Rafael Alonso Solís

Se ha pretendido interpretar el insólito fervor mariano como una muestra de la impregnación masoquista del entorno. Cuando una entidad platónica designa presidente a la misma persona acerca a la cual hace chistes, es posible que obtenga algún placer en el escarnio. Al electorado le gusta el porno duro y la dominación, durante la cual se instaura una serenidad de sacristía, con olor a incienso y distensión de esfínteres. Puede que cada época tenga su vicio propio, su vomitivo exquisito y su paradoja, y en la que vivimos destaca la afición al castigo, el placer por el látigo y la identificación entre el placer y el dolor de la cruz. Al fin y al cabo, el cristianismo y su aspecto redentor no fueron inventados por su supuesto fundador nazareno, sino por un emperador romano, que cayó en la cuenta de su valor añadido. Hace poco, un jubilado reconocía en la calle que él era socialista de toda la vida, pero que votaba en modo mariano con objeto de preservar su pensión. Pero el fervor mariano tiene, además, un componente taoísta, si bien con detalles heterodoxos. Ser fiel a la esencia original provoca que el mundo entero se acerque a ti en busca de paz y serenidad. Pocas cosas mejor instaladas en el origen que el marianismo esencial, siempre esperando a que escampe, en esa inefable interpretación de los tiempos que le caracteriza. Aunque el tao mariano es peculiar, y sólo toma algunos elementos de la tradición, mientras que otros son el resultado de la experiencia –algo que no se describe y, simplemente, se vive o no se vive como un éxtasis, un orgasmo o una cornada–. Por ejemplo, es un principio taoísta no favorecer a los mejores, lo cual parece una apuesta decidida frente a la meritocracia, tan denostada por las sectas más perversas, estúpidas y nocivas de la izquierda –que, por lo visto, y al menos en este aspecto, también son taoístas o se manifiestan como tales, puede que sin saberlo–. Sin embargo, el taoísmo mariano contradice cosas contenidas en el mismo versículo que el rechazo al mérito, como es la sugerencia a la no acumulación de tesoros, ya que con ese cumplimiento se pretende evitar que el pueblo robe. El pueblo, cuando se le llama así, no parece otra cosa que el personal de bajo nivel social, y roba únicamente en proporción a su patrimonio, lo cual no aparece cuantificado en el Tao te Ching –al cual estamos siguiendo en esta reflexión, más mariana que otra cosa–, ni puede exhibir riquezas, sencillamente porque no dispone de ellas, si bien como en todo, se trata de cuestiones y comparaciones relativas.  Es difícil encontrar una fórmula política más taoísta que el camino mariano –o el código, como ha sido denominado por un agudo periodista gallego, que aún no ha sido despedido de la SER, dicen que porque sabe cuajar la tortilla para que no quede ni seca ni babosa, sino en su punto–.

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