Madrid, otra vez

Rafael Alonso Solís

En memoria de Juan Santiso, periodista eterno, guerrero invencible, que falleció en Madrid la madrugada del 16 de octubre de 2020 durante la última lucha que había emprendido. Buen viaje, compañero del alma.

Ramón Gómez de la Serna, creador –junto con Larra, Umbral y Valle-Inclán– de alguna de las miradas literarias más personales sobre Madrid, escribió en una ocasión que la Puerta del Sol era «la vitrina del pasado pintoresco», refiriéndose a que en ese epicentro urbano se habían manifestado auroras boreales, anunciado levantamientos militares, jaleado y denostado reyes, y asesinado, de certeros disparos, a líderes políticos. Como el pasado siempre llama más de una vez, sigue siendo el lugar donde desembocan los ríos subterráneos de la ciudad, donde los titiriteros en paro se transmutan durante unas horas en esculturas de imposible equilibrio por unas pocas monedas, y donde las dos Españas se parten la cara cíclicamente.

En Madrid, al igual que en otras ciudades sin mar, a veces se inauguran sus puertos –como hacen o hacían, una vez al año, los habitantes del Valle del Kas–, o se construyen albercas para pobres –como hizo Franco con el Parque Sindical, para que se mezclaran los fluidos y se facilitara la difusión comunitaria de las enfermedades de la época–. En sus barrios chinos ocultos aún se esconden rincones portuarios, en los que el olor a marisco descompuesto se mezcla con el de alcobas de comercio oscuro y el de fritangas de entresijos. En algunas esquinas, es posible toparse con corsarios jubilados, de patillas alargadas y piernas de madera de chopo, con púgiles sonados que creen recordar sus triunfos inventados en el Campo del Gas, o con yonquis supervivientes que comparten cartones para pasar la noche con visitantes llegados de lejos en los soportales de la Plaza Mayor. Cerca de allí, hace poco más de un año, recordando la profecía angustiosa y fracasada de la ciudad durante su sitio histórico, dos mujeres adolescentes proclamaron durante horas que Madrid sería «la tumba del fascismo». Desgraciadamente, en el viejo corral de comedias por cuyas noches paseó por última vez Max Estrella, orinándose de pena y frustración a la puerta de su casa, no parece que ese deseo se vaya a consumar.

Como si se tratase de un plan trazado en los laboratorios donde cocinan las élites, o como si fuese simplemente una coincidencia cogida al pelo, Madrid ha sido elegido como uno de los escenarios de una batalla que no solo se libra allí, pero que en el caso de España suele terminar de mala manera y siempre la ganan los mismos. Y si, también hace un par de años, por sus calles, sus huertas, sus depósitos y sus atochares –por utilizar hallazgos de Ramón– corrió un vientecillo de esperanza con nombre de Manola, ahora ha vuelto a adoptar el aspecto de un garaje sucio, poblado de humo, con una clara y bien definida división por clases sociales, y en el que ondean banderas de guerra. En forma de aviso cobarde y repugnante, anoche, a martillazos, con alevosía y en el aniversario de su nacimiento, por orden del alcalde y siguiendo las exigencias de los herederos de un franquismo que permanece, los funcionarios municipales arrancaban la placa dedicada a Francisco Largo Caballero, quien fuera pintor de paredes de pisos al estucado, sindicalista, socialista y legítimo presidente del Consejo de Ministros durante la guerra civil española. En su crecimiento como ciudad teatral y cuna del esperpento, en Madrid se han amalgamado los detritus de los señoritos y las fatigas de los inmigrantes. Su actual deriva al disparate y el liderazgo de la derecha más extrema que han asumido sus gobernantes, sin embargo, no es la consecuencia del destilado ultraliberal o la chulería pija de una psicópata, sino de la estrategia de un partido político que, incapaz de aportar una propuesta sensata a la situación sanitaria de la ciudad, y recientemente condenado por apropiarse de fondos públicos para su beneficio y el sobresueldo de sus dirigentes, ha decidido comenzar la guerra precisamente allí.

