Tapaderas

Gabriel de Araceli.  Fotos de Terry Mangino

      En cualquier época, el poder siempre ha distraído a los ciudadanos información que pudiera perjudicarle. Las calles de las grandes ciudades están llenas de monumentos engañosos que ocultan la historia y dan protagonismo a anécdotas patrióticas con el fin de tapar sucesos molestos para los poderosos. En un rincón de la Plaza de Oriente, en Madrid, se alza una estatua-homenaje al valor del capitán Ángel Melgar y Mata, muerto en la Guerra de Marruecos de 1909. Un héroe condecorado con la máxima distinción militar: la Laureada de San Fernando. Pero los fastos del pequeño monumento esconden sucesos más terribles. El afán lucrativo de la oligarquía financiera española, empeñada en extraer toda la riqueza minera del Rif se pagó con una cruel derrota militar y la vida de más de cien soldaditos españoles. Aquello, hace 110 años, fue el desastre, o la carnicería del Barranco del Lobo.

20190401_201544_web

      La pérdida, en 1898, de las últimas colonias del imperio español de ultramar, Filipinas, Puerto Rico y la perla de la corona, Cuba, provocó una desmoralización nacional que alcanzó a todos los estamentos de la sociedad y del poder. La vacilante monarquía regentada por María Cristina de Habsburgo y los gobiernos alternativos, conservador y liberal, eran incapaces de afrontar un fracaso que convertía a España en un país derrotado, de tercera fila, sin ninguna relevancia internacional. Era necesario dar salida a toda aquella frustración nacional y buscarle al ejército un entretenimiento con el que, además, realizar un servicio a la patria y recuperar el honor perdido.

      En 1904 Francia e Inglaterra ratificaron la Entente Cordiale, un neocolonialismo, una manera de repartirse África a su antojo. España se apunta a los despojos y consigue las migajas del protectorado de Marruecos. Una forma de hincarle el diente a un territorio con riquezas minerales. En 1907 se crea la Sociedad Sindicato Minero de Minas del Rif, que se apresta a extraer todo el hierro que pueda de África, y acomete una gestión empresarial basada en sobornar a los sultanes locales para conseguir su protección y su influencia en la zona. El accionariado de la Sociedad lo forman personajes tan influyentes y aristocráticos como el Conde de Romanones (un terrateniente con inmensas propiedades en Guadalajara, político conservador y jefe del Gobierno en tres ocasiones) o el Conde Güell, financiero santanderino, dueño de una considerable fortuna y coleccionista de arte. El saqueo que Francia y España aplican metódicamente a esta zona de Marruecos crea envidias y tensiones entre las cabilas que habitan este lugar del Magreb, en las que se mezclan los nacionalismos, el reparto de los cohechos, el rechazo al invasor extranjero y la lucha por el poder local. Además, España ha mantenido desde 1860 guerras constantes en la región y es considerada un enemigo.

      Los incidentes y enfrentamientos contra los intereses de la oligarquía española se desatan a comienzos de julio de 1909. Un grupo de trabajadores españoles que construía el ferrocarril minero cerca de Melilla es atacado por cabilas rebeldes, muriendo cuatro obreros. El gobierno conservador de Antonio Maura lo considera un problema de orden público, pero envía a la zona a tres brigadas del ejército formadas en gran parte por reservistas, antiguos soldados integrados ya en la vida civil, ajenos a la milicia, sin ninguna preparación y con cargas familiares. La escalada de tensión va en aumento, se producen nuevos ataques y hostilidades constantes y el 29 de julio en el Barranco del Lobo, a escasos kilómetros de Melilla, el ejército español sufre una humillante derrota con más de cien muertos. Los reservistas son cazados como conejos por los tiradores marroquíes desde las alturas del barranco.

Los obreros de la mina

están muriendo a montones

para defender las minas

del conde de Romanones.

que luego los asesina.

(Coplilla popular de la época)

      La opinión pública arremete contra el gobierno por una guerra que no quiere, que es costeada con la sangre de los españoles más pobres. En Barcelona se declara una insurrección cuando son embarcados rumbo a Melilla los jóvenes movilizados provenientes de familias obreras sin recursos. Los ricos pagaban y no iban a la guerra.  La tensión entre obreros y fuerzas del orden va en aumento y hace necesario el envío de fuerzas policiales y del ejército. Desde el 26 de julio al 2 de agosto de 1909 Barcelona vive una “Semana Trágica” que acabará con la vida de 78 personas y un rechazo al gobierno conservador de Maura y a la figura del rey Alfonso XIII. Además, pacificada la rebelión en la Ciudad Condal, el gobierno emprenderá una sangrienta represión contra aquellos que han intervenido en la revuelta ejecutando a cinco personas.

