Leer a Richmal Crompton

Gabriel de Araceli

 Guillermo Brown, ese niño travieso, rebelde, decidido, ese terremoto inoportuno en el mundo esclerótico de los mayores incapaces de comprender su desbordante fantasía. Guillermo Brown, hijo literario de miss Richmal Crompton, aparecido en 1920, al mismo tiempo que Agatha Christie —ambas nacidas en 1890— publicara su primera novela policíaca: “El misterioso caso de Styles”, donde presenta al detective Hércules Poirot. Guillermo Brown, Hércules Poirot, dos personajes complementarios de una misma identidad humana, la infancia y el mundo adulto, surgidos de las mentes febriles de dos señoritas bien de la pequeña burguesía de la Inglaterra victoriana: God sabe the queen.

Nunca se relacionaron entre sí Richman Crompton y Agatha Christie. Tampoco con los chicos del Círculo de Bloomsbury, sin embargo todos ellos contemporáneos. Aquel elitista y pretencioso grupo lleno de relumbrones literarios que asombraron al mundo moviendo sus caderas intelectuales en el primer decenio del siglo XX: la demente Virginia Wolf o el mago de la Economía John Maynard Keynes o el matemático Bertrand Russell entre otros portentos. O Gerald Brenan jugando al escondite viajero por las Alpujarras. O, de rebote, el himalayista George Mallory, que quizás escalara el Everest en 1924. Quizás, quizás, quizás…

Guillermo Brown, ese niño que flota en el tiempo, inasequible al paso de los años, que no crece nunca, siempre con la misma edad mágica de la inocencia, aunque sus aventuras se publiquen a lo largo de 48 años, siempre con la cara tiznada con un corcho quemado, su tirachinas y el traje de escolar lleno de costurones durante las 38 novelas que publicó su autora. Del periodo de entreguerras, de los felices años 20 a la terrible 2ª Guerra Mundial. Y aún después, con el invento de la tele, con la llegada a la Luna, inmortal Guillermo trasteando con toda esa sociedad y personajes representativos de cuatro décadas de transformaciones fundamentales en la historia que no cambian un ápice su personalidad. Guillermo asimilando los cambios sociales y geopolíticos que aturden al mundo, jugando a piratas y a pieles rojas con su perrito Jumble, con sus amigos los Proscritos: Pelirrojo, Enrique, Douglas y contra el enemigo Humberto Lane y su cuadrilla de adversarios. Y esos granjeros antipáticos que ven a Guillermo como al enemigo del mundo urbano y le persiguen sólo por el peligro indefinido que supone cualquier niño.

Guillermo y sus fraternales opositores Roberto y Ethel, ya unos jóvenes imbuidos en sus devaneos románticos y de afanes muy distintos a los suyos. Esos hermanos mayores que no comprenden al pequeño, al que consideran un estorbo y un problema. Y ese padre, el señor Brown, producto a medias de la Inglaterra victoriana y keynesiana, que mira desconcertado y con prevención el comportamiento de su hijo pequeño, tal vez nacido a destiempo en la utopía del confort inglés soñado tras el Armisticio, sin duda un error de cálculo en su matrimonio acomodado.

Guillermo y las niñas: Violeta Isabel, un contrapeso, la rival femenina que simboliza la prosperidad de las clases emergentes urbanas frente a la sociedad rural y campestre de Guillermo, que pretende imponer sus opiniones y siempre se enfrenta a las acciones del protagonista. Y Juanita, la niña que siente especial debilidad por Guillermo, aunque él no está interesado, aparentemente, por ella, pero que reacciona herido en su honor cuando Humberto Lane aparece en el horizonte de la princesa.

Todos los capítulos de los libros de Guillermo tienen una composición clásica de relato según los cánones comúnmente aceptados de la narrativa funcional, es decir: planteamiento, nudo y desenlace. Las premisas quedan establecidas claramente en los primeros párrafos y después, Crompton, con su delicada técnica resuelve el capítulo con elegancia y con la solvencia necesaria para atrapar al lector. Su lenguaje es sencillo, sin necesidad de un léxico refinado, son cuentos pensados para niños, tienen que ser ágiles y bien resueltos. Por eso no cansan, por eso absorben sus páginas, por eso son divertidas, por eso no sufren el paso del tiempo. Guillermo, como la infancia, son eternos.

