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Novela extraña, ensayo histórico, denuncia de unos hechos alterados, crónica de un tiempo próximo anunciado como redentor (la transición) y que no fue sino el origen de nuestros actuales males, terapia psiquiátrica, recreación ficticia, inmersión en la memoria colectiva de los olvidados o investigación en una realidad trufada de fantasías y de invenciones de un fabulador torrencial y mistificador o todo a la vez sería la nueva obra de Javier Cercas: El Impostor.


Porque no es fácil definir el propósito de Javier Cercas al escribir esta obra a medio camino entre la verdad histórica, la ficción idealizada de un monumental cuentista y la realidad fantástica de unos hechos trágicos para la humanidad sucedidos en el pasado siglo y que ahora se recrea a través del anómalo y singular protagonista a lo largo del libro. Tiene el propósito de un reportaje largamente aplazado por el autor, que se excusa por su tardanza en escribirlo y que cuenta con el apoyo y amparo explícito de relumbrones de la literatura. Como Vargas Llosa, al cual cita Cercas en varias ocasiones, como Ignacio Martínez de Pisón, al cual también cita como si con el beneplácito de ambos pudiera discurrir la narración con salvoconducto ante un lector receloso de la historia. Porque es historia lo que en ella se cuenta, historia de un país, de un mundo atroz y cruel y de un personaje que deambuló por ellos con la inteligencia de un superviviente y el embrujo de un mago.
El mago Enric Marco, nonagenario fascinante y desmesurado personaje, testigo de una época brutal y opaca que trastornó al planeta y de la que él aprovechó los despojos para solicitar el amor o la atención o la curiosidad de sus semejantes para reponerse de la destrucción que la historia había hecho en el mundo, o en su persona.
No hay intención de desenmascarar o juzgar a Marco, no se ve en el libro deseo de persecución o de justificación de la impostura del viejecito. Hay necesidad de explicar los hechos anómalos que Marco inventa para beneficio propio, aunque pasada la estupefacción que causó en su momento la mentira de Marco y la crucifixión que sufrió el personaje no hay rencor hacia su impostura y sí necesidad de saber los porqués que le llevaron a semejante interpretación.
Recordemos que Enric Marco fue (aún vive, tiene 94 años) un anarquista y combatiente republicano durante la Guerra Civil (según él, no está probado, otro asunto aún sin desvelar en la intrahistoria del libro), que siguiendo sus impulsos de luchador por la paz y la justicia social fue un guerrillero perteneciente al maqui de Quico Sabaté, un histórico anarquista que se levantó en armas contra la dictadura de Franco y mantuvo una actividad guerrillera por el Ampurdá, con entradas y salidas por la frontera francesa hasta 1960, cuando fue abatido por la Guardia Civil en San Celoni. Enric Marco fue capturado y deportado desde Francia, donde residía como refugiado huido del franquismo, al campo de concentración nazi de Flossenburg, donde permaneció dos años hasta que fue liberado en abril de 1945 por los americanos. Presidió en Barcelona la Amical de Mathaussen desde 2002 a 2005, en la que acometió una fenomenal campaña de propaganda del holocausto y denuncia de las terribles vivencias de los prisioneros y atrocidades que sufrieron por los nazis, dando conferencias por colegios, institutos, asociaciones culturales, etc., llegando a pronunciar una en el mismo Congreso de los Diputados, en la que los propios diputados se emocionaron como nunca lo habían hecho antes, incluso la ministra Carme Chacón resbaló alguna lagrimita por su rostro sensible. Además de haber sido secretario general de la CNT en 1978, un momento histórico de relevante complejidad en España, también fue secretario de una confederación de padres de alumnos de Barcelona. Incluso la Generalitat de Cataluña le concedió la Cruz de Sant Jordi por ser un activista antifranquista que sufrió persecución por luchar por las libertades de todos.

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Lance Armstrong se ha convertido en uno de los grandes villanos del deporte, el mentiroso, el impostor por excelencia repudiado por todos.

