Figuras del cotarro: los aznarianos

Rafael Alonso Solís

En 1977, con prólogo de Francisco Umbral, se publicó el libro Figuras de la Fiesta Nacional, recopilación de la serie de artículos que, con ese título, había publicado en Diario 16 el gran Cuco Cerecedo, y que no pudo ver en ese formato al fallecer en septiembre del mismo año. Sirva esta columna para hacerle un pequeño homenaje, en el año en que podría haber celebrado su 80 cumpleaños, iniciando un apartado en Por Peteneras que se inspira en su brillante hallazgo periodístico y literario.

En uno de los momentos cumbres de su producción intelectual, José María Aznar –a la sazón ex presidente del gobierno de España, algo después de la etapa gloriosa en que hacía bolos con otros líderes del ramo y contribuía al descubrimiento de los lugares donde se ocultaban armas de destrucción masiva– expresó, con su finura característica y un punto de matonismo castizo, uno de los principios inequívocos del neoliberalismo: “las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber, déjame que las beba tranquilo”. Con aquella presunción, típica de la chulería y el lirismo intrínsecos de su formación pilarista, Aznar pretendía mostrarse como un bebedor de fuste, que lo aguantaba todo y no precisaba controles. La realidad es que, en algún momento de mayor humildad, ya había confesado en cierta ocasión que, durante su adolescencia, se tomó unas cañas con los amigos que le turbaron los pensamientos y aparcó ese vicio para siempre. Los aznarianos y aznarianas de pata negra son gente de estudios ralos y adquiridos con prisas, a través de títulos propios en universidades privadas o en la delegación que Harvard tiene en Aravaca, como es el caso de su actual líder. Algunas veces se foguean en los ayuntamientos y diputaciones, donde la cercanía con el personal les permite desarrollar sus habilidades como monologuistas, si bien se trata de una rama venida a menos, a pesar de tener reconocida la autoría de un plan para que los alcaldes sean los propios vecinos, eligiéndose a sí mismos como quintaesencia de la democracia popular, que no ha sido ejecutado hasta el momento. Los más próximos al círculo originario hacen prácticas bajo su regazo y ejercitan sus habilidades llevando las relaciones sociales de las mascotas, y cosas así. Es esta facción una de las más populares entre el gentío que ocupa los barrios altos, en los que se valora mucho su capacidad para montar y desmontar hospitales en tiempos de pandemia, donde alojan a los casos de patología de pasillo, y hasta los construyen sin personal de forma milagrosa, mediante el truco de los panes y los peces, muy conocido desde la antigüedad. La especialización constructora de escasa funcionalidad suele ser un factor común, y a veces se extiende a aeropuertos sin aviones o espacios culturales de poco uso, con lo que se consigue que duren más tiempo. Y si ya el fundador se mostró capaz de hallar armas de destrucción masiva donde otros no las encontraban, algún destacado analista de provincias ha llamado recientemente la atención acerca de la impregnación maoista de ciertos virus, como evidencia de que la biología acaba por tener sesgo, incluso hasta esos niveles minúsculos. Una característica de la mecánica aznariana es su carácter pendular, ya que se pasan la vida viajando al centro de las ideologías, siempre desde el mismo lado, lo que lleva a pensar que, en el fondo, permanecen en el mismo sitio: exactamente en esa región en que usted está pensando, bastante más a la derecha de lo que presumen.

(Photo by Terry Mangino)

El capitán Ahab, el abuelo Darwin y el tío Ángel

Lorenza Cobián

»Se me tiene por misógino, por rechazar a las mujeres, no hay ni una mujer en el relato, en esas seiscientas y muchas largas páginas que explican el cortejo, el amor que le hice a mi amante marina. En los barcos no hay mujeres, dicen que nunca conocí mujer, que mi matrimonio con esa jovencita de Nantucket, padre y esposo a la vez, fue una excusa por parecer hombre decente, que la dejé a los pocos meses de la coyunta, que no valía para eso porque nunca lo ejercí, que puede haber en mi carácter la sombra de la sodomía, encerrado en mi camarote con aquellos cinco extraños personajes. Pero, ¡es mentira! Yo soy un marino, un capitán ballenero, el gran capitán Ahab y estoy casado con la mar, ella es mi amante caprichosa y cruel, la que me obsequia con crepúsculos encendidos de fuego en los trópicos y la que me maltrata con tempestades y derrotas de lavas de hielo en los polos.

Moby Dick, de Editorial Fher, Bilbao, 1967. Contiene todo lo necesario para hacer feliz al lector sin someterle al desabrido texto de Melville, cuyo nombre, curiosamente, no aparece en la portada.