La Puerta del Sol. Todas las fotos de Terry Mangino

La fragilidad del sistema

Rafael Alonso Solís

La principal debilidad de la respuesta española a la pandemia es el resultado de la fragilidad del sistema sanitario, con recursos humanos reducidos y escasez de equipamiento e infraestructuras especializadas, como consecuencia de las políticas anteriores y las restricciones de inversión en el sector público, especialmente las desarrolladas por el Partido Popular a nivel nacional y, con el ejemplo paradigmático de Madrid para mayor gloria del modelo. Modelo que, según su líder, se aplicaría al resto del país, si tuviera los votos necesarios. El coronavirus encontró así un terreno fértil para su expansión en un adelgazado sistema público de educación, sanidad, protección social, investigación y desarrollo tecnológico, con limitadas capacidades defensivas. Ello justifica un análisis independiente de la situación de partida y del impacto de las medidas adoptadas, con objeto de reforzar las estructuras sanitarias y prevenir las emergencias futuras, como se ha solicitado por diferentes representantes de la investigación biomédica.

En ese sentido, acaba de publicarse un estudio internacional basado en la respuesta de cinco países asiáticos y cuatro europeos (Alemania, España, Noruega y Reino Unido), que implementaron medidas restrictivas frente a la expansión del virus (Emelin Han et al. Lessons learnt from easing COVID-19 restrictions: an analysis of countries and regions in Asia Pacifica and Europe. The Lancet. September 24.2020.). Según los autores, cualquier estrategia debería basarse en un equilibrio entre la epidemiología de la infección y las consecuencias económicas y sociales de la movilidad restringida, lo que está directamente relacionado con la necesidad de que las autoridades sanitarias tengan una visión clara de la situación y sean capaces de transmitirla de forma sencilla y eficiente a la sociedad, con objeto de que sea comprendida a todos los niveles y facilite una implicación directa de la población afectada. En varios países europeos no siempre ha sido así, y en el caso de España han faltado explicaciones claras de los criterios utilizados y del peso de cada indicador, en un contexto en que la educación sanitaria de la población era insuficiente. Incluso ahora, basta contemplar cómo el uso generalizado de mascarillas en la calle, incluso en zonas poco concurridas, cambia en el momento de entrar en un bar y formar un animado corrillo en la barra, mientras el número de cañas o vasos de vino va reduciendo progresivamente la distancia interpersonal. A ello contribuye la polarización política, notablemente más agria en España que en el resto de Europa, con los partidos de la derecha utilizando de forma irresponsable la emergencia sanitaria con el único objetivo de debilitar al gobierno, precisamente en un momento en que este tiene que afrontar una situación extrema y tomar decisiones, sin aportar una sola idea que no sea la de sostener lo contrario, poner en tela de juicio la legitimidad salida de las urnas, y enfundarse en las banderas más queridas por las posiciones ultras europeas y norteamericanas.

Sin entrar en detalles, el estudio publicado en The Lancet refleja que, en general, no ha habido diferencias cualitativas en lo que se refiere a las medidas adoptadas, incluyendo el sistema de vigilancia –diagnóstico, rastreo, aislamiento y cuidados–, los equipos de asesoramiento y decisión organizados, el control de las fronteras o la organización de la desescalada. Respecto a esto último, es evidente que en España no se cumplió correctamente, en parte por la confrontación política mencionada, con Madrid como escenario del terror. La responsabilidad de la situación, en este caso, no se limita a la torpeza y soberbia de su presidenta, a la insignificancia de su vicepresidente –ese hombre que desempeña su papel con la invisibilidad respetuosa de un jefe de planta de unos grandes almacenes–, y a la tibieza acorchada de la oposición socialista, sino a la dirección nacional del Partido Popular, cuya carencia de ideas y planteamientos parece llevar a una huida hacia delante, que acabará, antes o después, con su sustitución y anuncio del siempre prometido viaje al centro.

