Carmelita Flórez

Cuentista declarado, Alfredo F. Alameda escribe a lo llano, a lo liso, a lo no intricado, como muchas veces ha hecho, y por eso le vale un cuento por una docena, o por ciento. El lector ojea su última obra, UNA DOCENA DE HISTORIAS, y se encuentra con la prosa de un narrador que la ha comunicado a lectores apasionados de la leyenda, dotos y discretos, y a otros ignorantes, que sólo atienden al gusto de oír disparates, y de todos ha hallado una agradable aprobación. Y sabe que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios a quien toca leer semejantes cuentos.

Su fantasía es un abanico amplio de temas en los que las pasiones humanas se manifiestan con estrépito, ya sea la carnalidad del cuerpo femenino, de Eva, que tanto arrebata al hombre indefenso; ya sea el discreto comedimiento que imponen los años; ya sea dejándose sucumbir por el hechizo de la pasión amorosa, parte inherente de nuestras vidas. Y se pone de parte de la pastora Marcela frente al asedio de Grisóstomo, violencia de género diríamos hoy, que reclama ella su feminidad e independencia por encima de la tentación que su presencia suscita.

El autor, Alfredo F. Alameda, junto con el crítico literario Pascual Izquierdo, durante la presentación del libro en la Biblioteca de Galapagar, Madrid, el pasado 23 de abril.

Tiene Alfredo F. Alameda una vieja historia de amistad con los Episodios Nacionales, de Galdós. Y recuerda aquellos tiempos de juventud pictórica, alumno de la Escuela de Bellas Artes, en los que paseaba por el barrio madrileño de Fuencarral, tras pergeñar en un lienzo desnudos de la Venus Esquilina al carboncillo, con un ejemplar de “La Nausea” bajo el brazo, la novela de Jean Paul Sartre, tal vez para deslumbrar por el intelecto a las mujeres enamoradizas. Aunque, confiesa, «que cambié de argumento porque a las chicas les aburría aquello del existencialismo». Quizás por eso se adentró en la ficción del protagonista de la novela de Unamuno “Niebla”, Augusto Pérez, personaje que cobra vida y discute con el autor, don Miguel, nada más y nada menos, atribuyéndose la dirección y criterios que debe seguir el relato incluso por encima de su hacedor. Y su vena pictórica-cuentista le llevó a sumergirse en las tiras de Mafalda y aquellos personajes de los tebeos, un tanto redicha y crítica la protagonista, en las que las historias ya no las hacía el autor, Quino, sino los mismos personajes del comic. Y como Alfredo F. Alameda se declara más de brújula que de mapa y para evitar que el lector se haga un lío con falsas inventivas y deslices equívocos decidió aprovecharse del saber de Rafael Azcona y lo primero que escribe es el final del cuento, punto, para no liar la cosa por recovecos tortuosos que despisten al curioso que se acerca a sus letras.

Alfredo F. Alameda durante la presentación de UNA DOCENA DE CUENTOS, el pasado 23 de abril.

 De todas esas fuentes de conocimientos literarios y de sus fantasías vitales ha compuesto el caballero Alfredo F. Alameda este libro, UNA DOCENA DE HISTORIAS, lleno de comedias y de fábulas que deleitan, alegran y entretienen a la par, tanto a los doctos como a los discretos lectores. Y te hacen pensar, no necesariamente, que la vida está llena de cuentos que merecen la pena ser leídos y disfrutados, para olvidarse de la oscuridad con la que pergeñan la actualidad los dirigentes que gobiernan en el caos del mundo.     

Firma de UNA DOCENA DE HISTORIAS en la Biblioteca de Galapagar, el pasado 23 de abril.