»Sí, yo soy el oficial Starbuck, el segundo de Ahab. Dicen que represento la faceta sensible, más humana, más terrena y contrapuesta a la personalidad obsesiva del vengativo cazador enfadado con el mundo. Un mundo que apenas si conoce, por donde casi no ha deambulado porque ha pasado una gran parte de su vida embarcado e ignora incluso el amor de una mujer. Se ha casado con una jovencita a la que dobla la edad, y a la que ha dejado varada en puerto, a la espera de un hijo para culminar el motivo que impera en su vida, la venganza sobre la ballena asesina que le arrebató una pierna, el leviatán marino, el monstruo, el mal escondido en las profundidades de las aguas al que persigue y por el que llevará al desastre a sí mismo y a toda su tripulación. Es un ejemplo de la obsesión irrefrenable que aboca a los pueblos al fracaso colectivo y a su destrucción siguiendo al líder mesiánico, al profeta que les seduce con sus cantos de sirenas, con sus cantos de ballenas. Leviatán: el monstruo marino, el demonio, el inconsciente colectivo de la maldad. La ballena es la mente turbada y poblada de criminales pensamientos, el mar-infierno femenino que arrastra al hombre al desastre y a la fatalidad secuestrado por la mujer, por la ballena, la hembra que con sus voces seductoras conduce al hombre a la tragedia y a su destrucción. Y sí, le era fiel, le acompañé hasta la muerte sin escuchar sus consejos que me incitaban a que no siguiera sus órdenes, que me pusiera a salvo. Me obligaba la obediencia, como tiene que hacer un marino honorable. Ahab murió por el amor de una mujer.

»Sí, Moby Dick es mi mujer, el caníbal femenino que me devoró la pierna, la hembra que envenena mis sueños, por eso debo poseerla, destruirla, por eso dejé a mi dulce esposa y emprendí la pesadilla de perseguir al monstruo. Sí, vivo obsesionado con su captura, con amarrar a estribor su cola como un trofeo, como una venganza, como el resarcimiento de una afrenta. Soy el capitán Ahak, pero mi sed de venganza, mi sed de mal es parecida a la del capitán Hank Quinlan. Moby Dick, ¡te odio!, no pararé hasta matarte, eres mi principio y mi final. No necesito más mujer que tú.

»¿Que por qué estaba en aquella factoría ballenera de Algeciras como un muchachito revoltoso disfrazado de Boy Scout? Yo era un científico, un estudioso de la fauna. Un amante de los animales. En aquella época, en 1924, no había sentimientos respetuosos con el ecosistema. Lo que ahora entendemos como “ecología” no existía entonces. Viajé a la factoría ballenera para estudiar la anatomía de los diferentes cetáceos, mamíferos que poblaban los mares de la península, de esqueleto no muy diferentes del que usted, capitán Ahab, usted, Charles Darwin, usted, capitán Fitz Roy y yo, Ángel Cabrera tenemos. Las ballenas se cazaban por millares en el estrecho de Gibraltar. Quizás ahora abanderaría el movimiento contra su caza y afearía a Japón su holocausto de ballenas y delfines. Les reprocharía a los japos que prosigan otra vez el exterminio de animales tan bellos sólo para suministrar de carne a una población que crece sin parar, para regodearse aún más en su irrefrenable gula. Necesitarían cinco océanos Pacíficos para alimentar a esa masa de habitantes depredadora. Sí, aquello fue una masacre horrorosa, miles de ballenas muertas para engordar los beneficios de una compañía danesa que apenas si dejaba réditos en Algeciras y utilizaba a la analfabeta población como mano de obra barata y desechable. Pero ya lo decía usted, querido abuelo Darwin: la especie animal de superior rango e inteligencia ocupará cualquier nicho que quede vacío y se apropiará siempre de los dominios de especies de rango inferior y hará de las demás, objeto de su depredación, incluidas las clases sociales humanas más depauperadas, los trabajadores humildes que poblaban el estrecho.

Ángel Cabrera Latorre en la Factoría Ballenera de Algeciras, en 1924.

»Poco podía saber el capitán Ahab de mis teorías del origen de las especies porque su historia terrorífica apareció en 1851, seis años antes de que yo lanzara mi gran teoría de la evolución de las especies, en 1857. Aunque es posible que tal vez nos cruzáramos en el Estuario del Río de la Plata, siendo yo un jovencito apasionado y aventurero, pues con el capitán Fitz Roy y en su barco, el HMS Beagle, nos adentramos por aquel territorio hostil y desconocido en aquel viaje iniciático y feliz en el que tanto descubrí y tanto reflexioné. Veintiún años tenía entonces.

  »¡Por allí resopla, por allí resopla! Ahora son frecuentes los avistamientos de ballenas azules en los mares de Guetaria, la cuna de Juan Sebastián Elcano. Yo describí en mi libro “Fauna Ibérica. Mamíferos”, publicado en 1914, la captura que se hizo allí en 1872. Una de las seis cazas documentadas que constan a lo largo de cuatro siglos en las costas del Cantábrico y Atlántico. Sin embargo, en seis años, de 1921 a 1927, se cazaron 3600 rorcuales y 300 cachalotes en la Factoría Ballenera de Algeciras, dejando a los cetáceos al borde de la extinción. Los balleneros vascos ya las cazaban en el siglo VII y casi se extinguen en el mar Cantábrico, de donde desaparecieron durante siglos.

