Un adiós

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Rafael Alonso Solís

          Hace un rato, mientras leía las últimas páginas de Stoner –la magnífica y triste novela de John Williams–, me han comunicado el fallecimiento de un amigo en Madrid, a las 24 horas de ingresar en el hospital y, muy probablemente, como consecuencia de su apareamiento con Covid-19. Nos habíamos conocido cuando ambos teníamos siete u ocho años, mientras nos preparábamos para el ingreso en el bachillerato. Por lo tanto, hemos compartido parte de nuestro destino durante más de seis décadas, lo que ha llevado a cruzarnos sueños, relatarnos amores inventados y compadecernos de nuestras debilidades. Periodista de éxito en la crónica frívola de la noche madrileña, era un poeta y lo sabía. Un poeta que recibió un solo premio y escribió un único libro de versos, al que tituló –con el acierto de los escritores malditos, de los que gustaba formar parte– La noche en ti bebida, una breve antología de los miles de versos que escribía de madrugada, en las servilletas de los garitos, y regalaba a las «mujeres de tobillos finos». En el prólogo, que tuve el ya irrepetible honor de escribir, recordé cómo sus versos surgían de la noche y se alimentaban de un recuerdo del paraíso perdido, en forma de un manojo de rumores que olían a nostalgia, a fatiga carnal y a memoria abrazada de adolescencia, de aquella época remota en que la poesía nos rozaba como un bálsamo curativo en medio del gris de la calle. Poemas en los que los sonidos y su resonancia parecen emerger de ese pozo sin fondo del que bebieron Lorca y Baudelaire, Rimbaud y Vallejo, y que están teñidos de ese mejunje embriagador que hierve la sangre y la memoria de cada ser, condenados como estamos a repetirnos, una y otra vez, y sin descanso, la historia de nuestro amor. La poesía es un conjuro que únicamente surte efecto en instantes inesperados, cuando la palabra alcanza esa altura soñada a la que la vista no llega y solo el delirio la roza sin aliento. Es en esas ocasiones cuando el verso debe decirse en voz alta como única prueba de su pureza, como hacía él en un tono ronco, de tabaco cocido y vino envejecido en barrica de madrugada, con un sabor testicular en el que se mezclaban el grito y el llanto, la angustia y la pereza, hasta llegar a la aceptación de estar grabando la última cinta, puliendo la última rima nocturna, cansados los pulmones por el esfuerzo del último suspiro. Ahora, transmutado en Ramón Sijé, solo queda recordar cuando confesaba tener celos de las calles por la ausencia de amores inexistentes, y repetir el poema con que cerraba su antología, escrito con casi diez años de anticipación: «Escribirás el último poema/y siempre habrá una mujer/para decirle… es para ti./Tomarás la última copa/y siempre habrá una mujer/para decirle… es por ti./Llorarás el último silencio/y no habrá esa mujer/para decirle… es sin ti». En el último momento, no hubo copa, ni mujer alguna a su lado.

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El homenaje de los amigos de Lino

  Alfredo

Hace 24 horas que nuestro entrañable amigo Lino Velasco ha muerto. Su cuerpo cansado y ya sin luz reposa sobre una pista de hielo hasta que tome tierra o fuego cuando los servicios municipales consideren llegado su turno.
Ha muerto solo, con la misma frialdad que despide su última morada.
Tal vez, desde la orilla del otro lado, esté mirando nuestro desconsuelo con una copa de Rioja frío en una mano y un cigarrillo entre sus labios, acompañando a una condescendiente sonrisa.
¡Debería ser así, joder!


Gabriel de Araceli

Anarquista conservador, liberal y libertario, no cambiabas el oro por la legión de honor que te dio la república de la noche… y aquellos amores imposibles de marquesas que te perseguían en tus sueños de Bradomín por Argüelles y el Gijón, las crónicas malditas de sombras esquivas en courier new de las olivettis, el black lavel del Johnny Walker y el humazo de los camel sin filtro. Y aquella voz ronca de mastín y rioja a media mañana y amores desvelados en tus paraísos perdidos de tus versos acompañado por Baudelaire. Lino, otra hoja que se nos desprende del calendario de la vida.

