Rafael Alonso Solís

Una manera prudente de acercarse a las posiciones nacionalistas es hacerlo desde un punto de vista religioso. Al fin y al cabo, la creencia en dioses particulares, ya sean unos o trinos, invisibles u omnipresentes, tronantes o mudos, es siempre cuestión de cada cual, pero que únicamente adquiere consistencia cuando se convierte en comunión, en artículo de fe, en esperanza de una existencia que no es de este mundo, pero que se nos promete en caso de permanecer fieles a los preceptos y no dudar de la verdad y veracidad de las escrituras. En el libro VII de God & Gun –una obra exquisita en la que uno siempre encuentra alguna referencia para ilustrar cualquier especulación–, Rafael Sánchez Ferlosio llama la atención acerca de que el creyente, para gozar de suficientes garantías, precisa que Dios tenga ambos atributos. Es decir, necesita que no se trate simplemente de un Dios veraz, sino también que sea verdadero, lo cual lleva implícita la condición de unicidad. Desde ese momento, identificado el Dios verdadero, todos los demás no pueden poseer tal característica. Es difícil entender el significado de nación si no es desde la inmersión absoluta en el dogma identitario. Y como, en esencia, lo importante no es la definición de nación ni la comprensión del concepto, sino la de “nuestra” nación, ello no cobra sentido si no tiene, como en el caso de Dios, el carácter de nación verdadera, única e indivisible, en la forma que refleja cualquier catecismo o credo impreso en un opúsculo con pretensiones de grandeza.

Auto de fe. Tabla de Pedro Berruguete, 1493-1499. Museo del Prado.

Una vez aceptada la pertenencia a una nación, ya no es necesario pensar más sobre el asunto, y uno está en condiciones, incluso, no sólo de practicar el culto, sino de predicar la buena nueva, bautizar a los conversos y trazar una raya divisoria que separe a los señalados por la gracia de la nación de los infieles. Sólo desde la tranquilidad que proporciona la pertenencia a una patria –siguiendo las líneas maestras de esta visión religiosa– se explica la confianza en el poder casi omnímodo que ello lleva aparejado. Al igual que ocurría con Dios, una vez que ha sido identificada nuestra nación todas las demás se convierten en ajenas y, como consecuencia, en paisajes situados más allá de la frontera, tierras remotas y tenebrosas en las que no puede crecer nada, debido a que son asoladas por el viento helado que baja de las montañas más oscuras. La identidad nacional se convierte así en el equivalente político y prosaico del santo Grial, y la soberanía en una especie de ilusión compartida, el anuncio de la tierra prometida, la antesala de un paraíso perdido, secuestrado, arrebatado por la imposición de unas creencias paganas y susceptible de ser recuperado para siempre. La nación, así concebida, contiene en su interior todos los elementos que caracterizan la felicidad, y ello incluye la alegría, el agua, el jamón serrano, la luz, la rosa, el sol, la luna, el placer del orgasmo, el duende y la gallina.

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