuerzo y la felicidad de desnudarnos emocionalmente ante cualquier analista que estudie nuestro consumo, nuestros gustos, nuestros gastos sin coste adicional alguno para él, para comercializarlo el año que viene al mejor postor. Un negocio, el regalo de nuestra intimidad, para los estudios de mercado. Sí, correr no sale gratis._DSC0047_web

    Y asalta la duda del mercantilismo que se oculta tras esta manifestación saludable. El deporte popular ha sufrido una metamorfosis propiciada por las multinacionales de equipamientos deportivos, interesadas en camuflar sus productos bajo el aura del beneficio saludable que reporta el ejercicio físico. Los fabricantes de ropa venden sueños espurios a los aficionados que corretean por los parques. A la felicidad por el sudor. ¿Cuánto gasta al año un corredor en zapatillas, cronómetro-pulsómetro-podómetro, mallas, gimnasios, camisetas, rodilleras, inscripciones, wifi, bebidas isotónicas, alimentaciones dietéticas, fisioterapeutas, calcetines y tiritas? ¿En qué condiciones, cómo viven, con qué salarios, con qué higiene y seguridad trabajan los proletarios del tercer mundo, allí donde las multinacionales fabrican la ropa deportiva que lucimos en occidente? Todos esos datos los tiene ese analista oculto en la red que vigila nuestras zancadas.

    También sería relevante evaluar la cantidad de basura textil que genera una prueba deportiva como la San Silvestre. Los aficionados se desprenden a lo largo del recorrido de la ropa que les molesta. Durante los diez Km es frecuente ver en la calzada las prendas que los participantes eyectan de sí mismos porque les molestan: guantes, bufandas, gorros, camisetas, sudaderas, chubasqueros, etc. yacen por el suelo abandonadas. ¿Una tonelada, dos? No hay datos, los corredores pueden conseguir otras a buen precio en la tienda de la multinacional que ha organizado la prueba. ¿Para qué preocuparse? Es el mundo rico que tira, solidariamente, lo que le sobra.


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Roma no paga a los traidores

Citius, Altius, Fortius

“Si la foto no está en papel es una ausencia”

Ángel Aguado López (texto y fotos)

     La fotografía le salva de la tragedia a Enrique, el joven personaje en LA CAZA, interpretado por Emilio Gutiérrez Caba. Le salva porque dispara con su Polaroid clics que atrapan vida, mientras que los tres amigos (Alfredo Mayo, Ismael Merlo, José María Prada) se disparan entre ellos tiros de muerte. Carlos Saura, el cine, el dibujo, la fotografía, la escritura…

     «Empecé a los nueve años a fotografiar. Cada imagen tiene algo de magia, lo que se fotografía es ya el pasado inmediato, que se guarda en un papel para revisarlo quizás alguna vez. Si no está en papel la foto es una ausencia. Tiene algo de sagrado, de misterio, aquellos cuartos oscuros, la cubeta del revelador, la imagen que aparecía lentamente del blanco del papel como el latido de un corazón que cobraba vida…»

     Carlos Saura tiene el verbo fácil y abundante. Es un señor de palabra, habla de sus fotógrafos favoritos y de sus cámaras y de su novela, AUSENCIAS en el Rastro madrileño donde hizo sus primeros reportajes, en Fotocasión, la catedral de José Luis Mur, también fotógrafo y coleccionista de artilugios maravillosos, los aparatos fotográficos. «Ansel Adams: sus desiertos, su Linhof de 13X18. Diane Arbus: sus locos, sus psiquiátricos, su Rolleiflex 6X6. Erich Salomon: sus dandis y su Ermanox f 1:1.8. Weegee: sus fotos nocturnas de crímenes callejeros publicadas en The New York Times, su Speed Graphic 6X9. Edward Weston: los desnudos más bonitos que se han hecho nunca, de Tina Modotti en el desierto de Mojave, la revolución mexicana, la Linhof Technica 4X5».

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Carlos Saura con una cámara Ermanox, objetivo 50 mm,  f 1:1.8, igual que la que empleaba Erich Salomon en 1928.