Physeter Catodon. Lámina dibujada por Cabrera que aparece en la página 383 de su monumental obra “FAUNA IBÉRICA. MAMIFEROS”, publicada en 1914. Las láminas de Cabrera están catalogadas como Bienes de Interés Cultural y se conservan en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, en Madrid.

«5 de julio de 1832. —Largamos velas y por la mañana salimos del magnífico puerto de Río. Durante nuestro viaje hasta el Plata no vemos nada de particular, como no sea un día una grandísima banda de marsopas en número de varios millares. El mar entero parecía surcado por estos animales, y nos ofrecían un espectáculo extraordinario cuando cientos de ellos avanzaban a saltos, que hacían salir del agua todo su cuerpo. Mientras nuestro buque corría nueve nudos por hora, esos animales pasaban por delante de la proa con la mayor facilidad y seguían adelantándonos hasta muy lejos». Eso escribía yo en mi diario de viajes en el Beagle. Ahora de eso no queda nada, si acaso, alguna ballena franca que siente la misma curiosidad infantil por acercarse al ser humano que en aquellos años remotos.

El abuelo Charles Darwin

»Sí, yo las vi también, aunque ya no tantas en mi viaje de ida a la Argentina en octubre de 1925, hace ahora 95 años. Nos adentramos en el Estuario del Río de la Plata en el vapor Lipari. Recorrimos el mismo itinerario que cuatrocientos cinco años antes, el 12 de enero de 1520, había navegado Magallanes y Elcano en sus naos Victoria y Trinidad. Aquellos aventureros que creían haber descubierto el paso austral del Atlántico hasta el océano Pacífico y que tuvieron que retornar, desolados por el desconocimiento de aquella geografía, por el mismo estuario hasta desembocar nuevamente en el Atlántico y descender varios miles de millas hasta dar con el ahora llamado Estrecho de Magallanes, el paso natural, terrible y peligroso, donde los dos océanos se juntan.

Réplica de la nao Victoria, en la que Juan Sebastián Elcano concluyó la primera vuelta al mundo, periplo que duró desde el 10 de agosto de 1519 hasta el 8 de septiembre de 1522.

»Los barcos, el mar, la aventura, los descubrimientos, esos son nuestros vínculos: El Pequod, el Beagle y el Lipari. Nuestros hogares en los que emprendimos las travesías al nuevo mundo, a otros mundos. A Ahab le llevó a su autodestrucción. Yo, seis años acodado a la borda de un bergantín de 28 metros de eslora. Así ideé el origen de las especies. Y Cabrera a la aventura de una nueva vida en un nuevo hogar donde realizar las ilusiones, tal vez los triunfos que la raquítica España le impidió.

»Sí, hay otros barcos célebres que se llenaron de perdedores en busca de un destino mejor: El Sinaia, que apenas catorce años después de que yo desembarcara en La Plata, llevó a los republicanos españoles acogidos por México, por el general Lázaro Cárdenas. El Alcántara, en el que viajaban, ajenos a sí mismos, tal vez ignorándose el general Rojo y el filósofo Ortega, tan sobrado este de pensamientos brillantes como aquel de derrotas, agotados por la demencia que se había apoderado de sus patrias, tan próximas como distantes. O el Winnipeg, aquel paquebote que desembarcó en Chile a más de 2200 españoles que venían de la derrota. Fue el 3 de septiembre de 1939, dos días después de que se declarara el infierno de la Segunda Guerra Mundial.  O el Semiramis, aquel barco que llegó del olvido tantos años después cargado con una división de prisioneros sacrificados para glorificar al Caudillo, que los puso bajo vigilancia, no fueran a inocular con sus microbios soviéticos el nacionalcatolicismo triunfante de El Pardo. O la goleta alemana “Jungfrau”, cuyo capitán cuenta a usted, capitán Ahab que ha visto al monstruo en el mar de Java, alimentando su sed de venganza. O el “Samuel Enderby”, un barco inglés fletado por la empresa del mismo nombre, “Samuel Enderby & Sons”, una compañía dedicada a esquilmar los mares y los lugares por donde navegaba, que persiguió sin éxito a una ballena muy blanca y con una joroba enorme que lucía en sus lomos los arpones de todos aquellos que quisieron apropiársela. O el barco Essex, a las órdenes del capitán Pollard, de Nantucket, hundido en 1820 en el pacífico supuestamente por una gran ballena. O el Union, matrícula de Nantucket, que naufragó en las Azores en 1807. Mentiras, todo mentiras, que perturbaron su mente revanchista, capitán Ahab, habitada por fantasmas y el deseo de autodestruirse.

