Tiranos, banderas y tumbas

Lorenza Cobián (texto). Terry Mangino (fotos)

        CUÁNTOS MUERTOS, ¿un millón, millón y medio? Cuántas vidas arrancaron los tiranos —sin contar a Stalin ni a Hitler ni a Mao ni a Leopoldo de Bélgica— que gobernaron el mundo durante el siglo XX. Sólo a manos de los militares rebeldes y sus partidarios que iniciaron la Guerra Civil española, las investigaciones de Paul Preston —un historiador libre de toda sospecha de partidismo— atribuyen que las víctimas civiles, lejos de los campos de batalla, ascendieron a más de 150.000. Añádase a este número los muertos en combate durante los casi tres años que duró la contienda y los que originó la represión durante la eterna postguerra del franquismo.

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Quimeras, como la vida, que adornan uno de los templetes burgueses del cementerio de San Isidro.

        Más de un cuarto de millón de muertos se le atribuye al croata Ante Pavelic, aliado de Hitler y amigo de Mussolini, en su limpieza étnica. Una masacre ejercida por él durante la 2ª Guerra Mundial en Croacia contra los serbios ortodoxos, judíos, gitanos, comunistas, bosnios musulmanes y disidentes políticos. El avispero de los Balcanes, un territorio multiétnico, multirreligioso, políedrico y multinacional, compuesto por Croacia, Bosnia Herzegovina, Montenegro, Macedonia, Serbia, Kosovo, Albania, etc., sufrió durante las guerras mundiales (recuérdese: atentado de Sarajevo, en 1914, contra el archiduque Francisco Fernando, origen de la 1ª GM) las atrocidades y matanzas indiscriminadas, todos contra todos, de nazis, ustachas, chesniks, partisanos, pro-aliados, pro-nazis, nacionalistas, etc., solo contenida temporalmente durante el extenso mandato del mariscal Tito —en el poder desde 1945 hasta su fallecimiento en 1980—. Aquella idea, imposible, de una gran Yugoeslavia no alineada y enfrentada al Kremlin durante la guerra fría, estalló años después, en 1992, con la terrible tragedia que asoló a todos esos países. El terror de Slobodan Milosevic, del psiquiatra, o psicópata Karadzic, el sadismo del general Mladic, de Slobodan Praljak… dejaron miles de muertos inocentes ante la mirada evasiva del primer mundo.
Ante Pavelic huyó tras la 2ª GM a Austria e Italia, donde vivió un tiempo protegido por la Iglesia vaticana. A Roma llegó con pasaporte español. Viéndose perseguido por USA se refugió en Argentina, en 1948. Ahí sufrió, en 1957, un atentado instigado por el mariscal Tito, su antiguo enemigo, del que salió vivo. Encontró poco después refugio en la España franquista. Falleció olvidado en Madrid en 1959, está enterrado en el cementerio de San Isidro.

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Tumba de Ante Pavelic en el cementerio de San Isidro, en Madrid. Aquí sí que se cumple aquel viejo lema que los defensores de la capital esgrimían para animarse: Madrid será la tumba del fascista.

               Los tiburones se cebaban a diario con las víctimas de las carnicerías del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo Molina. Festines de sangre y vísceras habituales para los escualos durante su extenso mandato al frente de la República Dominicana, treinta años. Se cuentan por miles los cuerpos de los asesinatos que su temible SIM* (dirigido por los sanguinarios Arturo Espaillat, alias Navajita, y Johnny Abbes García) cometió. Incluso magnicidios. Trujillo intervino en el asesinato del presidente guatemalteco Castillo Armas en 1956, lo intentó contra el venezolano Rómulo Betancourt en 1960, con Fidel Castro. Acogió a Fulgencio Batista cuando, el 1 de enero de 1959, este huyó de Cuba derrocado por el nuevo dictador barbudo. Trujillo llegó al poder levantándose contra el presidente constitucional Horacio Vásquez, en 1930. Camuflado bajo el mandato del presidente títere Rafael Estrella Ureña y posteriormente por el del letrado Joaquín Balaguer, Trujillo se estrenó en el cargo de genocida con la Masacre de Perejil, en 1937, el exterminio de la población vecina, mayoritariamente negra, que residía en Santo Domingo. Se calcula en 20.000 haitianos los que fueron asesinados por el Padre de la Patria Nueva, el Benefactor, Dios y Trujillo. El asesinato del dirigente exiliado español y peneuvista Jesús de Galíndez (el Agente Rojas ND507) en 1956 fue el crimen que produjo su condena internacional en los países caribeños y el rechazo en la misma administración USA, a pesar de que el Restaurador de la Independencia (uno de los elogios con los que se autocomplacía Trujillo) financiaba a congresistas del partido demócrata americano en su lucha contra Kennedy. El asesinato de las hermanas Mirabal fue el detonante que le llevó a la muerte en un atentado el 30 de mayo de 1961. Tras su muerte fue su hijito, el incapaz Ramfis Trujillo, un “afamado” jugador de polo, alejado en París, el que volvió a la isla para asesinar implacablemente a los ejecutores de su padre (Galíndez pone en duda la paternidad de Trujillo en su tesis, que le costó la vida: La era de Trujillo: un estudio casuístico de dictadura hispanoamericana).

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Tumba  donde están enterrados Rafael Trujillo y su hijo Ramfis, en Mingorrubio, Madrid.

Tras un año ejerciendo el terror en Santo Domingo, el misterioso presidente Balaguer consiguió que Ramfis abandonara el país llevándose los restos de Trujillo junto con unos cuantos millones, bastantes, de dólares. Ramfis se instaló en Madrid, donde ejerció de frívolo y playboy (pagando) emulando las andanzas de su cuñado, maestro en el arte del amor y amigo Porfirio Rubirosa, del que muchas mujeres, muchas, alababan extasiadas su bien dotada y extraordinaria masculinidad. El dinero expoliado a su país era el argumento que las autoridades franquistas comprendían mejor para proteger su residencia en España. Ebrio y demente, Ramfis moriría en Madrid, en La Moraleja, estrellando el Ferrari 330 GT que conducía contra el Jaguard de una duquesa, en 1969. Quizás Ramfis, en aquel último acto sublime de la muerte, quiso imitar a Porfirio, que también se estrelló con un Ferrari en París, en 1965, pero contra un árbol. El papi Trujillo y el niñito Ramfis están enterrados juntos en Madrid, en el cementerio de Mingorrubio. ¡Ay, ese amor que se transmite de padres a hijos!

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El templete de la familia Trujillo está descuidado, semiabandonado. El dictador Trujillo está enterrado muy cerca de los restos de los que fueron presidentes del gobierno español, durante el franquismo, Luis Carrero Blanco, asesinado por ETA en 1973, y Carlos Arias Navarro,  también primer presidente del reinado de Juan Carlos. Próximamente serán inhumados en el cementerio de Mingorrubio los restos del general Franco.

             No es posible que Fulgencio Batista conociera a Michael Corleone. Pero sí conoció a Lucky Luciano, un gran tipo no muy alto, un poco barriobajero, eso sí, al que los americanos habían expulsado de New York y con el que mantuvo cordiales relaciones de negocios. Y también es cierto que Batista recibió de la ITT Corporation el extravagante regalo de un teléfono chapado en oro en agradecimiento por las concesiones que le hizo a la multinacional, como se narra en The Goodfather II. La prostitución y el juego eran los motores económicos de la isla.
Sí, la Cuba de Batista era el burdel de los yanquis, de la Mafia, que querían extender el negocio de Las Vegas a la perla del Caribe. La historia de Cuba se cuenta por el número de tiranos que han ejercido el poder. Tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, pulgarcito y el gigante, la explosión del Maine, la provocación de Williams Randolph Hearst —Citizen Kane—, el Tratado de París, etc., España perdió los restos del imperio y llegó la independencia para Cuba. Al menos eso se creían los seguidores de José Martí, el héroe nacional, aunque el intervencionismo yanqui se hizo presente desde el mismo momento de la partida de los españoles.

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Ángel sobre la lápida de Consuelo Vello, la célebre cupletista La Fornarina, obra de Mariano Benlliure, 1915, en el cementerio de San Isidro.

