Pascual Izquierdo

         Por estas tierras de Castilla, el Telero goza de la consideración de personaje mítico, al igual que aquel V. K. Ratcliff de William Faulkner que iba recorriendo los pueblos del condado de Yoknapatawpha con su vieja jardinera. El Telero, sin tantas pretensiones literarias, visitaba las localidades del contorno vendiendo prendas y géneros de punto.

        Iba acompañado de un macho sobrio y reflexivo que, a lo largo de interminables jornadas de soledad, había aprendido a hablar consigo mismo y a veces con su amo. Tiraba de un carro inhabitual en los pueblos de la Ribera, lleno de tantos cajones y apartados, de tantas puertecillas y habitáculos, que parecía compartir ámbitos secretos con amo y caballo.

       El Telero era un hombre robusto y colorado, sabio y parlero, que hablaba con muchísimas mujeres de patrones, pesos y medidas imposibles de guardar en el museo parisino de Sevres. Era quien mejor conocía, por necesidades de ropas y retores, la intimidad de los hogares.

       De los hogares y sus moradoras. Era perito en tallas de busto y de cintura, ya por cálculo aproximado o medición directa. Aparecía en las primeras horas del día y se pasaba toda la jornada en el mismo pueblo, aconsejando con su verbo melifluo la compra de determinadas prendas en el capítulo de fajas y sostenes, de lencería burda para mujeres de labranza.

       En aquel preámbulo de intimidades compartidas, ¿qué podría suceder en los coloquios sobre géneros y tallas? Sólo lo sabe el macho centenario. El animal, callado y catedrático, se quedaba esperando con la cebadera puesta y las orejas desplegadas a que su amo acabara la gestión que llevaba entre las manos. Rumiando su especial sabiduría, asistía impasible a una liturgia de intercambios que, años después, habría de borrar el implacable vértigo del tiempo.

        El mítico Telero, retirado ya de las andanzas mercantiles, consume sosegado sus últimas jornadas, en compañía del ingente caudal de los recuerdos y de un solícito porrón, al que acude cada cierto tiempo para entablar diálogo.

Guía de la Ribera del Duero, Roa, 1995.

Un mercero en un mercado de Valencia. Los teleros, de nómadas a sedentarios.

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