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Por el bulevar de los sueños rotos…


Mientras que en el 68, en París, La beauté etait dans la rue nosotros estábamos aplaudiendo a Massiel ganando Eurovisión. No es que fuese reprochable la magnífica actuación de Massiel en Londres, ni mucho menos, aupada por el esfuerzo oculto que realizó don Manuel (Fraga, ¿se acuerdan?, aquel señor que tenía todo el estado en la cabeza). ¡Ay, soñábamos con ser parte de Europa.

Y nos creímos europeos porque tuvimos el AVE y el ejército participaba en misiones internacionales y las carreteras pasaron de ser trincheras a autopistas y ganamos un montón de títulos futboleros y nos comprábamos una segunda y una tercera vivienda. Pero despertamos amargamente de aquel sueño y había que echarle la culpa a alguien, al extranjero. Ahora, parece que el sueño de la Europa de los doce se ha roto, incapaz entre otras cosas de gestionar esa avalancha de desheredados fugitivos que buscan un poco de paz y un lugar donde poderse lamer las heridas de las guerras. ¿Qué hacemos con ellos? Un verdadero problema para nuestras autoridades, a las que Italia niega la opción de elegir a los refugiados según sea el color de sus ojos o su piel o su forma de vestirse o su religión. Tú eres blanco, p’a mí; tú eres moro, fuera; tú eres negro, fuera; tú eres católico, p’a mí; tú eres musulmán, fuera.
¿Qué queda del Territorio Schengen? De momento las fronteras siguen abiertas y permiten el tránsito de esos ciudadanos privilegiados pertenecientes a la Europa de los doce, o de los veinticuatro. Pero Caronte vigila la llegada de intrusos, y aquellos que no han naufragado en la laguna Estigia serán pronto llevados al averno, donde el can Cerbero de Bruselas los mantendrá a buen recaudo.

©Para todas las fotografías Ángel Aguado López


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