»Y el San Juan Nepomuceno, capitaneado por Cosme Churruca, matemático, astrónomo, científico y héroe de guerra que encontrará la muerte el 21 de octubre de 1805 en la Batalla de Trafalgar, donde actuaba de grumete un joven llamado Gabriel de Araceli. O Celestino Mutis, que exploró lo que hoy es Ecuador y Colombia de 1786 hasta su muerte, en 1808. O la expedición científica de Alejandro Malaspina, que en pleno estallido revolucionario francés, entre 1789 y 1794, recorrió en las corbetas Descubierta y Atrevida las costas americanas del Atlántico adentrándose en el estuario de La Plata. Todos aquellos marinos que sentían la fascinación por los mares del Sur.

»Y hay otros barcos y otras expediciones contemporáneos a las publicaciones de Moby Dick y a El Origen de las Especies: La Comisión Científica del Pacífico. Capitaneada por Marcos Jiménez de la Espada a bordo de las fragatas de guerra Covadonga, Resolución y Triunfo. Aquella expedición científica emanada del colonialismo de la vieja Europa, de la vieja España, recorrió de 1862 a 1865 los territorios ignotos de ultramar. Atravesaron un continente de un océano a otro. Una expedición que coincide con la Guerra de Secesión norteamericana y con los estertores de un reinado que acabaría en huida, en exilio de lujo. El de Isabel II, una mujer inmadura e incapaz, heredera de las vesanias de su progenitor, el rey felón. Otra ballena blanca.

Fragata Resolución, 1863.

»Queequeg es el buen salvaje, el Emilio de Rousseau que contrapone su inocencia de hombre primitivo a la brutalidad del individuo incrustado en la civilización occidental. Es la compensación simple y natural de Ismael, es el Viernes de Robinson, la naturaleza salvaje libre de maldad frente a la irracionalidad del colonizador europeo. O americano, como Ahab, de Nantucket, un puerto cerca de New York, el nuevo mundo donde han confluido todos los aventureros que buscaban una meta al otro lado de Europa.

»Y opuesta a la figura de usted, capitán Ahab, está la del capitán Robert Fitz Roy, que con tan sólo veintitrés años comandó el HMS Beagle. Fitz Roy, un marino ilustrado, un científico interesado por los descubrimientos, cuatro años mayor que yo, Charles Darwin. Quizás fuera eso, la juventud lo que nos unió en esa aventura por los mares del Sur, dos mentes abiertas a la investigación, al progreso y a la ciencia.

»Sí, yo, el capitán Ahab he leído decenas de veces la biblia. Releo constantemente los versículos de Jonás y su pecado de desobediencia. Y cómo nuestro señor todopoderoso le castigó con la expulsión de los cielos arrojándolo a las tenebrosas profundidades marinas. Tal vez le salvara el vientre de la ballena, tal vez Dios, nuestro señor magnánimo y generoso, reservara para Jonás el perdón, le refugió en el interior del pez y le devolvió a la playa indemne. El monstruo se transformó en guía y rumbo feliz para Jonás. Yo no tuve tanta suerte, la ballena me segó la pierna y más tarde segaría mi vida y la de todos aquellos que embarqué en mi desgracia. Recibí el castigo de Dios por mi soberbia. Viviré eternamente en los infiernos abismales del océano.

Ilustración original de la Editoria Fher, 1967.

»El arzobispo de Canterbury arrojó sobre mis teorías evolucionistas todo el azufre de sus doctrinas religiosas porque mis razones científicas competían con los preceptos de su fe ciega. “El Origen de las Especies” proyectaba luz sobre sus tinieblas y evidenciaba que sus argumentos anglicanos sólo se apoyaban en el éter de la ignorancia ajena. Entonces me condenaron y prohibieron leerme, otra nueva inquisición que me negaba la evidencia del conocimiento crítico. Se convirtieron en escualos que se tragaban cualquier silogismo procedente de la observación y del estudio. Condenaron al naufragio todo aquello que competía contra su espuria espiritualidad y su riqueza material en la tierra. Era eso, el pensamiento, la razón y el conocimiento ponían en jaque el lujo de su existencia acomodada. Distrajeron la mente de sus acólitos con aquella fábula de la procedencia humana de los simios. ¡Ridículos! Aún hoy abundan legiones de creacionistas convencidos de que un dios omnipotente creo el mundo en seis días y a la mujer de una costilla de Adán; Que es el sol el que gira sobre la Tierra o que el mundo es plano como el mantel de la mesa de popa donde los oficiales del Pequod se sentaban para almorzar. Están convencidos de que hay que hundir en las profundidades marinas a todo aquel que no sea temeroso de su dios, que una ballena gigante se tragará a los incrédulos, que Moby Dick resurgirá victoriosa para tragarse a los paganos seguidores de la razón. 