          A Charles Edward Magoon, el primer gobernador, americano, impuesto por los gringos, siguió el golpista José Miguel Gómez, al que continuó el liberal García Monacal, después Zayas y Alfonso, al que siguió el gobierno dictatorial del general Machado, derrocado a su vez por, que fue a sí mismo derrotado por… y así sucesivos y efímeros presidentes hasta que en 1940 se hace fuerte en la presidencia de Cuba el general Fulgencio Batista. Fue un conspirador que se mantuvo, soterrada o abiertamente al frente de la república, no precisamente con métodos democráticos, hasta que la guerrilla de Sierra Maestra entró en La Habana el 1 de enero de 1959. Ya saben, aprendimos a quererte desde la histórica altura donde el sol de tu bravura le puso cerco a la muerte.
Fulgencio se refugió en casa de su vecino Rafael Trujillo, conocido sátrapa con el que había intercambiado ímpetus en su lucha contra los izquierdistas que se extendían por el Caribe. Gracias a su política férrea contra los derechos humanos y libertades de los cubanos, la corrupción que imperó durante sus mandatos y las buenas relaciones con los amigos de Luciano, mérito de Batista fue conseguir algo más de 100 millones de $ USA, con los que se exilió en Portugal, bajo el régimen de Salazar. Y posteriormente en España después de que sus relaciones con Trujillo —¡un flojo, Batista es un flojo!, pregonaba don Rafael a su lacayo descuartizador Johnny Abbes— no pasaran del beso inicial.
Para el régimen franquista fue una alegría saber que Batista se instalaba en Marbella y jamás se preocupó por el origen de su fabulosa fortuna. Ahí murió de un infarto en 1973. Está enterrado también en el cementerio de San Isidro, junto a su esposa Marta Fernández Miranda, fallecida en 2006, y junto a su hijo Carlos. Las tumbas de Batista y de Pavelic no se distancian más de 100m.

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Tumba de la familia Batista, en el cementerio de San Isidro, no tiene ni flores ni bandera alguna.

        Desde el cementerio de San Isidro se divisa un horizonte de edificios y bóvedas que conforman el cielo de Madrid. Desde el cementerio de Mingorrubio, apenas a quince km del centro de la capital, se vislumbra la sierra de Guadarrama, una paz celestial y un cielo azul intenso como pintado por Muñoz Degrain. Próximamente se van a trasladar a Mingorrubio los restos del general Franco. Ni en la tumba de Trujillo ni en la de Batista hay bandera alguna que indique su patriotismo, ambas desprovistas de flores y semiabandonadas. Sí hay unos velones con la insignia croata en la de Pavelic. Los cuatro muleros. Póker de reyes de la muerte. Entre ellos mantuvieron relaciones cordiales en unos momentos históricos terribles para la humanidad. En una lápida del cementerio de San Isidro hay inscrita una frase castiza merecedora de lectura: De Madrid al cielo. El infierno se quedó para los súbditos.

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*Para conocer en profundidad los métodos represivos y asesinatos cometidos por el SIM véase: Johnny Abbes García… del periodista e historiador dominicano Tony Raful, 2019.

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Vista del horizonte de Madrid desde el cementerio de San Isidro.

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Franco y la Iglesia

Rafael Alonso Solís

                      UNO DE LOS TRES GANADORES DEL NOBEL de Física de este año –Michel Mayor, descubridor del primer exoplaneta a finales del siglo pasado– acaba de afirmar que no hay sitio para Dios en el Universo. Nada menos que Dios y el Universo, dos conceptos elusivos acerca de los cuales no cabe más que la especulación, ya que no existen vías metodológicas con garantías para aproximarse a ellos, y menos para darles alguna explicación diferenciadora. El primero nunca ha dado muestras que permitan sospechar su presencia, si bien sus seguidores, una vez comprendidos los beneficios de su anuncio, hayan edificado una fortaleza inexpugnable y editado un abrumador tratado con el único objeto de construir una teoría resistente al análisis. Desde entonces, la leyenda de la Creación comenzó a extenderse sin dificultades, entre la magia y el milagro, y ante la amenaza de un paquete de premios o castigos eternos al final del viaje. El segundo, un infinito cuyo principio o fin permanecen aún faltos de demostración, pero gracias a cuyo estudio podemos encender la luz, comunicarnos a distancia a la velocidad del pensamiento, o incluso comenzar a soñar con adquirir una parcela en una estrella lejana. A Dios, en realidad, la Ciencia no lo ha buscado jamás, al margen de que cada persona pueda dirigir su mirada en la intimidad hacia esos abismos cósmicos, con lo que la aproximación al concepto únicamente es posible desde otro inventado a medida –la fe–, y cuya manifestación se escenifica poéticamente como una hostia tras la caída de un caballo. Durante un congreso de psicología transpersonal, alguien preguntó a Hugo Enomiya-Lassalle –un jesuita con formación budista, que se trasladó a Japón como misionero a principios del siglo XX y acabó siendo el vicario de Hiroshima en 1940– sobre el lugar donde ubicar a Dios durante la práctica de la oración. Lasalle escuchó la pregunta con aire sereno y contestó sin dudar: “mire en su interior”. Como el antiguo pastor de Hiroshima era parte de “la Iglesia” –lo que en nuestro ámbito se refiere exclusivamente a la marca católica–, resulta inevitable comparar su imagen y su actitud con la de sus representantes más cercanos, desde la brutalidad de los prelados de combate, como Rouco Varela, a los monjes falangistas, como el delincuente confeso que ya ha convocado al mismísimo Dios para garantizar que los restos de Franco continúen donde se supone que el dictador deseaba, y que debió transmitir directamente a Juan Carlos de Borbón como su heredero político. En España, con la iglesia –una iglesia que siempre ha parecido más cerca de las hordas que despellejaron a Hipatia que de las sutilezas del espíritu– se topa uno con facilidad, y siempre se la encuentra protegida por las armas y con escaso conocimiento de las letras. En su momento no creímos que el militar golpista había dejado todo bien atado, pensando que los cuarenta años sufridos formaban parte de una pesadilla. Pues ahí está, como un vurdalak, en la calle y en el parlamento.

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Largas esperas en las denuncias de Leganitos

Gabriel de Araceli (Texto). Terry Mangino (Fotos)

       LA SALA DE ESPERA DE LA COMISARÍA de la calle Leganitos está llena de carteles que advierten al denunciante que la espera puede ser larga. «Y tan larga, llevo aquí más de dos horas y solo ha pasado una persona —doña Dolores, pero puede llamarme Lolita a secas, le dice al agente que le pregunta su nombre, un policía muy joven y muy guapo, tanto que doña Lolita se olvida de a qué ha ido a la comisaría de Leganitos. Tenga, su turno, el 97. Después, doña Lolita mira el reloj, ¡las diez de la noche! y se aflige—. ¡Y hay por delante once números! Casi me dan ganas de irme a casa. Total, no voy a recuperar ni las tarjetas ni los 200€ que llevaba en el monedero regalo de mi hija. ¡Maldito ladrón el que me lo robó, el trastorno que me ha hecho el hijoputa, ojalá se muera de un sidazo, o de un cáncer de testículos el muy cabrón!».

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       La sala de espera de la comisaría tiene unos bancos de aluvión sobrantes venidos de cualquier sitio. Los hay con respaldo de plástico, de madera, de dos colores, metálicos, de dos plazas, de tres plazas. Algunos, inutilizables, están tan pegados que nadie cabe entre ellos. Son bancos cansados de ayudar a descansar, acogen cuerpos cargados de enfado y resignación. Una señora impedida, doña Escarola Rubia, apoya su muleta sobre un asiento. Doña Escarola Rubia es cincuentona, pero está maquillada como una adolescente, labios rojo furor, sombra de ojos aquíteciego, se viste con vaqueros rotos y pegados a sus muslos y una camiseta juvenil por cuyo escote asoma generosamente un busto demasiado siliconado. Tanto que el arnés bajo el que se parapeta, burdos refuerzos metálicos imitación de Christian Lacroix, desató la alarma descaradamente al traspasar el arco de seguridad. Una agente, muy educada y muy guapa, se hizo cargo del asunto y ayudó a doña Escarola Rubia a sentarse en uno de los bancos cansados. Aquello le molestó a la pareja rusa, don Vladimir y doña Tatiana, setentones, que miraron con cara de comisarios de la Lubianka a doña Escarola. No quedaba un sitio libre, todos ocupados por víctimas de delitos callejeros. La gente no es muy limpia en las comisarías, en el suelo hay una botella de plástico y algún envoltorio de golosinas. Una ventana da a un patio por el que se vislumbran despachos, zaquizamíes que recuerdan antiguas salas de interrogatorios.SAM_1126_web        Las gentes se aguantan sus cabreos repanchingadas, las que caben, en los bancos de aluvión y miran sus móviles enviando whatsapps a sus allegados: «Fíjate, me han robado la cartera en Sol —escribe doña Lolita a su hija—. Seguro que ha sido una gitana de esas que te ofrecen la ramita de romero que se me ha acercado, vete tú a saber, pero a mí, las gitanas, como van tantas, me dan repelús. Las metía a todas en Carabanchel». Mamá que Carabanchel ya no existe, suena al otro lado del smartphone. La gente cotorrea de cualquier cosa en la sala de espera de la comisaría de Leganitos. Las señoras Periquitas no paran de hablar. Doña Periquita Alfa lleva en una bolsa de El Corte Inglés una lámpara negra de hierro de cinco brazos. Ocupa tanto sitio que impide el paso. «El entierro de mi padre me costó una pasta porque el seguro de muertos no cubría su capricho. ¡Que quería ir a hombros! Fíjate tú que locura, que le llevaran a hombros en su entierro. A ver de dónde iba yo a sacar quien lo llevase. Pero si los amigos que le quedaban eran tan viejos como él. Y, además, mi padre era un señor muy gordo, pesaba como un muerto, nadie podía con él». Y doña Periquita Alfa da un respingo y se santigua. «Perdóname papá por mis malos pensamientos, es que complacerte fue una locura, tuve que darles una buena propina a los rumanos del barrio, ¡esos sí que están gordos, no comen más que porquerías!, para que te llevaran a hombros. —Lo que hacemos por los padres, ¡hay que ver! Dónde está ahora, ¿en la Almudena? —le pregunta doña Periquita Beta, cargada con bolsas del Primark—. Qué va, ¡en un columbario! En un columbario cagado de palomas y en el pueblo. El seguro no se hacía cargo de la sepultura».