      Y quizás como venganza por una anterior vejación que había quedado sin respuesta el atentado perpetrado por el anarquista Mateo Morral contra los reyes el día de su boda, el 31 mayo de 1906—, el ejecutivo conservador fusila al pedagogo libertario Francisco Ferrer Guardia, acusado con pruebas falsas de formar parte de los revoltosos y al que se tenía como modelo ideológico de Morral. Un hecho que provocó protestas internacionales y costó a Antonio Maura la dimisión.

      La Sociedad Sindicato Minero de Minas del Rif siguió su actividad en el Protectorado de Marruecos hasta su disolución, en ¡1984!, mientras que el ejército español siguió pacificando el territorio, protegiendo así los intereses de la oligarquía. Con posterioridad se repitió la historia. En julio de 1921, la persistencia en la política colonialista y las acciones negligentes del ejército africanista llevaron a otra derrota aún peor: El Desastre de Annual.

      De todo esto, sin embargo, nada se dice en este pequeño monumento erigido en 1911 y restaurado en 2009. A la Sociedad Sindicato Minero de Minas del Rif todo aquello le salió muy barato. Se pagó con la vida de los soldaditos valientes. Alfonso XIII, siempre generoso, cedió sitio y mármoles para honrar la memoria de aquel héroe, el capitán Ángel Melgar y Mata. Además, le concedieron una medalla, la Laureada.

Soldadito español, soldadito valiente

leon_cortes_web.jpg

      La Guerra de Marruecos de 1860 que emprendió el general Leopoldo O’Donnell (1809-1867) fue una maniobra de distracción para unificar en torno a sí a la opinión pública y acallar el descontento que provocaba su gobierno en los últimos años del reinado de Isabel II. Una ola de patriotismo racial se extendió por el país, al que se unió contra los infieles la Iglesia y sectores ultraconservadores como el carlismo. Con la excusa de proteger Ceuta y Melilla también se daba pábulo al expansionismo colonialista africano, que sustituía a la pérdida de las colonias americanas. Hubo más de 10.000 muertos, 4.000 de ellos españoles. Algunos generales (Prim, Ros de Olano, Juan Zavala de la Puente) que ganaron a las cabilas en la batalla de Wad-Ras fueron los que proclamaron la revolución de La Gloriosa, en 1868, y derrocaron a la reina de los tristes destinos.

