Volando voy, volando vengo

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

     Las chicas andan muy deprisa. Y el que lo dude que intente ponerse a rueda y seguirlas. El ciclismo, un deporte mayoritariamente masculino hace unos años, ha visto como la mujer se ha puesto en cabeza a tirar del pelotón. Y lo hacen muy bien. Estas ciclistas corrían la primera etapa de la Madrid Challenger by La Vuelta, una contrarreloj por equipos en línea de 12,8 Km, prueba que se disputó el pasado sábado 15 de septiembre en Boadilla del Monte, Madrid, en paralelo a la Vuelta a España y que tuvo dos etapas.

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El equipo alemán Sunweb, ganador de la contrarreloj

Sobre una distancia de 12,6 Km triunfó el equipo alemán Sunweb, que corrió a 43,25 Km/h. Corrieron 68 ciclistas de una veintena de países. La segunda etapa, sobre una distancia de 100 Km, se corrió en el circuito del Paseo del Prado, coincidiendo con la carrera masculina el domingo 16. La ganadora final fue la holandesa Ellen Van Dijk, componente del equipo Sumweb, cinco veces campeona mundial contrarreloj y tres de Europa.

 

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¿Viva el rey?

Rafael Alonso Solís

      La monarquía británica procede de relatos elaborados durante un sueño brumoso, nacidos en una época en que los dragones velaban el honor de quienes ejercían el liderazgo, los caballeros lucían armaduras luminosas cuya prestancia no se alteraba durante las contiendas y las damas de la corte consumían su belleza en oscuros aposentos, mientras la brujería dominaba los espíritus que moran en la niebla y diseñaba talleres especializados para fabricar espadones mágicos y pabellones de descanso regio en la isla de Avalon. Los ingleses siempre han sido respetuosos con sus monarcas o, al menos, han tenido la habilidad de generar esa sensación de cara al turismo, y suelen pedir a Dios que salve al rey o a la reina en cuanto tienen ocasión, le pagan un sueldo generoso y parecen orgullosos de que los visitantes se hagan fotos frente al palacio de Buckingham.

Fernando VII con manto real

  La monarquía española, especialmente la rama borbónica que nos azota, y que va y viene como el Guadiana, siempre ha lucido un tono entre astracán y esperpento,  y ha hecho de la campechanería una extraña virtud por la que presumir y marcar palmito. Valle-Inclán, que tenía una mirada sensible para captar las imágenes y los sonidos de la calle, nos habló de los calores de la reina castiza, a la que “un temblor cachondo le sube del papo al anca fondona de yegua real”, cada vez que algún amante le olía los sudores y le manoseaba las nalgas. Es cierto que, en el caso de la institución española, la nómina suele ser más liviana, y tal vez por ello a lo largo de la historia hayan sentido la necesidad de desarrollar actividades de emprendeduría y tener cierta presencia en el mundo de los negocios. El casticismo de la saga viene de lejos, dicen los expertos que desde Fernando VII, es decir, a partir de la llamada primera restauración, y ha estado marcada por el morro, una supuesta cercanía con la basca, amplia tolerancia a los aromas de los garitos, un fuerte componente rijoso y una indiscutible vocación por la cópula. Si Andy Warhol afirmó en una ocasión que el sexo es nostalgia del sexo, podría decirse que el casticismo regio de los borbones más recientes se ha movido entre la filmografía erótica, la afición al café cantante y la admiración por las vicetiples. La segunda restauración está representada por los Alfonsos, que reinaron unos 55 años, si bien el segundo lo hizo de forma casi apócrifa, ya que en la primera fase quien rigió fue su madre, y en la última el mismo monarca colocó a un milico en el poder. Ahora vivimos la tercera, de génesis similar a la anterior, pero a la inversa, puesto que fue otro militar quien dió un golpe de Estado y, con objeto de garantizar la continuidad de su obra, puso de nuevo a un borbón en el trono. Mantener la inviolabilidad de tan altas figuras ante sospechas de delincuencia no es de recibo y requiere una urgente modificación de la norma.

[La imagen superior es un fragmento de Los fusilamientos de Torrijos en la playa de Málaga, obra monumental pintada por Antonio Gisbert en 1887, que recoge el ajusticiamiento del general Torrijos y sus seguidores, que se levantaron en armas contra Fernando VII (en el centro, por Goya) en 1831. Museo del Prado, Madrid]

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Caricatura del libelo “Los Borbones en pelota”, atribuido, con dudas sobre su autoría, a los hermanos Becquer. Es un conjunto de acuarelas pornográficas y satíricas para denunciar las intrigas palaciegas y vida sexual de la reina de los tristes destinos. En esta aparecen los ministros Marfori y Luis González Bravo, junto a la reina Isabel II. Para saber más pinchar aquí

Si las piedras hablaran

Gabriel de Araceli

     Los vencedores escriben la historia e imprimen en las piedras sus verdades, aunque sea con los renglones torcidos.

     El 17 de noviembre de 1936 la Legión Cóndor, al servicio del general Franco, bombardea Madrid, algo habitual en esos meses de asedio de la capital. El Palacio de Liria, muy cerca del frente, sufre un incendio provocado por dieciocho bombas que lo destruyen prácticamente en su totalidad. En previsión de desastres se había vaciado previamente de obras de arte, depositándolas en la Embajada Británica, en el Museo del Prado y en la caja fuerte del Banco de España. Aún así, las milicias encargadas de la defensa, consiguen rescatar del fuego varias pinturas y obras de arte, aunque una gran cantidad de documentos se perdieron.

     El Duque de Alba, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, padre de Cayetana, residía en esas fechas en Londres, donde era de facto el embajador de Franco. El Duque de Alba, muy amigo de Winston Churchill, había gestionado con el dinero del banquero Juan March el alquiler del avión Dragon Rapid con el que el Generalísimo se desplazó desde Gando a Casablanca el 18 de julio de 1936, y de allí a Tetuán el 19 (llegó con retraso, cuando pudo confirmar que la asonada había triunfado entre la guarnición africana y que su vida no corría peligro, no antes).

     El Palacio de Liria fue iniciado por el arquitecto francés Louis Guilbert en 1767 y rediseñado en gran parte y acabado por Ventura Rodríguez en 1785. Es de estilo entre barroco tardío y neoclásico. Al acabar la contienda bélica, el Duque de Alba empleó parte de su inmensa fortuna en reconstruir el palacio, algo para lo que contó con fondos generosamente provistos por el nuevo estado. Cayetana de Alba continuó con la reconstrucción hasta completarla en 1956.  El Duque había fallecido en 1953.

     Para conmemorar la reconstrucción, en 1959 se erigió una placa en la fachada del palacio en la que el Ayuntamiento de Madrid le reconoce al Duque su noble rasgo.

    Hay que señalar que el alcalde de Madrid en esa época era José Finat y Escrivá de Romaní, el Conde de Mayalde. Finat fue un filonazi, colaborador con la Gestapo y amigo personal de Heinrich Himmler, al que festejó en Madrid con una corrida de toros. Y también era amigo de Reinhard Heydrich, ambos colaboradores personales de Hitler y atroces genocidas. Finat fue director de la Dirección General de Seguridad, la temida DGS. Durante su labor al frente de ella, en 1940 fueron detenidos en Francia, conducidos a España y fusilados por el régimen muchos exiliados republicanos, entre ellos el socialista Julian Zugazagoitia y el ex-presidente de la Generalitat Lluis Companys. Al Conde de Mayalde le sustituyó en 1965 al frente de la alcaldía de Madrid Carlos Arias Navarro, Carnicerito de Málaga. En 2000, el alcalde Álvarez del Manzano puso el nombre de Conde de Mayalde a una calle en Madrid.

Como se puede leer, nada de eso se dice en la placa.

     Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, el Magnífico, fue Duque consorte de Alba por su matrimonio con Cayetana desde 1978 hasta su fallecimiento, el 11 de mayo de 2001. Hombre inteligente, instigador, exquisito, culto, su vida fue un frenesí digno de la mejor novela de intriga. Son recomendables los libros que sobre él escribieran Manuel Vicent: “Aguirre, el Magnífico”; y “El cura y los mandarines”, de Gregorio Morán.

     Jesús Aguirre nació en una época inquieta, el 9 de junio de 1934, hijo de madre soltera, su infancia en Santander fue difícil, quizás por ello se propuso triunfar desde pequeño y llegar a lo más alto. Lo consiguió, fue académico y duque consorte. Quizás fuese vanidad o una muestra más de su carácter altivo o mistificador. En  el panteón de Loeches, propiedad de la Casa de Alba donde yacen sus restos mortales y los de Cayetana, en su sepultura está escrito que nació el 9 de junio de ¡1937!

¡Qué son tres años en la vida de los mortales!

