Los Diarios robados de Azaña

Gabriel de Araceli

Si la calidad intelectual del personaje viene dada por el rechazo que sus ideas y sus obras generan entre sus enemigos podemos asegurar que la figura de Manuel Azaña se encuentra en el escalón más alto del Olimpo de los pensadores, políticos y escritores del siglo XX en España. Vituperado hasta la hipérbole por la derecha y los militares, odiado por los propagandistas de Franco hasta el absurdo, defenestrado por la Iglesia varias décadas después de su muerte revisar la figura de Azaña supone adentrarse en el estudio de uno de los períodos más flamígeros de la historia reciente, la II República. Y leer sus Diarios el descubrimiento de un político comprometido con el progreso y el desarrollo de un país hundido en el atraso y el placer de encontrarse con un escritor brillante y aplicado._DSC0014_web

«Azaña fue el español de más talla que reveló la breve etapa republicana» dice Salvador de Madariaga en su obra España. Una personalidad que no fue precisamente azañista, y que le describe «con cara de pocos amigos». Paul Preston señala en su obra “Las tres Españas del 36” que “reformar el Ejército, separar Estado e Iglesia y modernizar un país ignorante fueron las obsesiones de Azaña”. Tales intenciones recibieron la oposición frontal de la caverna patriótica, que veían aquellos propósitos como un ataque a las prerrogativas seculares que había mantenido desde el reinado de Felipe II. Y al promotor de aquello un enemigo contra el que lucharon a muerte porque se jugaban el trono al que no querían renunciar.

«Es difícil encontrar entre los escritos o palabras de Azaña el lenguaje ofensivo y amenazador contra el Ejército del que le acusaba la prensa de derechas, como el ABC» señala Preston. «Franco fue el que más resentimiento e inquina mostró hacia Azaña, a partir del cierre de la Academia de Zaragoza, hecho que se produjo el 30 de junio de 1931», continúa Preston.

Dentro de unos meses se cumplirán veinte años de la recuperación de los Diarios de Azaña, un acontecimiento que podríamos titular como truculento sainete de no ser por lo habitual que es que en la piel de toro que habitamos sucedan estas cosas. La historia es la siguiente según la cuenta en la Introducción a los Diarios Santos Juliá, o afirmaba Ángel Viñas en una conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el pasado 14 de abril de 2016:

Iniciado el cruento golpe militar del general Franco, en septiembre de 1936 Azaña se ve apesadumbrado por la tragedia que ensangrienta España. Temiendo su desaparición y la de los diarios los confía a su amigo y cuñado Cipriano Rivas Cherif, que parte con ellos como representante al Consulado de Ginebra en esas fechas. Como vicecónsul allí se encuentra el diplomático Antonio Espinosa San Martín, que decide robarlos a primeros de diciembre de 1936, junto con otros documentos menores, para hacer méritos antes de pasarse al bando rebelde. Espinosa San Martín deserta y huye a Génova y entrega los Diarios a Nicolás Franco, que estaba haciendo en Italia gestiones con el fascismo de Mussolini a favor de su hermano el general. Ya en poder de Franco, este encarga al propagandista Joaquín Arrarás una versión escogida de textos que trate de suscitar desavenencias, malestar y agravios entre los republicanos. El diario ABC, de Sevilla empieza a publicar la versión de Arrarás el 18 de agosto de 1937. Los epítetos y sanciones que la derecha católica y los rebeldes dedican a Azaña podrían componer una antología del insulto rayando en la vesania o en lo ridículo: Azaña era para el grafólogo que preparó la edición especial «castigo y providencia de Dios Nuestro Señor, como el demonio despachado al mundo para templar el ánimo de los mejores. Un hombre bilioso y cardíaco, de carácter brusco, colérico, refractario al amor y a la ternura, de gustos femeninos, con la voluntad entregada a sus aduladores y  de aficiones despóticas». Entre los detractores de Azaña se encontraba el dandi, fascista y refinado César González Ruano, que también dedicó su ingenio creativo a flagelar al presidente de la República. En la actualidad, la figura de González Ruano ha caído en desgracia tras revisar sus aficiones político-literarias, e incluso se ha retirado su nombre en los premios periodísticos que financiaba una entidad aseguradora. La traslación pendular de la historia.