    Saura es fotógrafo, ama esos antiguos aparatos que una vez dibujaron con la luz, tiene decenas y todos funcionan. Ahora los dibuja al carboncillo, con lápices de colores, láminas de cámaras que ilustran sus libros. Familia de artistas, de pintores, los Saura. «La fotografía cambió la cultura cuando nació, los Impresionistas nacieron con la fotografía, gracias a ella pintan de otra manera, la fotografía les dio nuevos puntos de vista, nuevos argumentos, personajes salidos de la albúmina y de la hidroquinona, de Daguerre, de Nadar. Aquellos fotógrafos clásicos eran artesanos, artistas que cuidaban el detalle, los fondos, la composición, la luz, la expresión de los retratados. Están desapareciendo, ya casi no quedan. La fotografía es lo que está uniendo ahora a la gente a través de las redes sociales. Nos ha engullido la era digital, nos ha cambiado la forma de mirar. Sí, hay que estar a favor de los avances tecnológicos, aunque haya una invasión de imágenes de usar y tirar. Una banalización, para qué tantas».

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La Leica, dibujo de Carlos Saura

    Y habla Saura de su infancia pasada entre Madrid, Valencia y Barcelona, su periplo republicano en una España en guerra. De su familia “tan carca” que le hacía ir a misa los domingos “y allí me desmayaba”. De su madre pianista, que no quiso someter al suplicio del estudio perenne del pentagrama a sus hijos, pero de la que heredó el amor a la música, gracias a la cual conoció a Zubin Metha (“portentoso oído”) y ha hecho catorce películas musicales. Habla de su juvenil adscripción darwiniana.

—¿De verdad cree usted que el hombre desciende del mono, señor Saura? —le preguntaba su profe de religión.

—Y de mucho más allá —le respondía al cura un joven y rebelde alumno que llenaba de dibujos los cuadernos escolares.

    Y habla Carlos Saura de cine, de la fotografía en el cine. «BLOW UP, de Antonioni. No me gusta nada, es muy pretenciosa, una película de aquel momento yeyé. Prefiero el cuento de Cortázar. EL OJO PUBLICO, la vida de Weegees, llena de acción, romántica, el fotógrafo, el reportero de sucesos como héroe popular. EL PADRINO, la temática más inmoral que se ha hecho nunca, un personaje nefasto para la humanidad, ese gansterismo, la mafia, la corruptela de la tribu, el Mediterráneo es la madre de las mafias, la mama dominante que protege a sus hijos. Y sin embargo nos seduce, nos enamora el personaje de Michael Corleone, a pesar de ser un canalla, de representar lo peor del ser humano: Caín».

    Y habla de la España mágica tanto como de fotografía. Y defiende su descubrimiento interior, su conocimiento por todos aquellos españoles que prefieren viajar allende las fronteras olvidándola. Y habla de la ignorancia, de la estulticia de sus dirigentes: «España es un país donde la cultura parece que no existe para los políticos».

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Saura con su Speed Graphic 6X9, el mismo modelo que usaba Weegees en 1938.

Y habla de Cine y Fotografía. «Vittorio Storaro. He hecho con él al menos cuatro películas. Admiro lo bien que ilumina, rápidamente. Hace lo que le parece, nunca me entrometo en sus decisiones». Directores y productores: Elías Querejeta, Emiliano Piedra, Andrés Vicente Gómez… «Ningún productor se ha inmiscuido nunca en ninguna de mis películas. Si acaso me han sugerido algunas ideas que hemos discutido… algunos productores son, en el fondo, directores frustrados. Le pasaba a Querejeta, buscaba directores para hacer el cine que él no hizo».

    Y habla también de Libros, de su novela: «Escribo para divertirme, una novela son imágenes hechas palabras. Mis guiones son novelas. En un relato se puede cambiar lo que no te gusta. En el cine no, tienes que jugar con lo que has rodado. En el cine todo es mentira, ni siquiera los documentales se salvan, todo está inventado, incluso los actores que interpretan un papel son falsos. AUSENCIAS la escribí hace tiempo, estaba en el cajón y los amigos me convencieron para publicarla. AUSENCIAS es un laberinto entre la realidad y la ficción. El duermevela, el estado perfecto del ser humano, mis mejores ideas cinematográficas me han venido en duermevela, el hilo de Ariadna que enreda la vida, la imaginación hace transcendente la realidad. Admiro a Borges, El Aleph. Estamos hechos de montones de cosas que giran, que se entrecruzan. Mi novela es eso, un camino, una espiral, le Grand Mal et le petit Mal».

