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Nadie sabe por qué a José Antonio González Pacheco le gustaba tanto que le llamaran Billy el Niño. Es posible que el apodo surgiera, en voz baja, en las aulas universitarias madrileñas, durante los años sesenta, cuando aquel ridículo matón de la Brigada Político-Social iniciara su carrera de torturador y comenzara a añadir muescas a las porras negras o a los puños americanos con los que golpeaba en los interrogatorios. O puede que se lo pusiera él mismo, ansioso de alcanzar la gloria de la calle, y lo difundiera en medio de las palizas que aplicaba a los detenidos, con aquellas chaquetitas grises de hombros estrechos, pantalones de campana y corbatas anudadas con impecable nudo Wilson que vestía durante la jornada de trabajo. A William Booney –el Billy histórico– las leyendas de la frontera llegaron a adjudicarle hasta veintiuna marcas en la culata del colt, durante una corta y sangrienta carrera como pandillero en Nuevo México y como pistolero a sueldo en la banda de Chisum, cuando la guerra entre ganaderos y aspirantes a políticos locales del condado de Lincoln se ventilaba a tiros y se resolvía con la eliminación del competidor, el exterminio de los ovejeros o la corrupción de los administradores de justicia. A González Pacheco, sin embargo, aún no se le ha juzgado, al igual que a la mayoría de los torturadores franquistas, a los matones que imponían la ley del silencio e instauraban el miedo bajo la protección de una placa, o a los que daban las órdenes desde los consejos de ministros o los cenáculos del partido único. En el caso de los últimos, incluso, algunos se convirtieron en héroes de la transición y han seguido recibiendo medallas y reconocidos los servicios prestados. Si el cine ha mostrado en ocasiones a Billy el Niño como un atractivo bandolero y un libertador de las praderas –nada menos que Paul Newman, Marlon Brando o Kris Kristofferson lo han encarnado en la pantalla–, la realidad es que los daguerrotipos de la época muestran a Booney como un tipejo malencarado y con indicio de pocas luces, carente de cualquier asomo de belleza o hidalguía. Curiosamente, González Pacheco –cuya fotografía actual está siendo difundida en las redes sociales estos días– tiene, si cabe, un aire aún más marcado de rata consumida por el odio, como si la impotencia constituyese un aspecto característico de su personalidad y eso fomentase su afición a joder al personal sin distinción de géneros ni edades. Cuando era joven disimulaba su escasa estatura con tacones y se cardaba la melena para aumentar la sensación de volumen. Ahora su careto ha surgido con la oportunidad que la historia nos da en raras ocasiones, y la habilidad de un fotógrafo nos ha permitido reconocerle en la calle. Sin que se trate de venganza, González Pacheco debería ser el primero de una larga serie de imputados por los crímenes pertrechados por la policía franquista, y aprovechar su salida a la luz para ajustar las cuentas con la dictadura.

Rafael Alonso Solís

La Opinión de Tenerife


http://www.lasexta.com/programas/sexta-columna/torturador-billy-nino-muestra-arrepentimiento-dejeme-paz_2015092500350.html

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