El sexo con los ángeles

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

      —NUNCA ENTENDÍ como podía ser feliz en su matrimonio si su marido era el mismo demonio, por más que le enviara ramitos de violetas o le escribiera versos por primavera.

     —Algo tendría, ¿no? Que una tía aguante a un tío tanto tiempo… imposible. Son cosas de los poetas. Escriben versos para hacer felices a las personas. Son como los ángeles, facilitan la existencia.

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Kiko, un angelito angelical

     —De niño yo estaba enamorado de ella, una morenaza hecha y derecha. Buscaré tu cuerpo en otro cuerpo extraño. Pero yo ni sabía lo que era una mujer. Cómo sería su cuerpo, cómo sería encontrarse con ella, ¿rechazaría mis caricias, mis besos inexpertos, correspondería a mis súplicas?  Esas ensoñaciones me recorrían mi alma adolescente, su pelo negro y sus dientes blancos. Fue un palo cuando me enteré de que se había estrellado en una carretera secundaria. Vivió veintisiete años. Mi ángel, allí doblado sobre el salpicadero.

      —Me crucé con un ángel, o un demonio, en Damasco. Marién. La tía que más caña me ha dado.

     Rellené los vasos de aguardiente. Su mujer se había largado con otro. No aguantaba sus largas ausencias, a veces hasta seis meses. Empezó en los Balcanes muy joven, siguió con Sadam y ahora en Siria. Un tío con suerte, nunca había sufrido ni un rasguño. Bueno, lo de su mujer, prefirió a uno con un oficio menos peligroso. El director de la sucursal bancaria donde tenían la cuenta. Cambió el régimen de gananciales cuando él estaba en Alepo. El aguardiente te quemaba el esófago.

Un Ángel, casi un arcángel

      —Stabat mater dolorosa, juxta crucem lacrymosa, dum pendebat filius. Pergolesi en el coro del colegio. La excusa perfecta para acercarse a las chicas, en aquellas épocas los chicos y las chicas estábamos separados. Meros figurantes, el Stabat Mater es para voces femeninas. Pero allí la tenía delante, nunca le dirigí la palabra. Era mi ángel. Pergolesi fue un ángel efímero llevaba el mal en los pulmones, murió con apenas 26 años.

     —Franz Schubert fue el ángel caído. Amigo de las juergas, libertino, siempre de flor en flor libando los amores cortesanos. Sífilis, nada más y nada menos. La palmó con treintaiún años. Entonces era una enfermedad vergonzosa. La muerte y la doncella. Siempre que la escucho me impresiona.

Un ángel de la guarda

—¿Más que Marién?

—No, la Marién me ponía más. Era un ángel negro, un ángel malo.

—Yo vi el otro día un ángel blanco, en la manifa de las tías, en Gran Vía.

    —¡No jodas! ¿Tú solo? Estaba llena de ángeles. Aunque algunas parecían demonios. Mucho peligro.

     —No, este era un ángel bueno. En Callao. Nos miramos un momento. Hazme una foto y te daré un beso, me dijo.

    —¡Con el coronavirus!

    —Se la hice. Dónde te la mando. Y me dio un teléfono. Se la envié. A las diez me espera en Callao, donde la foto. Tengo que dejarte —nos cepillamos los orujazos de un trago.

    —Ten cuidado. A veces los ángeles se convierten en demonios. Mira mi mujer.

   —¡Hasta la victoria siempre! —le dije y me fui. Quién sabe, llevaba en la mano un ramito de violetas. Por si lo de los ángeles era verdad.

 

 

 

 

 

 

 

 

Rosebud

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

         Para Rosebud G R

        “ROSEBUD”. Los visitantes del Cementerio Inglés de Madrid giran la vista hacia David Crompton Brown, el gentleman que en su castellano perfecto de Salamanca con acento de Oxford les muestra la lápida bajo la que está enterrado Arthur Byne.

        —Sí, lo habrán oído muchas veces. Rosebud. Fue la última palabra que pronunció Charles Foster Kane, el Citizen Williams Randolph Hearst que inmortalizara Orson Welles en su película. Pero hay algo más, un misterio que encierra esa palabra mágica que nunca se contó por pudor, lo impedía el puritanismo yanqui: ROSEBUD.

