Hay gente pa too

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Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

      —Oye, la negra Ataulfa te agarraba el troncocono en todo su esplendor con aquellas manos que simulaban alicates y yo me quedaba como acobardadito, sin decir esta boca es mía. ¡Menuda era la negra Ataulfa! ¡Una mujer de bandera! Te cogía la vicisitud y te hacía replicar y replicar y tú recitabas la novena de Beethoven de un tirón sin fallar un si bemol sostenido. Era una mujer. Pero, por un equipo de furbo… ¡no lo entiendo!

     —Yo tampoco, querido Séneca, comprendo que por una mujer uno pierda la cordura y se descomponga. A mí me pasaba igual con la rubia Sigfrida. Era blanquita como la nieve, tanto, que te deslumbraba cuando se te posaba encima y te restregaba su mujerío por la jeta, que tú no podías ni respirar con aquella bandera de flecos blancos que te tapaban hasta la nariz y te dejaban exhausto. ¡Menuda melena la de la rubia Sigfrida!, que te cortaba la respiración tanto helecho níveo. ¡Ay, sí, que me viene a la cabeza tremenda perversión, que no quiero ni pensarlo! ¡Pero por un equipo de furbo!

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     —Incluso por la gloria, querido Platón. Uno puede dar la vuelta al mundo en la nao Victoria, ser el primero. ¡Qué mayor gloria la de la circunvalación terráquea! Yo daría todo por la gloria, por haber descubierto la penicilina, incluso la teoría de la relatividad. ¡Pero, por un equipo de furbo!

     —Igual me pasa a mí, mi muy estimado Séneca, aunque ya sabemos que todo es relativo, que por muy grande que sea el universo no es comparable a la estupidez humana. Admito que por dinero uno es capaz de cualquier cosa. Ahí tienes a Judas. Condenado para la eternidad por treinta denarios.

     —Un infeliz, un simple, un emprendedor torpe, no estaba bien aconsejado. Ahora lo de la pasta se ha puesto muy exigente. Como poco tienes que arrimarte treinta millonazos de euros en Ginebra. Y encima tienes que ser fuerte y andar apuntando con un grafito que si una contabilidad B, lo que le das a eme punto erre, que si el chófer se chiva a la bofia patriótica… Mucho riesgo, corres mucho peligro llevando llena de billetes de 500 euros la samsonite hasta el Lac Leman. Pero es cierto que por dinero te la juegas. ¡Anda que si te la juegas! Si te sale bien, ¡cojonudo! Pero si no, te vas al talego. Ahí tienes al de la campana. ¡Es el mercado, amigo!, decía. Aunque ya sabemos que Suiza sobrevive gracias a muchos campaneros que se la jugaron. Pero, por un equipo de furbo… ¡No lo entiendo, no lo entiendo!, querido Platón.

     —Y hay muchos que se han venido desde Buenos Aires por un puto partido de furbo.

     —Sí, alguno incluso ha dejado el curro. Y les cuesta una pasta venirse para acá, que allá la cosa está muy jodida, se gastan lo de un año en un finde.

      —Y, ¿qué felicidad te reporta que tu equipo gane o pierda un partido? ¡Pero si al día siguiente te tienes que levantar igual para ir a currar y ver el careto del hijo puta ese de tu jefe otra vez!

     —Si no hay ninguna diferencia. Unos van de azul y otros con una raya roja. Pero todos en calzoncillos.

     —Ninguna, ninguna, no son más que veintidós tíos pegándole patadas a una pelota con el borceguí. Esto del furbo es que no tiene explicación.

     —Uno cambia de ciudad, de religión, de país, de amante, de amigos, incluso de matrimonio, o se hace gay o lesbiana o adorador de las musarañas venusinas, o vegetariano, o vegano. Peor aún. ¡Pero de equipo de furbo, no! Nadie cambia jamás de equipo de furbo, es algo irracional, esto del furbo es que no tiene explicación, es algo… ¡humano! Siempre seguimos con el mismo equipo. Hay gente pa too, querido Seneca.

    —Así es, querido Platón, hay gente pa too.

 

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Hagan juego, sucio

Juan Fernández Sánchez

      Bajo la hojarasca de la política, plena de exabruptos, gestos para la galería y brindis al sol, va creciendo una cosecha de especies amenazantes. De un tiempo a esta parte proliferan las casas de apuestas, publicitadas sin pudor por numerosos equipos deportivos; las opiniones de un payaso se han vuelto materia judicial y un gag de mal gusto puede dar con tus huesos en el calabozo; existe un doble rasero que permite exculpar a los de tu tribu, aun negando lo evidente, y enviar al averno al rival. Crece la desigualdad sin que a nadie parezca importarle, enfrascados como estamos en el color de las banderas y la existencia o no de los escupitajos; multimillonarios de todo laya se enzarzan por unos euros del salario mínimo. Y todavía hay quien se pregunta por qué triunfa el populismo.

