Prioridades

Viñeta de Andrés Vázquez de Sola

RAS

    EL PERSONAL SANITARIO se ha manifestado en diversos lugares para denunciar el deterioro de la atención primaria, la escasez de plazas de residentes, los insuficientes recursos humanos y la carencia de medicalización en las residencias de mayores. La pandemia les hizo trabajar a destajo con los medios del siglo anterior, mientras la población más frágil iniciaba un viaje sin retorno desde una habitación vacía. En realidad, el aviso de las mareas blancas se había producido antes, cuando la voz de la primera línea frente a la enfermedad salió a la calle, encontrándose la indiferencia o la chulería como respuesta. Aún siendo una opinión de urgencia, las primeras señales que emite la política no sugieren apuestas inteligentes, sino habituales. Tal vez lo positivo sea la apariencia de que, al menos en el caso de la sanidad, la mayoría de los partidos políticos parecen dispuestos a compartir una mirada común y buscar un acuerdo. Mientras tanto, hay aún demasiadas banalidades en las propuestas que parecen elaborarse en las diferentes autonomías, entre simplezas identitarias, frivolidades características de campañas electorales o empecinamiento en la defensa de los grandes principios de la derecha en la consideración de la sanidad como una oportunidad de negocio. La emergencia latente ha mostrado la debilidad del sistema de salud pública en medios, infraestructuras, planificación, capacidad de respuesta, investigación, tejido industrial y recursos humanos. ¿Era esta la mejor sanidad del mundo, tal como se había sostenido? ¿Conocían la verdad los responsables y les tenia sin cuidado, toda vez que el discurso político permite decir cualquier cosa con la seguridad de que no tendrá consecuencias? ¿Existe un plan para fortalecer el sistema de salud, capacitándolo para afrontar las necesidades actuales, las previsibles y las imprevisibles? ¿Es posible acordar una transformación de la educación y dotar al alumnado de los instrumentos precisos para entender de manera crítica la realidad, la interrelación entre las diversas manifestaciones de la vida, el papel de la cooperación como elemento crucial en la evolución del universo, o la responsabilidad de los seres humanos en el inestable equilibrio entre la salud y la enfermedad del planeta? La tragicomedia representada en el escenario político no induce al optimismo, y la receta de amalgamar turismo con cemento se anuncia otra vez como idónea para cultivar ladrillos en la huerta, promover la resurrección del pelotazo y construir un país de camareros. Las ilusiones de los revolucionarios de los sesenta o de los conspiradores acuarianos de los ochenta se diluyen cíclicamente como consecuencia de la vanidad de los profetas, enfundados en el dogma de cada grupo y cada secta. El conflicto entre la realidad y el deseo siempre encuentra dificultades para descubrir caminos y aprender a recorrerlos con sentido de colaboración. Aunque difícil, puede que merezca la pena intentar que nuestro modelo de convivencia se transforme en otro basado en el diálogo, evitando la polarización que afecta a una especie que, tras dominar el universo en que nació y creció, parece decidida a desaparecer con él, como resultado de sus intervenciones comerciales.

[RAS es Rafael Alonso Solís, ex-catedrático de Fisiología y ex-vicerrector de la Universidad de La Laguna, Tenerife].

Vázquez de Sola: Humorista

El humor en los tiempos del virus VIII


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Gabriel de Araceli

     Que Andrés Vázquez de Sola no terminara en Carabanchel se lo debe al padre de Forges, que le avisó que aquel super-ministro al que le cabía todo el Estado en la cabeza le estaba apuntando con el rifle de la prisión por ser un subversivo contumaz que se reía del franquismo.  Así que el niño Vázquez de Sola se dio el piro, a París, y allí se puso a dibujar sus gracietas, en el hebdomadaire  “Le Canard Enchainé”, un semanario satírico que decía en la Republique Française lo que molestaba a Pompidou o a Giscard d’Estaing. Por eso, lo del confinamiento lo ha llevado con humor, todos los días dibujaba una viñeta con alguna picardía que alegrara la cara del lector, una sonrisa con la que combatir al virus. Vázquez de Sola es lo que tiene, una alegría contagiosa a pesar de su corta edad: 93 años. Y el que quiera reírse que lo lea.IMG-20200413-WA0004


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Iconoclasta

Gamoneda

La Poesía en los tiempos del virus VII


A A López. Fotos de Terry Mangino

     ANTONIO GAMONEDA es un poeta. Es un señor que camina y habla despacio, pero sabe donde pisa y lo que dice: “El lenguaje ha de ser poética y socialmente subversivo. Sin la conciencia subversiva no hay creación literaria. Hay que luchar contra los molinos del viento de la imposición, darle libre albedrío a la vesania de la imaginación. Como don Quijote, una bella locura que don Miguel escribió para poder vivir”.