Enlaces relacionados

Los renglones torcidos de la restauración del Palacio de Liria

placa_duque_alba_palacio_liria_web

Anuncios

La hiel de la tribu

Rafael Alonso Solís

      Cuando los poetas escriben sobre otros, especialmente si pertenecen a su quinta, el verbo hace de estilete capaz de introducirse en las heridas para ahondar en las mismas llagas que comparten. Acaba de reeditarse Estudios de poesía contemporánea, ensayo que Luis Cernuda publicara en 1957 y en el que parece arreglar cuentas con sus coetáneos y alguno de sus precedentes. Cernuda duda del valor poético de su generación, a la que, pendiente de ser definida por la crítica, llama aún “la del 25”. Aceptando la falta de distancia en varios casos, muestra algún rechazo a ciertas derivas líricas o conceptuales de Machado, al que parece admirar más como pensador que como poeta, o de Salinas, al que considera un burgués. Más que rechazo le provoca Jiménez, en quien encuentra escasas virtudes intelectuales que puedan compensar su “subjetivismo egotista”. En la edición de 1957 Cernuda dejó fuera a Guillén, Alberti y Aleixandre, por ser “amigos o conocidos”, aunque algunas referencias se filtren por el libro. Al mismo tiempo, incluye a Gómez de la Serna, al que califica como el último de los clásicos y cuya obra “equivale a toda una generación literaria”. Respeta a León Felipe, aunque no le entusiasme como poeta, y ve pasión y fogosidad en Miguel Hernández, truncado demasiado pronto.  Y hay contenida admiración por Lorca, cuya poesía, hondamente dramática, sugiere “el escalofrío de algo trágico y el misterio que lo rodea”, pese al “costumbrismo trasnochado” que aprecia en el Romancero. A todos mira con respeto, dejando claro que, desde Bécquer, los mayores poetas son andaluces, aunque califique algunas de sus obras como “poemillas”. ¿Mueve al poeta algún turbio impulso al revisar el trabajo de sus colegas, en el que influyan relaciones personales, amantes compartidos o diferencias ideológicas? Quién sabe. La historia de la literatura española tiene ejemplos de todo ello –excelentes como género y muestras de la condición humana–, como la confrontación entre Lope y Góngora, las malévolas referencias a los garbancismos de Galdós, o el desprecio con que Umbral se ha referido a Baroja, tal vez porque el vasco es, con La busca, el  antecedente de su novela Travesía de Madrid, con la que él se despide de cierto tipo de narración para crear un estilo propio, tan original como discutible. Ha sido también Umbral unos de los más crueles críticos literarios en lo que se refiere a sus contemporáneos, aunque esto no debiera anotársele como débito, ya que tanto Las palabras de la tribu como su Diccionario de literatura (1994 y 1995, respectivamente), son dos ensayos tan deliciosos como malintencionados. En el primero debe leerse lo que escribe sobre el mismo Cernuda, al que califica como “gran poeta y mala persona”. El segundo es, sobre todo, junto a guiños a sus amigos, una relación de maldades, y seguramente fue escrito a rebufo del anterior para sacarse unas pesetas. En él destaca, como ejemplo de síntesis, la entrada que dedica a Julio Llamazares: “Colecta plurales premios locales, regionales, comarcales, autonómicos y nacionales. Tiene un perro”.

Francisco Umbral en su casa de Majadahonda, mayo de 2000. Fotos: A Aguado

Enlaces relacionados

Iba yo a comprar el pan

Los amores asimétricos de Galdós

Esa mirada con que premian tus ojos mi deseo

Gabriel de Araceli (Texto y fotos)

      Tiene Luis Alberto de Cuenca un no sé qué cuando recita que hace suspirar a las señoras bien que asisten a su conferencia en la Fundación Juan March, en el barrio de Salamanca, en Madrid, el pasado 19 de marzo. «Si solo fuera porque a todas horas tu cerebro se funde con el mío; si solo fuera porque mi vacío lo llenas con tus naves invasoras» inicia Luis Alberto con su voz de novio la lectura de un soneto. Y doña Pilar y doña Sonsoles y doña Margarita y doña Carmen —«Maica, llámame Maica» le diría ella si pudiera abordarle después, en el vestíbulo— sienten un vahído adolescente teñido de impúdicos deseos. «Si solo fuera porque me enamoras a golpe de sonámbulo extravío; si solo fuera porque en ti confío, princesa de galácticas auroras» recita el poeta y ellas pierden por un instante el rubor dejándolo a su cuidado entre las azucenas olvidado.

_DSC0011_web

Luis Alberto de Cuenca durante la conferencia que pronunció el pasado 19 de marzo de 2019, en la Fundación Juan March, en Madrid.

      Tiene buena figura Luis Alberto de Cuenca. Y sus años, que parece no tenerlos, tímido y risueño, hace gala de masculinidad y fino humor, que le viene de familia la inteligencia y la distinción, que en cuarto de bachillerato, brillante alumno del Colegio el Pilar, le regaló su padre las obras completas de Shakespeare y él se las leyó a la vez que a Bécquer. «Allá en el colegio nos hacían competir entre nosotros por conseguir la mejor calificación, todo lo contrario de lo que hace la pedagogía actual. Entablábamos combates líricos. Y yo me iba por los cerros de Úbeda, me podía la elocuencia y llenaba hojas y hojas de versos barrocos que me puntuaban menos que a los otros. Y aquellos fracasos me sirvieron de aprendizaje, me desnudé de aquella jungla de palabras espesas porque comprendí que la claridad, la sencillez son importantes tanto en la poesía como en la vida».

      Y de ese germen familiar, que combinó con la lectura, surgió el poeta y exploró los universos helénicos, que siempre prefirió el mito al logos, la fantasía a la historia. Y se recreó con Eurípides y Calímaco y con Guillermo de Aquitania y el humanismo renacentista «porque uno desea convertirse en humanista antes que en intelectual, que es cosa muy sórdida».

