Ángel Aguado López (fotos y texto)

En verano, caña al cuerpo

Se ha popularizado mucho el uso de las bicicletas estáticas en los polideportivos como actividad física. Los gimnasios de cualquier barrio están llenos de infinidad de máquinas, artefactos y cachivaches para que el público pueda ejercitarse y evitar el sedentarismo que impone nuestra sociedad de consumo. Bajo términos extranjeros de dudoso significado: rooning, fitness, pilates, aerobic, joging, footing, spinner, etc. se ofrecen actividades físicas que existen desde hace más de cien años: correr a pie, hacer gimnasia, estirarse, o simplemente hacer rodillos. Pareciera que el denominar con una palabreja anglófona a un término en castellano concediera al ejercicio mayor validez científica o fisiológica, o le confiriera un encanto que no se consigue llamándolo por su nombre en español.

A fin de cuentas, no es más que la mercadotecnia que la industria del deporte despliega para vender sus productos. Otro tanto sucede con el efecto pendular de las modas. Desde que hace unos meses una indígena mexicana ganara un ultra-maratón con las sandalias de su tribu del Yucatán, ha surgido una legión de corredores urbanos conversos de las sandalias, a las que adoran como si de un enviado divino se tratase, un nuevo profeta del ejercicio, echando por tierra décadas de investigación e innovación tecnológica en desarrollo del calzado deportivo.  Abebe Bikila ganó descalzo el maratón de los Juegos Olímpicos de Roma, en 1960, lo que entonces se consideró propio de un país subdesarrollado como Etiopía. Ahora, sin embargo, correr descalzo es símbolo de modernidad.

Corredoras en el velódromo olímpico de Lyon.

Cualquier practicante del ciclismo conoce y ha usado los rodillos. Tres cilindros, unidos el central y el primero por una correa de transmisión y sobre los que se coloca la bicicleta para que el ciclista pedalee sin moverse del sitio, aunque requiere mantener el equilibrio y se corre el riesgo de caerse. La evolución tecnológica ofrece en la actualidad diferentes modelos de rodillos, artilugios y simuladores que permiten al practicante ilusionarse con la subida virtual al Galibier, o disputar un esprín al lado del hercúleo alemán Kittel.  En todos los gimnasios existe una sala de bicicletas estáticas, en las que un monitor grita desaforadamente mientras que un pelotón de esforzados ciclistas de salón suda solidariamente como si ascendieran el Alpe d’Huez en el mes de julio.

Tradicionalmente, los rodillos se utilizan en competición para calentar, bien en pista o en carretera antes de pruebas contra-reloj. O como método de recuperación tras una sesión intensa de entrenamiento o prueba deportiva. O cuando las condiciones climáticas, la lluvia, el frío no permiten entrenar. En el último Tour hacer rodillos se ha puesto de moda gracias a que Froome, el ganador, rodaba sobre ellos un breve espacio de tiempo, no más de diez minutos, al acabar la etapa. ¿Alguien vio alguna vez a Indurain sobre los rodillos? Aunque, tradicionalmente, la mayoría de los corredores prefieren la ducha y el masaje y se interesan poco por los rodillos post-competición, el gesto de Froome ha recuperado un trabajo, los rodillos, que siempre ha sido residual, sustitutorio del intenso trabajo sobre la bicicleta y que tampoco ofrece al ciclista experto grandes mejoras deportivas.

Marcio Bruseghin calienta antes de tomar la salida en la etapa prólogo del Dauphiné Liberé del 2001. Lleva en la nariz un algodón empapado en mentol para vaso-dilatar los conductos nasales.

Más allá del calentamiento o la reabsorción de la acidosis producida durante el entrenamiento o la competición, los rodillos, o el spinner en los gimnasios, producen pocos efectos fisiológicos importantes para los deportistas de nivel medio o alto. Podría considerarse como una actividad recreativa de relación social, una estrategia comercial más dentro de las que los centros deportivos ofrecen al cliente para fidelizarle, como esas sesiones de gimnasia colectiva, el aerobic o fitness o la zumba, en las que, al igual que en el spinner, un musculado monitor se mueve frenéticamente y grita consignas guerreras mientras una legión de amas de casa u oficinistas en la hora de la comida le imita entre charcos de sudor.

La mejora de la capacidad aeróbica es limitada con el uso de los rodillos y poco más puede ofrecer su práctica. Más allá del uso terapéutico, profiláctico o social los rodillos, el spinner, no son esa panacea que mejorará hasta límites insospechados nuestra menguada condición física. No, ayudan, pero no generan campeones.

Laurent Jalabert calienta sobre unos rodillos antes de tomar la salida de la etapa prólogo del Dauphiné Liberé de 2001, Lyon, Francia.

La metodología de los rodillos utilizada por los corredores depende del fin que se persiga: recuperación, corrección postural de la pedalada (frente a un espejo, observando la ejecución en planos perpendiculares al suelo, perfectamente verticales, en el caso de ciclistas jóvenes o nuevos practicantes). Desde un punto de vista biomecánico, la pedalada es una cadena motriz repetitiva, un movimiento cíclico, sencillo, limitado y cerrado, que no ofrece ninguna variación, pero que conviene perfeccionar, ejecutar lo que se llama el pedaleo redondo. Un pedaleo en el que intervienen tanto los músculos flexores como los extensores, a diferencia del llamado pedaleo a pistón, en el que solo se utiliza la musculatura extensora. Gesto característico de los escaladores épicos de los tiempos de las fotos en blanco y negro del gran Fede Bahamontes o de Anquetil. Aquellos en los que el ciclista se retorcía como una lagartija, o como un martillo pilón en los ascensos legendarios al Puy de Dome.

Ese perfeccionamiento técnico del pedaleo redondo es uno de los beneficios que proporciona el uso de los rodillos. Es una buena forma de optimizar el gesto, de economizar esfuerzos y rentabilizar las condiciones físicas del ciclista.

Una sesión corriente dura unos 25 minutos. Comienza con un pedaleo suave, con desarrollo ligero, en el que predomine una frecuencia entre 90 y 105 pedaladas por minuto. Tras unos cinco minutos y cuando se haya entrado en el umbral de esfuerzo se aumenta el desarrollo de forma progresiva hasta llegar a la frecuencia cardiaca que hayamos establecido. Se puede realizar algún esfuerzo fraccionado hasta alcanzar el umbral anaeróbico y repetirse ese esfuerzo durante algunos minutos. Los últimos 3 – 4 minutos se utilizan para la vuelta a la calma, con desarrollos siempre cómodos, en los que la cadencia, la agilidad sea siempre el objetivo a trabajar, por delante de la fuerza.

En fin, que como decían los antiguos pioneros de la actividad física es conveniente evitar todo aquel artificio y moda que no redunde en lo esencial: la salud y el bienestar del deportista, del ciudadano.

Resistencia aeróbica y estiramientos. Estos son los fines que debe reunir la actividad física. Lo demás es accesorio.

 

Ángel Aguado López es Especialista en Entrenamiento Deportivo y Experto en Psicología del Deporte por la UNED; Monitor Nacional de Atletismo. Fue durante dos años Director Deportivo del equipo de cilismo de cadetes del Real Velo Club Portillo, Madrid

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