El Estado es el primer casino español. Por los aledaños de la Puerta del Sol, de Madrid, decenas de loteros manolitos hacen su navidad revendiendo décimos con el reclamo de que provienen de Doña Manolita.

       Juan Fernández Sánchez es escritor. Ha obtenido el premio TIFLOS de Novela 2017 por su obra “La silla vacía“, publicada por Edhasa Castalia.

Nosotros, que nos quisimos tanto

Gabriel de Araceli

            Iba yo a comprar el pan y me encontré con aquellos novios comunistas de antaño. Nicolás Sartorius, Cristina Almeida, Gaspar Llamazares y sus amigos charlando sobre la perversión del lenguaje. Casi en la clandestinidad, en el Foro Actúa, en el Rastro madrileño. Estaban en un sótano, como escondidos o huyendo del futuro que les llegó sin avisar. Había cierta nostalgia a la juventud pasada entre carreras delante de los grises, olía a consenso constitucional, a Comité Central y a pasillos del Congreso debatiendo una moción de censura. Pocos jóvenes entre el público pero aplicados, escuchando metódicamente las batallas de los abuelos.

Gaspar Llamazares, Cristina Almeida y Nicolas Sartorius durante la presentación del libro “La manipulación del lenguaje. Breve diccionario de los engaños”, obra de Sartorius, el pasado 26 de noviembre en el Rastro madrileño.

     El lenguaje, esa máscara oral a la que todos recurren para engañar, para equivocar las palabras. «La mentira forma parte de la sociedad desde que existe. Necesita algo de verosímil y escucharse por una grey también mentirosa. Ahora a la mentira se le llama posverdad. La reflexión empieza a ser un lujo» dice Sartorius, patricio del pensamiento que ha escrito este libro “La manipulación del lenguaje. Breve diccionario de los engaños” ante el cúmulo de perfumes que camuflan el tufo de las conversaciones cotidianas, ante el eufemismo habitual que corrompe las palabras y falsifica la realidad comunicativa de la tribu.

     «Ninguna cosa se dice por su nombre, se tergiversa, se banaliza, la lengua se llena de eufemismos. Se habla para que no se entienda nada, nadie. La usurpación de las palabras está cambiando las ideas de la sociedad. Emprendedor sustituye a empresario, economía de mercado a capitalismo, autónomo por cuenta propia a trabajador en precario y sin derechos. Las batallas ideológicas se empiezan a ganar o a perder por el habla. Se consigue la hegemonía cuando tus ideas, las ideas de los grupos de presión, se convierten en sentido común, en el sentido común de un registrador de la propiedad» reflexiona Sartorius sobre los usos que al lenguaje le da el neoconservadurismo actual que nos circunda.

     »Nacionalismo. Otra palabra de moda, bueno en su origen contra los imperios decimonónicos, tan liberador entonces como castrador ahora, contrario a las naciones y a los individuos, la lepra de unos pocos reaccionarios. El internacionalismo, señal de identidad de la izquierda, no puede existir con el nacionalismo. Son contrarios.

     Las palabras tienen vida propia y cambian de significado. Pasa con populismo, con populares.

     »Se habla de populismo como si fuera un éxito, cuando más bien es un fracaso universal. El neoliberalismo popular, la apropiación de la libertad individual por un grupo económico contrario al pueblo. Empezó en Chicago, con Milton Friedman. Y enseguida lo adoptaron Reagan y la Thatcher y los populares europeos. Ha vuelto la pobreza.

     »Socialismo y comunismo se han asimilado a la denominación de partidos políticos, cuando deberían asociarse a estadios de la sociedad. Nunca se ha llamado a un partido capitalista, se utiliza el eufemismo de liberal o conservador.

     »En los años del plomo etarra, a los terroristas desconocidos que atentaban se les llamaba “comando legal”, en lugar de comando clandestino. O se llamaba izquierda abertzale [patriota en eusquera] a los violentos, aunque los que luchaban por la libertad y por el progreso social pacíficamente fueran los peneuvistas, los comunistas o los socialistas, patriotas que no estaban manchados de sangre. Perversiones que enmascaraban la verdadera cara del terrorismo.

    «La democracia, el estado del bienestar y Europa. Esos son los tres pilares que unen a los españoles y es lo que está erosionando el populismo y camufla con su jerga ambigua la perversión del lenguaje. Si no ponemos remedio los nacionalismos periféricos acabarán con ese logro». Y propone Sartorius dos ideas sobre la reforma de la Constitución: «en el sentido federal y en la mejora de los derechos sociales: mantener los éxitos conseguidos en educación, sanidad, etc».