Tout droit dans son armure, un grand homme de Pierre

Se tenait à la barre et coupait le flot noir;

Mais le calme héros, courbé sur sa rapière,

Regardait le sillage et ne daignait rien voir.   


Pascual Izquierdo

     De poetas a un poeta

   Curiosas coincidencias que depara el azar. También yo acabé hace dos días el libro de Stoner, leído con interés y desasosiego porque en estos tiempos sombríos parece que la mirada se oscurece y la vida, en su fragilidad, se parece cada vez más a la escarcha.

     Me quedé ayer sobrecogido por la noticia sobre Lino. Sobrecogido y aturdido por esa noticia y la de tantas muertes, de tanta vorágine de muertes y catástrofes…

       Tiempos muy sombríos. Parece que sobre nosotros se cierne un nuevo apocalipsis que no sabemos cómo espantar. Quizás sirva de alivio el intercambio de estas reflexiones, o el leer un poema que le publicaron ayer a Ezequías Blanco en el diario La Opinión de Zamora, un poema extraído del último libro suyo de poesía que recrea la estancia hospitalaria exigida por una operación de columna. El libro se titula Tierra de luz blanda y el poema, “Paisaje después de una batalla”, aporta un destello de esperanza. Se puede leer en

https://www.laopiniondezamora.es/zamora/2020/03/29/paisaje-despues-batalla/1234245.html


Rafa Alonso

     Yo llevaba dos días leyendo Stoner, subyugado por la tristeza del libro y su precisión narrativa, que a veces parece el diario de una vida permanentemente frustrada y vacía, con solo pequeños espacios de felicidad que nunca duraba lo suficiente. Es decir, que estaba contemplando la forma en que algo se aproxima, casi dulcemente, al final. Sonó el aviso de mi móvil y vi que era un mensaje de un amigo. Inevitablemente lo relacioné, porque a Lino le habían ingresado el día anterior en muy mal estado, y lo único que sabía es que estaba en urgencias.  Cuando me recuperé volví a Stoner y me pareció, como ocurre a veces, que una macabra coincidencia los había reunido.  Como él mismo decía, “había tenido una vida muy loca”, lo cual era cierto a pesar de que amores reales y ficticios siempre estuviesen mezclados.


Doña Ana de la Robla

La desaparición de un poeta de libro único siempre es lamentable. Esos autores fugaces encierran en sí algo muy parecido a la verdad.


Emilio Pascual Martín

Bella y sosegada elegía, que bien podría haberse titulado Linostoner…
D.E.P.

Fauna Ibérica

60 aniversario del fallecimiento del científico

Ángel Cabrera

       Ángel Aguado López

   Ángel Cabrera Latorre (Madrid, 1879 – La Plata, Argentina, 1960) fue un eminente zoólogo e investigador español que desarrolló su carrera tanto en España como en Argentina. Abandona antes de cumplir los 20 años sus estudios en Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid, a los que seguramente le inclinaría su padre, Juan Bautista Cabrera Ivars, primer obispo de la Iglesia Reformista Anglicana en España, que veía en él el seguidor de su obra pastoral. Sin embargo, se inició como colaborador e investigador en 1900 en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, llevado sin duda por su amor a la naturaleza y a los animales. Enseguida amplió estudios de Ciencias en Londres y en París, participó en cuatro expediciones científicas al norte de Marruecos entre 1913 y 1924 y realiza importantes trabajos de taxonomía zoológica y documentación en el Museo, lo que le supone un reconocimiento internacional y ser nombrado académico en diversas academias e instituciones. Rey Pastor le postula y Ramón y Cajal le recomienda para una vacante en el Museo Nacional de La Plata, Argentina, hacia donde parte en octubre de 1925 junto con su familia. Allá realizará una importante labor de investigación científica a través de numerosas expediciones a la Patagonia. Su actividad como profesor también es muy extensa en ese país y seguirá enviando colaboraciones y artículos a la Junta de Ampliación de Estudios y a diversos medios divulgativos durante la República española. Autor de infinidad de artículos y libros recibió numerosas distinciones y honores. Nunca regresó a España, de talante liberal no encajaba en el oscuro, ramplón y torticero ambiente en la que quedó inmersa la madre patria tras el triunfo del terror franquista. Es padre de Lulio Cabrera Aguado, otro eminente botánico, que, aunque nacido en Madrid desarrolló su carrera en Argentina.