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AUSENCIAS

350 páginas

Edición limitada al cuidado de Antonio Fernández Ferrer

Con 27 láminas dibujadas, numeradas y firmadas por Carlos Saura

Diseño Laura Casalis (Franco Maria Ricci Editore)

Coordinación editorial: Emilio Pascual

http://www.oporteteditores.com/

La vacuidad de la monarquía

Rafael Alonso Solís

     En legítimo contraste con la autocomplacencia que impregna el discurso que le escribieron este año al rey, España dista de ser una democracia moderna “donde cualquier ciudadano puede pensar, defender y contrastar, libre y democráticamente, sus opiniones e ideas”. La brecha consolidada en Cataluña entre dos bandos de difícil reconciliación es un ejemplo del fracaso de la política. La construcción de un escenario en el que las personas de determinados estratos sociales están parcial o totalmente excluidas del reparto –inmigrantes, jóvenes, mujeres, pensionistas o habitantes de la precariedad– constituye un indicio de que la débil textura que lo sostiene todo se adelgaza, acaso debido a la mala calidad del hilo o a la torpeza del servicio de costura. Alguien debería explicarle al monarca que en el paisaje de “una convivencia que asegure la libertad, la igualdad, la justicia y el pluralismo político”, el actor que sobra y no encaja es él, un personaje diseñado por el dictador, cuya función ha sido garantizar la continuidad del régimen a través de la endogamia implícita en la institución que representa la corona. Un régimen que ya contenía en su genoma las moléculas elementales de la corrupción, en virtud de las cuales sigue funcionando gracias a las mismas ecuaciones fundamentales. Hay –qué menos– algún párrafo en las referencias a Cataluña del huesped de la Zarzuela que apunta anhelos de corrección política, pero que llega tarde y no es creible, tras haber alentado el enfrentamiento y encabezado a uno de los bandos. Al final, como buscando adornarse en el remate, el editor que elabora los pensamientos borbónicos ha concluido que “la defensa del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático no son problemas menores ni secundarios”. ¿Era necesario repetir esta obviedad de beato, muestra de la influencia del más genuino estilo marianista? Para él puede que sí, porque, cada año, el discurso monárquico no es otra cosa que una sucesión de tópicos engarzados por una prosa que, en el fondo, tiene su origen en las montañas nevadas y rezuma esa mezcla indigerible de espíritu castrense y lecturas escogidas por sus maestros en politología. Pero ésa es la única función del rey, por la que se le paga la nómina y aparece en los presupuestos: apuntalar con el suyo el discurso del gobierno de turno. Sin que se lo hayamos pedido. Sin que nos hayan preguntado qué opinamos al respecto. Sin que, año tras año, sirva para nada, quedándose limitado a una especie de comentario de texto, en el que, según nos haya tocado en la partida, algunas lumbreras descubrirán su discreta equidistancia y alabarán su prudencia, mientras que otras repetirán –o repetiremos, por qué no– que tanto el rey como su discurso son prescindibles, por lo que hace tiempo que no lo escuchamos en directo, sino que lo leemos al día siguiente, en la plácida soledad de la resaca, casi sin esfuerzo por su endeble andamiaje intelectual, a pesar de su escaso lirismo y a sus maneras de mediocre actor de alta comedia.Artículos históricos relacionados:

Fondos (de Manuel Vázquez Montalbán)

 

 

Arniches y Domínguez, la arquitectura, el exilio y la vida

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Gabriel de Araceli

     La Junta de Ampliación de Estudios (JAE), creada en 1907 fue dirigida por Santiago Ramón y Cajal desde esa fecha hasta su fallecimiento, en 1934. La JAE se inspiraba en la Institución Libre de Enseñanza (ILE), que Francisco Giner de los Ríos, a su vez inspirado en las ideas educadoras del krausismo, había desarrollado para favorecer un modelo de enseñanza basado en la libertad de cátedra, ajeno a dogmas religiosos, políticos o morales.  Adheridos a la ILE, o tal vez apasionados de la misma hubo toda una pléyade de pensadores y formadores empeñados en la renovación pedagógica a lo largo del siglo XIX y bien entrado el XX. Entre ellos personalidades tan notables como Nicolás Salmerón, Teodoro Sainz Rueda, Gumersindo de Azcárate… [La lista de notables pensadores que a caballo entre los dos siglos expusieron sus tesis y aportaron su esfuerzo para crear la ILE es muy extensa y supera con creces el propósito de este artículo. Quede su estudio para el interesado.]