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El apostol y la duquesa

 

 

 

 

 

El ataque de las arpías

Rafael Alonso Solís

Para darme a entender que las vacaciones habían terminado, hace un par de días fui atacado por tres energúmenas cuando deambulaba por una zona solitaria. Sé que no debía estar allí, solo y sin protección. Si te saltas las normas te arriesgas a que te tomen por un intruso. Por un momento me sentí como aquella vez en que, avanzada la noche, fui asaltado por un par de adolescentes en una zona poco aconsejable de Boston, cerca de la frontera con el barrio de Roxbury, y mientras me alejaba imprudentemente de las luces familiares del Prudential Center. La primera arpía me entró por la izquierda, clavando un agudo estilete en el brazo de ese lado, lo que hizo por dos veces con inusitada rapidez, sin permitirme acción defensiva alguna ni darme tiempo para pedir auxilio. El dolor fue muy intenso y agudo, lo que, además de provocarme terror, me llevó de inmediato a identificarlo como el producido por una aguja hipodérmica al atravesar mis carnes. Solo un par de segundos después, la segunda bruja hundió su arma en el brazo derecho con el mismo acierto que su compinche y con idéntica eficacia. Al verlas delante de mí, moviéndose con aparente odio e instinto asesino, dispuestas a continuar con su salvaje agresión y quién sabe con qué intenciones, traté de cubrirme la cara, ante la que se organizaban ya las tres asaltantes –puede que inconscientes, pero indudablemente peligrosas–. Con una habilidad insuperable, la tercera atacante dirigió su pincho hacia mi rostro y lo insertó con crueldad sobre el puente de mi nariz, en el lado izquierdo y cerca de los ojos –lo cual no le resultó muy difícil, porque, en mi caso, ese apéndice es amplio y ofrece una gran superficie como diana–. Salí corriendo como pude, alejándome del lugar de la agresión a toda velocidad, realmente asustado, consciente de que estaba solo frente a aquella jauría y sospechando que no se trataba únicamente de un asalto fortuito, sino de la reacción de una avanzadilla en defensa de su territorio. Estaban allí para eso y, si podían, no iban a permitir que saliera indemne del encuentro. En la huida perdí las gafas de sol, que salieron volando por el aire durante el forcejeo. Una vez que me encontré en un lugar supuestamente seguro hice un recuento de mis heridas. Ambos brazos mostraban ya señales inequívocas como resultado de los pinchazos, y unos cuantos puntitos sanguinolentos –fruto, seguramente, de la cotidiana toma de anticoagulantes– se convertían en señales de mi desigual lucha. A los pocos minutos mi nariz comenzó a hincharse como una verruga desatada, adquiriendo un tono enrojecido que auguraba un mal pronóstico. Tal vez por la cercanía de la zona, mis ojos comenzaron a lagrimear sin freno y una especie de rinitis por contacto me jodió el resto del día. Sé que no debía estar allí, que nunca debí haber invadido un territorio marcado, y que fue un atrevimiento tratar de abrir una verja protegida por un avispero.

Paco Ontañón, fotógrafo, In Memorian

Ángel Aguado López

     Francisco Ontañon nació en Barcelona, en 1930, de familia de procedencia burgalesa. Las penurias sociales de la época le llevan a realizar diferentes trabajos para poder subsistir.  Combina la fotografía con el empleo en un banco hasta que en 1957 se decide por el periodismo gráfico y entra a formar parte de la agencia Europa Press. Acude como informador gráfico a las bodas reales de Balduino y Fabiola, Bruselas, 1960, y Juan Carlos y Sofía, Atenas, 1962, que supusieron el primer gran despliegue informativo del periodismo español, con el alquiler de aviones para el transporte del material fotográfico, “aunque no se pudo positivar nada durante el vuelo porque la ampliadora se movía y era imposible enfocar ningún negativo” aclaraba en su momento Ontañón. Estuvo en la toma de posesión del presidente Kennedy (1961) o en el entierro, meses después, del rey Mohamed V y la entronización de su sucesor Hassan II.

     Ontañón fue fotógrafo hasta el momento de su muerte, acaecida en Madrid, en agosto de 2008. Trabajó medio siglo en infinidad de medios de comunicación, publicó numerosos libros de fotografía y era una referencia en el fotoperiodismo español, sus portadas se cuentan por miles y sus reportajes fueron tan variados como numerosos las grandes figuras del periodismo con las que trabajó.

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Ontañón en su casa de Vallecas, marzo de 1997.

     La siguiente entrevista, que fue un trabajo académico para la Complu —entonces había que currárselos, no te convalidaban nada—, se realizó en marzo de 1997 en su casa de Vallecas y en ella Paco Ontañón expresa sus opiniones sobre qué le llevó a ser fotógrafo y en qué se basaba a la hora de captar la realidad que le rodeaba, su visión especial de la sociedad y de la vida que le tocó vivir. En ese momento aún no había fotografía digital, nadie imaginaba la transformación social actual ni la forma de ver y captar la realidad de ahora ni los hábitos informativos que introdujo en la sociedad la revolución tecnológica. Por eso resulta interesante para los fotógrafos actuales releer las opiniones de un veterano reportero 21 años después. Aunque puede resumirse en aquella frase que le gustaba repetir y que sintetiza lo que tiene que impregnar el trabajo de cualquier fotógrafo y que sigue siendo rotundamente verdad:

“Mira mucho y haz pocas fotos”

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Una portada del dominical de EL PAÍS de hace 30 años, Foto de Ontañón.

Pregunta. En la obra del grupo que conformó tu generación se nota un interés formal (estético, plástico). Tus fotografías son las de menor plasticidad y las de mayor espontaneidad…

Respuesta. Yo siempre pensé que la fotografía artística por sí no tenía un valor importante, que era cosa de aficionados, que la mía, además, tenía que contar algo, aunque fuera un retrato, debía ser una foto útil. No sólo la estética por la estética.

  1. P. No te consideras entonces un esteta.
  2. R. No me sirve hacer una fotografía para colgarla en el despacho o para mandarla a una exposición, por eso estoy en contra de las exposiciones. Cuando son retrospectivas no, pero hacer un planteamiento de la fotografía basado en las exposiciones me parece que es absurdo. No hay cosa que aburra más que una foto de reportaje colgada en la pared.
  3. P. Entonces, las fotos son para verlas en el acto.
  4. R. A partir de la invención del telefoto, el acceso de los lectores a tus fotografías es decisivo, se distribuyen por el mundo y la ven miles de personas. No estoy de acuerdo con aquellos fotógrafos que dicen: “yo destruyo los negativos”. Pues vaya barbaridad que has hecho, yo por el contrario siento haber perdido algunos negativos.
  5. P. Tus compañeros de generación no tenían esa visión “humana” de la fotografía.
  6. R. Periodistas en mi generación no había. Ellos hacían una fotografía aséptica. Dolcet también era profesional, pero no era periodista. La mayoría combinaba la fotografía con otra profesión, eran aficionados. En el tema de la composición yo no he sido muy esperado. Rompía por completo los esquemas aceptados, las figuras las desplazaba de los puntos teóricos de interés, etc.
  7. P. Vistas ahora, algunas fotos de entonces resultan caducas.
  8. R. Han pasado los años y las fotografías acusan el tiempo transcurrido. Ahora, yo lógicamente no tendría el mismo punto de vista.
  9. P. Se echa en falta la denuncia explícita en los temas. Quizás la censura.
  10. R. La denuncia social se hacía a través de las manifestaciones culturales como la de Semana Santa, que era lo que a nosotros nos permitían publicar. Las fotos se pasaban por la censura en la Biblioteca Nacional. Se presentaban dos ejemplares, uno se sellaba y ya se podía publicar. La copia quedaba allí en depósito, con lo que han conseguido un archivo importantísimo de la historia gráfica de aquella España. No era la denuncia por la denuncia, fotografiábamos lo que había, la miseria. Esto tiene el peligro de que ahora te clasifican como neorrealista cuando la época era neorrealista… La prensa estaba controlada. Era un mundo terrorífico. Había censura y el que no estaba controlado era un peligro. El control era el carnet de prensa, que propugnaban los mismos compañeros de la prensa del Movimiento, que no querían perder los privilegios. Según entraba el ministro de turno colaba a sus seguidores en los puestos de responsabilidad. Para conseguir el carnet presentaba mis álbumes y no me los consideraban porque políticamente no les interesaba la revista en la que yo publicaba (La Actualidad Española). El ambiente cultural también se resentía. A pesar de que a la gente la obligaban a ser de derechas había personalidades interesantes. Dionisio Ridruejo, por ejemplo. En el teatro, Marsillach ya dirigía. El fotógrafo va un poco por libre en los temas culturales, ofrece su visión pecualia. Tuve mucho contacto con los Saura (Carlos y Antonio), con Manuel Vicent, con Carandell… el trabajo periodístico lo mismo te une que te separa.

