Rafael Alonso Solís

Una de las salidas fáciles para rellenar columnas literarias lo constituyen las efemérides. No hay una sola fecha que no coincida con el nacimiento, la comunión o el fallecimiento de algún personaje. El pasado 4 de diciembre cogió el tren Manuel Marín, un politico que paseó su buen talante y su elegancia por la vida parlamentaria, y que ennobleció la presidencia del Congreso de los Diputados desde 2004 a 2007. Marín se metió oficialmente en política en 1977, al ser elegido diputado por Ciudad Real en las listas del PSOE. Desde entonces vivió de la cosa, gracias a ese vicio del sistema que lleva a mantener en nómina a quien pasa por la pila del bautismo. Junto a su trabajo en la Comision Europea, su sencillez y su mantenimiento de una vida discreta, a Marín hay que reconocerle que no se llevó un duro que no le correspondiera, ni se le imputó delito alguno, ni fue sospechoso de trincar. Tras anunciar que se iba a dedicar al problema del cambio climático, en 2008 fue nombrado presidente de la Fundación Iberdrola, y todo indica que lo hizo con la profesionalidad que le caracterizaba.

Manuel Marín descansa en su despacho en Bruselas durante las negociaciones para la entrada de España en la CEE. 1985. Foto gentileza de Alfredo García Francés, por la que obtuvo el Premio Nacional de Periodismo, 1985, publicada en EL PAÍS.

Aún sin despedirse, también el pasado 4 de diciembre cumplió noventa años Rafael Sánchez Ferlosio, del que se dice que es uno de los más grandes prosistas de la lengua castellana. Ferlosio se hizo famoso por la publicación de su novela El Jarama, con la que obtuvo el premio Nadal en 1955. La relación entre Ferlosio y esta novela es contradictoria, puesto que, mientras la critica de la época la consideró un hito en lo que podría llamarse la literatura realista de posguerra, a él se le atragantó pronto, y hace pocos días, en una de sus últimas entrevistas, seguía renegando de ella y negando la calidad que le reconocen los demás. Cierto es que, tras inaugurar esa vertiente del realismo posguerracivilista, a Ferlosio le dio por encerrarse en su casa, estudiar gramática y escribir sin descanso bajo el estímulo de las anfetaminas. Así inventó un estilo al que los estudiosos acabaron por ponerle un nombre para los libros de literatura, y que consiste en bloquear la recaptación de neurotransmisores farmacológicamente y escribir sin descanso, enlazando un frase con la anterior hasta que uno se cansa y se va a dormir, ya de madrugada. FerlosioDe esta forma, y sin pretender la fama, Ferlosio ha acabado por escribir como Dios y sin pedirle permiso a nadie, lo cual es de admirar en los tiempos que corren. Si se le pregunta, sigue diciendo que su mejor obra es Industrias y andanzas de Alfanhuí, en 1951, y, si acaso, El testimonio de Yarfoz, treinta y cinco años después. Los paisajes por los que se mueve Alfanhuí son los mismos que los de Comala, que Juan Rulfo describió en Pedro Páramo, o el vasto y cerrado territorio de Macondo, que García Márquez nos dejara entrever en Cien años de soledad. También los espacios de Tesejiraque, por los que Manuel Almeida ve pasar lagartos, lunas y profetas, cuya lectura es altamente recomendable.

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