      Y David Crompton Brown deja de hablar y repasa los rostros de los curiosos que saltan entre las tumbas del camposanto, en los carabancheles. Es un lugar de muertos a los que Gran Bretaña acogió porque a los anglicanos se les negaba la paz eterna en los cementerios católicos. Los muertos siempre son un problema. Pesan, no se mueven, huelen mal, no admiten consejos, nunca te dan su opinión, dejan hipotecas sin pagar y a veces hijos anónimos que sorprenden a los legítimos en el funeral. Y cuesta enterrarlos, mucho dinero. A los muertos anglicanos los enterraban en España en el siglo XIX a escondidas, a veces de noche, a veces en las cunetas, a veces se aprovechaban de otra sepultura, dos muertos por el mismo precio en el lugar de uno. La Iglesia se oponía a que aquellos hijos de la traición de Enrique VIII gozaran, tras el juicio final, del rostro sereno del Santísimo. Una competencia desleal, a fin de cuentas, con los que tanto habían perseverado en la verdadera fe romana. Así que, en 1854 el Reino Unido compró este terreno ubicado al otro lado del río, entre las calles de Inglaterra, Irlanda y General Ricardos para que los súbditos ingleses y los practicantes de otras creencias no católicas tuvieran un lugar donde pasar honrosamente la noche perpetua.

       —Rosebud viene a ser algo así como rosita, o capullito. Una palabra cariñosa que Hearst, o Kane, dedicaba a su amante Marion Davies, o Susan Alexander según fuese pronunciada en el palacio de San Simeón, en California, o en el celuloide de Xanadú, el lugar donde se materializaba la pobreza espiritual a la que estaba condenado el inmensamente rico protagonista. La fábula del dinero inservible para conseguir el éxito social, la admiración de todos, el sexo, el poder y la gloria.

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Marion Davies admirando los artesonados mozárabes.

       Los visitantes saltan con respeto entre las tumbas. El cementerio inglés está lleno de muertos célebres. El fundador del circo Price, Williams Parish; o Charles Clifford, aquel fotógrafo que aprovechaba la técnica del colodión húmedo y sus viajes a todo lo largo y ancho de la corte de los milagros para informar a la reina Victoria de las obras públicas que aquí se acometían; o H C Caldwell y Arthur Yencken, héroes de la RAF abatidos por la Luftwaffe cuando volaban a Barcelona en 1944; o el médico Oliver P Mckeehan, un americano que prestaba servicios ginecológicos reservados, dicen, a la reina Isabel II, aunque su marido, Francisco de Asís, tampoco se preocupaba mucho de investigar la paternidad del heredero, Alfonso XII, porque era un hombre adelantado a su tiempo; o Ernest Grimaud de Caux, que fue corresponsal del The Thimes y cubrió para ese periódico la boda de Alfonso XIII con la princesita inglesa Victoria Eugenia, Ena, tan mona ella, que vio manchado su vestido de novia por la sangre de las víctimas, 25 muertos, del atentado del anarquista Mateo Morral el día de su boda, el 31 de mayo de 1906; o Margarita Kearney Taylor, una señorita que ascendió de la nada hasta fundar el salón de té Embassy; o los restos del suizo Emilio Lhardy, aunque ahora no sirve menús a los difuntos; o el príncipe georgiano Georges Bragation de Moukhrani; o la dinastía Loewe, un lujo para el cementerio.

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Unos visitantes atienden las explicaciones de David Crompton Brown en la tumba de Arthur Byne en el Cementerio Inglés de Carabanchel. Se encuentra entre ellos la señora del smartphone, adivínese quién es.

      —Marion Davies, o Susan Alexander, llámenla como quieran porque la realidad y la fantasía son las dos caras de una misma moneda que intercambiamos en nuestras vidas, tenía enamorado hasta perder la razón a Hearst, o Kane. De tal forma que Williams, o Charles hacía todo lo que ella le pedía para satisfacer el ego infinito de la actriz —David Crompton Brown hace un alto en su relato y observa a los visitantes, jubilados bien vestidos y cultivados, personas muy distintas a los pobladores del barrio, un conglomerado de orígenes y etnias diversas que ven como sus modestos alquileres se encarecen por la presión de los pisos turísticos que ha subido las rentas. Carabanchel, antes un distrito marginal, está pasando del lumpenproletariado obrero de los 60 del siglo pasado, al esnobismo pijo de la semiburguesía de diseño—. Marion Davies era actriz de cine, entonces mudo. Y cantante. Una mujer bellísima, una soprano cuyo sueño era interpretar la Casta Diva en el Metropolitan House, algo para lo que no tenía cualidades. Aunque para eso estaba Hearst, para satisfacer sus deseos.

         Suena de repente una musiquilla hortera de un smartphone y una jubilada acaudalada se disculpa asegurándose de que su súper móvil súper guay de más de mil euros sea visto por todos los visitantes. «Lo siento, discúlpenme» dice mientras manipula el aparato, seguramente programado para que autosonara en mitad de la explicación.