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    La tertulia del Café Gijón. Comienzo de los 90. Reconozca a los fotografiados.

  11. P. ¿Qué influencias recibíais de fuera?
  12. R. No nos llegaba obra de otros fotógrafos extranjeros, no tuvimos referencias de la foto francesa. Nos interesaba más la fotografía norteamericana o inglesa. Los franceses, a pesar de ser nuestros vecinos siempre nos veían por el lado tópico deformado, por el flamenco y los toros.
  13. P. El desarrollo tecnológico actual sería impensable en los años 50.
  14. R. Entonces sólo se fotografiaba en blanco y negro. El color se comenzó a realizar en los 60 y te obligaba a llevar un voluminoso equipo. Yo conocí aun el uso del magnesio para iluminar. Se extendía en una placa y tras una chispa estallaba un resplandor parecido a la bomba atómica y todo quedaba hecho un culo. La máxima distancia focal que había era un 240, un Novoflex de la Alemania Democrática, con una abertura de 5.6, que lo hacía casi inservible. Lo más largo que se usaba era un 135 y mucha Leica. Si el autoenfoque hubiera existido cuando yo empecé a estas horas no usaría gafas. Ya forzaba las películas, la HPS de Ilford tenía un grano como garbanzos, pero como estaba de moda, pues nada. Y los revelados se hacía por inspección. Abriendo la cubeta con luz roja.
  15. P. Como periodista, cómo afrontas el relato fotográfico.
  16. R. Hay que pensar que se trata de contar una historia, no una única foto. Hay básicamente dos formas: el periodismo de provocación (lo que hace la García-Rodero), o la forma de Cartier-Bresson, el momento decisivo. No soy amigo de las fotos de guerra y miseria, que reducen la información a lo sensiblero y miserable. El amarillismo invade ahora el periodismo gráfico y aunado a las pocas revistas de información general está dejando a muchos profesionales en la cuneta. Yo he subsistido, pero otros han muerto por el camino. En esta profesión no puedes estar por la pela, te tiene que gustar la fotografía, por eso no concibo el periodismo actual, todo el día para arriba y para abajo, en la Audiencia Nacional o en las rudas de prensa, cargado con la mochila y lesionándote la columna para obtener la fotografía del día, estereotipada, repetida y aburrida.
  17. P. El trabajo del fotoperiodista, ¿es ahora más estimado que en los 60?
  18. R. En los periódicos se ha evolucionado mucho. Antes no existía la figura del editor gráfico y se tenía la idea de que todo lo de fuera era mejor que lo de casa y encargaban los trabajos a fotógrafos ajenos al periodismo, con lo que las obras perdían vigor. La composición la realizaban los plumillas, que la mayoría de las veces no sabían nada de fotografía. Y, además, había que librar una batalla con los confeccionadores, que apreciaban poco el trabajo de los fotógrafos.
  19. P. Cuarenta años de información dan para muchas anécdotas.
  20. R. La necesidad de hacer periodismo está por encima de todo. Palpar la actualidad ser testigo de ella te compensa los sinsabores y malos momentos que pasas en el ejercicio de tu profesión. ¿Anécdotas?, ¡hay tantas!… en Afganistán [se refiere al momento de la invasión soviética] me encañonaron con un kalasnikov por fotografiar a una novia. Me salvó el guía comunista a cambio de unos dólares… en la toma de posesión de Kennedy pude conversar con Kirk Douglas y Gene Kelly, ¡parecía que estaba en el cielo!… en Japón fotografié el cabaret más grande del mundo, 900 bailarinas que bailaban… ¡flamenco! O con Rodríguez de la Fuente en Kenia, en Tanzania y Uganda, una leona estuvo a punto de confundirme con una cebra.

 

Fecha y lugar indeterminado, sobre 1957. Los nuevos hábitos de los españoles, la excursión dominguera.

En la actualidad, el Museo Reina Sofía, en Madrid, ha organizado la exposición “Una aproximación a AFAL”, en la que se muestra la importancia que tuvo a comienzos de la década de los 60 del siglo anterior la irrupción de un grupo de fotógrafos y periodistas que a través de la revista AFAL ofrecían un panorama informativo diferente al habitual. Entonces, en esa revista publicaron sus fotos fotógrafos ahora clásicos, como Masats, Joan Colom, Oriol Maspons, Juan Dolcet, Gabriel Cualladó y Francisco Ontañón.

     La exposición, comisariada por Laura Terré, estará abierta hasta el 19 de noviembre de 2018. Reveladora de una época, de unos periodistas e indispensable para todos los que quieran ver lo que la realidad esconde con ojos de fotógrafo.

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Legionarios

Rafael Alonso Solís

     A lo largo de las dos o tres últimas décadas del siglo pasado, Rafael Sánchez Ferlosio escribió una serie de espléndidas reflexiones en el diario El País. La mayoría de estos textos, junto a algún ensayo posterior como God & Gun, están recogidos en el volumen titulado Babel contra Babel, publicado por la editorial Debate en 2016. Dicen las leyendas –aunque puede que lo haya contado él mismo– que Ferlosio escribía sus artículos bajo el efecto permanente y salvaje de las anfetaminas, lo que le permitía redactar sin freno y espídico perdido, enlazando oraciones que se estimulaban a sí mismas y se reproducían de forma partenogenética, embriagándose con las palabras que iban apareciendo sobre el papel y con las que, una vez acorralado un tema, no cesaba de añadirle verbos hasta rematarlo sin compasión.  No se sabe, en realidad, si lo escribía a mano, con máquina percutora o si utilizaba ordenador, aunque esto último resulta dudoso, por lo mal que encajaría con sus alpargatas a cuadros. En los ensayos de Babel contra Babel se habla de ejércitos y de militares, de mercenarios y de banderines de enganche, de armas y de patrias, y se llama la atención con brillantez acerca de los aspectos escatológicos de los antagonismos. También se habla, y mucho, de la guerra, a cuya invención arcaica, cerca del origen de casi todo, se achaca el establecimiento de los hombres y las mujeres como dos especies socialmente diferenciadas.sánchez-ferlosio

En el artículo publicado en El País el 28 de marzo de 1987 –el mismo día en que habrían cumplido años Teresa de Jesús, Máximo Gorki y el general José Sanjurjo, El león del Rif, que pasó la vida organizando golpes de Estado y al que le falló el avión cuando viajaba para encabezar la asonada de 1936–, bajo el título de ¡A mí la Legión!, Ferlosio le da varias vueltas al tema del mercenariado y a la obligación implícita en ese grito espiritual al que, una vez emitido por un legionario, deberá acudir cualquier otro que lo escuche para defender al demandante “contra quien fuere, con razón o sin ella”. Es inevitable vislumbrar el hilo que une el “hedor de milenios” ­–como Ferlosio califica al rastro de los soldados de fortuna– con aquella imagen de hace unas semanas, en la que varios ministros entonaban el himno de la Legión con lo que parecía una versión civil del ardor guerrero. Curiosamente, los cantantes de entonces son los mismos que ahora parecen formar parte del equipo directivo con el que el nuevo líder del Partido Popular aspira a llevarnos de retorno a Tíndalos. Sin más motivo que una retorcida asociación de ideas, seguramente equivocadas, sería posible establecer una relación genésica entre el grito de “¡A mí la Legión!” y la ceguera intelectual, e imaginar a Casado, a Rivera, a Trump, a Kin Jong-un o a Putin –pero también a Ortega o a Maduro– en posición de firmes, vestidos de legionarios y jaleando el paso del Cristo de la Buena Muerte.

