Rafael Alonso Solís

Dicen que Queipo de Llano –aquel milico golpista y borracho, que alcanzara el grado de teniente general y disfrutara de un marquesado como premio a sus méritos–, durante su virreinato en Andalucía en la guerra civil, animaba a los machos por la radio a violar a las mujeres rojas con objeto de demostrar la esencia de la virilidad, el valor de los esteroides testiculares en la definición del carácter, la raza contenida en los cojones. De la misma época y calaña, aunque mucho más feo, era José Millán Astray, al que en Madrid aún se le ennoblece con la calle que lleva su apellido, a la que la actual alcaldesa ha propuesto cambiar el nombre por decencia. Millán Astray, compañero de armas y uno de los modelos castrenses de Franco, debió ser un psicópata sanguinario, un fantoche sangriento y amante de los cadáveres, una de las muestras más aterradoras de aquella España en la que una parte defendía a la muerte frente a la inteligencia, y así nos fue el pelo. Millán Astray fundó la Legión, un ejército de élite dura y carente de sutilezas, un cuerpo destinado a resolver los rescoldos de la nefasta política africana por la vía directa de los baños de testosterona y las cabezas cortadas adornando los árboles del jardín. A mano tenía, como lugarteniente, a Francisco Franco, que ya posaba para las esculturas de las plazas de los pueblos, se entrenaba para misiones posteriores matando moros y –un suponer– se masturbaba a la vera del Cristo de la Buena Muerte. No es de extrañar que con aquellos ejercicios espirituales, con aquellas señales de la cripta, se fuera forjando la personalidad del futuro caudillo fascista, y que, a la sombra del Atlas, aquel “sapo iscariote y ladrón” –como lo calificó León Felipe– soñara con repartir castigos desde la silla del juez, hacer de juez supremo, imponer la ley y el orden desde su silla, dirigir aquella suma de naciones y países como se dirige un cuartel o se pastorea un rebaño. A Millán Astray se le conoce por la gesta que protagonizara en la Universidad de Salamanca, rodeado de su guardia personal y apoyado por el clérigo Enrique Pla y Deniel –el cardenal español, más tarde arzobispo primado de Toledo, que definió aquella contienda como guerra justa, elaborando la justificación teológica de la misma–, cuando sacó su arma y amenazó a Miguel de Unamuno, viejo y decepcionado, quien tuvo el valor y la dignidad de plantarle cara a la muerte. El filósofo tuvo que salir del claustro del brazo de la mujer del dictador, que había asistido al acto, achuchado por una jauría desencajada y cobarde, dispuesta a iniciar la instauración de un terror que duró muchas décadas. Como si el tiempo no hubiera transcurrido, la Plaza Mayor de Madrid se ha llenado hace días de legionarios gritando contra Manuela Carmena, que se ha atrevido a poner el nombre del general fascista en su sitio y devolver un poco de limpieza al callejero.


Unamuno sale escoltado por el arzobispo Pla y Deniel y acosado por los legionarios de Millán Astray del acto de exaltación franquista en la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936.

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