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Era sonreírse y ya sabía yo de su secreto. Siempre me han alterado mucho los bosques, las jaras, los helechos, los fresnos, las zarzas, los endrinos, pasear bajo las ramas de las encinas, el olor ácido de las setas, los majuelos, los escaramujos, los espinos, la brisa soplándome en la piel, el sol escondido entre las nubes. El CAM00744_2bosque entero me produce un desasosiego impreciso, un sonrojo interior, hay una presencia acechante que tú no ves, pero que te ve. Los paseos bajo los robles me confunden, las ramas agitadas por el viento me sugieren magreos indecentes, o esas cortezas retorcidas como un laberinto de labios impúdicos, me excitan. La humedad de los musgos abrazados a los troncos en la umbría me embriaga…

No entendía por qué le gustaba tanto el Intermezzo de la Cavalleria rusticana.
–Pietro Mascagni era un fascista. ¿Sabes que seguía apoyando a Mussolini cuando ya le habían ejecutado? Murió en la indigencia –le decía yo–, abandonado por todos. –Y, ¿qué? –me decía ella–, algún día lo comprenderás. Y Patricia seguía escuchando la Cavallería rusticana una, dos, tres veces. No se quitó los auriculares ni para mirar los expositores, estanterías llenas de falos descomunales, teteros de brillantina y braguitas transparentes. Yo nunca había entrado en un sexshop, fue ella la que me llevó. Al parecer, todas las chicas tienen algún juguetito que les regalan sus novios, con el que se recrean secretamente cuando te llaman por teléfono a última hora de la tarde. Por eso tienen esa voz tan dulce y tan entrecortada, como si suspiraran. Entonces lo entendí todo. Entendí sus llamadas cuando me acostaba y por las mañanas a primera hora y el porqué de sus risas y sus palabras tan cariñosas. Me creía un seductor romántico, ¡qué engañado estaba!

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Dánae recibiendo la lluvia amarilla. Tiziano Vecellio. 1560-1565. Museo del Prado

El sexshop tenía una oferta abundantísima de juguetitos para ellas. Variedad y cantidad de objetos que yo jamás hubiera imaginado. Y de todos los tamaños, tecnologías y formas. Los artilugios eran tan sofisticados y tan enormes que me sentía disminuido virilmente, me embargaba una vergüenza masculina, tan poco dotado respecto a aquellas vergas gigantes de silicona color carne o negras o rojas que «reproducen exactamente la polla de Nacho Vidal, con sus venas y todo» –nos informó la dependienta, una chica que parecía salida de una tienda de moda, toda haute couture, con gafas Cartier, que leía a Sade, Severine. Sin embargo, para los caballeros apenas si había productos, alguna vulva retorcida, cosas para mí desconocidas, alguna muñeca rústica y poco más. Comprendí que las chicas eran las principales clientas.
–Y esto es un vale descuento para dos personas, entradas al espectáculo de los jueves en nuestro salón secreto. Que lo disfrutéis, chicos –nos dijo la dependienta elegante envolviéndole el regalito en un papel discreto.

…Así que nuestros paseos por el monte de El Pardo se prolongaban horas y horas, el viento agitaba las encinas, las zarzas, los quejigos, las retamas, los majuelos y Patricia agitaba el culo como si bailara la danza del vientre y me miraba chispeante con su sonrisa maliciosa.
–Va y viene, sube y baja de intensidad, se queda, se va, es como un hormigueo que me recorriera por dentro, no quiero más porque estoy arriba, flotando feliz, ingrávida, diluida, suspendida, como en éxtasis.
Y me pasó un auricular para que escuchara la Cavalleria Rusticana. Sí, comprendí la ignorancia de los hombres, comprendí lo que siente una chica en su interior. El Intermezzo de Mascagni es muy íntimo, muy femenino, muy sostenido. Patricia se reía de mí, sus labios me enviaban besos impuros. Se había puesto las bolas chinas.

Gabriel Araceli



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