Pascual Izquierdo

     Últimamente, a los vinos les pasa lo mismo que a muchos poetas: que han elevado su nivel. Todos creen transmitir algo de emoción y embrujo, todos parecen haber modernizado su lenguaje, todos proclaman ser fruto de una mezcla de tecnología y tradición; pero sólo los auténticos superan ese buen hacer generalizado que se ha impuesto gracias a las barricas de roble, la extensión de las lecturas y la fronda de premios que en uno y otro campo se conceden.

     Pero llega un momento en que, al igual que los poetas, todos los vinos saben igual. Todos tienen un toque más o menos pronunciado de roble, un aroma de experiencia más o menos sazonado, un conjunto de astringencias generalizadas, un eco algo difuso de las tendencias más recientes, un posgusto de alta gama, una aproximación visible a los grandes autores. Todos saben igual, suenan lo mismo, se sirven en la misma copa amplia y diáfana, han sido envejecidos en las mismas naves de crianza, han ido madurando en las mismas estrofas escritas por la Generación del 27 o alrededor de las huestes acaudilladas por Gil de Biedma.

Lectura de versos endecasílabos a cargo del poeta Pascual Izquierdo

     ¿Qué hacer, entonces, si todo es una clonación que se repite? ¿Compramos o no compramos ese último libro de poemas que acaba de ser galardonado con el premio Loewe? ¿Abrimos o no abrimos esa botella de autor, que ha obtenido el último zarcillo de oro y forma parte de una exquisita colección de sólo 1.000 ejemplares?

     Gran dilema se presenta. En los momentos de duda, lo mejor es dejarse llevar por el deleite. Sentados en la mesa, el vino forma parte de la liturgia imprescindible, aunque esté escaso de metáforas y repita en exceso los ismos y las evocaciones; puestos en la tesitura de leer poemas, parece casi imposible evitar que nos asalten los taninos de la madera, aunque sea muy limitado el abanico de aromas frutales que desprenden.

     Se aconseja tener mucho cuidado a la hora de abrir una botella. Como parte sustancial de la liturgia, se sabe que no conviene agitar los versos y que debe olerse el papel en el que han sido impresos. Y también saborear críticamente la primera estrofa, para verificar que no se ha estropeado el producto por exceso de ruido o falta de entusiasmo adolescente. Si se lee un libro de poemas, es necesario comprobar que las estrofas han envejecido en barrica de roble americano y no de fresno leonés. Y que, al final, no quedan posos en la copa ni huellas que delaten las fuentes de las que se bebió.

     De acuerdo con las prescripciones médicas, debe tenerse siempre en cuenta que, tanto el verso como el vino, son saludables si se toman en dosis moderadas. Se recomienda a lo sumo tomar dos poemas diarios, sólo en la comida, y leer no más allá de dos copas de vino. Los poemas deben ser tintos y el vino, preferentemente, que no tenga rastro alguno de experiencia.

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