    La Institución Libre de Enseñanza supuso un despertar en las enseñanzas en España. La JAE recogió su ideario, renovó el panorama científico español, acercándolo a los países europeos del entorno, principalmente Alemania, Francia, Inglaterra, etc., las potencias que en ese momento marcaban el avance en la investigación y el conocimiento. De la JAE son frutos Ángel Cabrera Latorre, Blas Cabrera o Juan Negrín o Severo Ochoa o Ignacio Bolívar o Américo Castro o Pío del Río Hortega o Julio Rey Pastor o María de Maeztu, por citar sólo algunos nombres de la extensa nómina de científicos, pensadores e intelectuales que desfilaron bajo su paraguas.

   En 1918, la JAE, decidida a mejorar la educación en España, crea el Instituto Escuela, cuya primera sede estuvo en la C/ Miguel Ángel, en lo que ahora es el Instituto Internacional. Era un centro educativo elitista, donde estudiaban los hijos de las clases culturalmente elevadas, los retoños de la burguesía liberal, que practicaba una docencia muy diferente de la que impartían los colegios religiosos de la época, que casi ostentaban el monopolio de la enseñanza. Recordemos que nos encontramos en un momento delicado del reinado de Alfonso XIII, inmerso en las guerras africanas, el final de la Gran Guerra europea, el caciquismo, el borboneo politiquil, el descrédito y el rechazo social que dará lugar, el 13 de septiembre de 1923, al golpe de estado de Primo de Rivera.

     El éxito del Instituto Escuela fue enorme. El patronato que lo dirigía junto con la JAE deciden ampliarlo y trasladarlo a una nueva sede. Será en 1920, en los Altos del Hipódromo, al lado de donde funciona ya la Residencia de Estudiantes (sí, habitada por Buñuel, Lorca, Dalí, Pepín Bello, Bacarisse, Luis Calandre, etc., etc., etc.), detrás del actual Museo de Ciencias Naturales y la Escuela de Ingenieros Industriales. El Instituto se desdobla en dos centros, masculino y femenino. Aunque quizás para mitigar esta contradicción, esa incoherencia de eliminar la coeducación se nombra a María de Maeztu directora de la Residencia de Señoritas, la equivalente femenina a la residencia masculina. Y con posterioridad, será María directora del Lyceum Club Femenino, una selecta sociedad (Zenobia Camprubí, Victoria Kent, Ernestina de Champourcí, Elena Fortún, Clara Campoamor, María Teresa León, etc., estaban entre sus socias) que entre muchos otros actos acogió en sus salones, en enero de 1930, una conferencia de Alfonsina Storni (no es cierto que se suicidara adentrándose en el mar. Sí lo hizo lanzándose al mar desde un barco en Letonia Ángel Ganivet), a la que el fascista César González Ruano asedió durante su presencia en Madrid, no necesariamente con fines educativos.

El Instituto Escuela, sobre 1930, en la Colina de los Chopos

   Y es a dos arquitectos salidos del espíritu de la JAE a los que se les encomienda la construcción del nuevo edificio que albergará el Instituto Escuela: Carlos Arniches Moltó (hijo del comediógrafo) y Martín Domínguez Esteban. La colaboración entre ambos arquitectos dará lugar a importantes edificios en la Colina de los Chopos (Juan Ramón Jiménez tituló así un libro de poesía), ese lugar emblemático en el panorama intelectual, artístico y científico del primer tercio del siglo XX. Uno de ellos será el Instituto Escuela, lo que ahora es el Instituto Ramiro de Maeztu. Después, la larga noche del nacional-franquismo enmudeció la renovación pedagógica y sumergió en las tinieblas los ideales de varias generaciones empeñadas en el progreso. Para mitigar el desastre, el régimen salido de la guerra creó en 1940 el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, huérfano de aquellos cerebros que emprendieron el exilio.