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Ángel Cabrera fotografiado por Alfonso, sobre 1904.

      La influencia de los estudios zoológicos de Cabrera dejaron una profunda huella en las generaciones de científicos de la naturaleza posteriores. Naturalistas como José Antonio Valverde (impulsor y conservador del Parque Nacional de Doñana) o Félix Rodríguez de la Fuente bebieron en el conocimiento de Ángel Cabrera para la divulgación de sus ideas.

      La novela PATAGONIA, que trata sobre la vida y obra de Cabrera, obtuvo el XXII Premio de Novela Ciudad de Salamanca 2018. Está editada por Ediciones del Viento.

Fauna Ibérica

Pinche sobre la foto para verla en grande

XXII Premio de Novela Ciudad de Salamanca 2018

https://www.lavanguardia.com/local/castilla-leon/20190218/46543881681/el-periodista-madrileno-angel-aguado-recibe-el-xxii-premio-de-novela-ciudad-de-salamanca.html

https://www.salamanca24horas.com/texto-diario/mostrar/1329522/alcalde-entrega-premios-salamanca-poesia-novela-servando-cano-angel-aguado

La voz de Gaia

 Rafael Alonso Solís

         EN 1968, una juventud inquieta se enfrentó a los poderes del imperio para alterar el curso de la historia. Cada generación dispone de oportunidades para cumplir con alguna de las obligaciones no escritas de la especie, una de las cuales, precisamente, es evitar su desaparición. Quienes se manifestaban contra la guerra de Vietnam parecían convencidos de que su movilización cambiaría el mundo, y de que bajo los adoquines se encontraba la cálida arena de la playa, con lo que bastaría arrancarlos para darse un baño. Puede que la mayor debilidad de aquel intento radicase en que sus protagonistas hacían la revolución solo por la mañana, durante las horas de clase. Sin embargo, más allá de la lírica contenida en el eslogan, debajo de los adoquines no estaba la playa, pero sí, quejándose, el planeta. Tres años antes, en 1965, los ejecutivos de una compañía petrolífera habían consultado a diversos expertos acerca del futuro, localizando el foco en el año 2000. Mientras que la mayoría de los consultados especuló sobre los avances tecnológicos que se avecinaban, James Lovelock –conocido por haber desarrollado la “hipótesis Gaia” hacia 1960– se atrevió a predecir que el problema principal durante el segundo milenio sería el medio ambiente. Previamente, Lovelock había inventado el detector de captura electrónica, con el que fue capaz de medir la contaminación atmosférica por derivados hidrocarbonados, y que sirvió, años después, para cuantificar el crecimiento del agujero en la capa de ozono. Cuando, en marzo de 2008, Lovelock fue entrevistado por The Guardian acerca de sus predicciones a mediados del siglo anterior, el científico británico dijo que había ocurrido, “exactamente”, lo que él pronosticara. La “hipótesis Gaia” considera al planeta Tierra –Gaia era la diosa que lo representaba en la mitología griega– como un macro-organismo capaz de autorregular su funcionamiento mediante un sistema homeostático, un mecanismo dinámico de corrección de las funciones alteradas que se da en los organismos individuales. Aunque las ideas de Lovelock fueron, incluso, ridiculizadas por algunos biólogos evolucionistas, los mensajes de la propia Gaia han ido dándole la razón. En su libro La venganza de Gaia, publicado en 2006, Lovelock acertó en su predicción de lo que ocurriría en 2020: que las variaciones climáticas extremas serían habituales, amenazando con una devastación global que afectaría a amplias zonas del planeta. Buena parte de las posiciones de Lovelock son discutibles, incluyendo su hostilidad hacia las energías renovables y su desprecio hacia el movimiento verde, pero parece que su visión de Gaia ha resultado profética. A pesar de que él mismo, hace solo un par de años, reconociera en una entrevista que no es posible predecir lo que va a ocurrir en el planeta en 5-10 años, “porque demasiadas cosas pueden cambiar inesperadamente”. Ahora, un virus al que no se esperaba se ha extendido como si no existiesen barreras, y nos ha mostrado que la humanidad podría ser diezmada en unas pocas semanas, reduciendo, al mismo tiempo, la contaminación de los mares y los cielos. ¿Habrá sido la respuesta de Gaia?

