Lecturas de verano: Barriada IV
Carmelita Flórez
Incitar a la lectura de La Colmena en estos tiempos cibernéticos de fraudes propiciados desde la tecnología es convocar a una conjura de demonios que se desataran desde una tormenta plúmbea cuando se invoca la memoria del autor: Camilo José Cela. Es un ruido de truenos el que con su recuerdo explota, a pesar del tiempo transcurrido desde su desaparición (enero de 2002). El tremendismo, el exceso, el brutalismo de sus novelas habitadas por su personalidad desafiante tienen el efecto de sumergir al lector en un museo de la miseria, en un tiempo de silencio en el que la persona poco valía más allá de su drama personal, dentro de la desgracia nacional por todos compartida.

Don Camilo José Cela. Tal vez sea el autor más polémico y controvertido en España de las últimas décadas. El disfraz de excesos con los que vestía su vida pública y privada terminaron por reducirlo a un icono indeseado, a un personaje repudiado y extravagante que hizo de sus últimos años de existencia una gacetilla vulgar y de mal gusto. Una losa cubre su memoria, un rechazo al machista estridente que representaba de oficio, que será difícil levantar a pesar de su obra narrativa trabajada y bien construida. La Colmena (escrita entre 1945 y 1950, publicada en Buenos Aires en 1951 por miedo a la censura en España), La familia de Pascual Duarte, Viaje a la Alcarria, Pabellón de reposo, o La Catira, el encargo, en 1955, del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez para blanquear su gobierno déspota, valdrían para valorar a Cela como un gran escritor. Pero su obra queda contrarrestada por sus desafiantes apariciones públicas en televisiones basura, en programas de cotilleos que ni las porteras más ordinarias y figurantes sórdidos de sus novelas hubieran interpretado mejor.
La Colmena es una radiografía precisa de una sociedad derrotada y miedosa. Cela tuvo que autocensurarse y eliminar algunos párrafos obscenos que, leídos ahora, parecerían ridículos, pero que en su momento servirían para condenar a los infiernos a cualquier lector desobediente que infringiera la moral católica vencedora.

Es un reflejo de la terrible miseria que se vivía en el Madrid tras la Guerra Civil. Un pueblo condenado a la subsistencia para sobrellevar el día a día. Mujeres a las que no les queda más remedio que la prostitución para comer, o no morir de frío, albergándose en una sucia casa de citas, en el mismo lecho aún caliente tras el pecado ajeno; mariquitas detenidos por la policía por adornarse la solapa con una gardenia; Martín Marco, el diletante poeta que no puede ni pagarse un café, que es rechazado a patadas, dos en el culo, por el echador, algo así como el segurata de ahora; el recuerdo anacrónico al verdugo Gregorio Mayoral, que aplicó, a garrotazo vil, la sentencia de muerte a dieciséis reos; Victorita, la joven que se prostituye para poder alimentar a su novio tuberculoso; las criadas que aguantan el acoso del señorito como una tarea más de su servicio; la señorita Elvira, la soledad, el hambre y la penuria desde la infancia, que aguanta a viejos babosos destartalados para poder comer; doña Rosa, la propietaria del café, áspera y cruel tanto con sus empleados como con la clientela; Ventura Aguado y Julita, amantes en la trinchera del infortunio, en la misma caldera en la que encuentra ella a su padre, camuflado de la misma necesidad de amar con pecado… Y así un enjambre, un mosaico de almas supervivientes de un retablo de doscientos noventa y seis personajes reales y cincuenta imaginarios según el censo que hizo José Manuel Caballero Bonald, escritor eximio y algo más que un colaborador en la literatura de Cela. Todos unidos y participantes de la misma desgracia nacional.

