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A veces iba tan pedo que me quedaba dormido en cuanto caíamos en la cama. A veces ni las besaba ni llegaba a desnudarlas, recuerdo una que tenía unos ojos rasgados de tigresa, una amenaza, sólo recuerdo eso. Cuando desperté estaba a mi lado, me acariciaba, se frotaba con su pecho el mío y yo, sonámbulo, la sonreía. Eso, creo, fue todo….

–Sólo escribes cochinadas –le dijo Carmelita Flórez. Terry Mangino la miró vencido porque su culo poderoso era un argumento irrefutable y tuvo que buscar en su intelectualidad más compleja algún pensamiento con el que enfrentarse a la verdad de la vida, a la vida, a Carmelita.
–No cariño, esto no son cochinadas. Son las memorias de Espartaco Santoni, un, digamos playboy, reconocido amante de cientos de mujeres, famoso en los desmadres marbellíes de los setenta y de los ochenta. Después se juntó con la vulgaridad cutre de Gil y Gil y entre muchos otros convirtieron aquello en una cloaca, o en un proceso judicial, que es lo mismo.
Y siguió tocándole las teclas al ordenata.

Aunque fallara ellas jamás se quejaron. Después comprendí que sus egos nunca les confiarían a las amigas que su noche conmigo fue un desastre, que inventarían cualquier fantasía, cualquier mentira para presentarse como odaliscas complacidas por el macho rugiente, por mí, por el gran Espartaco. ¡Qué lejos estaba la verdad!

–Un salido, un impotente, un viejo verde –le susurraba a gritos en la oreja la Flórez a Mangino leyendo en su nuca los párrafos que iban apareciendo en la pantalla.bolonia_ninfa_web
–No cariño, no fue ni un salido ni un impotente, fue un galán, famoso por haber amado a cientos de mujeres. Sus romances fueron célebres y las señoras se lo rifaban. Cuando acababan en sus sábanas después corrían para contárselo entre ellas, en secreto, todas: ¡Que me he acostado con Espartaco Santoni! Como Dominguín con la Gardner, lo primero que hizo fue gritárselo a sus amigotes. Las mujeres no son tan diferentes de los hombres.
«Hombres» pensó Carmelita rechupeteando un chicle y volvió la vista hacia aquel volumen roto que Terry tenía en su mesa como si de una reliquia se tratase. Siguió leyendo.

Nunca me lo he pasado mejor que en aquellos años de dexedrina en exclusiva y de furor escribiente…

–¿Qué es la dexedrina?, cariño –preguntó Carmelita mirando a Terry por encima de sus gafas de pasta negras. Terry descendió de su mundo literario y se encontró con aquellos ojos negros sin comprender la pregunta.
–¿Dexe qué? Ah, sí, una anfetamina, la tomaban mucho los estudiantes en los 60 para prepararse los exámenes, les daba mucha energía, aguantaban horas y horas sin dormir.
Carmelita pareció complacida con la respuesta. Siguió leyendo.

—¡Falta te hacía! Eso es. Que entendieras lo que es una muchacha, para que no la tuvieras por ahí, de mesa en mesa, como un mozo de taberna. Falta te hacía enterarte de una vez que una chica es asunto delicado —discutía con su marido a través del mostrador y le agitaba el gran peine negro delante de la cara—. Parece hasta mentira, Mauricio, que abuses de esa manera con tu hija. Me alegro que se la lleve; en eso le alabo el gusto, ya ves tú.

A Carmelita le gustaba aquella novela tan antigua y no las cosas tan guarras que escribía el Mangino. Unos chicos de excursión por un río, en un merendero, un domingo, podían ser ella y Terry.

—Eso está bien pensado —dijo Lucio —; una buena sangría se agradece, con estos calores. Y yo que ustedes, ¿saben lo que le echaba? Pues tres o cuatro cepitas de ginebra. Así el alcol que se pierde al ponerle gaseosa, se recobra, es decir, se compensa con el alcol de la ginebra, ¿eh? ¿Qué les parece la receta?
—Está bien; pero es que eso es mucha mezcla ya, y después a las chicas se les sube a la cabeza por menos de nada.
—Ah, bueno, en ese caso… Si ustedes quieren tener consideraciones con las faldas, ahí ya no entro yo. Pero le advierto que en mis tiempos no andábamos con esos respetos; se hacía lo que se podía. Se conoce que ahora…

Otras veces sí me sentía pletórico, como un caballo. Pero en el fondo me aburría representar el papel de macho, repetir una y otra vez la misma función. Follar se convirtió en un trabajo. Me perseguían, había cola esperándome. Era como una fábrica. Entraba a la cuatro de la mañana y salía a las ocho, cuatro horas follando, repitiendo mecánicamente frases, caricias, sonrisas, arremetidas, suspiros, abrazos, risas y gemidos…

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Terry levantó la cabeza del teclado y contempló a Carmelita embebida en su lectura. Carmelita era sorprendente. A veces se ponía tan burra que parecía sacada de las memorias del marbellí, Terry se acojonaba. O le daba por leer un libro cualquiera y parecía un ángel, calladita en un rincón horas y horas, extasiada en una página cualquiera.

