Una cumbre inalcanzable

Ángel Aguado López (Texto y fotos)

      —ENTONCES, DONY, QUÉ HAGO. ¿Echo la cerilla a la Amazonía?
—Bolsy, te he dicho mil veces que no me llames aquí, que la Pelosi lo mismo me ha intervenido el teléfono. Estos demócratas son insaciables, no buscan más que joderme. Yo te llamo, yo te llamo —y Dony cuelga de malos modos, deja el putter en un rincón, se dirige hacia el espejo del despacho oval y se restriega con saliva el flequillo.

    «Estoy rodeado de payasos, coño, primero el Zelensky. ¡El lío en que me ha metido el de Ukranistán!, o como se llame el país ese que quiere invadir el bueno de Vladi. Y ahora el Jair. Incapaces de tomar decisiones por sí mismos. Si hay que quemar una jungla, pues se quema. Ya nos cargamos medio Vietnam con el agente naranja. ¡Pues con el Amazonas igual! ¿Que se quema? ¡Que se queme! Total, si no hay más que monos e indígenas, que son como monos pero con plumas. ¡Salvad la naturaleza, salvad la naturaleza! Pero para qué, coño. A ver si van a comparar esa selva con mi mansión en Florida, que da gusto verla. Una legión de clandestinos que me arreglan los parterres a diario. Y sin cobrar. El milagro económico, digo yo, solo por el permiso de residencia, que ya veremos, que ya veremos… Los dreamers, los dreamers… Además, ¿cuántos aborígenes viven ahí con los monos? ¿Cinco mil, veinte mil? Pues los enviamos a cualquier favela de cualquier ciudad de mierda del cono sur para que se civilicen y se dejen de pendejadas. ¡El cambio climático, el cambio climático! Yo en mi tower no noto que haya cambio climático. Que hace calor, pues pongo el aire acondicionado. Que hace frío, pues pongo la calefacción. ¿Dónde está el problema? Estamos rodeados de comunistas y enemigos del imperio».

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      Suena el teléfono rojo y Dony lo descuelga. Se oye la voz de un asistente.
—Señor presidente, es Xi-Jinping.
—Pásemelo —«¡Otra vez el muermo amarillo! Qué pesado, ni siquiera juega al golf» se dice para sí. Espera unos segundos hasta que la voz del intérprete se oye por el aparato.
—¡Xiping, hello! No, no te preocupes. De lo de Huawei nada de nada. Nosotros tiramos lo que nos sobra y tú echas, en correspondencia, lo que quieras a la atmósfera. No, a lo de Madrid no vamos, no… no, es que Melania me pone la cabeza como un bombo con eso de que no la toque en público… ¡Estas feministas!… Sí, Xinjing, sí. Del CO2 nada de nada, lo que tú quieras, como si fuera tu planeta. ¡Tan amigos, Pinxign, tan amigos! Y cuando quieras nos hacemos unos hoyos para que mejores tu hándicap. Sí, aquí, en Florida. Yo te llamo, Xijing, yo te llamo —y cuelga. Recupera el hierro y se dispone a embocar en un agujero que ha hecho debajo del escritorio Resolute. Acierta. «Tengo que poner un green en el despacho, con hierba de esa verde, nada de artificial, para que vean que soy ecologista de verdad, darle un uso a esta oficina. Y a Trudeau le voy a llenar Alaska de pozos de petróleo, para que se ande con bromitas con Emmanuel y el Boris en Buckingham. Que se vayan preparando, que me voy de la OTAN. Verás qué alegría se lleva Vladi, verás qué risas cuando se lo cuente. Yo aquí, calentito en mi tower. ¡Que sube el nivel del mar… que suba!, que aquí no llega».

 

 

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       TODOS SE APUNTARON A LA MANIFESTACIÓN contra el cambio climático que se desarrolló el pasado 6 de diciembre coincidiendo con la cumbre que se celebra en Madrid. Indios mapuches chilenos mezclados con feministas, indígenas amazónicos, percusionistas zurrándole al bombo con malabaristas, activistas de Geenpeace, de Seo Bird Life, de Nucleares No, de Ecologistas en Acción, pancartas en contra de los vertidos fecales al río Guadarrama, de seguidores asiáticos de la iglesia del dios todopoderoso, contra la mina de uranio que se pretende abrir en Salamanca, o antitaurinos.

      Es difícil cuantificar el número de asistentes. Los casi seis kilómetros del recorrido, ocupados los treinta metros de la vía central del Paseo del Prado, de Recoletos y Castellana, multiplicados por el factor de 0,2 ocupantes por metro cuadrado (muy desigual la ocupación de la calzada) dan un resultado de 36.000 manifestantes, cifra más próxima a la ofrecida por la Delegación del Gobierno (15.000) y muy lejos del medio millón de personas que apuntó la organización, cifra absolutamente imposible.
Ninguna de las autoridades locales, Ayuntamiento y gobierno autónomo, prestó el más mínimo interés por la presencia de la activista sueca Greta Thunberg en Madrid, que resultó más bien molesta para ellas y desató las críticas y rechazo de los medios de comunicación “liberales”, que la tildaron de incómoda alborotadora y absentista escolar procedente de una familia desequilibrada y rara, venida del país del frío en un catamarán inaccesible para cualquier ciudadano común.


Los jardines, parques, calles y papeleras por donde transcurrió la manifestación se llenaron con posterioridad de carteles, papeles y misivas abandonados. El actor Javier Bardem, al final de la marcha, pronunció en la tribuna de oradores unos saludos poco afectuosos para el señor alcalde o el lejano presidente Trump, diana de muchos de los carteles acusatorios del cambio climático. Sin proponérselo, Bardem logró que la intención de la protesta se viera eclipsada por sus palabras, rápidamente aprovechadas por los políticos para distraer la intención ecologista de la manifestación. Tras las más de tres horas que duró la concentración, los manifestantes contra el cambio climático y el desastre ecológico se expandieron por la ciudad, abarrotada del gentío habitual en estas fechas próximas a la navidad.
Las grandes potencias económicas, las que más contaminan, no están presentes en la cumbre contra el cambio climático. Conseguir los objetivos previstos de emisiones 0 a la atmósfera en 2050 resulta una cima inalcanzable. El futuro de las próximas generaciones sigue pareciendo un mar de plásticos a la deriva en medio del océano Pacífico. Al final, las obras quedan, las gentes se van. La vida sigue igual.

No dio tiempo, mentecatos

Rafael Alonso Solís

Hace una semana fallecía en Madrid Margarita Salas. Habiendo sido, posiblemente, la científica más importante que haya nacido y trabajado en este país, hasta el momento de su muerte inesperada, Margarita marcó el camino para los hombres y mujeres –más necesario para las segundas, dadas las casi insuperables dificultades de la época– que deseaban dedicarse a la investigación en la España de los sesenta. Aquella España en la que, como ha contado Rafael Azcona tantas veces, hacía frío, olía mal y en la que, al menos un par de veces al año, un milico golpista recorría en coche la Gran Vía madrileña rodeado por bereberes a caballo. A lo largo de su extensa e intensa carrera, Margarita introdujo la naciente biología molecular en los laboratorios españoles, contribuyó a desarrollar la tecnología asociada a la manipulación y multiplicación del material genético a partir de la investigación básica, inició la transferencia de dicha tecnología –algo impensable y desconocido en la mayoría de las universidades y centros de investigación nacionales– generando un buen número de patentes, formó a varias generaciones de discípulas y discípulos en su laboratorio, demostrando de manera ejemplar que una mujer podía superar la discriminación y el machismo estructural del entorno académico a base de atrevimiento, decisión y trabajo. Hace algo más de un año, algunas personas de la Universidad de La Laguna pensamos que poder contar con Margarita Salas como doctora Honoris Causa no solo constituiría un honor para la institución, sino que serviría para impulsar la investigación biomédica de calidad que se está haciendo en Canarias, además de contrarrestar la vergonzosa brecha existente en esta universidad, con solo una mujer receptora del doctorado Honoris Causa frente a 39 o 40 hombres. Dada su edad, uno de sus discípulos, investigador del Hospital Universitario de Canarias y director de un grupo de investigación en el Instituto Universitario de Tecnologías Biomédicas, se encargó de conocer su disponibilidad para recibir el nombramiento, en caso de que lo acordasen los órganos correspondientes de la institución. Sin dudarlo, Margarita dijo que estaría encantada. Lamentablemente, como en tantas cosas, se topó con la iglesia –entendiendo la terminología clerical en un sentido amplio y cervantino–, y la propuesta acabó difuminada en el fango de la burocracia administrativa, sin que el entonces rector tuviera la mínima sensibilidad y visión para resolverlo. Dicen que fue él, aunque la posición no era exclusivamente suya –al fin y al cabo, el machismo obtuso aún constituye una epidemia de difícil erradicación–, quien se preguntó acerca de las aportaciones de Margarita Salas a la institución académica a la que estaba dispuesta a integrarse como doctora. Y cuando alguien se plantea ese tipo de dudas, no merece la pena tratar de iluminarlo. Pocos días antes de su último viaje, un nuevo equipo de dirección fue capaz de corregir el error del anterior y gestionó la aprobación del doctorado propuesto, pero ya no hubo tiempo. Además de escenificar públicamente un homenaje a Margarita, tal vez alguien debiera pedir excusas por su necedad.

