Un cuento de navidad

Gabriel de Araceli

     El pisito de mi abuela, una cuarta planta sin ascensor de una humilde barriada al otro lado del río estaba dañado por la vejez, por la mala calidad de los materiales, por la pobreza y por el olvido de sus pobladores.  Yo jugaba por allí al escondite con Manolín, un vecinito del tercero. Aquellos cuartos húmedos eran nuestro universo rutilante en el que hacíamos mil batallas huyendo de los apaches o navegando en un barco pirata por el Caribe.

     Manolín, sin embargo, empezó a faltar a nuestras aventuras y un día me dijeron que se lo había llevado la leucemia, que estaba en el cielo colgado de una estrella. Entonces no entendía muy bien quién era la leucemia, pensaba que sería una tía lejana que vivía en otro barrio. Y lo de las estrellas tampoco lo entendía. ¿Cómo va a estar Manolín colgado de una estrella?, me decía. En fin, mis aventuras tuvieron desde entonces a un compañero imaginario, Manolín, con el que jugaba secretamente.

—¡Cuidado!, tienes detrás al indio Jerónimo —le grité mientras disparaba mi revólver de plástico.

—Me has salvado la vida, gracias Angelito —me respondía Manolín enderezándose en la silla de su caballo Pinto. Los pieles rojas huían en desbandada.

     Un día aparecieron en el techo del comedor-dormitorio unas grietas amenazantes que en cosa de horas aumentaron telúricamente, como pronosticando un derrumbe inmediato. Mi papá, previsor, pensó que el techo se venía abajo y que lo mejor era poner a salvo a toda la familia antes de que ocurriera alguna desgracia. Y con buenos reflejos nos ordenó a mi hermanita y a mí que saliéramos rápidamente de la sala. Providencial orden. Porque a poco de salir nosotros de estampida, aquella techumbre de cañizo y escayola podrida y frágil cayó con un estruendo horroroso sobre el suelo, ¡PUMBA!, como si fuera una bomba. Noté como un tirón, como alguien que me arrastraba fuera de allí, que me libraba de aquella nube de polvo espeso y escombro sucio que arruinó los escasos enseres que mis padres tenían y convirtió en un fragor de llantos, voces, zozobra, gritos y quebrantos el pisito de mi abuela.

—Me has salvado la vida, gracias Manolín —dije yo.

—Te lo debía, compañero, tú me salvaste de Jerónimo —respondió Manolín espoleando a su caballo Pinto entre una niebla de yeso flotante.

     Las escaleras se llenaron de vecinas sobresaltadas que lloraban preguntándose qué había sucedido, dónde estaban los niños, si la señora Luisa, mi abuelita, estaba bien, cómo estaba mi mamá. «¡Dios mío, dios mío, qué tragedia más grande, con lo guapos que eran aquellos niños tan ricos!».

     Los bomberos no tardaron ni cinco minutos en llegar y plantarse en la escombrera. ¡Jo, los bomberos! Con su camión rojo, su sirena estridente, la campana arrebatada, alegre como una fiesta. ¡Qué emoción, los bomberos! Entonces, todos los niños queríamos ser bomberos. La calle perdió por un momento su opacidad triste y rápidamente se llenó de curiosos mirando hacia el edificio sin ver por dónde salía el fuego. Y cuando entraron en lo que nos quedaba del piso aquellos hombretones de azul que desde mi reducida estatura de niño me parecían montañas, con sus cascos resplandecientes, sus mosquetones, sus picos y palas al hombro yo me eché a temblar del susto y a reclamar a gritos la presencia de mi papá, al que creía aplastado bajo los cascotes.

     Entre los mirones de la calle que esperaban algún suceso sangriento, corrió rápidamente el rumor de que había una niña sepultada bajo los escombros y que a una señora mayor, mi abuela, la habían llevado a la Casa de Socorro, y que a un bombero le había alcanzado una teja, y que a una pareja de recién casados que yacía amorosa en el lecho les había caído encima la lámpara del techo; y que la mamá de la niña sepultada se había tirado por el patio y que… Afortunadamente nada de eso pasó, los bomberos se retiraron atléticamente, ya sin peligro sobre nuestras cabezas, todos indemnes. Los curiosos que aguardaban más carnaza se marcharon decepcionados. Recuperé a mi papá, al que sólo se le destrozó el traje que vestía; la niña supuestamente aplastada, mi hermanita, estaba tan campante bebiéndose un vaso de leche. Mi abuelita, eso sí, se llevó un buen soponcio cuando vio cómo quedó su casa, lloraba y lloraba. Y mi mamá, a poco, cogió la escoba para hacer un huequecito entre las ruinas donde pasar la noche lo mejor posible. Después, desde mi improvisada camita de mantas con las que me tapó mi mamá, observé que el cielo raso de nuestra techumbre se llenaba de estrellas brillantes que me guiñaban sus ojos como si fueran besitos de buenas noches.

     Y sí, era verdad. Colgado de la Estrella Polar Manolín espoleaba a su caballo Pinto y agitaba al aire su sombrero victorioso. Los pieles rojas huían en desbandada.

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Navidad 2017

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