—Cuidado no se caigan…—dijo el hombre—. Ustedes lo pasen bien.
Ya se alejaba por los árboles; «¡Qué ricos! ¡Tostaaos!» Sebas se daba media vuelta en el regazo de Paulina; le dijo:
—Anda, Pauli, lucero, ráscame la espalda un poquito.
—¡Míralo él!
—Si es que pica mucho, mujer.
—No haberte puesto al sol. Además, es peor si te rasco. Lo que te puedo hacer es untarte de nivea; eso sí.
—No quiero pringues; luego se pega todo el polvo.
—Entonces nada, hijo mío; lo siento. De rascarte, ni hablar.

Terry aprovechó que Carmelita no decía ni pío para seguir con lo suyo:

Con Tita todo era diferente. A poco de empezar ya andábamos gimiendo y enseguida nos llegaba el placer como un relámpago, nos retorcíamos como muelles descontrolados entre las paredes del cuarto, por el suelo, por el jardín, hasta en la piscina. Retumbaban nuestros cuerpos como campanas, ella me pedía tanto que parecía que me sacaba los hígados y yo sudaba y sudaba por complacerla porque era la única que de verdad me interesaba, porque era la…

—Menos bromas, que os quedáis sin sangría. El hielo está para pocas.
—¿No se lo habrá guardado Mely por dentro del bañador?—dijo Fernando—. A ver, Mely…
—Anda, búscalo, chato —le contestaba Mely—; a ver si te quemas. Pero va a ser del guantazo que te arreo.
—¡Pues si está aquí! ¿O es que no tenéis ojos en la cara? Se ha espachurrado un poquito, pero le queda sustancia todavía…

Maruja era lasciva y bruja, mucho, parecía una perra en celo, cochina y marrana, me provocaba delante de todos en los saraos de los Hohenlohe con una vulgaridad extrema. Bueno, ellos estaban encantados de que apareciéramos por allí porque sabían que montaríamos el espectáculo y después se hablaría durante meses de aquel día en que Maruja iba enseñando el felpudo rasurado, porque fue de las primeras que se afeitó el coño, que entonces todas llevaban unos felpudos de vikingas…

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«Joder, esto es una mierda, cada vez escribo peor –pensó Terry releyendo sus textos– no sé lo que me pasa, es de una vulgaridad suprema, aunque pondría cachonda a cualquiera de esas focas que leen la prensa rosa o ven la telebasura, aunque seguro que Espartaco lo hubiera firmado».
Terry seleccionó el último párrafo y le dio al suprimir. Suspiró más tranquilo, bueno, aquello parecía más coherente. Él quería escribir… bueno, lo que realmente él quería comunicar era el ambiente pernicioso de las fiestas marbellíes, que… aunque, en el fondo lo que intentaba explicar de los verdaderos amantes, los que de verdad interesan a las mujeres no son los fornicadores viciosos, no, son los… sí, los que se interesan por ellas, los que dicen frases cariñosas, con alguna picardía, eso, sí, los que… Levantó los ojos, Carmelita seguía enfrascada en su libro. Se apoyaba en los codos tirada en el suelo, inflando el chicle y explotando los globitos, plaf, plaf. Después se rechupeteaba los restos de chicle que le quedaban en los labios y volvía a inflar globitos y volvía a explotarlos, plaf, plaf. Terry la miraba, llevaba un pie descalzo y las medias rotas hasta la pantorrilla… llevaba, Terry no sabía lo que llevaba, miraba y miraba…

Todos miraban riendo hacia Santos y Carmen. Dijo Santos:
—¡Bueno, hombre!, ¿qué os pasa ahora? ¿Me la vais a quitar? —Echaba el brazo por los hombros de Carmen y la apretaba contra su costado, afectando codicia, mientras con la otra mano cogía un tenedor y amenazaba, sonriendo: —¡El que se arrime…!
—Sí, sí, mucho teatro ahora —dijo Sebas—; luego la das cada plantón, que le desgasta los vivos a las esquinas, la pobre muchacha, esperando.
—¡Si será infundios! Eso es incierto.
—Pues que lo diga ella misma, a ver si no.

Si no hubiera sido por La Tarzana todas las mujeres me parecerían iguales. Ella no, ella era primitiva, brutal. Tenía un culo redondo como una plaza de toros, dinamita picante como los chilis de mi país. Yo la seguía como un perrito faldero incapaz de resistir sus llamadas, cuando me galopaba parecía una salvaje, indomable, incansable. Una noche la penetré por detrás y cuando empezó a gemir y yo creía que la cosa ya estaba hecha de pronto estalló como una loca de dolor, de rabia, de sufrimiento atroz. –¡La almorrana, me has reventado la almorrana! –gritaba como poseída por un mal incurable. –¡Ay!, no sigas por ahí, detente, acuéstate aquí, ven, ven a mi lado, cariño

–¿Vienes?, cariño –y Terry echó a temblar cuando levantó los ojos de la pantalla y se encontró con Carmelita, o con la falda de tubo rajada de Carmelita y sus medias caídas y rotas y sus tacones, bueno, sólo uno porque iba del otro descalza en la esquina del salón donde parecía un ángel bueno. Carmelita, ¡ay, Carmelita! Terry hubiera querido terminar aquel reportaje sobre la virilidad y la caballerosidad de… sobre el ambiente marbellí, sobre la corrupción urbanística, sobre las mujeres que cabalgaban a los hombres, sobre las fiestas de alcol y anfetaminas, sobre los felpudos depilados y los paparazzis, sobre…
«Dexedrina –suspiró–, creo que la voy a necesitar».

Gabriel de Araceli


_DSC3021_web©Fotografías de Ángel Aguado López tomadas en Roma, Bolonia, puente de Titulcia (Madrid) sobre el río Jarama.


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