    La Guerra Civil interrumpió la labor arquitectónica de Carlos Arniches y Martín Domínguez, creadores entre muchas obras del Hipódromo de la Zarzuela. Martín Domínguez sufrió dos exilios. Perseguido por sus simpatías republicanas se vio obligado a marchar a Cuba en 1936. Y posteriormente, la revolución de los barbudos también le obligó a refugiarse en USA, en 1960. Un calvario.

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Martín Domínguez con su mujer, Josefina Ruz, y su hijo en el Estado de Nueva York, en la década de los 60.

La Fundación ICO dedica a ambos arquitectos una exposición en su sede de la C/Zorrilla, detrás del Congreso de los Diputados, donde se exponen maquetas, proyectos, planos, dibujos y fotografías de las obras que firmaron conjuntamente y del tiempo que les tocó vivir. Estará abierta hasta el 21 de enero. Una reflexión sobre la educación, la historia, la vida y la arquitectura.

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Excepcionales arquitectos madrileños: la Generación del 25

Textos y fotos de Gabriel de Araceli

El actual Teatro Barceló, en la C/ Larra, 2, es obra de Luis Gutiérrez Soto, uno de los arquitectos más prolíficos del siglo XX que llenó de obras Madrid. Su catálogo de construcciones es interminable, desde el Cine Callao hasta las Galerías Preciados, actual FNAC, la Torre del Retiro pasando por el Ministerio del Aire, en Moncloa. Permanecer leal al régimen rebelde durante la contienda civil (después vencedor) le supuso a Gutiérrez Soto trabajar sin descanso. Rien à dire.

El antiguo Cine Bilbao, en la C/ Fuencarral, obra de José de Azpiroz Azpiroz.

Las Galerías Piquer (1952) de José de Azpiroz Azpiroz, en El Rastro Madrileño. La obra arquitectónica de Azpiroz en Madrid es tan amplia como interesante.

El antiguo edificio del diario Nuevo Mundo, en la Calle Larra 12, Madrid, es obra de Antonio Álvarez Redondo (1915). Carlos Arniches y Martín Domínguez hicieron unas modificaciones en él en 1932.

 

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Manuel Muñoz Monasterio es autor del edificio sito en Fuencarral 77, ahora cerrado. Fue el arquitecto del primer Estadio Bernabeu.

 

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La Telefónica es obra de Ignacio de Cárdenas Pastor (1898-1979), que permaneció varios años en Nueva York trabajando con Louis S. Weeks, arquitecto de la ITT, la propietaria de la Telefónica. Se inauguró en 1929 y fue por unos meses el rascacielos más alto de Europa, mide 89 m. Cárdenas es de la misma generación que Carlos Arniches, Martín Domínguez, Gutiérrez Soto, Muñoz Monasterio o José de Azpiroz, arquitectos que llenaron Madrid de obras de arte. Mientras que el general Franco bombardeaba la Gran Vía durante la Guerra Civil, Cárdenas Pastor permanecía leal a la República y tomaba notas de los muertos que los obuses Schneider 155, que Franco disparaba desde el Cerro Garabitas, causaban entre la población civil. También de los desperfectos en su edificio, lo que le supuso a Ignacio Cárdenas Pastor el exilio al acabar la guerra.

La ruleta elige tu futuro. No somos más que el capricho del destino.

Estrellitas y duendes

Un cuento de navidad

Gabriel de Araceli

     El pisito de mi abuela, una cuarta planta sin ascensor de una humilde barriada al otro lado del río estaba dañado por la vejez, por la mala calidad de los materiales, por la pobreza y por el olvido de sus pobladores.  Yo jugaba por allí al escondite con Manolín, un vecinito del tercero. Aquellos cuartos húmedos eran nuestro universo rutilante en el que hacíamos mil batallas huyendo de los apaches o navegando en un barco pirata por el Caribe.

     Manolín, sin embargo, empezó a faltar a nuestras aventuras y un día me dijeron que se lo había llevado la leucemia, que estaba en el cielo colgado de una estrella. Entonces no entendía muy bien quién era la leucemia, pensaba que sería una tía lejana que vivía en otro barrio. Y lo de las estrellas tampoco lo entendía. ¿Cómo va a estar Manolín colgado de una estrella?, me decía. En fin, mis aventuras tuvieron desde entonces a un compañero imaginario, Manolín, con el que jugaba secretamente.