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La antesala

Rafael Alonso Solís

     Una parte de la falacia vivida es que España, desaparecido de forma natural el dictador,  pudo elegir su forma de gobierno y la figura de quien estuviese situado en el nivel más alto y representativo. Si en 1936 fue un militar ambicioso y traidor –“el sapo iscariote y ladrón”, como lo llamara León Felipe– quien decidió romper la baraja e iniciar la tragedia inútil de una guerra civil, al final de sus días fue ese mismo militar quien reinstauró, no ya el régimen monárquico, sino el suyo propio, el que había diseñado para el desarrollo de sus planes, el que había nacido de la rebelión uniformada, encargando a su heredero castrense y político el cuidado de la herencia. En el cumplimiento respetuoso de ese encargo, la monarquía ha garantizado la continuidad de los vencedores y su transmisión al futuro a través de la endogamia implícita en el entramado genético de la corona. Y esa continuidad, por lo visto, ya contenía las moléculas básicas de la corrupción, el diseño del programa que permite a la cabeza del Estado hacer fortuna y ejercer como un comisionado real. Tan acostumbrados estábamos los súbditos a vivir bajo la figura de un patriarca castrense, cargado de medallas y méritos que se adjudicaba a sí mismo, que no hizo falta mucho esfuerzo para aceptar con cierta placidez la sustitución de uno por otro. En cierto modo, todo quedaba en familia. Por otra parte, tampoco nos preguntaron, no fuera a ser que nos atreviéramos a manifestar nuestras preferencias. Uno ya ha escrito en estas páginas que la figura del rey al que hemos dado en llamar emérito se ha mostrado como una imagen pendular de nuestra propia incoherencia, como una diana para recibir chistes de bajo nivel, como un icono con el que adornar los despachos oficiales. Y nada más. Lamentablemente, incluso reputadas intelectuales, como Victoria Camps, han caído en la trampa de considerar en una entrevista de no hace mucho a Juan Carlos de Borbón como un mal menor, como “una apuesta eficaz”, subrayando su “actuación decidida” al mantenerse fiel a la Constitución durante el golpe de Estado del 23-F. Sin embargo, y más allá de la narración oficial, ¿fue realmente así? La sospecha de la implicación borbónica en la asonada está suficientemente extendida y estaría tan justificada, a la vista de la historia previa y los acontecimiento posteriores, que es lógico pensar –sin que los hechos reales puedan ser conocidos, mas allá de la conjetura o de la consulta de la información que reposa en las cloacas– en una historia bastante más compleja que el relato impuesto. Con buena parte de la familia borbónica nadando en el fango, como lo hicieron sus antecesores durante siglos, tal vez ha llegado el momento en que los súbditos estemos a la altura de la historia para invitarles a buscar trabajo. Nunca lo han hecho, pero tienen buena formación y podrían buscarse la vida sin esfuerzo. La monarquía está sentada en la antesala, a la espera de juicio y de destino.

cambio_guardiaFotos: Terry Mangino

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Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino (algunas)

_DSC0101_web     Óscar Pereiro, ganador del Tour de 2006

      —Con guindillas y morcilla asturiana.

    —Con guindillas, morcilla asturiana, morcillo de vaca, sus garbanzos de obispo, su punta de jamón y un cuartillo de vino de Arganda —le soltó a Berrendero el abuelo Epaminondas, que entonces era un chaval de quince años.

    —Cuartillo y medio —le sonrió Julián Berrendero, “El negro de los ojos azules”, que se zampó en un pispas el cocido de 80 céntimos de “La Comilona”, la casa de comidas que los padres de mi abuelo, Epaminondas López, tenían en Lavapiés. Después, Julián se subió a su bicicleta de 19 Kg., enfiló la carretera de Francia, los tubulares enrollados en la espalda, y tras varias horas de esfuerzo coronaba la Morcuera, un portarrón de primera lleno de guijarros y sin asfaltar, por donde sólo subían los vaqueros y con mastines para ahuyentar a los lobos. Aunque ni los lobos ni los puertos asustaban a Berrendero, que era fuerte y duro como el granito del Guadarrama, esculpido en ébano y marfil por el sol justiciero de Madrid.

    Tan fuerte era Berrendero que el 31 de mayo de 1936, tras recorrer los 279 Km de la veintiun etapa de la segunda Vuelta a España, entre Zamora y Madrid, quedó segundo tras Emiliano Álvarez Arana. Y cuarto en la clasificación general final, a 23’14” del belga Gustaaf  Deloors. Sí, Julián Berrendero era un hors categorie.

    Aquella hazaña impresionó a mi abuelo Epaminondas, que se compró por 200 pesetas una bicicleta Pélissier* con ruedas de madera. Tanto le impactó que al día siguiente se marchó al Retiro, donde acababa la Vuelta, para emular a sus héroes. Aunque hizo trampas.

Berrendero    —¡A rueda, Epaminondas, a rueda! —le decía Berrendero cuando el pelotón enfilaba, vertiginoso, el Paseo de Coches. Y el abuelo Epaminondas se ponía a rueda hasta que reventaba en la Fuente de la Alcachofa, donde se escondía entre los castaños a esperar de nuevo al pelotón. Así hasta la última vuelta, cuando confundido con los ciclistas consiguió llegar a la meta, distante unos cientos de metros. Y donde le obsequiaron con un vaso de horchata.

    —Para que te pongas fuerte como Berrendero —le dijo uno de la carrera.

    —Y ahora, el Tour —le soltó Julián el jueves siguiente, que era cuando tocaba cocido en “La Comilona”—. Nos vamos a la Francia, a subir esas montañas y a ganarnos unos francos, que aquí en España están las cosas muy difíciles.

    Ya lo creo que estaban difíciles. Pero eso al abuelo Epaminondas le daba igual. Se entrenaba venga a subir y a subir por la calle Atocha. Bajaba a tumba abierta por la calle Santa Isabel y cuando llegaba a la estación derrapaba y las ruedas escupían una nube de polvo y chinarros sobre las aguadoras que esperaban la llegada del expreso de Algeciras.

    —Niño, vete a tirarle piedras a la puta de tu madre —le decían con cariño aquellas castizas señoras.

    Así todas las mañanas, hasta que un día se cayó y se desolló todo el lomo izquierdo ante los aplausos de júbilo que las aguadoras le dedicaron. Al abuelo Epaminondas no le cupo más remedio que cambiar de itinerario. Y con la excusa de comprar víveres para “La Comilona” se iba a Chinchón, a Aranjuez, a Villaconejos. Lo malo era la vuelta, porque coronar cargado de melones la cuesta de Antón Martín le parecía al abuelo Epaminondas como subir el Alpe d’Huez, que era una montaña muy empinada, llena de lobos que Berrendero se jactaba de subir en poco más de una hora.

    Aunque los ciclistas son muy fanfarrones y exageran y se apuntan éxitos inexistentes y dicen que se han subido a la luna por la cara oculta para que nadie los vea. Porque la primera vez que se subió en el Tour l’Alpe d’Huez fue en 1952, dieciséis años después del cocido en “La Comilona” que se zampó Berrendero. Y fue Fausto Coppi el que llegó primero y Berrendero ya no corría en bicicleta.

    Pero eso aún no lo sabía el abuelo Epaminondas, que siguió entrenándose y entrenándose el verano de 1936. Y el 19 de julio Federico Ezquerra ganó la undécima etapa del Tour de Francia, disputada entre Nize et Cannes. Julián Berrendero acabó aquel año como “rey de la montaña” y el primer español en la clasificación general. El abuelo Epaminondas aún siguió entrenándose algunos días más. Sí, el abuelo Epaminondas era un hors categorie. El 24 de julio se plantó en Arganda para comprar dos arrobas de vino tinto, que llevó a Lavapiés como podía entre el manillar y el sillín. Mientras, la Columna Durruti partía hacia el frente de Aragón desde Barcelona.

    Y el 19 de agosto llegó hasta la Piscina Isla, en el río Manzanares, un edificio racionalista de Luis Gutiérrez Soto, que unos meses después las tropas africanas del general Franco convirtieron en escombros. Aquella misma noche los falangistas mataron en Granada a un poeta, un tal García Lorca. El abuelo Epaminondas se enteró de eso mucho después, seguía emulando a su héroe Berrendero, aunque solo fuera subiendo por la Gran Vía. Tuvo que dejarlo. En el otoño empezaron a caer obuses Schneider del 155 a la altura de Telefónica, poco compatibles con su afición de ciclista.

    El gran Berrendero decidió quedarse en Francia y en 1937 ganó la etapa reina del Tour y corrió el de 1938. Y en 1939 regresó a España, donde nada más cruzar la frontera fue detenido y enviado a un campo de concentración en Rota, donde se pasó un año. Y sin entrenar. Lo de ser ciclista siempre ha sido muy difícil. Sí.

    Cuando en noviembre de 1936, un obús del 155 impactó en la Farmacia el Globo, en Antón Martín, el abuelo Epaminondas comprendió que las bicicletas eran para el verano. Total, tampoco había ya aguadoras esperando el expreso de Algeciras. Así que empeñó la bicicleta Pélissier en el Monte de Piedad. Le dieron por ella 12 pesetas. No, su palmarés de ciclista no fue muy extenso. Nunca subió el Alpe d’Huez. Tampoco Berrendero.300px-Lacets_AlpedHuez

El jueves 19 de julio se corre la 12ª etapa del Tour de Francia, 2018, con final en l’Alpe d’Huez

    Tras salir del pueblecito de Bourg d’Oisans, l’Alpe d’Huez empieza como una pared que hay que asumir con entereza. Después siguen otros 13 Km espantosos marcados por los codos numerados, 21 curvas, que llevan el nombre de los distintos vencedores a lo largo de la historia del Tour. L’Alpe d’Huez no es ni el más duro ni el más alto de los cols hors categorie que se suben en el Tour. Pero es el que concita mayor expectación y arrastra mayor número de aficionados. Durante la celebración de la prueba las cunetas de la carretera, bastante buena y ancha, se llenan de tal cantidad de público que es difícil distinguir a los corredores y el paso de la caravana, convirtiendo el espectáculo en el público en sí, en lugar de los ciclistas. Datos exagerados cifraban en más de un millón de personas los asistentes a lo largo del recorrido de la etapa del Tour 2015, la última vez que se subió.

