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Lo del madero con el muchacho parecía algo personal. Le estaba pegando tal somanta de hostias que incluso dos señoras a las que la manifa las pilló por sorpresa le recriminaron su violencia: «¡Pare, pare, que es un niño!» gritaban las viejas. Y él madero dale que te pego. De nada valían los gritos de una chica de edad parecida que increpaba al antidisturbios por su rudeza. El madero levantó el casco, o lo que había debajo y paró de aporrear al chaval tirado en el suelo. Una docena de televisiones y fotógrafos le apuntaban con sus cámaras con cierto regocijo por las imágenes que pillaban. «No pares, sigue, sigue» parecían decirle excitados los periodistas, pero el antidisturbios no supo qué hacer ante aquella masa de medios de información y con gesto vacilante y sorprendido se quedó quieto apenas los dos segundos en los que el chaval se levantó y salió por pies. El madero reculó indeciso, llegó otro madero y se lo llevó a una lechera.

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–Enhorabuena, ¡este es mi Terry! –y Terry Mangino recibió el beso en la nuca, el abrazo y el restregón prolongado que Carmelita Flórez le propinó con una alegría femenina–. La foto era cojonuda, The New York Times reproducía en su primera página una imagen en la que un niño recibía los golpes de un elefante-policía a pesar de la oposición de una niña y dos señoras protestando con las manos en alto. “The spanish police turn violent. Madrid, Spain, Terry Mangino, The Associated Press” decía el pie de la foto que el reportero consiguió el día anterior en la Carrera de san Jerónimo. Terry Mangino miró unos segundos más la foto, se rascó la nariz, dirigió una mirada agradecida a Carmelita y tecleó L h a r d y. Lo que realmente le gustaba a Mangino. Con lo que le pagaran por la foto quizás pudiera invitar a la Flórez a “Merluza a baja temperatura con emulsión de tomate y camarones”, su plato preferido desde que vino de Libia. Sí, seguro que le pagarían más de 38 €.

Terry Mangino había cubierto la primavera árabe para la Associated Press. Empezó en Túnez con la caída de Ben Alí, después se fue a Egipto, a la plaza de Tahrir, a ver como un monolito inamovible caía como una plomada. Hosni Mubarak se derrumbó como un ídolo de barro a pesar del terror genocida que desplegó durante décadas. Y de ahí se marchó a Libia, donde a punto estuvo de inmortalizar la muerte de Gadafi de no haber sido por una borrachera de hachís que pilló el día de antes. Después supo que la fumata de chocolate que le dejó KO fue una zancadilla en la que cayó como un inocente. Reuters publicó la foto. Pero se lo tomó con deportividad. La carta de Lhardy le hacía olvidar ciertas cosas: Chipirones en su tinta; Tronco de rape con mantequilla negra; Entrecotte Maitre d´Hotel; Turnedor Rossini… «Sí –pensó Mangino– la vida puede ser maravillosa».

The spanisch police turn violent. Carrera de San Jerónimo, Madrid, Spain, Terry Mangino. Associated Press.

The spanisch police turn violent. Carrera de San Jerónimo, Madrid, Spain, Terry Mangino. Associated Press.

Carmelita Flórez se aplicaba en el teclado con entusiasmo. Terry la miró sorprendido porque Carmelita Flórez era profesora en la facultad de periodismo y era la primera vez que la veía consultando páginas pornográficas. Unas tetas enormes no menos que las pollas parecían emerger de la pantalla del ordenador. La Flórez siguió tecleando y mirando aquel espectáculo con curiosidad de entomóloga. Levantó la cabeza y al ver la expresión de Mangino le entró la risa.
–¿Me espías?, cariño –le dijo. –Es que tengo que preparar una clase sobre la libertad de expresión y los límites que el poder impone y nada mejor que la pornografía. Mira –le dijo a Terry–, tecleas Nacho Vidal y salen decenas de páginas asociadas a ese nombre.

Y Carmelita tecleo N a c h o V i d a l y la pantalla del ordenador se llenó en milésimas de segundo de una verdadera bacanal de imágenes pornográficas que reclamaban la atención del lector con promesas inmediatas de satisfacción y de menciones absurdas sobre la privacidad del porno-actor: «Nacho Vidal se arregla la herramienta de trabajo». «Nacho Vidal resuelve el misterio de su pene curvado». «Nacho Vidal da un giro a su vida: deja el porno tras el abandono de su mujer». «Nacho Vidal se lamenta: Mi mujer me ha echado de casa». Los dos amigos se miraron con cierta resignación.
–Sin embargo, si tecleas Libertades Públicas apenas si aparecen áridos textos académicos y jurídicos en una proporción infinitamente menor que los dedicados al actor porno.
Y así era, la pantalla se llenó de definiciones rigurosas sobre los derechos del individuo y la pugna que mantenía contra el poder que intentaba recortárselos. Carmelita siguió muy didáctica.
–Supongo que será porque el individuo tiene tanta necesidad de sexo como de libertades, pero mientras que el placer sexual es tangible e inmediato las libertades públicas son un concepto abstracto difícil de aprehender con la mano, no son una polla o una teta y al ciudadano le cuesta comprender que le va en ello su libertad personal.