»Que mi padre, el obispo Juan Bautista Cabrera Ivars, fuera el primer primado de la Iglesia Anglicana en España fue para mí motivo de orgullo. Mi padre nunca me adoctrinó en el fanatismo religioso. Era un ser libre e interesado en el conocimiento que, enamorado de mi madre cuando profesaba el catolicismo, buscó la manera de profundizar en sus dos amores, el amor a Cristo y el amor a mi mamá, Josefa Latorre.  Por eso se entrevistó con el general Prim en Gibraltar, un lugar entonces poblado de ballenas que yo estudiaría cincuenta años después. Prim, el libertador, el valedor de Amadeo de Saboya, el héroe del levantamiento contra la reina de los tristes destinos, una mujer inmadura e incapaz obsesionada con levantarse las faldas y descolgar los calzones de sus amantes. Aunque bajo el patrocinio de ella se emprendiera la Comisión Científica del Pacífico. Prim, también un aspirante a espadón como Narváez, su enemigo político, que murió asesinado en la calle del Turco, esquina a la calle Alcalá. Por ese amor a la verdad que me inculcó mi padre pude yo interesarme por la ciencia y emprender todos aquellos viajes y exploraciones por El Rif y por las estepas de la dura Patagonia. Hay, en verdad, un paralelismo en los deseos de aventura que emprendimos el capitán Ahab, el capitán Fitz Roy, Darwin y yo en aquellas expediciones por los mares y las tierras del planeta Tierra. A los cuatro nos unía la curiosidad de los océanos infinitos y el saber sobre las criaturas que los pueblan. Teníamos necesidad de conocer, de desvelar y separar la ciencia de la superstición, la verdad de la creencia ciega, de elevar la razón por encima de la religión. Quizás fue el capitán Ahab el único que sucumbió a la sinrazón de su obsesión y quizás fuera eso lo que le llevó al error, su locura fue el origen de su destrucción atragantado en las entrañas del monstruo marino. Caronte varó su barca en las negruras del Hades. Ismael, al menos tú sobreviviste a la tragedia.  

     Ahab se pelea con la ballena como el lector con la novela. Es un relato de prosa áspera, farragosa, sobrada de párrafos y explicaciones vacuas que nada aportan a la narración y entorpecen su lectura hasta extremos heroicos. Incluso se recomienda, para su conocimiento esencial, una versión juvenil publicada por la Editorial Fher, en 1967. No falta a la verdad y evita la jungla de palabras inútiles brotadas de la personalidad trastornada del autor, Herman Melville. Hay en Moby Dick infinidad de páginas sobrantes, de explicaciones añejas, estorbos que el lector avisado obvia, un laberinto de explicaciones que reclama de buena voluntad y sosiego para no abandonar el barco, para no abandonar su lectura. Es una narración cargada de materia inútil, de lastre estéril, como los restos de las ballenas que enseñorean las bordas, babor y estribor del Pequod, y que sólo sirven para llenar de hedor literario, al menos no de perfume, la narración aventurera. Y esas referencias bíblicas constantes que parecen emanar de la obsesión de un profeta. Fue un pozo profundo de dudas y prevenciones el que las religiones horadaron en la mente permeable de los colonizadores de Nueva Inglaterra, que se transmitieron durante generaciones amalgamadas en lecturas religiosas. El miedo irrefrenable que sembraron los predicadores en aquellas almas cándidas que cruzaron el Atlántico rumbo a lo desconocido emerge del inconsciente alterado de Ahab en sus viajes oceánicos. A esas sentencias del libro sagrado se aferra como a una oración, como a su salvavidas Ahab para justificarse su derrota. Curiosamente, es el ataúd de un salvaje, un idólatra adorador de cabezas reducidas —tal vez metáfora del cerebro mínimo humano capaz de pensar—, lo que salvará al protagonista, Ismael, del naufragio colectivo. Como si en una cabriola, en un coletazo de la ballena, esta hubiera decidido preservar la inocencia del legado del buen salvaje polinésico sobre la estulticia de las religiones de Occidente.

La novela Moby Dick pasó desapercibida en su publicación (1851) y Melville, considerado en su época como un mal escritor, fue olvidado absolutamente durante décadas hasta que los existencialistas se fijaron en él y recuperaron el relato. Gran parte del éxito posterior, del reconocimiento que la novela goza en la literatura norteamericana (necesitada de obras que le den esplendor a su escasa producción reducida a los dos siglos de su existencia como nación) se lo debe a Albert Camus, que en 1952 ensalzó la novela y le dedicó notables elogios que llegaron a Hollywood. Quizás sea más placentero ver la película de John Huston que leer el tortuoso libro. El genio de Huston realizó la película en 1956, protagonizada por Gregory Peck, en el papel del delirante capitán Aha. Y con la brillante aparición de Orson Welles (que interpretará al corrupto capitán Hank Quinlan dos años después en Sed de Mal) en un papel secundario, el sacerdote Mapple. El cura loco que desde el púlpito aterroriza a su parroquia de fieles con su sermón sobre Jonás y su viaje a Tarsis, al lejano Cádiz, la embocadura del Mediterráneo, el lugar antiguamente poblado de ballenas donde deberá redimirse de sus debilidades y buscar la verdad, una verdad oscurecida por la amenaza ominosa de los leviatanes bíblicos.