       —Casta Diva, che inargenti queste sacre antiche piante a noi volgi il bel sembiante… Y ahí se quedaba. Apenas si llegaba al re5 el registro sonoro de la Davies, mientras que las grandes sopranos de la historia del bel canto son capaces de alcanzar sonoridades mucho más altas, casi dos octavas más, si7 en el caso de la Callas, de otra época, sí. Pero para eso estaba Hearst-Kane, para darle caprichitos a la bella Marion-Susan Alexander —déjate el bigote y la perilla, le decía ella— con la que mantuvo un romance de más de treinta años, hasta su muerte con 88 años. Y aquí es donde entra ese personaje cuya tumba y la de su mujer ustedes están pisando: Arthur Byne y Mildred Seopley.

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         Los visitantes se apartaron del sepulcro maltratado por el tiempo. «Lo sentimos mucho» balbucearon avergonzados por alterar la paz del architect de Gibraltar fallecido en accidente de tráfico en Mudela, Ciudad Real, en 1935.

         —No crean lo que pone en la lápida. Arthur Byne era un mentiroso compulsivo, mentía después de muerto, incluso su tumba está llena de mentiras. Byne ni procedía de Gibraltar ni era arquitecto, sino un delineante, o delincuente, según se mire, para otros era un simple chamarilero, un trapero nacido en Filadelfia, un buscavidas que junto a su mujer, Mildred, se dedicaba a vender libros en los que dibujaba palacios y ruinas del inmenso patrimonio monumental español. Eso le llevó a ser socio de la Hispanic Society de New York y trasladarse a España en 1915, donde se hizo pasar por un reputado hispanista y abrirse las puertas de la administración del Estado y del ministro Eduardo Callejo de la Cuesta, titular de la cartera de Instrucción Pública y Bellas Artes durante la dictadura de Primo de Rivera y procurador y presidente del Consejo de Estado durante la dictadura de Franco. Callejo le concedió a Byne, en 1927, la Cruz del Mérito Civil. Después les diré por qué. Y lo más importante, esta Cruz le abrió a Byne el acceso a las joyas del arte español desparramado y abandonado por todo el territorio.

           Entre los cipreses, las adelfas y los túmulos del cementerio los gorriones y alguna urraca compiten con el ruido de la maquinaria municipal que arregla las aceras y el petardeo de los reguetones que los recién llegados de ultramar se encargan de propagar a todo volumen por Carabanchel. Ritmos mucho menos cultivados que la voz de la Davies que adoraba Hearst, aunque no alcanzara el cielo de la armonía, el si7. El magnate americano lo tenía casi todo para ser feliz. Una inmensa fortuna, un poder omnímodo que le reportaba su cadena de periódicos sensacionalistas, entre ellos The Examiner, que dirigía personalmente Kane. «I make news, hago noticias, asesino presidentes si es necesario», Hearst manejaba el mundo a su antojo. Menos en lo principal para él, en el sexo, donde Marion mandaba. Y le faltaba la gloria.

Sepulturas paleo cristianas ubicadas en lo que fue posteriormente la ermita de San Miguel de Sacramenia. Enrique VIII nació mucho después.

—Quiero alcanzar la gloria, el cielo. Llegar con mi voz a lo más alto sólo para ti, Charli, será mi regalo a tu empeño de hacerme feliz, la consagración de nuestro amor. Y tú me lo has de conseguir porque en mi placer va también el tuyo, le susurraba al oído la soprano al grandullón. Hay que decir que Marion Davies jugaba con la ventaja de la edad. Era 34 años más joven que Hearst. Muchos años de diferencia. Tenía veinte añitos cuando conoció al ya más que cincuentón magnate. Y claro, en los amores asimétricos siempre vence la juventud. Aquel canalla de Hearst, capaz de declararle la guerra a España y de nombrar a su antojo presidentes de los United States of America, se vio perdido ante la exigencia de una niña descarada y caprichosa, era su esclavo. Fue caperucita la que se comió al lobo. Un lobo desdentado y prostático que tenía que satisfacer a su amada en el alma. Y en el cuerpo.

        —Le voy a grabar, señor Crompton. ¡Muy interesante lo que nos está contando! —y la señora del smartphone carísimo lo exhibe de nuevo y lo aproxima a David Crompton Brown para que todo el mundo se entere de lo que le interesa la historia.

        —Rosebud. El juguetito, el trineo que simboliza la infancia perdida que Welles quema en la secuencia final de su película —continúa David con flema británica—, la felicidad que vivimos, algunos, en la edad de la inocencia. ¡Olvídense! No, no es esa la explicación del misterio que esconde la palabrita. Rosebud. Rosebud, jeje. ¡Qué débil el pobre de Hearst empleándose con la Davies! —las señoras pensionistas saben de sobra de qué habla David.