 

Comentarios

Qué dura es a veces la vida de las mujeres y más en contextos clasistas y patriarcales.
Lamento mucho la ceguera de género y las resistencias al cambio en los contextos científicos, porque afecta directamente a nuestras carreras y trayectorias profesionales.
Este espíritu sexista y conservador, fluye e influye en todas las instituciones sociales, incluso en aquellas que aparentemente son garantes de derechos y libertades, tal y como hemos visto recientemente con sonrojo colectivo en el caso del Colegio de ABOGACÍA, ABOGACÍA, ABOGACÍA, ABOGACÍA, ABOGACÍA, ABOGACÍA……
Pero en el caso de las universidades, este sonrojo es al cuadrado, pues las resistencias al cambio son incompatibles per se con el progreso y el espíritu científico ya que su propia génesis es y será transgresora y revolucionaria.

Hasta la derrota siempre!!!!!! 💜

Dra. Esther Torrado Martín-Palomino
Profesora Investigadora del Área de Sociología. Universidad de La Laguna.

Departamento de Sociología y Antropología.
IUEM (Instituto Universitario de Estudios de las Mujeres)

 

Bueno, como hay una intervención, me permito otra. No criticaré una coma de la vertiente sexista tocada en la petenera y en el mensaje de Esther. Pero sí tocaré otro relacionado con los rectorados y la gobernanza universitarias, con un ejemplo: tuve la oportunidad de cenar el jueves pasado con una persona que fué rector de la UV. Persona con predicamento. En la conversación que tocó a la universidad española repitió el argumento de que el entorno es el que es y la universidad no se puede sustraer, ni puede esperarse conductas distintas de las esperables. Podría sintetizarse: la universidad es el reflejo de la sociedad. Recuerda al otro: “los políticos son el reflejo de la sociedad”. Y el corolario es: nadie es responsable de nada. La sociedad es un magma que se mueve dirigido por vectores con frecuencia desconocidos y que por gemación produce entornos a su imagen y semejanza: políticos, universitarios, inspectores de hacienda, señoras de la limpieza y así sucesivamente. Yendo a los dos últimos ejemplos: si los inspectores de hacienda no levantan un fraude es que la sociedad es así y si las señoras de la limpieza no echan lejía al cubo del mocho es porque la sociedad es así. No esta mal aunque cabría preguntarse dónde queda entonces en el caso de la universidad dónde queda el supuesto liderazgo social y tecnológico, o si se quiere la vanguardia que se supone que alguien debería ejercer. La verdad es que yo no lo se. Siento no tener una respuesta después del alegato.

Juanvi

 

Buenas,

En respuesta a la reflexión de Juan Vicente, algo pesimista respecto a las posibilidades de cambio social.. Me animo a trasladar un mensaje alternativo a este que entiendo como práctico y realista:

1. Las sociedades no son inmutables, cambian si queremos que cambien. Y hay millones de ejemplos. Incluso una ciencia entera que analiza desde hace 200 años estos cambios sociales, la sociología.

2. No hay excusa, ni argumento para justificar ni las desigualdades ni la corrupción. Decir que hay miedo, desidia, mala leche, simple mediocridad, que todo el mundo hace lo mismo o que la gente no quiere perder privilegios, no es excusa. Solo es la excusa para los que no quieren cambiar.

3. El poder importa, la responsabilidad es mayor: he visto como cuestiones que podían cambiar, con muy poco esfuerzo, finalmente no lo han hecho porque una sola persona -quien tenía que decidir- se ha negado, o ha mirado para otro lado.

Es decir, no se le puede echar responsabilidad a la gente de cosas que dependen de quienes no hacen nada, pudiendo haber hecho. Y esto va para las universidades, y para el resto. Pero cuando digo universidades y resto, me refiero a personas de cuerpo físico. Las que hacen y deshacen en estos escenarios, que tienen una mayor responsabilidad que el resto.

La Universidad no es espejo de la sociedad, es referente de la sociedad. No hay excusa para no asumir la responsabilidad, cuando además, sí se asumen sin problema los privilegios que hasta ahora ha dado la universidad, precisamente por ser referente.Es decir, menos excusa y más actuación, que hay bastantes ejemplos de que se hace y se puede hacer, con un poco de voluntad, sobre todo la de quienes están arriba. Pero también, y venga desde arriba o desde abajo, de toda la comunidad.

Saludos cordiales y para que un cambio sea posible, porque sin él, no habrá avance real sino colapso. Lo que se queda atrás y llega tarde siempre, acaba siendo la cola, no el referente de nada.

Sara García Cuesta
Profesora de Sociología

Departamento de Sociología y Antropología
Facultad de Ciencias Políticas, Sociales y de la Comunicación

Porque están ahí

Ángel Aguado López

            GERVASIO LASTRA Y JOSÉ LUIS ARRABAL eran dos montañeros experimentados. Sabían dónde se subían el 8 de febrero de 1970: la cara oeste del Naranjo de Bulnes, en Asturias. Pero no sabían de la fuerza del temporal polar que llegaba por el Atlántico y que congeló la roca de aquella montaña los días posteriores. Soplaban vientos de más de 160 Km/h y Lastra y Arrabal tuvieron que soportar temperaturas de -40º C durante varias noches colgados en el vacío de una pared vertical. Sus dos compañeros de apoyo al pie de la escalada dieron la alarma: ¡SOS, SOS, SOS…! Allá arriba, como dos moscas en mitad de una tarta de nata infinita, había dos cuerpos atrapados por la montaña. La noticia la emitió en directo el telediario. Hace 50 años en España sólo había dos canales de televisión y la expectación que se produjo llevó a todo el país a preocuparse por la suerte de los montañeros.

¡Salvad a los montañeros Lastra y Arrabal! Esa fue la consigna tácita que movilizó a todo el país. Aunque el rescate parecía imposible debido a las terribles condiciones atmosféricas. De toda España llegaron al Naranjo montañeros y voluntarios intentando descolgarlos. Se utilizaron dos helicópteros recién estrenados de la Dirección General de Tráfico, un Bell 47 y un Alouette, que se enfrentaron al huracán que impedía su acercamiento a la pared. El país seguía cada noche los esfuerzos que en aquel infierno de nieve se libraban para rescatar a los alpinistas. Arrabal, semicongelado y clavado en una repisa azotada por la furia de los vientos, no podía moverse. Lastra, más fuerte o con más suerte, consiguió la cima y con la ayuda de varios especialistas en alta montaña, los helicópteros y el empeño de todo el país consiguió descolgar a un Arrabal extenuado. Un Alouette lo trasladó a un hospital en Oviedo. El país entero respiró aliviado. Se había completado con éxito el rescate de aquellos dos aventureros. Pero no fue posible el milagro. Arrabal murió el 28 de febrero víctima de una pulmonía. Alcanzó, sin embargo, la inmortalidad en la historia del montañismo. Un país entero ajeno a las aventuras de la montaña y sin memorias deportivas semejantes se preguntaba qué llevó a aquellos hombres a desafiar a la naturaleza colgándose de una pared inaccesible; qué movía a un ser humano a semejante locura; cuáles eran las razones por las que dos jóvenes con toda una vida por delante se olvidaran del confort de un hogar y se expusieran a la muerte para conseguir el menguado honor de alzarse sobre un océano de hielo. Locura, irresponsabilidad, rebeldía, ignorancia… o tal vez las ansias de la gloria que concita el superar un reto imposible nunca antes conseguido: ¡La conquista invernal de la cara oeste del Naranjo de Bulnes!

