Rafael Alonso Solís

Hace días estuvo en España Marvin Hagler, un exboxeador norteamericano que dominó la división de los pesos medianos durante los ochenta. Hagler, al que apodaban “Marvelous”, había nacido en Newark, Nueva Jersey, trasladándose con su familia a Brockton, Massasuchetts, cuando tenía trece años, tras una serie de disturbios a finales de los sesenta –the Newark riots–, que terminaron con ventiseis muertos y más de diez millones de dólares en destrozos, incluyendo la casa en la que vivían los Hagler. Newark es famosa por haber sido un foco de conflictos entre la extensa comunidad negra y la minoría política blanca, ayudada por unos selectos mandos policiales con la piel del mismo color, a pesar de ser una de las primeras ciudades estadounidenses con una amplia plantilla de oficiales negros. En el caso de Brockton, la ciudad en la que creció, es habitual que, aún hoy, los periódicos muestren en su primera página noticias de tiroteos entre bandas y enfrentamientos raciales. Ser negro era la situación idónea para vivir como un perdedor, cuya única salida para destacar era integrarse en el crimen organizado. Marvin se enfrentó a esa posibilidad con la fuerza de su convicción, pese a tener que esperar durante años a que el negocio del boxeo le permitiese competir por el título. Como Smokin Joe Frazier le dijo una vez: “Marvin, tienes tres cosas en contra, eres negro, eres zurdo y eres bueno”. Coincidiendo con una de las épocas de oro del boxeo profesional en las categorías de los pesos intermedios, Hagler conquistó el título y lo retuvo durante siete años y trece defensas, sin que nadie fuese capaz de tumbarle en toda su carrera. En 1987, en el Caesar Palace de Las Vegas, Marvin se enfrentó a Sugar Ray Leonard, quien por entonces era el preferido de las revistas, el negro guapo y sonriente que lucía pajarita para asistir a los estrenos de postín y las inauguraciones de los casinos. En una decisión muy controvertida, Marvin perdió el título. Decepcionado, dejó el boxeo y se fue a vivir a Italia. Hace unos días, en Madrid, Marvin volvió a repetir que aquel combate estuvo amañado. Al fin y al cabo, amañar parece un vicio consustancial a la condición humana, tal vez porque la humanidad tiene integrada el alma del hampa en el centro de su programa evolutivo. Se amañan las contiendas electorales, con la efectividad que descubrieron los inventores del sistema en los albores de la democracia. Se amañan los concursos literarios, con la precisión sintáctica del mundo editorial. Se amañan las concesiones industriales, los contratos para la recogida de basuras, los certámenes de belleza, los records Guinnes, las carreras de sacos y los procedimientos de selección de personal. Se ha hecho tantas veces que ya no sabemos vivir sin amañar. Incluso aunque no seamos capaces de hacerlo directamente, somos cómplices silenciosos del amaño, como cuando observamos al trilero en la calle y permitimos que desplume al incauto. Porque, según dicen, a veces hay que mirar hacia otro lado.

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