Rafael Alonso Solís

Preguntar a la gente acerca de cuestiones cerradas se ha convertido en una especie de mantra con el que se convoca a la democracia en su versión supuestamente más pura, más cercana a sus orígenes espirituales e intelectuales, puede que más canónicos. El autor del documental Las cloacas de interior, Jaume Roures, ha reconocido que “democracia” es una palabra prostituida. De la misma forma que lo son “libertad de expresión”, “justicia”, “honestidad” o cualquier otra que esté recogida en el catálogo de las buenas costumbres y en los libros de estilo de la corrección política. Es más, ¿qué es corrección y qué es política? ¿Qué significan las dos cosas, cuando se juntan en ese término tan ambiguo como pérfido y polisémico? Si estos conceptos tuviesen algún significado compartido y aceptado moralmente, seguramente no sería necesario estar haciéndoles referencias contínuas. La realidad es que las palabras no significan nada en sí mismas, y que únicamente alcanzan su valor cuando son libres y se manifiestan al margen de los catecismos o las ideologías. Las palabras tienen sentido cuando se mueven entre otras, a las que abrazan y besan, con las que se confrontan y confunden, con las que son capaces de conformar rimas, soportar tragedias, inventar comedias o trasladar ideas. Las palabras cumplen su función, y seguro que lo hacen con todo orgullo, cuando se usan para explicar lo inexplicable, para acompañar a los gestos o para multiplicar el lenguaje. Pero las palabras no significan nada en absoluto cuando se utilizan de forma interesada, con intenciones aviesas y sin que al que las pronuncia le dé vergüenza el maltrato o la tergiversación a la que se las somete. Por eso mismo, preguntar a la gente –a la que llamarla así parece que la ennoblece o la sublima, un trile coloquial en el que incurre tanto la derecha como la izquierda– sobre cuestiones cuya respuesta está decidida de antemano es una perversión de los mismos principios que se supone sostienen la credibilidad de la pregunta. Es difícil aceptar que algún referendum no esté amañado desde sus orígenes. Los dictadores los practican habitualmente, una vez que se han calculado las posibilidades, se han fletado los medios de transporte y se ha garantizado la provisión de bocadillos. En las denominadas consultas populares –esos remedos de democracia en los que el número de votantes no suele superar a los habituales del barrio o a los miembros de la cofradía– la pregunta está cuidadosamente diseñada para que su respuesta haya sido prevista con amplio margen de error, dentro de los intervalos de confianza previamente calculados para el entorno. Cada uno de nosotros suele considerar la pregunta según su redacción y su relación con el lenguaje y los objetivos de ese ente mafioso al que solemos identificar con “los nuestros”. Mientras no aceptemos que consultar requiere que la informacion sea suficiente y los consultados hayan recibido la educación a la que tienen derecho, seguiremos realizando consultas suyo resultado solo respetaremos cuando coincida con el contenido de nuestras miserias.

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