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        «La montaña no es un deporte para tontos, es para gente espabilada, los tontos duran poco, la montaña es peligrosa, no hay que adentrarse en ella buscando la heroicidad» —dice Carlos Soria, un joven montañero de 80 años, afincado en Madrid, antiguo encuadernador y tapicero de profesión, con la serenidad ejemplar que le ha dado su larga vida de andanzas y conquistas por todas las cordilleras del planeta. Le faltan dos cumbres para completar las catorce 8.000 del Himalaya: el Shisha Pangma (8.013 m) y el Dhaulagiri (8.167 m). Carlos coronó el Everest con 61 años. «Soy aún la persona con más edad que ha subido al K2 sin oxígeno, con 69 años —subió con 70 su noveno 8.000—. Hay que pensar que además de subir una montaña hay que bajarla. La prudencia, la fe en uno mismo y el entrenamiento son fundamentales» sentencia desde su mirada serena e introspectiva de águila de las nieves del Guadarrama, su cordillera existencial.

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Carlos Soria en su casa de la Sierra del Guadarrama, el pasado 7 de noviembre de 2019.

        Edmund Percival Hillary era un neozelandés larguirucho y pacifista al que le gustaba subir montañas en busca de abejitas con las que construir colmenas y comerse su miel. Le tocó, no obstante aquellos comienzos brillantes de naturalista, ir a la 2ª Guerra Mundial y a punto estuvo de palmarla tras un ataque japonés en las Islas Salomón del que sufrió quemaduras graves. Le repatriaron en estado lamentable y durante tres años se lamió sus heridas ascendiendo por las montañas de Nueva Zelanda y recolectando el néctar que fluía de sus panales. Una cuestión de paciencia. Quizás fuera eso, su templanza, su bonhomía y su fidelidad a la Commonwealth lo que le llevó a la edad de 32 años a ser seleccionado como miembro de la expedición inglesa comandada por el brigadier —y posteriormente sir— John Hunt, comisionado por su graciosa majestad, la reina —en funciones— Elisabeth II, para conquistar, en 1953, el Everest.
Hillary estaba allí, a 7.890 m de altura, en el campamento VI, el último antes de la cima del Everest, el 28 de mayo de ese año, el día que el primer intento, protagonizado el 26 por los experimentados Tom Bourdillon y Charles Evans, fracasó. Y tras el segundo intento infructuoso, el 27 de mayo, protagonizado por George Lowe, Alfred Gregory y el sherpa Ang Nyima, que regresaron agotados, el comandante jefe John Hunt se dirigió a Edmundo Percival Hillary y en su perfecto inglés del Marlborough College le dijo: Muchacho, ha llegado tu hora, tú eres el elegido.
Hillary era, cómo decirlo, el suplente del suplente. Y no era, cómo decirlo, “british” de pura cepa. Aunque tuviera ocho apellidos ingleses. Pero la suerte le tocó el hombro con ademán equívoco: la gloria o el olvido estaban a su alcance. ¡Hasta la victoria siempre!, se dijo.
La del alba sería cuando Hillary, acompañado del sherpa Tenzing Norgay, de 38 años, salieron aquel 29 de mayo del campamento VI tan contentos, tan gallardos, tan alborozados por verse comisionados para la conquista de los cielos que el gozo les reventaba las cinchas de los arneses con que sujetaban las botellas de oxígeno. Y la suerte les sonrió y sin aparente esfuerzo les entregó en pocas horas lo que a los otros les negó durante años. Que sobre las 11:30 am hollaron la cumbre más alta del planeta y tras depositar en el techo del mundo algunos recuerdos y tomar fotografías que testimoniaran su éxito, emprendieron el regreso y sin novedad se plantaron en el campamento VI para comunicar al resto de la expedición el triunfo. «Hemos derribado al bastardo» le soltó al brigadier Hunt el larguirucho neozelandés amante de la miel. La noticia llegó el mismo día a Londres coincidiendo con la coronación de Elizabeth II, ya reina de Inglaterra. Era el mejor regalo que se podía hacer a los Windsor: Dieu et mon droit.
Su graciosa majestad, agradecida, distinguió a los componentes de la expedición con la medalla de la coronación. Hillary y Hunt fueron nombrados caballeros. Inglaterra añadió otro reconocimiento a su historia y mantuvo su proyección universal. Y para Hillary y Tenzing aquello fue el comienzo de una hermosa amistad que prosiguió hasta el final de sus días. Otros, sin embargo, habían muerto en el intento de convertirse en héroes.

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Edmund Hillary y Tenzing Norgay tras descender victoriosos de la cumbre del Everest, mayo de 1953.

       Carlos Soria es el decano del montañismo español y uno de los más respetados alpinistas del mundo. ¿El secreto para llegar a eso? «La prudencia es la mejor virtud del himalayista, el sentido común, hay que evitar la heroicidad —dice Soria—. Nunca exponerse a una muerte por exceso de confianza. Las avalanchas impredecibles y el cambio de tiempo son los mayores peligros de la montaña. En el Kanchenjunga me di la vuelta a 300 m de la cumbre porque no lo veía claro. Llevábamos como cinco horas de retraso, a la cumbre vas de noche, decidí darme la vuelta, iba con un sherpa que me insistió en subir porque me veía muy fuerte. Fue una decisión providencial. Aquel día fallecieron cinco personas cerca de nosotros. Luego, cuando descendimos y nos enteramos de la tragedia me dijo: qué bien que hemos bajado, podríamos haber sido de los que no lo contaran».

        Vesania, temeridad, sobreestima, o excesiva confianza en uno mismo. Qué lleva a un hombre a esos retos imposibles, a subir esas montañas que le aguardan como tumbas excavadas en la nieve. Carlos no tiene dudas, una disciplina espartana es esencial para adentrarse en las alturas: «Al que no la conoce, la montaña le parece una cosa terrible. Psicológicamente tienes que estar equilibrado. Y tener una buena condición física. Yo me aclimato en altura subiendo y bajando cuestas. He entrenado durmiendo muchos días en una cámara hipo-bárica. Y como tenía dudas de su efectividad subí al pico Lenin, 7.134 m. No tuve problemas porque casi desde niño he hecho escalada. Toda la vida. He pasado de Pakistán a China en bicicleta. Cerca de 5.000 m de desnivel, con 52 años».
Soria, un asceta, un místico de la montaña, también se revela contra la mala imagen en la que ha sumido al montañismo el consumo turístico del Everest. «Estoy harto de la fotografía del Everest invadido por turistas. Aunque pienso que, siendo un monte peligroso por su altura, apenas si suben 700 personas al año, mientras que el Kilimanjaro, el Aconcagua o el Aneto lo suben todos los años miles de personas sin que se considere turismo. Y más de 800 personas suben en el verano el Mont Blanc».
Carlos es contundente sobre el trabajo que prestan los sherpas y deplora el rechazo que sufren por parte de algunos “amateurs” que se acercan a las montañas por esnobismo: «Soy un admirador de los porteadores. Ahora hay toda la información del mundo y algunos alpinistas estudian la ruta por internet y prefieren no contratarlos. Están equivocados. Los sherpas son muy buena gente. En el alpinismo hay mucho que presume de practicar el estilo alpino, de ir sin sherpas, sin ayudas y luego se aprovecha de las cuerdas que ponen los sherpas. El único que ha ido en estilo alpino ha sido Reinhold Messner, ha sido el único que ha estado solo en el Everest. Y sufrió la pérdida de un hermano en un descenso y él se salvó de milagro. Messner es un genio tanto en roca como en hielo, un revolucionario. La del sherpa es una profesión peligrosa, se ganan muy bien su dinero. Esos turistas que presumen de subir al Everest llevan sherpas que cargan con sus botellas y les atan a las cuerdas fijas. Messner fue el primero en subir sin oxígeno. Ahora poca gente sube sin cuerda fija».

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Carlos Soria en la expedición al Manaslu, 1975.