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     Antonio Gamoneda ama los libros. Tiene en su casa de León —la ciudad a la que le trasladó su madre con apenas tres años, en 1934, tras quedar huérfano de padre— sus libros ubicados según sus juicios, o sus sospechas. En un sótano (el infierno) tiene los condenados. En el desván (el purgatorio) los dudosos. Y en las habitaciones (el paraíso) los confirmados. Confiesa que conseguía sus libros de un librero —se supone que de León. ¿Pero es que en León había libreros en su juventud? ¡¿Cómo podía ser eso en 1945, en 1950, en 1955, en 1960?!— que los traía de no sabe dónde. “Mi biblioteca era inexistente, todo se perdió durante la guerra, mi casa familiar de Oviedo fue saqueada por los falangistas y los libros que mi padre tenía, ejemplares dedicados por Valle Inclán, por Rubén Darío robados”. Sólo recuperó un ejemplar de “Otra más alta vida”, libro de poemas escrito por su padre en 1919 y en el que aprendió a leer. Removiendo estanterías, cartapacios diría Cervantes, por las chamarilerías de ropavejeros —más numerosas que las librerías— de su ciudad de acogida encontró una colección de libros clandestinos que le sirvieron para conocer autores prohibidos, los mejores, los poetas malditos, los confirmados que habitan ahora en el paraíso de su casa. Y a falta de monetario leía a saltos de mata en las librerías de viejo, o intercambiando los ejemplares mil veces sobados, los que no acabaron alimentando el calor de una lumbre que aliviaba los sabañones, hijos espurios del crudo invierno leonés —¡tantos!— que dejó la cruzada del infame general. Aquellas cuartillas desvencijadas que pasaban de mano en mano a 20 céntimos el uso. Una consumación erótico-lírica persiguiendo entre escarchas y redondillas a Quevedo o a Juan Ramón a falta de garbanzos que llevarse al buche, en busca del calor de la poesía que calentaba los cuerpos, o los espíritus cuando todo estaba desnudo y la halitosis del yugo y las flechas vertía su vómito de bilis y de escrotos a los vencidos. Después, superviviente de estepas y rencores, trabajador puntual de la gleba cotidiana y amante de los silencios, Gamoneda se puso a escribir poemas como este:

Ha venido tu lengua; está en mi boca

como una fruta en la melancolía.

Ten piedad en mi boca: liba, lame,

amor mío, la sombra.

       Antonio Gamoneda ha cumplido el pasado mayo 89 años. Casi tantos como Clint Eastwood (90), aunque sus vidas hayan sido ligeramente diferentes. Vean las pelis de Harry Callahan. Y lean en silencio los poemas de Gamoneda.

[Estas líneas se han confeccionado con las notas —pura arqueología archivística— tomadas por el autor, ese tal A A López, en las conversaciones que don Antonio Gamoneda mantuvo con el público asistente —entregado— a las conferencias celebradas en Madrid, en la Biblioteca Nacional, el 9 de octubre de 2012, durante el homenaje que se tributaba a dos Premios Cervantes, a él se lo dieron en 2006 —el otro homenajeado era don Mario Vargas Llosa—; y el 6 de marzo de 2013, en la Sala Mapfre, en la que Gamoneda hablaba del amor a sus libros —algunas señoras le declararon su amor a él, no a sus libros, cosa que don Antonio agradeció con la sabiduría de su sonrisa y a las que prometió satisfacer con sus poemas. Lo cumplió—.]