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Leyendas borbónicas

Rafael Alonso Solís

     EN UN EJEMPLO DE SOLIDARIDAD DE CLASE, la corona viral de moda está sirviendo para tapar las vergüenzas de otras más cercanas. Al fin y al cabo, cualquier patógeno está a la cabeza de una dinastía infectada y dispone del potencial para reproducirse hasta la saciedad, a poco que se le dé la oportunidad. Es más, cuando el personal intenta contenerla –como ocurrió aquí en dos ocasiones–, siempre hay algún milico que la reactiva para garantizar la continuidad de la saga. Por otra parte, mientras que los medios extranjeros mencionan pistas que harían del monarca emérito un posible autor de delitos fiscales, el silencio de la prensa española se instaura con la complicidad que caracteriza a la omerta. No cabe duda de que nacer en el seno de una familia de alcurnia facilita la carrera. Además, los borbones han tenido suerte en la vida, especialmente en lo que se refiere al amor profano y a las finanzas. Y ello a pesar de haber sido protagonistas destacados de leyendas de barra y rumores de lupanar, en las que se apuntan una serie de características que, asociadas, no dejarían en buen lugar a estirpe alguna. A través de historias apócrifas y libros malditos –en el sentido de que, pese a su valor, no suelen disfrutar de promoción mediática–, esta rama de la realeza europea se ha caracterizado por disfrutar, entre otras virtudes, de promiscuidad sexual, desmaña, rijosidad desatada, tendencia a la ninfomanía y al concubinato, felonía sentimental, gusto por la carne fresca, inmoralidad de corte regio, habilidad para los negocios y destacada afición al puterío y al ocio de altura, lo que incluye la caza y la pornografía. Precisamente, esto último llevó a alguno de sus miembros a convertirse en emprendedor destacado, siendo un pionero en la introducción en España, a finales del siglo XIX, de esta próspera industria. Curiosamente, mientras no hay pruebas ni existe un solo registro de rigor que demuestren alguna actividad ejemplar, la cadena borbónica ha acumulado a lo largo de los últimos siglos zonas oscuras y manchas sospechosas, cuando no evidencias mal tapadas, casi siempre silenciadas por la prensa y protegidas por los poderes públicos y privados. En su última etapa, desde aquel “tranquilo, Jordi, tranquilo” –que a estas alturas suena como un diálogo entre barandas dedicados al mismo negocio–, Juan Carlos de Borbón, el representante de la saga reinstaurada por un militar golpista y traidor, acumula un largo catálogo de indicios que harían de él, de confirmarse, un personaje repugnante, además de un delincuente. Por un lado, una conocida periodista de derechas, con un amplio conocimiento del entorno castrense, ha sugerido en varias ocasiones que su implicación en el golpe de Tejero fue doble: contribuir a organizarlo, primero, para presumir de desmontarlo después. Por otro, su vida privada está teñida de mala fama, en la que se mezclan los juegos de cama y la efectividad en la captación de comisiones. Sin embargo, el sistema democrático que disfrutamos es incapaz de investigarlo. Mátame camión.