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Veraneando en la Puertalsol

        Un policía de la secreta entra en la sala de espera de las denuncias de Leganitos y pregunta si alguien ha denunciado el robo de un smartphone Apple. Es un policía con tatuajes y coleta, sin afeitar, lleva bermudas, sandalias y una camiseta futbolera. Don Vladimir y doña Tatiana le miran con dudas. Es un policía o un ratero, se preguntan. «En mis tiempos le hubiéramos mandado a un gulag», piensa don Vladimir. Sólo le identifica el walkietalkie parlanchín que lleva en la mano. No, a nadie de los presentes le han robado un smartphone Apple. Una pareja feliz interrumpe sus carantoñas para mirar al policía heavy, ¡pero se quieren tanto, están tan enamorados!, que a él se le olvida que están en Leganitos porque ha perdido su smartphone. No, no era un Apple, era un Samsung. Y toda su documentación, las tarjetas de crédito, la de la sauna, la del gimnasio en la calle Pelayo… Nos besábamos en el vagón y se me caería, no sé. ¡Ay, el amor!, que revoltosiño es. Sí, te quiero mucho, como la trucha al trucho le susurra en la oreja ella. ¡Qué más da perder el móvil! Total, lo paga el seguro.
Doña Lolita mira su smartphone. Ha conseguido saber que el ladrón que le robó su monedero «por la mañana, fue por la mañana, cuando entré en el metro, claro, nos tratan como a ganado, el metro hasta arriba, apretados como sardinas, oliendo los sobacos de la gente, que es muy guarra y nunca se lava, sobre todo los panchitos, que dan asco, es que en su país no tienen jabón o qué, cualquiera me ha metido la mano en el bolso, con los apretones, y se ha llevado el monedero». A doña Lolita le han hecho tres cargos en su cuenta bancaria, poca cosa. El primero a las 8:35 «cuando yo entraba en el curro el ladrón ya estaba gastándose mi dinero, ojalá se muera de tuberculosis», de 7,62€ en un Mcdonalds por Atocha. Un menú Happymeal, con guarnición de Happy Cherritos, agua mineral y de postre mini Happy McFlurry KitKat. «Poca cosa, poco exigente, seguro que debe ser un panchito, porque comerse una hamburguesa a esas horas… Y encima de las baratas, todo muy Happy. Tenía hambre el muchacho» piensa doña Lolita en su banco de plástico soportando la mirada de doña Escarola. «¡Vaya luk que lleva la poligonera, esa rubia de la muleta! —piensa y la mira con desprecio— Hay que tener ganas para echarle un polvo a esa blondy de frasco».

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La policía identifica a un activista republicano en Sol durante una protesta, en junio de 2014, contra la Monarquía, cuando la abdicación del rey Juan Carlos,

            «Que fue en el autobús. Que había sacado 400€ del cajero de Bankia, sí, el que está enfrente de la parada del autobús. Sí, ese, que me pilla más cerca de casa y como venía el autobús me los metí en el bolsillo de la chaqueta y eché a correr, que sí, que llevaba chaqueta porque por las mañanas ya hace fresquito y como tenía que venir a Madrid, pues me puse la chaqueta. Y ahí con la carrera que me tuve que dar para coger el autobús, que casi me da un infarto, pues que se me han caído los billetes de 50€ en el suelo y cuando he echado mano al bolsillo resulta que no había dinero, que me he quedado sin nada. Que vengo de Santorcaz, sí, Santorcaz, al lado de Alcalá de Henares, que mi madre ya es muy mayor y apenas si cobra pensión, es que vivíamos en Venezuela y nos vinimos hace siete años, sí, le dan al cambio doce euros al mes, sí, al mes, doce euros, pero hace ya dos años que no recibe nada y la pobre no se puede casi ni mover. Por eso cogí el autobús, para reclamar en el consulado bolivariano, y cuando eché mano al bolsillo pues me enteré de que no había nada. No, robármelos no porque el autobús estaba casi vacío, fue porque me tropecé al coger el autobús de Santorcaz y di un traspiés, sí, cerca de Alcalá de Henares».
Nicolás, ex-bolivariano de aspecto rural, viste una chaqueta de camuflaje, le cuenta al policía, otro más guapo y más joven aún que el primero, «que ha perdido el dinero en el autobús, que venía de Santorcaz, que lo cojo poco porque cuesta caro y no tengo tarjeta de transportes porque casi no la uso, es que tengo que ahorrar porque la vida está muy cara y con la pensión que viene de Venezuela, bueno, ya ni viene, total, doce euros, pues tenemos que tirar de ahorros, sí, vendimos unas tierras en Zamora, de donde eran mis abuelos, sí, de mis padres antes de que se marcharan a Caracas y venía a Madrid para arreglarle a mi madre, que es muy mayor, la tarjeta sanitaria y ahora he perdido cuatrocientos euros, con eso comemos los dos un mes…». No se preocupe, señor, enseguida le llaman para que ponga su denuncia —le suelta el policía— aguarde sentado. El siguiente por favor. Y se levanta la pareja de rusos que apenas hablan español. Le siguen al agente mientras Nicolás, el ex-bolivariano y ahora de Santorcaz, le cuenta a voces por el móvil su desgracia a un tercero: «Sí, que esta mañana cuando cogía el autobús en Santorcaz, sí, un pueblo cerca de Alcalá de Henares, se me ha perdido el dinero que acababa de sacar del cajero, sí, mucho, cuatrocientos euros…».