      Y en la tercera fila, doña Pilar —«Piluca, llámame Piluca» le diría al poeta, a Adonis— esboza una sonrisa, herida por el verso, por Cupido, y se abandona: «si solo fuera porque tú me quieres y yo te quiero a ti, y en nada creo que no sea el amor con que me hieres».

      Y descubre Luis Alberto su vena gamberra, que fue letrista de la Orquesta Mondragón y es amigo de Gurruchaga, que anduvo por la movida madrileña plantándole cara al jaco que a tantos se llevó por delante y escribía letras chirriantes y cañeras: «Cuando vivías en la Castellana usabas un perfume tan amargo que mis manos sufrían al rozarte y se me ahogaban de melancolía. Si íbamos a cenar, o si las gordas daban alguna fiesta, tu perfume lo echaba a perder todo. No sé dónde compraste aquel extracto de tragedia, aquel ácido aroma de martirio».

      Y cuando doña Constanza, que vive en la Castellana se entera, además, que Luis Alberto es un troglodita, que le escribe letras a Loquillo y comparten bocatas de calamares y mahous rejuvenece treinta años y quisiera rebozarse sus morros con el poeta en algún garito apestoso, en un extracto de tragedia de engrudos y pachuli en Malasaña: «Pero es que hay, además, esa mirada con que premian tus ojos mi deseo, y tu cuerpo de reina esclavizada»._DSC0042_web

      Poemas al padre generoso, poemas oníricos, materia primera para el psicoanálisis, para el estudio del ego profundo, del inconsciente. Y recuerda Luis Alberto a aquella novia primera, casi adolescente, a la que tanto amó. Por la que se matriculó en Derecho, para esperarla un año y después ir juntos a Filosofía y Letras. Amor sesgado por la tragedia, que falleció ella con diecinueve años y él quedó compuesto, o descompuesto, y sin novia. Su Rita a la que trasmutó el nombre por Arit. Y doña Margarita, desde la segunda fila, sueña que está linda la mar y el viento lleva esencia sutil de azahar, su aliento, y por un momento confunde a Rubén con Luis Alberto.

      «No es el hombre el que elige. Es la puerta, entreabierta, a la que te asomas la que decide por ti. Con lo que ves aceptas un destino que quizás nunca antes pensaste» dice de su paso por la política. «La política está bien, sirve para comprender lo más intrincado del alma humana. Salí bastante indemne de ella, afortunadamente».

      Y habla de su amor a los libros, de la fascinación por todo lo relacionado con la edición bibliográfica, de su pánico por las erratas. «Que haya una sola errata en un libro es como destruir la armonía de las letras». Y fue para él un honor y un deleite dirigir la Biblioteca Nacional porque pudo emular a Borges, que estuvo al frente de la biblioteca nacional argentina —«un desastre, Borges, como director» aclara—, al que leyó “tardíamente”, «a partir de los veinticinco años».

      «Me divierte la cultura, la lectura es un placer, ayuda a divertirse» dice. Y se rompe el embrujo cuando se despide, cuando solo queda la evanescencia de su ausencia. Y doña Piluca y doña Maica y doña Sonsoles y doña Constanza despiertan del embozo y corren a saludar al poeta, al hombre, que a todas corresponde con su verbo, con su verso.

      «¡Ay, señor! ¿Y mi Luis Alberto, cuándo llegará?» se pregunta doña Rita tras besarle la mejilla.

 

 

 

 

8 de marzo en Madrid

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

Érase protesta a Madrid pegada,
érase mogollón superlativo,
érase gran follón sayón y altivo,
mujeres en la lucha muy bragadas.

_DSC2851_web

      Lo del 8 de marzo de 2019 en la Gran Vía no lo recuerdan los más viejos del lugar, que superó en tamaño y asistencia a lo del año precedente, que ya fue grande y celebrado. De seguro que fue la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros, que por cientos de miles se contaron los asistentes reclamando más derechos e igualdades femeninas, que llenaron Atocha y su glorieta, el paseo del Prado, las plazas de Neptuno, Cibeles y Gran Vía enteramente y llegó el gentío, festivo y dicharachero, hasta la plaza de España, desperdigándose la concurrencia por todas las calles adyacentes que se encontraron en tan madrileño e ilustre itinerario.

