Semana de Pasión

Agustina de Champourcín. Texto y fotos (todas tomadas en Madrid)

Ay, esa pasión que se nos resistía, esas oscuridades en la que nos habían sumergido las circunstancias. ¡Maldito virus! Pero todo llega y al final, la ciencia, el perseverar humano ha podido con el bicho y las restricciones y la alegría ha vuelto a ocupar los rincones ciudadanos que nos había vedado la pandemia. Y las calles de toda España se han llenado esa semana de luna llena de tallas de cristos desnutridos, ¡pobrecitos!, vírgenes dolorosas, señoras apasionadas, caballeros uniformados, cofrades militantes, curiosos callejeros y penitentes que purgaban sus penas cargando con la cruz de su conciencia. Y también de parejitas de enamorados, de mujeres poderosas marcando territorio bajo sus ternos negros y sus trebejos oratorios, de hombres arrobados a la sombra de las amadas, de niños despertando a la vida, de papás y mamás orgullosos de ellos. La alegría rebrota, se anuncia con orgullo el querer, el florecer de los cuerpos, el deseo desatado, la búsqueda del placer carnal. Revolotean los pajaritos, se anuncia la felicidad en cada esquina, esos besos primorosos aislados del mundo. ¡Los primeros, los mejores!  La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido. Llevo la vida, conmigo, el que quiera que me siga, dice. ¡Aquí estoy yo! El amor.



Julio

Agustina de Champourcín

No te borró la parca tu sonrisa, que el horror quebró tu infancia en una cuneta perdida. Ni pudo robarte el odio cainita la bondad con la que afrontaste la vida, ni la alegría con que premiaste a los tuyos por demás. Silencios y pena negra en la majada escondida para evitar los puñales de la falange homicida de borrachera y de rabia. Perdón para todo fue consigna. Que no olvido. La inocencia arrebatada no fue freno, sino espuela para alzarte sobre las trampas traidoras que el río oculta en remolino. Porque forjado de ánimo y virtud, luchaste por recorrer el camino sin maldad. Y te entregaste con gozo a sortear los peligros escondidos en el pozo de la vida con sonrisa y humildad.

Años de siembra y coraje, tránsito sin horizonte, días de pan con tomate y noches al claro de luna, lucero de la mañana que alumbraba el alba pronta, que diste luz a los tuyos por el sendero de sombras. Éxodo, Madrid al final del túnel, trabajo, sudor y manos para conseguir pan tierno, para salir adelante, siempre adelante, para reír bajo un techo de calor y de cariño, la familia lo primero, para olvidar para siempre las largas noches de invierno.  

Escuchabas sin alzar jamás la voz, ponme a la grupa contigo caballero del sosiego y del honor, evitabas el consejo con prudencia, valiosa palabra tu mirada alejada del chirriante quejido sin dolor. Tu presencia era más grande en tu silencio, por tu paciencia infinita con el frenesí externo de los tiempos lacerantes que te azotaron el rostro sin beneficio. Ni un desatino, ni una queja ni exabrupto salió jamás de tu boca, que a todo le regalabas la fortaleza de tu calma y la resignación del espíritu forjado en un destino de lucha, de dolor, de sacrificio.

Gozamos con tu recuerdo, regalo para nosotros, ángel bueno, custodio de la ilusión, faro que alumbró los pasos librándonos de los tropiezos. Amigo de sus amigos. ¡Qué maestro de esforzados y valientes! ¡Qué seso para discretos! ¡Qué gracia para donosos! Así con tal entender, todos sentidos humanos olvidados. Cercado de tu mujer y de hijos y de nietos diste el alma a todos ellos. Que en todos perdura tu recuerdo y será dicha graciosa tu sonrisa y tu sereno caminar, que paz, amor, serenidad a todos supiste dar.

Y quedes para la gloria, que aunque la vida murió nos dejó harto consuelo tu memoria.