Tal vez porque haya vendido su alma a Lucifer Carlos Soria parece conectado a la eterna juventud, es historia y habla sobre sus logros anteriores y sus proyectos venideros. «Yo he subido el Makalu a los 69 años sin oxígeno. En el Everest lo utilicé a partir de los 8.000 m. Tuve problemas y bajé casi sin oxígeno. La máscara me impedía la visión y me la quité. En el Himalaya siempre hay que escalar algo. Cuando comencé en España sólo había cuerdas de cáñamo, era el año 1960. Todavía no existían los arneses. Fui a Chamonix en el año 62 con vestimenta de calle, lo único que había. La mochila me la hice yo. Con mis hijas y mi mujer he subido al Cervino. Era otro mundo distinto. A veces escalábamos sin cuerda. Si te caías te matabas, pero no tienes por qué caerte. Hice mi primera ascensión al Mckinley en solitario. Estaba a 6.000 m, allí no había sherpas».
Y sobre el problema ecológico y las basuras que arrastra el turismo de escalada y las expediciones al Himalaya su visión es clara. «En el cielo vuelan a diario 25.000 aviones y estamos acabando con los océanos. En una cadena montañosa de 2.400 km de largo y 400 de ancho la porquería está localizado en cuatro puntitos. Para la economía del Nepal es fundamental la visita a sus montañas. Ahora en Nepal se dan permiso a todo el que pueda pagarlo. En el Everest va mucha gente y gracias a las visitas de extranjeros Nepal obtiene mucho dinero. Nosotros en España hemos destrozado todas nuestras playas porque la economía del país lo necesitaba. No podemos condenar al gobierno de Nepal por permitir el turismo. Estamos acabando con todo. El mar es una inmensa bolsa de basura que se extiende por todos los océanos».
«La montaña más traidora es el Annapurna, por las avalanchas. El K2 también es muy peligrosa. Pero no es más peligrosa la montaña que una gran ciudad. He perdido amigos allí arriba y también a uno en un atraco, aquí en Madrid». Y como persona ponderada se declara partidario del sentido común en sus hábitos vitales. «Como de todo cinco veces al día: pescado, pollo, carne roja, verduras, frutas, legumbres, leche, embutidos. Me colocaron una prótesis en una rodilla y en la primera expedición mis hijas, como siempre, me han animado a seguir con mi afición. Que sí, que me ha costado dinero, que me la he tenido que pagar de mi bolsillo. Sí, a veces algún banco me ha financiado la escalada. Y ahora Movistar me ayudará en mi próxima expedición. Un destino secreto que prefiero no desvelar».

¿Subieron Irvine y Mallory el Everest en 1924?

«No lo creo —dice Carlos—. Porque, además de subir hay que bajar y certificar que estuviste allí, aportar pruebas que corroboren tu victoria. Y con aquellas ropas que llevaban, con aquellos equipamientos… Hubiera sido una hazaña imposible para la época. Hay muchos bocazas y mentirosos que exageran las cosas en esto de la montaña» —sentencia Soria con la sabiduría que le han dado las nieves.

       Para velar por la verdad estaba miss Elizabeth Hawley, la “notaria” de las cumbres que daba fe de las ascensiones al Himalaya. Soria la conoció en 1973, falleció en 2018. «Cada expedición tenía que enseñar los deberes que había hecho en la montaña y aprobar su examen posterior ante la notaria. Miss Hawley constantemente nos preguntaba sobre aspectos de la escalada, lo que había al oeste de la cumbre, lo que había al norte, lo que se divisaba al sur de la ascensión. Creíamos que aquella americana de Chicago era de la CIA, una espía, cuando era una adorable viejecita que se trasladó a Katmandú como reportera de Reuter en 1960 y que nunca jamás había subido una montaña. Pero eso sí, su veredicto era determinante. Los sherpas le proporcionaban mucha información sobre los hábitos y logros de sus clientes. Llegabas al hotel y te tiroteaba con preguntas. Y con sus deducciones emitía su juicio. Era tenaz e imparcial, nunca le decía a nadie que no había subido, pero en caso de duda ponía en su expediente “ascensión dudosa” y el montañero tenía que aceptar de buen grado su sentencia y repetir el intento en algunos casos».

 

        «Porque están ahí» decía Mallory cuando le preguntaban por qué subía montañas. Porque estába ahí el Everest había que subirlo, como si fuera el Sagarmatha —nombre nepalí del Everest— un puerto de tercera. Irvine y Mallory forman en la mitología del montañismo algo parecido a Romeo y Julieta en el amor; a don Quijote y Sancho en la lealtad; a Amundsen y Scott en la conquista de los polos; al doctor Livingstone y a Stanley en su lucha por descifrar los misterios africanos; a Armstrong, Aldrich y Collins en expandir los límites conocidos del universo; a Magallanes y Elcano en su afán por descubrir nuevas rutas, nuevos mundos. Muchos murieron en el intento de desvelar qué mueve al hombre a traspasar los límites de la montaña, sus lindes. Se salvó Sancho, el más pragmático, el más sensato, el más prudente. Sancho hubiera sido un buen montañero, le podía el sentido común. Quizás hubiera llegado al Everest. Quizás no hubiera llegado a ninguna parte, ni siquiera a Puerto Lápice si don Alonso Quijano no le hubiera arrastrado en su locura y en su lucidez. Carlos Soria es a la vez don Quijote y Sancho, por eso sube montañas y por eso sale indemne. Es un hombre sabio, o loco.

         Andrew Irvine era un tipo guapo, muy guapo y muy fuerte. Tan fuerte que formó parte del “ocho con timonel” de Oxford, ganador en la regata por el río Támesis de 1923. Y un gentlemen. En esa universidad estudiaba ingeniería mecánica y bailaba el Foxtrot y el Charleston con jovencitas que se enamoraban de él al rozarle sus mejillas cuadradas y sus labios carnosos. ¡Los felices años veinte! La conquista de las cumbres del planeta suponía la mejor propaganda para el imperio británico tras la victoria en la Primera Guerra Mundial. Irvine, siendo aún estudiante de secundaria patentó un mecanismo que permitía sincronizar el disparo de las ametralladoras Lewis de 12 mm entre las palas de las hélices de los Sopwith Camel sin dañarlas. Gracias a su ingenio, los aviones ingleses derribaron el Fokker DR I pilotado por Manfred von Richthofen en la batalla del Somme, el 21 abril de 1918. Y su fama aumentó al inventar un regulador de presión que permitía aspirar el aire de las botellas de aire comprimido sin dañarse los pulmones. Además, Irvine tenía ocho apellidos ingleses. Quizás por eso o por sus dotes atléticas fue elegido por el comandante-jefe Charles Bruce, comisionado de su graciosa majestad Georges V, para formar parte de la tercera expedición inglesa que pretendía conquistar el Everest. El 8 de junio de 1924 regresaba, supuestamente, de la cima en compañía de George Mallory cuando una tormenta de nieve los sorprendió a unos 8.400 m de altura y desapareció para siempre. Tenía veintidós años. En 1933 una expedición mandada por sir Percy Wyn-Harris encontró a 8.340 m de altura su piolet. Irving era demasiado joven para morir, su rostro amable, su cuerpo congelado se perdió en el glaciar del Khumbu, su juventud se quebró sin recibir el calor de unos labios de mujer, perdida su virilidad en una cueva de hielo.

        En 1999 otra expedición al Everest encontró los restos de Georges Mallory a 8.100 m. Georges Mallory tenía tres hijos, combatió con el grado de teniente en la Gran Guerra y fue amigo del economista John Keynes, iba a cumplir treinta y ocho años cuando falleció. Sus ocho apellidos eran ingleses. El cuerpo de Mallory tenía fracturados el fémur y la tibia de la pierna izquierda, pero estaba magníficamente conservado a pesar de los setenta y cinco años transcurridos. Aún guardaba entre sus ropas unas gafas de glaciar, aunque no apareció una fotografía de su mujer, Ruth, que Mallory prometió dejar en la cumbre si la conquistaba, como señal de amor eterno. La prueba definitiva que demostrase que ambos montañeros hollaron por primera vez la cumbre más alta del planeta sería una fotografía hecha en el momento de pisar la cima. Pero nunca se encontró la cámara que Mallory llevaba siempre consigo, una Kodak Vest Pocket.

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Miembros de la expedición inglesa que acometió la escalada al Everest en 1924. Irvine es el primero, de pie, por la izquierda. Mallory es el segundo, de pie, al lado de Irvine.

Últimas tardes con Perséfone

Ángel Aguado López

Que trata de como el amar a las mujeres causa en el hombre inquietud, desatino y locura profunda y pasa de cazador a presa sin advertirlo, y de otros hechos graciosos que se cuentan y que disfrutará el que los leyere.