El historiador Benito Bermejo descubrió unos días antes de abril de 2005, cuando se iba a celebrar el sesenta aniversario de la liberación del campo con grandes fastos, con un homenaje y presencia del presidente del Gobierno español Rodríguez Zapatero, que los datos eran falsos, que Enric Marco nunca fue capturado ni deportado por los nazis ni permaneció en el citado campo de Flossenburg, que todo fue un monumental engaño que el nonagenario se inventó con ánimo de un protagonismo patológico que arrastraba desde su infancia desabrida de niño solitario, que se inventó una biografía de leyenda a su medida para compensarse por toda una vida de vulgaridad y derrota y persecución.
El asunto causó una enorme conmoción entre los que le conocían. Hubo infinidad de rechazo y sanción contra Enric Marco, sufrió el oprobio y deshonor de todos, instituciones, gobiernos, ciudadanía, allegados, periodistas, etc., incluso la Generalitat le retiró la medallita (Marco dice que la devolvió él), durante un tiempo fue el apestado por todos los bienpensantes y honorables ciudadanos y por los medios de comunicación de todo el territorio español y extranjero, que se cebaron contra Marco y al que acusaron de infame, de deshonrar la causa de las víctimas del nazismo y de servirse del dolor de la humanidad para uso personal. Enric Marco pasó de héroe a villano y fue pisoteado sin piedad por su impostura. El gran villano, el mentiroso, el reo inmoral que causó un daño enorme a una memoria santificada por Occidente. Sobre él cayó implacable el peso justiciero de la sociedad inmisericorde.


Javier Cercas retoma el relato ocho años después del suceso, aunque según él cuenta nunca lo olvidó y lo tuvo latente entre sus intenciones documentándose a lo largo de esos años. Cuenta con la información que le proporciona el cineasta Santiago Fillol, autor del documental Ich Bin Enric Marco, sobre la interpretada vida de Marco y numerosísimas conversaciones, no siempre fáciles ni amistosas que Cercas y Marco mantuvieron durante varios años
La infancia de Enric Marco Batlle fue terrible, tanto como su biografía posterior. Hijo de una mujer enferma mental, nació en un manicomio el 12 de abril de 1921 (aunque miente y dice haber nacido el 14 de abril, diez años antes de la proclamación de la II República). Su padre se hizo cargo de él aunque vivió en diferentes familias, con sus tíos y allegados que le trataron bien aunque sin el calor que le hubiera proporcionado una familia verdadera. Su madre permaneció treinta y cinco años en el manicomio, falleció en 1956, y en ese tiempo Marco apenas si la visitó en tres ocasiones, olvidándola por completo. La terrible situación de la Guerra Civil, su adscripción a un grupo combatiente guerrillero (difícil de creer, al acabar la guerra Marco aún no tenía dieciocho años, no estaba en la caja republicada de reclutas, aunque él afirma que se fue con un tío suyo anarquista, Anastasio, miembro de la columna Durruti, difícil de creer porque eso sería en septiembre de 1936 y entonces Enric contaría con 15 años), la derrota en la Guerra y su exilio en Francia (inventado por él, no es cierto) marcimpostoraron una vida difícil a la que siguió la larga postguerra y la soberbia y arrogancia de los vencedores. Era la España que dijo SÍ al franquismo y calló por fuerza y miedo sometida a los vencedores. Hubo otra España que dijo NO, la UJA, una insólita y mínima organización clandestina formada por jóvenes antifascistas, rápidamente perseguidos por la policía política del franquismo en los primeros meses tras la guerra y condenados a duras penas de prisión. Marco dice que perteneció a esa organización, pero no hay pruebas que así lo determinen. Enric Marco se fabricó una biografía a su medida, mezclando hechos ciertos (su paso como trabajador voluntario español en una fábrica alemana durante el año 1943, un astillero en Kiel, y su detención por la Geheime Staatspolizei, la Gestapo por motivos más laborales que políticos, acusado de traición y después absuelto por un tribunal de todos los cargos regresando a España como un trabajador más con derechos), con otros ficticios: su pertenencia a una organización guerrillera anarquista, su ocultación en Francia, su deportación al campo de Flossenburg, etc.
La novela, relato, ficción, ensayo o lo que sea de Cercas no culpa al personaje de sus actos, ni escarba en la atormentada existencia de Marco buscando explicaciones a su impostura. No lo juzga ni lo condena ni lo somete al veredicto del lector exponiendo su anómalo comportamiento al garrote vil de la opinión pública. Más bien se interesa con una curiosidad de entomólogo por el hombre que es capaz de apoderarse de una vida que no es la suya y de representar un protagonismo ajeno sin sentir por eso remordimiento ni rechazo a su propia invención. Cercas y Marco mantienen un duelo singular a lo largo de la historia amparándose en la premisa de que la realidad mata y la ficción da la vida, y en ese combate entre el caballero quijotesco de Marco y el bachiller Sansón Carrasco que trata de desenmascarar de su vesania o de su irracionalidad fingida a Marco se entabla un coloquio en el que la necesidad humana de ser reconocido está presente como un imperativo que mueve al mundo, porque somos humanos mientras que los demás nos muestran su aprecio y su admiración. Y no es egoísmo lo que Enric Marco despierta en el espectador del teatro en el que el personaje finge su vida ni es la historia de un mentiroso lo que Cercas recoge en su libro. Es sobre todo un dilema enorme entre la ficción y la realidad, entre la mentira y la verdad del ser humano que necesita inventarse una vida paralela a la que vive porque si no, su existencia sería absurda, dolorosa y terrible y en ese sueño inalcanzable su existencia se realza y encuentra razones para mantenerse vivo. Enric Marco es un luchador incansable que no se retracta de su impostura, que no se excusa porque cree que su mentira es una mentira menor y que gracias a ella ha conseguido revitalizar una causa olvidada o asimilada por la sociedad o por la historia, que gracias a su comportamiento fraudulento la causa de las víctimas del nazismo, de los perseguidos por las dictaduras, de los afligidos y perdedores se ha revitalizado y se ha reconstruido, que las víctimas son ahora más víctimas y mejor tratadas por la memoria, que incluso la historia debe agradecerle su fábula porque se ha hecho justicia con los muertos del holocausto. Marco asume su culpabilidad, sabe que no obró bien, pero su culpa es sólo una falta leve y que beneficia más que enturbia, que él es tan necesario como lo son las víctimas verdaderas y que en el fondo, le estarán agradecidas porque reestablecer al primer plano de la actualidad aquellos hechos desgraciados sucedidos hace setenta años son una forma de resucitar a las víctimas y de denunciar y condenar a los verdugos.