Ana de la Robla, poetisa, y sus amores líricos con Gamoneda:

http://elpozoyelpndulo.blogspot.com/2012/10/la-ultima-cancion.html?m=1


Doña Ana de la Robla y su amor por Gamoneda

Le ha costado décadas granjearse el reconocimiento, pero últimamente Antonio Gamoneda va de premio en premio. Habitante (aun en su ostracismo voluntario, y más por localización temporal que por deseo gregario) de la Generación de los 50, Gamoneda ha recibido en los últimos años el Nacional de las Letras, el Castilla y León y, ahora, el Reina Sofía. Por el camino se quedaron Blanca Varela y Francisco Brines; casi nada. Se le ha encasillado repetidamente dentro de la poesía llamada “del silencio”, pero Gamoneda en realidad ha sido y es un poeta silencioso menos por estética que por elusión del ruido literario, esa algarabía de mafias, premios y tejemanejes que envilece a las letras en tantas ocasiones; prueba de ello ha sido su actitud ante la noticia del Reina Sofía, modesta, serena y casi resignada.
Hasta el momento su último libro ha sido Arden las pérdidas, con la excepción de ese espectacular y esperanzado ramillete de poemas que en 2004 dedicó a su nieta Cecilia, y que aparece en la magnífica antología que del poeta ovetense-leonés recientemente ha publicado Galaxia Gutenberg bajo el título Esta luz. Una de las muchas bellezas innegables de la poesía de Antonio Gamoneda –él mismo enamorado con pasión de la belleza– es su esencia profundamente plástica (ut pictura poesis); diría más: arquitectónica. Todos sus libros son edificios impecables y sabiamente rematados, minuciosamente estructurados desde su primer verso hasta el punto final que les da término. Sin eludir siquiera el título, de exquisita contundencia.
Tras el heterodoxo y hermosísimo Libro de los venenos (1995), Arden las pérdidas supuso un testamento lúcido, un auto de fe de la memoria. En el libro están presentes la conciencia de la pérdida y del avance hacia la muerte, pero desde una perspectiva de total serenidad. Los recuerdos dejan al poeta sólo un patrimonio previsible de cenizas, y él las canta como tales, como en el verso de Aleixandre: “ávidamente ardí, canté ceniza”. En Arden las pérdidas hay verso pero también, al igual que en Lápidas (1987) o en Libro del frío (1992, revisado y ampliado en 2003), hay fragmentos peculiares en prosa musical, “bloques rítmicos”, como el poeta mismo gusta de llamarlos en ese conjunto de ensayos breves y certeros que es El cuerpo de los símbolos.
“Viene el olvido”, “Ira”, “Más allá de la sombra” y “Claridad sin descanso” son los peldaños que conducen a la hoguera final de los recuerdos en “Arden las pérdidas”; hoguera dolorida que, no obstante, es amorosa. Muchos años antes, en Sublevación inmóvil (1960), ya había asumido Gamoneda la purificadora necesidad de ese dolor: “De ahí, de mirar la vida / desde lo oscuro, viene / este amor invencible”.
“Viene el olvido” es una tensión agónica entre la memoria y el presente, y a la vez entre el presente y los presagios de la muerte. Gamoneda sintetiza sutilmente la tradición entera del pensamiento occidental, en la que el hombre aparece como el mortal y, a la vez, como el hablante: es el animal que tiene la facultad del lenguaje (con Aristóteles) y el animal que tiene la facultad de la muerte (según Hegel). El poeta persigue rastros lacerantes del pasado (“busco las manos de mi madre en los armarios llenos de sombra”); la inminencia de la desaparición se catartiza y transustancia en el lenguaje (“La luz es médula de sombra: van a morir los insectos en las bujías del amanecer. Así / arden en mí los significados”). En “Ira” se renuncia expresamente al bálsamo calmante del olvido; es una evocación consciente de los ultrajes del pasado, del dolor y la miseria de unos tiempos arduos. Ante la injusticia, el olvido o el consuelo carecen de sentido. “Ira”, pues, es poesía del compromiso (cuidado, compromiso en Gamoneda no equivale a dogmatismo), sin renunciar al tono íntimo, de experiencia personal (“De las violentas humedades, de / los lugares donde se entrecruzan / residuos de tormentas y sollozos, / viene / esta pena arterial, esta memoria / despedazada. / Aún enloquecen / aquellas madres en mis venas”). “Más allá de la sombra” es una contemplación de la consumación de la pérdida, la memoria trascendida (“Me he extenuado inútilmente / en los recuerdos y las sombras”). En “Claridad sin descanso” el poeta retrata lo que aguarda más allá del término de todo; el poeta acepta su actual estado como un suceso en que la visión se clarifica y todo adquiere nitidez (“Así es la vejez: claridad sin descanso”).
Los poemas dedicados a Cecilia son un renacimiento esplendoroso: “Bajo los sauces / yo te llevo en mis brazos y te siento vivir. / Después salimos a la luz y, por primera vez, / tú ves el cielo y lo señalas y lo nombras. / Es verdad, en el extremo de tus manos, / el cielo es grande y azul”. Estremecido temblor de Gamoneda: cuándo dejarás de sorprendernos.