Parece ser que Azaña intentó recuperar sus diarios solicitando a Negrín que negociara con el enemigo su canje por algún prisionero, se habla de Rafael Sánchez Mazas, pero el intento no fructificó.

La publicación de los diarios no provocó ningún resentimiento ni malestar grave entre los personajes citados en ellos, más allá del disgusto o la sorpresa de verse reflejados. Tampoco supuso gran provecho para el franquismo. Tras la contienda, los diarios cayeron en el olvido y se creían en poder de la familia Franco, que siempre lo negó. Se dieron por perdidos hasta que repentinamente, con la llegada del Partido Popular al poder fueron descubiertos entre los papeles desordenados del general. La hija del Caudillo, Carmen Franco, los entregó en diciembre de 1996 a una casi desconocida y joven (no tanto) ministra de Cultura, Esperanza Aguirre.

Los diarios robados por Espinosa San Martín fueron tres de los nueve que escribió Azaña. Los que van del 22 de julio de 1932 al 26 de agosto de 1933. Además de estos diarios Azaña escribió también otros de la misma naturaleza estando en Barcelona y antes de exiliarse en Francia. Tienen un contenido político, son crónicas y sucesos acaecidos en esos trece meses en los que Azaña era presidente del Gobierno de la República. No hay en ellos ninguna intimidad personal más allá de las sensaciones que produce en su ánimo maltrecho por la política el disfrute de la naturaleza, o su afición al teatro o su proximidad y contacto con las gentes en la calle (ahora impensable en un presidente). El carácter de ogro desestabilizador que le inculpó el franquismo no se sostiene a poco que se profundice en los hechos históricos. Azaña fue presidente del Gobierno desde el 14 de octubre de 1931 (tras la dimisión de don Niceto) hasta el 8 de septiembre de 1933 (con el intermedio de tres días, del 9 al 12 de junio, en el que dimitió). Veintiún meses en los que tuvo trece ministros. Fue el presidente que permaneció más tiempo al frente del ejecutivo. De septiembre de 1933 a diciembre de 1935, con Lerroux y la CEDA de Gil-Robles en el poder se sucedieron siete crisis de gabinete, hubo doce gobiernos y 58 ministros. Lo cual dice mucho del carácter conciliador, político y organizativo de Azaña y de su capacidad para negociar acuerdos entre los diversos partidos políticos. Y eso siendo Azaña el líder de un pequeño partido que maniobra y logra acuerdos entre las grandes formaciones políticas, ya sea el Partido Radical, el dividido PSOE (ayer como hoy) o la Esquerra catalana y con la oposición de tenaza de los monárquicos y los anarquistas.gobieerno-azana36

En los Diarios se refleja una sociedad y un país no muy diferente y lejano del que ahora vivimos. Siempre en un tono mesurado, Azaña cuenta sus impresiones sorprendentemente actuales: «No sé yo si llegarán a dos docenas las personas del mundo parlamentario y periodístico con las que se pueda razonar seriamente» recoge en sus Diarios el 25 de enero de 1933, página 147. O este otro comentario del 11 de mayo de 1933, página 271, referido a la corrupción, que es, como se ve, cosa antigua: «Acaba de ser detenido por la policía un alto funcionario, que era hombre de confianza del subsecretario, y que tomaba dinero como miembro de un tribunal de oposiciones. El sujeto ya mangoneaba en el ministerio durante la dictadura…».

O la intromisión constante de la Iglesia en la vida pública. Con objeto de mortificar a Alcalá Zamora, católico practicante que, como Presidente de la República ha firmado la Ley de Congregaciones se distribuye a las salidas de misa una hoja monárquica con el siguiente párrafo: “Rogad a Dios en caridad por el alma de don Niceto y su desgraciada familia”. 5 de junio de 1933. Página 330.