En la comparación entre los países asiáticos y europeos analizados, destaca una mayor rapidez en las respuestas en aquellos que habían pasado por experiencias previas, en los que la población estaba adaptada a sufrir restricciones en lo que se refiere a las interacciones sociales. En cualquier caso, aún no se dispone de datos suficientemente explícitos ni fácilmente comparables, y debería esperarse a una evaluación independiente y rigurosa para poder alcanzar conclusiones. Hay un factor diferencial, sin embargo, que en el caso europeo destaca con la tozudez de los números y no necesita interpretaciones sofisticadas, y es el estado del sistema público de salud en todos sus aspectos. Como ejemplo representativo de la notable discapacidad española, coincidiendo con la primera ola de la pandemia este país disponía de 10 camas de cuidados intensivos, mientras que Alemania tenía 34, junto a una estructura de atención primaria depauperada, residencias geriátricas sin medicalización y un preocupante engrosamiento del sector privado, especialmente en autonomías gobernadas por el Partido Popular. Una situación que únicamente puede contrarrestarse con inversiones decididas y sostenidas en el sistema público de salud, en educación e investigación, y con la puesta en marcha de un programa urgente de formación e incorporación de personal en esos sectores. Para todo lo cual resulta irrelevante el pataleo de la oposición conservadora, las arengas de batallón o el ondear de las banderas, como máxima expresión del pensamiento vacío.

Rafael Alonso Solís es excatedrático de Fisiología y exvicerrector de la Universidad de La Laguna, Tenerife.

Fotos de Terry Mangino

El hombre de mi vida

Gabriel de Araceli

      »¡Magnífica! Con un par, con lo que hay que tener, tú sola, Pitita, enfrentándose a esos policías nacionales del ministro al que dieron un bolso en lugar de cartera, que nos ha robado a nuestros policías de siempre. ¡Hombre!, ¡que ya está bien! Que siempre la policía ha sido nuestra policía y no la de ese ministro mari, mari.

     Doña Pitita está eufórica, la saludan por la calle porque es la heroína del barrio bien de Madrid. Que aparezca en el periódico de referencia en España detenida por media docena de hercúleos policías ha llenado de envidia a sus mejores amigas y a ella la ha catapultado a la fama. ¡Rodeada por tanta carne masculina! Es como Agustina de Aragón, o de Callao, enfrentándose ella sola a las peligrosas turbas de extrema izquierda bolivariana que gobiernan el país. Negacionistas del virus o de que el hombre llegara a la Luna, antivacunas, tierraplanistas, o creacionistas convencidos de que el universo lo creó un dios barbudo en seis días hace seis mil años forman un retablo de conspiranoicos que ha encontrado en las manis antimáscaras las mismas razones antisistema contra las que sus abuelos levantaban los adoquines en el 68 parisino. Todo tiempo tiene sus contradicciones y la acción-reacción del péndulo de la historia ahora se mueve por el arco de la reacción, o de la contra. Los rebeldes buscan causa que les dé un sentido a su existencia.

      Veinte años antes, en 2000, Pepe Carvalho buscaba en “El hombre de mi vida”, la penúltima novela de la serie escrita por Manuel Vázquez Montalbán, una explicación a un mundo que, de repente, no comprendía. El detective se estaba haciendo mayor. Entonces eran los diferentes ismos que poblaban la Barcelona posolímpica lo que emponzoñaba su entendimiento, ya fuera catalanismo, barcelonismo, nacionalismo, satanismo, catarismo, sectarismo o pujolismo, ambiciones previas que desembocaron en el actual estado de la decadencia de las cosas. Por vez primera Carvalho se ve a sí mismo como jubilado, lejos del mundanal ruido, afrontando la oscura vida a la que le enviará la escasez de una pensión pública.

