Los Viajes de Gulliver

Carmelita Flórez

Volver a enamorarse de Constance Bonacieux y recuperar los herretes de la reina Ana, navegar con Huckleberry Finn y Tom Sawyer por el Mississippi, observar escondido entre los juncos a Robinson y Viernes, buscar con Jim Hawkins y el largo John Silver el tesoro, compadecerse del capitán Ahab, prisionero de sus fantasmas, ser cómplice de Guillermo Brown y los proscritos, escuchar las conversaciones de Alonso Quijano y Sancho, atravesar durante cinco semanas el África subsahariana en globo con el doctor Fergunsson, Kennedy y Joe, cruzar al otro lado del espejo con Alicia. Y despertar con Gulliver en Liliput. Volver a la felicidad de las lecturas de la infancia.

La frontera entre la infancia y la edad adulta. ¿Existe? Aseguran los psicólogos que perdemos con la edad la inocencia y aquellas fantasías que nos recreaban de niños se pierden con el tráfago que requiere la existencia. Que caemos en las tinieblas de la supervivencia y deambulamos en el pelotón de los forzados buscando una meta. La infancia es el paraíso del hombre. ¿Volveremos a él?

            «Los Viajes de Gulliver” han sido considerados literatura menor, infantil. Quizás, desgraciadamente, porque las traducciones que de ella se hicieron nunca fueron buenas y partían de otras lenguas, que no del inglés original con que la escribiera Jonathan Switf. Publicada en Londres en 1726, en España sufrió el desencuentro secular de traductores y editores, que por las amputaciones sufridas, por las omisiones desacertadas de capítulos, o por traducciones espurias y parciales fue considerada, torpemente, como una literatura menor, o infantil, sin que trascendiera su significado crítico y profundamente fiscalizador de la pacata, promiscua y colonialista sociedad inglesa, y europea, con que su autor impregna la novela a lo largo de todas las páginas del libro. Hubo que esperar hasta 1982, se cumplen ahora cuarenta años, para que se ofreciera al público español una versión fiel al original y se esclareciera una obra que desarrolla una denuncia contumaz de una sociedad flotante, de sus hábitos, de sus vicios, de su filosofía, de la religión anglicana, del sistema político —la monarquía—, y de una nación que, por aquella época, era la primera potencia y estaba a la cabeza del orden mundial en el siglo que fue el paradigma de la evolución de la ciencia, de la filosofía, del saber, del pensamiento, del derecho social, de la técnica y del progreso y de la revolución contra el viejo orden: el siglo XVIII, el Siglo de las Luces.

Una mosca cojonera fue, en efecto, Jonathan Switf, hijo póstumo llegado a una familia con pocos medios económicos, irlandés de Dublin en un momento en que Irlanda era una colonia de Inglaterra, pastor anglicano por necesidad, amante y esposo de dos mujeres a la vez, Estela y Vanessa —las perturbaciones que en el inconsciente erótico, en la psique masculina puede sembrar ese amor loco son imprevisibles—. Y trasluce su misoginia en algunos juicios que ahora consideraríamos como inapropiados, pero fiel reflejo de aquella época: “…los caprichos de la mujer no se circunscriben a ningún clima o nación y son mucho más universales que lo que puede fácilmente imaginarse”. Fue a veces tory, a veces whigs según conviniera y denunciante a lo largo de sus viajes, de los de Gulliver, de un sistema social y de un comportamiento humano tan denigrante como actual. Como si esas conductas que expone Swift hace trescientos años estuvieran de actualidad ahora. Lo están, las guerras. Como si las pasiones, motivaciones y comportamientos humanos hubieran trascendido al paso de tres siglos, porque la conducta humana se mueve por intereses y necesidades básicas: el dinero, el honor, la gloria, el poder, el placer sexual, etc., que se perpetúan y sobrepasan épocas o sociedades y marcan el devenir del hombre en su corta vida.