O el gasto del dinero público en obras absurdas tan actual ahora lo recoge Azaña con un apunte el 23 de agosto de 1933, en la página 423: «Recibo una comisión de las fuerzas vivas de Sevilla… vienen a pedir dinero. La manía de grandezas y un errado cálculo de provechos que engendran la exposición [se refiere a la Exposición Iberoamericana, de 1929] y la desaforada granujería… han sumido a Sevilla en la bancarrota… a causa de los despilfarros a que se arrojaron en tiempos de Primo de Rivera».

El tiempo no pasa al leer las crónicas de Azaña sobre algunas regiones: «En ninguna parte de España la política es tan bárbara ni inmoral como en Valencia, bajo el predominio de los blasquistas, que ahora están adheridos al partido radical… los “autonomistas”, que capitaneaba Sigfrido Blasco [hijo menor de Blasco-Ibáñez; a veces se aliaba con Lerroux, a veces con la CNT, a veces con don Niceto, implicado en el escándalo del estraperlo en 1935] se conducen como cabileños». 13 de julio de 1933, página 395.

O sus opiniones sobre las fiestas y costumbres ancestrales: «Esta mañana he regresado de Alicante invitados para asistir a la bárbara fiesta de las hogueras de San Juan…». 26 de junio de 1933, página 377. O esta otra sobre los toros del 13 de julio de 1933, página 395: «Por la tarde he ido a los toros: corrida de la Prensa. Compromiso… He comprobado que los toros no me gustan, ni siquiera me entretienen. Antes de acabar la corrida, me marché».

El trato diario que Azaña mantiene con los personajes protagonistas del momento le llevan a escribir observaciones más políticas que personales, en las que cabe el reproche o la crítica severa. Hay referencias constantes a Largo Caballero, Julián Besteiro, Casares Quiroga, Marcelino Domingo, Fernando de los Ríos, Miguel Maura, Lerroux, Gil-Robles, Santiago Alba, Álvarez del Vayo, Álvaro de Albornoz o Luis de Zulueta.  Así, por ejemplo dice de Indalecio Prieto que «debe de estar enfermo, la violencia de su carácter [se sabe de la personalidad ciclotímica, bipolar decimos ahora, del dirigente socialista] es tal que tiene aterrorizados a sus funcionarios». 29 de noviembre de 1932, página 73. O sobre el general golpista Sanjurjo, al que indultan de la pena de muerte: «Yo le había cobrado cierta simpatía, como a un animal viejo e inválido», 25 de agosto de 1932, página 53. O de otros personajes menores como el comandante Franco, el aviador: «Franco es una mezcla de brutalidad y locura y sus glorias de aviador han acabado de trastornarle la cabeza». Curiosamente, apenas si cita en dos ocasiones al general Franco, una de ellas porque «está muy enojado por la revisión de ascensos. De hacer el nº 1 de los generales de brigada ha pasado a ser el veinticuatro… voy a enviarlo a Baleares, donde estará más alejado de tentaciones». 8 de febrero de 1933, página 166.

Del que sí escribe repetidos comentarios y juicios es de don Niceto Alcalá Zamora. La mayoría son por razones del cargo y las relaciones a las que les obliga el gobierno de la nación. En los comentarios se reflejan claramente las enormes diferencias existentes entre ellos, don Niceto es un político forjado en la vieja monarquía, amigo del “borboneo”, mientras que Azaña no ha tenido experiencia política hasta el 14 de abril de 1931, por lo que se siente como virgen y esterilizado de los gérmenes perniciosos para los moradores que habitan en el Palacio real: «Es un marrullero, don Niceto no está a la altura de su papel. ¿Qué hacer? ¿Echarlo? Consentir sus manejos no es posible; para eso más vale que no haya República».12 de mayo de 1933, página 284. O esta otra del 28 de mayo, página 313: «El Presidente, entrometido como un cacique, no se contenta con hacer recomendaciones a los ministerios para que se den destinos a sus amigos, sino que pretende dirigir personalmente la política».

