Rafael Alonso Solís

A María Isabel Quiñones –Martirio para el arte, que siempre me recuerda a mi amiga Julieta– le acaban de dar un premio, y cuando uno andaba dándole vueltas para escribir sobre el fin de siglo y el crepúsculo de los mitos, su voz rompe la pana desde la radio entonando “Ojos verdes” y me obliga a cambiar de registro. En los años cuarenta, Rafael de León –marqués del Valle de la Reina y del Moscoso, conde de Gomara, y poeta de la Generación del 27– escribió un sutil y ambiguo poema de amor, inmenso y eterno por la fugacidad del instante perdido, componiendo, junto a Antonio Quintero y Manuel Quiroga, la copla más hermosa que jamás se haya  cantado en castellano. Dicen que, por aquella época, Concha Piquer y Miguel de Molina se disputaban el cetro de los cantes, desde los colmaos de un Madrid que trataba de recuperarse a los escenarios del Price o el Calderón, pasando por los turbios rincones de la aristocracia que había financiado el vuelo del Dragon Rapide y se enriquecía comerciando con penicilina de estraperlo. Mientras que la Piquer cantaba la copla con la limpieza de su garganta, Molina la imbuía del misterio que emanaba del amor prohibido. Una noche, desde el segundo piso del teatro en el que actuaba, alguien le gritó “marica”. martirio_webSin inmutarse y acariciando la flor con la que adornaba sus rizos entintados, Miguel respondió: “marica no, maricón, que suena a catedral gótica”. Sin ser flamenco, sino copla –ya se ha dicho más arriba– “Ojos verdes” tiene la capacidad de incorporar jondura y dejar entrever el suspiro de sensualidad de su letra. Pocos intérpretes del género se han resistido a incluir esta canción en su repertorio, si bien con resultados muy diferentes. Puede que la peor versión sea la de Raphael, incapaz de evitar su estilo amanerado y sus aires de marica de terciopelo. Entre las mejores, yo  me quedaría con dos, que destacan por el hecho de que la personalidad del intérprete se hunde en la tragedia apenas sugerida y la hace totalmente suya, como si fuese la primera vez que se entona. Una es la de José Salazar, Porrinas de Badajoz –genial cantaor extremeño que se anunciaba como marqués de Porrinas, padre biológico de Azúcar Moreno y los Chunguitos–. Porrinas cantaba “Ojos verdes” por bulerías, acompañado por la guitarra del Niño Ricardo, y conseguía que una copla alcanzase la categoría de cante grande gracias a la profundidad de su toque de garganta. La otra, sin duda alguna, es la de Martirio: original, rasgada, más suya que de nadie y ejemplo de iconoclasia con guiños de peineta y marujeo. Pero hay una tercera que no necesita de música ni sonido de cuerdas, pero que está impregnada de amargura contenida, con la carga de melancolía dramática que tiene el amor efímero. No es una canción, sino un comic gay, y el autor es Nazario de Luque, el insolente creador de Anarcoma, tan icono de los ochenta como su autor.

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Rafael Alonso Solís, MD, PhD
Prof. of Physiology and Institute Director
Institute of Biomedical Technologies
Center for Biomedical Research of the Canary Islands
University of La Laguna

María Isabel Quiñones Gutiérrez, Martirio, ha recibido el pasado lunes, 28 de noviembre, el Premio Nacional de Músicas Actuales, que concede cada año el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte

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