Richmal Crompton (1890-1969) fue hija de un sacerdote anglicano, aplicada estudiante de lenguas clásicas, sufragista y feminista. Y maltratada a la edad de 33 años, en la flor de la vida, por una poliomielitis que la dejó con una severa invalidez. Que aún después, con cuarenta años, sufrió de nuevo el revés de un cáncer al que plantó caro y al que sobrevivió casi cuatro décadas. Y que, durante los terribles bombardeos nazis sobre Londres, luchadora ella, participó en tareas de voluntariado ayudando a la población civil. Escritora de extensa carrera y obras dedicadas también al público adulto vio premiada su labor con un gran éxito de ventas en todo el mundo y en España significativamente. Richmal Crompton vio adaptados a la televisión a sus personajes de los Proscritos. La Crompton es sin duda la fuente de inspiración de otros personajes infantiles que han llenado las infancias posteriores de muchas infancias literarias, desde la saga de “Los cinco”, de Enid Blyton, hasta “Harry Potter”; sin olvidarnos de aquel niño entrañable que habitaba en Carabanchel, un barrio proletario de Madrid, hijo de Elvira Lindo: Manolito Gafotas y su odiado hermanito “El Imbécil”.

Thomas Henry Fisher (1879-1962) ilustró muchos de los libros de Guillermo. Su estilo único identifica al lector de tal forma con el personaje que cuando se lee un libro de Guillermo no ilustrado por él parece como si Guillermo hubiera perdido parte de sí mismo, como si fuera otro niño más soso y menos emprendedor, más domesticado, más ordinario, carente de la espontaneidad y descaro del protagonista. Thomas Henry Fisher fue también un destacado artista pintor, con obra en museos británicos. Sólo se vieron en una ocasión Richmal Crompton y Thomas Henry. Todas las ilustraciones de los libros se hicieron sin que entre ellos se intercambiaran opiniones ni consideraciones sobre las características físico-psíquicas de los personajes y acciones de los libros. Y todos fueron excelentes. Eran otros tiempos, sí.  

Fue la Editorial Molino, fundada en Barcelona en 1933, la que publicó en 1952 la primera novela de la serie: “Travesuras de Guillermo”, traducida por Guillermo López Hipkiss, un interesante autor y escritor al que los avatares del momento que le tocó vivir privaron de éxitos propios. El éxito de Guillermo fue enorme en aquella España de los 50 del siglo XX, quizás porque la infancia española necesitaba un héroe ajeno al oficialismo nacional-católico que emanaba el régimen perpetuo, transmutado en aquellos personajes falangistas de Roberto Alcázar y Pedrín. El fundador de la Editorial Molino tuvo que exiliarse a Buenos Aires, donde también se publicaron varias novelas de Guillermo. En mayo de 2021 fue comprada por Penguin Random House a su anterior propietaria, RBA Editores. Una larga y azarosa vida la del mundo editorial. Casi tanto como la de Guillermo Brown.

150 aniversario de la Real Sociedad Española de Historia Natural

Carmelita Flórez

El 15 de marzo de 1871 se fundaba la RSEHN. Pocos días antes, Amadeo de Saboya, recién llegado a España, había honrado al cadáver del general Prim, su valedor, asesinado en la calle del Turco por orden del Duque de Montpensier. Y Jacinta se había hecho con el fruto que en las entrañas de Fortunata, su rival en la alcoba, sembrara su marido Juanito Santacruz. Y doña Guillermina Pacheco, personaje limosnero y pegajoso, alardeaba en la novela de entrevistarse con el efímero monarca saboyano, que le había prometido un dispensario para socorrer a los pobrecitos menesterosos que poblaban las calles de Madrid. Eran tiempos convulsos para la nación, para el pensamiento y para la ciencia.