Manuel Vázquez Montalbán en El Escorial, 1990. Foto de Terry Mangino

     Tiene Carvalho un aburrimiento existencial. Y cobran protagonismo Charo y Biscúter. Vuelve ella a la renovada Barcelona, ya mayor para ejercer su oficio, tras seis años retirada en Andorra, el lugar que hiciera suyo la dinastía Pujol. Y regresa para sugerir al hombre de su vida que le acompañe en las tardes del otoño que se aproxima. Y Biscúter aparece convertido en un reputado cocinero que llena con la alegría de unas ostras la nochebuena triste del detective, la del fin del milenio. Un detective empeñado en demostrarse su vigor con una mujer de ida y vuelta, Yes, personaje extraído de “Los mares del Sur! Aquellos años de esplendor masculino y estos de anacronismos impropios del detective, que apenas si encuentra placer ni en la gastronomía ni en la quema de libros, ajeno al motivo por el que ha sido contratado: el asesinato de uno de los herederos de la alta burguesía catalanista.

      Está llena la novela de esas reflexiones y frases rotundas que acompañan a cualquier Carvalho: “Siempre tienen razón los días laborables”, o “Lo que peor se arruga es el sexo y el carisma”. Quizás le falte carisma a la novela, incompleta, confusa, recorriendo regiones extrañas de iluminados redentores nacionalistas y servicios secretos periféricos, de clanes religiosamente financieros y banqueros devotos de la eucaristía, de amantes innecesarias venidas del más allá, sin dar solución al motivo que la origina, ese asesinato sin resolver, esa investigación sobresaltada que lleva al desinteresado detective al radicalismo absoluto. Una huida que será el punto final de su profesión y el comienzo del viaje alrededor del mundo que Carvalho y Biscúter emprenderán en “Milenio”, la novela póstuma de Vázquez Montalbán, fallecido en octubre de 2003, en Hongkong, sin imaginar que veinte años después los fantasmas que desfilan al final del milenio ante los ojos del detective han recobrado carnalidad y se han hecho los dueños del castillo. Un castillo ocupado por doña Pitita y sus compañeros de conspiración antisistema, antimáscaras, los héroes de la contra.

     Si usted tuviera que escoger entre la Literatura y la vida, ¿qué escogería? La literatura.

Lea a Carvalho, cualquiera, incluso si no es “El hombre de su vida”.


Milenio

¡Vivan los novios!

Agustina de Champourcín

      Un cóctel con croquetas, pollo asado y ensaladilla rusa. Valdepeñas, tinto. Café, anís del Mono o coñac Tres Cepas. Las señoritas fumadoras, escasas, eran obsequiadas por el padrino, el hermano del novio, con cigarrillos rubios de tabaco inglés. Faria para los caballeros. Ese fue el menú con el que celebraron la boda Tina y Ángel. Aunque pocos podían ofrecer un ágape así a los invitados, no corrían buenos tiempos. En 1959 España estaba al borde de la bancarrota y el consumo de carne en esa fecha por habitante era inferior al de 1936.

