Ángel Aguado López

Leer un libro de Manuel Vázquez Montalbán es como adentrarse en una catedral gótica u observar El Jardín de las Delicias, un universo inesperado que te cae en las manos. Se necesitan días y días de atenta introspección y repetidas visitas para percibir una parte única del retablo extraordinario y radiante que se le presenta a los ojos del lector.

Eso sucede al introducirse en el laberinto de “Pasionaria y los siete enanitos”. Manuel Vázquez Montalbán comienza su ensayo desentrañando el papel que desempeña en la mitología griega Psique, Afrodita y Eros, y en la posterior sociedad europea pre-burguesa el personaje-icono-rol de Blancanieves, o Cenicienta, la madrastra y los enanitos, siete, como los días, como los planetas, en torno a un astro, o a una mujer, a la que protegen, o a la que desean. Los argumentos de MVM son tan apabullantes que nadie, por muy erudito historiador que sea puede recriminarle una idea interesada o disgregadora, más allá de la pulcritud científica y documentada que revisten sus páginas. La referencia iniciática es una obra clásica de la psicosociología literaria, “Morfología del cuento”, un ensayo escrito por Vladimir Propp en 1928, aunque la inteligentzia europea lo ignorara hasta 1959; no se podía aceptar en la noche de la guerra fría un argumento proveniente del estalinismo de la CCCP. A partir de las ideas de Propp, MVM establece las consideraciones eróticas y sociales por las que el mito de Pasionaria se extendió por todo el orbe proletario como guía y madre de una revolución necesaria para cambiar el mundo: Blancanieves-Cenicienta-Psique-Afrodita-Eros-PCE-madrastra-pensionaria-abuelita; tiorra roja para la psicopatología castradora del enanito franquista; o el rechazo que sufrió en su libertad amatoria por parte de sus compañeros, los enanitos comunistas, impotentes para abrazar la otra revolución, la sexual.

Dolores Ibárruri es Blancanieves-Psique como diputada electa en las elecciones de febrero de 1936. Su elocuencia espontánea y la naturalidad de sus palabras dolores_ibarruri_1936arrastraban a las clases hambrientas tras sus discursos. Y era aquel fervor denunciando los excesos del anti-republicanismo del Bienio Negro lo que la condenaba para la prensa reaccionaria: Afrodita-madrastra. MVM hace una exposición amplia y diversa de esos momentos tan difíciles de la historia de España, en los que una mujer de 41 años, con dos hijos a cuestas y otros cuatro fallecidos, separada y sin más bagaje cultural que su militancia obrera se expresa en el Parlamento y siembra el desconcierto y el odio de aquella otra España que, entonces como ahora, consideraba la piel de toro como su finca y a los españolitos como vasallos de usar y tirar. Será durante décadas la gran dama digna para todo el komitern estalinista, en un intercambio mutuo interesado de representación de los valores del comunismo pagado con el plato de lentejas que le concede la nomenclatura.

Y pasará Pasionaria a Pensionaria tras su dimisión como secretario general del PCE, en 1959, recibiendo el culto a la personalidad que el PCUS impone a sus partidos satélites. Y ya en la transición democrática española, tras la exaltación a virgen procesional con la que la recompensará en Roma el enanito-ogro Carrillo recién muerto el sátrapa, Dolores pasará a ser la abuelita cariñosa a la que todo buen enanito comunista le dedica, al menos, una tarta de cumpleaños, en los 80.

La madrastra nada sabe de los pecados inconfesables cometidos en la noche del comunismo. La desaparición en 1937 de Andrés Nin, o la purga de Jesús Hernández o de Jesús Monzón o de Francisco Antón, su amado del alma; o con posterioridad la expulsión de Semprún y Claudín, entre otros. O los ajusticiamientos que sufrieron (Carrillo miraba para otro lado) Heriberto Quiñones, o León Trilla, o Comorera; o las falsas acusaciones que el estalinismo vertió sobre el inocente y benevole Noel Field, o sobre Bedrich Geminder (Irene Falcón, la secretaria perpetua de Dolores y amante de Geminder lloró amargamente cuando un bilioso Semprún recordó durante la reunión del buró central, en Bohemia, en 1964, su brutal ejecución acaecida en 1952); o el fracaso de la Huelga General Pacífica en 1959; o la invasión de Hungría, en 1956, por los soviéticos a la que no puso reparos (aunque sí se opuso a la invasión de Checoslovaquia en 1968)  son asuntos que se diluyen en la dialéctica estalinista, como consecuencia del juego de alianzas que en aquellos años dominaba el mundo. ¿Erais cómplices o tal vez imbéciles? pregunta un acalorado Arthur London a los bragados comunistas españoles que aceptaron sin más, o por zampa, las imposiciones de Stalin.

Dolores fue Blancanieves junto a Francisco Antón, su príncipe azul, catorce años más joven que ella. Una relación que mantuvieron con gran discreción, pero que se topó con la incomprensión y el rechazo de la mayoría de los enanitos comunistas, dogmáticos moralistas, machistas consumados, que arrastraban la frustración sexual que Lenin enunció deseable para todo buen bolchevique frente al amor libre, ¡aquella invención burguesa! De Blancanieves Ibárruri pasó a Afrodita, madrastra, hembra herida por el abandono de Antón, mantis religiosa que devora al amante y lo condena al averno de una fábrica perdida en Polonia por su deserción, por enamorarse de otra mujer más joven, por su heterodoxia, acusándole de ser un agente capitalista. Él, Antón, recibido por Stalin junto a Carrillo y Dolores en el Kremlin, en 1948. Él, Antón, de presumible secretario general del PCE a digno obrero manual en Varsovia. Después volverían a verse, en 1975, cuando el homenaje en Roma a la virgen de los Dolores, pero no se dijeron nada.