Aunque anteriormente, en el Siglo de las Luces y auspiciado por el mecenazgo de Carlos III se inició el entusiasmo por el saber, y eminencias como Celestino Mutis, médico, botánico, matemático y sacerdote (algún defectillo debía de tener) iniciaron, en 1772, viajes de investigación por el continente americano. O aquella expedición de Alejandro Malaspina, en 1789, recorriendo las costas americanas desde Buenos Aires hasta Alaska. O posteriormente la Comisión Científica del Pacífico, capitaneada por Marcos Jiménez de la Espada, que apenas unos años antes de la fundación de la RSEHN, de 1862 a 1865, recorrió miles de millas náuticas en su viaje de exploración por Sudamérica y los mares del Sur, atravesando heroicamente la región amazónica desde Guayaquil a Pernambuco.

En ese ambiente romántico de amor al saber, en esa amalgama de personajes nacidos en las páginas de los folletines, del espíritu de la Enciclopedia y de controversias entre creacionistas y darwinistas se creó la RSEHN. Personalidades diversas del mundo de la ciencia y de la investigación han formado parte de su historia: Ignacio Bolívar, aquel sabio, director que fue también del Museo de Ciencias, que abrió las mentes de generaciones de científicos a las nuevas corrientes del conocimiento y que con 90 años tuvo que exiliarse a México en 1939, como tantos otros pensadores privados de la ciencia tras el desastre, donde fallecería cuatro años después; Manuel Martínez de la Escalera, aplicado entomólogo dedicado al estudio casi como un cartujo; el zoólogo, periodista, erudito y artista Ángel Cabrera Latorre, que en sus viajes por el Magreb-el-Aksa, patrocinados por la Real Sociedad de Historia, nos muestra un país vecino con el que íntimamente convivimos, a veces no muy bien hermanados. Una mente privilegiada la de Cabrera, que también tomó, voluntariamente, el camino de la ausencia cuando, en 1925, recomendado por Ramón y Cajal y el matemático Rey Pastor, emigró a la Argentina. Premios Nobeles como el mismo don Santiago, la cima del conocimiento hoy aún en nuestro país, como Severo Ochoa, como Iván Petrovich Pavlov, sí, el del perrito conductista, como Adolf Butenandt, experto en hormonas sexuales, como el genetista Thomas Hunt Morgan fueron socios de la RSEHN y llenaron con sus artículos los boletines que viene publicando desde la fecha de su fundación.

Material de trabajo, cuaderno de notas y muestras tomadas por Ángel Cabrera durante sus viajes a Magreb-el-Aksa, el primero realizado apenas unos meses después del desastre de Annual, y el último realizado en 1924.

Aquella Junta de Ampliación de Estudios, presidida por Cajal desde 1907 hasta su fallecimiento en 1934, y después dirigida por Bolívar, fue un manantial de sabios como el doctor Juan Negrín, o el físico Blas Cabrera Felipe, o la humanista María de Maeztu y el origen de lo que sería el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (permítasenos citar a Margarita Salas), ligados íntimamente, como la RSEHN al Museo Nacional de Ciencias Naturales.

Láminas de Ángel Cabrera, tan genial zoólogo como refinado artista.

Ahora, el Museo de Ciencias acoge una exposición que celebra el 150 aniversario de la fundación de la RSEHN. En ella se exponen diferentes materiales e instrumentos utilizados por los científicos en sus investigaciones, hitos que se alcanzaron con la expansión de sus ideas, así como reseñas del devenir histórico de los hombres y mujeres que pertenecieron a la sociedad de historia natural. Todo ello en el marco incomparable de la gran sala del Museo, un mirador privilegiado desde el que se vislumbra al gran Loxodonta africana, ejemplar cazado por don Jacobo Fitz-James Stuart; o el esqueleto de la ballena, libre de las amenazas del capitán Ahab; o las maravillosas naturalizaciones de los hermanos Benedito. Habrá, además, un ciclo de conferencias en la que se glosarán diversos aspectos que han conformado la actividad de la RSEHN, y en las que se homenajea a sus socios y colaboradores. La exposición permanecerá abierta hasta el 29 de agosto. El próximo 1 de junio, a las 19 horas, Isabel Rey pronunciará una conferencia sobre: La Real Sociedad Española de Historia Natural y el desarrollo de las colecciones científicas del MNCN. Es necesario inscribirse con antelación para escucharla.

Muestras de naturalizaciones expuestas en el Museo.

