Terry Mangino (Texto y fotos)

 _DSC0095_web      «¿Tendrá vergüenzas el cristo? Era un hombre, al fin y al cabo —se pregunta doña Angustias sujetándose la peineta de carey y la mantilla de Chantilly que el viento quiere arrancarle—, aunque lo del Espíritu Santo y lo de la Virgen…». Y le invade un sentimiento de pecado. Es un viento sarraceno y contumaz, ultramontano y hugonote que azota sin tregua a las procesionarias el viernes santo, luto riguroso, al final del cortejo palaciego. Los faldones del cristo soportan los envites eólicos sin revelar si bajo los braguetones se encuentra o no la santa hombría. Doña Angustias expía sus malos pensamientos con letanías y se absuelve: «Cualquier mujer lo habría pensado» —se dice reconfortada._DSC0075_web.jpg

     Para doña María Dolores es un día feliz. Y turbador. La inquieta esa virilidad desbordante de calzones apretados, tercios de Flandes y capotes encarnados que exhiben los lanceros velazqueños que acompañan al cristo. Y mira complacida esas alavergas, perdón, alabardas —se enmienda en su bisbiseo doña María Dolores— erectas, inmensas en los brazos de los hombres y esas espadas enhiestas como surtidores de sombra y sueños que homenajean al cristo. Y se ve doña Dolores como una Lolita de flores a María que tú bordaste en rojo ayer y soldadito español, deseada por esos pechos descamisados y esos brazos legionarios que elevan al cielo, por los vientos al cristo de la buena muerte. «Mi descamisado, Jesús mío, por qué llamas a mi puerta cubierto de rocío» —se pregunta para alejar de sí los malos pensamientos. Y bisbisea una contrición mercedaria.

     Doña Tristana no ve diferencias entre don Lope y el cristo. Un pater y esposo que la trastorna y la sojuzga. Padre severo y regañón, que solo tiene palabras para reprimendas. Cónyuge poco afectivo, que apenas si le complace su feminidad. «Flaquea mi fe» —se resigna. Y se le van los ojos entre los uniformes, las medallas en la pechera, las estrellas en la bocamanga y los sables y los soldaditos valientes. ¡Arde mi espíritu, Señor mío!, en esta semana de pasión.

     Doña Magdalena se alborota con los anderos del cristo, hombretones recios, castellanos con la mano en el pecho, marciales en sus túnicas cárdenas. Y se le va el querer en primaveras, enredado en su pecho un venablo carnal. ¡Ay, ese vigor nazareno!

     Y se encuentran al final del cortejo procesionario las miradas de doña Angustias y de doña María Dolores y de doña Tristana y doña Magdalena como un desafío, dios por medio, que soy yo quién tiene la fe, la peineta y la mantilla más grandes al servicio de cristo, nuestro señor. La imagen cadavérica las mira desde allá arriba sin decir nada, sin que el viento pueda arrancarle los faldones._DSC0090_web

     ¡Viva la blanca paloma! Rompe el sepulcral silencio un enfebrecido penitente, vozarrón de resolí y clavel en la solapa. Gran pagano, que se hizo hermano de una santa cofradía. «¡Qué guapa es mi virgen!» —grita doña Inmaculada entre los turistas del “segwey” que apunto están de atropellarla. Doña Inmaculada prepara el móvil mientras carraspea y se suelta con una saeta: ¡oh la saeta el cantar de la tierra mía! Mientras, se graba un “selfie” para enviárselo a los nietos de Córdoba «que la están esperando».

     ¡Al cielo con ella! señores!, grita el capataz. Le pega un martillazo a la campanilla y de un envión se levanta la virgen de las Calatravas, ¡desprevenida!, que casi le da un lumbago, empujada a los cielos por los 44 costaleros que cargan con los mil kilos de la talla. Y suena el chunda, chunda, ta chunda, chunda, chunda y todo es amor a la patria mía y al Jesús de la agonía y gritos de viva España en una confusión entre lo pagano y lo sagrado, la espada y la cruz, la Constitución y el catecismo. ¡Es una erección juvenil, contundente, rojigualda, militar, masculina! Una arremetida épica entre tricornios, capirotes, testosterona, trajes Giorgio Armani, señoras de negro, mantillas, peinetas y tambores de Calanda atronando la Puerta del Sol.

¡Señor, señor, danos tu fortaleza!

 

 

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