    El ciclista aficionado que se atreva a subir l’Alpe d’Huez se encuentra arriba con una estación de esquí completamente vacía durante el verano. La soledad absoluta, una ciudad fantasma pensada para el invierno y sin vida durante ocho meses. Sentirá una angustia vital, como abandonado en un escenario de cine de terror. Pasado el terremoto del Tour no queda nadie en la estación de l’Alpe d’Huez, el ciclista tiene la sensación de ser el blanco de algún francotirador camuflado entre los edificios sombríos de un pueblo perdido. Y le asalta la necesidad de partir, de descender al llano de la realidad, de tirarse a tumba abierta por las pendientes verticales buscando el valle, como Sísifo, condenado a ascender y a bajar eternamente una montaña.

Carlos Sastre, ganador del Tour 2008 y de la etapa del Alpe d’Huez del mismo

    *Henri Pélissier (1889-1935) fue un ciclista romántico y contestatario. No se conformaba con pedalear por un puñado de francos mientras que el negociante Henry Desgrange se llevaba la pasta de sus pedaladas. Así que le plantó cara y le montó unas protestas hasta que consiguió que Desgrange soltara la manteca. Pélissier ganó el Tour de 1923. Y la París-Roubaix y la Milán-San Remo y la Bordeaux-Paris y fue campeón de Francia. Pero su vehemencia rayaba en la violencia, era una especie de Caravaggio de los pedales. Su vida privada fue agitada, su esposa Leonie se suicidó disparándose un tiro en la sien. Y dos años después, Camille, la nueva amante de Pélissier-Caravaggio acabó por asesinarle con la misma pistola con la que se había suicidado Leonie.

Sí, Henri Pélissier era un hors categorie. Nunca subió l’Alpe d’Huez.

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Los héroes también comen patatas

 

Ponte la máscara

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Gabriel de Araceli. Fotografías de Terry Mangino

     —Solo la peineta de carey me costó 500€, y otros 500 la mantilla de chantilly y pedrerías. Y el vestido de terciopelo bordado, imitación de Balenciaga, otros 500. Que me salió por una pasta la Procesión de los Alabarderos. Porque no podía ir así, de trapillo, que después doña Cayetana nos mira mal, la cofradía del santo sepulcro, los muchachos, los de la Guardia Real, ya sabes, con esos calzones apretados, que se les marca todo, en fin, que dios me perdone los malos pensamientos.

     —Uy, pero tú vas al cielo, es como pagar un seguro —le dijo Lola a doña Pura. Aunque eso de rezarle a una imagen cadavérica que te amenaza con el fuego eterno no lo acababa de entender. Por lo menos ella se lo pasó de vértigo el finde en Madrid. Se tiró todo el orgullo besos por aquí, roces por allá, incluso una arremetida con una desconocida, ¿o era desconocido?, que se dio en un bar en Chueca, no lo recordaba bien, demasiado alcohol, aún tenía resaca. Bueno, pensó, lo mío también es por una buena causa, la reivindicación de los derechos de los transexuales y la aprobación de la ley de igualdad de las personas elegetebei.

     —El tatoo del conejito en el ombligo, 200, pero me han dicho que me lo puedo borrar. Aunque no sé, tantos pinchazos en esa zona tan delicada, ¿sabes?, no termina de gustarme. El piercing, el imperdible en el… sí, ahí, otros 200, porque es de plata inalterable, bañado en oro y no produce alergias.

    —¡Qué te has puesto un imperdible en el..! —Doña Pura fingió un gesto de estupor y dirigió a Lola una mirada recriminatoria. Aunque bien pensado podía probar. La idea la perturbó, sintió como si se le alterasen las entrañas. Total, doña Cayetana no se iba a enterar y tampoco tenía tanta fe en el del madero. Ya era hora de darse una alegría, no todo iba a ser rezar, quitarse el disfraz de beata. Lo de la cara de sorpresa que le puso a Lola era… sí, un “postureo”, así lo llaman ahora, se dijo.

    —Pues a mí el imperdible, como tú dices, Pura, me costó 300. Y ahora me arrepiento, porque eso de que iba a tener unos orgasmos explosivos, ¡mentira! —soltó a bocajarro Soraya—.  Me lo puse cuando lo de Neptuno. Sí, lo de la copa esa que ganó mi Atleti, lo hablé con Manolo y se puso que no veas… Y ahí sigue, sin estrenarse, Manolo… na de na, los hombres ni te miran el artefacto, todo se les va en empujar y empujar hasta… lo suyo. Y yo allí, en Neptuno, toda rojiblanca, disfrazada por una buena causa, celebrando la victoria, que me costó una pasta el imperdible, el vestido hecho a medida. Y el maquillaje, toda la tarde en el esteticista, un chino, que no me entendía, lojo no, rojo, rojo, por ahorrarme unos euros. Eso sí, los periodistas, los fotógrafos todos pendientes de mí esa tarde, salí en Telemadrid, como Simeone.

     El camarero del Café Barbieri les dejó el cubo con los seis botellines de Mahou, el segundo. Las tres mujeres tan normalitas pasaban desapercibidas entre el público del café. «Tres amas de casa que se cuentan sus problemas matrimoniales» pensó un momento aquel hombre que escribía lo que escuchaba, la oreja atenta a la conversación de las señoras. Parecía Ian Gibson, parecía.

    «Cómo va a ser una buena causa disfrazarse de rojo y de blanco. Esta Soraya ha perdido la razón. Y también con imperdible, por un hombre, ni que tuviera quince años… Y marcharse ahí, a Neptuno, enfrente del Palace, donde tomo yo el brunch los domingos por la mañana con doña Cayetana, no puede ser una buena causa eso del fútbol, como si fuera un tiorro» se dijo para sí doña Pura mientras sonreía a sus amigas como agradeciéndoles sus confidencias.

     «Anda que está buena esta doña Pura. Más le valía quitarse el luto y venirse al orgullo, o a la calle Pelayo, a ver si le sale un novio y le quita las telarañas de las entrañas. O una novia, que se diera un homenaje transexy o elegetebei… y menos andar con gazmoñerías y rezos fúnebres y balenciagas de mentira, que se le pasó el arroz hace ya tiempo» pensó para sí Lola y dirigió una sonrisa a sus amigas.

     «Pues anda que no se ha vuelto idiota la Lola con la novia esa que se ha echao. Si yo la recuerdo de siempre morreándose por los bares de Lavapiés con tíos. Si ha tenido un montón. Y ahora, ¡que se ha hecho torti! y que se ha puesto un imperdible ahí. Vamos, a mí ni se me ocurre, con lo que debe de doler. Cómo que me lo voy a creer. Ni por una buena causa ni por nada, que no, que no, que a mi me gustan los tíos, el Manolo, y el Atleti. Bueno, tampoco tanto, fui a Neptuno porque Manolo me dijo que iría, que después ni fue, que si no, ahí me iban a ver a mí, tan ridícula disfrazada de rojo y blanco. Pero si no me gusta el fútbol» se dijo para sí Soraya y sonrió a sus amigas.

    «Somos tan iguales en el hecho diferenciador que sólo nos diferencia, o nos une el disfraz, el color de la máscara, o de la bandera, o de los pendientes, que unos los llevan en las orejas y otros ahí, sí, en ese sitio tan incómodo. A las procesionarias de negro les siguen los disfraces rojiblancos y con el calor el sarampión de los guerreros y las guerreras del arco iris. Todos reivindicamos algo, ya sea el abrazo a la diferencia y al homónimo o la explicación de lo inexplicable. Tacones por aquí, balenciagas por acá, correajes por allá, plumas por acullá, sudor, oraciones o goles en propia puerta… Ponte la máscara y podrás tener felicidad, porque todos llevan su disfraz, ponte la máscara, tu máscara y te servirá de talismán. No salgas a la calle sin la máscara» escribió en su cuaderno aquel señor que se parecía a Ian Gibson, se parecía.

    El camarero les sirvió a las señoras un cubo con botellines de Mahou. El tercero.

 

Traidores

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Gabriel de Araceli

En la guerra como en la vida es peor el traidor que el enemigo

  El 2 de mayo de 1808, los capitales de Artillería Luis Daoiz y Torres y Pedro Velarde y Santillán se levantan contra las tropas napoleónicas y entregan las armas al pueblo contradiciendo las órdenes recibidas de la superioridad. Murieron en combate ese mismo día. La historia los convirtió en héroes.