Enlaces relacionados:

Moby Dick y el capitán Ahab

Ángel Cabrera Latorre

Consortes, regentes, amantes y elefantes

Fauna Ibérica. Ángel Cabrera

Los hermanos Benedito

Patagonia

La bitácora de Leoncio López Ocón

XXII Premio de novela Ciudad de Salamanca

El Loxodonta africano que cazó el Duque de Alba y cuya piel cedió al Museo. Los colmillos de marfil no. Luis Benedito lo naturalizó en 1930.

15 M: diez años después

Lettres de Antoine Doinel. Photos de Terry Mangino

Desde la Puerta del Sol, don Digno García mira la calle Preciados sin amor, la muchedumbre de peatones, edificios similares, el esqueleto del luminoso del Tío Pepe flotando sobre la plaza, el sol intenso del mediodía. ¿En qué momento se había jodido todo? Las gitanas mendigan las ramitas de romero, deme argo, señorito, que le va a traer mucha suerte, se compra oro, máxima tasación, un tullido muestra sus vergüenzas suplicando una limosna, unas chicas se meten mano sin ocultarse, los municipales lo miran todo de reojo, el gordo de doña Manolita, Telepizza. Todo jodido, piensa don Digno: no hay solución. Sube por Carmen y divisa a don Pupo Román que le espera bajo la sombrilla de un bar cualquiera con un vermú en la mano.

—Siglos que no te veía, Digno, ¿aún piensas en aquello?

—Pero si fue ayer, casi. Recuerdo toda la puertalsol llena de jóvenes, las pancartas tapaban los edificios, la primavera se nos venía encima. Nuestro mayo del 68. Sé que no lo soñé. Los dos estábamos ahí, nos rozábamos, compartíamos el sudor y el ansia de cambio, fue cuando conocí a Penélope. Dónde estará, ¿se habrá pasado al enemigo? ¿Votará también libertad?

—No te hagas malasangre, Digno. Bebe un trago. Nos han dado la libertad, un poco, para beber, mucho más —y llama con la mano al camarero, un joven que se acerca con desgana—. Dry Martini, dos, sin mezclar.  

—Cambiarlo todo para que nada cambie. El sistema es impermeable a las protestas, enseguida se puso en marcha la maquinaria propagandística, los periódicos afines, las televisiones basura, las emisoras vociferaban contra los ocupas de Sol. Las castas, ¿te acuerdas? Ahí siguen, los de siempre. La libertad que tiene el canario de saltar de un palito al otro dentro de su jaula —bebe un trago largo, puro pisco, Pupo le acompaña con la mirada perdida.

—Un jubilado montó una carpa y allí cocinaba para todos los que seguían por las noches en la plaza. Constantemente. Una forma de evitar que la policía desmontara el campamento. Barruntábamos el cambio, pensábamos que era el comienzo de algo. Hacía calor, como ahora, vinieron las televisiones de todo el mundo. “Spanish Revolution” tituló The New York Times en primera página. ¡Y una mierda! La otra noche, cuando se acabó el confinamiento, aquella multitud de jóvenes haciendo botellón diez años después, les habían dado la libertad, sin máscaras. ¿Acaso son diferentes a los de entonces? —acaban sus vasos, Pupo llama de nuevo al camarero, que rellena aburrido las copas—. Deje la botella —le indica Pupo.

—Incluso doña Espe se acojonó pensando que le costaría el puesto. Pero ganó otra vez, siempre ganan los mismos, que le crecieran tantas ranas en su estanque dorado no fue suficiente. Varios acabaron en la cárcel, qué broma aquella del máster que nunca existió. Ahora hay una becaria en el pupitre. ¡Toda esa multitud votando libertad!

Una pareja de jóvenes turistas franceses, semi vestida ella, absorbe el sol de Madrid, aunque no haga calor. Je t’aime —le susurra al chico en la oreja. —Moi, non plus —le dice el novio.

—El sistema ha absorbido todas las revoluciones, o se convirtieron en dictaduras. Primero la francesa. Napoleón, el gran dictador. Los bolcheviques, la república de Weimar, el incendio del Reichstag, de los espartaquistas al nazismo, Sierra Maestra, la revolución de los claveles, la primavera de Praga, el 68 parisino, los sandinistas, el subcomandante Marcos y los zapatistas, la Perestroica se la pasó por el forro Vladimiro, el nuevo Stalin, la primavera árabe… Diez años después el cambio se ha cortado la coleta. Todo está bien jodido. Como si hubiéramos pasado de los podemistas al voxismo —Pupo rellena los vasos y llama al joven camarero.

