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Carmelita Flórez. Fotos de Terry Mangino

A principio de los 70 del siglo pasado el barrio madrileño de Chueca era un lugar poco recomendable para vivir. Sucio, viejo, feo, inhóspito, sin servicios sociales, gris, abandonado por el Ayuntamiento de Arias Navarro, sí, Carnicerito de Málaga. “El mundo sigue”, la película de Fernando Fernán Gómez de 1963, rodada ahí, recoge un testimonio fiel de la realidad dramática habitual que constituía la vida en el barrio. Y a primeros de los años 80, con la llegada a la alcaldía del profesor Tierno Galván, empiezan a llegar a sus calles vecinos atraídos por los bajos precios de los inmuebles. Y es con la Movida madrileña y aprovechando la oferta de viviendas baratas cuando se instalan en él ciudadanos de diversas culturas y gustos que buscan la comodidad de un barrio muy céntrico, bien comunicado y con un vecindario abierto de ideas y tolerante, con el que se puede convivir sin ser objeto de burla o señalado por los gustos de su condición humana. El barrio cobra auge y se convierte en un lugar de convivencia y relación vecinal donde el trato amistoso se extiende entre los habitantes. En la actualidad, el barrio de Chueca, como muchos otros de Madrid, sufre el proceso de invasión turística y de “gentrificación”, esa pérdida de personalidad urbana y de habitantes tradicionales que se ven desplazados por población forastera de presencia efímera y de alto nivel adquisitivo, que con su presencia encarece los precios del consumo, modifica la naturaleza urbana, el arraigo social y las relaciones entre sus gentes.

Chumina Power, en el centro, desde el podium donde se dirigía la carrera.

Desde hace unos años y dentro de las reivindicaciones sociales que el colectivo LGTBIQ+ desarrolla para conseguir una sociedad más justa y tolerante con el que tiene una visión diferente de su personalidad, ha procurado que el barrio de Chueca mantenga su espíritu abierto y vecinal donde la tolerancia y la bienvenida al otro se den la mano. Todo esto a pesar de la homofobia y persecución al diferente que algún partido neofascista intenta implantar en Madrid. Y desde hace más de dos décadas se celebra en la calle Pelayo la carrera de tacones, una fiesta a la que todos están invitados para que el jolgorio, la diversión, la relación social y la acogida al diferente sean la norma que mueva el trato con el vecino, en un clima de fiesta, de entendimiento y de diversión.

A pesar de la Prioridad Nacional volveremos siempre a la Carrera de Tacones de la Calle Pelayo.


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