Gabriel de Araceli

     En el centro de Madrid se encuentra la Plaza de la Cebada. Un lugar por el que paseaba Isidora Rufete, La Desheredada, uno de los personajes de Galdós tan vivos ahora como en 1881, cuando se publicó la novela. Es una plaza desvencijada, en semi-ruina. Hay un mercado municipal semi-vacío y hubo una piscina a la que iban los viejecitos, también los jóvenes, hasta 2009, fecha en la que el Ayuntamiento decidió cerrarla argumentando que estaba vieja.

     Era la única piscina, la única instalación deportiva del barrio, tan céntrico como abandonado por los gobernantes municipales. Los planes del Consistorio pasaban por el consumo, por construir en ese popular espacio un centro comercial de lujo, por privatizar el suelo público, por realizar un desarrollo urbanístico ajeno a las necesidades del ciudadano. Pura especulación. Que desapareciera el tejido vecinal y se transformara en algo parecido al actual Mercado de San Miguel. Un parque temático gastronómico, una atracción turística para japos y guiris, un espejismo para caprichosos del pata negra y el fumé de saumon, pero que no sirve para abastecer al vecino del barrio por los elevados precios de los productos que allí se venden. La crisis económica dejó sin recursos los planes urbanísticos y el proyecto comercial quedó en nada. El solar que albergaba la piscina sigue vacío mientras que el mercado de la Cebada languidece resignado al abandono.

     En 2011, el Ayuntamiento llegó a un acuerdo con los vecinos y se optó por darle un uso social a este solar mientras se decidía qué hacer con él. Y en estos seis años, el Campo de la Cebada se ha convertido en un lugar de encuentro donde los vecinos acuden a relacionarse, a hablar, a montar en bici, a hacer gimnasia o tirar a canasta, a tomar el sol o a bailar, o a pintar las paredes con grafitis reivindicativos.

¡O a enamorarse!

     Es un espacio para el diálogo —¡hay tan pocos en Madrid!— y para tejer el enjambre social que ha caracterizado siempre los barrios históricos, casi desaparecidos por los hábitos espurios traídos de allende los mares. Los black friday, los cyber monday, los jalogüin, los prymark, los onlyne, el marketing, el low cost y demás lemas consumistas nos invaden, nos abruman con la necesidad de adquirir cualquier cosa innecesaria. En un bucle globalizador, hemos importado costumbres consumistas y hemos exportado los salarios precarios y las penosas condiciones laborales al tercer mundo. Hemos intercambiado miseria por consumo. Basamos nuestra felicidad en la compra compulsiva.

     Parece que en los próximos meses se va a construir, por fin, la piscina y las instalaciones deportivas prometidas. El Ayuntamiento se ha comprometido a ello con sus moradores. ¡Habrá que verlo! La experiencia vecinal va a aprovecharse y se reservará un espacio al aire libre en la terraza de la futura piscina para seguir tejiendo esas relaciones humanas tan necesarias en un barrio, esa humanidad de corrala, esa diversidad de personas, de procedencias, de razas y de idiomas, de pequeños comercios y de oficios manuales que Isidora Rufete tan bien conocía. Las señas de identidad de un barrio frente a la despersonalización globalizadora del consumo de masas.

    Así que dense una vuelta antes del 15 de diciembre por el Campo de la Cebada antes de que nos deshereden, para aspirar algo de casticismo, de barriada, para participar en la vecindad antes de que sea demasiado tarde.

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