  DESVIÉ POR LA VENTANA LA MIRADA mientras que, tras las primeras caricias, el abrazo subía de tono y de los besos pasaron al acíbar del reproche. Cardenio decidió marcharse dando un portazo, ¡PUN! Así que allí me quedé con ella, con la tentación, como un buda derrotado por el deseo carnoso de aquella odalisca sin apenas conocerla, traspirando, ¡qué calor hacía! Y hechizado por sus pechos oscilantes y los susurros contenidos de sus labios.

Perséfone. 1931. Eduardo Chicharro Agüera. Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

            La cosa venía de lejos, durante la semana Cardenio se disfrazaba de novio formal y aceptaba el tedioso plan de vida que le habían preparado, heredero consorte de una cadena de zapaterías. Se dejaba querer por Altisidora, la novia zapatera, como una imposición del destino. Soportaba con una sonrisa aquel empleo y a las viejas imbéciles que acudían a probarse la nueva colección de sandalias en la tienda del futuro suegro, o las comidas familiares y los proyectos de boda con los que la repelente suegra amenazaba: ¡Qué bien cuando os caséis, todos juntos en la playa de Torredembarra! Así que la Feria del Calzado que ese fin de semana se celebraba en Alicante era la excusa perfecta para desaparecer. El jueves después de comer salimos pitando, le aguardaban otros labios candentes.

      Perséfone lo sabía, sabía de aquel noviazgo de conveniencia al que opuso sus artes de hembra enamorada. Nos recibió con esos besos equívocos que lindan la frontera del delirio y te empujan a la incertidumbre. No sólo a él, que era su amante, sino también a mí, que la veía por primera vez y sufría el embrujo de las brasas de sus ojos. Se besaron con la ponzoña de los idilios reencontrados. Quizás fuera por calentarle aún más o por confundirme a mí, el caso es que a los besos de bienvenida siguieron caricias sin freno más allá de lo que recomienda la presencia de un extraño y cuando ya me despedía para dejarlos tranquilos me paró en seco como una estatua de sal: «¡No te vayas! Sigue aquí, por favor». Y me regaló un beso imperceptible en la comisura de los labios, ese veneno que te alborota porque sabes que siempre perderás.
Cardenio acusó como una bofetada este primer frenazo, ardía tras probar el fuego de su boca, yo allí mirando por la ventana, sus cabellos llameando a cada paso. Una situación muy incómoda para el compañero. ¡Tierra trágame!

      —Así que, os habéis divertido, bien acompañados por la playa, ¿no?
Cardenio callaba, Perséfone, toda inocencia nos acomodó en la penumbra del salón, en el ángulo oscuro, el ventilador hinchaba su túnica como una vela etrusca mecida por la brisa, sus pechos apenas rozados por la seda, el sudor resbalándonos por el cuello, una daga en la garganta.
—Poneos cómodos, tumbaos en los sillones. ¡Qué calor! —Nos sirvió unas cervezas.
Casi se queda desnuda cuando arrojó sobre el suelo la túnica, en sus braguitas se enredaba el vello. Efectivamente, era rubia de frasco. En mi turbación notaba como se apoderó de nosotros el vértigo del deseo, sobre todo en mí, que asistía estupefacto a aquella venganza femenina inesperada y ampliada con mi presencia. Cardenio en su silencio intentó besarla y Perséfone con una sonrisa se desató de sus brazos.
—¡Os ha dado mucho sol!

     Y comenzó a extenderle crema por los hombros con aquella untuosidad de sus manos espirales. Sin proponérmelo me convertí en su servil vasallo. Perséfone comprendió que conmigo delante sus dardos aún serían más hirientes, altiva y victoriosa nos acariciaba como a gatitos desvalidos. Sonreía.
—¡Qué colorados que estáis, chicos!
Y acompañaba las friegas con un roce efímero de su pecho contra la espalda enrojecida de Cardenio. Fui poco a poco resbalando del sillón hasta caer como un guiñapo en el suelo, tal era la zozobra que me paralizaba. Cardenio se giró y la atrajo hacía sí, su mano clavada al pecho inhiesto, sus bocas succionándose, yo sin respirar, enfermísimo en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme. ¡Qué mareo! La eternidad que dura un beso ajeno.

      Perséfone se soltó de sus labios y a bocajarro me espetó: «¡Qué arrugas que tienes!, nadie te cuida la piel, mejor será que te olvides de la playa». Y de un salto vino hacia mí y con el mismo tesón que a Cardenio me empezó a pringar su bálsamo de Fierabrás insinuándome un roce, sonreía, los labios abiertos como una luna creciente. Creí morir.

      Recuerdo que Cardenio, mudo, me miraba entre la ira y la derrota, me odiaba. Me había convertido en su enemigo, testigo de su fracaso, humillándole al recibir las caricias que Perséfone con su dulzura nos repartía por igual, iba y venía el bálsamo derramado entre sus dedos, entre las azucenas olvidados ambos, el silencio de todos, su vello ensortijado insinuándose. Y allí quedamos sacrificados, dos despojos en el suelo, la diosa consumando su aquelarre sin perder la sonrisa, burlándose de nuestra masculinidad.

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Las tentaciones de Buda. 1921. Eduardo Chicharro Agüera. Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

      —¿Otra cervecita, chicos?, que os veo muy apagados. Tendréis calor, mucho sol, las turbias compañías femeninas…
Perséfone llenó con parsimonia un vaso de cerveza helada y aproximándose a mi amigo le pasó por la espalda el vidrio con la seguridad que da recorrer un cuerpo esclavo. Bebió un trago, se llenó la boca de una espuma goteante que dejaba rezumar lentamente por sus labios. Y recalando en su boca le trasvasó aquel líquido en un beso largo y húmedo. Cardenio, inerte ya, tragaba embriagado de furor, como cautivo de un remolino de malandrines cobardes, gigantes felones y viles criaturas. Y aún no se había recuperado de la sorpresa cuando, de nuevo, Perséfone se desprendió de sus labios ardientes y bebiendo brincó con gracia de gacela y dirigiéndose a mí me besó con pasión, trasegándome aquel veneno de su boca sin poder yo remediar el desasosiego en que me dejó, olvidado ya del mundo, quebrado el ánimo y el entendimiento, maltrechos los pedazos del cuerpo y rendido a la sin par Perséfone.

      Quedeme yo sin ánimo tras el último envite. Al otro lado de la sala mi amigo, ya enemigo, se vestía con aparente dignidad y tras dirigirme una mirada asesina salió por la puerta cerrándola con estrépito, ¡PUN!

    Perséfone, triunfante como si nada hubiera pasado me rodeó con sus brazos, me rozó para atizar aún más mis exangües ánimos y cuando comprobó, tras varias caricias en la entrepierna, que había recuperado la entereza, que era capaz de sujetarme por mí mismo y que había recobrado el entendimiento con mucho cariño me vistió, me acompañó hasta la puerta y me despidió con un beso, desnuda a contraluz en el dintel, su vello ensortijado como una jungla, sin perder el embrujo de su sonrisa vertical.

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Amor victorioso. 1603. Michelangelo Merisi da Caravaggio.

Gracias a Juan Marsé por sus novelas, por sus palabras, por sus embrujos.

