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Gabriel de Araceli

    La arquitectura transforma el paisaje, interactúa con el entorno físico y crea nuevas relaciones socioeconómicas, culturales, nuevas costumbres, nuevos hábitos entre el individuo y el objeto arquitectónico creado.

    En el caso del Museo Guggenheim la transformación del entorno ha sido absoluta. Un lugar inhóspito y sucio, la ría de Bilbao, se convirtió en un nuevo paisaje, el signo de progreso de una ciudad para habitar, para vivirla.

    El espacio se humaniza y se crea una dependencia mutua. Las formas, los volúmenes desarrollan nuevas funciones y el individuo se adapta y corresponde utilizando la nueva arquitectura.

    Se trata de un nuevo ecosistema colonizado por un nuevo uso, La arquitectura del Guggenheim ha sido una nueva vida para el paisaje, para la ciudad de Bilbao.

    La fascinación de las formas y volúmenes producida por el Museo Guggenheim ha sido un fenómeno universal. Viene a representar la nueva catedral, o a sustituirla, es el edificio al que se peregrina, un nuevo camino jacobeo. De Bilbao, en este caso. Solo han cambiado los iconos. De representaciones religiosas se ha pasado a superficies curvas y ondulaciones abstractas, como una sinfonía de rectas y texturas que se armonizara en un doble espacio, gaseoso y líquido, que la atmósfera modifica constantemente. El espejo en el que el peregrino se mira reconfortado porque ha encontrado la luz que buscaba en su viaje.

    Otras ciudades han seguido el efecto llamada del Guggenheim y han construido edificios emblemáticos para atraerse la atención mundial, no siempre con los resultados previstos. La Ciudad de las Artes en Valencia es un ejemplo de esa arquitectura escaparate en el que se mezclan ambiciones, corrupciones, fraudes, irregularidades urbanísticas, defectos de construcción, intereses económicos, financieros y políticos.

    El Museo Guggenheim, obra del arquitecto norteamericano de origen canadiense Frank Gehry, se inauguró el 18 de octubre de 1997. Un veinteañero.

®Fotografías de Ángel Aguado López


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