Solo hay una clase de monos que estornudan

    Gabriel de Araceli. Fotos de Terry Mangino

        EZEQUÍAS BLANCO es un chico algo crecidito, eso sí, ex-catedrático de Literatura en el Instituto Puig Adam, de Getafe. Tuvo un pasado de editor de revistas de vanguardia. Se sacó de su chistera la que ha sido sin ninguna duda referencia en la literatura española durante décadas. Aquella fue una revista algo underground, un poco romántica que a veces le enseñaba la lengua a la cultura oficial, razón por la cual se financiaba de filántropos y amantes de la escritura, pero en ella han escrito los mejores autores contemporáneos de la lengua castellana: “Cuadernos del Matemático”.

Ezequías Blanco fotografiado por Evaristo Delgado

       Aunque su verdadera vocación es contar historias verdaderas de esas en las que todo es ficción. Ha escrito un montón de libros de poesía y de ensayo. En el fondo es un reportero de sucesos, que son los que cuentan las consecuencias del comportamiento humano, esos mecanismos indescifrables e imprevisibles que marcan lo errático del individuo. Ya se sabe, todos tenemos un Puertohurraco en el inconsciente que aflora cuando menos te lo esperas. Y, ¡zas!, llega Ezequías y te cuenta lo que ha pasado como si lo hubiera visto con sus ojos. Y el público lector se queda perplejo con las historias de Ezequías.

      Así pasa en su libro “Solo hay una clase de monos que estornudan”, una cosecha de historias de la vida contadas con la pasión del periodista que estuvo allí. Y te pones a leerlo y te enteras, por ejemplo, que el Abilio le toleraba a la Antolina, su legítima, que fuera a fornicar con los jóvenes del pueblo a las eras el día de la virgen de agosto, o el de san Martín: “La Romería de los Cabrones”. Algo, al parecer, bastante frecuente en tiempos no muy lejanos. Porque si el marido no valía para engendrar, de alguna manera había que reproducirse, que un par de manos eran muy importantes en la hacienda familiar. Ya se sabe que Castilla está llena de hijos de Abilios y Antolinas que ¡se parecen tantísimo al tío Pancracio..!

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    Ezequías, un John Lennon mixtificado de reportero de El Caso, de Alfanhui y Delibes va a firmar su libro “Solo hay una clase de monos que estornudan” en la Feria del Libro de Madrid, en el Retiro, el próximo sábado 8 de junio, de 18:30 a 21:30, en la caseta 132, de HUERGA&FIERRO editores. También estará el domingo 9, de 20:00 a 21:30. Y el 16 de 19:00 a 21:00 en la caseta 296.

       Así que no digan que no tienen tiempo para ir a la Feria del Libro y leer a Ezequías. Yo me he relamido un montón con sus cuentos tan monos. ¡Cuando los lean ustedes sabrán lo que es bueno!

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La Feria del Libro el pasado sábado 1 de junio. No todos compraron cinco libros porque no sabían lo de Ezequías. Volverán.

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Bare Nostrum

 