     Que reste-t-il de ces beaux jours? Esas tertulias demiúrgicas de los compañeros unidos por la izquierda. Enciclopédico Sartorius, brillante Cristina Almeida, cartesiano Llamazares, recuerdos de un parlamentarismo olvidado, sepultado por los exabruptos que invaden de crispación el debate político. La promesa del cambio gozoso de aquellos años, los sueños de aquellos novios enamorados, de toda una generación, de toda una época ahora convertidos en una disputa tripartita por el voto de la extrema derecha.

      Que reste t’il de nos amours?

La Gran Vía

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

       La principal arteria de Madrid acaba de lavarse la cara y ponerse guapa. Sus edificios son una antología de la arquitectura del siglo XX. Por sus algo más de mil trescientos metros de longitud se ha escrito la historia de la ciudad. En ella, la vida ocupa cada uno de sus rincones.  El río de personas que transcurre a diario por su cauce es como un torrente inagotable de todos los ejemplares humanos que conforman la sociedad madrileña, posiblemente una de las más tolerantes y abiertas con el visitante, con el diferente. Cualquiera que la recorra percibirá una acogida amable, difícil de encontrar en cualquier otro rincón urbano.  La Gran Vía tiene su razón de ser cuando se humaniza, cuando sus aceras se llenan de gente, de vida. ¡Arriba urbanita! A galoparla, a patearla. Corra vecino, forastero, visitante a disfrutarla antes de que algún consistorio populero la privatice y la venda a un fondo buitre que cobre un peaje por transitarla. Una calle pública de gestión privada, lo llamarían. Ya lo habrán pensado. Seguro.

 

 

Neruda bebía Johnny Walker: puro Realismo Mágico

Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

     «Johnny Walker, black lavel. A veces, Buchanan’s. Eso era lo que Neruda bebía. Yo no podía permitírmelo, no tenía plata. Me conformaba con red label —confiesa Jorge Edwards en la conferencia celebrada en la Fundación Juan March, en Madrid, el pasado 16 de noviembre—. Allí en Rangun, en Birmania, casi le mata a Neruda [Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, así se llamaba realmente] una amante despechada que descubrió que tenía esposa. ¡Con un cuchillo de cocina! Intentó asesinar a Neruda con un puñal enorme de rebanar yugulares a los puercos. Que fue a través de un mosquitero y en mitad de la noche que se deslizó la salomé en busca de la cabeza del bautista. Claro, Pablo huyó aterrorizado de aquella tigresa que horas antes lo había colmado de lascivia y de impudicia. Oh, Maligna, así empieza su poema “Tango del mundo” que le dedicó a la asesina. Y por eso fue que Neruda solicitó el traslado a Sri Lanca y acabó divorciándose de Maruca, su mujer holandesa, años más tarde. Pero dudo mucho que Neruda fuera un buen bailarín de tangos. ¡Era gordo!, flebítico, lento, un poco elefantino, muy divertido y tragón. Quería siempre que los amigos le contaran detalles de sus novias, cualquier detalle turbio de alcoba. ¡Qué curioso, qué malandrín»!

Jorge Edwards el pasado 16 de noviembre de 2018

     »Recuerdo que cuando vi a Neruda por primera vez, sería sobre 1950, a mis dieciocho años, me presenté como el escritor más joven y más flaco de Chile. Iba vestido con una casaca de flores primaverales, no le tenía miedo al ridículo. Y Neruda me enseñó una fotografía en la que aparecía vestido con una capa negra.

    —Yo a su edad iba vestido de murciélago —me dijo Pablo. En su casa de Isla Negra instaló un catalejo marino para observar el mar. Bueno, observaba a las bañistas de la playa, pero le podía el embrujo agitado del terrible océano Pacífico. El mar era su pasión, como las mujeres.

    »Y después, cuando un tribunal francés prohibió la importación del cobre chileno, Neruda se fue a parlamentar con Pompidou, que para eso era el embajador en París [1971]. Y a Monsieur le Président de la Republique, que había sido profesor de español, le regaló un Quijote, puro realismo mágico. Y le dijo que si la France no importaba cobre le haría un flaco favor al pueblo chileno, que ya estaba amenazado de muerte por la Escuela de las Américas y el imperialismo yanqui. Y Georges Pompidou dijo que él no podía hacer nada, que había sido un tribunal francés, la soberanía del poder judicial, el que había dictado la sentencia. Y que Monsieur le Président no podía anular una decisión de la Justicia. Pero después la Republique Française compró el cobre chileno y fue un pequeño respiro para el gobierno del presidente Salvador Allende, que ya estaba sentenciado por los milicos y la CIA.