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El 15M en la Puerta del Sol

        «Son las doce de la noche y aún hay tres personas delante de mí —piensa Doña Lolita mientras revisa los cargos que le han hecho a su tarjeta de Bankia—. Este de 12,3€ en el restaurante Jaleo, aquí mismo, en Sol, a las 13:25. El panchito tenía hambre, tampoco se ha gastado mucho. Hasta para gastar lo robado son miserables estos ladrones, que se pudran en el infierno todos los sudacas por tacaños». Un matrimonio anciano entra jadeando. El policía que los acompaña pide, por favor, que alguien les ceda el asiento. Están todos ocupados de denunciantes. Unos jóvenes con los vaqueros rotos, dos chicas enseñando el sujetador y un chico enseñando los calzoncillos, ni se inmutan, pendientes de sus móviles. Una mujer de aspecto marroquí ordena a sus hijos pequeños que se levanten. Tiene tres, el chiquitín en brazos. Les habla indistintamente en árabe y en español. Lleva un reloj muy aparatoso de oro del que cagó el moro. «Gracias, guapos —les dice el anciano acariciándole la cabeza al chiquitín—. ¡Ay, qué duro es llegar a viejos! ¡Y ellos tan a gusto en el Parlamento!, en sus poltronas, sin dar golpe —se lamenta—. Es que me han robado una bolsa con la comida. Sí, como esta, de la Charcutería Dani, la de Vallecas. Que qué llevaba, poca cosa porque mi pensión no da para más. Un poco de jamón y chorizo para la merienda. Sí, la Charcutería Dani es buena, un poco carilla para el barrio, pero la calidad hay que pagarla. Sí, me han dado un tirón y se la han llevado. Pensarían que llevábamos algo de valor. A ver cómo. Sí, unos chavales, un tirón. Y menos mal que no nos han tirado al suelo, porque a estas edades una caída puede ser mortal. Sí, ya sé que no me van a devolver el jamón, pero hay que denunciarlo, para que esos de la poltrona del Parlamento muevan el culo y nos protejan a los ciudadanos de tanta delincuencia, que ya está bien, señora, que ya está bien, que llevan cinco meses sin dar un palo al agua. Todos unos ladrones, unos chorizos como los que me han robado el jamón. Ahí tiene usted al Rato, que nos robó a todos los accionistas de Cajamadrid. Y, el golfo, ahora dice que es inocente, que le absuelvan. ¡Menudo sinvergüenza! Y otra vez elecciones, para qué, si después se van a poner de acuerdo entre ellos para repartirse el dinero de todos. Eso es lo único que les interesa, el poder, el dinero. Los ciudadanos, nada. Y en Cataluña, pues ya ve usted, los mozos de escuadra ni se menean. Cuando hay que dar la cara tienen que ir estos chicos tan guapos, la policía española, la de verdad, a jugarse el tipo» le suelta el anciano a doña Lolita, que se arrepiente por un momento de darle conversación al caballero y mira su móvil para refugiarse del torrente de lamentos.
¡No, no, a usted no le toca! —dice muy enérgica doña Escarola Blondy y le apunta trazando un jeribeque amenazante con la muleta a un caballero que pretende colarse—. Es un señor pasota de unos 60 años, dice que lleva mucho rato esperando fuera, pero el policía controlador le advierte que debería haber cogido número. Aquí se dan números, caballero, cójalo ahí, junto al arco y espere su turno—le advierte. El señor se calla, tal vez sea por la muleta, tal vez sea por el policía. Doña Blondy se alegra de su ímpetu, se levanta torpemente, se apoya en el bastón y aprovecha la proximidad del policía para soltarle un rollo:
Mire, señor agente, creo que ya me toca, es que he venido a denunciar que yo tengo un novio que se llama Manolo, cuánto tardan aquí, llevo ya casi tres horas de espera, bueno, en realidad Manolo ya no es mi novio, ya es cosa del pasado, bueno, pues ese novio, que ya no es mi novio, tiene las llaves de mi casa porque yo se las di para que no durmiera en la calle, no es que Manolo sea un indigente, no, solo que está en el paro, en la cama Manolo es fenomenal, bueno eso es lo que le salvaba de no quedarse en la calle, porque Manolo me hacía muy, cómo decirlo, sí, muy feliz, aunque no sé por qué le cuento a usted estas cosas, disculpe. El caso es que como yo trabajo, soy limpiadora, trabajo en un hotel por Barajas, muy buen hotel, elegante, un hotel de lujo, cuatro estrellas, y muy limpio, eso se lo puedo asegurar yo que soy la limpiadora, le voy a dejar la tarjeta del hotel por si alguna vez quiere conocerlo. Y pida el plato del día, que yo también estoy en la cocina, le puedo asegurar que la comida es excelente, los jueves sobre todo, cuando hacemos patatas revolconas con chicharrones se nos llena el restaurante, bueno, como le decía, el caso es que yo a ese mi novio, a Manolo, que ya no es mi novio, ya se lo he dicho, ¿no?, le dejé las llaves de mi casa porque yo estoy todo el día limpiando habitaciones en el hotel de Barajas, salgo de casa a las seis de la mañana y no llego hasta las doce, sí, es que vivo muy lejos, en el más allá, sí, en Móstoles, al otro lado de Madrid, el caso es que un día que llegué a casa muy tarde, sí, porque tuve que hacer horas extras, sí, aunque después no me las pagan, que me coja días, dicen, pero para qué me voy a coger días si ya no tengo novio, si ya no tengo con quién ir, antes con Manolo era diferente, pero ahora… qué por qué llevo la muleta, bueno, muy sencillo, un día en la cocina se me cayeron encima nueve botes de cinco kilos de pulpa de tomate pelado entero, que es el que empleamos para sazonar las patatas revolconas con chicharrones, fue un accidente laboral, pero en el hotel me dijeron que me daban un incentivo, un plus de laboriosidad si en lugar de decir que había sido un accidente en el hotel de lujo decía que fue en la calle, en el parque de mi casa, porque no me tienen asegurada, ¿sabe usted? Es una multinacional que tiene hoteles en los cinco continentes, los Hilton no sé qué, pero aquí en España no nos tienen asegurados a los trabajadores, no sé qué de la reforma laboral, el caso es que como me daban mil euros dije que bueno, que vale, que me callaba, que me quedaba coja porque tenía que pagar el implante del tercer molar inferior izquierdo de Manolo, mil quinientos euros con descuento, una pasta, sí, señor policía, en fin, pues es eso lo que vengo a denunciar, como le decía, lo de Manolo, señor policía, una noche llegué tarde a casa porque tuve que hacer horas extras, llegué cansadísima, no tenía ganas ni de hacerme la cena, que Manolo me haga algo, pensé, pero Manolo no estaba en casa, así que me acosté sin cenar preguntándome dónde estaría Manolo, porque Manolo sale poco, me quedé preocupada, dónde estará Manolo, me preguntaba, qué raro, si él nunca sale, si no me ha dicho nada, si no me ha enviado ningún whatsapp. Así que me metí entre las sábanas arrugadas. Manolo es un desastre, nunca hace la cama, siempre se lo digo: Manolo, estira las sábanas. Pero Manolo nunca me hace caso, así que como ya le conozco me metí en la cama sin cenar y me tapé porque estaba destemplada, ya sabe usted, la menopausia, que a algunas nos afecta más que a otras, en mi caso me quedo muy fría por las noches, por eso me tapé bien, como no estaba Manolo… Olía muy raro en la cama, pero pensé que era de Manolo, que él dice que se ducha, pero no es verdad, se ducha solo después de ver los partidos de la champions porque dice que ha sudado mucho, yo no sé cómo puede sudar viendo el furbo por la tele trincándose unas mahous, bebe una barbaridad, tres o cuatro litronas que se mete él solito cada partido de la champions, y son dos o tres por semana, con sus buenas pizzas de parmesano apestoso que le trae un ciclista casi gratis de esos que trabajan por un puñado de euros, pero bueno, los hombres son así, Manolo se ve todos los partidos de la champions, repite dos o tres veces, es que ahora hay furbo en la tele todos los días, el caso es, señor policía, que me metí en la cama porque estaba cansadísima, ya le he dicho que sin cenar, llevaba desde las doce sin comer nada porque en el hotel el turno de cocina come antes de servir a los clientes, eso sí, comemos muy bien, todo lo que ha sobrado del día anterior. Y cuando pensaba que me iba a quedar dormida en un pispás, como un recién nacido, como un bebé, yo no tengo hijos, no señor policía, no tengo, es que mi primer marido era impotente, bueno, no exactamente, porque entonces ya había viagra y mira que le dije veces que tomara viagra, pero él no me hacía caso, decía que le afectaba al corazón, que poco a poco se le pondría dura, que me quería mucho y yo me lo creía, figúrese usted, señor agente, en lo mejor de mi vida y sin que mi marido me catara, perdone usted, no sé por qué le cuento todo esto, porque la verdad es que mi marido no era impotente, qué va, ¡era marica!, ¡maricón perdido!, que es otra cosa, y se lo hacía con un amiguito en la trastienda de un bar cutre de Chueca, un antiguo amiguito del seminario, cuando me enteré, claro, le presenté una petición de divorcio ipso facto con demanda de pensión perpetua incluida, claro, aceptó sin rechistar, menudo escándalo el que se le venía encima, era consejero delegado en un banco del Opus, aquello hubiera sido muy gordo para él, gracias a eso puedo vivir ahora, todos los meses me pasa mil euros, si no, de qué iba yo a poder mantener a Manolo, bueno, perdone señor agente que le cuente intimidades, pero es que aquello fue muy gordo, se me retiró la regla, le decía que llegué del trabajo, que me acosté agotada sin cenar y que noté algo en la pierna, como si algo me pellizcara, algo áspero y húmedo que estaba entre las sábanas. Yo no soy nada miedosa, no iba a ser una rata porque en mi casa no hay ratas ni bichos, pero ya me entró cierto desasosiego, qué será eso que noto en la pantorrilla, y encendí la luz para ver qué era aquello, no fuera una sabandija o una musaraña, o una lagartija, o una malasandra, que ahora con eso de que hay que respetar a los animalitos y el cambio climático todo puede ser, puedes tener cualquier alimaña metida en la cama y no puedes hacer nada, que se enteran los ecologistas y te denuncian por maltrato animal, aunque tengas una hiena metida en la cama comiéndote los calcañares. Pues no, señor agente, no, nada de eso, ni hienas, ni sandramalas ni basandijas, ni sumarañas había en mi cama. ¿Sabe usted lo que me encontré cuando encendí la luz y abrí las sábanas? Sí, señor policía, comprenderá que esté molesta con Manolo, que en el fondo es un cielo y me hacía muy feliz, y seguro que usted quiere a su mujer y nunca jamás le haría una cosa así, por eso quiero denunciarlo, sí, señor policía, para mí fue una humillación terrible, nunca supuse que Manolo llegara a una cosa así, yo se lo perdono todo, incluso lo del furbo y los de las mahous, incluso que no te duchas tras la champions, Manolo, que eres un guarrete. Pero eso, Manolo, ¡ay!, así, en mi propia cama, donde tantos besos y alegrías nos hemos dado. Por qué, Manolo, por qué me encontré eso. Porque me encontré, y me da mucha vergüenza decirselo, señor agente, me encontré, me encontré… un támpax. Y usado.