_DSC2848_web

     —No te creas lo que sale en los periódicos, Pablito, que sólo fueron unas cuantas feminazis de ultraizquierda las que gritaban por Atocha.

      —Y pagadas, seguro que pagadas, Santiago, que el gobierno este radical izquierdoso y golpista que tenemos les habrá dado unos bocadillos para tenerlas toda la tarde dando voces en Gran Vía.

      —Es intolerable, esto con mi abuela no pasaba, Albert. Aquellas señoras españolas de verdad, todas las mujeres rezando el rosario los viernes de cuaresma, nada une más a las familias que unos cuantos padresnuestros bien rezados. Y no como ahora, que andan a gritos callejeando. ¡Comunistas, que son unas indecentes! ¿Era que tú bordaste en rojo ayer, o en azul, Pablito? Que no me acuerdo…

      —Si estuvieran en casa construyendo las bases de una familia española, hacedoras del hogar, no pasaría esto. Para qué quieren trabajar. Y encima ganar como los hombres. No me acuerdo, Santiago, en rojo no sería porque ese verso parece muy soviético y nosotros de rojo no tenemos nada, ¿no? Nosotros somos como mucho rojigualdas. Aquellos muchachos del pelo engominado fueron grandes hombres, unos patriotas, españoles de pro, un gran partido… pero en azul ayer no rima, que tú bordaste en azul ayer… No, no, no rima nada, Santiago. Tu nombre sí que rima, sí que mola, Santiago. Si le añades lo de Matamoros queda imperial. El espíritu de la Reconquista.

      —Yo, sin embargo, soy un feminista liberal e inclusivo, transversal, muy plural y nada paternalista, quiero mucho a las mujeres porque aún queda mucho por hacer, vamos, seguro que nosotros haremos algo —Albert no quiere perder ripio en la conversación y mete el codo a pesar de que los otros dos patriotas le ignoran—. Y además, me sé de memoria esos versos. Con la camisa nueva, sí, con la camisa nueva que tú bordaste en rojo ayer, que lo cantaba de pequeñito en mi casa, que siempre fui un niño muy amante de la historia de España, de la verdadera, de la tradicional. Y no de la que quieren imponernos los ultraizquierdistas.

_DSC8975_web

     Santiago y Pablito se miran desconfiando de Albert

     —No hagas caso de ese, Santiago, que es medio catalán y de gente así no te puedes fiar. No le des ni una miga del pastel, nos lo comemos nosotros todo.

     —Ya lo sé, Pablito. Pero me tienes que dar las guindas y una copita de Machaquito, que lo de la tauromaquia para mí es imprescindible. Español siempre, siempre español y mucho español.

      —Bueno, pues vosotros veréis, si no me ajuntáis os quedáis sin saber el final: Me hallará la muerte si me llega y no te vuelvo a ver…—Albert, impasible el ademán, miraba al infinito entonando en silencio unas coplillas— formaré junto a mis compañeros que hacen guardia sobre los luceros…

Plaza de Cibeles, el pasado 8 de marzo a las 8 de la tarde. Foto de Mercedes Aguado

      En Gran Vía no se podía dar un paso. Tantas voces gritaban a la vez que el rascacielos de Telefónica se quedaba pequeño tapado por los clamores. «Nos quitaron tanto, que acabaron quitándonos el miedo» llevaba escrito en una pancarta una joven. Su novio la acompañaba con otro letrero: «El mundo no será justo para nadie mientras no sea justo para todas» Se dieron un beso.

Era un reloj de sol mal encarado.
Érase un elefante boca arriba,
Érase multitud sayón y escriba,
griterío rotundo y afinado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de protestas era.

 

Enlaces relacionados:

8 de marzo de 2017

Machismo, no gracias

En la ardiente oscuridad

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

     —Qué, ¿te ha gustado el polvete?

     —Mucho, mucho —dijo Lucrecia con resignación mirando a la araña de cristal de Bohemia del techo, que le proyectaba irisaciones sobre el rostro. Remigio se desplomó sobre las sábanas de seda. Era mucho vaivén para su edad, por más que se hubiera tomado dos pastillitas azules, ¡una barbaridad!, propenso como era él a los infartos. Por las ventanas del Palace se veía la muchedumbre que aguardaba en la acera de la calle Medinaceli, allá abajo. Parecían hormiguitas disciplinadas, inmóviles durante horas y horas de espera para besar un madero de una imagen cadavérica.