        —Hearst era un comprador compulsivo de obras de arte. No sabía qué hacer con su dinero. Su inmensa fortuna le permitía cualquier capricho. Pero los caprichos de Marion-Susan Alexander costaban caros y no eran fáciles de conseguir. W R Hearst conocía los manuales artísticos que Byne publicaba del arte español y a través de su arquitecta Julia Morgan, esta sí lo era, encargó al falso Herrera la compra de varias piezas para su palacio californiano de San Simeón donde agasajaba a la Davies. Así que Byne se hizo con un cliente millonario y su codicia le llevó a aumentar su patrimonio con algo más que la venta de dibujitos y piedrecitas deslucidas por los siglos. Con la ayuda del dinero procedente de California se dedicó a sobornar a funcionarios y a ministros de la dictadura, a todo aquel que tuviera que autorizar la salida al exterior de los monumentos españoles. Bien es cierto que la legislación que protegía el patrimonio nacional era muy laxa y permisiva. Y con unas propinas convenientes se compraban voluntades, entre ellas las de ese ministro de Bellas Artes amante de las dictaduras, que sucumbió por un puñado de dólares, unos 10.000 de la época. Y por un puñado más le laureó con crucecitas.

        »Byne se entregó aplicadamente a la tarea de expoliar monumentos por las tierras de España, muchos de ellos abandonados secularmente, muchos de ellos olvidados por sus propietarios que no les concedían ninguna importancia y los empleaban como corrales para el ganado o almacén de aperos agrícolas. Los cerriles dueños, muchos terratenientes a los que las ruinas visigóticas o románicas o góticas o mudéjares o renacentistas les importaban un bledo vieron una ocasión única de enriquecerse con aquellas piedras que para nada les servían. Encima, tildaban de imbécil a aquel bigotudo tratante de piedras yanqui al que consideraban poco menos que un ignorante lunático. Era una pequeña venganza por la derrota sufrida en Cuba, que aún se mantenía en el inconsciente de las afrentas patrióticas veintisiete años después. Tú me das tus dólares y yo te doy los pedruscos. Se felicitaban por su visión lucrativa de los negocios. ¡Le vendían piedras del campo al gringo grandote! ¡Estos americanos están locos!

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Fachada del monasterio de Santa María la Real de Sacramenia, lo que queda de él.

        »El lecho y el techo, una letra que diferencia la visión que los hombres y las mujeres tienen de las cosas del querer. “Charlie, el techo no me gusta”, le decía Marion a Hearst en el lecho, casi ya un abuelito, que se esforzaba por complacer los deseos de la treintañera empujándola con decisión entre las ingles, aunque su visión se redujera a las sábanas del lecho, un tálamo del siglo XVII traído de contrabando del palacio de la Torre de la Parada, donde según el marchante Arthur Byne, el rey Felipe IV engendró siete bastardos de los treinta que tuvo, aunque ninguno le valiera para ocupar a su muerte el trono de España. “Charlie, debemos decorar San Simeón, colocar algo en el techo, una pintura de esas que tienen los viejos europeos, no sé”. “Lo que tú quieras Marion”, le decía agotado Hearst. Y entonces ella, agradecida, entonaba Fine al rito e il sacro bosco Sia disgombro dai profani Quando il Nume irato e fosco pero sin llegar al si7 de la Callas, que llenaba de orgullo al magnate. “Lo he conseguido”, se decía él resoplando masculinamente.

        »Y autorizado por Julia Morgan, Arthur Byne se dispuso a satisfacer los encargos que míster Hearst le encargaba para Marion. La relación de monumentos y obras de arte que compró a precio de saldo y envió a los dominios de Hearst-Kane es, posiblemente, el mayor expolio que se ha cometido en la extensa historia de los robos que las potencias coloniales, todas, han cometido en los países donde impusieron su ley y su desorden. El convento de San Francisco de Cuéllar, el castillo de Benavente; el monasterio de Óvila, en Guadalajara, por el que pagó Byne 3.130 pesetas y lo vendió a Hearst por 55.000 dólares; la reja de la catedral de Valladolid en connivencia con los curas inmatriculadores, o la colección de arte del Conde de las Almenas, o la sillería del coro de la catedral de la Seo de Urgel, o el refectorio, la sala capitular y el claustro de Santa María la Real, de Sacramenia, en Segovia son algunos de los monumentos que Byne envió desmontados piedra a piedra en tren y en barco hasta Nueva York entre 1921 y 1930.