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La vuelta de Celia Gámez

Rafael Alonso Solís

     A PRINCIPIOS DE ESTE AÑO jugué con el título de una columna para imaginar a Madrid como tumba o incubadora del fascismo. A Madrid, a sus cronistas y a los autores de las letras de sus chotis siempre les ha gustado asumir cierto protagonismo literario, hasta convertirse, incluso, en un género. Tal vez porque, como el Lucero de la Reina Castiza, Madrid tiene querencia por presumir con toses de guapo, que para eso estamos donde estamos, don Ramón. Ya iba para cerca de ocho años que en la Puerta del Sol se había levantado una protesta basada en la indignación y teñida de ingenuidad. Una convocatoria feminista había vuelto a reunir en el mismo sitio a miles de personas, sobre todo mujeres, pero también muchos hombres. En una esquina, frente a una dulcería famosa y cerca de la salida del metro donde aún se venden célebres billetes de lotería, dos adolescentes gritaban convencidas de que Madrid iba a ser, una vez más, la tumba del fascismo, y lo hacían con tanta firmeza que a uno le parecía que era verdad, que iba a ser verdad. Pocos meses más tarde, exactamente el 15 de mayo de este año, me acerqué a Sol con tiempo suficiente para ocupar un buen puesto en la concentración. Pero el tiempo me sobró y tuve que emplearlo en buscar algún rincón en el que hubiera una mínima acumulación de personas. Llegué a pensar que me había equivocado de día, pero no era así. En torno a un par de pancartas trasladadas desde París por un representante de los chalecos amarillos, cuarenta o cincuenta personas desarrollaban una tímida asamblea para recordar tiempos mejores. ¿Qué había pasado entre el 15M de 2011 y el de este año? Mi incapacidad para los análisis políticos me protege de aventurar explicaciones. En cualquier caso, no creo que lo sucedido tenga mucho que ver con la flecha del tiempo. Si tras las elecciones municipales y autonómicas del 26 de mayo Madrid no ha sido la tumba del fascismo, sino el lugar donde la serpiente ha puesto sus huevos y los ha estado incubando durante meses, es porque el fascismo tiene muchos más votantes de lo que se cree y ejercen el voto con disciplina, a sabiendas de lo que pueden conseguir con él. Enfrente, basta hacer un recorrido por las redes sociales para comprobar la limitada capacidad para la discusión inteligente de quienes se acusan unos a otros de la responsabilidad de los resultados y prescriben purgas desde el sofá. Ahí suele radicar la diferencia entre la izquierda y la derecha en lo que se refiere a la mejor utilización del sistema. Las elecciones deberían tener dos convocatorias: una para saber qué es lo que sale, y otra para reajustar las promesas a la realidad. Mientras tanto, el mejor análisis de por qué Madrid puede ser el epicentro de la incubación, en lugar de la sartén donde romper los huevos, lo ha hecho un cómico. Y lo ha hecho con toda seriedad._DSC0001b_web - copia

 

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Madrid, tumba o incubadora del Fascismo

 

 

Entrega de los premios TIFLOS 2018 de literatura

Ángel Aguado López. Fotos de Terry Mangino

         EL PASADO JUEVES, 23 DE MAYO, se entregaron en el antiguo palacete de los duques de Pastrana, en Madrid, los premios TIFLOS 2018 de literatura que cada año convoca la ONCE. A esta edición, en sus diferentes versiones de novela, poesía y cuento se presentaron 843 trabajos procedentes tanto de España como de Hispanoamérica.

       Entre los miembros del jurado están personalidades como Luis Alberto de Cuenca, José Manuel Caballero Bonald, Luis Mateo Díaz, Fanny Rubio, Ángel Basanta o Santos Sanz Villanueva. El ganador de novela fue el escritor Miguel Ángel Carcelén Gandía, por su novela titulada “Retrato de cadáver con fondo vegetal”. En poesía el premio correspondió a Toni Quero Cárcel, por su poemario titulado “El cielo y la nada”. Y en cuento, el premio fue para Josué Sánchez Hernández, por su trabajo titulado “No se trata del hambre”. Hicieron entrega de los premios el director general adjunto de Servicios Sociales para Afiliados de la ONCE, Andrés Ramos, acompañado de Mª José Sánchez Lorenzo, secretaria del Concurso TIFLOS.

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       Además, se concedieron premios especiales para escritores con discapacidad visual. El de poesía correspondió a Maximiliano Mariblanca Consuegra, por su trabajo titulado “Alta y libre alegría”. El de cuentos fue para Ana Eugenia Venegas Moreno, por su trabajo titulado “Una instalación en Berlín” Y el premio especial de novela a César Delgado González, por su trabajo titulado “Caruba, ojalá me hubiese muerto cuando nací”. Los libros están editados por Edhasa-Castalia, cuya editora, Penélope Acero, forma también parte del jurado. Todos los títulos se podrán encontrar en la próxima Feria del Libro de Madrid que empieza el 31 de mayo venidero, en la caseta de Edhasa.

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Josué Sánchez posa en la Plaza de Lavapiés y en el Cine Doré, el pasado viernes 25 de mayo.

      «Un ángel del Señor» piensa doña María José. Y se dirige hacia Josué Sánchez, flamante ganador del premio TIFLOS 2018 en su versión de cuentos.

 —¿Me lo firmas?

 —Claro. A quién se lo dedico —responde con una sonrisa Josué.

—Para Pepita.

       “Para Pepita con el deseo de que disfrute del libro tanto como yo con su presencia” escribe entre sonrisas Josué en la primera página. Y doña María José, perdón, Pepita, siente un no sé qué al leer la dedicatoria, se desmelena en un arrebato adolescente y le da un beso casto al escritor, al cuentista Josué para absolverse del pensamiento impuro que le ha alterado la razón: «Podría ser mi hijo, un ángel del Señor, un niño pinche» se confiesa contrita.