—Otra botella, Martini blanco, de ginebra también.

—Que reste-t-il de nos amours? No, no fue el bicho, fue la ignorancia, la estulticia, en Vallecas también, en Carabanchel, en Parla, en el cinturón rojo…

Beben otro trago, puro pisco. El sol se ha puesto sobre los tejados, la parejita de franceses se besa y se comen como si fuera esa tarde la última vez. Don Pupo y don Digno levantan sus copas y brindan por el amor de los gabachos.

—Se está bien tomando dry Martini en la calle del Carmen, es lo que nos deja el sistema. Santé, garçons —y ambos apuran sus copas mirando a los franceses—, comeros el mundo. Liberté!

Los jóvenes franceses se miran extrañados. Ils sont fous les espagnoles, ils ont le soleil —piensan.

 Que reste-t-il de ces beaux jours? Une vieille photo de ma jeunesse. Que reste-t-il des billets doux? Des mois d’avril, des rendez-vous? Un souvenir qui me poursuit, sans cesse.

Enlaces relacionados

Gracias, Vargas Llosa, por “Conversación en la catedral“.

Et, vous aussi, monsieur Trénet, par les amours oublies.

SPANISH REVOLUTION ¡Y UNA MIERDA!

Leer a María Moliner y sus vocablos rumberos

Palabras de Carmelita Flórez

»Los veintiún volúmenes del Larousse, impecables, estaban sobre el contenedor de papel y cartón esperando que los rescataran del sacrificio. Alguien los había depositado allí porque se cansó de ellos, tal vez le molestaban en la librería. Los nuevos televisores de pantallas gigantescas ocupan ahora el lugar destinado antes a los libros. Total, nadie leía el Larousse hacía ya una década. Si necesitas saber algo se lo preguntas a san Google, o en la Wikipedia, ahí está todo lo necesario para defenderse en el círculo existencial de 200 m de diámetro que habita el ser humano, según sostiene Manuel Vicent, “el Magnífico”. Era como una traición al espíritu del siglo de las luces, a Diderot y a D’Alembert, a la Enciclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers que había llevado a Francia a una revolución, a la caída de una monarquía absolutista y transformado al mundo. Hermógenes Molina y el almirante don Pedro Zárate, los académicos de la RAE y personajes de la novela de Pérez ReverteHombres Buenos”, que fueron a París a finales del siglo XVIII para comprar clandestinamente la Encyclopédie, se revolvieron en sus tumbas comprobando la estulticia que asolaba al mundo.

 »No hubo indulto, comprobé cómo el camión de la basura elevaba el contenedor de papel usado y lo volcaba en su interior. Algún volumen trató de escapar de aquel auto de fe, pero fue inútil, el operario lo recogió del suelo y lo lanzó con indiferencia a las fauces del monstruo. El camión eyectó una humarada negra cuando arrancó con estrépito. Era como si la barbarie se hubiera impuesto a la razón y al pensamiento. Era como en aquella película de Truffaut, Farenheit 451, los libros ardían ante la indiferencia del bombero. Un pestazo a gasolina… Olía, sí, olía… ¡a derrota!

»Sí, recuerdo que antes en el metro, en el autobús, todo el mundo leía periódicos o libros. Incluso de prestado, abrías un diario y el viajero próximo a ti metía sus narices sobre tu hombro para apropiarse por unos instantes de aquellos artículos a cinco columnas. Ahora, encontrar un lector de periódicos en el suburbano es tan improbable como no encontrar pedigüeños. Todos los viajeros van pendientes de sus móviles con devoción religiosa, cuando no vocean conversaciones absurdas como si se empeñaran en despojarse de sus fantasmas regalando su intimidad a todos los pasajeros del vagón. Es un inmenso enjambre de zánganos revoloteando en torno a la reina, Whatsapp, que ocupa el lugar que hace dos décadas ocupaban los periódicos, los libros, la información, el pensamiento, la crítica, la reflexión, la lectura. El sistema ha conseguido su gran victoria, gracias a la tecnología ha logrado que la masa social se distraiga con mensajes intranscendentes y banales, que tenga horror a las palabras escritas, terror al pensamiento. La opinión pública ha desaparecido, nadie cuestiona la validez del sistema, nadie levanta la voz contra el supra-poder del orden establecido. La telefonía móvil ha convertido al ciudadano en un ser inerte y dócil a cambio del caramelo de una pantalla táctil. Se practica el culto al onanismo, nos tocamos y retocamos esas fuentes de placer efímero reducidos a androides con televibradores de quinientos euros que nos succionan el entendimiento. Vivimos en la era del entretenimiento, de la teletecnoinformación, de la desinformación más bien. Las fuerzas ocultas del sistema han alcanzado el éxito sin las palabras, o contra ellas. Ni los grandes dictadores comunistas o nazis lograron antes una sumisión tan absoluta del ciudadano con tan pequeño esfuerzo.

