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The last tango in Paris


La pasión por la escritura

Un cuento de Gabriel Araceli


Leo a Freud, aunque apenas entiendo lo que dice, frases y frases subordinadas llenas de profundos y elaborados pensamientos sobre el mundo de los sueños, disertaciones sobre el contenido latente y el contenido manifiesto. Apenas si comprendo las explicaciones explícitas y concretas que da en algunos ejemplos de sueños. La teoría es demasiado compleja para mí. Leo a Freud porque le considero un gran literato, no menos comprensible que algunos escritores que recurren al inconsciente para formular obras de difícil comprensión. Al menos Freud escribe desde la consciencia del inconsciente, literatura automática.
Me compré hace cinco años un abrigo de cashmere, de color beige. Me queda un poco grande y nunca lo he usado. Cuando lo vi me pareció precioso, como si fuera una prenda que hubiera deseado desde siempre, algún resorte oculto me lanzaba hacia ella. Después ha dormitado colgado en una percha de un armario cerrado. Quizás lo reforme y me lo ponga ahora que el frío aprieta. No sé.

He vuelto a ver Last tango in Paris y como la primera vez, hace seis años, me ha impresionado. El sufrimiento de Brando, la fuerza de la vida se le escapa y a ella se aferra violentamente, sus garras atenazándose al culo joven de la Schneider. El sexo salvaje como redención del incierto futuro que se adivina, el paso de la madurez al declive que el ser humano descubre al doblar una esquina cualquier día nublado de octubre. Brando, primario, arrancándole las bragas a la obnubilada Schneider, felpudo de otras épocas, incapaz de sustraerse al hechizo fatal del dios macho, todopoderoso y derrumbado. Regueros de paletos españoles rumbo a Perpignan en el 73, la secuencia de la mantequilla sublimando la represión del tardofranquismo ibérico. Brando, personaje anónimo, 45 años, el tormento de un suicidio golpeándole la conciencia. Brando, iracundo, atrapado en la noche desesperada de su sinrazón, compartiendo con el amante de su esposa los recuerdos y los regalos íntimos de ella a ambos. 1, rue Jules Vernes, quatrième etage, un apartamento vacío y oscuro como sus vidas, la línea 6 del metro parisino, idas y venidas a ninguna parte por puentes, pasarelas, estaciones vacías, tardes marchitas de hoteles sombríos, putas desvencijadas a última hora, tangos acartonados en un cabaret decadente. La Schneider sumisa y anulada ante Brando, déspota dueña a su vez de su atolondrado novio cineasta (Jean Pierre Leaud, el mismo que interpreta Las dos inglesas y el amor, Truffaut, 1971). La Schneider rechaza la oferta matrimonial de su novio y sin embargo a él se aferra vislumbrando el vértigo movedizo de esa pasión inestable con el dios marchito. El inconsciente. Brando borracho, huyendo de sí mismo persiguiendo su final, rendido él ahora a la mujer, a Ariadna. Un tiro de revólver. Brando, un ovillo cadáver acurrucado ante la juventud victoriosa.
El porte varonil de Brando resalta a lo largo de toda la película, su presencia potencia cada plano, nadie como Brando levanta la mano para llamar al garçon: -Champagne, vite! El pelo al viento, el rostro desafiante, paseando orgulloso por los bulevares de París, un sueter gris sin camisa, para protegerse del frío un abrigo beige, de cashmere.

®Gabriel Araceli



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