 

“Cuando os llegue la hora, que os pillen con

el corazón desgastado de tanto usarlo”

 

      Josué Sánchez Hernández nació en Veracruz, México, hace nada. No tiene que ver ni con Gary Cooper ni con Sarita Montiel, aunque aprendiera el oficio de escribidor en la cocina del cine, de manos de Francis Ford Coppola. El gordo Clemenza, con la venia de Michael Corleone, le enseñó cómo mezclar los verbos con los predicados y los personajes con las tramas y los espacios, la psicología de los secundarios con el punto de ruptura y con el planteamiento, el nudo y el desenlace del protagonista. Todo esto sin pasarse de sal lírica, con los calificativos justos y añadiendo unas gotitas de mezcal, gusano incluido, a su prosa requetebuena. Tiene escrito un montón de libros Josué Sánchez Hernández, a pesar de su juventud, que parece en su precocidad imitar el ardor juvenil de don Mario. Sí, don Mario Vargas Llosa. Encima, se ha leído la integral de Carlos Fuentes, todo de Juan Rulfo, todo de García Márquez, de Julián Mitre, de Fernando Melchor, de… Ha leído tanto que incluso se declara heredero de don Ramón María del Valle Inclán.

      «Sí, soy el tataranieto de la niña Chole, por más que el marqués de Bradomín no reconociera al producto de sus entrañas, mi bisabuela Lilí» suelta el pinche niño Josué mientras camina por el barrio madrileño de Lavapiés sin que nadie repare en él, que bien podría pasar el niño Chole, el pinche Josué por otro habitante más de estas calles laberínticas y sus personajes escapados de su libro premiado: “NO SE TRATA DEL HAMBRE”.

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       “NO SE TRATA DEL HAMBRE” es un libro escrito con el desparpajo de los pocos años, siempre vertiginoso e implacable el cuentista Josué describiendo personajes y lugares que aquí suenan exóticos porque lo humano, el hombre, es un ser obsesivo e incongruente que sacia su hambre con aventuras delirantes, bien sea en Ciudad Juárez, en el cine Doré, en la otra orilla del río Colorado o en san Luis de Potosí.

       Así que apresúrense no más, y corran a leer los cuentos del pinche Josué, que no son para perdérselos, que de seguro que se van a descacharrar de tanto reírse. Aunque lo mismo les da por reflexionar sobre la verdad de la vida y van y descubren que la existencia es eso: dos buenos momentos de felicidad y muchos malos ratos de mixtificaciones y fantasías malajes, peyote puro, sobrellevadas al hombro con rechinar de dientes y mucha jambre. Y todo lo demás son cuentos.

       «¡No más que puro cuentista es el niño Chole, el pinche Josué Sánchez! Sí, no más» confirma doña Pepita abanicándose el sofoco.

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Premio TIFLOS 2017 de cuentos

Llega el beso y se transforma en primavera que inunda los sentidos

Gabriel de Araceli. Fotografías de Terry Mangino (para mi padre, que hoy hubiera cumplido 98 años)

      PASCUAL IZQUIERDO PRESENTA EN MAYO, que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, su libro “Historia de este instante” y enciende con su palabra austera de poeta castellano a los asistentes al pequeño auditorio de la Librería Sin Tarima, apenas una cave, ¡existencialiste, bien sûr!, del barrio madrileño de las Letras. Sus recitativos alteran el pulso a doña Beatriz, lectora impenitente de poemas amorosos, que sueña un octubre de labios abiertos a la risa y al beso, al color de la cereza, al pincel y a la fragua. «¡Ay! —piensa doña Beatriz escuchando el arroyo verbal y aguileño del poeta— ¿dónde estarán aquellos besos perdidos en la niebla?», y luego mueve sus ojos a otra parte, a otro lugar de la geografía humana. Esa “Historia de este instante”, ese libro que la conmueve, ese recorrido irrepetible, para siempre domiciliado en el olvido eterno. En un rincón, confundidos con el runrún en sordina del túnel del metro, paralelo a la cave, Gustavo Adolfo y Quevedo, que no viven muy lejos, le escuchan. Don Francisco, con ademán aprobatorio, mueve el mostacho. Mientras, Bécquer piensa que «aquí hay busilis».

