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Ayer por la tarde hacía mucho frío y llovía en París. El invierno llegó de golpe. Aún así decidí salir al centro, por primera vez tras los atentados, otro sábado de encierro hubiese sido insoportable.
Pensaba hacer mi modesto homenaje a las víctimas recorriendo a pie uno a uno todos los lugares atacados, a modo de peregrinaje.
Comencé visitando la Place de la République, una gran muchedumbre rodeaba la orgullosa estatua que con su brazo en alto parecía querer decir que Paris no se va a doblegar a pesar de las heridas. “Même pas peur” se podía leer como un mantra por varios carteles.IMG-20151121-WA0000_web
El primer lugar tiroteado que recorrí fue el café “La Bonne Bière” que está frente al Canal Saint Martin. Recuerdo haber paseado por allí en primavera con un París luminoso y florido. El contraste era brutal: flores, banderas, velas temblorosas, dibujos, fotos de gente que ya no existe y que me miraban con ojos suplicantes como buscando una respuesta a su muerte estéril. Y silencio, silencio respetuoso de los paseantes, curiosos unos, morbosos otros buscando el hueco de las balas por los cristales, pero conmovidos todos por esta sinrazón.

Después fui a otras terrazas masacradas. Le Carillon y Le Petit Camboye están enfrente, igualmente inundadas de flores marchitas, ahogadas por la lluvia, velas apagadas o exangües, carteles deslucidos y retratos implorantes que se multiplican por dos a ambos lados de la calle, espejo macabro. Una pequeña torre Eiffel emergía desafiante entre la montaña de recordatorios y amasijos de flores. Aún se puede leer en el cristal de Le Carillon “Happy hours de 18h a 20h” entre balazos disimulados con flores.
“Cuando volverá otro verano” pensé recordando a Fernando Fernán Gómez en el final de “Las bicicletas…”
Me dirigí luego, con cierta aprensión, caminando por el Boulevard Voltaire hacia la sala Bataclan. No eran muy numerosos los parisinos que me crucé para ser un sábado por la tarde, parecía que los turistas también habían desertado de la ciudad.IMG-20151121-WA0004_web
La entrada de la sala Bataclan apenas se puede vislumbrar por las vallas y precintos pero aún se veía el anuncio del concierto de Eagles of Death Metal, premonitorio nombre. Inimaginable el terror que se pudo vivir en su interior hasta acumular más de 80 víctimas. Contemplé con escalofríos la calle acordonada por la que se descolgó la mujer embarazada, la puerta trasera por donde huyeron pisoteando cadáveres los que consiguieron escapar al horror. En esa misma calle un vecino murió por una bala perdida que entró por su ventana y fue descubierto días después. ¿Existe una muerte más absurda?
Flores, más flores, silencio, frío, un grupo de personas entonan canciones pacifistas y desfile de sombras ante los recordatorios ajados por el viento y la lluvia. Dolor y resignación en los rostros.

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Acabé mi periplo en el café “La Belle Équipe” de la rue Charonne. El mismo espectáculo y la misma incredulidad, ¿aquí, en esta calle cualquiera, en esta terraza en ángulo, cubierta de flores han muerto 18 personas? Estupefacción, incomprensión. Rabia.
Regresé a casa pensando ¿Para qué esas 130 muertes injustas? Tantos sueños truncados por estar en el mal momento y en el mal sitio. ¡Qué ingrata es la vida! Pero hay que seguir transitando por ella luchando contra la barbarie y las balas perdidas.


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Calle posterior a la Sala Bataclán, por aquí huyeron los afortunados que escaparon de la carnicería.

Ana María Pulido Infante (París, 22 de noviembre de 2015. Texto y fotos)


 

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