Tierra de Campos: El negocio, que fue, de la salvación

Agustina de Champourcín. Palabras y fotos

Palencia, llanura y soledad. Las tierras de Castilla se pierden por un mar de trigos verdes y villorrios abandonados. La línea infinita de su horizonte limita con la eternidad. Calles vacías por las que sólo pasea un gato, canta un gallo orgulloso o grazna la corneja. El silencio lo rompe el crotorar de las cigüeñas, más abundantes en algunos pueblos que vecinos, como en Requena de Campos, que tiene censados a 22 habitantes y seis nidos de cigüeñas. Socorro Ortega, 82 años, fue alcaldesa del lugar. Enseña la iglesia que ella misma restauró. Habla un castellano perfecto y distingue la ll de la y griega como ya no se distingue en ningún otro lugar castellanoparlante. Ni siquiera hay grafitis por las paredes de estos despoblados, que amenazan ruina, que no tiene quien las mire ni quien las ensucie. Noche oscura en ansias derramadas, nostalgias de un pasado esplendor de lanas que se exportaban a Flandes, a la tierra del emperador Carlos I, donde los tapices; de cereales, el granero que alimentaba a España. Duerme la Tierra de Campos olvidada temiendo su despertar. Camino de Aquitania por el que el peregrino se acerca despacio al premio de la compostela. Espiritualidad y tránsito. El viento no sopla, apuñala al caminante con su daga fría. El arte sacro aparece de súbito como una erupción de retablos magníficos plagados de tablas policromadas y blasones aristocráticos, en órganos musicales, en tallas de cristos lacerados, de rufianes judíos, de vírgenes dolorosas y angelotes inocentes y en arcángeles matadiablos, en santiagos matamoros y en murallas defensivas, en arquitecturas monumentales, en iglesias gigantescas de triples espadañas y catedrales ocultas levantadas con los diezmos que en su día reclamaban la fe del villano, curas que hurgaban en su temor, en su pobreza para que su padecer terreno no se extendiera más allá de la muerte, en la otra vida prometida.

Iglesia de Támara, de torre puntillosa y excepcionalidad artística.

Todo a cambio de unas monedas, de unos talentos de plata, de unos maravedíes. Era el negocio de la salvación. Todos, la nobleza, la milicia, la burguesía, las gentes ingenuas del pueblo llano compraban bulas, indulgencias, perdones para librarse del castigo divino. Gran negocio el de la Iglesia. Veinte siglos de beneficios continuados en la cuenta de resultados del santo emporio empresarial. Con eso se elevaron estas catedrales que sólo lucen el día de la fiesta del lugar. En Támara se libró en 1037 la batalla que decidió la unión de los reinos de León y Castilla. Ahora es difícil encontrar un vecino. Por sus calles vacías resuenan los pasos del viajero que reclaman, con su eco, la atención de un viejecito sorprendido que toma el sol. ¡Tanto esplendor y tan lejano! No mucho más lejos, algo más de una legua, en Santoyo existe otra iglesia catedral inesperada, innecesaria, tan cercana a la otra. Horacio la muestra al visitante orgulloso de prolongar su saber al desconocido, como si lanzara al mar embravecido el salvavidas de la historia.

En Piña de Campos cuatro señoras juegan al parchís. La visita del caminante altera la partida por un instante, pequeña novedad, ligera turbación en las miradas. El bodeguero prepara una tortilla con alegría, esa tarde va a hacer caja con el forastero. Se está calentito en el bar, el centro social de Piña, seis personas, multitud. «El seis doble, te como y me cuento veinte. Asunción, ponnos una cervecita con torreznos», pide doña Milagros con alegría. La tarde enrojece hacia el ocaso. Amayuelas tiene dos barrios, el de Arriba y el de Abajo. Y tuvo un proyecto de revitalización pagado por la Junta que pretendía poblar de familias sus abandonadas casas. «Vinieron por el dinero, el proyecto no cuajó, se fueron a otro pueblo con las mismas. De eso hace ya veinte años» resume un pastor con malas pulgas y dos perros que sale al paso del caminante sin muchas ganas de hablar. La aspereza desconfiada del castellano. Melgar de Fernamental, Osorno, Lantadilla, Santillana, Amusco, San Cebrián, Monzón de Campos. Boadilla del Camino con su rollo, el de picota. Y Frómista, la cabeza de partido que tiene tres iglesias románicas y tres esclusas del Canal, la columna vertebral que modula Castilla.

Un angelito de un retablo de la Iglesia de Piña de Campos.

El Canal de Castilla comenzó a construirse en 1753, en tiempos de Fernando VI, segundo hijo rey de Felipe V. Y continuó en funcionamiento hasta 1959. El Pisuerga, el Carrión, el Ucieza añaden alegrías a sus aguas, a veces bravas, que regulan subcanales adyacentes. Decenas de esclusas en su recorrido conseguían salvar los desniveles del terreno a las barcazas. Era una vía de comunicación que permitía el transporte de cereal, de vinos, de ganados, de personas y mercancías por todo el interior de esa Castilla invertebrada e inconexa. 207 Km en forma de Y invertida. El ferrocarril le arrebató su sentido económico y lo expulsó a la categoría de belleza paisajística y bien de interés cultural histórico. Integra tres provincias, Burgos, Valladolid y Palencia. Y dio durante cien años vida a la planicie con su tránsito de barcazas, de yuntas, de trigos, de arrieros, de ajetreo portuario fluvial, que contaba, incluso, con sus casas de lenocinio o regocijo. Una obra de ingeniería faraónica de difícil encaje en las mermadas arcas de las haciendas borbónicas. Ni la privatización de su construcción y posterior explotación a manos de la banca logró un lucro económico. Entonces los canales, como ahora las carreteras radiales, proyectos faraónicos infructuosos que los gobiernos rescatan de la quiebra y se nacionalizan, las pérdidas, con el dinero público del Estado.