Todo es relativo, nada es verdad ni mentira. Los enanos de Liliput, los gigantes de Brobdingnag, Gulliver gigante o enano (“El increíble hombre menguante”, cine, serie B, 1957), los locos científicos de la isla voladora de Laputa: “No hay nada tan disparatado e irracional que algunos filósofos no lo hayan sostenido como verdad”; las conversaciones con Homero, con Aristóteles y Descartes en las apariciones de los espíritus, esa cueva de Montesinos atiborrada de monstruos de la sinrazón de la ciencia. Y se descuelga en argumentos sabrosos sobre el cinismo, hipocresía y mentira de políticos, dirigentes, soberanos, ministros, escritores, jueces, etc. Hace un análisis certero y extenso de lo que constituye la identidad humana: corrupción, falsedad, mentira, avaricia, engaño, todos los vicios están reflejados en sus “Viajes”. O la inmortalidad de los Struldbruggos, esos seres que prolongan su existencia infinitamente como penitencia por vivir (¿se inspiraría Borges en este relato para su célebre cuento?). O el mundo racional de los hoyhnhnms, los cuadrúpedos, contrapuesto a la irracionalidad primitiva de los yahoos, ese intercambio de papeles entre bestias y humanos. ¿Quién es el semoviente, quién, el de dos o el de cuatro patas?

Sátira y querella. No pone freno Swift en su denuncia de la corrupción de jueces y políticos. «Has demostrado claramente que la ignorancia, la holgazanería y el vicio son los ingredientes necesarios para poder ser legislador; que las leyes las explican, interpretan y aplican mejor aquellos cuyo interés y aptitudes radican en tergiversarlas, embarullarlas y eludirlas».

O en criticar la perversión, pereza y torpeza del ser humano: «¡Qué animal tan diminuto, despreciable y desvalido es el hombre en su naturaleza! La nobleza… por el poder; el pueblo por la libertad; y el rey por el dominio absoluto».

O en resaltar la infinita estupidez humana reflejada en los párrafos sobre cómo comer un huevo duro, si por la parte ancha o por la estrecha. “Que todos los fieles rompan los huevos por el extremo conveniente”.

Aún queda por resolverse el enigma del descubrimiento de los satélites de Marte, Phobos y Demos, que Switf describe 151 años antes que los descubriera el astrónomo americano Asaph Hall, en 1877. ¿Cómo lo hiciste, Jonathan? Y se mantiene en toda la novela ese afán aventurero, los grandes viajes transoceánicos, los descubrimientos de lo desconocido en busca de nuevas rutas, los datos de navegación geográficos sobre la ubicación del barco y la inexactitud de las cartas marinas, llenas de errores que permitían augurar nuevos mundos, nuevos países, nuevas razas, la aventura del saber.

Fue Pollux Hernúñez el traductor directamente del inglés, editado por Anaya en 1982, en la colección Tus Libros. Se hicieron al menos dieciseis ediciones. Dichosos los poseedores de algún ejemplar, de este cofre de monedas de oro encontrado en la isla de los sueños. Refugiarse en «Los Viajes de Gulliver” —Lemuel Gulliver, primer oficial médico y luego capitán de varios barcos, el Antílope, el Aventura, el Bienespera, el Amboyna, duran 16 años y 7 meses corridos— devolverá al desocupado lector a la aventura de los Mares del Sur, al descubrimiento de los tesoros escondidos entre los renglones, a la complicidad de la farsa de un teatro lleno de humanidades torcidas. El curioso ojeador de páginas viajeras regresará al paraíso del hombre, a la infancia.


Sostiene Pereira

Carmelita Flórez

Sostiene Pereira que una novela es buena si es capaz de atrapar al lector por los huevos desde la primera palabra y ya no lo suelta hasta el punto final. Bueno, eso así pronunciado nunca lo sostendría Pereira, que es un señor muy educado, serio, amigo de las formas, de las buenas palabras y maneras, tanto que usa corbata negra. Pereira fue reportero de “Sucesos” en un periódico lisboeta importante. Un oficio que requiere mucho estómago y compostura porque a diario el informador se enfrenta con la crueldad de la vida y las barbaridades sorprendentes que el ser humano es capaz de cometer contra todos sus semejantes. Pero ahora Pereira trabaja en un pequeño periódico, el Lisboa, como redactor jefe de “Cultura” y todas las semanas traduce algún cuentecito de algún escritor francés para llenar el suplemento cultural. Hace unos años perdió a su mujer, ¡la maldita enfermedad pulmonar!, pero tiene su retrato en la entrada de su casita y todos los días habla con ella y le cuenta su visión de un mundo cambiante que no es el suyo. El fascismo recorre Europa y en la vecina España se está librando una guerra civil desde hace dos años a la que se han apuntado muchos voluntarios fascistas portugueses, los Viriatos, seguidores de la dictadura de Salazar. Pereira no entiende muy bien por qué los republicanos portugueses luchan contra otra república y defienden la causa de una monarquía, cuando fue en 1910 que se derribó al rey portugués. La redacción de su periodicucho es un cuartito estrecho en el que apenas cabe un ventilador ni entra el aire. El calor es asfixiante el 25 de julio de 1938 en Lisboa. Para colmo, se siente vigilado por la portera, que sin duda es una confidente de la policía política y persigue sus pasos. Se ha buscado un joven ayudante, un filólogo, para que le escriba necrológicas con antelación, o sea, antes de que se mueran los homenajeados. Monteiro Rossi, su atolondrado colaborador, no sabe escribir obituarios y está cegado por el amor de una chica revolucionaria, Marta, que le vuelve loco con la libertad y la lucha por los derechos de las personas y los trabajadores y el apoyo a la república española.