Y fue Dolores la gran dama digna, la diosa Ceres cuando todos los enanitos se peleaban por el poder en la larga diáspora del exilio, entre París y Moscú, entre México y el interior, entre Crimea y Praga, entre Toulouse y Madrid. El enanito Líster, el enanito Uribe, el enanito Claudín, el enanito Ignacio Gallego, el enanito Castro Delgado, el enanito Semprún, el enanito Azcárate, o el enanazo Carrillo, el enanito más listo de todos, el zorro rojo, como lo denomina Paul Preston. Todos cavando, o socavando la mina comunista para apoderarse del gran diamante de la poltrona presidencial de la secretaría general del PCE. Dolores, Pensionaria en su doble condición de florero chino y mater amantísima, retrato de grupo con señora. La gran mentira del comunismo, el terror de Stalin, los partidos satélites clonados del PCUS, la sumisión del proletariado a los preceptos impuestos desde la cúspide estalinista criminal, la casta que pasa sus vacaciones en las dachas de Crimea, o que tiene acceso a los alimentos, a los pisos con calefacción en el gélido Moscú, o los que tienen cama en los hospitales, todo eso será obviado por el comité central, todos sonámbulos, puro vodka, nómadas, suicidas, militantes.

Y fue la mater dolorosa que pierde a su querido hijo Rubén, muerto en la defensa de Stalingrado y héroe por tanto de la URSS. Esa tragedia la arrastrará amargamente a lo largo de sus días, como culpándose de su amor y dedicación por la causa obrera, por el romanticismo comunista, incapaz de vencer a pesar de sacrificios tan llorosos a la santísima trinidad capitalista: mercado universal, verdad neoliberal y ejército vigilante (el yanqui), como ahora.

Y ya convertida en un símbolo inocuo ejerce hasta el final de sus días de abuelita venerable, siempre embutida en su vestido negro y su pelo recogido en un moño según la tradición vizcaína de mujer digna y vernácula, aceptando agradecida los homenajes que le hacen los enanitos nietos (Andrés Sorel, Jaime Camino), o inmutable ante las recriminaciones que le hace el enanito nieto díscolo, Gregorio Morán.

Veintisiete años después del fallecimiento de Dolores Ibárruri puede parecer ociosa la lectura de este libro si no fuera porque lo escribió un gigante. Pasionaria ocupa un lugar recóndito en el anaquel de la historia reciente de España. Vilipendiada hasta la náusea por la hagiografía franquista, la olvidadiza memoria tampoco le ha otorgado un papel relevante en el feminismo patrio, como si su pasión amatoria a contra corriente no significara un hito en la revolución de las costumbres y los usos amorosos en aquellos tiempos plomizos, a pesar de la ceguera y la desaprobación de sus camaradas de partido que la condenaron por ser una mujer valiente en el amor.

Manuel Vázquez Montalbán es posiblemente el escritor más brillante que ha producido España en la segunda mitad del siglo XX. Su extensa obra trata todos manuelvazquezmontalban1los géneros imaginarios: poesía, gastronomía, ensayo histórico, crónicas sentimentales de las distintas transiciones políticas o sociales por las que ha pasado el país, novelista afamado y temido columnista, periodista, padre de uno de los personajes más leídos de la democracia, el cínico, irreverente, resignado y conmovedor detective Pepe Carvalho. Su prematura muerte dejó pasmado y huérfano al universo metafísico y literario europeo, al tiempo que la aznaridad descorchaba cava al verse librada del azote que tanto zahería con sus artículos entre otros al esperpento de los tres enanitos de las Azores, cuatro con Barroso. Después, todos supimos qué pasó. Quizás Blancanieves hubiera también gritado de espanto desde alguna tribuna, Pasionaria ella, contra las armas de destrucción masiva que el capitalismo neocon desplegaba nuevamente contra el harapiento proletario iraquí.

Encontrar “Pasionaria y los siete enanitos” es una tarea ardua o imposible. Agotado, los esfuerzos por conseguirlo en librerías de viejo han resultado estériles. Existen tres ejemplares en la red de bibliotecas públicas de la Comunidad de Madrid. El ejemplar consultado ha recibido desde su aparición, 1995, la visita de veintiún lectores, según consta en el estadillo de anotaciones de fechas. Veintiún lectores en veintiún años. Magra costumbre la de leer en este país sacudido por su violenta historia.

No se descarta el presumible boicot editorial a una reedición que puede haber sufrido un rojo como MVM y una obra como esta en un lugar como este. Más aún en estos tiempos, cuando la política cultural del Gobierno, ahora en funciones, estuvo representada por un espécimen enanito que tras su desconcertante gestión educativa marchó a París a vivir libertariamente, pasionario él, su nuevo amor con otra guerrillera desertora de la aznaridad. Seguramente en la Avenue Klèber, donde se reunían, clandestinos, los enanitos del comité central.


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Pasionaria y los siete enanitos

Manuel Vázquez Montalbán

Editorial Planeta, Espejo de España, 2ª edición, junio de 1995. 542 páginas.


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Bagdad, trece años después

 

 

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