Rafael Alonso Solís

Muchos años después de los anteriores me desperté bañado en sudor, con una fiebre helada castigándome los recuerdos y un fulgor de hastío abriéndose camino entre los huecos de mi anatomía. Detrás de mí se agitaba amenazante una sombra maléfica y sentí una angustia de fracaso por todo lo que me quedaba por torear. Por delante se atisbaba un portón negro como pozo sin fondo, tenebroso como el misterio e incierto como una confrontación con el maligno. Fue entonces cuando decidí enfundarme el terno en nostalgia y plata, y dirigí una mirada furtiva al pasado inmerso, al baño tibio de los recuerdos de alcoba, al rumor de colmena que suele habitar en el fondo del alma y tiñe en ocasiones la memoria en añil, las leyendas familiares en olor a fritanga y la educación sentimental en sones de verbena, misa de nueve y miércoles de ceniza. La tarde, loca de higueras por influencia de los poetas andaluces, se venía y devenía como si siempre fuese a salir el quinto de la tarde, con sus rizos asesinos, su llanto embozado y su capa de siglos. Fue entonces, también, cuando comencé a mirar los capítulos anteriores como preparación para la posteridad, cuando comencé a redactar con descuido una introducción para la muerte, que en el fondo es lo único que se acierta a escribir a poca lucidez creativa que pretenda sobrevivir a la fragilidad de los instintos. La palabra, en fin, las palabras, surgiendo impertérritas de un cofre dorado para ordenarse según las circunstancias de la anécdota o la inapelable imposición del azar. Porque sólo esa vestimenta moral podría permitirme una mirada nítida y tierna, capaz de contemplar el flujo de imágenes con el afecto de quien las ha vivido hace un rato, las lleva viviendo desde el origen y se sabe impotente para vivirlas de otra manera. Como si la vida fuera teatro, la muerte entreacto y la conciencia un telón de fondo que avisa sobre el inicio de la acción a ritmo de endecasílabos, a brotes de inocencia y a impulsos de un temblor cachondo que nace en el papo, restalla en el pubis y acaba impregnando el cerebro de fatalidad y misticismo. El primer viaje se anuncia así como antesala del último, y el transcurrir del argumento se adivina cadencia de amoríos, luz de milagros, soledad imprecisa que se hace sitio a gritos entre el fragor militante del invierno y el titilar desenfadado de las luciérnagas. La vida, en fin, o qué sé yo.imgp1688_copia_web

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