     »No, no creo que Pinochet matara a Neruda. Por aquella época [septiembre de 1973], cuando el sanguinario golpe de estado Neruda tenía ya el cáncer prostático muy avanzado. Lo mató el cáncer. ¿Quién iba a matar a un hombre que ya estaba muriéndose? ¡Ay! Aquellos tiempos, aquellos amigos escritores. Todos eran como esponjas, se lo bebían todo: Vinicius de Moraes, Gil de Biedma, Carlos Barral. Donoso era el único que bebía agua y leche Una sociedad tan letrada como alcohólica.

    Jorge Edwards tiene 87 años y habla plácidamente, intercalando silencios que hacen más expectante su discurso. Un viejo truco de cuentista. Lo que es Edwards, un cuentista, un narrador de tradición oral que va desgranando las perlas de sus recuerdos como píldoras de canela que aventara una guacamaya de plumas exóticas por las orejas de los oyentes. Diplomático, crítico literario, periodista, escritor, pasó por diversas cancillerías, por muchos países y diferentes épocas. No fue muy bien considerado por la Cuba del Comandante, que le tachó, al igual que la inteligentzia izquierdista europea de los 70, de disidente.

     »Ese sistema político —el cubano— no era bueno para Chile, aquello era estalinismo tropical. Chile se estaba metiendo en un experimento peligroso, socialismo de daiquiris.

     De su experiencia en La Habana parió “Persona non grata”, obra que le valió el distanciamiento de algunos integrantes del “boom” de la literatura hispanoamericano.

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     »El boom fueron gentes de escritura abundante y diferente y no siempre bien avenidos. Alejo Carpentier se peleó con Neruda, celos entre escritores. Neruda dijo de Carpentier que era el escritor más neutro que había leído. Así que Carpentier firmó una carta contra él y después no se saludaban en las recepciones diplomáticas. La literatura sirve para conversar y tomar buen vino mientras escuchas buena música, a Foret, a Debussy, a Ravel. Todos los del boom eran melómanos. Julio Cortázar decía que: “Edwards es un amigo al que no quiero ver”. Tampoco se siente muy próximo a Mario Vargas Llosa. «El mundo está lleno de escritores que quieren ser Vargas Llosa. Debería haber un uniforme Vargas Llosa» dice como si temiera meterse en un lío. Y de Gabo (García Márquez) cuenta que era un poco vanidoso, a veces un poco pesado, pero buen narrador oral.

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    »Lo que venía a decir en mi “Persona non grata” es que el rey andaba desnudo, pero todos le regalaban los oídos, refiriéndome a Castro, como el cuento del Conde Lucanor.

     Los recuerdos de su vida, los personajes con los que se topó se abren torrencialmente en el relato oral de Jorge Edwards. Por sus memorias fecundas aparece un retablo de figuras antológicas de la literatura universal del siglo XX.

    »Dar la lata es lo más peligroso en literatura. Por eso yo no escribo novelas largas. Soy un maestro de la casi-novela. Escribo para recuperar el tiempo, como Marcel Proust. Conocí a Albert Camus en Santiago, yo era entonces muy chico. Y al que quiero mucho es a Alfredo Bryce Echenique. Es el mayor bebedor de vodka con limón que hay en el mundo. Es distraído, es cómico, un bebedor gozoso. Si yo fuera católico rezaría por Bryce.

     Educado en un colegio jesuita de curas vascos, Jorge Edwards es un amante de prosistas tan dispares como Unamuno o Azorín o Cervantes. «Cervantes es el primer autor de literatura fantástica. Adelantó al siglo XVII el realismo mágico. No hay más que leer el capítulo del Quijote de La Cueva de Montesinos. Está lleno de encantamientos y aventuras imposibles, de fantasías geniales, de locuras fabulosas.

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Pienso, luego estorbo

 

Vestidos de domingo

Fotografías de Terry Mangino

      Los recovecos y rincones del Rastro madrileño son un escenario abierto al espectáculo de la vida los domingos por la mañana. Solo hay que asomarse al patio de la Ribera de Curtidores para contagiarse de la alegría de los actores anónimos que ocupan la escena callejera e interpretan su papel, protagonistas de sí mismos. Aunque el sol se haga el remolón y apriete el frío o la lluvia.  Si te gusta la función, aplaudes o dejas unas monedas. Si no, sigues caminando en busca de nuevas actuaciones. El observador atento ve pasar ante sus ojos todas las secuencias que conforman la existencia de sus semejantes: alegrías, anhelos, deseos, ansiedades, duelos, dramas. Son las historias que cada individuo lleva en su interior reflejadas en sus rostros. Solo es cuestión de mirar detrás de las máscaras. La calle, el mejor teatro del mundo.

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