Fotos y textos de Terry Mangino

Para mi padre, luchador incansable, que hoy hubiera cumplido años

Triunfar lejos de casa, buscar el brillo social, el reconocimiento académico o simplemente salir de la miseria y procurarse un éxito económico que te asegure un bienestar en la edad tardía. Más de un siglo transitó por la vida Óscar Niemeyer. Con 101 años, en 2008, regaló, agradecido por la acogida que le tributaron en España, Premio Príncipe de Asturias de las Artes 1989, su proyecto de centro cultural en Avilés, que llegó a terminarse con el aún vivo en 2012, a sus casi 105 años. Su obra arquitectónica resultó decisiva para transformar la ciudad avilesina. La ría, antes repleta de antiguos edificios industriales ruinosos y herrumbrosos barcos se vio iluminada por las construcciones geométricas de Niemeyer. El espacio abierto y claro se hizo el dueño de un lugar donde antes reinaba la chatarra y el óxido.

Centro Niemeyer en Avilés.

Fermín Martínez García tenía 18 años cuando llegó a Cuba para trabajar en una tienda de ultramarinos, tendero y despachador.  Y con 23, triunfante, le encargó una casa de veraneo a Manuel del Busto, arquitecto relumbrón habanero, la Casa Amarilla, edificada en 1912, cien años antes que el Centro Niemeyer, para que sus vecinos de Somao se enteraran de que era un triunfador. Aunque, después, apenas si pudo gozarlo, ni en vacaciones disfrutaba de las vistas marinas porque sus negocios bursátiles le obligaban a estar lejos de su paraíso asturiano. Somao se alza frente al mar. Tiene varias casonas de indianos que recuerdan el espíritu emprendedor y aventurero de aquellos paisanos que se aventuraron en el nuevo mundo.

La Casa Amarilla, el hogar del indiano Fermín Martínez García en su villa natal de Somao.

Severo Ochoa fue alumno de doctor Juan Negrín y tuvo también que exiliarse para conseguir la ciencia y el conocimiento que en España, ingrata, se le negaba. Como a tantos otros. Vivió tres guerras cruentas. Rodó por Inglaterra, por Alemania, por los Estados Unidos y allí se nacionalizó norteamericano en 1956. En 1959 le concedieron el Premio Nobel de Medicina. No tuvo tanta suerte Arturo Duperier, aquel físico que regresó a España en 1953 con la promesa del ministro Joaquín Ruiz Giménez de que tendría asegurado la investigación y el apoyo de España para su ciencia. Todo mentira, fue un perdedor. De haberse quedado en el Reino Unido, Duperier muy posiblemente hubiera obtenido el Nobel de Física en 1958. Severo Ochoa regresó en 1985. Fue la suya una existencia entre fosfolípidos, ribonucleosidodifosfatos y cadenas de ADN. Fallecería ocho años después. Contempla su mar Cantábrico desde el cementerio de Luarca, atardeceres brumosos, sopla la brisa con sabor a sal, los niños juegan con la pelota en la meseta del rompeolas del puerto, un barquito pesquero descarga bocartes y parrochas, las gaviotas chirrían desde el rompeolas intentando zamparse alguna. En el faro, un pareja de enamorados se besa mirando al mar.

Tumba de Severo Ochoa sobre la entrada al puerto de Luarca.

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