Sostiene Pereira que la literatura francesa es lo mejor que puede ofrecerse a los lectores de periódicos y ha traducido cuentos de Alphonse Daudet y Balzac, sus favoritos. Cuando publicó el cuentecito “Honorine”, que acaba con un: Vive la Françe!, recibió la reprimenda de su director, un burgués, por entregarse a la causa de la libertad en lugar de a la causa de Portugal. Así que pasa las tardes en el Café Orquídea charlando con Manuel, el camarero, merendando omelettes a las finas hierbas y bebiendo limonadas azucaradas. Su salud se resiente y tiene que reposarse en balnearios donde conoce al doctor Cardoso, un positivista afrancesado, que defiende las ideas libertarias de la Republique y sueña con irse a Francia.  

El tranvía de Alfama que Pereira toma a diario para ir a su trabajo.

Sostiene Pereira que la defensa del derecho a la información debe guiar el oficio del periodista. Y que el compromiso con la verdad y la libertad de expresión deben ser los bastones donde se apoye su trabajo. Todo eso que antes jamás había pensado lo va madurando gracias a las conversaciones erráticas que mantiene con sus huidizos ayudantes. Esos jóvenes idealistas que se enfrentan clandestinamente al totalitarismo de la dictadura de Salazar y al que corre por Europa anunciando la confrontación mundial. Así que, Pereira, que nunca antes se había interesado por los derechos civiles, sostiene, y siempre ha sido un señor muy cauto y pacífico se convierte en un activista pro-libertad y publica en su periódico un manifiesto denunciando la falsedad del régimen portugués y se hace un luchador antifascista oponiéndose a todo aquello que coarte la libertad del individuo. Eso le costará muy caro, pero mejor revelarse contra la brutalidad del salazarismo y denunciar sus abusos a la opinión pública, para que el ciudadano lo sepa, aunque tenga que huir sólo acompañado del retrato de su mujer a la que tanto quería, sostiene Pereira.


Visiten las bibliotecas públicas, en ellas encontrarán grandes novelas y ensayos para pasar el verano. Y son gratuitas y atendidas por especialistas que les recomendarán lo mejor para recrearse con el placer de la lectura.



Novela y Cine

“Soldados de Salamina” se publicó en 2001. Se ha convertido en un clásico que ha superado el paso del tiempo y en una referencia de la novela española actual. Encumbró a su autor, Javier Cercas, al parnaso de los novelistas españoles. El fusilamiento fallido de su personaje Sánchez Mazas, la búsqueda de la verdad que emprende su protagonista, un periodista, la búsqueda del héroe miliciano que decidió no disparar, Miralles, y la presentación de otro novelista marcado por la tragedia de su mala salud, Roberto Bolaños, hicieron de ella un éxito de ventas y de crítica. Cercas consiguió mantenerse ajeno a las presiones del éxito y repetir triunfo con otros dos grandes títulos: “Anatomía de un instante” y “El impostor”.

Funicular de Lisboa

De la novela se hizo una película dirigida por David Trueba en 2003 y protagonizada por su musa de entonces, Ariadna Gil. Una adaptación digna de estudio porque los protagonistas del relato cinematográfico cambian respecto al relato novelístico, de hombre a mujer, sin que por eso se pierda el espíritu aventurero que sigue fiel a las tramas narrativas del texto.