Don Camilo, al que ya se le menciona en la edición de la Enciclopedia Sopena de 1967 como un escritor solvente —cultiva también la narración corta, se dice de él—, tras el éxito de sus primeras novelas, se refugió en Mallorca, lejos del mundanal ruido madrileño. Cuenta la leyenda que desde allí dirigió, desde 1956 a 1979, sus célebres “Papeles de Son Armadans”, revista literaria en la que aspiraba a publicar todo aquel que sentía la punción íntima de ser un elegido por las letras para conmocionar la sensibilidad de los lectores. Y que también le servía de plataforma de lanzamiento hacia el firmamento universitario regido por el sionismo yanqui, al que don Camilo quería aproximarse dadas sus ansias desmedidas de ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Algo que Cela no ignoraba: el papel que el rectorado universitario americano de origen judío poseía para decidir el voto de calidad en el jurado de la Academia de Estocolmo que otorgaba el premio. Galardón que, por fin, obtuvo en 1989.
Al que se anticipó, o siguió, un torrente de premios literarios y distinciones: académico de la RAE desde 1957; el Príncipe de Asturias de las Letras, este anterior al Nobel, en 1987; o el Planeta en 1994; o el Cervantes en 1995. O su paso por la política como senador por designación real en 1977.

El rasgo histriónico, no sólo televisivo, de Cela queda patente en su acercamiento al cine. Interviene como un figurante más en la adaptación que Mario Camus hizo de La Colmena, en 1982. Un guion en el que también Camus mezcla elementos narrativos de su cuento “Café de Artistas” y de otros hasta convertir en una película memorable la novela de Cela. Inmerso en su nueva faceta de personalidad pública se atreve a forjarse un oficio de guionista de cine adaptando para RTVE “El QUIJOTE”, serie rodada en 1991, producida por Emiliano Piedra y dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón, interpretada por Fernando Rey y Alfredo Landa en los papeles protagonistas, distribuida en cinco capítulos y emitida 1992.
Sin embargo, los oficios de escritor y el de guionista a veces no circulan por el mismo carril. Manuel Gutiérrez Aragón tuvo que reescribir casi en su totalidad el guion de Cela porque no se adaptaba mínimamente a las exigencias que una historia audiovisual debe tener.

Tal vez la figura de Camilo José Cela pueda recobrar en un futuro su calidad literaria, olvidado el disfraz procaz y mendaz con el que se paseaba por el avispero, que no colmena, televisivo y mediático del escándalo.

Instancia presentada por Camilo José Cela en 1938 en la que se ofrece como confidente a las autoridades policiales y delator de rojos y republicanos:
EXCELENTÍSIMO SEÑOR COMISARIO GENERAL DE INVESTIGACIÓN Y VIGILANCIA.
El que suscribe, Camilo José Cela Trulock, de 21 años de edad, natural de Padrón (La Coruña) y con domicilio en esta capital, Avenida de la Habana 23 y 24, Bachiller Universitario (Sección de Ciencias) y estudiante del Cuerpo Pericial de Aduanas, declarado Inútil Total para el Servicio Militar por el Tribunal Médico Militar de Logroño en cuya Plaza estuvo prestando servicio como soldado del Regimiento de Infantería de Bailén (nº 24), a V.E. respetuosamente expone:
Que queriendo prestar un servicio a la Patria adecuado a su estado físico, a sus conocimientos y a su buen deseo y voluntad, solicita el ingreso en el Cuerpo de Investigación y Vigilancia.
Que habiendo vivido en Madrid y sin interrupción durante los últimos 13 años, cree poder prestar datos sobre personas y conductas, que pudieran ser de utilidad.
Que el Glorioso Movimiento Nacional se produjo estando el solicitante en Madrid, de donde se pasó con fecha 5 de octubre de 1937, y que por lo mismo cree conocer la actuación de determinados individuos.
Que no tiene carácter de definitiva esta petición, y que se entiende solamente por el tiempo que dure la campaña o incluso para los primeros meses de la paz si en opinión de mis superiores son de utilidad mis servicios.
Que por todo lo expuesto solicita ser destinado a Madrid que es donde cree poder prestar servicios de mayor eficacia, bien entendido que si a juicio de V.E. soy más necesario en cualquier otro lugar, acato con todo entusiasmo y con toda disciplina su decisión.
Dios guarde a V.E. muchos años.
La Coruña a 30 de marzo de 1938. II Año Triunfal.
Fdo. Camilo José Cela
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