       Yo, yo tengo el 97, mi turno —y doña Lolita deja el whatsapp y pega un bote siguiendo al policía que la acompaña a la mesa de denuncias—. Pues mire usted, señor agente, que esta mañana me han robado el monedero, un regalo de mi hija muy mono, con su cremallerita, con un dibujo de un osito, en el metro, sí. Va tan lleno, te manosean por todas partes que, al menor descuido, ¡zas!, te roban. 200€, las tarjetas y el carné de identidad, que es lo que más me fastidia, tener que renovarlo, hasta que me den cita puede pasar un mes. Sí, señora, en un Mcdonalds, por ahí han dejado su rastro, que las cámaras de seguridad lo registran todo. Sí, señora, sí, cuando se presentan denuncias conseguimos una orden judicial y revisamos las cámaras de seguridad para saber quién ha sido, para quedarnos con sus caras, para saber quiénes son los carteristas. Es un lelo, señor agente, ahora que lo dice usted, robar una cartera y gastarse solo 7,62€ en una hamburguesa es de bobos, un inocente. Será un sudaca infeliz. Y después cogió un taxi, fue dejando rastros por todas partes, que todo sale en el extracto de Bankia, incluso que había consumido unos refrescos, 2,37€, en una máquina automática de la Gran Vía. Total, ha sacado 26,7€, bueno, porque anulé la tarjeta enseguida, me lo paga el seguro, pero tengo que denunciarlo, por eso estoy aquí, tres horas de espera. Operan por la zona centro, raterillos de tres al cuarto. Viven al día, si pillan algo, mejor. Si no, pues a intentarlo de nuevo, pequeños delitos, hurtos de poca monta penados con sanciones leves. Seguramente haya vuelto a delinquir hoy mismo, después de robarle a usted. Son los problemas de una gran ciudad, la convivencia, la Puerta del Sol siempre llena de gente, perdone la demora, tenemos mucho trabajo, somos la comisaría con más denuncias de toda Europa. El centro de Madrid es de los rateros. Casi me da reparo denunciar, no sé, 26 euros, por lo menos ha comido caliente, aunque sea una hamburguesa, es que me he llevado un buen sofoco. Son dos delitos, señora, uno de hurto de cartera y otro de uso indebido y fraudulento de sus tarjetas de crédito. Su deber es denunciarlo, ha hecho bien, no se arrepienta.

DSCN3922_web        Las mesas de la sala de denuncias de la comisaría de Leganitos solo están separadas por una vidriera transparente. Doña Lolita escucha sin querer, todos los denunciantes se escuchan sin querer unos a otros. En la estación de Lago, en la Casa de Campo. Sí he perdido el móvil, un Samsung, y la documentación —la pareja feliz llega de la mano a la mesa de denuncias—. Sí, lo he perdido todo, pero te tengo a ti, cariño, le dice. Y ella le mira con ojos emocionados mientras el policía esfinge teclea con los índices: el denunciante declara la pérdida de un teléfono móvil, marca Samsung, valorado en 800€, así como la documentación en la estación del metro de Lago, en la Casa de Campo. Es que a mi padre le incineramos, figúrese, señor agente, quería que le llevarán a hombros sus amigos, eran todos tan viejos como él, fueron rumanos, que les tuve que dar una buena propina, 1000€ para que cargaran con la caja, 250 para cada uno, yo creo que era mucho, por eso se los reclamé, que me devolvieran una parte, 1000€ por llevar a un muerto, y me dijeron que ni hablar, que devolverme el dinero ni lo pensara, por eso estoy aquí, señor agente, porque me han estafado, porque llevar a un muerto no cuesta 1000€, un señor tan viejo, aunque era mi padre, ni que fuera un cantante de rock, no, que me devuelvan el dinero esos rumanos, señor agente, que después se lo gastan en cervezas y huelen muy mal, como a muerto. De Santorcaz, sí, un pueblo cerca de Alcalá de Henares, sí, al subir al autobús, 400€, se me cayeron del bolsillo, es que tuve que correr mucho porque tenía que reclamar al consulado de Venezuela la pensión de doce euros, doce euros, sí, que le pasan a mi madre, una señora muy mayor y los perdí. Manolo, que estoy en la comisaria, qué me dices, dónde estás, que me esperas en casa, bueno, Manolo, pero eso no te lo perdono, que te lleves a la cama a cualquiera… no Manolo, bueno, Manolo, me lo pienso. En una bolsa de plástico, como esta, Charcutería Dani, un poco de jamón para cenar, no, no es mucho, un tirón, pero pudimos caernos, sobre todo mi mujer, que ya tenemos 88 años, que si te tiran te rompes un brazo, o una pierna, y claro, que los señores diputados estén tocándose los cojones ahí, sentados en sus poltronas, que es lo que están haciendo, que nos están robando igual que los carteristas, unos por acción y otros omisión, pues que dimitan de sus responsabilidades, que nosotros somos ciudadanos y para eso les pagamos un sueldazo, para que trabajen para los ciudadanos. Pues no sé qué pensar. Me he llevado un sofoco, que sí, que me han robado 200€ y el carné de identidad, pero será un panchito de esos que no tienen dónde caerse muerto, aunque no le van a pillar, qué va los van a pillar. Manolo, sí, bueno, es que lo tuyo no tiene nombre, no, Manolo, sí, Manolo, si me prometes que todo será como antes, bueno, Manolo, vente a casa y salimos a cenar, no, patatas revolconas no, que en el hotel las hacemos con colorantes y conservantes sin control sanitario y los chicharrones tienen la peste porcina, y con una mahou tienes de sobra, ¿te parece?, y te duchas, sí, te duchas, aunque no haya furbo, sí Manolo, te quiero, sí.15_M

Honorables

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

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Valverde, Roglitz y Pogecar, los vencedores, los honorables.

      —NO TE VAYAS A LA GUERRA.
—No es la guerra, es solo una carrera en bicicleta.
—Lloverá, te sofocará un hervor de caldera, te congelarás en las bajadas, te granizará, caerás en las trampas de cualquier descenso, sangrará tu piel desgarrada por el asfalto abrupto, te dolerán las entrañas y sufrirás como un perro sarnoso, el cansancio infinito te roerá la voluntad como si una hiena te devorara las tripas. Para qué. Todo eso para qué, te preguntarás abandonado de la esperanza. Miles de Km por un campo minado de fatigas y pesares, una pesadilla de tres semanas, sinsabores, condenado eternamente a pedalear como Sísifo subiendo su roca por la montaña traidora para después caer al abismo de los infiernos de la clasificación general, el 102 de 176 condenados, a casi cuatro horas del líder, del vencedor. Sísifo pedaleando. Y si llegas a Madrid, chulapo mío, tu única recompensa será mirar la Cibeles, ni siquiera podrás refrescarte en la fuente porque los guripas la tendrán clausurada, el huerto abierto solo para Hipomenes y Atalanta. Y cuando llegue la noche, Narciso, ángel mío, no tendrás nadie que te socorra, nadie que te solace, sollozarás en la soledad de un hotel de carretera tan remoto como el amor que rechazaste, frío como un témpano y te ahogarás en la complacencia ignorante de tu belleza esquelética reflejada en la pátina de una laguna sin azogue. No vayas a la Vuelta, amor.

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Las chicas calientan antes del diluvio en que se convirtió la primera etapa, de dos, de la Vuelta femenina, 2019. En Boadilla del Monte, Madrid.

—Es el honor. ¡El honor! —Qué es el honor. El azahar de la derrota, el bálsamo con el que se alivian los perdedores, el néctar que consuela el sufrimiento infinito. Te cambio el honor por el amor. Por mi amor venéreo, mi placer extático contra tu pedaleo agónico. ¡Gózame! Mi arquitectura apolínea por el barro de tu clasificación remota, tus cicatrices por mi piel cérea, te derramarás sin fatigas por mi pubis y yo complaceré tus deseos oscuros con mis besos robados al dolor de las caídas. Quédate aquí, amor mío, en el jardín secreto de Atalanta, lejos de las cornadas de las curvas y el desaliento del viento de cara y las rotondas suicidas. El honor no es sino el consuelo de los perdedores.

Venus y Marte

Venus y Marte. Grupo de Antonio Cánova. 1820-1830. Museo del Prado, Madrid.

      —El deber me llama, mi corcel de carbono me espera en la espesura del laberinto del vellocino de oro, mi velocípedo, mi bucéfalo honroso. El honor no sabe de victorias. La victoria no sabe de honor, el honor sí sabe de gloria, amarga victoria la de los vencedores sin honor. Debo partir, subirme en mi jaca enjaezada de carbonos, tubulares y desarrollos imposibles: 54X11. Y si llego a la meta, al ágora, al Partenón, tal vez me espere la suavidad de tus senos acogedores, el oasis de tu vientre y tu melena aurea esparcida por la túnica del placer de los Campos Elíseos. Queda tú aquí, en tu jardín, mi Venus complaciente que tanto me desea, porque yo te deseo tanto como el vértigo de la carrera, vesania de taquicardias y asfixias, de fracturas y hemorragias, de derrotas y de glorias, de la gloria del forzado de la ruta. Del honor.

     Y Marte partió a la guerra, a la Vuelta en busca del honor.

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¡Este es mi chico! Fabio Jakobsen, ganador de la última etapa de la Vuelta 2019 “homenajeado” por su novia.

La Vuelta 2019

          Fueron 3272 Km distribuidos en 21 etapas; participaron 176 corredores de 22 equipos de los que acabaron 153. El “campamento” itinerante que mueve la Vuelta necesita más de un km cuadrado para extenderse, lo componen más de 3000 personas, 900 vehículos, más de 130 guardiasciviles, 60 de ellos motoristas, otras 30 motos de publicidad o medios de comunicación, media docena de helicópteros, un avión receptor-emisor de señales de TV y más de 400 millones de espectadores.