La Familia de Felipe V

La familia de Felipe V, primer rey borbón español. Louis Michel Van Loo. 1743. Museo del Prado. Madrid

 

El sexo con los ángeles

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

      —NUNCA ENTENDÍ como podía ser feliz en su matrimonio si su marido era el mismo demonio, por más que le enviara ramitos de violetas o le escribiera versos por primavera.

     —Algo tendría, ¿no? Que una tía aguante a un tío tanto tiempo… imposible. Son cosas de los poetas. Escriben versos para hacer felices a las personas. Son como los ángeles, facilitan la existencia.

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Kiko, un angelito angelical

     —De niño yo estaba enamorado de ella, una morenaza hecha y derecha. Buscaré tu cuerpo en otro cuerpo extraño. Pero yo ni sabía lo que era una mujer. Cómo sería su cuerpo, cómo sería encontrarse con ella, ¿rechazaría mis caricias, mis besos inexpertos, correspondería a mis súplicas?  Esas ensoñaciones me recorrían mi alma adolescente, su pelo negro y sus dientes blancos. Fue un palo cuando me enteré de que se había estrellado en una carretera secundaria. Vivió veintisiete años. Mi ángel, allí doblado sobre el salpicadero.

      —Me crucé con un ángel, o un demonio, en Damasco. Marién. La tía que más caña me ha dado.

     Rellené los vasos de aguardiente. Su mujer se había largado con otro. No aguantaba sus largas ausencias, a veces hasta seis meses. Empezó en los Balcanes muy joven, siguió con Sadam y ahora en Siria. Un tío con suerte, nunca había sufrido ni un rasguño. Bueno, lo de su mujer, prefirió a uno con un oficio menos peligroso. El director de la sucursal bancaria donde tenían la cuenta. Cambió el régimen de gananciales cuando él estaba en Alepo. El aguardiente te quemaba el esófago.

Un Ángel, casi un arcángel

      —Stabat mater dolorosa, juxta crucem lacrymosa, dum pendebat filius. Pergolesi en el coro del colegio. La excusa perfecta para acercarse a las chicas, en aquellas épocas los chicos y las chicas estábamos separados. Meros figurantes, el Stabat Mater es para voces femeninas. Pero allí la tenía delante, nunca le dirigí la palabra. Era mi ángel. Pergolesi fue un ángel efímero llevaba el mal en los pulmones, murió con apenas 26 años.

     —Franz Schubert fue el ángel caído. Amigo de las juergas, libertino, siempre de flor en flor libando los amores cortesanos. Sífilis, nada más y nada menos. La palmó con treintaiún años. Entonces era una enfermedad vergonzosa. La muerte y la doncella. Siempre que la escucho me impresiona.

Un ángel de la guarda

—¿Más que Marién?

—No, la Marién me ponía más. Era un ángel negro, un ángel malo.

—Yo vi el otro día un ángel blanco, en la manifa de las tías, en Gran Vía.

    —¡No jodas! ¿Tú solo? Estaba llena de ángeles. Aunque algunas parecían demonios. Mucho peligro.

     —No, este era un ángel bueno. En Callao. Nos miramos un momento. Hazme una foto y te daré un beso, me dijo.

    —¡Con el coronavirus!

    —Se la hice. Dónde te la mando. Y me dio un teléfono. Se la envié. A las diez me espera en Callao, donde la foto. Tengo que dejarte —nos cepillamos los orujazos de un trago.

    —Ten cuidado. A veces los ángeles se convierten en demonios. Mira mi mujer.

   —¡Hasta la victoria siempre! —le dije y me fui. Quién sabe, llevaba en la mano un ramito de violetas. Por si lo de los ángeles era verdad.