—¡Cuidado!, tienes detrás al indio Jerónimo —le grité mientras disparaba mi revólver de plástico.

—Me has salvado la vida, gracias Angelito —me respondía Manolín enderezándose en la silla de su caballo Pinto. Los pieles rojas huían en desbandada.

     Un día aparecieron en el techo del comedor-dormitorio unas grietas amenazantes que en cosa de horas aumentaron telúricamente, como pronosticando un derrumbe inmediato. Mi papá, previsor, pensó que el techo se venía abajo y que lo mejor era poner a salvo a toda la familia antes de que ocurriera alguna desgracia. Y con buenos reflejos nos ordenó a mi hermanita y a mí que saliéramos rápidamente de la sala. Providencial orden. Porque a poco de salir nosotros de estampida, aquella techumbre de cañizo y escayola podrida y frágil cayó con un estruendo horroroso sobre el suelo, ¡PUMBA!, como si fuera una bomba. Noté como un tirón, como alguien que me arrastraba fuera de allí, que me libraba de aquella nube de polvo espeso y escombro sucio que arruinó los escasos enseres que mis padres tenían y convirtió en un fragor de llantos, voces, zozobra, gritos y quebrantos el pisito de mi abuela.

—Me has salvado la vida, gracias Manolín —dije yo.

—Te lo debía, compañero, tú me salvaste de Jerónimo —respondió Manolín espoleando a su caballo Pinto entre una niebla de yeso flotante.

     Las escaleras se llenaron de vecinas sobresaltadas que lloraban preguntándose qué había sucedido, dónde estaban los niños, si la señora Luisa, mi abuelita, estaba bien, cómo estaba mi mamá. «¡Dios mío, dios mío, qué tragedia más grande, con lo guapos que eran aquellos niños tan ricos!».

     Los bomberos no tardaron ni cinco minutos en llegar y plantarse en la escombrera. ¡Jo, los bomberos! Con su camión rojo, su sirena estridente, la campana arrebatada, alegre como una fiesta. ¡Qué emoción, los bomberos! Entonces, todos los niños queríamos ser bomberos. La calle perdió por un momento su opacidad triste y rápidamente se llenó de curiosos mirando hacia el edificio sin ver por dónde salía el fuego. Y cuando entraron en lo que nos quedaba del piso aquellos hombretones de azul que desde mi reducida estatura de niño me parecían montañas, con sus cascos resplandecientes, sus mosquetones, sus picos y palas al hombro yo me eché a temblar del susto y a reclamar a gritos la presencia de mi papá, al que creía aplastado bajo los cascotes.

     Entre los mirones de la calle que esperaban algún suceso sangriento, corrió rápidamente el rumor de que había una niña sepultada bajo los escombros y que a una señora mayor, mi abuela, la habían llevado a la Casa de Socorro, y que a un bombero le había alcanzado una teja, y que a una pareja de recién casados que yacía amorosa en el lecho les había caído encima la lámpara del techo; y que la mamá de la niña sepultada se había tirado por el patio y que… Afortunadamente nada de eso pasó, los bomberos se retiraron atléticamente, ya sin peligro sobre nuestras cabezas, todos indemnes. Los curiosos que aguardaban más carnaza se marcharon decepcionados. Recuperé a mi papá, al que sólo se le destrozó el traje que vestía; la niña supuestamente aplastada, mi hermanita, estaba tan campante bebiéndose un vaso de leche. Mi abuelita, eso sí, se llevó un buen soponcio cuando vio cómo quedó su casa, lloraba y lloraba. Y mi mamá, a poco, cogió la escoba para hacer un huequecito entre las ruinas donde pasar la noche lo mejor posible. Después, desde mi improvisada camita de mantas con las que me tapó mi mamá, observé que el cielo raso de nuestra techumbre se llenaba de estrellas brillantes que me guiñaban sus ojos como si fueran besitos de buenas noches.