José María Valverde, erudito crítico literario y especialista en la obra de Melville, escribió en 1987 para Planeta una introducción a Moby Dick digna del genio de su autoría. Es más, casi resultan más interesantes las anotaciones de Valverde y sus análisis tan ortodoxos como freudianos que las paranoias de Ahab y su psicosis con la ballena, un animal pacífico ajeno a la brutalidad de los hombres. Si al lector aún le quedan ganas de adentrarse en las faunas de la ballena hágalo en la edición que Austral ha reimpreso en septiembre de 2019, con las notas originales de Valverde.

Que el monstruo y los idus de noviembre les sean propicios, lector aventurero.

Madrid, otra vez

Rafael Alonso Solís

En memoria de Juan Santiso, periodista eterno, guerrero invencible, que falleció en Madrid la madrugada del 16 de octubre de 2020 durante la última lucha que había emprendido. Buen viaje, compañero del alma.

Ramón Gómez de la Serna, creador –junto con Larra, Umbral y Valle-Inclán– de alguna de las miradas literarias más personales sobre Madrid, escribió en una ocasión que la Puerta del Sol era «la vitrina del pasado pintoresco», refiriéndose a que en ese epicentro urbano se habían manifestado auroras boreales, anunciado levantamientos militares, jaleado y denostado reyes, y asesinado, de certeros disparos, a líderes políticos. Como el pasado siempre llama más de una vez, sigue siendo el lugar donde desembocan los ríos subterráneos de la ciudad, donde los titiriteros en paro se transmutan durante unas horas en esculturas de imposible equilibrio por unas pocas monedas, y donde las dos Españas se parten la cara cíclicamente.

En Madrid, al igual que en otras ciudades sin mar, a veces se inauguran sus puertos –como hacen o hacían, una vez al año, los habitantes del Valle del Kas–, o se construyen albercas para pobres –como hizo Franco con el Parque Sindical, para que se mezclaran los fluidos y se facilitara la difusión comunitaria de las enfermedades de la época–. En sus barrios chinos ocultos aún se esconden rincones portuarios, en los que el olor a marisco descompuesto se mezcla con el de alcobas de comercio oscuro y el de fritangas de entresijos. En algunas esquinas, es posible toparse con corsarios jubilados, de patillas alargadas y piernas de madera de chopo, con púgiles sonados que creen recordar sus triunfos inventados en el Campo del Gas, o con yonquis supervivientes que comparten cartones para pasar la noche con visitantes llegados de lejos en los soportales de la Plaza Mayor. Cerca de allí, hace poco más de un año, recordando la profecía angustiosa y fracasada de la ciudad durante su sitio histórico, dos mujeres adolescentes proclamaron durante horas que Madrid sería «la tumba del fascismo». Desgraciadamente, en el viejo corral de comedias por cuyas noches paseó por última vez Max Estrella, orinándose de pena y frustración a la puerta de su casa, no parece que ese deseo se vaya a consumar.

Como si se tratase de un plan trazado en los laboratorios donde cocinan las élites, o como si fuese simplemente una coincidencia cogida al pelo, Madrid ha sido elegido como uno de los escenarios de una batalla que no solo se libra allí, pero que en el caso de España suele terminar de mala manera y siempre la ganan los mismos. Y si, también hace un par de años, por sus calles, sus huertas, sus depósitos y sus atochares –por utilizar hallazgos de Ramón– corrió un vientecillo de esperanza con nombre de Manola, ahora ha vuelto a adoptar el aspecto de un garaje sucio, poblado de humo, con una clara y bien definida división por clases sociales, y en el que ondean banderas de guerra. En forma de aviso cobarde y repugnante, anoche, a martillazos, con alevosía y en el aniversario de su nacimiento, por orden del alcalde y siguiendo las exigencias de los herederos de un franquismo que permanece, los funcionarios municipales arrancaban la placa dedicada a Francisco Largo Caballero, quien fuera pintor de paredes de pisos al estucado, sindicalista, socialista y legítimo presidente del Consejo de Ministros durante la guerra civil española. En su crecimiento como ciudad teatral y cuna del esperpento, en Madrid se han amalgamado los detritus de los señoritos y las fatigas de los inmigrantes. Su actual deriva al disparate y el liderazgo de la derecha más extrema que han asumido sus gobernantes, sin embargo, no es la consecuencia del destilado ultraliberal o la chulería pija de una psicópata, sino de la estrategia de un partido político que, incapaz de aportar una propuesta sensata a la situación sanitaria de la ciudad, y recientemente condenado por apropiarse de fondos públicos para su beneficio y el sobresueldo de sus dirigentes, ha decidido comenzar la guerra precisamente allí.