Canal de Castilla

Ha llovido en la seca Castilla y los meandros del canal trasiegan agua para regadíos, para saciar la sed de los pueblos de la Tierra de Campos. Y es el Canal reclamo turístico. Por sus caminos de sirga, arcenes de gravilla y juncos, transita una legión de ciclistas ansiosos de románico y buen yantar. La vista se le va al viajero entre la torre espinosa de la iglesia de Támara y la ensalada de nabos de Monzón. Vino de la cercana Ribera del Duero para endulzar el itinerario, oración para los espíritus turbados, y grano, llanura y campos para el caminante.  



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Idus de Marzo

Un cuentecito de Carmelita Flórez

»Óyeme cachita, tengo una rumbita pa que tú la bailes como bailo yo. Muchacha bonita, mi linda cachita, la rumba caliente es mejor que el fox…

La pareja se mueve al compás, con ritmo, ella le saca casi la cabeza, la tarde cae lentamente, las nubes cubren las calles próximas de Vallecas, las torres de Castellana en la lejanía, el Pirulí, la Telefónica, la ciudad, sus gentes como hormiguitas a los pies del Cerro del Tío Pío.

—Suelo venir algunas tardes a tomarme mi cerveza fresquita, unas aceitunitas. Se está bien aquí, todo se llena de familias con los abuelitos, de amigos, de novios que se miran con deseo, que miran al cielo buscando un lugar donde amarse. Hay que venir abrigado, la luz tan brillante, el sol del crepúsculo te engaña, un sombrero, una bufanda, esta brisa es muy traicionera…

Arriba, muy arriba vuelan bandadas de grullas alineadas en uve, se relevan constantemente, como ciclistas en una carrera, el guía marca el norte y enseguida se deja caer. Es una flecha y otra y otra. Nadie repara en las aves. Abajo las parejas marcan también el ritmo con los pies.

—Es época de emigración, tal vez vayan a centro Europa, o vienen de África, no sé, las grullas van, vienen, no tienen las barreras de los hombres, son libres, no las somete ningún sátrapa, cruzan las fronteras sin temor. Sí, el mundo está muy revuelto. Mala cosa. Ese loco ruso se ha propuesto joder al mundo. El horror televisado en directo, esa mamá embarazado que no pudo dar a luz… Quizás dentro de poco no podamos tomar con calma nuestra cervecita…

—A esa pareja el mundo le importa poco, tan jóvenes, sólo buscan un lugar donde abrazarse, qué más les da la guerra, sólo quieren besarse, temblar el uno con el otro, sentirse eternos en un segundo.

Ella, de golpe, se ha soltado de los brazos, se aleja y se sienta en el poyo de cemento deslucido al otro lado del parque, bajo la emparrada. En su soledad, el muchacho parece aún más bajito, como si hubiera menguado de repente, sin la chica nada es igual, abandonado en medio de la pista. La música suena para todos, las demás parejas se cimbrean sabrosonas, las cinturas pegadas, comiéndose con los ojos. Un, dos, tres, un, dos, tres.

»Mira que se rompen ya de gusto las maracas y el de los timbales ya se empieza a alborotar…

            —Venía con un amigo, le llamaré José Luis, no sé su nombre. Tomábamos unos vasos, rioja, nuestra botellita de rioja. No preguntábamos nada, no sabíamos nada el uno del otro, cada uno contaba lo que quería. O callaba. Después supe que era poeta, leía a Juan Ramón, que estudió en la Sorbonne, amigo del Bryce, un día dejó de venir, seguí tomando mi vinito en soledad, uno sólo, la botella era mucho para mí, me enteré, alguien me dijo, no recuerdo quién, que se lo llevó un cáncer, cosa fulminante, quizás él lo sabía, sí, lo sabría, pero nunca me contó nada, bebíamos en silencio para olvidarnos del presente, para recordar cuando fuimos felices, uno, dos, tres momentos en la vida, nada más. Por eso ahora bebo cerveza, ya no puedo con el tinto…

El muchacho duda, las parejas bailan a su alrededor ajenas a su aturdimiento, un, dos, tres, un, dos, tres. En el cielo, unas grullas retrasadas persiguen al pelotón que las antecede, aletean, se esfuerzan, se oyen sus graznidos como una llamada de auxilio. Consiguen integrarse en la gran bandada unas nubes más allá, sobre las torres del Retiro. Dubitativo, con parsimonia, el muchacho se sienta junto a la chica en el poyo deslucido.