     Y sí, era verdad. Colgado de la Estrella Polar Manolín espoleaba a su caballo Pinto y agitaba al aire su sombrero victorioso. Los pieles rojas huían en desbandada.

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Navidad 2017

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NAVIDAD 2017

Pascual Izquierdo

Amanece septiembre y ya comienza a oírse, de forma sutil y solapada, la palabra Navidad.

Llega octubre a las pantallas y algún anuncio se atreve a insinuar la proximidad del gran advenimiento.

Se asoman a los calendarios los primeros días de noviembre mientras se afanan los operarios en la instalación de las luces que han de iluminar las calles.

Es a mediados de noviembre cuando estalla la pirotecnia de los villancicos, cuando se encienden las arquitecturas luminosas, cuando sobre el plasma se despliegan los perfumes.

Estamos en Navidad. Una Navidad que se extiende hasta mediados de enero.

Dichoso el penitente que sea capaz de soportar tan prolongado sufrimiento.

 

Efemérides

Rafael Alonso Solís

Una de las salidas fáciles para rellenar columnas literarias lo constituyen las efemérides. No hay una sola fecha que no coincida con el nacimiento, la comunión o el fallecimiento de algún personaje. El pasado 4 de diciembre cogió el tren Manuel Marín, un politico que paseó su buen talante y su elegancia por la vida parlamentaria, y que ennobleció la presidencia del Congreso de los Diputados desde 2004 a 2007. Marín se metió oficialmente en política en 1977, al ser elegido diputado por Ciudad Real en las listas del PSOE. Desde entonces vivió de la cosa, gracias a ese vicio del sistema que lleva a mantener en nómina a quien pasa por la pila del bautismo. Junto a su trabajo en la Comision Europea, su sencillez y su mantenimiento de una vida discreta, a Marín hay que reconocerle que no se llevó un duro que no le correspondiera, ni se le imputó delito alguno, ni fue sospechoso de trincar. Tras anunciar que se iba a dedicar al problema del cambio climático, en 2008 fue nombrado presidente de la Fundación Iberdrola, y todo indica que lo hizo con la profesionalidad que le caracterizaba.

Manuel Marín descansa en su despacho en Bruselas durante las negociaciones para la entrada de España en la CEE. 1985. Foto gentileza de Alfredo García Francés, por la que obtuvo el Premio Nacional de Periodismo, 1985, publicada en EL PAÍS.

Aún sin despedirse, también el pasado 4 de diciembre cumplió noventa años Rafael Sánchez Ferlosio, del que se dice que es uno de los más grandes prosistas de la lengua castellana. Ferlosio se hizo famoso por la publicación de su novela El Jarama, con la que obtuvo el premio Nadal en 1955. La relación entre Ferlosio y esta novela es contradictoria, puesto que, mientras la critica de la época la consideró un hito en lo que podría llamarse la literatura realista de posguerra, a él se le atragantó pronto, y hace pocos días, en una de sus últimas entrevistas, seguía renegando de ella y negando la calidad que le reconocen los demás. Cierto es que, tras inaugurar esa vertiente del realismo posguerracivilista, a Ferlosio le dio por encerrarse en su casa, estudiar gramática y escribir sin descanso bajo el estímulo de las anfetaminas. Así inventó un estilo al que los estudiosos acabaron por ponerle un nombre para los libros de literatura, y que consiste en bloquear la recaptación de neurotransmisores farmacológicamente y escribir sin descanso, enlazando un frase con la anterior hasta que uno se cansa y se va a dormir, ya de madrugada. FerlosioDe esta forma, y sin pretender la fama, Ferlosio ha acabado por escribir como Dios y sin pedirle permiso a nadie, lo cual es de admirar en los tiempos que corren. Si se le pregunta, sigue diciendo que su mejor obra es Industrias y andanzas de Alfanhuí, en 1951, y, si acaso, El testimonio de Yarfoz, treinta y cinco años después. Los paisajes por los que se mueve Alfanhuí son los mismos que los de Comala, que Juan Rulfo describió en Pedro Páramo, o el vasto y cerrado territorio de Macondo, que García Márquez nos dejara entrever en Cien años de soledad. También los espacios de Tesejiraque, por los que Manuel Almeida ve pasar lagartos, lunas y profetas, cuya lectura es altamente recomendable.

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