Gabriel de Araceli

El 6 de noviembre de 1936, de madrugada, el Gobierno de la República, a las órdenes de Largo Caballero, abandona el Madrid sitiado por las tropas rebeldes franquistas y se traslada a Valencia. La derrota se presume inminente. Se encarga de la defensa de la capital a los generales Miaja y Pozas, a través de dos sobres en los que se indican las órdenes que deben cumplir, pero los sobres no podrán abrirse antes de las 6 de la mañana y, además, se produce el error de cambiar las órdenes, Miaja recibe las de Pozas y viceversa. Nadie da una peseta por la suerte de Madrid, que parece perdido, bombardeada la población civil con alevosía por la artillería de Franco. Sin embargo, la caída providencial en manos de un comando defensivo de las órdenes estratégicas  que el general Varela va a desplegar al día siguiente hace que Madrid sea defendido con éxito. El entonces teniente coronel de Estado Mayor Vicente Rojo dispone las fuerzas defensivas a lo largo del Manzanares, frente a la Casa de Campo, Ciudad Universitaria, lugares por los que estaba prevista la ofensiva principal de Varela. Las tropas franquistas se encuentran con una férrea resistencia y no pueden tomar Madrid a pesar de las repetidas oleadas de ataques, que se estrellan contra el muro defensivo que ha organizado Rojo y Miaja, y que cuenta con el apoyo de los nuevos carros de combate soviéticos T-26 a las órdenes del general Vladimir Gorev. Los tres se convertirán en héroes para la población madrileña. Aunque eso de nada le sirvió a Gorev, al que el asesino Stalin ejecutará en 1938. Rojo sostiene que las Brigadas Internacionales se incorporaron al frente de Madrid con posterioridad a esa fecha. Sería entre el 10 y el 14 de noviembre cuando la XI y la XII Brigadas Internacionales, comandadas por Emil Kléber y Paul Lukacs, son enviadas al frente de la Ciudad Universitaria, el Parque del Oeste y la orilla izquierda del Manzanares. El 15 de noviembre se unirá a la defensa la Columna Durruti, quien fallece accidentalmente al disparársele el arma. La anárquica disciplina de sus componentes provocará más problemas que ventajas al Estado Mayor republicano. Madrid sufrirá el asedio más largo que una ciudad haya soportado nunca, treinta meses, superado sólo con posterioridad por Sarajevo, aunque el terror franquista se prolongará al terminar la Guerra Civil durante décadas.

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Una persona lanza un ramo de rosas al Manzanares, frente al Puente de los Franceses, en la zona donde comenzó la batalla de Madrid el 6 de noviembre de 1936. Unas doscientas personas participaron en el homenaje a las Brigadas Internacionales que se celebró el 6 de noviembre de 2016 en la Ciudad Universitaria de Madrid.

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Monumento a los republicanos españoles, entre ellos los combatientes de La Nueve, que liberaron París el 24 de agosto de 1944. Foto: Ana María Pulido.

Hugh Thomas cifra en unos 40.000 los voluntarios extranjeros que al grito de ¡No pasarán! luchan contra el fascismo integrándose en las Brigadas Internacionales. Un número muy inferior a la ayuda humana recibida por el dictador Franco durante la contienda, que cifra en más de 100.000 los combatientes que lucharon del lado del Caudillo, entre fuerzas moras mercenarias, los más de 50.000 voluntarios fascistas italianos del Corpo Truppe Volontarie y los especialistas y estrategas aportados por el ejército alemán. De orígenes diversos, los brigadistas eran en su mayoría comunistas, jóvenes idealistas que luchaban contra los regímenes despóticos que en aquellos momentos se expandían por Europa Central impregnando de horror las conciencias nacionales. La República los utilizó como fuerzas de infantería y participaron en todas las batallas de la Guerra Civil: defensa de Madrid, Jarama, Brunete, Belchite, Teruel, Ebro, etc. El 28 de octubre de 1938 Barcelona los despide en virtud del compromiso tácito que, ingenuamente, Juan Negrín acepta como gesto de buena voluntad para evitar mayores padecimientos a la población. Ingenuamente porque Franco no renunció a las ayudas que italianos, alemanes, moros y voluntarios internacionales afectos a su causa le proporcionaron durante todo el conflicto, empleándolos en su sangrienta cruzada nacional contra el pueblo español. La contribución más alta de Brigadistas fue la de franceses, unos 10.000, quizás para compensar el rechazo y desentendimiento con la que la République castigaba a la República. Se estima en más de 15.000 bajas las que sufrieron los Brigadistas. El regreso a sus países de origen tampoco fue una fiesta. Muchos de ellos padecieron persecución o fueron marcados o inhabilitados para la vida social, sospechosos de comunistas o de agentes de la Komintern. El único brigadista que queda es el francés de origen español, valenciano, Josep Almudever, de 98 años.

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José Verdesoto, comunista. Su familia sufrió la represión del franquismo y un tío suyo murió fusilado por rojo.


MANUEL DE COS BORBOLLA tiene sólo 96 años, aunque luce un porte y una dignidad propia de un hidalgo castellano, fiel a sus orígenes cántabros. No participó en la Guerra Civil debido a su corta edad en aquel momento, pero su pasado como luchador por las libertades tiene muchas páginas brillantes. En octubre de 1934, con catorce años, prestó ayuda a los que huían de la represión tras la revolución de ese año, cruelmente resuelta por las fuerzas de Yagüe bajo el mando de Franco. «Sólo en Mieres hubo más de 1.100 muertos» aclara Manuel. Tras la Guerra Civil fue condenado a muerte por una acusación falsa, el robo y destrucción de unas imágenes religiosas. «Un iconoclasta» se ríe Manuel recordando aquello. _dsc0006_2_webEl cura de la iglesia en la que supuestamente se habían robado las imágenes testificó a su favor y eso le salvo de la pena capital. Aunque no de los tres años que pasó castigado en un Batallón Disciplinario, el 91, junto con otros cinco años más. Sufrió prisión en Vilaflor, en Tenerife.  El motivo, denunciado por los falangistas por venganza. Liberado finalmente fue pastor de ovejas y guía de montaña por los Pirineos de los perseguidos que intentaban huir del franquismo y militante comunista comprometido desde los tiempos del primer secretario general, José Díaz, pasando por la clandestinidad del franquismo, la transición y la democracia. Se ganó la vida como agente comercial de bisutería. Aunque su afición es la antropología y la fotografía. Gracias a estas actividades ha desarrollado un inmenso archivo de imágenes y documentos relacionados con la antropología de gran valor social e histórico, que ha cedido a la Biblioteca Nacional y a la Fundación Botín. Tiene varias cámaras, una panorámica, de película, con la que sigue tomando fotografías. «Mientras yo exista existirá el Partido Comunista» dice con orgullo elevando el puño en alto.

®Fotografías de Ángel Aguado López


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