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A la izquierda, de azul, Luis León Sánchez, en el centro, de blanco UAE, Tadej Pogacar, tercer clasificado.

     El Honor

        Luis Ángel Maté se estrelló contra unas vallas publicitarias debido a la lluvia el 27 de julio de 2019 en la Vuelta a Polonia. El impacto fue tan grande que, gracias al casco, solo tuvieron que darle 60 puntos de sutura en la cabeza. La caída fue tan aterradora que el público presente no se atrevió ni siquiera a tocarle. El golpe fue tan fuerte que, otro compañero, el italiano Filippo Fortin, sufrió una perforación pulmonar provocada por la fractura de una costilla de la que aún hoy, 16 de septiembre de 2019, no se ha recuperado. Al día siguiente perdió la vida en otra caída el joven ciclista belga Bjorg Lambrecht. La guerra, o el ciclismo, se cobraba su cuota de vida. Luis Ángel Maté perdió mucha sangre, daba miedo su figura quebrada en el asfalto. En el hospital al que le trasladaron, en Cracovia, apostaron por transfundirle sangre. Él se negó. Pasó varios días hospitalizado y apenas si comía, devorado por el cansancio infinito que conlleva el ciclismo. El 24 de agosto, cuando comenzaba la Vuelta, su valor de hematocrito sanguíneo no llegaba al 37% y su hemograma rojo señalaba menos de 3.5 millones de hematíes, la hemoglobina en 11g/dl, síntomas de una anemia grave incompatible con el esfuerzo deportivo. Era una incógnita su participación en la Vuelta para la que se había preparado concienzudamente. El médico deportivo no recomendaba su participación, pero lo dejaba a su elección. Luis Ángel Maté decidió participar. Sufrió como un perro durante las 21 etapas, pero terminó victorioso, aunque fuera el 102. No sabe qué o cómo le aupó para que consiguiera cumplir aquella condena, aquella guerra perdida. Tal vez fuera el honor.

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Luis Ángel Maté en el hospital tras su grave caída, el pasado 27 de julio de 2019. en Polonia.

Justicia criminal

Rafael Alonso Solís

         PESE AL VERGONZOSO SILENCIO e invisibilidad con que parte de los medios de comunicación han tratado la condena de un juez tramposo por prevaricación, cohecho y falsificación de pruebas, la operación criminal organizada contra Victoria Rosell constituye una muestra de la existencia de tramas mafiosas en las que están implicados representantes de la justicia, funcionarios policiales y políticos en ejercicio. En el caso de la magistrada Rosell, parlamentaria nacional y una de las figuras relevantes de Unidas Podemos en la campaña electoral de 2016, es decir, en el momento de ocurrir los hechos, han participado jueces y fiscales, abogados colegiados pertenecientes a despachos de alcurnia, empresarios del fango, plumillas enfangados y políticos de derechas que han sido referentes en las políticas desarrolladas en Canarias y en España bajo la disciplina del Partido Popular. Los nombres de unos y otros están por ahí, y es de esperar que irán saliendo, ahora que una sentencia ha condenado a Salvador Alba, magistrado de la Audiencia de Las Palmas, a más de seis años de estancia en el maco, además de a dieciocho de inhabilitación, lo que le mantendrá alejado de la posibilidad de reincidencia durante una temporada. Al menos, en el sector jurídico, puesto que sus relaciones comerciales, deben estar, previsiblemente, bien establecidas y sus actividades diversificadas, lo cual es posible que le garantice un futuro acomodado en Panamá, una vez cumplida una sentencia aliviada por buena conducta y probado fervor cristiano. Quién sabe, incluso, si más adelante no se produce el descubrimiento de que el juez Alba reúne un excelente perfil para ocupar un cargo de importancia en la administración pública o en el gabinete jurídico de alguna multinacional con futuro. Al fin y al cabo, la realidad cotidiana nos ha hecho comprender que las sentencias tienen diferentes consecuencias dependiendo de la clase y circunstancias de los condenados.

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José Manuel Soria durante su etapa de ministro de Energía, 2015. Esa mirada genovesa, las mano prietas en el bolsillo de su gabán pa que no sepan en cual de ellas lleva el puñal… (Foto. T. Mangino) 

       Detrás o delante de todo, un empresario con turbias actividades e imputaciones diversas, como Miguel Ángel Ramírez, y un político como José Manuel Soria, que dirigió el Partido Popular de Canarias durante diecisiete años, fue vicepresidente de Canarias y responsable de la Consejería de Economía, Empleo y Hacienda durante tres, y ministro de Industria, Energía y Turismo del Gobierno de España, donde tuvo la oportunidad de inventarse el impuesto al sol o, más correctamente, el Real Decreto sobre autoconsumo voltaico. Jueces, abogados, empresarios, políticos y periodistas, formando parte de operaciones que encuentran en los períodos de crisis el mejor escenario para innovar en los procedimientos de enriquecimiento personal, tanto en hacienda como en posición, con la connivencia del sistema y la perplejidad de la ciudadanía, que observa cómo, hagan lo que hagan, no pasa nada. Ante la solidez de la vieja farsa, uno aún se pregunta cuáles son los motivos por los que los líderes de los dos partidos que deberían entenderse para poner en marcha un gobierno de progreso –especialmente el que tiene más escaños y es más responsable– actúan como gallos inútiles, alimentando el palmeo de sus incondicionales y jodiendo al resto.

Otras columnas de Rafa Alonso

El careto de Billy el Niño

La farsa del discurso

El agente Rojas ND507

Ángel Aguado López

     SUS TRIPAS SE LAS COMIERON LOS TIBURONES. Al vasco Jesús Galíndez lo secuestraron los agentes de Trujillo en Nueva York y tras narcotizarle lo trasladaron a Santo Domingo. Dos meses estuvieron torturándolo sádicamente los esbirros del Benefactor, el Padre de la Patria Nueva, el Restaurador de la Independencia Financiera, Generalísimo, Primer Escritor, Dios y Trujillo. El general Arturo Espaillat, alias Navajita, el jefe del terrible SIM, el servicio de inteligencia militar dominicano, se tomó la orden del Benefactor como algo personal (“El Jefe daba las patadas, pero Arturo le escogía las botas más adecuadas para darlas” —Galíndez. MVM. Pág. 288—). Fue el encargado de darle chalina. Al vasco lo sometieron a todo tipo de vejaciones, lo interrogaron con una crueldad sin límites y le ahorcaron. Después, le abrieron en canal y lo arrojaron a la sima de Luperón, al norte de la isla de Santo Domingo, con las vísceras colgando para que el cadáver no flotara y fuera pasto fácil de los escualos. Todo eso sucedió entre el 12 de marzo y el 5 de junio de 1956.

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       Se cumplen treinta años de la aparición de la novela “GALÍNDEZ” (1989), de Manuel Vázquez Montalbán (MVM). Una obra que dio a conocer al público lector a un personaje olvidado incluso para una gran mayoría de peneuvistas. Un personaje menor, Jesús Galíndez Suárez, triturado por la voracidad de las guerras que le tocó vivir, un hombre apremiado por su compromiso con el vasquismo y deslumbrado por la figura altiva del lendakari José Antonio Aguirre, al que quería servir como fiel patriota. Su asesinato y desaparición a manos del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo Molina provocó, a partir de 1957, el rechazo y la condena de la Administración de Estados Unidos a un régimen que, hasta ese momento, era un aliado incondicional del policía de Occidente en su lucha contra el comunismo. Gracias a la novela de Vázquez Montalbán, “Galíndez”, se desveló el mundo del espionaje que los exiliados republicanos, de uno u otro partido, realizaban para redimirse de sus faltas, agarrarse a sus sueños o, y esta era la condición principal: sobrevivir.

“No hay éxito comparable al del exilio. Y sólo los que permanecimos en el exilio interior o exterior hemos salvado la integridad”. (Galíndez. Pág. 262)

        Jesús Galíndez Suárez había nacido en Madrid, en 1915. Su madre murió unos días después del parto y a los cuatro años su padre, Jesús Galíndez Rivero, médico dentista, lo envió con sus abuelos al caserío de Larrabeobe, en Amurrio, Álava, donde se forjó su conciencia de vasco bueno, abrazando las ideas nacionalistas del PNV, emanadas de las doctrinas del iluminado carlista Sabino Arana. Regresa con catorce años a Madrid y su espíritu juvenil le lleva a participar tanto en tertulias literarias como en protestas contra la dictadura de Primo de Rivera. Se gradúa en Derecho por la Universidad Central (actual Universidad Complutense) el 20 de junio de 1936. Aún no había cumplido los 21 años.