         »Pueden imaginarse que los sobornos que se pagaron a todos los que permitieron el expolio fueron inmensos. Pero no fue así. Por el fabuloso monasterio de Sacramenia pagó Hearst 40.000 dólares en 1925, muchos de los cuales se los quedó Byne y con el resto untó pequeños cohechos, a veces ridículos debido al desconocimiento que del valor de las obras y del dinero americano tenían los intermediarios. Las piedras del monasterio de Sacramenia permanecieron tras su llegada abandonadas durante casi treinta años en una lonja del puerto de Nueva York por problemas aduaneros sin que nadie se interesara por ellas. Hearst murió en 1951 y nadie las reclamó. Unos hoteleros de Miami las compraron años después y tras montarlas torpemente ahora forman parte de un salón donde se celebran bodas, bautizos y divorcios. Ahora bien, si piensan que todas aquellas ruinas que Charli le regalaba hicieron feliz a Marion, que con aquello alcanzó el cielo que se habían prometido la respuesta es…

          Y David Crompton Brown miró fijamente desde sus lentes de erudito de Oxford a su audiencia sin que ninguna de las competentes señoras se atreviera a responder, aunque todas sabían la verdad y diferenciaban claramente el lecho del techo.

        —Naturalmente que no —respondió la señora del smartphone blandiéndolo con brío, casi con moto hasta alcanzar un la6 gesticulante alzándose sobre la tumba del matrimonio Byne—. No, una mujer joven no puede ser feliz por muchas piedras que le regale su adinerado esposo. Una mujer le exige vigor a su amante. Y es poco probable que un señor mayor como Kane pudiera satisfacerla por mucho lecho histórico en el que yacieran.

          —Para eso está el dinero —aclaró David—. Hearst todo lo solucionaba con dinero. Así que dio instrucciones a Julia Morgan, la única mujer de la que decía que nunca le engañó, para que encargara a Byne la compra de pinturas o decoraciones que cubrían los techos de los monumentos españoles, por satisfacer el deseo banal de su amante. Qué se podía esperar de una soprano, pensaba de Marion cuando no estaba encima de ella. Así que Byne se dio un garbeo —ya se ha dicho que el castellano de David era realmente castizo— por los predios de Aragón siguiendo los pasos del rey Fernando II, siglo XV, se sabe que el trapero se las daba de conocer la historia de España, y encontró en Tarazona un archivo de legajos árabes con fórmulas secretas de ponzoñas afrodisiacas usadas por ese monarca, varias túnicas y vestidos repujados de seda y oro pertenecientes a la reina católica y un artesonado mozárabe tallado en madera de roble y pintado con oleos y panes de oro que haría feliz incluso a una tiple. ¡Compra!, le dijo Hearst. Byne lo compró todo por 18.724 dólares de la época y se lo vendió a Kane por más del doble. Era 1930 y la depresión económica se cernía sobre el mundo.

Restos de la ermita de San Miguel, en Sacramenia, lo que queda de ella. Arthur Byne llegó tarde, otros se habían llevado ya sus tesoros.

          »Final de la dictadura de Primo de Rivera, final del reinado de Alfonso XIII, el general Mola director general de Seguridad, sublevación de Jaca, movilización general de los líderes políticos republicanos y exilio en Francia, tiempos muy revueltos, imposible el control de las fronteras… Aquello era una fiesta para los traficantes de arte. Byne untó a los aduaneros, tampoco muy escrupulosos cuando recibían dinero de un yanqui excéntrico y los legajos, el artesonado y los trapos salieron sin problemas por el puerto de Barcelona y se instalaban provisionalmente, unos meses después, en un techo de su palacio de San Simeón. “Ahí, lo tienes, tu cielo español”, le dijo a Marion una bonita tarde de primavera que llovía a cántaros. Aunque ya se sabe que nunca llueve en el Sur de California. Susan Alexander levantó la cabeza y se quedó extasiada contemplando aquel artesonado mozárabe que Charli había traído del otro lado del Atlántico para ella. Aquello era muy superior a lo que nunca hubiera soñado, aquello era casi un si7, pongamos un sol6. Tal fue su sorpresa que Marion se tumbó para contemplarlo mejor sobre el tálamo, antigua propiedad del rey Felipe IV. Se había vestido para la ocasión con una de aquellas túnicas repujadas en oro y seda que lucía su católica majestad cuando lo de la entrada en Granada y la huida del manso Boabdil. Momento que aprovechó Williams Randolph Hearst para aproximarse a su amante y gozar juntos del cielo español.