»Sí, por eso resulta sorprendente aquella fuerza interior de María Moliner que la llevó a escribir un diccionario. ¿Qué puede llevar a un escritor a escribir un diccionario? El amor a las palabras, seguramente, el amor de una bibliotecaria a propagar el saber. “Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años. María Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Fue la mujer que escribió un diccionario”, el Diccionario del uso del español, decía Gabriel García Márquez pocos días después del fallecimiento de María, luctuoso hecho ocurrido el 22 de enero de 1981.

La vida de María Moliner fue una lucha constante contra la exclusión, primero del franquismo, que la apartó de su plaza de Archivos y Bibliotecas ganada en oposición. Y después tuvo que luchar contra la misoginia imperante en la RAE, que le negó siempre elegirla como académica por el hecho de ser mujer. Todos contra ella. Incluso, el que sería con posterioridad, el novelista más “nobelesco” de la RAE se opuso a su elección. “A María Moliner, no; en ningún caso”, escribió el autor de La colmena en 1970, según recoge Gregorio Morán en su libro “El cura y los mandarines”. Morán, autor azote de la Academia en particular, y de todo el universo literario oficial de aquellas épocas en general. Sin embargo, por aquellos años, Camilo José Cela sí publicó su Diccionario Secreto, dos tomos, en el que daba lengua suelta a todas las palabras cochinas y obscenas que a menudo poblaban sus procaces y rijosas fabulas de izas, rabizas y colipoterras. A finales de los setenta hubo un nuevo intento de ingresar en la RAE a la bibliotecaria, pero entonces, según siempre Morán: “María Moliner los mandó literalmente a tomar por culo”. Lo que también ha sido una costumbre muy practicada por los excluidos al insigne organismo. Valle Inclán, el padre del Marqués de Bradomín, orinaba frente al edificio de la RAE en señal de desprecio a tan limpia, fija y esplendorosa institución. Sánchez Ferlosio —¡que se vayan a freír espárragos!, gritaba el insigne progenitor de Alfanhuí— contagió de desafecto académico a Carmen Martín Gaite. Y más recientemente Almudena Grandes y Luis García Montero se prometieron no entrar en la RAE si no era juntos.

»Fue gracias a Dámaso Alonso que María Moliner, Bella Ciao, firmara un contrato, en 1955, con la Editorial Gredos, para la publicación de su diccionario once años después, en 1966. Una obra inmensa que le ocupó toda su vida mientras atendía a su familia, además de trabajar como bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid. Aunque ya consagrada por su diccionario, Manuel Seco, De la Real Academia, prestara unas palabras, quizás como consolación, para el prólogo de la edición abreviada publicada en 2000, casi veinte años después de su fallecimiento. Y de ahí al reconocimiento universal y respeto por su obra, que no se dice diccionario, sino el María Moliner cuando queremos saber el significado de las palabras.

»Y Diccionario Ideológico de la Lengua Española fue otra obra faraónica que ocupó a su autor, Julio Casares, durante ¡veintisiete años! “El Casares”, de la palabra a la idea; de la idea a la palabra, un diccionario que han utilizado generaciones desde su publicación por Gredos en 1942, esclareciendo el intelecto de autores y estudiantes que se abrían camino en la escritura y en el conocimiento en aquellas espinosas décadas. Julio Casares, una personalidad desbordante, un genio inusual en el panorama de las letras hispanas: hablaba dieciocho idiomas, diplomático, violinista, crítico literario, filólogo, músico, lexicógrafo y académico de la RAE. Un diccionario singular donde abrevar sinónimos, antónimos y erudición para ir por ahí después soltándolos con tanta exquisitez y buen decir que asombre a los oyentes y lectores de la calidad personal y literaria del que los emplea.  