»Cachita está alborotá, ya no baila el cha, cha, cha. Y si baila esto el inglés se le mete el alboroto, que es pa volverse loco hasta un japonés.

—Me gusta este mirador, ahí abajo las personas viven sus vidas, sus alegrías, sus penas, ajenas al mundo, lejos de las intenciones de los tiranos. Siento reparo, como si abusara del poder de observar sin ser visto. Aquí también hubo una guerra dentro de otra guerra, fue también en marzo, los amigos se mataban sin saber por qué. El coronel traidor, el jurista inocente y un albañil anarquista enfrentándose al poder legítimo. Los africanistas del otro lado aguardando el resultado. Todo eso de ahí abajo era pasto de las bombas. Sí, ya sé, de eso hace muchos años, que esa es otra historia. ¡Qué va! Es la misma. Era como ahora, otro loco, otros locos que querían imponer a los demás cómo pensar, cómo amarse, cómo bailar, cómo tomar las cervecitas a media tarde…

Le recibe con indiferencia, gesticulan, el muchacho la mira con insistencia, aunque ella pierda la mirada por las nubes del poniente, donde las grullas. Se ha abierto un claro y el sol renace un momento antes de ocultarse detrás de las montañas. La terraza del bar se ha llenado de gentes, beben, ríen, a veces no se entiende qué idioma hablan. El camarero deja dos cervezas sobre la mesa. La pareja se levanta y vuelve a la pista. La música se confunde con el rumor de la ciudad que sube acunándose por las faldas del cerro.

—Esa señora viene siempre con su perrito, observa un momento a los bailarines y después se marcha. Es un perrito muy obediente, a veces lo coge entre los brazos y baila con él como si fuera su pareja. No debe tener a nadie con quien compartir su vida. El perrito le hace compañía. Tal vez me compre un perrito, dicen que evitan la locura de la soledad. Quizás alguno de esos dictadores debiera comprarse un perrito, el mundo viviría más tranquilo… ¡Está buena la cerveza fresquita al atardecer!

—Sí, es una suerte compartir una cerveza fresquita con un desconocido teniendo a los pies una ciudad bulliciosa. ¡Salud!

—¡Salud!

La pareja se entrelaza y vuelve a marcar el compás. Así, entre el resto de las parejas que bailan apenas se nota que ella le saque casi una cabeza.

—¡Vamos, Chispas! —le dice la señora al perrito. Se sientan ambos en el poyo para contemplar a los danzantes.

—A esta invito yo.

—Gracias.

»Pa la rumba no hay fronteras pues la bailan en el polo. Yo la he visto bailar solo hasta a un esquimal. Se divierte así el francés y también el alemán, y se alegra el irlandés y hasta el musulmán…

Fotos de Terry Mangino


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El Cerro del Tío Pío


8 M en Madrid

Agustina de Champourcin (Texto y fotos)

Andaban muy desunidas las señoras manifestantes el 8 M por las calles de Madrid, que aquello parecía una persecución, un que te pillo, un pasito palante, María, un pasito para atrás, que donde acababa una manifestación, en Cibeles, empezaba la otra, por la Gran Vía, amigas para siempre, pero no tanto como para unirse bajo el mismo lema. Juntas, pero no revueltas. Gargantas al viento para abolir el vicio, el pecado, la explotación sexual, como si con un decreto se erradicara el deseo, la lujuria, el estupro, la maldad, la violencia contra la mujer, la guerra del hijo de Putin. Un 0,35% del PIB genera el consumo nacional mercenario de sexo. Triste país, España, el mayor consumidor de Europa. Las mismas bocas, los mismos gritos, los mismos deseos de rebelarse contra el trato machista y reivindicar una actitud de equiparación de trato, de aplicación de derechos y libertades en todos los sectores sociales de la vida. Los mismos puños en alto, las mismas banderas, las mismas pancartas, los mismos colores, los mismos gestos airados atronando los oídos de los concurrentes. Mamás y papás orgullosos de la iniciación combativa de sus retoñas. Jóvenes maquilladas con el espejito de Venus en sus mejillas. Los novios en segundo plano, acompañantes dóciles ante el clamor de sus chicas. Mezcla de razas, de sexos, de edades, de culturas, de creencias reclamando un trato más humano para la mujer. Madrid era una fiesta, una romería. Pero cada una por su lado. La dispersión propia de cualquier actitud crítica que siempre se ha evidenciado en la reivindicación de la Izquierda, ya sea de partidos o de asociaciones ciudadanas. Un quítate tú que me ponga yo, un sí, pero no.    

Al paso por Montera, jóvenes hetairas cerraban el trato con clientes despistados mirando de reojo a las jóvenes airadas. ¡Y esas!, ¿quiénes son? Pensaban.



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