             —Aún así, a pesar del cielo yo soy de la opinión de que una mujer como Marion no sería muy feliz si su amante no la satisfacía. Eso sí que no tiene misterio. Vamos, de qué nos sirve a cualquiera de nosotras un techo mozárabe si no tienes el calor de un hombre con el que opinar sobre la realidad cotidiana histórica, sobre la vida ordinaria de los moradores del momento, con sus derrotas y sus victorias reflejadas en las escenas campestres pintadas en sus maderas —la señora del smartphone se dirigió a la concurrencia mientras hacía fotografías de las tumbas como si fuera una reportera de la Associated Press, rival del imperio periodístico de Hearst—. Porque todas somos contingentes, pero algunas somos excelentes y un hombre en la cama con una mujer siempre es un hombre en la cama con una mujer.

           —Ahí es donde quiero llegar —le respondió David—, desentrañar el misterio, nuestro Rosebud. Qué ocurrió para que Kane pronunciara la famosa palabrita. Rebobinemos. La gran depresión del 29 sacudió el imperio económico de Hearst, tuvo que vender un montón de aquellas piedras y techos españoles a precio de saldo porque se quedaba sin efectivo, sin cash. Poco después de complacer a Marion se desprendió del artesonado por una miseria: 3.200 dólares. Incluso Marion le ayudó a mantener sus periódicos vendiendo alguna de sus carísimas joyas. En el fondo, la relación entre Marion y Hearst tenía vicios freudianos que entonces estaban muy de moda porque aquel médico vienés inundaba el mundo con sus historias cochinas y rijosas de mujeres frígidas y hombres impotentes que contaba como si fueran verdades científicas. El profesor Segismundo, de Viena, hubiera dicho que lo de ellos era una relación perversa. Marion veía a Hearst como un padre y un esposo a la vez. Y Hearst a Marion como una hija y una amante indecente. Una relación de amor casto y de sexo incestuoso a la que ambos se entregaban con lascivia y sin tapujos, a lo bestia, vamos. Como si para decir eso fuera necesario ser psicoanalista. Ya lo había dicho Galdós muchos años antes. Eran como don Lope y Tristana, se ponían cachondos al rozarse, más aún cuando se albergaban bajo los artesonados hispanos pensando en lo que habrían visto esas maderas vetustas a lo largo de los siglos: infinidad de coitos entre aquella panda de bandoleros de trabuco y bigotazo y cigarreras con navaja en el muslo que se inventó Bizet y conformaban el ideario romántico que sobre los españoles se tenía en el mundo civilizado en el siglo XIX, no muy diferente al que los yanquis mantenían en 1930, no muy diferente del que mantienen ahora.

           Un silencio expectante se apoderó del camposanto inglés. Todos los visitantes clavaron la mirada en David Crompton Brown, incluso la señora del smartphone parecía otra estatua funeraria más porque se había quedado sin batería. Incluso los gorriones y las urracas dejaron de piar. No se oía ni el mardito reguetón.

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Jardín donde se encontraba el claustro que Arthur Byne se encargó de desmontar y enviar a Hearst. Aún se notan en el muro, un siglo después, los restos de las antiguas piedras arrancadas. Foto del profesor Simón y Cajal

            —Hearst se procuró un traductor de aquellos legajos afrodisiacos anteriores al siglo XV que Arthur Byne incluyó en el lote de Tarazona, aunque desechó las recetas por absurdas: cuerno de rinoceronte, esperma de tigre, melena de león, colmillo triturado de verraco del wuada-rrama… No, no estaba dispuesto a sacrificar el zoológico que tenía en su jardín de Xanadú por satisfacer a la Susan Alexander. Desistió incluso de disfrazarse de Fernando II porque no era amigo de mascaradas. Comprendió que a su edad y con aquel torrente de Marion sólo le quedaba el consuelo de sus labios, de su boca, de su abultado bigote y su perilla de chivo. Lucía un sol espléndido aquella tarde en el sur de California. Los 165 metros cuadrados del artesonado mozárabe lucían espléndidamente en el techo de la alcoba sixtina que se había preparado en su palacio de San Simeón. Marion estaba radiante dentro de la túnica de brocal con el escudo bordado en seda y oro del castillo, el león, los cuarteles de Navarra y de Aragón y la granada florida. Parecía una reina de Trastámara cuando se tendió, se extendió más bien sobre el tálamo de Felipe IV. Charles Foster Hearst se aproximó a ella y le levantó la túnica. El espectáculo que encontró sobre el lecho era, si cabe, muy superior al que admiraba Marion en el techo. Aquello era una flor de ambrosía, un regalo de Venus, una selva de miel y jugosas oquedades, un tesoro que secretaba elixir de jazmín y menta, un rosal de terciopelo nacarado. Hearst aplicó su lengua vigorosa sobre el jardín de Marion y empezó a moverla, a introducirla en su cueva, tanto monta, monta tanto, a brochear con su barba de chivo la intimidad de Marion, a morder el botón encarnado, a agitar su rosita encendida. Y bajo aquel techo español, bajo aquella maravilla mozárabe del siglo XV contrabandeada por Arthur Byne, la Marion comenzó a cantar como no lo haría jamás en el Metropolitan House… Ah bello a me ritorna del raggio tuo sereno E vita nel tuo seno…. Era un declamar angelical, un retablo sonoro del claustro de Sacramenia, unos suspiros de mujer satisfecha como nunca pronunciaría ni la Callas…  La mia voce tuoner cadr punirlo io posso ma, punirlo… incluso el coro de los ángeles del monasterio de Órvila sintieron envidia del bel canto glorioso que bajo el techo hispánico entonó aquella tarde la grande Susan Alexander…  il cor non sa Ah, riedi ancora qual eri allora quando il cor ti diedi allora ah, riedi a me… Sí, la Marion se elevó a las alturas del cielo español, del si7 y Hearst alcanzó por un momento la gloria de su vigor, se sintió un hombre entero. El mejor final posible. Murió con la flor en los labios, con Rosebud en su boca.