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      Y se oye la voz, profunda como un tajo de ronda, de Jesús Urceloy, un trueno, un bardo rotundo, que llena de violonchelos los versos amétricos e imparisílabos del poeta, «donde importa más el sustantivo que la cualificación, que hablan de la vida con la mayor brevedad posible. Es este libro de crepúsculo, escrito hace quince años, maravilloso, el declinar se convierte en delicia, donde la sentimentalidad navega por encima de la palabra» dice Urceloy, y sus palabras reverberan las bóvedas de la cave existencialiste. Jean-Paul, semioculto en la penumbra, lo rechaza todo. Sin embargo, doña Dorotea, que oye al poeta desde la primera fila, la belleza aún incólume, sueña ser aquella muchacha que fue, que con la sonrisa de sus caderas derrumbaba los índices bursátiles. ¡Ay!, qué cosas piensa doña Dorotea. ¡A su edad!

      «No hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo» dice Pascual. «Entre los infinitos poetas consumidos sólo vos sois un consumado poeta» le responde don Alonso Quijano a don Lorenzo de Miranda, aquel que fuera hijo del Caballero del Verde Gabán, venidos ambos desde el capítulo XVIII de la segunda parte del “Quijote” para escuchar tan sabrosas pláticas poéticas.

      «La vida es una mala obra de teatro porque el protagonista siempre muere —dice el poeta—, que deambula por ella como por esos mapas que plasman los accidentes de un país secreto en el que nadie sabe qué significan el musgo en los tejados, la niebla en las vaguadas, la nieve en las cornisas, la luz en los sembrados».

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Jesús Urceloy, Pascual Izquierdo e Ilia Galán en la Librería Sin Tarima, en la C/ Magdalena de Madrid, el pasado 13 de mayo de 2019

      «Vemos al poeta desnudo, hasta sus pliegues más íntimos. Es un libro donde se funde el fulgor de los besos y el frío de las cenizas y las sábanas que huelen a orfandad» señala Ilia Galán, poeta que acompaña al poeta en la presentación del libro. Y doña Beatriz y doña Dorotea sienten un rubor íntimo, un no sé qué que las embriaga de humedades, de perfumes olvidados, y tras las palabras y los aplausos se abalanzan sobre el poeta, que se infla a firmar libros, reclamándole su dedicatoria. «A doña Beatriz, a doña Dorotea, con el ascua del deseo, con aroma de azucena y de jazmín, con la sombra huidiza y el ansia de sus besos» les escribe el poeta, y ellas, ¡tan contentas!, se van a soñar un íntimo fulgor de nieve derretida en su intimidad recobrada por el verso.

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      Hay que saber callarse a tiempo, sentencia Pascual y cierra en ese instante la “Historia de este instante”. Y la comienza el lector con su lectura de los renglones imparisílabos: Para Bruno, pétalo en flor que esta primavera inaugura el esplendor nupcial de los almendros.

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Otros textos de Pascual Izquierdo

El telero

Alba y ocaso de la luz y los pétalos

Comentario de textos

 

 

Adiós a los toros

Rafael Alonso Solís

     ALGÚN DÍA TENÍA QUE SER, y ninguno más apropiado que el 15M –fecha en que escribo esta columna– para anunciar de manera oficial mi despedida y retirarme definitivamente de los carteles. En realidad, retirado ya estaba, y hace mucho que ni asisto a Las Ventas ni veo toros por televisión. Puede que algo quede de mi pasado, ya que, como quien practica un vicio solitario, a veces busco videos clásicos por recordar el encuentro de Antonio Chenel con Atrevido –ensabanado, alunarado y calcetero– el día de San Isidro de 1966; o aquel otro en que, delante del cinco, Curro Romero paró el tiempo y a uno se le fue la lucidez como si acabara de ingerir un secante; o la serie de verónicas que Morante de la Puebla le pegara de salida a un toro para ser entroncado como el mejor capote de finales del siglo pasado y principios del actual. ¡Ay Morante! Quién me iba a decir que sería él mismo el que me ayudaría a tomar la decisión con su gesto cursi y cruel de secar las lágrimas a un toro, instantes antes de atravesar su corazón para disfrute del público. Atrás quedaron varios fracasos sonados, como aquella vez que me encerré con una becerra en un corral de la sierra de Madrid, pretendiendo remedar a los maletillas sevillanos de principios del siglo XX, cuando cruzaban el río desnudos con objeto de dar un par de naturales a la luz de la luna. En cuanto la vaquilla se movió inquieta y asustada, yo me subí con celeridad a un altillo y pasé parte de la tarde esperando a que se distrajese para salir de naja. De salón, eso sí, siempre tuve mucho arte, pero me faltó valor y no pasé tanta hambre como para echarme a los caminos. Todo eso queda ya para los sueños o las historias inventadas con las que recordar algún que otro viaje a ninguna parte.