       Veintiocho días después se produce el golpe de estado del ejército africano y estalla la Guerra Civil española. Su ardor guerrero le lleva a presentarse como voluntario para frenar, en la sierra del Guadarrama, en el Frente Norte de la capital, a las tropas rebeldes capitaneadas por Franco. Pero Manuel de Irujo, el líder del PNV, que se integra como ministro de Justicia en el gobierno de concentración formado por el socialista Largo Caballero, el 4 de septiembre de ese año, prefiere para él un destino más acorde con su valía y le designa delegado vasco, jurista, en la Junta de Defensa que, atropelladamente, se forma en Madrid el 6 de noviembre de 1936, tras el traslado (los historiadores hablan de huida) del gobierno de la República a Valencia. Durante la guerra defiende como abogado a los vascos que luchan en Madrid y en los diferentes frentes bélicos, es el Hogar Vasco, interesándose de que los suyos no sean objeto de presión por las autoridades republicanas. Obtiene el grado de teniente del ejército y en febrero de 1939, con la derrota inminente de la República, emprende el exilio a Francia y es internado en el campo de concentración de Vernet d’Ariège, desde donde, unos meses después, conseguirá exiliarse a la República Dominicana gracias a los contactos diplomáticos que había realizado durante la guerra y su condición de militante del PNV.

 

       En Santo Domingo permanece desde 1939 a 1946. Ahí estrecha relaciones con el resto del exilio español y consigue prestigio como intelectual, jurista y escritor, razones por las que el dictador Trujillo le designa como profesor de su hijo Ramfis. Esto le permite relacionarse con las altas esferas de la política trujillista y examinar las cavernas de un régimen basado en el terror, la represión y la muerte de sus súbditos. El lendakari José Antonio Aguirre le convierte en delegado del PNV en Santo Domingo y le sugiere que participe como agente del FBI, pasando al servicio secreto americano información sobre las actividades de los camaradas republicanos españoles, muchos antiguos comunistas y presuntos colaboradores de la URSS. Y por tanto enemigos de USA en la Guerra Fría que se acaba de declarar.

       Temeroso de sufrir alguna represalia por su actividad como espía y por sus cono-cimientos del terror que practica Trujillo consigue marcharse a Estados Unidos tras recalar previamente en Cuba. Llega con un baúl de documentos comprometedores para el sátrapa dominicano y tras obtener un puesto de profesor de Derecho en la Universidad de Columbia, recomendado por el lendakari Aguirre, presenta, en febrero de 1956, su tesis doctoral titulada: La era de Trujillo: un estudio casuístico de dictadura hispanoamericana. Un pormenorizado análisis en el que denunciará las atrocidades que Trujillo comete sobre el pueblo dominicano y el carácter esquizoide del hijo del dictador y antiguo alumno suyo: Ramfis Trujillo. En paralelo a su empleo como profesor y escritor mantiene sus actividades de espía del FBI. Es el agente Rojas ND507.

       Galíndez informa al FBI sobre los exiliados españoles y las relaciones que estos llevan a cabo con los activistas centroamericanos de la Legión del Caribe, la organización o “ejército popular” con que la izquierda revolucionaria pretendía implantar democracias liberales en las dictaduras caribeñas y sudamericanas. La tesis doctoral provocó la cólera iracunda de Trujillo, que dio órdenes terminantes para acabar con la vida de Galíndez. Recibió in absentia su título de doctor poco tiempo después de su desaparición.

         El profesor vasco fue secuestrado el 12 de marzo de 1956, tras dar una conferencia en el salón 307, del edificio Hamilton, del Departamento de Español de la Universidad de Columbia, en Nueva York. El SIM contrató con engaños al piloto americano Gerald Lester Murphy. Con la excusa de que llevaban a un enfermo Galíndez fue trasladado, sedado, a Ciudad Trujillo, el nombre con la que el sanguinario Benefactor había rebautizado Santo Domingo. Todos los participantes en el secuestro, todos, fueron posteriormente ejecutados por Trujillo para evitar testimonios comprometedores. Sus cadáveres fueron arrojados, abiertos en canal, sin eviscerar, a los tiburones.

 

La política exterior de USA en el Caribe de los 40 a los 80

       Fue gracias a Stuart Mckeeve, un abogado norteamericano interesado en la suerte de su compatriota Gerard Lester Murphy, el piloto aviador contratado por Trujillo, que la opinión pública estadounidense conoció el caso Galíndez y la implicación de la CIA y del FBI en el mismo, denunciando al agente John Frank como el principal responsable americano del secuestro.
La red de corruptelas que Trujillo había tendido en Estados Unidos era tan opaca y enredaba a tantos políticos que el pánico se disparó en la Administración USA. Trujillo había proporcionado ayuda económica al senador Joseph McCarthy y patrocinado la campaña electoral de Richard Nixon, vicepresidente con Eisenhower en las presidencias de 1953 y 1957, e incluso el hijo de Roosevelt, Franklin Delano Roosevelt junior, estaba en la nómina del dictador. La opinión pública americana se escandalizó tanto que algunos congresistas pusieron el grito en el cielo por el uso que Trujillo daba a los fondos que recibía de USA para el desarrollo: matar a ciudadanos americanos. La prensa aireó tanto el asunto Galíndez que el gobierno estadounidense se vio obligado a reaccionar para calmar a una opinión que le acusaba de complicidad: ¡la CIA mezclada en un affaire tan feo!, cómo podía ser, el FBI…

        La excusa para castigar al sátrapa fue el intento fallido de magnicidio del presidente venezolano Rómulo Betancourt (1960), planeado por el sicario de Trujillo Johnny Abbes García [véase Johnny Abbes García, el ensayo-reportaje del poeta dominicano Tony Raful, Editora Buho. República Dominicana. 2019] el jefe implacable del SIM a partir de 1957. Aquello fue el desencadenante de las sanciones contra Trujillo a través de la Organización de Estados Americanos, la OEA, durante el final del mandato de Eisenhower y el comienzo del de Kennedy, septiembre de 1960 a 30 de mayo de 1961, fecha del asesinato de Trujillo.

       Así que la República Dominicana, sobre todo sus clases sociales más depauperadas sufrieron el bloqueo económico que los países vecinos, encabezados por USA, ejercieron contra el opresor Rafael Leónidas a raíz del atentado fallido contra Betancourt. Fue algo parecido a lo que comentaba, ¡gozoso!, el falangista Agustín de Foxá, cuando España sufrió el bloqueo y el rechazo de las democracias victoriosas tras el final de la 2ª Guerra Mundial: «Le pegaron a Franco una patada en el culo de los españoles».

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Trujillo saluda y Franco se ríe durante la visita que el dictador caribeño realizó al dictador español, en 1954. El atuendo napoleónico de Trujillo y sus poses causaron risa entre los prebostes del franquismo.

       En este caso fueron los dominicanos los pateados en el culo en lugar de Trujillo, sancionados a través de la OEA. El hambre lo pasaron ellos mientras que Trujillo proveía de fondos millonarios a los políticos opuestos a Kennedy con el objeto de que desapareciera y Ramfis, el hijo esquizoide, jugaba al polo en París (Ramfis moriría en Madrid, refugiado por su Excelencia, estrellando el Ferrari 330 GT que conducía contra el Jaguard de una duquesa, en 1969).
Pero había otro problema más para Washington: un barbudo llamado Fidel Castro.

      La política expansionista que los yanquis habían comenzado en el siglo XIX siguiendo los principios de la Doctrina Monroe: «América para los americanos», debía adecuarse a los momentos agitados que vivía el continente en las décadas de los 40-50-60 del siglo XX. El enemigo era el comunismo, en especial los barbudos de Sierra Maestra. Para frenarlo, nada mejor que fundar primeramente la Escuela de las Américas y darle una aplicación práctica, una salida posterior para todos los clientes de la Escuela con la Operación Cóndor.

«Todo poder tiende a ensimismarse y a autolegitimarse desde ese ensimismamiento, aunque sea el poder democrático». (Galíndez. Pag. 242)

       En 1946 se funda en el Canal de Panamá la Escuela de las Américas, una academia militar que tiene como objetivo, básicamente, formar a los militares sudamericanos en los métodos de represión, tortura y aniquilación de todo aquello que oliera a subversivo o izquierdista. Para ello, se contrató incluso a un experto, al nazi Klaus Barbie. Aquella doblez que los green go! practicaban ajusticiando a algunos nazis en Nuremberg, mientras que reclutaban, amparándose en su lucha contra el estalinismo, a los científicos sobresalientes alemanes para desarrollar, entre otros proyectos humanitarios, el cohete Saturno V.

«La democracia necesita un poder dispuesto a construir y practicar la doble moral, de lo contrario perece por culpa de su propia inocencia e indefensión». (Galíndez. Pág. 58)

     Fue Clinton el que cerró “oficialmente” la Escuela en 2000, aunque ahora funciona bajo el eufemismo de Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad y tiene su sede en Fort Benning, en el estado de Georgia.