 “Sostiene Pereira” tampoco es una novela reciente. Se publicó por primera vez en 1995 y de ella se han hecho infinidad de ediciones. Antonio Tabucci (Pisa,1943-Lisboa, 2012), su autor, era en esa fecha un reputado novelista, pero su obra no había trascendido las fronteras de Italia. La película, interpretada por el gran Marcello Mastroianni, se rodó en 1996, dirigida por Roberto Faenza. Fue un éxito similar al de la novela. Tal es así que la imagen de Pereira va asociada a la imagen de Mastroianni. Quizás porque ambos sufrían en su rostro la infelicidad de la desdicha del amor roto. Pereira, ausente su mujer enfermiza. Mastroianni, tantas mujeres y todas efímeras.

«El hombre que mató a Liberty Valance» la rodó John Ford en 1962. Cuenta la historia de un abogado, Ransom Stoddard (interpretado por James Stewart), que obligado por las circunstancia se convierte en valedor del pueblo frente a la tiranía de los pistoleros que quieren imponer la ley del revólver y la violencia. Una metáfora de la maldad del fascismo o de la brutalidad de los tiranos a los que se enfrenta un solo hombre. Stoddard es como Pereira, o como Miralles el miliciano. El destino los convierte en héroes de su pueblo que guían los destinos de sus conciudadanos.

Nada mejor que adentrarse de nuevo en las lecturas de las novelas o en el visionado de cine clásico para disfrutar de un buen relato, de esos que te agarran por los huevos en estos calores del verano, sostiene Pereira.



Palabras claves para comprender los cuatro relatos: periodismo, derecho a la información, libertad de expresión, denuncia de las dictaduras fascistas, héroes anónimos olvidados de la Resistance.


Carrera de tacones de la Calle Pelayo 2022

—Dos años ya.

—Sí, Terry. Tempus fugit.

—El mundo está peor, Carmelita. La pandemia, el asesino ese de Putin matando niños en Ucrania. Las petroleras haciendo su negocio. Las eléctricas forrándose. El ciudadano esclavo de los políticos imbéciles. Ahí tienes, ese premier que dimite, pero no se va. Y esa exsecretaria general que lo quería todo para sí con tal de joder al coleta. ¡Tan lista ella y la pillaron en directo! El viejo truco de la casete. En diferido, claro, sale ahora. ¡Una enterada!

—Podría ser peor. Otro Trump. Una guerra atómica.

—Todo llegará. Sí, la imbecilidad del ser humano es infinita, aunque están muy por encima los políticos. Siempre van un paso por delante. Son la mediocridad en poltrona.

—Sí, en dos años todo ha cambiado. Los mediocres rigen el mundo.

—Mucho público en la calle. La gente tiene ganas de divertirse, de quitarse las máscaras, de rozarse, de respirar el aroma de los cuerpos. Ese olor a sobaco y entrepierna. No cabe nadie más en una calle tan pequeña. ¿Diez mil, quince mil personas?

—En el desgaste del cuerpo está la superación del espíritu. Comprobar la mediocridad de nuestros semejantes nos mejora la autoestima. Tenemos que desnudarnos por fuera para vestirnos por dentro. La masa nos confunde, nos equipara, todos somos iguales en pelota. Vestidos nos ocultamos. Los tacones, desde esa plataforma es más fácil caer, pero hay que subirse si quieres ser el protagonista por un instante. La gloria de correr en una calle de barrio donde nadie te conoce. Muchos se esconden aquí de lo que les recriminan en su casa. Libertad, aquí somos libres.

—Chumina está más grande, ¿no?

—Sí, con más kilos, quieres decir. Dos años no pasan en balde.

—Sí. Hemos envejecido todos. A mí me hacen rozaduras los tacones, serán los juanetes,

—Siempre nos quedará el orgullo. Unas gotas de libertad en este mundo absurdo.

—Sí, es nuestro turno. Aunque lleguemos últimos.

—Sí, corramos antes de que Putin nos declare la guerra o los políticos municipales nos metan en el gulag de la intolerancia. Siempre nos quedará la calle Pelayo.

—Marica el último.

—Con gusto.

