Gabriel de Araceli (Texto y fotos)

   Sale San Sebastián en procesión para anunciarnos que ha pasado ya un mes del invierno. Es San Sebastián un santo guaperas y un tanto descocado, que se pasea sin pudor y enseñando heridas de saetas carmesíes en el pecho, en las piernas, en el abdomen, en los muslos… Algunas señoras, doña Rosita, doña Pilar, que contemplan la desnudez efébica de la talla camuflan una súbita animación en la entrepierna: «¡Qué guapo es mi santo!» piensan en un arrebato confuso entre beatería y cosquilleo. Los paracas homenajean al santo con trompetas y tambores, tan tiesos y marciales que parece que se han tragado un sable, pues fue Sebastián centurión romano, algo díscolo y malmandado, que le dijo no a Diocleciano en eso de perseguir cristianos._DSC0015_web

     —Y lo que tuvieran o no tuvieran Irene y él, qué más da —secretea en un aparte doña Rosita—, porque con ese cuerpo serrano es normal que algo tuvieran, ¿no?

     —Pues sí, algo tendrían, que la carne es débil. Yo lo siento por Cástulo, el marido, su protector ante aquella legión de gladiadores de flechazo fácil —responde doña Pilar—, que es el que peor lo pasaría. Le metes en tu casa y se lía con tu mujer. Ya se sabe, el hombre es fuego, la mujer estopa y llega el diablo y fu… sopla._DSC0026_web

     Se ríen doña Rosita y doña Pilar, ja, ja, ja, ji, ji, ji. Y don Crescencio, el cura párroco las recrimina con una mirada avizor sus alegrías.  «¡Qué cura más antipático es este!» piensa doña Rosita. «Pues a mí no me importaría que algún paraca de estos me tocase la trompeta» piensa doña Pilar. Abriendo la procesión marcha un abanderado, o empendonado que lleva la cruz como si fuera un escudo, barbudo mitad Cristo, mitad Jorge Cafrune. Y en las alas monaguillo y monaguilla. Será por la igualdad de género, que la archidiócesis se ha puesto en esto muy equiparable. La banda de la brigada paracaidista dale que te pego al parche y a los metales, los vecinos con traje de domingo. San Sebastián calladito, apoyado en el olivo, naranjitas y limones en el armón.

     Suuuiiiiiii… ¡Paf! Suuuiiiiiii… ¡Paf! Y venga cohetes y cohetes, que todo es quemar pólvora y regueros de humo como lagartijas que huyeran por el cielo. Los procesionistas a lo suyo, jolgorio y palabritas, las señoras cuchichean por más que don Crescencio las mire y las remire.

     —Apunta bien, macho — le sueltan a José Antonio, el cohetero—, que le vas a dar al alcalde. Y José Antonio, el cohetero, aumenta el ángulo de salida y le acerca un puro al cohete, que traza una parábola descendente y ¡pan! Explota encima del paso. La caña le atiza al santo en el cogote, ni pestañea, mirada al cielo, enamorado de Irene desde hace tanto. Don Crescencio echa chispas por los ojos, casi tantas como los cohetes.

     Están llenas la historia y la geografía hispánicas de sansebastianes, o de santiagos matamoros, o de reconquistas, de espantos de turcos o caudillos bajo palio, que entre espadones y sotanas reina confusión y no está bien deslindado lo civil de lo divino y todo se mezcla en procesión exhibicionista de estandartes, de muslos y reliquias.

     —Vendrá usted al chocolate de la hermandad, ¿verdad, don Crescencio? —le previene doña Pilar al cura.

     —Iré, hija, iré —se ríe el cura redentor.

     «No sé que pensará Pilar, pero a mí no me importaría que alguno de estos paracas me tratara como san Sebastián a Irene» piensa para sí doña Rosita._DSC0128_web

  [Las fotos, tomadas en Boadilla del Monte, Madrid, pertenecen a las procesiones de San Sebastián de los años 2016, en las que aparece la banda de la Brigada Paracaidista, y 2018.]

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