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Daoiz y Velarde a lo suyo, en la Plaza del 2 de mayo

     El 6 de julio de 1937, de madrugada, la 11ª División del Ejército Popular de la República, a las órdenes de Enrique Líster toma Brunete. En el búnker del Canto del Pico, sede del Estado Mayor republicano, el coronel Manuel Matallana Gómez, ayudante del coronel Vicente Rojo Lluch está inquieto. La operación bélica no transcurre según los planes trazados y días después, el 25 de julio, festividad de Santiago matamoros, o matacristianos y tras dejar 40.000 muertes la batalla de Brunete queda en tablas.

    El ejército republicano no fue suficientemente municionado ni pertrechado, algunas acciones de distracción no fueron ejecutadas y en los días previos al ataque se exhibió una gran cantidad de material bélico y armas por las calles de Madrid, que sin duda fueron observadas por los quintacolumnistas que espiaban al servicio de las tropas rebeldes. Aunque nadie responsabilizó de esos desaciertos a Matallana. Entre los, posteriormente, generales Rojo y Matallana se forjó una camaradería académica. Desde su exilio en Bolivia, Rojo procura retomar la amistad con el antiguo compañero de armas, e incluso su mujer, Teresa Fernández, visita Madrid en 1949 e intenta transmitir a Matallana un mensaje de Rojo. Sin resultados. A Matallana, Franco lo condenó a treinta años de cárcel. Aunque finalmente sólo cumplió dos y salió en libertad en 1941.

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Casamatas en Brunete, son de 1938, nunca entraron en combate

   El capitán de Infantería Enrique Eymar Fernándezsostuvo el 23 de septiembre de 1924 en el punto fortificado de Hadia (sigue nombre ilegible) duro fuego con el enemigo y resultando este oficial con una herida producida por arma de fuego con orificio de entrada en espina iliaca antero superior derecho y salida en región lumbar izquierda penetrante de vientre siéndole pronosticada de muy grave y evacuado al hospital de Tetuán”. Promovido a teniente coronel de Inválidos en 1932 fue cesado como subdirector del Museo Histórico Militar el 25 de julio de 1936 “por orden del Comité rojo”. Pasó la Guerra Civil sin responsabilidad alguna hasta la “liberación total de España por las tropas nacionales… A este jefe se le forma expediente de depuración en averiguación de la conducta observada durante el dominio rojo y según copia del testimonio fue sobreseído provisionalmente dicho expediente”.

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El entonces coronel Eymar recibe el 1 de enero de 1950 la medalla de Plata al Mérito Policial de manos del Director General de Seguridad, Francisco Rodriguez Martínez.

  El teniente de Caballería Segismundo Casado López estaba “de guarnición en el Regimiento 1 en Madrid en 1917. Durante los días 13 al 24 de agosto coadyuvó con el Regto al mantenimiento del orden público alterado en esta Corte con motivo de la huelga general habida en los expresados días… de clara inteligencia, celo en el servicio, su espíritu militar y sus iniciativas hacen que pueda calificársele como muy brillante oficial”.

    El teniente de Infantería Manuel Matallana Gómez, “de guarnición en Melilla, se trasladó el 26 de mayo de 1916… y participa en la toma de Assel y Benilu cerca del Monte Arruit”. Cerca de Ceuta, en El Biutz es herido el 29 de junio el capitán Francisco Franco Bahamonde. El 29 de enero de 1929, el ya capitán de Infantería Matallana, a las órdenes del general Luis Orgaz Yoldi, “toma parte en la represión de los sucesos acaecidos en Ciudad Real, en la sede del Regimiento de Artillería Ligera nº 6”. Un levantamiento militar contra la dictadura de Primo de Rivera.

La justicia vale menos que el orín de los perros (León Felipe)

     El 23 de julio de 1910, el teniente Enrique Eymar Fernández “marchó por ferrocarril a la villa de Castro Urdiales (Santander), con motivo de la huelga minera desarrollada en dicha provincia y en la de Vizcaya… y prestando el servicio propio de la situación”.  Conflicto minero en el que participaron Pablo Iglesias y el líder local Facundo Perezagua. Y que no se había solucionado el 12 septiembre de 1911, como recoge El Correo Español: “Los Sres. Canalejas, Barroso y Luque expusieron las medidas tomadas, las órdenes dadas a las Autoridades… y el envío de tropas a Bilbao, Asturias y Santander… Al capitán general de la sexta región, Sr. Aguilar… se le han dado órdenes de que proceda con muchísima energía”.

   Al ya coronel en 1940 Enrique Eymar Fernández le habían matado un hijo los chequistas que efectuaban en Madrid las sacas de las cárceles en noviembre de 1936. Quizás fuera por esa pérdida por lo que, nombrado juez especial de la 1ª Región militar el 8 de marzo de 1941, mostró celo implacable en la persecución de los rojos, permaneciendo en activo hasta el día de su fallecimiento, el 21 de agosto de 1967. Entre los procesos que instruyó y las sentencias que dictó sobresalen los de Heriberto Quiñones, fusilado; las trece rosas, fusiladas; Julián Grimau, fusilado; Vicente Rojo, condenado a cadena perpetua y absuelto en la misma sentencia…

   El general de brigada honorífico Enrique Eymar Fernández sirvió en el ejército la asombrosa cifra de 64 años, 10 meses y 13 días.

     El 18 de julio de 1936, el comandante Segismundo Casado López quedó en zona no liberada, donde finó el año. Por medio de declaración jurada del interesado (sin fecha en la matriz existente en el Archivo Militar de Segovia), su hoja de servicios fue ampliada en los siguientes términos:

1937-1938. En zona no liberada todo el año.
1939. En zona no liberada hasta el 28 de marzo en que se ausentó al extranjero, fijando su residencia en Londres.
1940. En el extranjero todo el año.
1941. En la misma situación en que finó el año anterior. Por orden de 28 de octubre marginal es baja en el ejército por hallarse en ignorado paradero.

     Quizás sin saberlo sirvió Casado a los intereses británicos, que deseaban a toda costa la caída de la República y no se opusieron al golpe de estado que protagonizó el 6 de marzo de 1939 y en el que participó Matallana. Tras su huida, Casado llega a Londres en 1940 y trabaja con el pseudónimo de Coronel Juan de Padilla en el BBC Word Service, el lugar ideal donde se camuflaba a los espías. Se enamora de Norah Purcell, mujer algo más que inteligente. Con el apoyo consular del Reino Unido reside en Colombia y Venezuela trabajando para el grupo Nestlé. Su exilio fue una justificación constante de su asonada y un resentimiento permanente al resto de los republicanos. Afectada su salud regresa a España en 1961. Se enfrenta a un proceso de depuración del que sale absuelto y fallece en su domicilio de la calle Cea Bermúdez en 1968.

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Casado lee por radio desde el bunker de la Posición Jaca el enfrentamiento contra el gobierno de Negrín, el 6 de marzo de 1939.

     No sólo hubo dificultades en las comunicaciones y en el municionamiento en la Batalla de Brunete. En la ofensiva que Rojo pretendió realizar en la Batalla de Peñarroya, al final de la guerra, en enero 1939, abundaron los sabotajes en la concentración y traslado de tropas. También se suspendió en esas fechas el desembarco previsto en la costa de Motril, una acción pensada para reducir la presión franquista sobre Madrid. Sucedió con anterioridad algo parecido en el Plan P, una estrategia que pretendía romper en dos al ejército rebelde presionando sobre Extremadura y que no se llevó a cabo por las divergencias existentes entre los mandos de Estado Mayor republicano. Rojo se queja en sus memorias de las dificultades que constantemente se encontraba al reclamar a Miaja (tan respetado por Rojo como denostado por los rebeldes y algunos compañeros de armas) refuerzos para la batalla de Teruel y más tarde en el Ebro. También insinúa las envidias que levantaban sus planes entre sus compañeros de armas. Según los militares comunistas Enrique Castro Delgado y Juan Modesto, Matallana favorecería estos fallos ofensivos y la desidia observada entre los jefes del Ejército Popular. Tras la victoria de Franco, las sospechas de colaboración de Matallana con la Quinta Columna se vieron confirmadas por Juan Hortoneda Juliá y Celestino Mora, miembros de esta organización clandestina enquistada en el Madrid sitiado, que testificaron a su favor en la causa que se le abrió, así como José Centaño de la Paz, exagente del SIPM, que corroboró la actuación pro-rebelde del coronel. De nada le sirvió a Matallana, que vivió con dificultades los últimos años de su vida y falleció en Madrid a los 58 años, en 1952.

Daoiz, Velarde, Matallana, Casado, Eymar: héroes, villanos, jueces, víctimas, traidores…

La fidelidad a las leyes o a las ideas se disuelve en el juicio de la historia y son la victoria o la derrota las que marcan la legitimidad de las conductas

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En primera fila El Campesino (al que Rojo consideraba inútil para el arte militar), el general Miaja y el coronel Matallana (dcha.).