(Letras de Carmelita Flórez. Fotos de Terry Mangino tomadas el 7 de julio de 2022)




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Cabalgata Orgullo Gay, 2016, Madrid

Carrera de tacones, calle Pelayo, 2015

Carrera de tacones, calle Pelayo, 2016

Meterse en los charcos

Gabriel de Araceli

SOSTIENE DON MARIO el papel intervencionista, la corrupción y el engaño de la burguesía y sus exorbitantes ganancias ilegales con el argumento de que: «gracias al odiado comercio progresó Europa y surgieron las industrias, que trajeron el verdadero progreso social. Si no hubiera sido por el comercio y la industria, España estaría todavía en las cavernas» (“La mirada quieta—de Pérez Galdós. Página 55). Una idea neoliberal para comenzar el análisis que de la extensa obra de Galdós ha llevado a cabo Vargas Llosa durante los dos años de pandemia. E incide nuevamente en esa justificación del «capitalismo proveniente de la Revolución Industrial por los derechos sociales y salarios que obtendrá el trabajador». (Página 94).

No sorprenden esas doctrinas que el ínclito nobel gusta expresar con tanta frecuencia en sus artículos de opinión publicados en la prensa diaria. Y que el lector advertido obvia cuando lee sus novelas si no quiere evitarle como autor y retirarle su preferencia. Para la crítica de la enorme creación literaria de Galdós, Llosa recurre a describir el argumento de una obra. A continuación, realiza un breve análisis estructural de lo contado en la que se extiende en las circunstancias socio-políticas e históricas del momento concreto, junto a consideraciones propias de un docente que impartiera un taller de escritura. Empieza el libro citando su admiración por Javier Cercas y casi su apoyo incondicional en el debate, civilizado, que este mantuvo a principios de 2020 con Antonio Muñoz Molina en su ataque contra la obra y figura de Pérez Galdós. Lo que predispone a saber con antelación cuál va a ser el guion a seguir en el análisis del texto.

Quizás sea ese atracón febril de lecturas de Galdós en tan breve espacio de tiempo lo que lleva a Vargas Llosa a escurrirse con ligeras imprecisiones. Como cuando en la crítica de la gran novela galdosiana, “Fortunata y Jacinta”, confunde la Cava Baja con la Cava de San Miguel, donde Fortunata habita un cuartucho miserable y conoce a Juanito Santa Cruz. O a afirmar que Maximiliano Rubín es un inculto. Falso, era un bobo infeliz, un varón incapaz, una persona insignificante, un hombre débil y enclenque aturdido por la belleza repentina de una mujer. O a ignorar la presencia de personajes como Evaristo Feijoo, o Manuel Moreno Isla, o Guillermina, la santa, o Plácido Estupiñá, ese retablo de secundarios que pueblan de vida las novelas galdosianas.

O el silencio que hace sobre la mamá doña Dolores en la crítica de “Doña Perfecta”. Un personaje basado en esa madre autoritaria que lo envía a Madrid con diecinueve años, no veinte, para que se olvide de la pequeña Sisita, su prima hermana, aquella locura juvenil de don Benito. O el olvido de su último querer, Teodosia Gandarias, fallecida cuatro días antes (31 de diciembre de 1919) que Galdós (4 de enero de 1920), su gran amor durante los quince años finales de su vida. A doña Emilia Pardo Bazán: «mujer ardiente salvo cuando escribía novelas», sin embargo, le otorga como único mérito el de “diablillo lujurioso”, epíteto que bien podría descargar las iras del feminismo.

O también olvida que “Miau” es una denuncia explícita de la burocracia y de la legión de vagos con enchufe que nutre la administración pública. “Miau”, novela menor para Llosa, no le gusta. De ella hace un análisis condenatorio de su estructura narrativa a la que tacha de «frases excesivas, de “grandes palabras”, de un discurso gratuito y desproporcionada entre lo narrado y la realidad objetiva. Llena de escenas prolongadas, excesos retóricos y paralizantes en que a veces sucumbía Galdós».

O en la confusión que produce su afán didáctico por enseñar la estructura narrativa de Tristana. Novela que representa «los postulados naturalistas de Émile Zola. El narrador se identifica totalmente con aquello que va contando, sin tomar distancia alguna con las ideas que sus protagonistas delatan… como quería Flaubert». Para continuar con que en “La desheredada”, «Galdós no distingue al narrador personaje y al narrador omnisciente y sume al lector en la duda». Para decir lo contrario en “Nazarín”: «el narrador-personaje pasa a convertirse en autor omnisciente».

Mario Vargas Llosa en la Biblioteca Nacional, Madrid, octubre de 2012.

O de tildar a “Misericordia” de: «lenguaje figurado poco literario y algo impertinente, superioridad del narrador sobre el personaje que no tiene justificación alguna».