El espíritu de Fort Robinson

RAS

        Friederich Trumpf, abuelo paterno del actual presidente de los Estados Unidos, llegó a Nueva York con 16 años, procedente de Baviera. Al arribar a Manhatan, fue confinado en el Castle Garden, un edificio de piedra con aspecto de prisión en forma circular, que funcionaba como el primer centro de recepción de inmigrantes del país. Hacía tan solo 9 años que, en 1876, el 7º regimiento de caballería, al mando del teniente coronel George Armstrong Custer, había sido derrotado y humillado en Little Big Horn por un poderoso ejército cobrizo liderado por Caballo Loco y Toro Sentado, dos respetados jefes sioux. De carácter indómito, Caballo Loco, que previamente había participado en la masacre de Fetterman, fue apresado y encerrado en Fort Robinson, donde murió a bayonetazos de sus carceleros un año después. Por su parte, Toro Sentado, reconocido como chamán y líder espiritual de los lakotas, recorrió diversas reservas hasta recalar en la de Standing Rock, en Dakota del Sur. Allí murió, en diciembre de 1890, acribillado por policías reclutados de entre miembros de su propia tribu. Un par de semanas más tarde, tras cerca de tres siglos de enfrentamientos entre los nativos y las diferentes potencias colonizadoras europeas, terminaban las guerras indias con la masacre de Wounded Knee, donde los soldados norteamericanos asesinaron a cerca de 300 lakotas bajo el mando del jefe Pie Grande, de los que casi dos tercios eran mujeres y niños, después de que los indios iniciaran un ritual místico conocido como the Ghost Dance.

        Es probable que el joven Friederich tuviera la ocasión de leer en los periódicos neoyorquinos el relato de las últimas escaramuzas de las guerras indias, prácticamente mientras se estaban desarrollando, aunque desconocemos cuál sería su mirada hacia aquellos indígenas de piel oscura y gesto inescrutable, cuya imagen seguramente contemplaría en algún daguerrotipo de la época. Sin embargo, no parece haber duda alguna de cuál es la de su nieto, al que ha bastado una generación para olvidar sus orígenes. También él ha tenido la oportunidad conocer la historia reciente de los conflictos raciales en su país, ahora centrados en la población afroamericana, especialmente desde el «verano rojo» de 1919, cuando en más de 30 ciudades norteamericanas se produjeron graves enfrentamientos entre blancos y negros, tras el regreso de los segundos como carne de cañón utilizada en la primera guerra mundial, rivalizando por puestos de trabajo y viviendas, previamente ocupados por los inmigrantes de piel blanca procedentes de Europa.caricatura_trump

          Desde su posición de constructor de éxito y empresario del show business metido en política, Donald Trump ha podido vivir de cerca las últimas muestras del odio racial que impregna el alma más turbia de la sociedad wasp. Unos años antes de su toma de posesión como presidente, dos jóvenes negros —Eric Garner y Freddie Gray— morían como consecuencia de la violencia policial; el primero asesinado por estrangulamiento en Nueva York, en julio de 2014; el segundo, en Baltimore, en abril del año siguiente, tras entrar en coma mientras era conducido en una furgoneta policial. Ahora ha sido en Minneapolis, donde George Floyd ha muerto bajo la rodilla de un policía blanco ante los ojos del mundo, utilizando ese método tan eficiente que tal vez aprendan los agentes de élite en los talleres de verano que imparten expertos israelís en los alrededores de Gaza. Agazapado cual conejo en el búnker de la Casa Blanca durante la noche, Donald Trump, en forma de vurdalak a la inversa, sale de día para amenazar con su libro sagrado en una mano, la bandera en la otra y el 7º de Caballería detrás, mientras es jaleado por la extrema derecha española como muestra actualizada del pensamiento fascista.


