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Diálogo entre Carmelita Flórez y Terry Mangino (autor de las fotos)

—Es como si fueras a una cita con un antiguo amor al que hace mucho que no ves. Te pones tus mejores galas, unas zapatillas nuevas, una camiseta y un pantaloncillo que te han costado una pasta para estar guapo, para causar buena impresión, para gustarle una vez más. Pero, qué no vas a hacer por ella, por él. Y llegas a la salida con la misma ilusión y ansiedad con la que fuiste la primera vez que paseaste con él, con ella por aquel parque una mañana de primavera. Aún recuerdas como olía el Botánico lleno de flores, los tulipanes coloreaban los rincones donde os conocisteis, donde por primera vez estrechaste su mano, el sol llenaba de luz vuestros espíritus. Y los corazones, desenfrenados tras el primer beso, se aceleraron más aún en aquel banco a la sombra contemplando el estanque del Retiro. Cómo será esta vez, me reconocerá después de un año sin vernos, habrá química entre nosotros, será amable conmigo, le daré satisfacción te preguntas pensando en los cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros que durará el examen, el romance. Miles y miles de zancadas, dolores en las plantas de los pies, sudor, agonía, el corazón acelerado por el sufrimiento, hematocrito y ácido láctico disparado, dolor en las articulaciones, gritos de ánimo desde las aceras de un público anónimo, coraje, mucho coraje, la frecuencia cardiaca alteradísima, igual que aquel día, y su sonrisa al final tras el beso. La serenidad que da estar con el amante. Sí, la maratón…

Salida de la maratón desde Nuevos Ministerios, 8h 45′

—Sí, hay algo amoroso en esa relación entre el atleta y la distancia que recorrió Filípides para anunciar la victoria de Atenas sobre los persas. La necesidad de renovarse todos los días, de imponerse un reto, de abrazar el optimismo, de no caer en la molicie de la costumbre, sin saber muy bien para qué ni por qué, el afán de luchar contra el tedio de lo cotidiano, correr, correr, correr sin saber muy bien por qué, adelante, siempre hacia adelante, porque ella, él, la carrera de la maratón te da alas para seguir disfrutando de su compañía, de la vida. Hasta la victoria siempre, hasta el triunfo sobre mí, con mi voluntad de acero hasta la meta.

¡Madrid era una fiesta!, decía Hemingway, que sentado en una terraza contemplaba la carrera mientras bebía un vaso de aguardiente.

—Incluso la ciudad es más amable con el vecino. Por unas horas el tráfico se interrumpe al paso de los atletas. Y las calles de Madrid se llenan de un aire respirable, de amabilidad y vecindad ajenos al antipático trajín cotidiano. Son dos mundos los que trotan por las calles de la capital en busca de una marca, de un sueño, de una superación, de renovar el amor. Hay una mayoría de atletas, miles y miles sin más pretensiones que llegar a la meta, de llegar al final, al beso con el amante. Y hay esa élite mínima de espíritus etéreos africanos que se eleva, angélica, flotando sobre el asfalto, de zancada prodigiosa, de concentración interior, de esfuerzo fácil en la mirada agónica. Y oyes el silencio que trasmiten los corazones agitados de los atletas, los oyes, oyes sus pulsaciones como un tambor que sonara en una sala de música, como si interpretaran un concierto, un estruendo de compases armónicos bien afinados, bien ejecutados por la batuta de un gran intérprete, el atleta. Y cuando llegas a la meta después del calvario kilométrico, ¡hemos vencido!, te reúnes de nuevo en el beso, en el abrazo con el amor, con ella, con él, con la maratón.   

La carrera a su paso por el km. 31, en la Casa de Campo.

El keniata Mike Chematot, en la foto a la derecha, fue el ganador, con un tiempo de 2.08.46. Veinte añitos tiene la criaturita.

Fotos de Terry Mangino