La Puerta del Sol. Todas las fotos de Terry Mangino

La fragilidad del sistema

Rafael Alonso Solís

La principal debilidad de la respuesta española a la pandemia es el resultado de la fragilidad del sistema sanitario, con recursos humanos reducidos y escasez de equipamiento e infraestructuras especializadas, como consecuencia de las políticas anteriores y las restricciones de inversión en el sector público, especialmente las desarrolladas por el Partido Popular a nivel nacional y, con el ejemplo paradigmático de Madrid para mayor gloria del modelo. Modelo que, según su líder, se aplicaría al resto del país, si tuviera los votos necesarios. El coronavirus encontró así un terreno fértil para su expansión en un adelgazado sistema público de educación, sanidad, protección social, investigación y desarrollo tecnológico, con limitadas capacidades defensivas. Ello justifica un análisis independiente de la situación de partida y del impacto de las medidas adoptadas, con objeto de reforzar las estructuras sanitarias y prevenir las emergencias futuras, como se ha solicitado por diferentes representantes de la investigación biomédica.

En ese sentido, acaba de publicarse un estudio internacional basado en la respuesta de cinco países asiáticos y cuatro europeos (Alemania, España, Noruega y Reino Unido), que implementaron medidas restrictivas frente a la expansión del virus (Emelin Han et al. Lessons learnt from easing COVID-19 restrictions: an analysis of countries and regions in Asia Pacifica and Europe. The Lancet. September 24.2020.). Según los autores, cualquier estrategia debería basarse en un equilibrio entre la epidemiología de la infección y las consecuencias económicas y sociales de la movilidad restringida, lo que está directamente relacionado con la necesidad de que las autoridades sanitarias tengan una visión clara de la situación y sean capaces de transmitirla de forma sencilla y eficiente a la sociedad, con objeto de que sea comprendida a todos los niveles y facilite una implicación directa de la población afectada. En varios países europeos no siempre ha sido así, y en el caso de España han faltado explicaciones claras de los criterios utilizados y del peso de cada indicador, en un contexto en que la educación sanitaria de la población era insuficiente. Incluso ahora, basta contemplar cómo el uso generalizado de mascarillas en la calle, incluso en zonas poco concurridas, cambia en el momento de entrar en un bar y formar un animado corrillo en la barra, mientras el número de cañas o vasos de vino va reduciendo progresivamente la distancia interpersonal. A ello contribuye la polarización política, notablemente más agria en España que en el resto de Europa, con los partidos de la derecha utilizando de forma irresponsable la emergencia sanitaria con el único objetivo de debilitar al gobierno, precisamente en un momento en que este tiene que afrontar una situación extrema y tomar decisiones, sin aportar una sola idea que no sea la de sostener lo contrario, poner en tela de juicio la legitimidad salida de las urnas, y enfundarse en las banderas más queridas por las posiciones ultras europeas y norteamericanas.

Sin entrar en detalles, el estudio publicado en The Lancet refleja que, en general, no ha habido diferencias cualitativas en lo que se refiere a las medidas adoptadas, incluyendo el sistema de vigilancia –diagnóstico, rastreo, aislamiento y cuidados–, los equipos de asesoramiento y decisión organizados, el control de las fronteras o la organización de la desescalada. Respecto a esto último, es evidente que en España no se cumplió correctamente, en parte por la confrontación política mencionada, con Madrid como escenario del terror. La responsabilidad de la situación, en este caso, no se limita a la torpeza y soberbia de su presidenta, a la insignificancia de su vicepresidente –ese hombre que desempeña su papel con la invisibilidad respetuosa de un jefe de planta de unos grandes almacenes–, y a la tibieza acorchada de la oposición socialista, sino a la dirección nacional del Partido Popular, cuya carencia de ideas y planteamientos parece llevar a una huida hacia delante, que acabará, antes o después, con su sustitución y anuncio del siempre prometido viaje al centro.

En la comparación entre los países asiáticos y europeos analizados, destaca una mayor rapidez en las respuestas en aquellos que habían pasado por experiencias previas, en los que la población estaba adaptada a sufrir restricciones en lo que se refiere a las interacciones sociales. En cualquier caso, aún no se dispone de datos suficientemente explícitos ni fácilmente comparables, y debería esperarse a una evaluación independiente y rigurosa para poder alcanzar conclusiones. Hay un factor diferencial, sin embargo, que en el caso europeo destaca con la tozudez de los números y no necesita interpretaciones sofisticadas, y es el estado del sistema público de salud en todos sus aspectos. Como ejemplo representativo de la notable discapacidad española, coincidiendo con la primera ola de la pandemia este país disponía de 10 camas de cuidados intensivos, mientras que Alemania tenía 34, junto a una estructura de atención primaria depauperada, residencias geriátricas sin medicalización y un preocupante engrosamiento del sector privado, especialmente en autonomías gobernadas por el Partido Popular. Una situación que únicamente puede contrarrestarse con inversiones decididas y sostenidas en el sistema público de salud, en educación e investigación, y con la puesta en marcha de un programa urgente de formación e incorporación de personal en esos sectores. Para todo lo cual resulta irrelevante el pataleo de la oposición conservadora, las arengas de batallón o el ondear de las banderas, como máxima expresión del pensamiento vacío.