La aventura equinoccial de Rafa de Alonso

    RAS, Rafael Alonso Solís, nació en la calle Leganitos, en Madrid. Sin embargo, eso no le valió para formar parte del trío La La La que ayudaría a María de los Ángeles Santamaría Espinosa a ganar Eurovisión en 1968. Aquel contratiempo juvenil le forjó un carácter tenaz y responsable que le ha hecho universalmente respetado en el mundo de la ciencia. Por aquella época ya era un joven licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Complutense y consiguió una beca de ampliación de estudios en la Universidad John Hopkins, en Baltimore, USA. Debido a sus conocimientos en fisiología humana en el espacio inter-galáctico es reclamado con urgencia, en 1970, por la NASA y tras recuperar con éxito a la tripulación del Apolo XIII —Houston, tenemos un problema. ¿Recuerdan?— amplía brillantemente sus estudios de medicina. Es entonces cuando conoce al capitán Willard, con el que comienza una bonita amistad que perdura actualmente. Regresa a España, son los tiempos de la Transición Democrática y emprende, a pesar de sus estudios, la profesión de periodista formando parte de la Banda de los Cuatro, una agencia de noticias que proveía de fotografías y reportajes a la prensa de entonces. Ya saben, todas revistas serias: Hermano Lobo, Interviu, La Codorniz, Por Favor, El Jueves…

Pero aquello de la prensa basura madrileña no florece y como echa de menos sus conocimientos retoma su profesión de médico y se traslada a Tenerife a finales de los 70, donde empieza una carrera de investigador, docente y vice-rector que le lleva a alcanzar las más altas cotas de la Universidad de la Laguna. Además, sigue escribiendo semanalmente columnas en varios periódicos chicharreros y tiene publicadas muchas novelas de intrigas en las que un personaje diabólico se dedica a matar en serie a todo aquel que no se cree su biografía.


[En la fotografía del friso superior aparece RAS junto al capitán Willard y el coronel Kurtz en un lugar no identificado del barrio de Leganitos.]


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En este enlace pueden obtener más datos de RAS, incluso descargarse sus escritos (parte, no todos):

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Encuentros en la tercera fase

Los puentes del Guadarrama

El amor en los tiempos del virus VI

Texto de Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

     —Ninguna mujer deja a sus hijos y se marcha con un desconocido por muy enamorada que esté de él, por muy cachonda que le ponga.

     —¿Y si su marido es un palurdo sin atractivo alguno y vive en un pueblo olvidado, sin ningún porvenir?

     —Ni por esas, por muy Harry Callahan que sea el amante, una familia es una familia, sacrificas todo por tus hijos: la felicidad, tu trabajo, el futuro, incluso los polvos. Todo.

     —¿Ni por un millón de dólares?

     —¡Un millón de dólares!, ¿dices?

     —Sí, un millón de dólares, baby.

     —Por un millón de dólares una mujer o un hombre dejan hasta de ser amantes. Tanto dinero es incompatible con el amor.

      —Bueno, el dinero es un conflicto entre lo racional y lo irracional, entre el bien y el mal. El amor o la pasta. No siempre triunfa el bien en el corazón humano. A veces, el lado oscuro se impone al ángel bueno de nuestra naturaleza.

      —Todos tenemos un precio, mejor no exponerse, no llegar a saber nunca lo que vale nuestro amor.

     —El amor es un veneno que embauca los sueños, un engaño efímero. La pasta primero. Todo por un puñado de dólares.

     —Tanta pasta te convierte en un caracol deslizándose por el filo de una navaja, resbalándose entre el deseo y la conciencia.

      —Si te ciega la pasión te convertirás en navaja y te cortarás las venas de la dignidad.

     —El amor venéreo es efímero, flor de un día. Puedes quedarte sin el perdón y sin aquellos que fueron tuyos.

     —Tranquila, Carmelita, nadie nos va a tentar jamás con esa cantidad. Seguiremos en la virtud.

     —A veces hay que soñar con un príncipe azul, con una princesa de zapatitos de cristal, aunque el príncipe destiña o los zapatos se hagan añicos en el baile. Pura mística. Mystic river.

     —La vida es soñar en los tiempos del virus. Es peor la soledad que la enfermedad.

     «¡Qué maldad, puta humanidad!, ¡qué maldita es la vida!  Por qué… —por la ventana abierta se cuelan los gritos rotos de un borracho que vocea descompasado por el parque. Es el único habitante del barrio que se ha saltado el confinamiento. Se tambalea. Se sienta en un banco y grita tanto que desde los balcones los vecinos le graban con sus móviles entre risotadas— ¡Ya lo sé Manuel!… no se entiende, habla bien, Manuel… te quiero a ti. ¡Por dios, te quiero a ti y todos se están muriendo!».

     —Era un hombre atractivo, las mujeres del barrio se volvían a mirarlo, ahora es una ruina, el pobre Manuel no tiene quien le escriba en su banco de indigente. Ni ropa de mujer tendida en el balcón. ¿Por qué has puesto ahí mis bragas?