_DSC2793_web

Viernes, 1 de marzo de 2019, C/ Jesús, cola para acceder a la Basílica del Cristo de Medinaceli, Madrid

     Remigio Roto se puso su ropa interior. De los calzoncillos se le cayó un blackcard.

     —Siempre llevo una por si acaso, nunca se sabe qué puede pasar —levantó el teléfono. «Restaurante La Rontonda, dígame» escuchó al otro lado del audífono—. Sí, quiero que me suban a la suite royal una suprema de ave con arroz jazmín al vapor y un solomillo de cebón con foie-gras, a la plancha. De postre sopa de fresas al perfume de vainilla y helado de nata. El vino, un rioja, Ramón Bilbao, gran reserva del 2009. Gracias —y colgó el teléfono.

     —No todo va a ser follar, habrá que comer un poco, ¿no? —le soltó a Lucrecia, que observaba a las hormiguitas de allá abajo con curiosidad de entomólogo.

Esperando a Cristo

     «Horas y horas esperando en una cola, a la intemperie, de pie, comiendo bocatas de calamares de plástico y meando en los retretes atascados de los bares para qué, para besar un madero rechupeteado por una multitud» reflexionaba mientras se cubría el pecho con los brazos cruzados. Lucrecia estaba aún de buen ver. Tanto gimnasio, tanto pilates, tanta haute couture tenían su recompensa: unas piernas elásticas, una piel sedosa, un culo redondo, un busto abundante y firme y un vientre plano. «La verdad es que no sé que hago con un capullo como tú, Remigio, un pichafloja. ¡Con lo buena que estoy!» pensó mientras se miraba al espejo.

     —Los viernes de marzo es aquí, pero en navidades la cola estaba en doña Manolita y dentro de unas semanas empezarán con las procesiones y después los rocíos, y si no, con el fútbol. La gente está muy jodida, tiene necesidad de creer en algo, de buscar soluciones a sus problemas, de olvidarse de la puta realidad en la que sobreviven, de evadirse de sus tristes vidas. Así que no entiendo por qué el juez quiere emplumarnos por ayudarles a que sean felices, por ilusionarlos con un futuro mejor.

     —Joder, Remigio, que lo de las preferentes fue muy fuerte, que estafasteis a un montón de jubilados, ¡coño! Que la salida a bolsa de Boomkia fue otra estafa, que el rescate nos ha costado cincuenta y seis mil millones, que

     —Lucrecia, cariño, no exageres, gracias a eso estamos ahora tú y yo aquí. Eso lo aprendí en el efeemei, el individuo, el pobre, el olvidado quiere salir a toda costa de su triste destino, de su anonimato e invierte en lo que sea, se gasta la poca pasta que tiene en buscar indulgencias, en libros de autoayuda, en pitonisas, en telepredicadores, en horóscopos, en adivinos que les leen su futuro, en curanderos del alma, en chamanes, en charlatanes, en curas, en estampitas y en obras de caridad. Se cree que la providencia le va a premiar en otro mundo con el gordo de la felicidad eterna, como si así fuera a solucionar la mierda de existencia que lleva. Es así, siempre ha sido así.

      Lucrecia le miraba con cara de póker mientras se abrochaba el bustier Christian Lacroix de seda y pedrerías negras y blancas. Afortunadamente lo rellenaba todo con sus carnes de marquesa. Remigio continuó su discurso.

Cola en la C/Duque de Medinaceli.

      —Así, que nosotros, en el fondo, hicimos una labor social, contribuimos a la felicidad de todos aquellos que nos cedieron sus dineros de toda una vida. Mucho mejor quedárnoslo nosotros que esos brujos que venden humo de incienso. Les dimos un gramito de esperanza, una ilusión, un rayo de sol en la ardiente oscuridad de sus vidas. Después, la cosa no salió como habíamos previsto, pero claro, no somos divinos, sólo éramos un banco.

     Llamaron a la puerta. Remigio acudió a abrir envuelto en su batín Ermenegildo Zegna. Unos manolos flexibles hacían juego.