Rafael Alonso Solís es excatedrático de Fisiología y exvicerrector de la Universidad de La Laguna, Tenerife.

Fotos de Terry Mangino

El hombre de mi vida

Gabriel de Araceli

      »¡Magnífica! Con un par, con lo que hay que tener, tú sola, Pitita, enfrentándose a esos policías nacionales del ministro al que dieron un bolso en lugar de cartera, que nos ha robado a nuestros policías de siempre. ¡Hombre!, ¡que ya está bien! Que siempre la policía ha sido nuestra policía y no la de ese ministro mari, mari.

     Doña Pitita está eufórica, la saludan por la calle porque es la heroína del barrio bien de Madrid. Que aparezca en el periódico de referencia en España detenida por media docena de hercúleos policías ha llenado de envidia a sus mejores amigas y a ella la ha catapultado a la fama. ¡Rodeada por tanta carne masculina! Es como Agustina de Aragón, o de Callao, enfrentándose ella sola a las peligrosas turbas de extrema izquierda bolivariana que gobiernan el país. Negacionistas del virus o de que el hombre llegara a la Luna, antivacunas, tierraplanistas, o creacionistas convencidos de que el universo lo creó un dios barbudo en seis días hace seis mil años forman un retablo de conspiranoicos que ha encontrado en las manis antimáscaras las mismas razones antisistema contra las que sus abuelos levantaban los adoquines en el 68 parisino. Todo tiempo tiene sus contradicciones y la acción-reacción del péndulo de la historia ahora se mueve por el arco de la reacción, o de la contra. Los rebeldes buscan causa que les dé un sentido a su existencia.

      Veinte años antes, en 2000, Pepe Carvalho buscaba en “El hombre de mi vida”, la penúltima novela de la serie escrita por Manuel Vázquez Montalbán, una explicación a un mundo que, de repente, no comprendía. El detective se estaba haciendo mayor. Entonces eran los diferentes ismos que poblaban la Barcelona posolímpica lo que emponzoñaba su entendimiento, ya fuera catalanismo, barcelonismo, nacionalismo, satanismo, catarismo, sectarismo o pujolismo, ambiciones previas que desembocaron en el actual estado de la decadencia de las cosas. Por vez primera Carvalho se ve a sí mismo como jubilado, lejos del mundanal ruido, afrontando la oscura vida a la que le enviará la escasez de una pensión pública.

Manuel Vázquez Montalbán en El Escorial, 1990. Foto de Terry Mangino

     Tiene Carvalho un aburrimiento existencial. Y cobran protagonismo Charo y Biscúter. Vuelve ella a la renovada Barcelona, ya mayor para ejercer su oficio, tras seis años retirada en Andorra, el lugar que hiciera suyo la dinastía Pujol. Y regresa para sugerir al hombre de su vida que le acompañe en las tardes del otoño que se aproxima. Y Biscúter aparece convertido en un reputado cocinero que llena con la alegría de unas ostras la nochebuena triste del detective, la del fin del milenio. Un detective empeñado en demostrarse su vigor con una mujer de ida y vuelta, Yes, personaje extraído de “Los mares del Sur! Aquellos años de esplendor masculino y estos de anacronismos impropios del detective, que apenas si encuentra placer ni en la gastronomía ni en la quema de libros, ajeno al motivo por el que ha sido contratado: el asesinato de uno de los herederos de la alta burguesía catalanista.

      Está llena la novela de esas reflexiones y frases rotundas que acompañan a cualquier Carvalho: “Siempre tienen razón los días laborables”, o “Lo que peor se arruga es el sexo y el carisma”. Quizás le falte carisma a la novela, incompleta, confusa, recorriendo regiones extrañas de iluminados redentores nacionalistas y servicios secretos periféricos, de clanes religiosamente financieros y banqueros devotos de la eucaristía, de amantes innecesarias venidas del más allá, sin dar solución al motivo que la origina, ese asesinato sin resolver, esa investigación sobresaltada que lleva al desinteresado detective al radicalismo absoluto. Una huida que será el punto final de su profesión y el comienzo del viaje alrededor del mundo que Carvalho y Biscúter emprenderán en “Milenio”, la novela póstuma de Vázquez Montalbán, fallecido en octubre de 2003, en Hongkong, sin imaginar que veinte años después los fantasmas que desfilan al final del milenio ante los ojos del detective han recobrado carnalidad y se han hecho los dueños del castillo. Un castillo ocupado por doña Pitita y sus compañeros de conspiración antisistema, antimáscaras, los héroes de la contra.

     Si usted tuviera que escoger entre la Literatura y la vida, ¿qué escogería? La literatura.

Lea a Carvalho, cualquiera, incluso si no es “El hombre de su vida”.


Milenio