Memoria e historia se intercambian los papeles y se confunden a lo largo de la obra. Cercas juega con ellas, la memoria es personal y privada mientras que la historia es general y pública, una convención probada como cierta que la sociedad asume en descargo de la responsabilidad general. Marco juega también con ellas y las confunde y confunde al espectador-lector intercalando en su relato verdades y mentiras, ficciones y realidades, confusiones y certezas en un laberinto de hechos tan convincentes como falsos. Enric Marco es un burlador y resulta el sinvergüenza simpático que una vez condenado es capaz de que el juez revise su condena y aun le asalte el beneficio de la duda y sea aceptado su recurso al que el lector-espectador aplicará su fallo tras deliberar con su conciencia de lector.
Fingimos para sobrevivir, para escapar de la realidad mortífera de nuestras existencias, nos inventamos un paraíso sobre el que proyectamos la quimera de unos éxitos inexistentes, la ficción nos hace fuertes ante la adversidad cotidiana. Y queremos que nos quieran, que nos admiren, que nos envidien, que nos vitoreen para despegarnos de la monotonía del vacío vital. Y eso es lo que hizo Enric Marco, disfrazarse de superviviente para vencer su derrota y por un momento lo logró, fue feliz en su fabulación, consiguió el triunfo que da el reconocimiento ajeno, o la envidia de sus semejantes en la derrota. Todos necesitamos el triunfo y no perdonamos a quien lo consigue, quizás por eso a Marco la reprobación fue su castigo, el rechazo a su conducta, a su fingimiento, no se le perdonó su ascenso espurio a la fama. La confusión de su vida fue pareja a la condena despertada en aquellos que le admiraron por un instante. Se quebró su honra y su honor, dicha efímera vivida en la impostura de una vida prestada. Enric Marco pasó de héroe a villano, descabalgado como un traidor cualquiera de una novelucha del Oeste. No se arroga, sin embargo, Cercas el papel de sheriff, no, que es más bien cronista curioso que excava en los papeles ininteligibles del comportamiento humano. Cercas y Marco se citan en un duelo al sol apuntándose a lo largo de todo el libro con los revólveres mezquinos de la realidad sin llegar a dispararse, o al menos no se hieren.
También hay una parte de ensayo psicológico y filosófico en la novela, como si Cercas se encomendara a la opinión superior del intelecto para avalar o explicar el comportamiento de Marco. Anda en esos trances la novela algo espesa de añadiduras morales, citas literarias o ejemplarizantes pensamientos, que el comportamiento humano difícil es de entender y se necesitan las patas de la moral socrática o aristotélica para que se estabilice el difícil equilibrio del acto humano. Y son ásperas esas hojas, esos renglones intelectuales que el escritor añade, pero quizás sean necesarios o son la firma del autor, que en sus obras recurre a ellas para conformar al lector con la voz de la solvencia de la ética.

  • Editorial: LITERATURA RANDOM HOUSE. 420 págs.

®Texto y fotografía Armstrong: Ángel Aguado López, julio, 2015.  Madrid

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