O refiriéndose a su teatro, a “Electra”: Galdós no era «hombre de ideas sino de ficciones, y a la de pensar prefería la de inventar y contar historias. Su teatro no adolece de las “grandes palabras”, esos arrebatos líricos que debilitan el desarrollo de la historia». Para contradecirse en su análisis sobre “La familia de León Roch”: «Muchas novelas y episodios de Galdós no parecen propiamente novelas, sino ensayos disimulados, por los análisis políticos o sociales a los que se entrega el autor como parte de la narración».

Crítica irregular y ambigua de los “Episodios Nacionales”, lo malo y lo sublime, un halago y una reprimenda a la vez, la excelencia y el decaimiento del lenguaje, que Llosa achaca al «avance de la ceguera que atormentó a Galdós en los últimos años de su vida». Un recorrido sobre las 46 novelas de Galdós escrito en apenas 41 páginas que le sirven, tanto para disertar sobre las funciones teatrales y narrativas de la novela, como para reseñar las audacias formales del “Ulises” de Joyce, publicado dos años después de la muerte de Galdós. Una explicación difícil de encajar dentro del comentario textual de los Episodios.  

De “La de Bringas” Vargas Llosa se limita a contar su argumento como el que contara un folletín, sin realizar ninguna observación atractiva que indujera o no a su lectura. Afortunadamente, Vargas Llosa da la venia al lector para que lea “Tormento”, novela previa a la anterior: «está muy bien escrita; aquí la mirada quieta funciona a la perfección. Lástima nomás que, en el capítulo final de la novela, Galdós se valga de los diálogos teatrales que desmerecen y aquietan la narración en vez de darle relieve».

Germán Gullón (edición y notas a una gran parte de la obra galdosiana), Francisco Caudet (edición y notas de Fortunata y Jacinta), Pedro Ortiz Armengol (Vida de Galdós) o Pascual Izquierdo (edición y notas de Trafalgar, Marianela o Misericordia) entre otros estudiosos, han sometido durante décadas a severos análisis la obra de Galdós. Y también desvelado su biografía con estudios extensos y profundos argumentos aprovechados por generaciones de especialistas o simples lectores. Frivolidad y audacia parece lo acometido por Vargas Llosa para juzgar en un solo libro, escrito precipitadamente, la creación del gran novelista español del siglo XIX. “Para gustos y colores nacieron los autores”. Esa es la máxima que parece pregonar el ensayo que sostiene don Mario. Y para ese resultado no parece merito suficiente su afán de recluirse durante dos años leyendo al novelista canario. Por encima del análisis literario se asoma el pretendido éxito de ventas que pueda suscitar un libro lanzado por un personaje protagonista de la prensa rosada y orquestado bajo una gran campaña publicitaria como si de un acontecimiento se tratara. Empeño temerario el suyo de convertirse en ensayista literario. Cien años después del fallecimiento de Galdós, de que sufriera críticas acerbas, envidias, repudios, rechazos y condenas sinfín de enemigos de la profesión, ideológicos, clericales y políticos su obra está asentada en la cumbre de las letras españolas y no parece que las volubles razones de Llosa puedan aportar nada nuevo al sólido universo de un escribidor universal como don Benito.


Don Benito siempre tuvo las mujeres a sus pies. Como don Ramón María.

«Del pecado de menospreciar a Galdós nos arrepentimos la mayoría tan pronto como lo leímos con algún detenimiento». (Josefina Carabias. Azaña. Los que le llamábamos don Manuel)


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Los amores asimétricos de Galdós

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Biografía de Emilia Pardo Bazán

Centenario del fallecimiento de Galdós

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Poetas castellanos

Recogidos por Agustina de Champourcín

Dionisio Ridruejo (Burgo de Osma, Soria), el rebelde enamorado y adolescente encendido que cayó rendido a los pies de su primer amor, Áurea, a la que conoció en la primavera de 1935. 23 años tenía el muchachito, cinco más ella (y tres hijas ya). Un encuentro en la casa del pintor Maurice Fromkes, en Madrid, en la calle Espalter, despertó en él un fuego vivísimo que apagaba con sonetos y poemas. Su incendió duró siempre, propagado en llamas como abeja de flor en flor.

Primer libro de amor 1935-1939
(De Al advenimiento de un nuevo amor)
Nace tu voz y se abren tus oídos,
las palabras se alumbran de repente;
ya son verdad las que tan tristemente
abandonaban todos mis sentidos.

