Pascual Izquierdo

Amanece septiembre y ya comienza a oírse, de forma sutil y solapada, la palabra Navidad.

Llega octubre a las pantallas y algún anuncio se atreve a insinuar la proximidad del gran advenimiento.

Se asoman a los calendarios los primeros días de noviembre mientras se afanan los operarios en la instalación de las luces que han de iluminar las calles.

Es a mediados de noviembre cuando estalla la pirotecnia de los villancicos, cuando se encienden las arquitecturas luminosas, cuando sobre el plasma se despliegan los perfumes.

Estamos en Navidad. Una Navidad que se extiende hasta mediados de enero.

Dichoso el penitente que sea capaz de soportar tan prolongado sufrimiento.

 

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