Influencia franquista

Rafael Alonso Solís

      HACE DÍAS FALLECIÓ HAROLD BLOOM. Nacido en el Bronx en 1930, fue un omnipotente profesor de literatura en Yale, que dedicó su vida a analizar hasta la digestión a los clásicos, especialmente a su personal selección en forma de canon irrefutable. A través de sus lecturas –la mayoría o la totalidad, varones–, encontró en la crítica literaria el instrumento para entender el mundo como una “meditación sobre la vida”. Fue en su adolescencia cuando se encontró con lo que denominara “el querubín protector”, en un libro decisivo para muchos críticos como Fearful Symmetry, del canadiense Northrop Fryere, y que, a partir de la poesía de William Blake, hablaba de la influencia literaria. En 1973, tras una pesadilla y varios años de reflexión, Bloom publicó La ansiedad de la influencia. Centrada en Shakespeare, esta primera aproximación le llevó a descubrir que tanto la influencia como la ansiedad que provocaba ocurría entre los poemas, pero no entre los autores de esos poemas, como si algún elemento sutil tirara de un hallazgo poético hasta influir en los poetas que le precedieron o vinieron después. En 2011, Bloom escribió Anatomía de la influencia, obra en la que construye una especie de cama redonda inicialmente ocupada por Shakespeare, Marlow, Milton, Whitman y Joyce, pero en la que acaba metiendo a una inmensa lista de autores que influyeron y fueron influidos, a su vez, por el pasado y el futuro, y de la que emerge un poema global que se desenvuelve a retazos, para desbordarse en múltiples versos que buscan desembocar en una oda permanente. En el caso de su visión de Shakeaspeare, es inevitable preguntarse si la influencia entre este y Falstaff fue en un sentido o en ambos, y si ese maridaje influyó después en Welles, quien a su vez inspiró a Laughton en varias de sus caracterizaciones, hasta que el actor inglés acabara recordando físicamente a Bloom, o al revés. En otros ámbitos, uno siempre ha tenido la duda de si Woody Guthrie envenenó a Dylan con las esencias del folk de caravana, o si fue el primero quien adivinó los sones que el poeta de Minnesota encontraría más tarde en los garitos de Manhatan. No lejos de allí, es difícil saber si Muhammad Ali descubrió el juego de piernas contemplando los viejos videos de Sugar Ray Robinson, o fue este quien sospechó las esquivas que el de Louisville mostrara años más tarde en el Garden. Ya en nuestros días, en un escenario mucho más mostrenco, cabe dudar de si fue Franco –de quien no se tienen noticias de que escribiera algo, si bien se dice que fue el autor intelectual de la película Raza– quien haya sido el inspirador de Abascal, Casado o Rivera –incluso del mismo Sánchez, en los momentos en que se confunde con las gafas y saca a la patria del baúl–, o fue el golpista quien se adelantara y fuera influido, con casi un siglo de antelación, por el leve y miserable ideario de sus continuadores.

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Segundos de gloria

Gabriel de Araceli (texto). Terry Mangino (fotos)

          —NADIE SE ACUERDA DEL SEGUNDO, es el primer derrotado, el peor puesto posible. La gloria y el honor quedan para el primero, para el ganador. La amargura y el olvido para el segundo, para el perdedor.
La chavala lloraba amargamente, estuvo a punto de ganar la san Silvestre femenina. Llegaba escapada desde la salida. Pero en la entrada al campo del Rayo una keniata le adelantó. Y en la línea de meta, apenas fueron dos metros, su segundo puesto le sabía a derrota. Su entrenador trataba de animarla.
—La gloria siempre llega, más pronto o más tarde. Siempre se saborea la recompensa del triunfo.
No hay gloria sin triunfo, sólo la victoria nos compensa del sacrificio —pensaba la chavala. Tenía ganas de vomitar. Le dolían las piernas, los pies, los brazos, el cuello, la cabeza, las orejas…. Ni escuchaba.

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La keniata Cheltu cae desfallecida cuando marchaba en cabeza en el Km 20,3 del Maratón de Madrid, 2018.

         —Recuerdo aquella tarde de verano de 1987 en el viejo Vallehermoso. Se había reunido la historia del atletismo. El estadio fue un clamor cuando apareció Alberto Juantorena, El Caballo, inmenso en sus 192 cm de altura. Ya había pasado su mejor época. Era casi un viejo para la velocidad, 37 años, corría por un puñado de dólares. Le resultó fácil, ganó con una pierna a una selección de atletas a los que sacaba veinte años. Se retiró poco después. Juantorena había asombrado al mundo once años antes, en Montreal, en los juegos de 1976, doble campeón olímpico y récord del mundo en 800. Fidel se apresuró a fotografiarse con él a su regreso a La Habana. Había ganado a la poderosísima selección yanqui. Un blanquito en el reino de los negros. El triunfo del socialismo…

 

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Alberto Juantorena en el Estadio Vallehermoso, Madrid, 4 de junio de 1987.

La chavala recupera poco a poco el aliento tumbada en la hierba. Una fila de atletas entra jubilosa por el estadio muchos minutos después. Pero ella quería la gloria y se le fue cuando tan cerca la tenía.

—Pero el que lo pasó mal fue Edwin Moses. Era otro gigante, 188 cm., y aún estaba en forma por aquella época. Llevaba 122 victorias consecutivas en sus 400 vallas. Nadie podía con él. Los atletas americanos son muy reservados. No se parecen en nada a los cubanos, que son unos charlatanes y le pegan la hebra a cualquiera que quiera oírlos. Juantorena, entre sonrisas, firmaba autógrafos sin parar, los chavales se disputaban su firma. Aunque la mayoría de los niños no sabía quién era Juantorena, lo hacían por petición de los papás que así conseguían el recuerdo que ellos no se atrevían a pedir. Juantorena venga a firmar autógrafos. ¡Papá, papá, ya lo tengo! Su rostro era la felicidad pura. Sin embargo, en la otra esquina del estadio, aislado del mundo, Moses trotaba por el irregular césped con la mirada concentrada en el infinito.
—Los jueces llamaron a los vallistas y allá que se fueron. El viejo Vallehermoso sólo tenía seis calles de un tartán machacadísimo, pero los espectadores estaban tan cerca de los atletas que sentían su respiración, su traspiración, su agotamiento, veían sus rostros desencajados por el esfuerzo. Moses ocupó la calle 5, casi la mejor por el amplio radio de la curva, su zancada poderosa no se resentía por la fuerza centrífuga que expulsa a los atletas al exterior. Eso les obliga a hacer un esfuerzo de compensación y se arriesgan a invadir la calle externa y la consiguiente descalificación. Pero Moses no tenía rivales, sus competidores era dos atletas nacionales y tres teloneros americanos, entre ellos Danny Harris, al que había triturado en la final olímpica de Los Ángeles tres años antes. Salieron como liebres. En la curva del 300 Moses ya había recuperado toda la compensación del que le precedía, el estadio jaleaba a los participantes, solo le resistía Harris, dos calles más atrás, que también había rebasado la compensación de su predecesor. El estadio explotaba de júbilo, aquellas gacelas etéreas saltando sobre las vallas, de puntillas por la pista. Moses volaba a la altura del 250 y Harris se mantenía agazapado. Los otros atletas veían como aquellos galgos se distanciaban. El estadio era un clamor, la gente golpeaba con estruendo las chapas publicitarias. Moses corría y corría, Harris corría y corría. Pero algo sucedió de imprevisto, Harris se aproximaba a Moses y en la curva del 200 parecía que estaban a la par. El griterío empezó a acallarse y el jadeo de los atletas se alzó sobre las gradas. Y en la línea de meta, tras la curva del 100, el silencio se apoderó del público porque Harris estaba en paralelo a Moses, faltaban 60 metros, Moses jadeaba, Harris jadeaba. El estadio enmudeció, se oían los clavos en el tartán. Faltaban dos vallas y Harris y Moses iban emparejados. Una valla y Harris se deslizaba apenas medio metro por delante de Moses. Aquellos últimos diez metros duraron una eternidad: 1 segundo. Todo el estadio asistía atónito a la tragedia de Moses, Harris se proclamaba ganador, ni siquiera miró a sus rivales, perdedores en una guerra de 48 segundos y 27 centésimas. A Moses la derrota le provocó vómitos, su cuerpo se retorcía en el césped pisoteado del Vallehermoso. Había perdido por primera vez una batalla. Ser segundo era la nada para aquel dios del Olimpo. Pero pocos días después Edwin Moses ganó el campeonato del mundo en Roma y batió el récord de los 400 vallas. Alcanzó la gloria.

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Edwin Moses sufre amargamente tras la derrota que le infligió Danny Harris en Madrid, el 4 de junio de 1987.

        La keniata ganadora saluda a la joven promesa vallecana. Otra vez será, parecen decir sus dientes blanquísimos. Y le tiende su mano para trotar juntas unos metros. La vallecana, abatida, no tiene fuerzas para levantarse.