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Tierra de luz blanda

Gabriel de Araceli

        Esos poetas de Castilla que llenan de luz los crepúsculos del invierno…

      Ezequías Blanco reune a sus amigos el próximo viernes 28 de febrero, en Getafe, a las 18:30 en el Centro Cívico Juan de la Cierva, para leerles sus poemas y emocinarles con sus palabras. Ezequías es un poeta forjado en la ecuación del verso y en el polinomio de los sonetos, en el trazado de alabeados y en el cultivo de las nuevas generaciones, a las que ha dado alas para que vuelen en la vida, de las que ha sido profe y maestro. Es como las cigüeñas, que con su vuelo recoleto alegran los cielos plomizos e infinitos de los horizontes de arcilla y granito. Versos, castañeteos en las torres de las iglesias cobijando a los polluelos.

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BANCOS

Buscaré cada día los lugares

donde nadie confunde los caminos

donde muy poco importan las derrotas.

Reiré con el que luce a sus espaldas

“Cristo mola” o con el otro que dice:

“somos muy malas pero podemos ser peores”.

Iré de banco en banco en mis paseos

porque a cualquiera acogen

con su respiración tan desprendida.

Y así como quien flota sobre un cielo dormido

recorreré los bancos de mi entorno

para fortalecer mis músculos

mis fibras mis huesos mis tendones lastimados

hasta llegar al que reposa

bajo aquella morera verdinegra

desde donde mejor se ve la luna.

Y descansaré en el del viñedo

y refrescaré la mirada

sobre la humedad del de la verdinosa piedra.

Desde un banco me iré rodando a casa

y en un banco plantaré las verduras

de mi huerto…Y sobre un viejo banco

dormiré eternamente soñando con palmeras.

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Otras obras de Ezequías Blanco