morante1_web.jpgHubo un tiempo en que hasta intenté explicar a algún antitaurino la emoción que se podía sentir cuando, desde la tranquilidad del tendido, se produce esa misteriosa conjunción entre toro y torero en el centro del ruedo. Tarea tan imposible como que yo pudiera tener, por aquel entonces, algún atisbo del sufrimiento del animal encerrado en un círculo infernal, sin salida y sin nadie que hiciera caso a sus gemidos, ni fuese capaz de apreciar en su mirada el dolor y la angustia ante una situación inexplicable, su miedo ante la muerte, jamás expuesto por los cronistas ni tratado de comprender por su matador. Tuvo que ser Fito, mi perro –que se marchó a un parque cerca de las estrellas hace unos meses–, quien me lo hizo comprender de golpe y sin pronunciar una sola palabra. Simplemente me miró a los ojos y ahí se gestó mi retirada. Se acabó. Esta tarde, más cerca de las siete que de las cinco, me echaré al ruedo de Sol para anunciar, como cada año, que los fachas no pasarán.

Fotos de Ángel Aguado López (Jesulín de Ubrique y Morante de la Puebla en Las Ventas, San Isidro 2005. Puerta del Sol, Madrid, 15 de mayo de 2011)

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Están cambiando los tiempos

 

La derechuza

Rafael Alonso Solís

      CUANDO A PRINCIPIO DE LOS 80, ALFONSO GUERRA anunciaba el maquillaje con que iba a conseguir que a España no la reconociera ni la madre que la había parido, la derechona solo era un concepto literario que Umbral inventara para dárselas de rojeras en la Fiesta del PCE. Por entonces, el primero aún tenía aires de librero mefistofélico y canijo, sin que su rostro hubiera sufrido esa mutación que le asemeja cada día más al último Torrente Ballester, y ambos a una castañera fondona y malhumorada. Y el segundo nunca fue aquello de lo que presumía, aunque más de una vez fuera jaleado como tal cuando hacía el paseíllo con bufanda en la Casa de Campo. Había algo en todo aquello que sonaba a montaje de cartón-piedra, como si se tratase de un espectáculo teatral en el que cada cual representaba su papel sin excederse. La primera derechona folclórica estaba representada por Aznar, al que el cronista citado llamaba por entonces Aznarín, y del que decía que vivía, mandaba, existía y hablaba “en diminutivo”, pero que se reía “en aumentativo”. Luego había otros, varios de los cuales duermen últimamente en el maco, como Rato, del que Umbral, acertado profeta en este caso, afirmara que nos estaba “haciendo pobres estadísticamente”. Ambos, Aznar y Rato, solían ver las procesiones de Semana Santa desde un balcón en Carabaña acompañados por Ramírez, por entonces un periodista de moda que aspiraba a ser el Randolph Hearst español, y que ha acabado de comentarista en tertulias de medio pelo, en las que le suelen mojar la oreja. Con el tiempo, aquella derechona que jugaba al pádel y hacía abdominales se autodefinió como centrada e integró a todas las jaurías que andaban perdidas y casi a punto de echarse al monte, desde los restos de la CEDA a los falangistas, pasando por los propagandistas católicos, los gironistas, el OPUS, los jefes del SEU y los liberales sin matiz. Lo malo del centrismo autodefinido es que no se trata de un concepto geométrico ni ocupa la posición de la mediana, sino que se vende como el lugar en que se sitúa el deseo, una vez que los analistas de mercado han decidido el tamaño del mapa y establecido las líneas fronterizas. Luego se colocan cosas a un lado y otro y se les van adjudicando ideologías. El método es tan flexible como oportunista, de modo que la clasificación puede modificarse de un día para otro sin que haga mucha falta adecuar el argumentario a las nuevas variables. En su evolución, la dúctil derechona se ha convertido en derechuza, una vez que ha decidido mostrarse sin complejos y permitir la manifestación de su alma pija, chula y tenebrosa. Que la petulancia y sobreactuación de sus líderes les haya hecho fracasar esta vez no debiera tranquilizar. Han bastado cuarenta y ocho horas para que den un giro a la táctica y falseen el discurso. Pero siguen ahí, como una trinidad latente, lista para unirse bajo el ominoso espíritu de Cuelgamuros. (Fotos de Terry Mangino)

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