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Los dos se miraron mientras la sonrisa cínica de Nacho Vidal les miraba desde la pantalla.
–Es una estrategia del sistema, una diversión. Te da sexo, o la ilusión de sexo, enlatado y falso porque así no reclamas libertad, una forma de desviar la atención del ciudadano sobre el verdadero interés, sus exigencias de justicia e igualdad y conciencia social.
Carmelita representaba muy bien su papel de profe, Terry era ahora su auditorio y le soltó el rollo que tenía preparado para esa tarde.
–El protagonista actual en nuestra realidad social no es el libertador que emprende una revolución, no es el pensador que con su crítica provoca en el ciudadano una reflexión, o el científico que con su ciencia produce beneficios para la sociedad. No, el protagonista ahora, el malvado protagonista que mueve los hilos del destino común es el embaucador, el villano, aquel que con su actuación de cómico malo nos engaña a todos prometiéndonos un bienestar inexistente. Políticos, periodistas, curas, profetas, visionarios nos están ofreciendo un paraíso falso en el que nadie confía. Por eso la gente da la espalda a las libertades públicas y se marcha al paraíso virtual del sexo, a visitar las páginas de Nacho Vidal. Porque cree que en la visión clandestina de la fornicación ajena obtendrá la compensación por las libertades que el poder le quita a diario.

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–No entiendo muy bien dónde quieres llegar –le soltó Terry.
–Vi un vídeo en el que cuatro señoras elegidas, ya maduras pero de buen ver, acudían a un casting. El objetivo era fornicar con Nacho Vidal, pero antes las sometían a un pequeño interrogatorio en el que ellas, todas en ropa interior exquisita, expresaban sus razones para aparecer en la pantalla de aquella forma tan… desnuda. Bueno, todas se quejaban de su miserable vida sexual, ninguna parecía satisfecha de sus existencias y sólo de pensar en el premio que Nacho las proporcionaría sus rostros se emocionaban y las compensaba de la vergüenza de aparecer ante las cámaras. En el fondo estaban hartas de la vida de engaños que el sistema les había dado.
Terry se rascó la nariz, pensó que en Túnez, en Egipto o en Libia también internet estaba lleno de pornografía a pesar de que habían hecho la revolución. Pensó que tampoco andaban allí muy sobrados de libertades públicas. Carmelita continuó su discurso.
–Cuando Nacho Vidal, o mejor aún, la polla de Nacho Vidal apareció en escena a todas se les iluminó la cara. Todas presentes contemplaban como Supernacho las arremetía una a una con singular destreza. Parecía que sus vidas cobraban un nuevo sentido, que habían conseguido el objetivo tanto tiempo esperado, que por fin algo merecía la pena, que llegaban al edén. Supernacho sudaba y resoplaba, pronunciaba obscenidades y brutalidades machistas que ellas se tomaban como piropos. Todas quedaron aparentemente satisfechas y Supernacho, torero, torero, saludaba desde el centro de la escena como un matador que se hubiera enfrentado a cuatro vitorinos.
Terry seguía sin entender muy bien todo aquel rollo del Nacho Vidal y de las libertades. Cuando hacía fotos nunca pensaba en si tenía enfrente una polla o un madero. Él hacía fotos porque con ellas podía invitar a merluza a su novia Carmelita, porque sí, porque la gente, las cosas estaban ahí y él las fotografiaba. Como las montañas que escalaba Mallory, estaban ahí y él las subía. Carmelita continuó la clase.

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–Mientras que el sistema, las autoridades, el gobierno tratan de restringir libertades y amordazar el derecho de expresión, o de suprimir la cultura o la educación o de destruir el estado del bienestar nos entretienen con vídeos pornos o con televisiones basuras o con mascaradas nacionalistas o desfiles militares para ocultarnos la realidad en la que vivimos y la ineptitud de los gestores. No han cambiado tanto los tiempos, en Roma eso mismo lo practicaban los césares hace dos mil años.
Hubo una pausa, la pantalla se fue a negro. Carmelita veía que Terry era en el fondo igual que sus alumnos, se distraía después de cinco minutos de sermón.
–En la actualidad el poder tiene ministros que pasarían desapercibidos con Franco. La historia es pendular y ahora bascula de nuevo hacia la negritud del abismo. Las únicas migajas de libertad que hemos conseguido han sido las de la pornografía, las del sexo diferido y eso ya lo tenían los animales desde el momento mismo en que aparecieron en la Tierra.
Carmelita tecleo en el ordenador y la foto de Terry del madero apareció en la pantalla. Ahora la recogían en primera en varios periódicos digitales, en EL PAÍS, en PÚBLICO, en la web de RTVE. Miraron la pantalla complacidos.
–Debe ser que como la ha dado The New York Times se sienten en la obligación de sacarla –dijo Terry riéndose. –Sí, eso debe ser, seguro que en USA tendrán su Nacho Vidal oriundo –dijo Carmelita.

Terry cogió sus cámaras y se despidió de Carmelita con un abrazo reconfortante. Había una protesta frente al Congreso de los Diputados. Pensó que con un poco de suerte lo mismo conseguía invitarla, además, a “Tronco de rape con mantequilla negra”.

A Rosa María García, profesora de Libertades Públicas en la Universidad Complutense, Facultad de CC Información
Gabriel Araceli

© Fotografías: Ángel Aguado López & Terry Mangino


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