Rafael Alonso Solís

     A finales de los noventa, María del Carmen Cuenca Seisdedos se trasladó a Madrid junto a su madre. Con anterioridad había estudiado vocalización, iniciando una carrera en el mundo del show business cuya insustancialidad no impide calificarla de sostenida. Más aún, insistente, puesto que sus propias intermitencias han demostrado tener la fortaleza y moral del Guadiana en sus emergencias, reinventándose una y otra vez bajo nombres diversos. Siempre glamorosa, primero fue Tamara, luego Ámbar y finalmente Yurena, nombres que adoptaba con la familiaridad de quien lleva toda la vida usándolos. No está claro quién fue el inventor o inventora de los diferentes personajes con los que brilló en la escena pública, pero una y otra vez, y sin aparentar frustración, Mary Carmen se ajustaba la faja, se retocaba ligeramente el moño, se abombaba los labios y salía a la calle como quien pisa la alfombra roja por primera vez. Eso sí, con la frescura y el poderío de una diva. Sus primeras apariciones en la escena madrileña solían producirse por las calles emblemáticas de una movida que ya era puro crepúsculo. En aquella época formaba parte de una troupe circense junto a otros ejemplares tan pintorescos y entrañables como ella. Uno era Paquito Porras, hijo de un honrado guiñolista que tuvo un teatrillo en el centro del Parque del Retiro, quien, tras varios años buscándose la vida acabó encontrando sustento como consultor en el uso de verduras para curar los males del alma y los desarreglos intestinales. Otro, con cierto recorrido grabando discos para los bares de carretera, era Leonardo Dantés, autor e intérprete del “baile del pañuelo”, y creador de un movimiento personalísimo con las manos, con el que adornaba sus actuaciones. El tercero era Tony Genil, cuya celebridad había nacido por ser el primer intérprete que cantaba de rodillas, y del que uno recuerda encontrarse años después por los mentideros del foro presumiendo de que, a pesar de ser gay, por el culo no le cabía ni el pelo de una gamba. Con esas compañías, Tamara –a quien la maledicencia acabó por ponerle el apellido de “la mala”, para distinguirla de una excelente cantante de boleros, nieta nada menos que de Rafael Farina– era entrevistada a la salida de los bares de copas y discotecas de moda anunciando que estaba preñada de Paco Porras, que la había seducido bajo efecto de las drogas en casa de Tony Genil, mientras Dantés ponía la música. Cuando, en sus primeras apariciones en televisión, a Tamara, Ámbar o Yurena le preguntaban por su dudosa formación musical, ella contestaba con rotundidad que había estudiado, que tenía papeles con sello y firma, y que los podía mostrar. El afán por enseñar papeles como defensa, junto a un cierto parecido en la sonrisa y el estilismo, me han hecho relacionar a Mary Carmen con Cristina, al mundo de los friquis con el de la política, y a España con un inmenso patio de Monipodio, en el que la verdad y la mentira acaban siendo indistinguibles.

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     Cifuentes saluda por bulerías a un público entregado durante la campaña electoral de 2015. Y sí, el palmero de la izquierda es Ángel Carromero, condenado en Cuba a cuatro años de privación de libertad por homicilio involuntario tras un accidente de tráfico en el que murieron dos personas en el coche que él conducía en la isla caribeña. Trasladado a una prisión española tras intensas negociaciones del ejecutivo de Rajoy apenas si estuvo un mes en la cárcel, quedando en libertad y reincorporándose al puesto como asesor municipal en la alcaldía de Ana Botella.

 

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