      Las novias no siempre iban de blanco al altar, obligatorio, el altar, por el Concordato firmado por el Generalísimo con el Vaticano en agosto de 1953. Con posterioridad, en septiembre de ese año se firmó el acuerdo con USA por el que Franco entregaba el territorio español a los yanquis a cambio de tanques viejos de la guerra de Corea. Eisenhower se dio un garbeo por Madrid, casi un día, el 21 de diciembre de 1959. Franco corrió a hacerse la foto (obra de Jaime Pato, aquel grandioso fotorreportero) con Dwight. Ir de blanco era un gasto que las novias no podían permitirse. Era más práctico casarse con un vestido de fiesta que pudiera utilizarse después en ocasiones señaladas, como las bodas de las amigas. Las modistas imitaban los modelos de Balenciaga, el creador de moda y de la elegancia, que tenía entre sus musas a Sonsoles de Icaza, marquesa de Llanzol, también conocida por ser la amante de Jamón Serrano Suñer, el concuñado falangista al que La Collares vetó su asistencia a las fiestas que cada 18 de julio se celebraban en el palacio de La Granja. En la Puerta del Ángel, un barrio madrileño, había un hombre lobo. Enrique Villalba, amante y pío padre de familia. Jefe local de Falange, también cerrajero y depredador de hembras. Alardeaba, tras pimplarse el quinto tinto en el bar Casa Vela, siempre invitado, de que «éramos como dioses, los amos del barrio [paseo de Extremadura y aledaños]. Venían las mujeres a pedir trabajo a la comisaría de Falange de la calle Guadarrama. Eran casi todas viudas de rojos, la que quería trabajar tenía que pasar por la piedra. Yo solo me follé a más de veinte, a algunas varias veces. ¡Fue la hostia!».

      Aquello era la hostia. Sí, las que repartía el régimen. En 1956 la tensión crecía en la universidad. Un año antes había fallecido José Ortega y Gasset, el de la España Invertebrada que tan de moda está ahora: “Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo”.  Los hijos de las familias patricias protestaban por la represión del gobierno. A la lucecita encendida de El Pardo no le cupo más remedio que detenerlos. Y los calabozos de la DGS, la Dirección General de Seguridad, que estaban en la Puerta del Sol, sí, debajo del reloj, y en la que comenzaba su ascensión imparable el supercomisario Conesa, se llenaron con los herederos de aquella oligarquía que tan comprensiva era con el Caudillo. José María Ruiz Gallardón (papá del Gallardón cheli), Dionisio Ridruejo (qué hace un chico como tú en un sitio como este), Ramón Tamames (¿cómo qué?, ¡comunista!), Javier Pradera (un agasajo postinero de la crema de la intelectualidad), Enrique Múgica (la importancia de llamarse Herzog), Sánchez Dragó (desde la Internacional al Mein Kampf pasando por el Cara al Sol), y Miguel Sánchez Mazas Ferlosio (hijo, hermano, cuñado, tío de la creme), entre otros excelentes muchachos pasaron varios días a la sombra. La tensión entre falangistas, militares y monárquicos crecía y su Excelencia lo arregló repartiendo café con leche. Cesó en febrero de 1956 al ministro de Educación, Joaquín Ruiz Giménez, democristiano, y al secretario general del Movimiento (de qué movimiento no importa porque entonces nadie se movía) Raimundo Fernández Cuesta, camisa vieja, viejísima. El rey de bastos estaba más fuerte que nunca, era un frenesí cinegético el que emprendía día sí y día también. El mismo Pacón, su primo y ayudante, se indignaba para sí del tiempo que Paquito pasaba con la escopeta al hombro que tú bordaste en rojo ayer. «He acompañado al Caudillo en el Azor a Bermeo. Franco es feliz cuando navega en su barco» escribía Pacón en su diario privado el 16 de agosto de 1955. ¡Ay, ay, ay! ¡Qué felices seremos los dos! Por su parte, Federico Sánchez se paseaba de incógnito por los madriles desolados de su infancia a pesar de que Luis Miguel Dominguín no le había conseguido el pasaporte, por más que se lo pidió a Camulo Alonso Vega. Mientras tanto, todos los palmeros y taxistas madrileños mentían sobre sus fantasías eróticas con Ava Gardner, que no tenía ningún remedo en llamar a Perón maricón. Ay, ¡qué felices seremos los dos y qué dulces los besos serán, pasaremos la vida en la luna viviendo en la casita de papel!