      Muchos de los gobernantes de las repúblicas caribeñas y sudamericanas de ese período fueron alumnos de la Escuela de las Américas, la fábrica yanqui de propagación del recetario capitalista y cuna de dictadores sanguinarios: Efraín Ríos Mont (Guatemala), Noriega (Panamá. «Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta», comentaban en la “Compañía”, la CIA de Allen Welsh Dulles, un poder dentro del poder), Hugo Banzer (Bolivia), Roberto D’Aubuisson (El Salvador), Velasco Alvarado (Perú), Vladimir Montesinos (Perú), Galtieri (Argentina)… Y otros que no estuvieron pero que siguiendo sus consignas se aplicaron con celo en la barbarie y represión de sus pueblos: Stroessner, Somoza, Barrientos, Pinochet, Videla…

      «En la dirección del Estado crearemos el caos y la confusión. De una manera imperceptible, pero activa y constante, propiciaremos el despotismo de los funcionarios, el soborno, la corrupción, la falta de principios. La honradez y la honestidad serán ridiculizadas como innecesarias y convertidas en un vestigio del pasado. El descaro, la insolencia, el engaño, la mentira, el alcoholismo, la drogadicción y el miedo irracional entre semejantes». (“The Craft of Intelligence”. Allen Welsh Dulles, director de la CIA en ese momento)

       La Operación Cóndor, o Plan Cóndor, fue una estrategia desarrollada en los países del cono sur de América (Bolivia, Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil, etc.) en las décadas de los 80-90 del siglo pasado, con objeto de desarrollar políticas neoliberales afines a Washington, desestructurar en esos países el Estado como garante de las libertades públicas, además de promover acciones represivas contra todo conato de sindicalismo, socialismo o progresismo que pudiera ir en contra del imperialismo americano.
El principal adalid de este Plan e impulsor fue el intrigante Henry Kissinger, secretario de Estado durante las administraciones Nixon y Ford, 1973-1976. Kissinger fue uno de los mayores practicantes del terrorismo de Estado, premiado por Occidente con el Premio Nobel de la Paz en 1975.
Fruto del Plan Cóndor fueron las dictaduras brasileñas, o la chilena de Pinochet, o la argentina de Videla.

 

La Alianza para el Progreso

     Kennedy se propone “endulzar” la política exterior de USA tras el fracaso de la invasión de Cuba en Bahía de Cochinos (15-19 de abril de 1961), y promueve una conferencia en Uruguay, en agosto de ese año (Trujillo había sido asesinado dos meses antes) para limar asperezas y lavar la cara del gigante americano. A esa conferencia, la Alianza para el Progreso, asiste Ernesto “Che” Guevara. Aunque JFK sólo consiguió que, desde el reaccionario establishment demócrata, encabezado por Lyndon Baines Johnson, se empezara a planear su sustitución, o mejor aún, su eliminación [sobre las implicaciones de la CIA y Lyndon B Johnson en el asesinato de Kennedy véase: JFK El último testigo. William Reymond & Billie Sol Estes. La Esfera de los Libros. 2004].

«La política es así, abrirse camino entre cadáveres» se dice en “La Fiesta del Chivo”, la monumental obra de Mario Vargas Llosa sobre la monstruosidad del genocida dominicano.

       Kennedy fue asesinado el 22 de noviembre de 1963. El “Che” fue abatido en la selva boliviana en 1967. Fidel Castro permaneció en el poder hasta su muerte, acaecida en 2016, en su camita de La Habana.

«Los hombres de hoy nacen criminales; debo reivindicar mi parte en sus crímenes si quiero mi porción de su amor y de sus virtudes. Quise el amor puro; necedad; amarse es odiar al mismo enemigo; me desposaré, pues, con vuestro odio. Quise el Bien; tontería; sobre esta tierra y en estos tiempos, el Bien y el Mal son inseparables; acepto ser malvado para llegar a ser bueno». (El diablo y el buen Dios. Jean Paul Sartre)

 

Galíndez, la novela

       «Galíndez era personalmente un bandido y políticamente un comunista» dice el 30 de mayo de 1956, desaparecido ya el vasco, Joaquín Balaguer, el presidente títere a sueldo de Trujillo. Galíndez era un ser solitario. «El PNV había descuidado las realidades sociales, mientras el PSOE, por ejemplo, iba en sentido contrario, descuidaba las razones patrióticas y sólo se justificaba por las sociales. Ser vasco no supone superioridad alguna sobre los demás pueblos» sentenciaba Galíndez, sentencia que le supuso la reprobación de los “sabinistas” del exilio en New York. El fervor peneuvista de Galíndez sería una sorpresa tanto para su padre como para Fermín, su hermanastro menor, casi un falangista pasional en 1954, cuando lo visita en New York. «A mí los nacionalismos me ponen nervioso y casi todos los nacionalistas me recuerdan a Hitler y a Perón. Hay que ser algo simplón para ser nacionalista. Galíndez era un zascandil» pone MVM en boca del personaje Francisco Ayala, en la conversación que este mantiene con Muriel Colbert, la protagonista de la novela, la investigadora americana, víctima de sus padres, de su religión mormona, de sus amantes y de su educación, que ha venido a España para conocer los orígenes de Jesús Galíndez Suárez, un personaje olvidado, desconocido incluso por los vascos radicales de su Amurrio infantil. Una investigadora, Muriel, que ha desdoblado su tesis en pasión y casi enamoramiento y que persigue las huellas del vasco como una obsesión a lo largo de las 348 páginas del relato.

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Manuel Vázquez Montalbán en julio de 1990, en El Escorial, Madrid. Foto: A. Aguado

       “Galíndez” es una novela intensa y extensa. La prosa de Manuel Vázquez Montalbán es contundente, surge como una cascada que inunda la imaginación del lector y le arrastra sin remedo en la búsqueda de la personalidad escondida del vasco transparente. MVM realiza un ejercicio inmenso de documentación enciclopédica, una exhibición de datos, de personajes, de lugares, de acontecimientos históricos, de sucesos, de tramas complejas, de secundarios eficaces en la vertebración de un retablo humano que transforman el relato en historia y en el que la ficción se confunde con la verdad, enmascarada por la vorágine de un tiempo tortuoso y asesino.

      Galíndez, un nacionalista fuera de época, un huérfano de madre confundido por la marea de refugiados que desembarca en el Caribe, un idealista fuera de lugar, ingenuo y esforzado gudari arrastrando su doblez de espía por un territorio ajeno, hostil, desconocido, lejos de Madrid, su cuna, o de la colina mágica de Larrabeode, su bautismo de vasco ancestral.

       «…La personalidad es como una sucesión de fotogramas de todas las posibles actitudes que has asumido a lo largo de toda una vida y de pronto te fijas en una, la escoges y ésa será tu personalidad dominante, la que crees tener, porque los otros seguirán asumiendo la que ellos escogen y así te encuentras con todos los Galíndez posibles: el duro ejecutor de la República, el zascandil de Ayala, el noble patriota de los exilados vascos, el hombre secreto y lúcido… el superagente taimado.. y probablemente Galíndez era todos esos posibles tipos y ninguno de ellos».

        El poder, o sus sicarios, también están presentes en la novela. La MALDAD consustancial del ser humano encarnada en el hombre cúbico, el MALO de Robert Robarts, las tinieblas del sistema, su brazo ejecutor. Será Robarts la parte oscura, los ojos del gran hermano que todo lo vigila y de los que nadie escapa: «La inutilidad del compromiso. Lo evidente e irreversible. ¿Se ha vuelto alguna vez de la evidencia? ¿Para qué escapar de la evidencia?». Será Robarts el que diluya por las cloacas del poder los detritus vaporosos de la CIA y del FBI, el que ponga las cosas en su sitio ocultando el hedor de los gobiernos “democráticos” a la opinión pública, a pesar de la tozudez y oposición de Muriel empeñada en esclarecer la verdad, en redimirse con su revelación de su anterior vida de esclava de una secta negacionista de la vida. Muriel es el BIEN, la BONDAD enamorada de un fantasma idealizado por el romanticismo y el fracaso de una época en la que vivir o morir era indiferente. Y en el que las ideas no valían nada porque el poder, el sistema imperial, la fábrica expansionista de la Doctrina Monroe impregnaba el caribe con su ponzoña de exclusión capitalista.

      Y en el retablo novelesco que MVM ha construido artesanalmente hay también cuadros de personajes agotados y serviles, los fariseos: Don Angelito, el espía triple que cambió sus ideales de brigadista de la Lincoln por pesetas, o por rublos, o por libras esterlinas, o por francos, o por dólares. O el acomodado e íntegro profesor Norman Radclife, ese honorable representante del prestigio universitario americano, judas capaz de cambiar sus principios por otros más convenientes para el poder y para su posición social, aunque traicionara con ello a su pupila Muriel. O ese novio imberbe, Roberto, el pretendiente secundario de Muriel incapaz de comprender que solo es un accidente fortuito en el itinerario erótico de la investigadora, de la mujer. O la legión de eruditos pensadores exiliados que descargan su decepción existencial vencidos por la evidencia. O el niño aldeano, el adolescente eterno que buscó en la adhesión al nacionalismo euskaldún compensar sus carencias del cariño materno, el vasco Jesús Galíndez Suárez, el agente Rojas ND507.

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GALÍNDEZ, de MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN, 1989. 348 páginas. Premio Nacional de Narrativa (España) 1991. Premio Europa-Literatura en 1992.

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