Crean en nuestros labios. Los vagidos
del ayer son ya nombres del presente. 
Las cosas y los seres, dócilmente, 
van brotando al amor recién nacidos.

Árbol, hoguera, arroyo, césped ave:
son mundos que te doy y que me entregas
y puentes que en el alma nos tendemos.

Estoy en ti como un respiro suave.
Estas en mí como te nombre, en alas.
Ya somos y es verdad y lo sabemos.



Loca y grave, con voz de primavera
la palabra en tus labios extrañada
citó al amor para su sed primera.
Y brotaste de ti como una espada
desnuda, repentina, verdadera
como yo te vivía y te pensaba.

Ezequías Blanco (Paladinos del Valle, Zamora) es muy bienhablado porque fue catedrático de Lengua y Literatura en el cinturón rojo madrileño. Es también un cuentista redomado, abuelo de punkys, editor de cuadernos matemáticos y tiene amistades con monos que estornudan mientras apunta con su cabeza a las pistolas. Escribe poemas en las penumbras de los cines porque el cine, como sus versos, están llenos de amor. Algo tendrá que ver el cine.

LA SONRISA DE MI MADRE

Yo doy fe de que tiene el infinito
silencio de Dios y al mirar
una foto de un viejo
Ha exclamado: ¡pero qué niño
más guapo!¡Qué guapo es este niño!
Su mente es una grieta
donde no existen los dones
sólo la certidumbre del destino.
Donde no hay más presencia 
que la ausencia
de los senderos hacia el cielo.
Y su sonrisa vive en la posibilidad 
del error de quien mira al horizonte 
con la orfandad perdido.
No hay nada suficiente que los rayos 
no iluminen. Uno es lo que ama
y lo que será capaz de amar:
una celebración de ruiseñores
nostalgia de lugares sin dolor
que no ha visto en la vida
confundidos con un desbordamiento
de sueños y una riada

Pascual Izquierdo (Sotillo de la Ribera, Burgos) tiene el temple de un retablo barroco lleno de angelotes desvergonzados que se rieran de esas muchachas en flor que suspiran arreboladas al descubrir el amor primero. Lleva su tierra en lo más hondo de sus letras, es como un gran reserva que ha absorbido las esencias del roble, del suspiro, del abrazo, del beso, de la lágrima, de la caricia, del océano de trigos de su ancha Castilla.    

MORTAL
Acaricias la espiga
y queda tu piel repleta de cosechas.
Te posas en la tarde
y tiembla de pronto la piedra adormecida.
Te orientas hacia el viento
y navega tu cuerpo como un bajel de brisas.
Mas, ¡cómo te hieren las aristas!
¡Cómo te ciega
la plenitud del equinoccio!
¡Cómo ataca el óxido de otoño
tus hojas amarillas!

Del libro ALBA Y OCASO DE LA LUZ Y LOS PÉTALOS. Premio «Flor de la Jara» de Poesía 2013.

Alfredo Alameda (Madrid, Madrid, Madrid, pedazo de la España en que nací) es mitad Hemingway y mitad Antonio López. Encuentra historias antiguas al alba por los collados y las pinta con su prosa libre de edulcorantes y cargada de emoción, de vida. Acaba de publicar La Memoria de los Libros, una historia de inocentes perseguidos por la maldad de un tirano que recuperan la voz para contar la verdad perdida, la única verdad que hay entre un hombre y una mujer.

El maquillaje oscuro de los párpados resaltaba la claridad azul de los ojos de la mujer, fijos en los del hombre.
—En realidad lo que quise decir al verte tan bonita —dijo Arcadio, manteniendo la incitante mirada de Alicia— fue: «prometedora», pero se ve que en el último momento un destello de prudencia sustituyó el adjetivo por el de «grata».
Alicia rio tan espontáneamente que a punto estuvo de derramar el vino de la copa que se llevaba a la boca.
—¡Vaya! —dijo—. Pues me alegro de que hayas prescindido de tanta prudencia.
—Debe ser el saxo de Iturralde y este verdejo canalla.
—Así que prometedora, ¿eh? —se arrimó a Arcadio sin levantarse, arrastrando el culo por la polipiel del sofá— ¿Sabes que podría considerarse como un acoso?
Depositó la copa, que aún sostenía en la mano, junto a la de Arcadio, y acercó sus labios a los de él. Solo un roce, solo un instante. Luego dijo:
—Enciende la pipa; me encanta el olor del Clan.