Es el enfrentamiento entre dos personajes contrarios y complejos. Dos titanes henchidos de orgullo que no están dispuestos a doblegarse ante el contrario. Y es un rasgo que asoma en la personalidad de Azaña, su carácter un tanto soberbio y sobrado de facultades, que a veces resulta antipático y altivo, se siente como el timonel de un país anquilosado al que es necesario activar.

Respecto a las mujeres apenas si aparecen en sus Diarios. Hay una ligera referencia a Clara Campoamor [ver comentario1], a la que tacha de pedante por «romper una caña en favor del voto femenino», página 57, 24 de diciembre de 1932. Y también un par de comentarios sobre la Princesa Bibesco, de soltera Asquith Elizabeth, casada con el embajador de Rumanía, famosa por sus conquistas amorosas extramatrimoniales. Azaña sugiere que puede ser una espía y rechaza sus insinuaciones, la Bibesco incluso pretende presentarle a un amigo, el hijo de Primo de Rivera (así lo nombra Azaña), insignificante y casi desconocido en aquel momento histórico. Azaña la ignora con cajas destempladas. Su vida privada escapa a ninguna cita en sus  Diarios.  En ocasiones se refiere a Lola, su mujer Dolores Rivas Cherif, con la que comparte el gusto por el teatro o la música. Matrimonio asimétrico el de Azaña y doña Lola, separados por veinticuatro años de diferencia. Azaña morirá en 1940. Y doña Lola le sobrevivirá hasta 1993, recibiendo el saludo de los Reyes y rehabilitada por el gobierno de Felipe González.

Los Diarios se abren con una introducción acertada de Santos Juliá, en la que recoge el devenir errático de los mismos y el tiempo histórico y la personalidad del autor, que murió aplastado por el peso de la empresa que no pudo levantar, quizás porque era imposible para aquellos momentos. Está enterrado en Montauban, Francia. En su funeral su féretro se cubrió con la bandera de México, porque el Régimen de Vichy no permitió que lo fuera con la bandera republicana.

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MANUEL AZAÑA

Diarios, 1932-1933

“LOS CUADERNOS ROBADOS”

1997 CRÍTICA GRIJALBO-MONDADORI

442 páginas. Introducción de Santos Juliá. XL Páginas

 

 

 


Enlaces relacionados:

85 aniversario de la proclamación de la II República

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1 pensamiento sobre “Los Diarios robados de Azaña”

  1. Oponerse al voto femenino que procuraba Clara Campoamor en los debates parlamentarios en 1931 podría parecer ahora una postura machista, más viniendo de un político como Azaña, resuelto luchador por los derechos sociales de todos los ciudadanos. Pero en aquellos momentos, tras la larga noche de la monarquía borbónica la mujer en España estaba completamente subordinada a los deseos del varón y la Iglesia adoctrinaba con tal presión las conciencias femeninas que la mujer no era más que una marioneta en manos del hombre (las mujeres podían ser elegidas, pero no electoras). Por esa razón y para evitar que el voto femenino recayera en manos de la derecha torva y de la Iglesia inquisitorial no sólo Azaña, sino también mujeres progresistas como Victoria Kent (republicana radical socialista) se opusieron al voto femenino. Hubo un encendido debate entre ambas mujeres en el que salió vencedora Clara Campoamor y la mujer consiguió el derecho de sufragio. Era el 1 de octubre de 1931. En las elecciones de noviembre de 1933 la victoria recayó del lado de las derechas del Partido Radical (liderada por Lerroux, al que estaba afiliada Clara Campoamor) y de la CEDA (Gil-Robles). Y comenzó lo que se ha dado en llamar el Bienio Negro, una contrarreforma de los escasos logros en materias de derechos y avances sociales, paralización de la Reforma Agraria, etc., conseguidos durante los dos primeros años de gobierno de Azaña. Ni Clara Campoamor ni Victoria Kent consiguieron en las elecciones de 1933 acta de diputado.

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