Bare Nostrum

Solo hay una clase de monos que estornudan

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Idolatría

Rafael Alonso Solís

          LA DISTANCIA QUE SEPARA CUALQUIER PUNTO DEL UNIVERSO de la tierra en que reposan los muertos tiene siempre idéntica longitud. No importa que se mida desde las villas de Hollywood, los rascacielos de Abu Dhabi, las chabolas de la Cañada Real o los escombros que adornan los restos de Gaza. Se calcule como se calcule, el resultado seguirá siendo el mismo. La muerte, esa amiga fiel –tierna y turbadora, al mismo tiempo– que nos acompaña en las últimas jornadas del camino, posee una insólita capacidad para establecer la igualdad entre las almas y los cuerpos, más allá de cualquier normativa, de cualquier pacto o de cualquier convenio colectivo. Al final, uno se muere con la misma irreversibilidad, ya esté enfundado en ropas de diseño haciendo juego o cubierto con los trapos empapados en salitre con los que se hizo el viaje en patera. _DSC1965_copia_b_n_webLa repercusión mediática, sin embargo, no es la misma, porque el poder del circo es tan grande y estamos tan imbuidos de formar parte de una inmensa troupe que aceptamos las diferencias sin un instante de reflexión, sin una mirada de compasión que no esté separada de los titulares de los periódicos y de la cuota de pantalla. Los griegos construyeron el esqueleto de la civilización occidental inventando o recordando historias de transmisión oral, en las que los seres humanos copulaban con los dioses para generar híbridos e iniciar dinastías. Más tarde, sus dramaturgos y poetas acabaron por darle forma literaria a la mitología inicial, dotándola del componente épico que necesitaba para alcanzar el éxito. Tanto éxito, que la idolatría ha impregnado nuestro mundo, demasiado cercano a las leyendas helenas en su simplicidad esquemática, institucionalizando un sistema eficaz para mantenernos distraídos y olvidarnos del carácter fluyente de la vida. Cada día mueren miles de personas en los arrabales de Haiti –sin ruido, ni focos, ni esperanza–, en las franjas de mar que separan los continentes, en las calles vacías de Siria, en los burdeles infernales de México o en las fronteras africanas. Otras lo hacen tratando de apagar las hogueras que se extienden por el planeta, como resultado de la falta de decisiones inteligentes desde los centros de poder, o de la perversa y estúpida orientación de las mismas. Nuestra capacidad para sentir cierta empatía por los miles de muertos diarios –ni siquiera sabemos cuántos son, ni nos importa– está agotada, pero reaccionamos con espanto cuando en el helicóptero que se estrella viaja un mito, y la idolatría hace que nos afecte como si su desgracia mereciese un respeto diferente, nos generase un desconsuelo de mayor magnitud o su desaparición fuese más dolorosa que las otras. Hemos aceptado con toda normalidad que un deportista de élite gane varios millones de euros al mes, mientras que los sistemas políticos que nos rigen permiten morir de frío en la calle, al tiempo que anunciamos el apocalipsis económico por efecto de insignificantes subidas del salario mínimo. Es muy difícil que una especie con semejante patología pueda evitar su propia destrucción.

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Prensa y catequesis

Rafael Alonso Solís

         Hace tiempo que leer periódicos resulta un ejercicio muy parecido al de impregnarse del catecismo, además de tener consecuencias formativas de idéntico calado. Todo comienza, en un descuido, por la aceptación de que un libro sagrado, la marca indeleble de la revelación y la publicación de un compendio fácilmente manejable ­–siempre que las cuentas del rosario estén cuidadosamente engarzadas y formen parte de un estudiado plan de ventas–, proceden directamente del origen de la familia. Puede que haya ocurrido siempre, debido a que se trata de una operación comercial en la que un producto selecciona a quien lo va a consumir, lo detecta, lo bautiza, lo interpreta y lo educa casi a su antojo. En este proceso debe reconocerse la tremenda eficacia de la Iglesia católica como maestra, no solo como ejemplo de una industria de inmenso éxito, duradera y resistente a las turbulencias, a pesar de las escasas modificaciones del envoltorio y la invariabilidad del contenido, sino como descubridora de alguno de los principios básicos de la publicidad. Ante un público convencido de antemano, pocos instrumentos más efectivos para la difusión del mensaje original que el lema de ser la empresa creada, sin otros intermediarios de garantía, por el mismísimo hijo del fundador. Así sucedió, según las crónicas elaboradas por los escribas de la compañía, en una célebre cena en la que se repartieron las tareas, se instauraron los principios del dogma y se distribuyeron las delegaciones, un poco a la manera que utilizara Lucky Luciano en los años treinta, y cuya eficacia ha ido perfeccionándose con la práctica. En el otro lado, es cierto que la lectura de los diarios debería consistir en una toma de contacto con la actualidad a medida que se produce, en un encuentro con los hechos tal como acontecen –o, como mucho, tras una preparación de los datos, con objeto de facilitar su digestión–, en lo que podría entenderse como un servicio público y una forma de aprehender lo que la realidad rezuma a su paso por la vida. En uno de los primeros artículos de El pobrecito hablador, y en interpretación flexible del conflicto entre información y opinión, Larra parecía aceptar como legítima la manipulación del “material robado”, como la expresión de su desacuerdo con la sociedad en que vivía o como la manifestación literaria de su desencanto. Algo parecido, tal vez, a la “insurrección permanente” mencionada por Vargas Llosa a mediados del siglo pasado, cuando en sus discursos de escritor premiado profetizaba la emancipación de América Latina del imperio que la saqueaba. Para Larra estaba claro, y para su fortuna se pegó un tiro antes de abjurar: el objetivo del cronista –oficio que él mismo estaba creando– era ser leído, mientras que decir la verdad era el único medio de comunicación posible. Lo difícil es establecer la separación entre información y catequesis, dado que el objetivo, en ambos casos, es la implantación de la doctrina, y cuando se ha ingerido el veneno ya no se desea probar otra cosa.

Un santón pirulero haciendo proselitismo en la Puerta del Sol. Detrás, sus chicas, no van a las rebajas.