»Por eso es encomiable que haya aún escribas que engendren diccionarios en estos tiempos en los que el virus de la vulgaridad ha infectado todos los rincones del intelecto. Dimas Mas ha esculpido un tesoro, o un diccionario de palabras desmemoriadas, “El tesoro olvidado”, que propone recuperar los vocablos en desuso para dar lustre a la frondia hablantina y empaque a los lenguaraces, una colección de preciosas gemas ocultas para que el lector las engarce y las luzca cuando sea menester mostrarse como persona sensible y cultivada, y se desprenda su habla de hircismo y no se quede como un fargallón ni se caiga en la ergástula de los groseros y de los ignaros. El de Dimas es un breve diccionario de la elocuencia minimalista para quien quedar bien quiera, nada jauto sin embargo, para que el idiolecto de los hablantes se llene de hervorosos vocablos que aglayen a los cermeños y alienten el afecto y la atención entre los que escuchen. Con su uso se pueden extraer del zaquizamí del cacumen una antología de significantes vernáculos que doten a nuestro léxico de enjundia, elegancia, erudición y belleza, y llenen los coloquios de jeribeques de proposiciones armoniosas que asombren al que las escuche y envidie al hablador. Es un diccionario que, según su autor, “pretende devolver a la circulación comunicativa voces expresivas y hermosas que habían sido arrumbadas por la ignorancia, el desdén y la erosión trivializadora de las conversaciones humanas”. Es digno de lectura. Y más aún de promover su uso oral, como todos los diccionarios.

»Sí, aún quedan mujeres y hombres buenos que escriben diccionarios para rescatar de la amnesia las palabras, explicar sus significados, adornar las conversaciones de las personas y librarnos de la torpeza y la tosquedad en el hablar. Gloria y laurel a ese reducto de lingüistas resistentes, Bella Ciao, orfebres y escultores que enarbolan la bandera de la elegancia del verbo para izarla en lo más alto del idioma. Valete.  

El 3 de mayo en Madrid

El 19 de marzo y el 2 de mayo. Benito Pérez Galdós

Fotos de Terry Mangino

La multitud es un río, cuyo nivel no puede subir cuando recibe el caudal de otro río, y tiene que acomodarse juntando carne con carne y hueso con hueso, hasta que desaparece la personalidad humana en el informe conjunto. Esto pasó cuando los franceses penetraron en la estrecha plaza, y una tempestad de silbidos, reconvenciones e insultos fue la primera manifestación del pueblo español contra los invasores. Entre tanto el desconcierto crecía, la sofocación iba en aumento.
Percibía vagamente figuras y formas de esas que no pertenecen al mundo visible, ni a la humanidad, ni a la fama ni a la flora, ni al cielo ni a la tierra, sino a cierta misteriosa geología, a yacimientos que contradicen todas las leyes de la estática y la dinámica; percibía una fantástica y continuada concatenación de colores geométricos que se enredaban en mi cuerpo como culebras y en aquellas trasmutación de lo físico y lo moral, se verifica el fenómeno de que un color me dolía y un objeto semejante a una espada, a un cangrejo o a una arpa pronunciaba palabras incomprensibles.
…¡Y los chicos más desarrapados se aventuraban entre los pies de las cabalgaduras para golpearle, y las mujeres le arrojaban el fango de las calles, menos repugnante que las exclamaciones de los hombres, y estos no disparaban sus escopetas por temor de herir a los soldados!
Veíanse muchos hombres envueltos en mantas, con sombreros manchegos y abarcas de cuero, otros tantos cuyas cabezas negras y redondas adornaba un pingajo enrollado, última gradación de turbante oriental; otros muchos calzados con la silenciosa alpargata, es pie de gato que tan bien cuadra al ladrón; muchos con chalecos botonados de moneditas, se ceñían la faja morada, que parece el último girón de la bandera de las comunidades…