           —Peor aún le fue al australiano Peter Norman en la final de los 200, en México 68. Entonces el mundo era diferente al de ahora —el entrenador hace una pausa y mira al cielo que amenaza lluvia—. Sí, unos meses antes, en abril de aquel año, un neonazi había asesinado a Martin Luther King, un pacifista que luchaba por los derechos de los negros americanos. Nunca se aclaró exactamente quién estaba detrás de aquel asesinato. Aquello desató el odio entre los negros, que constituyeron un partido clandestino, el Black Power, lleno de militantes que no dudaron en aplicar el terrorismo para denunciar la marginación que sufrían y crearon un ejército de combatientes: los Black Panther.  La tensión racial se desató en los USA: negros contra blancos, blancos contra negros. You can’t hurry love, cantaban The Supremes. Tampoco la gloria. En mayo, en París se armó una buena porque los estudiantes de la universidad de Nanterre aseguraban que bajo los adoquines estaba la playa. Los adoquines se los tiraron a los CRS, los gendarmes, pero de playa, nada de nada. Y para colmo, en el mes de junio, un lunático, eso dijo el FBI, asesinó a Robert Kennedy. Después, en julio, los B52 bombardeaban Vietnam mientras que a los jóvenes yanquis les daba por fumar marihuana y escuchar música entre las flores: love, love me do. Y en agosto la Unión Soviética invadía Checoslovaquia. En fin, el mundo andaba bastante revuelto…

                  La chavala escucha al entrenador y mira a la keniata con ojos metafísicos. Adónde irá esa gacela negra, se pregunta. El cielo descarga lentamente sus lágrimas.

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Cristina Blázquez vuela en solitario sobre el asfalto de la Gran Vía, 11 de mayo de 2014.

       —Y llegó octubre, unos días antes del comienzo de la olimpiada hubo una matanza terrible de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, en pleno centro de México Distrito Federal. Así que aquello no pintaba nada bien, los juegos estuvieron a punto de suspenderse. Pero se celebraron. Y llegó el momento en que los americanos negros empezaron a batir récords. Bob Beamon saltó 8,90 metros en longitud; Fosbury, un blanquito excéntrico asombró al mundo porque saltaba altura de espaldas al listón. Y otro negrito, Jim Hines, fue el primer atleta en bajar de los 10 segundos en los 100 m. Hizo 9,95, un tiempo aún hoy imposible para la elite. Y llegó la final del 200. Estaban los mejores velocistas, aquello prometía un espectáculo jamás visto. Sonó el disparo de salida. La velocidad de reacción de Tommy Smith, que corría por la calle 3, fue eléctrica, tanto que en 30 metros ya le había tomado la compensación a John Carlos, que corría por la calle 4, aunque al entrar en la recta de meta, a la altura del 100, se contuvo un poco. Parecía que Carlos podría mantenerse con chanzas a falta de 50 m., miraba nervioso, perdió la concentración y Smith le ganó con facilidad. Para colmo, un blanquito australiano, Peter Norman, se le coló en el último metro. Smith pulverizó el récord del 200: 19,86. Era el triunfo de los negros. Todo el mundo se quedó petrificado con la explosión de poderío de aquellos atletas.

La chavala ha recuperado el resuello. A pesar del aguacero siguen llegando corredores sonrientes porque para ellos la gloria es traspasar la meta.

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Bajo la lluvia en el Km 19 del Maratón de Madrid, 2015.

             —Y despreciando la gloria y ahuyentando todos los miedos, aquellos atletas negros decidieron protestar para que todo el mundo supiera los agravios que la población negra, sus hermanos de color, sufría en USA. Así que, cuando sonaba el himno americano, Smith y Carlos saludaron en el pódium con el puño en alto enguantado en negro. El símbolo del Black Power. Peter Norman, un blanquito ajeno a todo aquello se solidarizó y se estampó en el pecho una pegatina con los colores de las reivindicaciones de sus compañeros. La que se lio fue tremenda. Avery Brundage, el presidente del COI, que no se opuso en Berlín, 1936, al saludo nazi, los quiso expulsar de la villa olímpica. Brundage era en el fondo un segregacionista blanco. A ninguno de aquellos atletas le fue bien cuando regresaron a sus países de origen. A Smith y a Carlos los marginaron, se quedaron sin trabajo y fueron represaliados de todas las formas posibles. Los expulsaron de la selección de atletismo. Smith tuvo que vender su medalla de oro para sobrevivir. Norman ayudó económicamente a Carlos, el tercer hombre, durante unos años en los que no contaba con ningún tipo de ingresos. Norman denunciaba con su gesto el trato que los aborígenes australianos recibían de su país, en el que ni siquiera contaban como ciudadanos. Y a pesar de que poseía el récord australiano de los 100 y de los 200 —los 20,06 segundos de México son aún hoy, cincuenta y un años después, récord de Australia— y que estaba en plena forma no lo seleccionaron para los juegos de Munich, en 1972. Australia no entendió a Peter Norman, su lucha por los ignorados de su país chocaba contra el supremacismo blanco dominante en aquellos años 70 y 80. Le excluyeron, le condenaron al ostracismo. Una infección en el tendón de Aquiles le costó una gangrena y perdió la movilidad en una pierna. Sufrió una depresión y acabó con problemas de alcohol y drogas. Peter Norman murió en la ignominia de un ataque al corazón en 2006. Smith y Carlos llevaron su féretro a hombros. Fue su mejor victoria, el agradecimiento y el honor que le dispensaron sus compañeros del 200. Ahora, el gobierno de Australia le ha rendido un homenaje de respeto y le ha erigido en Melbourne, el pasado 9 de octubre, una estatua como tributo a su valentía y su defensa de los derechos de las poblaciones minoritarias. Ha sido una rehabilitación póstuma. Los laureles y la gloria le han llegado por fin a Peter Norman, ganó su carrera, aunque fuera 51 años después.

La chavala le guiñó un ojo a su entrenador y se levantó. Buscó a la keniata con la mirada, se sonrieron, trotaron juntas varias diagonales sobre el césped mojado por la lluvia.

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Peter Norman, Tommy Smith y John Carlos en el pódium del 200 lisos tres recibir sus medallas, México 68. Los tres llevan la pegatina del Black Power sobre su escudo nacional. Photo: Associated Press.

 

 

Tiranos, banderas y tumbas

Lorenza Cobián (texto). Terry Mangino (fotos)

        CUÁNTOS MUERTOS, ¿un millón, millón y medio? Cuántas vidas arrancaron los tiranos —sin contar a Stalin ni a Hitler ni a Mao ni a Leopoldo de Bélgica— que gobernaron el mundo durante el siglo XX. Sólo a manos de los militares rebeldes y sus partidarios que iniciaron la Guerra Civil española, las investigaciones de Paul Preston —un historiador libre de toda sospecha de partidismo— atribuyen que las víctimas civiles, lejos de los campos de batalla, ascendieron a más de 150.000. Añádase a este número los muertos en combate durante los casi tres años que duró la contienda y los que originó la represión durante la eterna postguerra del franquismo.

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Quimeras, como la vida, que adornan uno de los templetes burgueses del cementerio de San Isidro.

        Más de un cuarto de millón de muertos se le atribuye al croata Ante Pavelic, aliado de Hitler y amigo de Mussolini, en su limpieza étnica. Una masacre ejercida por él durante la 2ª Guerra Mundial en Croacia contra los serbios ortodoxos, judíos, gitanos, comunistas, bosnios musulmanes y disidentes políticos. El avispero de los Balcanes, un territorio multiétnico, multirreligioso, políedrico y multinacional, compuesto por Croacia, Bosnia Herzegovina, Montenegro, Macedonia, Serbia, Kosovo, Albania, etc., sufrió durante las guerras mundiales (recuérdese: atentado de Sarajevo, en 1914, contra el archiduque Francisco Fernando, origen de la 1ª GM) las atrocidades y matanzas indiscriminadas, todos contra todos, de nazis, ustachas, chesniks, partisanos, pro-aliados, pro-nazis, nacionalistas, etc., solo contenida temporalmente durante el extenso mandato del mariscal Tito —en el poder desde 1945 hasta su fallecimiento en 1980—. Aquella idea, imposible, de una gran Yugoeslavia no alineada y enfrentada al Kremlin durante la guerra fría, estalló años después, en 1992, con la terrible tragedia que asoló a todos esos países. El terror de Slobodan Milosevic, del psiquiatra, o psicópata Karadzic, el sadismo del general Mladic, de Slobodan Praljak… dejaron miles de muertos inocentes ante la mirada evasiva del primer mundo.
Ante Pavelic huyó tras la 2ª GM a Austria e Italia, donde vivió un tiempo protegido por la Iglesia vaticana. A Roma llegó con pasaporte español. Viéndose perseguido por USA se refugió en Argentina, en 1948. Ahí sufrió, en 1957, un atentado instigado por el mariscal Tito, su antiguo enemigo, del que salió vivo. Encontró poco después refugio en la España franquista. Falleció olvidado en Madrid en 1959, está enterrado en el cementerio de San Isidro.

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Tumba de Ante Pavelic en el cementerio de San Isidro, en Madrid. Aquí sí que se cumple aquel viejo lema que los defensores de la capital esgrimían para animarse: Madrid será la tumba del fascista.

