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Rafael Alonso Solís

     A la Legión le sienta bien el luto, el pelo en el pecho de lobo desbordando la camisa, los correajes nostálgicos y el amor a la muerte. En un escorzo más del viaje al pasado en el que está empeñada la derecha española, la gran creación del general Millán-Astray se ha colgado la colección de medallas, ha hecho ondear la bandera y ha marchado en procesión castrense a celebrar –un suponer– la tortura y muerte de un judío rebelde que nació en Nazaret hace siglos, que dicen disfrutó de una estancia postdoctoral en los más avanzados centros esotéricos del antiguo Oriente, y al que el gran imperio romano utilizó a la perfección para poner en marcha un instrumento de dominio que ha llegado hasta nuestros días. En la Legión, a las unidades militares tipo batallón las llaman banderas, como para recordar de dónde venimos y a dónde vamos, como para hacernos sentir la llamada de la tribu, como para subrayar el mito eterno del trapo como señuelo de la tropa, en un juego de palabras cuyo significado no requiere análisis lingüístico alguno, porque penetra con sencillez y sin esfuerzo a través de los sentidos más primitivos. Puede que por eso la iglesia y la milicia hayan ido siempre de la mano, y mientras una amenazaba con el castigo eterno la otra enarbolaba la bandera, la bayoneta y el fusil. Más que un noviazgo con la muerte, la relación entre clérigos y soldados es una especie de cama redonda, teocrática y guerrera, adornada de barbas rijosas y poblada de túnicas de alma oscura, con el toque de animalismo inverso del macho cabrío a la cabeza del desfile, muestra del potencial androgénico que tiene el uso de las armas, para marcar el paso y que las botas redoblen sobre el suelo con la seguridad de la ausencia de misterio, con la simplicidad de aquel hallazgo de Hitler, cuando en un discurso memorable dijo que “un tanque es un tanque y una bomba es una bomba”, y que el actual presidente del gobierno español ha adaptado a las circunstancias al hacernos ver que “un plato es un plato y un vaso es un vaso”. Grandes verdades, al fin y al cabo, que los líderes están obligados a aclararnos de vez en cuando. Y es que no nos enteramos, coño. Si fuese cierto que hay dos Españas, con una siempre dispuesta a evangelizar a la otra, la Legión es el cuerpo místico de la que se cree grande, libre y elegida. Tal vez por eso pocas imágenes haya más esperpénticas que las de los caballeros legionarios, con su gesto tallado en rigor castrense, mientras pasean al Cristo de la Buena Muerte y hacen sonar los tambores por la calles de Málaga. Charanga, peineta y pandereta como símbolos de la España más negra y más retrógrada. Ésa que vuelve para salvarnos a través de la reencarnación juvenil del integrismo ibérico, mientras los ministros practican el karaoke o hacen playback sin creerselo del todo. Qué miedo.

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