      «Déjelo ahí, le indicó al camarero que empujaba el carrito con los manjares. Le dio un billete de 20€. Muchas gracias señor». Y el camarero hizo una genuflexión inferior a los noventa grados desde la vertical de su altura.

      —Lo que no comprendo es que, ahora, el juez les dé la razón y tengamos, bueno, yo no, los que están ahí ahora, que tengan que devolverles la pasta. Ninguno de esos chamanes ni ninguno de esos telepredicadores ha devuelto jamás nada, ni un euro de las limosnas y de las ofrendas que han recibido. Si ninguno de ellos está en la cárcel, no comprendo por qué, a nosotros, nos envían a chirona ¡Excelente la suprema de ave! En ningún sitio la sirven como aquí. Prueba el Ramón Bilbao —y le llenó otra vez a Lucrecia la copa de rioja.

      —Como mucho piden perdón a dios y ya está. Perdonados. ¡Y fíjate la sede social que tienen en Roma! Eso sí que es una oficina, y no lo nuestro, en la Plaza de Celenque. ¿Qué te parece el cebón?

      Lucrecia convino con Remigio que el solomillo au foie-gras estaba exquisito. Repitió de Ramón Bilbao.

      —Hay un montón de imbéciles dispuestos a dejarse la piel argumentando barbaridades a la razón que la humanidad ha aceptado como buena. Ahí tienes a los terraplanistas, unos locos que se empecinan en afirmar que la tierra es un disco plano. ¡Y no hay forma de bajarles del burro! Y por otro lado tenemos a los antivacunas, capaces de dejar morir a sus hijos porque alguien les ha dicho que las vacunas son malas. Ya ha pasado, ha habido niños muertos por difteria, una enfermedad desconocida desde hace décadas. O los que niegan que el hombre llegara a la Luna. O los que afirman con rotundidad que las estelas que dejan los aviones en la estratosfera son, en realidad, un sabotaje para evitar que la lluvia llegue a Murcia, pongo por ejemplo. Que hay una entidad superior a los estados que quiere llevar la miseria al mundo a base de dibujar nubes de mercurio en el cielo.

      Lucrecia saboreaba la sopa de fresas al perfume de vainilla. «Un poco de Ramón Bilbao, por favor». Remigio le llenó la copa por tercera vez.

      —Todos los días nacen imbéciles en el mundo. Es cuestión de dar con el nuestro, de aprovecharnos de sus recursos antes de que otros lo hagan. Así que no comprendo ese afán de los jueces en condenar nuestros actos, de apropiarnos de un dinero que si no, se lo apropiaría cualquiera de esos chamanes o predicadores. Es una cuestión darwiniana, si un nicho queda libre en el ecosistema social enseguida lo ocupará el más fuerte de la especie. Evolución pura y dura. O nosotros, o ellos —Remigio se acabó la botella de rioja.

      La muchedumbre de la Calle Medinaceli apenas si se movía del sitio. Había de todo: afectados de espina bífida, víctimas de malos tratos, antiguas víctimas del aceite de colza, la cofradía del santo cristo de Calcuta venida desde un pueblo de Toledo, la asociación de discapacitados del agente naranja, los vendedores de cupones, los vendedores de loterías esotéricas, de estampitas milagreras. Algunas señoras pensaban comer en el restaurante Ginger después de besar el madero, estaban en su viernes sin maridos. Algunos caballeros pensaban después tomarse unos vinos por Lavapiés, estaban en su viernes sin mujeres. Remigio levantó el auricular del teléfono: «Suban otra botella de Ramón Bilbao a la suite royal. Gracias» y colgó el auricular.

      —Así que como no vamos a poder solucionar los problemas del mundo y para poner un broche de oro a este maravillo viernes te propongo un fin de fiesta. Qué, ¿te apetece otro polvete?

      Lucrecia miró a Remigio sorprendida. «Claro, es el efecto de la doble ración de pastillitas azules que se había tomado».

      —Me parece muy bien, Remigio, un día es un día —y empezó a desabrocharse el bustier Christian Lacroix, sus tetas de marquesa resplandecían bajo las irisaciones del cristal de Bohemia de la lámpara del techo.

     —Bueno, tampoco hay que exagerar, lo decía de broma, jeje —se reía Remigio con aquella sonrisa aprendida entre Washington y Alcalá-Meco.