               Los tiburones se cebaban a diario con las víctimas de las carnicerías del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo Molina. Festines de sangre y vísceras habituales para los escualos durante su extenso mandato al frente de la República Dominicana, treinta años. Se cuentan por miles los cuerpos de los asesinatos que su temible SIM* (dirigido por los sanguinarios Arturo Espaillat, alias Navajita, y Johnny Abbes García) cometió. Incluso magnicidios. Trujillo intervino en el asesinato del presidente guatemalteco Castillo Armas en 1956, lo intentó contra el venezolano Rómulo Betancourt en 1960, con Fidel Castro. Acogió a Fulgencio Batista cuando, el 1 de enero de 1959, este huyó de Cuba derrocado por el nuevo dictador barbudo. Trujillo llegó al poder levantándose contra el presidente constitucional Horacio Vásquez, en 1930. Camuflado bajo el mandato del presidente títere Rafael Estrella Ureña y posteriormente por el del letrado Joaquín Balaguer, Trujillo se estrenó en el cargo de genocida con la Masacre de Perejil, en 1937, el exterminio de la población vecina, mayoritariamente negra, que residía en Santo Domingo. Se calcula en 20.000 haitianos los que fueron asesinados por el Padre de la Patria Nueva, el Benefactor, Dios y Trujillo. El asesinato del dirigente exiliado español y peneuvista Jesús de Galíndez (el Agente Rojas ND507) en 1956 fue el crimen que produjo su condena internacional en los países caribeños y el rechazo en la misma administración USA, a pesar de que el Restaurador de la Independencia (uno de los elogios con los que se autocomplacía Trujillo) financiaba a congresistas del partido demócrata americano en su lucha contra Kennedy. El asesinato de las hermanas Mirabal fue el detonante que le llevó a la muerte en un atentado el 30 de mayo de 1961. Tras su muerte fue su hijito, el incapaz Ramfis Trujillo, un “afamado” jugador de polo, alejado en París, el que volvió a la isla para asesinar implacablemente a los ejecutores de su padre (Galíndez pone en duda la paternidad de Trujillo en su tesis, que le costó la vida: La era de Trujillo: un estudio casuístico de dictadura hispanoamericana).

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Tumba  donde están enterrados Rafael Trujillo y su hijo Ramfis, en Mingorrubio, Madrid.

Tras un año ejerciendo el terror en Santo Domingo, el misterioso presidente Balaguer consiguió que Ramfis abandonara el país llevándose los restos de Trujillo junto con unos cuantos millones, bastantes, de dólares. Ramfis se instaló en Madrid, donde ejerció de frívolo y playboy (pagando) emulando las andanzas de su cuñado, maestro en el arte del amor y amigo Porfirio Rubirosa, del que muchas mujeres, muchas, alababan extasiadas su bien dotada y extraordinaria masculinidad. El dinero expoliado a su país era el argumento que las autoridades franquistas comprendían mejor para proteger su residencia en España. Ebrio y demente, Ramfis moriría en Madrid, en La Moraleja, estrellando el Ferrari 330 GT que conducía contra el Jaguard de una duquesa, en 1969. Quizás Ramfis, en aquel último acto sublime de la muerte, quiso imitar a Porfirio, que también se estrelló con un Ferrari en París, en 1965, pero contra un árbol. El papi Trujillo y el niñito Ramfis están enterrados juntos en Madrid, en el cementerio de Mingorrubio. ¡Ay, ese amor que se transmite de padres a hijos!

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El templete de la familia Trujillo está descuidado, semiabandonado. El dictador Trujillo está enterrado muy cerca de los restos de los que fueron presidentes del gobierno español, durante el franquismo, Luis Carrero Blanco, asesinado por ETA en 1973, y Carlos Arias Navarro,  también primer presidente del reinado de Juan Carlos. Próximamente serán inhumados en el cementerio de Mingorrubio los restos del general Franco.

             No es posible que Fulgencio Batista conociera a Michael Corleone. Pero sí conoció a Lucky Luciano, un gran tipo no muy alto, un poco barriobajero, eso sí, al que los americanos habían expulsado de New York y con el que mantuvo cordiales relaciones de negocios. Y también es cierto que Batista recibió de la ITT Corporation el extravagante regalo de un teléfono chapado en oro en agradecimiento por las concesiones que le hizo a la multinacional, como se narra en The Goodfather II. La prostitución y el juego eran los motores económicos de la isla.
Sí, la Cuba de Batista era el burdel de los yanquis, de la Mafia, que querían extender el negocio de Las Vegas a la perla del Caribe. La historia de Cuba se cuenta por el número de tiranos que han ejercido el poder. Tras la guerra hispano-estadounidense de 1898, pulgarcito y el gigante, la explosión del Maine, la provocación de Williams Randolph Hearst —Citizen Kane—, el Tratado de París, etc., España perdió los restos del imperio y llegó la independencia para Cuba. Al menos eso se creían los seguidores de José Martí, el héroe nacional, aunque el intervencionismo yanqui se hizo presente desde el mismo momento de la partida de los españoles.

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Ángel sobre la lápida de Consuelo Vello, la célebre cupletista La Fornarina, obra de Mariano Benlliure, 1915, en el cementerio de San Isidro.

          A Charles Edward Magoon, el primer gobernador, americano, impuesto por los gringos, siguió el golpista José Miguel Gómez, al que continuó el liberal García Monacal, después Zayas y Alfonso, al que siguió el gobierno dictatorial del general Machado, derrocado a su vez por, que fue a sí mismo derrotado por… y así sucesivos y efímeros presidentes hasta que en 1940 se hace fuerte en la presidencia de Cuba el general Fulgencio Batista. Fue un conspirador que se mantuvo, soterrada o abiertamente al frente de la república, no precisamente con métodos democráticos, hasta que la guerrilla de Sierra Maestra entró en La Habana el 1 de enero de 1959. Ya saben, aprendimos a quererte desde la histórica altura donde el sol de tu bravura le puso cerco a la muerte.
Fulgencio se refugió en casa de su vecino Rafael Trujillo, conocido sátrapa con el que había intercambiado ímpetus en su lucha contra los izquierdistas que se extendían por el Caribe. Gracias a su política férrea contra los derechos humanos y libertades de los cubanos, la corrupción que imperó durante sus mandatos y las buenas relaciones con los amigos de Luciano, mérito de Batista fue conseguir algo más de 100 millones de $ USA, con los que se exilió en Portugal, bajo el régimen de Salazar. Y posteriormente en España después de que sus relaciones con Trujillo —¡un flojo, Batista es un flojo!, pregonaba don Rafael a su lacayo descuartizador Johnny Abbes— no pasaran del beso inicial.
Para el régimen franquista fue una alegría saber que Batista se instalaba en Marbella y jamás se preocupó por el origen de su fabulosa fortuna. Ahí murió de un infarto en 1973. Está enterrado también en el cementerio de San Isidro, junto a su esposa Marta Fernández Miranda, fallecida en 2006, y junto a su hijo Carlos. Las tumbas de Batista y de Pavelic no se distancian más de 100m.

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Tumba de la familia Batista, en el cementerio de San Isidro, no tiene ni flores ni bandera alguna.

        Desde el cementerio de San Isidro se divisa un horizonte de edificios y bóvedas que conforman el cielo de Madrid. Desde el cementerio de Mingorrubio, apenas a quince km del centro de la capital, se vislumbra la sierra de Guadarrama, una paz celestial y un cielo azul intenso como pintado por Muñoz Degrain. Próximamente se van a trasladar a Mingorrubio los restos del general Franco. Ni en la tumba de Trujillo ni en la de Batista hay bandera alguna que indique su patriotismo, ambas desprovistas de flores y semiabandonadas. Sí hay unos velones con la insignia croata en la de Pavelic. Los cuatro muleros. Póker de reyes de la muerte. Entre ellos mantuvieron relaciones cordiales en unos momentos históricos terribles para la humanidad. En una lápida del cementerio de San Isidro hay inscrita una frase castiza merecedora de lectura: De Madrid al cielo. El infierno se quedó para los súbditos.

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*Para conocer en profundidad los métodos represivos y asesinatos cometidos por el SIM véase: Johnny Abbes García… del periodista e historiador dominicano Tony Raful, 2019.

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Vista del horizonte de Madrid desde el cementerio de San Isidro.