     —Tender tu ropa interior ha sido como izar la bandera de la libertad, de la esperanza, del amor, el antídoto contra la soledad. Un sujetador y dos bragas cruzadas agitadas por el viento, el pabellón de los bucaneros del amor.

     —Por fin hemos salido del encierro. Alguien comparte tu existencia, aunque sea en la cuerda de tender la ropa.

     —Mi vida se ha llenado de ropa de chica. Ha salido el sol. Antes sólo había calzoncillos y camisetas viejas.

     —En la Gran Vía se pone, o se ponía, cualquiera sabe, una pobre mujer. Está ida, te vendía peluches que ella misma tejía tirada en la acera entre alaridos estentóreos. Gritaba como una posesa en mitad del caos de la gran ciudad. Nadie la escuchaba. Me acerqué y le compré un osito, una limosna. Qué habrá sido de ella. ¿La habrá liquidado el virus?

Osito

     —Es un virus democrático, nos ha reducido a todos a la condición humana. Nos ha sacado nuestras vergüenzas. No somos más que pura mierda.

     —Tal vez sea la novia de Manuel. Tal vez sea ella. Tal vez sea por ella que llora. Sí, se entiende. ¡La quiere a ella, por dios! ¡La quiere a ella! ¡Y todos se están muriendo!

     —El príncipe azul desteñido y la princesita que perdió su zapato. Sin final feliz, la muerte tenía un precio. Aún más sin techos.

     —Hemos pagado muy alto el precio del desamor. No hay diferencias entre buenos, feos y malos.

     —Comíamos en una taberna por Cuatro Caminos. Los mejores callos y berenjenas fritas de Madrid. La Encarnación. Un vino recio de Valdepeñas. Julio tenía mesa reservada bajo una columna. Era un señor mayor, comía frugalmente, alto y delgado, siempre elegante. Parecía un histórico del Comité Central. Podría haber pasado por Azcárate, por Claudín, tal vez por Carvalho si MVM no se hubiera jubilado en Bangkok. Quién sabe. Después lo encontraba en la Filmoteca en la sesión de las ocho. Selecto, siempre elegía bien: Gran Torino, American Sniper, La mula, Cartas desde Iwo Jima…  Qué habrá sido de él, ¿habrá sobrevivido al virus?

     El borracho se ha derrumbado en el banco. Un paseante le mira con asco desde su mascarilla. Debe ser la hora del paseo porque el parque se ha llenado de niños. Las mamás los retiran alarmadas de aquella masa de carne perdedora.

     —Por qué fotografías puentes. Los puentes son materia, acero frío y hormigón, líneas rectas sin sobresaltos. La mujer, lo contrario: recovecos, rugosidades, curvas infinitas. Cualquiera como tú fotografiaría chicas, posarían para ti encantadas. Un truco fácil para ligar.

     —Los puentes están ahí, como las montañas que decía Mallory. Comunican a las personas, salvan obstáculos, acercan a las gentes, no tienen escondrijos, son espacios abiertos, pasan por ellos las epidemias y los hombres, el amor y los silencios, por eso los fotografío. Me siento Invictus, le gano la batalla al virus. Los puentes de Madison. ¡Qué bonitos! El National Geographic, los reporteros no ligan nada, es mentira. Un puente lo construyen los hombres. Julio César cruzó a caballo el Rubicón porque no tenía puente, porque le movía el ansia de Cleopatra. De haberlo tenido no hubiera sufrido la traición de Marco Antonio y hubiera llegado antes a Roma. En todos los puentes están Julio César y Cleopatra, o Eastwood y Meryl Streep. O el general Rojo atravesando el Puente de los Franceses para reunirse con su mujer, Teresa Fernández. O tal vez cada puente lo cruce Julio y el Comité Central, o Azcárate, o Manuel en busca de la loca de los ositos de la Gran Vía. O el bueno del poncho y el feo y el malo. O Pepiño huérfano. Cruzo el puente y te envío un mensaje desde la otra orilla: Viens, je suis là, je n’attands que toi, tout est possible tout est permis. El pabellón del amor, un tetero y dos bragas cruzadas pavoneándose en el palo mayor del San Juan Nepomuceno, y veo a don Cosme Churruca en el puente de mando, navegando el humilde Guadarrama por el amor a la ilustración. Cruzar el puente, habitar el otro lado del espejo espurio y dejar atrás la soledad, el encuentro en la tercera fase con la carnalidad de tus deseos queridos.

Los puentes del Guadarrama