      Los noviazgos entonces se eternizaban y pasaban los días y él desesperado y ella, ella contestando quizás, quizás, quizás… El matrimonio era la única manera de poderse aliviar tranquilamente de aquellos sofocos de la entrepierna que acometían a los novios. Pero cómo, cuándo, dónde. Hay una maravillosa tesis sobre los “Usos amorosos en la España de Posguerra”, de la amorosa Carmina Martín Gaite, madre, esposa, tía, cuñada de todos los Sánchez y de todos los Ferlosios y la niña bonita de la intelectualidad. De aquellos ardores, o necesidades de amor nació una grandiosa y poblada generación de niños españoles. El baby boom de los sesenta lo llaman los demógrafos. La Luisi, el Jesus, el Geli, la Chus, la Merche, la Afri, la Tere, el David, la Cani, la Maite… Cachito, cachito, cachito mío, bendigo la suerte de ser tu amor…

     Y había que hacerse la foto de novios para decirles a todos los seres queridos que por fin, por fin podían aliviarse de los ardores sin pecado y sin el regaño de la mamá, mira a ver si te deja preñada y después si te he visto no me acuerdo, que los hombres lo único que quieren es lo único. Así que las fotos de boda era lo más importante porque se certificaba que uno se convertía en adulto, en respetable señor don y señora de.

Y de viajes de bodas… Pues de viajes de bodas ni hablar. Rosario y Alfonso se marcaron la tarde de su himeneo un tango a media luz los dos, a media luz los besos, crepúsculo interior. Y al día siguiente ella se fue a trabajar como criada en una casa bien de la calle Barquillo. Alfonso, albañil, lo celebró hormigonando las casitas de papel del poblado de Caño Roto, en los Carabancheles, donde vivirían poco después. Luisa y Miguel alquilaron una habitación con derecho a cocina en ca la Venancia, una viuda de un jonsiano de los de Ledesma Ramos que cayó en el Alto del León. Esa diferencia entre ser viuda de un jodío rojo o de un caído por dios y por España. Y a la Tina y al Ángel no les cupo (cabió, diría un castizo) más remedio que cohabitar en una habitación sin vistas de las dos que conformaban el pisito de la abuela Luisa. Eso sí, aún quedaban tres hermanos solteros, la abuela y una tía viuda más en el nido familiar distribuidos por la cocina y el pasillo. La realidad que supera a la ficción. El Pisito. Petrita y Rodolfo, Mari Carrillo y López Vázquez en aquella esperpéntica tragicomedia de Marco Ferreri.

      En fin, mujer, si puedes tú con dios hablar pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar… Rosario y Alfonso; Tina y Ángel; Lupe y Lulio; Piedad y Daniel; Luisa y Miguel; Encarnita y Antonio… para qué quiero tus besos si tus labios no me pueden ya besar.

          Tina y Ángel se casaron en la iglesia de Santa Cristina, sita en el Paseo de Extremadura, en la Puerta del Ángel, en Madrid, al otro lado del río Manzanares, obra neomudéjar de Repulles y Vargas construida en 1905. Sus padrinos, Lulio y Teresa, hermanos del novio. Y fueron felices y comieron perdices y a los demás les dieron con los huesos en las narices. Eso fue el día de san Roque, 16 de agosto de 1955.

Los Caprichos de Ceres

Teodosia Gandarias

     HANC MARGINIS EXIGUITAS NON CAPERET. Conjeturas. Ezequías y Fermat. El verso y el logaritmo. Una poesía tiene algo de matriz vectorial, un polinomio de letras que tiende a infinito, una derivada de asonancias cartesianas. Diálogos de amor de León Hebreo. Es su última obra, edición crítica del manuscrito original que Suárez de Figueroa,El Inca Garcilaso de la Vega”, tradujera del Diálogo Humanístico escrito por León en 1502. Sofía y Filón, la sabiduría y su amante dialogando en la arcadia de Getafe. Ezequías Blanco procede de la Castilla que el paso de los siglos ha hecho eterna. Pasó su juventud de escucha atenta en Salamanca, donde aprendió a amar al castellano y a recostarse en los poetas que engalanaban los altares con sus trinos y sus aguas desbordadas de alejandrinos. San Agustín García Calvo: libre te quiero como arroyo que brinca de peña en peña. Libre es su verso, hay canto de jilgueros y amarillo en sus palabras espaciosas. Truenan los parques con algarabía de golondrinas palabreras. Están su poemas llenos de gentes que se afanan y luchan. Ezequías escribe ecuaciones diferenciales entre los árboles, en los bancos, ensartando un cántico de jirones de oro. Y está su luna llena recargando con versos los corazones candentes._DSC0017 (2)

