Carmelita Flórez. Fotografías de Terry Mangino

Que por mayo, era por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;

sino yo, triste cuitado
que vivo en esta prisión,
que ni sé cuándo es de día
ni cuando las noches son
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero;
dele Dios mal galardón.

Tiene El Toboso los campos florecidos de amapolas, de margaritas, de lavandas que parecen colorear un mantón republicano entre vides, olivos y cereales regados por las lluvias que caen indolentes. Ya se sabe: cuando marzo mayea mayo marzea. El caballero, el escudero fiel, el ama y la sobrina, el cura y el barbero, el bachiller Sansón Carrasco, caballero de la blanca luna, comentan para sí con alborozo, escondidos tras las tapias de una venta, los rostros atónitos de sorpresa que los forasteros exhiben escrudiñando los rincones donde caminaba Aldonza Lorenzo, de la que dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que cualquier otra mujer de toda la Mancha.

Recreación de una habitación manchega del siglo XVI, en la Casa de Dulcinea de El Toboso.

Y a Dulcinea debe su fama la villa y será nombrada en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena. Y es menester visitar ahí la recreación del caserón que sirve de museo donde se recrea el modo de vida aldeano de aquel hidalgo segundón cuya fama se extendió por el mundo. Y que fue villa cuasipatrimonio de la Orden de Santiago hasta que, en el último tercio del siglo XVI, las enormes alcabalas que gravaban sus territorios, motivadas por las necesidades monetarias de una corona fastuosa, hicieron que sus bienes fueran enajenados y traspasados a manos de la aristocracia. El Toboso, sí, al que ya en 1575 Felipe II, el Rey Prudente (?), concedió un privilegio fiscal para que aquellos que se encaminaban a Santiago se vieran auxiliados en sus males por un hospital para peregrinos. Y exentos de tasas si en la villa pernoctaban. Lugar rico en aguas subterráneas que contaba con diez molinos de viento para el trigo, y un molino y tres prensas para el aceite, que la hacían villa señorial y respetada.

 Y escuchará el viajero palabras y modos olvidados: farfolla (envoltura de las panochas del maíz), maquila (cobro en especie por un servicio realizado, generalmente la molienda de grano), fanega (cuarenta y cuatro kilos de grano en unos lugares, cincuenta y cinco en otros), celemín (fracción variable de la fanega según el lugar). Y un poco más allá, a la sombra de la torre de la iglesia entablaban coloquio el hidalgo y su fiel criado sobre la naturaleza humana reprendida por la arrogancia esclavista de los tiranos: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».

Y sin notar su presencia y desde un rincón de la plaza mayor el viajero, aplicado en fotografiarse, es observado con curiosidad por una corte de vecinos toboseños ocultos en el tiempo, que se ríen de la presura y descomedimiento del recién llegado. Miulina, Briareo, Alifanfarón, Espartafilardo del bosque, Pentapolín, Brandabarbán, Micocolembo, Timonel de Carcajona, Felixmarte de Hircania, Cirongilio de Tracia, Brocabruno y Laurcalco del Puente de Plata, todos ellos habitantes fantásticos de El Toboso, no pueden sino reírse a carcajadas, sorprenderse de las prisas y hábitos extraños de esos forasteros presurosos que pretenden ver en minutos lo que ellos en siglos crearon. «Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala», dice para el que quiera escucharle maese Pedro, el titiritero, desde un rincón de la plaza.

El imparable paso del tiempo en la venta de El Toboso.

Y aún, en las cercanías de El Toboso, resuena con estrépito el alegato de libertad y feminismo, tan moderno ahora, que la pastora Marcela entona en nombre de la mujer contra aquellos que la creen belicosa y culpable de la muerte del pastor Grisóstomo por no quererle y rechazar, decidida, sus propuestas de amoríos:  «El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres?»

Soledad en una calle de El Toboso.

 

Y partieron por el camino real los viajeros y a poco descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como los vieron comprendieron que estaban en Campo de Criptana. Sí, veinticinco molinos hay en la sierra y veinticinco ladrones andan por ella. Que ya era necesario en el siglo XVI el oficio e intervención de la Santa Hermandad para librar de malhechores, malandrines, bellacos y gentes de baja estopa a los caminantes honrados.

Molinos de Campo de Criptana.

Porque Campo de Criptana es tierra de acogida y en ella se aposentaron gentes provenientes de la Rebelión de las Alpujarras que de 1568 a 1571 se alzaron contra la represión que el Rey Prudente (?) contra sus costumbres emprendía; que hoy como ayer la historia se repite, que es cosa que la humanidad se empeña una y otra vez en perseverar en su estulticia y en sus errores y se da de bruces contra el aguijón de la necedad reiterada; que los moriscos trajeron sus modos de vida sin enfrentarse a nadie ni interrumpir las costumbres ajenas y habitaban en viviendas-cuevas que excavaron en la roca caliza de la Sierra de los Molinos. Y después, con el paso de los siglos y los nuevos hábitos, uno de aquellos gigantes aspados se dedica no a la molienda del trigo o de la aceituna, sino que sirve de museo para glosar la memoria de su hija más preciada y famosa: Sarita Montiel, aquella diva que enamoró al mundo con su pose grácil y su voz cautivadora.   

Y recogidos los viajeros en la galera que los devolvería a su lugar de origen, impregnados del paisaje manchego y del conocimiento de los escribidores de aquel Siglo de Oro, tal vez meditaron y comprendieron que las entonces necedades de los libros de caballerías son ahora los bulos desatados que se propagan por las redes sociales, de los que el público iletrado y menesteroso se abreva con regocijo y ansias desatadas y sin dar pauta a la crítica que busque la luz. Y que siempre ha habido usos y costumbres erráticas y absurdas ajenas a la razón, auspiciadas por el oficio de los vendedores de humo y consumidos en desmesura por la masa en ese afán de sentirse únicos y diferentes aún a costa de perder el raciocinio y militar en la necedad, que no en la Orden de Santiago, que ya lo decía Lope de Vega en su escrito Arte nuevo de hacer comedias:

Escribo por el arte que inventaron

Los que el vulgar aplauso pretendieron.

Porque, como los paga el vulgo, es justo

Hablarle en necio para darle gusto.

«Stultorum infinitus est numerus». Es infinito el número de los necios.


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