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El honor del general Franco

80 aniversario de la Batalla de Brunete

Venceréis pero no convenceréis

 

No sabe de edad don Amor

El 30 de julio de 1909, se casaron Leonor Izquierdo y Antonio Machado, ella tenía 15 años y 18 días

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

     Un mirlo quiebra el silencio en el cementerio del Espino, en Soria. Se va, como si advirtiera que su trino mortificara, más aún, al poeta, que quizás vele escondido bajo los cipreses a su amor juvenil, a Leonor Izquierdo Cuevas. Juegan los niños más allá, alegrías infantiles, y tañe, lejana, la campana de un reloj. Las seis de la tarde.

            Mi niña quedó tranquila, dolido mi corazón. ¡Ay, lo que la muerte ha roto era un hilo entre los dos!

     El poeta llegó en 1907 a Soria, un hombretón de 32 años que se cruza con una mujercita de 13. Y algo le trastorna el entendimiento al profesor de francés, experto en transitar recovecos proverbiales pero indefenso al hechizo de mujer:

Colmenero es mi amante,/y, en su abejar,/abejicas de oro/vienen y van./De tu colmena,/colmenero del alma/yo colmenera.

           Sentí tu mano en la mía, tu mano de compañera, tu voz de niña en mi oído como una campana nueva, como una campana virgen de un alba de primavera.

Leonor Izquierdo el día de su boda, el 30 de julio de 1909. Tenía 15 años y 18 días.

         Tuvo que esperar la pareja hasta que ella cumpliera los 15, edad mínima en la época para contraer matrimonio. La maledicencia, qué diría de un amor tan asimétrico la sociedad de entonces. Soria, una pequeña ciudad provinciana, apenas presente sino en el rigor castellano. Era 1909. Largos paseos, quizás para besarse a escondidas entre san Polo y san Saturio, amarraditos los dos: antes que salga la luna dos palabritas contigo tengo que hablar.

           Estos chopos del río que acompañan con el sonido de sus hojas secas, el son del agua cuando el viento sopla, tienen en sus cortezas grabadas iniciales que son nombre de enamorados, cifras que son fechas.

         Y duró la felicidad lo que dura el beso de media tarde, que la niña enferma de muerte estaba. Y en París, 1911, se le declaró el horror y Antonio, deudor de la pasión y de la tragedia víctima, requirió ayuda a Rubén Darío, que allí señalado por la absenta y la depresión trabajaba de diplomático solemne y mercenario periodista. Rubén le prestó a Machado el dinero necesario, poeta a poeta, enamorado a enamorado, para que Leonor regresara a Soria en busca de la salud del cuerpo.

        Amor por amor. Francisca Sánchez, el gran amor de Rubén. Si vino la primavera/volad a las flores,/no chupéis cera. Esos amores que no entienden de edad, inexplicables. Fue mucho antes, en 1899. Rubén visitaba la Casa de Campo con Ramón María del Valle Inclán. Ni es la torcaz benigna, ni es el cuervo protervo: Son formas del Enigma la paloma y el cuervo. Y allí, entre las azucenas olvidada, se encontró Rubén con Francisca, 13 años más joven. Extenuado y deseoso de amor quedó el poeta, que le duró el hechizo eternamente. Y entre sus duros pechos, lirios del Aqueronte. Hay un olor que llena la barca de Caronte.

      Y en Soria nuevamente, Leonor y Antonio, apenas unos besos, desgarrado pasear a san Saturio, que se le fue entre los brazos Leonor una tarde de verano, el 1 de agosto de 1912. Apenas una semana después abandonó Soria el poeta dolido eternamente por la pérdida de su amada. Y ya no recobró la quietud del alma, por más que fuera a Baeza o a Madrid.

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           Y a poco se le fue a Francisca Sánchez su Rubén Darío, consumido de amor, o de alcohol. Este buitre voraz de ceño torvo/que me devora las entrañas fiero/y es mi único constante compañero/labra mis penas con su pico corvo.

     Que de azul y en 1916, cuatro años después que Leonor murió el poeta, que en 1914 marchó a Nicaragua, y nunca regresó a los besos de Francisca, separados por un océano cruel de submarinos y cirrosis. Francisca guardó para sí el gozo de sus besos, y expandió por los cielos a Rubén Darío, gozosa de haberle amado.

        Ella de la hembra humana fuera ejemplar augusto; Ante su rostro olímpico no habría rostro adusto.

       Por fin catedrático y destinado en Segovia en 1919. Don Antonio permaneció 13 años en la humilde pensión ahora convertida en museo. Eran tiempos de aplauso y homenaje, de esperanza paciente en el brotar de los trigos, de un tiempo nuevo. Machado, republicano significado, fotografías ilustres en los cafés y meriendas de torrezno y cochinillo. Guiomar le perturbó apenas los cuadernos, que el ánimo siempre le quedó marchito sin su ruiseñor, su corazón vacío entre las orillas del Eresma y el Clamores.  Y cuando la serpiente envenenó de truenos y de sangre los campos castellanos y todo fue bramido, bayoneta y osario calcinado emprendió ligero el viaje a la vuelta del camino, donde esperaba Leonor. Despertad, cantores, acaben los ecos, empiecen las voces.

        Y Francisca muchos años después, en 1963, se unió a Rubén Darío, cerbera de sus memorias.

        Las Gracias junto a ella quedarían confusas, Y las ligeras Horas y las sublimes Musas.

 

Tumba de Machado, en Collioure


Carta de Machado a Bergamín agradeciéndole su ayuda:

Colliure -­ Hôtel Rosignol-Quintino

9 de febrero 1939 (P y r – Or)

Sr. Dn José Bergamín

Muy querido y admirado amigo:

                                                                                                                        Después de un éxodo lamentable, pasé la frontera con mi madre, mi hermano José y su esposa, en condiciones impeorables (ni un solo céntimo francés), hoy me encuentro en Collioure, Hôtel Rossygnol-Quintana y gracias a un pequeño auxilio oficial con recursos suficientes para acabar el mes corriente. Mi problema más inmediato es el de poder resistir en Francia hasta encontrar recursos para vivir en ella de mi trabajo literario o trasladarme a la U.R.S.S. donde encontraría amplia y favorable acogida.

Con toda el alma agradezco los generosos ofrecimientos de esa Asociación de Escritores, muy especialmente los de Mr. Jean Richard Bloch y el Prof. Cohen, pero temo no solamente quedarme muy aislado como Vd. indica, sino además no disponer de medios pecuniarios para mantenerme con mi familia en esas casas y para trasladarme a ellas. Así pues, el problema queda reducido a la necesidad de un apoyo pecuniario a partir del mes que viene, bien para continuar aquí en las condiciones actuales, bien para trasladarme a alguna localidad no lejana donde poder vivir en un pisito amueblado en las condiciones más modestas.

Vea Vd. cual es mi situación de hecho y cual puede ser el apoyo necesario.

Con toda el alma le agradezco sus cariñosas palabras: nada tiene Vd. que agradecerme por las mías; son expresión muy sincera, aunque todavía insuficiente de mi admiración por su obra.

Si en estos días cambiásemos de residencia ya se lo haría saber telegráficamente.

Mientras tanto mi residencia es siempre la misma.

Le envía un fuerte abrazo su siempre amigo

Antonio Machado

P.D. Muy afectuosos saludos de mi familia. De Carlos Riba [Carles Riba i Bracons. Barcelona, 1893-1959] no tengo noticia alguna de que esté en este pueblo.


Al poeta no le dio tiempo de recibir la respuesta de José Bergamín, pues falleció 13 días después.

 

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El Fardo (un cuento de Rubén Darío)

Guía de Segovia

Segovia Inédita

Jueces de la horca

Rafael Alonso Solís

      Aunque la justicia se representa como una dama ciega que hace pesadas con una romana de garito, todo hace pensar que ciega no es, sino que en ocasiones mira torcida, atravesada o tal vez de reojo, como si estuviese sometida a intereses diversos y con frecuencia encontrados. Al fin y al cabo, en realidad la justicia no es una señora –es curioso que la hayamos dotado de un género, aunque la mayoría de quienes la ejercen en los escalones superiores de la magistratura pertenezcan al otro–, sino un pacto, un acuerdo, un arreglo de la ciudadanía para solventar los repartos de tierras, la equiparación de las ofensas o la forma de cuantificar con precisión hasta donde llega una libra de carne. Lo cual probablemente dependerá de si se trata de carne cruda o guisada, fresca o amojamada, de tórtola o de gacela. Cuando uno andaba por las tierras indias, persiguiendo forajidos por el condado de Lincoln, todos los jueces eran de la horca, y aplicaban las escasas leyes de la frontera de acuerdo a la presión que ejercían la banda de Chisum o la de Tunstall. Esa fue, por cierto, la primera vez que nos topamos con Billy el Niño, mucho antes de su carrera en la Brigada Político Social.