      Cada farola tiene una historia que contarte. Ex-catedrático del lenguaje y editor de revistas de vanguardia. Necesitaba no quedarse sin márgenes donde anotar su amor por la escritura, tanto como Fermat por su conjetura, y se sacó de su chistera la que ha sido la revista de referencia en la literatura española durante décadas. Algo rebelde, es un niño Chole mochilero y romántico de guedeja blanca y mirada clara, underground. Por su revista han pasado los clásicos, los modernos, los posmodernos y los antiguos, los mejores autores contemporáneos de la lengua castellana, los mejores fotógrafos, los mejores pintores, los mejores artistas: “CUADERNOS DEL MATEMÁTICO. El matemático era Puig Adam, que escribió libros junto con Rey Pastor para los escolares a los que tanto enseñó Ezequías en su instituto de enseñanza media de la villa getafeña.

Último volumen de CUADERNOS DEL MATEMÁTICO, editado en marzo de 2018. Una pieza perseguida por los bibliófilos.

     “Por un puente de sueño sube hasta el sol el pobre carro. Viene herido de lejos por las aristas duras del caleño. Hábilmente lo vira el lento arriero —ya auriga por la luz—. Ya tú basterna de la dicha”. Son versos de “Los Caprichos de Ceres”, II Premio Nacional de Poesía “Ciega de Manzanares”, de 2003. En el verano, Ezequías se va con Sancho el Bravo y con sus monos que estornudan —sólo hay una clase— a su barenostrum de Paladinos del Valle, en Zamora, a escribir por los márgenes sus conjeturas y sus teoremas consonantes. Bares, qué lugares tan gratos para conversar, no hay nada como escuchar sus poemas de amor en un bar bebiendo valgas —valdepeñas con gaseosa, sangría—: “Al noble y seco barro lo seducen diosas rubias de paja. En mullidas praderas se prepara su tálamo. Besos de peces nadan por el gozo de adobe y una cisnera oficia el rito que el agua enlaza para siempre”. Leyendo a Ezequías Blanco sí se cumple la conjetura de Fermat para todo número n >2. Y,  an ≠ bn +cn , porque sus números, sus versos, sus palabras son mágicos y no necesitan demostración alguna. Buscaré cada día los lugares donde nadie confunde los caminos donde muy poco importan las derrotas… Son versos de Tierra de Luz Blanda, su último poemario escrito cuando batallaba por restablecer su salud, ya recuperada.


       Pedro Puig Adam fue matemático, profesor y poeta. Alumno, colaborador y amigo de Julio Rey Pastor. Otro insigne matemático relacionado con la Junta de Ampliación de Estudios (JAE), que bajo la dirección de Santiago Ramón y Cajal y desde 1907 supuso un despertar en las ciencias y en las enseñanzas en España. Después, la larga noche del nacional franquismo enmudeció la voz de la rima y el número y los avances científicos, educativos y poéticos de aquel período de esplendor de la JAE se redujeron oficialmente a enumerar una lista de reyes visigóticos, instruir en el espíritu nacional o a loar la unidad de un imperio iniciado por otros reyes aún más católicos. La primera edición de sus ELEMENTOS DE GEOMETRÍA es de 1926. El ejemplar corresponde a la séptima tirada, en 1956.


Sólo hay una clase de monos que estornudan

Tierra de Luz Blanda

BARE NOSTRUM