       Para que una sociedad se mueva en un espacio de inseguridad permanente no hay nada más apropiado que desconfiar de los jueces. El poder judicial depende demasiado de la condición humana, pero hay que reconocer que no disponemos de otra cosa. Únicamente el control de la endeble democracia que hemos diseñado, la cual es mucho más que lo que podríamos haber sospechado hace tan solo unas décadas. Cuando un aplicador de la justicia sostiene que una mujer violada disfrutó con la agresión sería un error pensar que está loco, porque su aparente locura debe ser la manifestación de un abuso oculto y deseado, una vía para ejercer, precisamente, el poder de un ser humano sobre otro. Esa debía ser la explicación de aquel juez que imaginara Guy de Maupassant en su relato titulado El loco, quien, tras haber enviado a muchos asesinos a la guillotina, decidió dejarse llevar por la turbia atracción de la sangre y experimentar él mismo el placer que adivinaba en sus condenados. Si la vida y la muerte eran solo aspectos simétricos de la misma cosa, lo único sagrado era el registro civil. Primero le cortó el cuello a un pajarillo, luego estranguló a un niño. Más tarde siguió dibujando una carrera oculta por la toga, disfrutando del ejercicio de lo que Thomas De Quincey consideró como una de las bellas artes bajo la protección de la casta privilegiada a la que pertenecía. Es cierto que no parece aconsejable legislar en caliente ni usar la balanza bajo la presión de quien reclama justicia. Pero la inseguridad en que están las mujeres como piezas de caza, no solo hace dudar de la cordura de los magistrados, sino del grado de patología patriarcal al que están sometidos.

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La tumba de Franco

Rafael Alonso Solís

    A finales de los años cincuenta, mientras la productora Hammer realizaba algunas de las mejores películas de terror del cine británico –Drácula, Frankestein o La Momia refrescaban las pantallas de los cines de culto con un colorido rojo sangre y un inquietante brillo escarlata, que daba miedo y ponía cachondo–, el cine mejicano producía El Vampiro y El Ataud del Vampiro, versiones del mito con acento charro y una puesta en escena en la que se mezclaban el tono cutre y la ingenuidad erótica. En el segundo film, la tumba del Nosferatu era un centro de poder del que emanaba el mal en toda su perversión, haciendo que los ladrones de criptas, por efecto de sus efluvios, se transformaran en zombies sedientos de sangre femenina y juvenil. También hacia 1958 –aunque la obra se iniciara en 1940– terminaba la construcción del “conjunto monumental español” del Valle de los Caídos, fastuosa y ridícula obra puesta en marcha por el dictador Franco, siguiendo el estilo del faraonismo fascista. La misma escenografía de cartón y piedra, sin alma propia, pero bañada en la sangre y el sudor de los perdedores de la guerra civil, condenados no solo a ser prisioneros, sino a participar como mulos de carga en la construcción de lo que alguien consideró una muestra destacada del kitsch cristiano, del nacionalcatolicismo de banderas y de la exaltación del culto al tirano, si bien se dice que no fue él quien decidió la ubicación de su tumba. Pero el vampiro no necesita escribir su testamento, como saben los expertos y los descendientes de Van Helsing, sino que su mensaje queda latente en el aire que se ha respirado en su entorno y en los vapores que han emanado de su fétido aliento, y cuyo poder, una vez alcanzada la inmortalidad, se extiende más allá de los esquemas temporales de la física. El primer habitante de la cripta de Cuelgamuros fue José Antonio Primo de Rivera, el precursor de esas ideologías que emergen de nuevo, y que hablan de España como de un sacramento. El segundo, aunque tal vez primero en importancia, fue el dictador gallego, y fue su heredero, Juan Carlos de Borbón, quien decidió ubicar la tumba maléfica en ese lugar. Los demás restos no cuentan, y se acumulan en una fosa común que recoge las osamentas de más de 30.000 personas de ambos bandos. Durante décadas, el poder de la sangre del vampiro ha emanado desde el valle de Cuelgamuros y ha extendido su poder sobre el país contra el que se levantaron los facciosos en 1936. Hay una mística del mal que se ha guisado allí, que se ha cocinado al amparo de los vencedores, que se ha elaborado a partir de los vapores producidos entre los restos de Nosferatu, y que ha impedido a los ciudadanos y ciudadanas de este país diseñar su futuro en libertad y sin la amenaza trágica de los vurdalak de la cruz y de la espada. Es hora de quemar el ataud.

PERDEDORES, presentación en la Librería Alberti

Gabriel de Araceli

     Edhasa-Castalia y Librería Alberti les invitan a la presentación de la nueva obra de Ángel Aguado López, PERDEDORES, galardonada con el Premio Tiflos de Cuento 2017. Acompañará al autor el escritor y crítico literario Pascual Izquierdo.

     Será el miércoles 13 de junio, a las 19 H, en la Librería Alberti, C/ Tutor, nº 57, en el barrio de Argüelles, Madrid.

     «El ajedrez es como la vida, o quizá la vida es como el ajedrez» dice el gran maestro Rodolfo Cardoso en la primera de estas tres historias, que podrían constituir un manual de perdedores. Hasta Sancho Panza le recordó a don Quijote tan «brava comparación… que, mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio, y, en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura».

     PERDEDORES. Tres Arturos (Pomar, Duperier, Barea), Dionisio Ridruejo, Camilo Cienfuegos, Erik Satie o el general republicano Vicente Rojo, son los protagonistas en este sugerente tríptico. Paca la culona, un taimado Fidel Castro, un seboso demonio capitalista, Trump, o un desorientado Ernesto Guevara conforman el otro lado de la falsa monea que de mano en mano va y ninguno se la quea.

     Y la vida, el campo de batalla donde todos apostamos, algunos ganan y donde todos, casi siempre, pierden.

 

 

 

Cazar a Billy

Rafael Alonso Solís

    En dos ocasiones he mencionado en esta columna a un ya célebre torturador, Juan Antonio González Pacheco, que ha conseguido convertirse en la representación de lo que fue la Brigada Político-Social y de su papel como brazo armado de la represión franquista. La primera vez, en 2013, la cita venía a cuento porque una jueza argentina había solicitado extraditar al ex policia durante una investigación sobre torturas. La segunda, en 2015, tras aparecer en varias fotografías y un video, mientras se escurría por las calles de Madrid perseguido por algún reportero gráfico, ansioso por cazar al trasunto del forajido con chapa. Hace pocos días, el ya ex ministro del Interior ha tenido la desverguenza de defender la legitimidad de la medalla de plata al mérito policial que, en 1977, le concediera Rodolfo Martín Villa, con su correspondiente pensión aneja, en forma de homenaje y desagravio por el asedio al que le sometían ciertos medios de comunicación. Hay que reconocer que no han sido muchos, y que, salvo en las ocasiones en que alguna de las personas que fueron torturadas por el matón pagado, González Pacheco suele pasearse tranquilamente por su barrio, y dicen que asiste a comidas y cenas en un restaurante de la Cava Baja madrileña, donde se reune con compañeros de carrera, probablemente pertenecientes en la actualidad al gremio de la seguridad privada, o militantes de esos grupos de investigadores de las cloacas que le pasan la información a Eduardo Inda. Al Billy el Niño histórico lo mato en 1881 Pat Garret –su antiguo amigo o compinche de correrías fronterizas–, en el rancho Maxwell, en Nuevo México, cuando solo tenía 21 años y el mismo número de muescas en la culata de su revolver.

  bily_el_nino_3  La vida y el careto de William Bonney han pasado a la historia mediante un lírico y manipulado proceso de postverdad, gracias a las excelentes novelas de José Mallorquí –al menos en España–, y a la poderosa capacidad mitificadora del cine americano, que utilizó la prestancia de Robert Taylor, Marlon Brando, Paul Newman o Kris Kristofferson –este último en la maravillosa balada fronteriza dirigida por Sam Peckinpah en 1973– para dar imagen al vaquero esmirriado que fue Bonney. A la de González Pacheco le sobran la paga y la medalla –concedida “por su actuación ejemplar y extraordinaria, con destacado valor, capacidad o eficacia reiterada en el cumplimiento de importantes servicios con prestigio para el Cuerpo”–. Y le falta un desagravio que el Estado debe a sus víctimas, a todas las del franquismo, a las que Zoido faltó al respeto y de las que Albert Rivera se rió como un imbécil de salón en la misma sesión del Parlamento, tal vez porque no llevaba las gafas de ver españoles, sino las de cristales oscuros, que solo muestran hordas de separatistas, comunistas y populistas. Esperemos que la nueva legislatura vea aflorar al hombre o a la mujer capaces de matar a Liberty Valance y le quiten a Billy la medalla y la pensión.

Enlaces:

El careto de Billy el Niño